Actualización (Capítulo 18, primera parte)

18

—¿Te encuentras mejor, cariño?

—Sujeta esto en su frente.

—¡Menudo golpe! ¿Seguro que no está muerto?

—¡No seas palurda, Mimi!

La música, salpicada de arpegios ondulantes, vibra en la parte baja de su vientre. Viene acompañada de un asfixiante perfume que lo llena todo, se pega a su ropa y espesa el aire que se escurre dentro de sus pulmones. El ambiente es denso, ralentiza sus funciones vitales y casi provoca que no perciba ese peso en sus hombros, que amenaza con incrustarlo en el asiento. Lo que no ha dejado de sentir en todo momento es el líquido helado que le resbala por la mejilla y que hace que la cabeza le palpite sin piedad.

O quizás la culpable de eso último sea más bien la mano que le aplasta algo duro contra la sien.

—Betty, lo único palurdo aquí es la forma en la que estás apretándole eso. Queremos que baje la inflamación, no congelarle el cerebro.

—Usted disculpe, señora enfermera. Se me olvidaba que tú eras la lista del grupo.

—No soy la lista de nada, se trata de sentido común. Y soy neurocirujana.

—Lo que sea. Aquí todas somos lo mismo, Evy, cariño.

—¡Está despierto!

Penumbra. Es lo primero que distingue a través del filtro de sus pestañas antes de que la luz violácea del salón comience a desvelarle un mundo de plumas, carne y lentejuelas. De vestidos vaporosos, sudor y alcohol girando rápido, al ritmo hipnótico de la música y las risas. Sólo pinceladas sin conexión, como retazos de un sueño que ya se escurre en algún rincón de su memoria para desaparecer.
Al menos eso es lo único que cree distinguir de la sala antes de que las mujeres que se sientan a su alrededor —o más bien sobre él— invadan su turbio campo de visión. Él tiene que parpadear ante sus miradas expectantes, porque esas caras (tres conjuntos clónicos de labios carnosos y ojos almendrados), amenazan con fundirse en una sola.

Hasta que la media sonrisa de una de ellas rompe la simetría.

—Hola, ¿aún te duele?

Como para reforzar sus palabras, ella se lleva un dedo a la sien. Él observa un segundo el reflejo del esmalte rojo en esa uña antes de que el crujir de los hielos en su cabeza le recuerde que su cráneo parece a punto de partirse en dos como un melón.

—C-creo que me estoy muriendo…

De hecho, está bastante seguro de que está muerto y ha reaparecido en su especie de infierno personal. Un infierno lleno de bailarinas de cancán semidesnudas.

—Espera, déjame ver…

Él va a asentir, pero prefiere quedarse quieto cuando todo el salón comienza a bambolearse y su estómago amenaza con expulsar todo su contenido. Las manos, pequeñas y rápidas como arañas, proceden a apartarle de la sien un mechón pegajoso de pelo. Ella examina la herida, apenas alcanzando a rozarla con las yemas y bajo la mirada expectante (y recelosa) de sus compañeras. El dolor irradia desde allí y se extiende por todo el lado izquierdo de su cara en un pulso sordo.

—Parece que estás entero. No creo que te vayas a caer a trozos todavía —afirma, risueña—. Eso sí, te va a salir un chichón tremendo.

—Menos mal —el contacto frío del hielo en su sien desaparece, y una enorme y blanquísima sonrisa se interpone entre la cara de la otra mujer y la suya—, sería una desgracia que no pudiéramos volver a verte bailar, cariño. Te vimos en la fiesta de fin de año. Dejaste a todos impresionados, ¿verdad, Mimi?

Por su flanco desprotegido aparece de improviso una cara ruborizada, casi provocando que se caiga de bruces del sillón.

—¡Somos tus fans desde entonces!

—¡Cómo no serlo! No todos los días un completo novato deja babeando a los señoritos del Chat. ¿No te gustaría bailar aquí abajo? Gabrielle se rompió la muñeca el otro día, seguro que podrías ocupar su lugar en la barra y…

Él cierra los ojos. En algún momento las palabras de la mujer han comenzado a enredarse en su cabeza (y tal vez sea mejor así). Su compañera le ha asegurado que todo está en orden, pero él no está tan seguro. Aun así, no se atreve a levantar la mano y evaluar por sí mismo los daños. En su cabeza, las imágenes deshilachadas comienzan a arrastrarse tras sus párpados, sin llegar a formar un recuerdo sólido. Se ve en el suelo, la cara sobre la mugre. Disparos y el miedo trepando por su columna. Todo entremezclado y repitiéndose una y otra vez.

Pero los cuchicheos de las mujeres a su alrededor y esa música interfieren en el proceso y no le dejan concentrarse. Con un gemido, entierra la cara entre las manos.

—Tranquilo —susurra alguien y él levanta la cabeza a tiempo de ver esa mano de uñas pintadas posarse en su rodilla—. Respira hondo, no lo fuerces. ¿Sabes dónde estás?

Él menea la cabeza. La luz púrpura sólo derrama sombras oscuras que desdibujan las facciones de los presentes y el mobiliario de la sala. Hay lencería y encaje por todas partes, y ese intenso aroma a licor y flores que de algún modo parece desorientarle. No tiene ni idea de cómo ha llegado hasta allí o qué se supone que es ese lugar.

—Estás en la Jaula. Nivel tres. Herr Zimmermann vino contigo. ¿Lo recuerdas ahora?

—¿Z-Zimmermann?

—¡Herr Derek! Aprovecha que se ha fijado en ti, cariño. Es de los últimos caballeros que quedan en el Chat, y no suele poner los ojos en cualquiera.

—¿Sabes? Creo que mucha gente en el Chat pondría en duda el título de caballero de Herr Zimmermann…

Él no alcanza a entender la réplica airada de la otra mujer. Aunque el barullo desordenado en su cabeza comienza a aclararse, no es capaz de reaccionar. Tal vez sea por el dolor o el efecto sedante del perfume del cuarto. A lo mejor la única parte activa de su cerebro acaba de desconectarse. Sea lo que sea, sólo escucha el taconeo nervioso de las mujeres a su alrededor, sumido en una tranquilidad ominosa.

Aún percibe el tacto de la pistola en su piel, como si el metal hubiera dejado una quemadura helada en su sien. Pero el terror que aún debería agarrotar sus músculos se limita a zumbar en sus oídos, un ruido blanco emocional que no consigue desgarrar el velo que aturde sus sentidos. Simplemente está flotando a la deriva, entumecido.

—… es evidente que una doctorzuela no sabría distinguir a un auténtico caballero ni teniéndolo delante de sus… ¡Joder! ¡Ahí viene!

Revuelo. Las tres regresan entre cacareos a sus puestos, y a él casi lo obligan a volver con ellas al mundo real estrujando una vez más la bolsa de hielo contra su cabeza, con tanta energía que su víctima ve luces rojas detrás de los párpados. Un latigazo de dolor crispa sus nervios y le hace ver el mundo en brillantes colores de neón durante un instante que es brevísimo, pero suficiente para que el cabello de Derek Zimmermann parezca una llamarada roja bien domesticada sobre su cráneo.

Al verlo despierto, la boca del alemán se tuerce en una mueca de satisfacción casi imperceptible.

—Veo que habéis tratado bien a Monsieur Daguerre. Excelente.

Su voz se integra a la perfección con el ritmo de la música. A él le cuesta diferenciarlos. Por su parte, la vedette de la muletilla encuentra oportuno propinarle un codazo cómplice entre las costillas. 

—Les ruego disculpen la tardanza —fingiendo no haberlos visto, Derek se sacude una mota de polvo imaginaria de la ropa—. He encontrado algunas dificultades adecuando mi suite. Pero no se preocupen; el Monsieur y yo no les robaremos mucho más tiempo esta noche.

Mientras dice esto, le tiende algo a él. El botellín tiene un peso contundente en sus manos, pero la pequeña pastilla roja casi se escurre y desaparece entre los pliegues de su piel. Ante su mirada extraviada, Derek se pasa la lengua por delante de los dientes y articula un “para la cabeza” casi imperceptible. A él el dolor amenaza con volverlo loco, así que no tiene que plantearse mucho el abrir la botella con dedos torpes y tragar sin más esa lenteja roja.

—¿Ya se lo lleva, Herr Zimmermann? ¡Pero si acababa de despertarse! Déjelo un rato más por aquí, por favor. Con el ánimo muerto que tenemos hoy nos vendría genial un show como el de la noche de fin de año.

Esta vez la súplica proviene de la vedette de uñas carmesí, aunque su expresión seria no termina de cuadrar con las miradas extasiadas de sus compañeras. Derek debe notar esa discordancia, porque entonces toma la muñeca de Louis y lo obliga a  ponerse en pie. A pesar del firme apretón del Herr, la debilidad lo traiciona y casi lo manda derecho al suelo.

—Aunque no dudo de que nuestro amigo estaría encantado de ofrecerle al nivel tres un buen espectáculo, creo que ahora mismo no se encuentra en las mejores condiciones —para ilustrar su posición, hace un movimiento desganado en dirección a las piernas temblorosas de Louis—. Además, tenemos un asunto de negocios que requiere nuestra atención ahora mismo. Les agradezco su colaboración, señoritas, y les aseguro que estaré pendiente de su próximo show. Y ahora, si nos disculpan…

Dando media vuelta, lo ayuda a moverse entre grupos de bailarinas y hombres pasados de copas. Atraviesan cortinas púrpuras y salas vibrantes de vida, siempre envueltos en esa extraña música que se arrastra entre sus pies. Derek lo guía fuera de los salones. En los pasillos, la luz empieza a atenuarse, como si estuvieran adentrándose en la madriguera de un zorro. Dejándose llevar, Louis cierra los ojos.

Ahora la oscuridad es total.

 

 

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De lujo (Chapitre 17: Un gatito seducido)

17

—¿Wieniawski?

—Mec.

—Ah, venga ya. ¿No era La cadenza?

—Mec.

Yo hago una mueca y levanto de mala gana la esquina de la página para anotar mi derrota. Ni siquiera me molesto en comprobar el número de rondas ganadas por Raymond, me pondría de mal humor. Justo detrás de mí, los músculos en la espalda de mi protégé se estremecen de una forma misteriosa contra los míos al reajustar su posición, preparándose para la siguiente pieza. El movimiento parece querer transmitirse y reverberar en mi cuerpo. Un ligero hormigueo me eriza todo el vello, aunque yo, algo aturdido, sacudo la cabeza e intento concentrarme en la hoja a medio escribir.

Algunas semanas han pasado desde la extraña noche de fin de año, pero el tiempo no ha conseguido esclarecer los hechos. Ni siquiera el elegante pelirrojo con su contrato se ha dignado a contactar conmigo. Recordar que firmé algo sin leerlo me pone los pelos de punta y hace que la vergüenza ruede y ruede en mi estómago, pero justo por eso no todavía no me he atrevido a preguntarle a Chiara o a Sacha por él. Y desde luego, no pienso confiarle mis inquietudes a ninguno de esos snobs del club. Por el momento no tengo ni idea de en qué me he metido. Y sin embargo, no puedo decir que no me pique la curiosidad. Aquel hombre tenía toda la pinta de saber mucho más de lo que dejaba entrever, algo que, por algún motivo, está dispuesto a compartir conmigo. Eso al menos me consuela, ha propiciado la aparición de un nuevo hilo de investigación: conocer la identidad del extorsionador de Madame Strauss, ese tal Hans. El recuerdo de su voz y las palabras espiadas en el pasillo hormiguean bajo mi piel.

Creo que no ha sido tan mala idea firmar ese papel. Aunque si supiera a qué precio me he vendido, dormiría más tranquilo por las noches, por supuesto.

Luego, de la mano de ese primer misterio, está Maidlow…

La pieza que Raymond estaba tocando languidece y muere con una pequeña protesta del violín. Volviendo a levantar el boli de la hoja, pruebo suerte con Ravel, pero al parecer tengo un oído nefasto para la música (o Raymond me está timando).

—Mec. Nueve a uno, gatito. ¿Era a la décima cuando ibas a volver a probar mi piercing?

—Eso no va a volver a entrar en mi boca, descuida —replico, mientras apoyo el cuaderno en las piernas—. No sé dónde le ves lo divertido a esto. ¿Por qué estamos jugando? ¿Es para torturarme, o algo así?

Yo noto movimiento detrás de mí y tuerzo el cuerpo para encontrarme con la sonrisa lobuna de Ray, muy cerca de mi cara. En cuanto me vuelvo tengo que entrecerrar los ojos un segundo, porque su pelo del color del cobre refleja el brillo ardiente del sol, y enseguida noto su aliento cosquilleándome la oreja.

—¿Por la velada con final feliz para el ganador?

—Eres terrible.

—Y te gusta.

Chasqueo la lengua, pero al toparme con esos ojos enmudezco, las palabras de Maidlow reflotando como traídas por la corriente. Al final, me veo obligado a desviar la vista, avergonzado.

Me ha costado más de lo que me gustaría admitir recuperar y procesar toda la información de aquella noche de mi memoria. Fue complicado sacar toda la porquería que el duque me había escupido a la cara justo al día siguiente de lo ocurrido, cuando desperté resacoso y con Raymond intentando aprovecharse de mi cuerpo inconsciente, así que me limité a dejarla enterrada en algún rincón de la mente. Sólo con el paso de los días comenzó a resurgir esa idea, igual que los restos de un naufragio. No quería creerme las patochadas de ese idiota, pero…

Esta es mi jaula.

Si el Chat está prostituyendo a Raymond en contra de su voluntad, yo soy uno de los culpables, según Maidlow.

No sé qué hacer o cómo sentirme. He pasado todas estas semanas vigilando a mi protégé, esperando ver en él algo que me libre de culpa, o al menos que confirme lo que más me temo, pero, como es de esperar, es imposible saber qué le ronda la cabeza. Ahora que la sospecha es cada vez menos sospecha y más certeza, no puedo mirarlo a los ojos sin que me asalte la culpabilidad.

¿Qué puedo hacer?

Lo ignoro. Pero está claro que lo que no es admisible es quedarme de brazos cruzados a sabiendas de lo que ocurre aquí dentro. Incluso pensé en buscar una alianza con Maidlow, aunque el resentimiento de mis nudillos me dice que tal vez no sea tan buena idea. De todos modos, el duque faltó a su última cita con Raymond y no se le ha visto por el Chat desde la noche de Navidad, tampoco podría ponerme en contacto con él aunque quisiera.

Gruño. Odio sentirme como un pelele, pero hay nada en mis manos. Mi única opción viable de momento es esperar noticias de ese pelirrojo. Estoy seguro que tiene que existir algún tipo de conexión entre el hombre del despacho y mi protégé, y el tipo de la fiesta parece ser la pieza necesaria para despejar mis dudas…

Frustrado, cierro la libreta, me froto los ojos.

Ray ha vuelto a posar los dedos sobre el violín. Yo dejo los papeles a un lado y permito que mi cuerpo se desparrame sobre la cama como un montón de partículas sin conexión. Con la cara apoyada en la colcha blanca, aprovecho que no me está prestando atención para estudiar la postura del prostituto. Puedo ver esa sempiterna tensión contenida en sus músculos, semejante a la de cualquier mármol trabajado por Bernini. Respiración agitada, carótida ondulante bajo la piel. Con los ojos entornados y los labios entreabiertos, en trance. La música es insoportablemente hermosa, como de costumbre, pero sólo alcanza a acariciar mi cerebro con las yemas de los dedos. Esas yemas que en una coreografía precisa y  frenética bailan en el mástil sin trastes. Y para cuando quiero darme cuenta, estoy preguntándome si sus dedos se moverían igual, pequeños animales hambrientos, encima de mi cuerpo.

Al igual que la pequeña chispa que desata el incendio, ese pensamiento prende mi imaginación y hacer arder la sangre en mis venas de forma delirante. Yo cierro los ojos y entierro la nariz en la almohada, pero ya es demasiado tarde, y un sinfín de imágenes vergonzosas zumban por detrás de mis párpados. Y mi imaginación morbosa materializa ese cuerpo que se sacude bajo el mío, se escurre entre mis manos húmedas, serpenteante y lúbrico. Mi inconsciente incluso se molesta en recrear de la forma más realista posible el sonido pegajoso de los cuerpos al entrechocar y…

¡Maldita sea!

Había olvidado la forma ridícula en que Raymond consigue coger mi autocontrol y lanzarlo volando por la ventana. Por suerte para mí, la música tocando su fin me salva en el último segundo de abrir un agujero en el colchón (ya me entendéis). A pesar de que me cueste admitirlo, lo cierto es que volver al mundo real acalorado, duro e insatisfecho es un asco. Pero por mucho que quiera recrearme en mi desgracia no tengo la oportunidad, porque entonces me encuentro con el silencio expectante de mi protégé, y comprendo que debería seguirle el juego o se hará muy evidente mi dolor de testículos.

—Eh… ¿Saint-Saëns? —farfullo, lo primero que se me pasa por la cabeza, y para mi sorpresa, él me hace un mohín. Olvidando momentáneamente que mi entrepierna dista poco de un bate de béisbol profesional, brinco en la cama como si volviera a tener seis años.

—¿Era Saint-Saëns? ¿En serio? Soy un puto genio.

—Si te lo hubiera puesto más fácil habría sido vergonzoso hasta para ti —Ray deja el violín a un lado, en un gesto suficiente insoportable, pero no consigue evitar que le aseste un puñetazo de victoria en el hombro, eufórico.

—Arrodíllate ante mí.

—Lo haría gustoso, gatito —acompañando la propuesta, lanza una ojeada a la parte baja de mi cuerpo que consigo bloquear en el último momento, cruzándome de piernas con un gruñido—. ¿Te has puesto rojo de la emoción, o qué?

No es que me ponga rojo. Es que algún día vas a provocarme un derrame interno masivo. Y seguramente te sentirás orgulloso.

Después de arreglárselas para enfriar mi satisfacción, Raymond se encoge de hombros, me dedica toda su indiferencia e inicia un meticuloso ejercicio de estiramientos que hace crujir sus articulaciones. Al parecer sus ganas de divertirse, torturarme o lo que sea que motive sus jugueteos, se han disipado. Con él distraído en sus cosas, puedo permitirme el lujo de sentarme como una persona normal en la cama y olvidarme un poco de mi entrepierna, lo que es un alivio enorme, os lo aseguro.

El sol empieza a dejarse caer bajo la línea del horizonte y proyecta filamentos de luz anaranjada a través del ventanuco. Me inquieta pensar en lo rápido que se acerca el momento en que deba volver a bajar en ese ascensor negro, dirección a las turbias entrañas del Chat Bleu. Pensar en lo ciego que he estado todo este tiempo me da ganas de abofetearme.  No entiendo cómo he dejado transformarse los días en semanas y meses ahogándome en el vasito de mis propios problemas, sin percatarme de la realidad turbulenta bajo mis pies, aguas infestadas de tiburones.

Por otro lado, podría marcharme del Chat y no volver la vista atrás. De hecho, ¿no es lo que quiero en el fondo, desde aquel primer día de pesadilla? Salir por patas y seguir viviendo mi vida anodina de siempre, como si nada hubiera ocurrido. Sólo tengo que saldar mi deuda con Ava Strauss, y cada vez queda menos para librarme del peso de esa alfombra.

Entonces, ¿por qué ni siquiera me lo estoy planteando como otra opción?

No lo sé, y tampoco sé si quiero saberlo. Estoy empezando a no tener ni idea de por qué sigo haciendo esto. Dejándome atrapar.

—Siempre estás así, ¿eh?

Ray me contempla. Sus piernas cuelgan por el lado contrario de la cama, una mano perezosa le rasca el ombligo por debajo de la camiseta. Pero a pesar de la tranquilidad de su cuerpo, algo malévolo insiste en brillar en sus pupilas como una advertencia de neón.

—Piensas demasiado.

Yo le bufo, y recibo a cambio un cabezazo en el muslo.

—Qué concentrado parecías —ronronea, mientras se restriega contra mi pierna. Desde aquí parece tan inocente como un puma a punto de desgarrar la yugular de algún animal asustado—. Apuesto a que estabas pensando en mí.

—Debería golpearte.

—O sea, que no lo niegas.

Otra vez esa mueca burlesca, una sonrisa que no llega a serlo del todo. Viéndolo comprendo que cada vez estoy más perdido, y que ni siquiera alcanzo a rozar aquello que sostiene su fachada de indolente irreverencia. Casi da la sensación de que cuanto más tiempo paso en su órbita, más consigue confundirme y reírse de mí. Y eso es tan frustrante, porque siempre, pase lo que pase, necesito conocerlo todo a mi alrededor. Tengo que descubrir lo que no sé, y saber más que eso aún, hasta que todos los misterios han sido cuidadosamente diseccionados. Nunca he funcionado de otra forma, aunque, por supuesto, ha quedado de sobra demostrado que nada de eso sirve con Raymond. Lo único que consigo de mi protégé es seguir aturdido, mientras él se permite jugar con mi mente y mi cuerpo. No hay nada justo en eso, y a pesar de ello, yo sigo mordiendo el anzuelo como si fuera lo más natural del mundo.

Debo haber perdido cualquier atisbo de razón ya, pero más peligroso es que no parece inquietarme lo que debería.

Conmigo aún medio absorto en ese pensamiento, Ray recupera su violín destartalado para trastear con las clavijas. Yo sigo el proceso de reojo, sin llegar a prestar atención del todo y algo ido, hasta que mis ojos resbalan por el instrumento y el abrazo de los dedos de Raymond sobre el mástil, una caricia a la madera más que cualquier otra cosa.

 —Voy a hacerte una pregunta.

Aun con la vista fija en el instrumento, puedo notar el ligero cambio de posición de los hombros de mi protégé.

—Ya sabes las reglas —dice tras un pequeño lapso de tiempo, como si hubiera estado intentando resistirse (y fallando estrepitosamente) a su propio juego, y luego regresa a la tarea que lo ocupa con actitud indiferente—. A no ser que vayas a pedirme que te empale contra el colchón. Eso sería un bonito regalo de los dioses.

Yo me froto el puente de la nariz, por debajo de las gafas.

—Las conozco de sobra.

También soy consciente de que estoy caminando sobre hielo fino. Aunque no lo parezca, para él el asunto de las preguntas no es tanto un juego como una forma de revelar lo menos posible de sí mismo y al mismo tiempo obtener algo a cambio. Casi siempre logra no decir nada interesante ni importante, y como es lo bastante retorcido como para hacerte caer una y otra vez en la casilla del castigo, las recompensas suelen ser sustanciosas para él la mayoría de las veces. Es un juego al que está acostumbrado a no perder, y del que yo he salido escarmentado en demasiadas ocasiones para mi gusto.

—Y como las conozco, fingiré que no has abierto la boca e iré al grano antes de que se te ocurra otra idiotez, ¿te parece? —él menea la cabeza, pero yo separo los labios antes:—. ¿Nunca te has imaginado haciendo algo… diferente?

Es sólo justo al terminar de formular la pregunta cuando me doy cuenta de que parecía mucho menos estúpida en mi cabeza. Al menos eso me confirma el brillo en la sonrisa de Raymond.

—No estaba hablando de nada que tuviera que ver con tu pene y lo sabes —me apresuro a añadir, en tono casi infantil—. Podrías hacer lo que quisieras ahí fuera.

¿Qué? Realmente lo creo. Es difícil no hacerlo después de comprobar el mimo con el que deja que sus manos traten los instrumentos que caen en ellas, y no me cuesta imaginarlo en cualquier otra parte mucho más digna que ese tugurio de La Madriguera, fluyendo con la música como algo vivo y pulsante. Pero de alguna manera (intencional o no) eso queda siempre relegado a un segundo plano y al olvido por culpa de ese muro de aplastante sensualidad tras el que tiende a parapetarse.

Me pregunto si habrá sido eso el causante de que haya terminado aquí.

—No pierdo el tiempo imaginando cosas que no van a suceder —la respuesta de Raymond me hace levantar la cabeza de forma repentina. Andaba medio hipnotizado con el punteo de sus yemas sobre el violín, y encontrarme ahora con su cara inexpresiva me pone ansioso sin razón aparente.

—¿Cómo que…?

—Dijiste sólo una pregunta, gatito.

—Ya, pero…

Para mi consternación, mi voz no tarda en ir despeñándose hasta convertirse en una mezcla de lamento y gruñido de derrota al descubrir que la oportunidad ha vuelto a escurrírseme entre los dedos para pegarme una patada en la cara. Dejo caer las manos —con las que antes había empezado a gesticular en un desesperado intento de encauzar la conversación— e intento envenenar con la mirada a Raymond, pero él no tiene piedad y es demasiado rápido. Mi sistema nervioso es incapaz de capturar lo que ocurre momentos antes de que el peso del cuerpo de su cuerpo hunda el mío en el colchón.

 —Yo también tengo una duda.

Es lo que dice mientras se acomoda a horcajadas sobre mis muslos y atrapa mi camiseta para colar la mano por debajo. La temperatura de su palma amenaza con calentarme la tripa y estremecer mis sentidos.

—La verdad, no consigo entender… —continúa, sus dedos trazando líneas invisibles en las inmediaciones de mi ombligo, como si quisiera hacer realidad la sucia fantasía de hace un rato. Yo alcanzo torpemente su muñeca y lo fuerzo a interponer una barrera imaginaria entre nosotros, porque no quiero saber qué podría pasar si sigue tocándome—. ¿Por qué te resistes?

Parpadeo ante su interés genuino, como un idiota.

—¿Qué?

—¿Es que tienes miedo de que te pongan contra la pared o en realidad eres un heterosexual de incógnito? —su sonrisa intenta volverse ladina, pero parece que le está resultando imposible disfrazar ese ramalazo de curiosidad—. Y no me digas que alguien como tú no ha tenido oportunidades. Sería una broma muy triste.

Mi primer impulso al oír eso debería ser apartar de mi cuerpo sus dedazos impertinentes y mandarlo al infierno, como otras tantas veces. Pero eso no ocurre, y no sé por qué termino ahí tirado, bocarriba en la cama y bloqueado, mirando sin ver a Raymond. Mientras, el tiempo se escurre entre nosotros de forma indefinida. Yo juego a desenfocar y volver a enfocar la vista.

—Tuve una mala experiencia con eso —murmuro, justo antes de escaparme de ese lapsus para encontrarme con la ceja arqueada del prostituto.

Y justo para darme cuenta de lo que acabo de decir.

Oh.

—¿Qué? ¿Mala experiencia? —demasiado tarde para huir. Tampoco es que tuviera escapatoria, con Raymond sentado encima de mí, sujetándome. Sólo puedo dejar que un bonito color granate se asiente en mi cara.

—N-no tengo por qué contestar a eso… ¡au, para!

Como el desgraciado que es, él vuelve a atacar sin piedad mis costillas. Cada pellizco duele como un aguijonazo (y seguro que dejarán cardenales como futuras heridas de guerra), y por mucho que oponga resistencia se acercan peligrosamente a mi pecho, cada vez más rápido…

—¡Joder…! Está bien y-yo… No soy exactamente… virgen. Q-quiero decir, lo soy, pero… ugh.

Sí, ugh se aproxima bastante a lo que siento ahora mismo.

Silencio. Yo me cubro la boca con la mano, el ademán estúpido de retener unas palabras que ya se han abierto paso hacia el exterior. Una humillación amarga me da vueltas en el estómago y se mezcla con la bilis, pero no sé si está ocurriendo por lo que acabo de decir, o responde a la imagen que araña un rincón de mi mente, rogando convertirse en un recuerdo. Sobre mí, Ray ladea un poco la cabeza, las pupilas dilatadas de manera casi imperceptible, pero comete el error de levantar la mano a la altura necesaria para que ésta pueda encontrarse con mis dientes.

Y qué queréis que os diga. Me consuela un poco ver su cara antes de que pierda el equilibrio con el susto y el golpe de su cuerpo contra el parqué retumbe por el cuarto.

—¡Gato traidor! —gimotea, aunque yo no quiero perder el tiempo. A pesar de haberlo visto caer, esas palabras aún retumban en mi cráneo igual que un cántico de escarmiento.

¿Por qué a este acosador, de todas las personas?

Maldiciendo, consigo arrastrarme fuera de la cama por el otro lado y rescato mi abrigo mugroso del pomo de la puerta del baño.

—Te pasa por andar jodiendo todo el día —gruño, y me envuelvo en la bufanda como si disfrazarme de yihadista fuera a ayudar a aliviar el temblor de mis extremidades—. Y más te vale no joder mientras yo no estoy. Tengo que ver a mi editor.

Jamás pensé que volvería a decir esto, pero por contradictorio que parezca me alegro de que Édouard me dé una excusa para largarme.

Voy a alcanzar la puerta cuando la cabeza de Raymond asoma por debajo de la cama, los ojos entrecerrados.

—¿Todo esto era una estrategia para fugarte con Tarta de Fresa? —inquiere, con un bufido burlón—. Cuando vuelvas aquí…

Yo me meto las manos en los bolsillos, le devuelvo la mirada desafiante.

—¿Qué? ¿Vas a embestirme con ese chichón?

—Voy a arrancarte la ropa interior a mordiscos.

Como respuesta a eso, chasqueo la lengua y giro el picaporte.

—¿Te refieres a la que no llevo ahora mismo? —añado, en un ataque de euforia un poco tonto que, por un momento, incluso parece que hace remitir la angustia de antes. Más aún cuando acierto a ver la mandíbula descolgada de mi protégé un segundo antes de cerrarle con un portazo.

El portazo hace gemir los goznes y sacude el suelo bajo el cuerpo de Raymond, pero a pesar del estruendo, él aún permanece unos segundos atascado bajo la cama, junto con la imagen mental que le ha provocado Louis. Cómo quitársela de la cabeza. O, más bien, ¿quién en su sano juicio iba a querer borrarla para siempre?

Ah, él sabe de sobra su respuesta a la pregunta. Gatito mojigato, ¿de qué le servirá guardarse esa actitud desvergonzada para sí? Con lo bien que podrían haber estado pasándoselo desde el principio…

El prostituto se arrastra fuera de la cama, frotándose la nuca dolorida, y se pasa la punta de la lengua por los labios, despacio, como queriendo retener el regusto imaginario y evanescente de Louis. Por suerte, el juego de acoso y derribo con su protector es lo bastante divertido como para no volverlo loco. De no ser así, lo más probable es que ya hubiera devorado hasta los huesos de Louis.

Aunque Ray desea centrarse con todas sus fuerzas en los calzoncillos del escritor, no puede evitar que su interés comience a rodar en otra dirección. Su marcha deja otro tipo de dudas menos lúdicas que el asunto de su no-ropa interior.

Su protector parecía tan perturbado al hablar de su virginal (¿o no?) culo que a Ray le cuesta creer que tal afirmación fuera una táctica para escabullirse. De hecho, no lo cree en absoluto.

Pero entonces… ¿por qué ha estado fingiendo algo así todo este tiempo? No es muy sensato hacer algo así en un sitio como el Chat, y está seguro de que Louis lo sabe de sobra. Y si no, la experiencia ya debe haberle demostrado que su supuesta pureza es un caramelito para los peces gordos del club.

Bueno, sea como sea, no debería resultarle demasiado difícil sonsacárselo, aunque tendrá que esperar a que Louis regrese de donde quiera que esté saltándose sus labores de niñero. Ray desea de corazón que no se trate realmente de Tarta de Fresa. Sería un desperdicio que alguien como Louis le hiciera el menor caso a un tarado de ese calibre.

Además, ese tarado le pegó. En la cara.

Además, el gatito es suyo, él le puso mote primero.

Satisfecho con el razonamiento, estira los miembros hasta hacer crujir las articulaciones y se pone en pie. Sabe que las advertencias de Louis sobre hacer maldades caerán en saco roto si no encuentra algo en lo que distraerse pronto, y no quiere hacer enfadar (mucho) al escritor. Necesita tenerlo de un humor decente para conseguir que desvele sus secretos.

Iba a empezar a deambular como un animal por la habitación cuando algo entra en su campo visual.

En el suelo y entre las sábanas revueltas, asoma una libreta. Él la reconoce al instante. Es como una extensión del cuerpo de Louis, y no recuerda haber visto a su gatito sin ella. Sin pensárselo, la rescata del suelo y hojea las páginas, tatuadas con una letra apretujada y desigual. Ray nunca leyó demasiado bien y la caligrafía de Louis es un tanto críptica, pero de algún modo, el prostituto se las apaña para desenredar la maraña de sintaxis de las primeras páginas.

Pero al hacerlo, casi se atraganta con las palabras de Louis.

Después de bajar a trompicones hasta la puerta principal, aterrizo en las calles húmedas de la ciudad envuelto en una sensación irreal de sueño lúcido. No tengo claro si este estado se debe al cóctel de excitación y terror que hirvió en mis venas en la habitación de Raymond, o es un anestésico para minimizar lo que me espera ahora, pero se me pasa de un plumazo cuando el atontamiento me hace meter el pie en un charco.

Gruñendo —y bajo la mirada socarrona del portero—, sacudo la pernera mojada y hundo las manos en los bolsillos. Antes de que quiera darme cuenta, mis pies ya han tomado una ruta por cuenta propia y atravieso el corazón palpitante de turistas de París esforzándome por no pensar. Sé adónde me lleva el inconsciente, y aunque no hago nada por detenerlo, no puedo sino sacudirme un poco por debajo de las capas y capas de ropa. Así, salvo el Sena cruzando el Pont Neuf y tomo el bulevar Saint Michel sólo para que mi malestar evolucione a algo frío y viscoso apretándome el pecho. La dorada cúpula del Panteón rompe la línea de edificios bañada en una luz sanguinolenta cuando me aproximo, esquivando estudiantes, a los Jardines de Luxemburgo. Las calles salpicadas de librerías especializadas no atraen mi atención por primera vez en mucho tiempo, porque la fea figura negra de la Torre Montparnasse ya se encarga de mantenerme la vista ocupada.

El barrio de Montparnasse. Nido de artistas inmigrantes y bohemia de la primera mitad del siglo veinte. Y el hogar de Édouard.

Édouard… Mientras dejo atrás a las familias que vuelven a casa después de una tarde en el parque, intento recordarme otra vez por qué no he terminado con esto. Y, como siempre, la respuesta parece clara.

Es sólo por el trabajo.

Después de rechazar la oferta de Maidlow incrustándole mi puño en la cara, ¿qué me quedaba, a fin de cuentas? Nada. Estaba seguro de que mi sueño editorial acababa de golpearse contra un muro de granito y realidad. Y de hecho, así era. Olivia no tardó en ponerse en contacto conmigo, días después de la noche de fin de año, para anunciarme que, sin financiación extra, no podría publicar a un autor novel.

“La premisa es buena, pero el tema arriesgado; no sabemos cómo va a reaccionar el público” había dicho, en un tono apenado que encajaba bastante bien con la forma en la que me estaba hundiendo en la silla de la cafetería. “Supongo que sabrás cómo está la economía… No podemos arriesgarnos a publicar si no caminamos sobre un terreno más seguro. ¿Tal vez si volviéramos  al manuscrito inicial…?

Pero yo no estaba dispuesto a retomar eso. Por primera en veintitrés años siento que estoy haciendo algo de verdad, con este nuevo proyecto, y volver a mi primer trabajo sólo me haría recordar una y otra vez mis tristes fracasos en la vida.

Además, es monstruosamente horrible.

Aquel día me fui a la cama seguro de que todo había acabado. Y la mañana siguiente me encontré con un contrato en la mano y todo listo para editar mi manuscrito en cuanto lo rematara con el punto y final.

Édouard había acudido al rescate sin que nadie se lo hubiera pedido. Se había ofrecido a trabajar sin cobrar conmigo, al menos hasta la completa edición de mi recopilatorio. Algo que ni de lejos tiene pinta siquiera de ser legal. Pero, a pesar de eso y de los sentimientos encontrados, ni Olivia ni yo pudimos negarnos.

Y a pesar de eso, de la excusa razonable que he apuntalado a martillazos en mi sentido común estos días, al alcanzar el edificio de mi editor, el corazón empieza a ralentizar su ritmo y me hormiguean las extremidades.

Lo que ha pasado ahí arriba… ¿estará cincelado en las paredes todavía? ¿Estoy preparado para verla de nuevo ahí, mi vergüenza garabateada con tinta indeleble en cada minúsculo rincón?

Será como meterme de lleno en la cinta de terror que llevo años reproduciendo en bucle, sin poder parar.

Inspirando hondo, apoyo la frente sobre los barrotes de hierro forjado del portal y la humedad me traspasa la piel en una mordedura helada. Sigo así hasta que sólo consigo recordar lo cansado que estoy, porque el frío me entumece la memoria. Entonces me atrevo a pulsar por fin el botón del interfono y la puerta se abre con un zumbido en lo que tardo en pestañear. Subo los escalones, despacio, convenciéndome a la fuerza de que estoy aquí porque si no consigo publicar algo pronto probablemente asuma que soy inservible en cualquier aspecto y termine arrojándome delante de un coche en Concordia. De que no tiene nada que ver con Édouard, sólo con el manuscrito. Le he hecho prometer que no sacaría otro tema que no fuera el profesional. Ambos sabemos que esto es una reunión de trabajo.

Sí. Eso es.

La puerta de Édouard es la única del último piso que parece tener un aspecto invitador. Debe ser porque la conozco bien. De hecho, la conozco tan bien que creo que no podría contar las veces que he cruzado ese umbral y caminado por este mismo rellano.

Aunque puedo ver con claridad en mi cabeza la última vez que cerré esa puerta a mis espaldas.

Un chasquido, y su cara aparece tan rápido en el lugar que antes ocupaba la madera que no tengo tiempo de prepararme. Por un momento me encuentro de pie en mitad del rellano, aturdido y sin recordar con detalle por qué estoy aquí.

Por suerte, él sale al rescate (por segunda vez):

—Eh… ¿hay que invitarte a pasar en voz alta para que entres?

Sonríe un poco mientras lo dice, medio de lado, como si llevara tanto tiempo sin hacer algo así que ahora tiene que pelear con sus músculos agarrotados para arrancarse un gesto. Yo, avergonzado, trato de contener el impulso de taparme la cara con mi bufanda de kamikaze talibán.

Pero, aparte de eso, no siento nada.

—Un anfitrión siempre tiene que ser cordial con sus invitados —replico, sintiéndome yo también algo agarrotado al devolverle algo parecido a una sonrisa (y al casi citar una de las frases célebres de Ava). Él me responde del mismo modo como acartonado, y se hace a un lado para que pueda arrojarme dentro del apartamento sin pensar, preparado para cualquier golpe emocional…

Pero lo que encuentro me deja un momento mudo.

—Cuando empecé a cobrar mi sueldo, decidí hacerle un lavado de cara al piso —comenta mi anfitrión, como si acabara de leerme la mente, pero es el chasquido de la puerta al cerrarse lo que me saca del sobresalto—. Ya iba siendo hora. Estaba cayéndose todo a pedazos.

Esas últimas palabras se arrastran fuera de su boca y quedan un momento en el aire antes de desvanecerse. El silencio pesa sobre mis hombros mientras dejo mi abrigo en el blanco y diminuto recibidor. Qué sentimiento tan extraño. De reconocimiento y de extrañeza. La verdad, no sé por qué esperaba encontrármelo todo igual que cuando me marché. No es como si el tiempo se hubiera detenido y hubiera estado esperándome para volver a ponerse en marcha en cuanto pusiera un pie dentro del edificio de nuevo. Ahora, al ver los flamantes muebles de Ikea de Édouard ocupando el espacio donde antes había antiguallas machacadas y polvo, soy plenamente consciente de que, después de lo que ocurrió, él también ha seguido viviendo. Incluso puede haber tratado de librarse de ese peso que ha sido y es nuestro pasado. Igual que yo…

Quitando la parte del prostíbulo de lujo y las alfombras persas estropeadas, por supuesto.

Medio enredado en una conversación desganada sobre libros electrónicos, sigo a Édouard hasta la cocina. Tal vez es por la incomodidad que ha empezado a tejerse entre nosotros desde que entré, pero en cada uno de los movimientos que utiliza para preparar café y mantener viva la charla, veo ese tema arañando y luchando por devorarnos a los dos. Una bomba de relojería a punto de estallarnos en la cara. De hecho, el tiempo en la cocina fluye despacio, envuelto en la expectante tensión de comprobar cuándo Édouard se rendirá y romperá su promesa de mantener esa noche en el olvido.

Pero los minutos pasan, y la conversación simplemente sigue su cauce natural hacia Olivia y la editorial, y de lo feliz que está de poder trabajar con mi novela a pesar de todo. Para cuando me termino el café, Édouard ya me está hablando de los pequeños cambios que podrían hacerse para que mi recopilatorio sea perfecto. Yo dejo mi taza en el fregadero y lo acompaño hasta el salón, perturbado.

No puedo ser el único de los dos que lo está sintiendo vibrar en las venas, estoy seguro de que ambos compartimos la misma quemazón que provocan las palabras nunca dichas. Al menos quiero interpretar así la leve rigidez de su cuello cuando vuelve la cabeza para invitarme a sentarme en el sofá.

Yo me dejo caer sin pensar demasiado. En ese momento me doy cuenta que debo haber olvidado mi libreta en el cuarto de Raymond, porque por más que tanteo por todos los bolsillos de mi chaqueta, no aparece. Bueno, qué más da. Édouard se acerca con una copia, y tampoco es que haya escrito nada nuevo.

Siempre estoy demasiado ocupado desvelando mis secretos más vergonzosos a un prostituto.

—¿Sabes, Louis? —mi editor toma asiento a mi lado, pero lo bastante apartado de mi cuerpo como para no levantar suspicacias—. Creo que tanto Olivia como yo ya te comentamos que todos tus relatos son increíbles, pero no deja de sorprenderme la temática que has escogido para escribir.

Dice esto algo ruborizado, mientras relee por encima una de las historias del recopilatorio. Yo me cruzo de brazos.

—¿No pensabas que el cándido de Louis llegara a atreverse a escribir sobre pollas alguna vez, verdad?

La acidez de mis palabras hace que Édouard me mire y parpadee, el aturdimiento flotando en sus ojos oscuros.

—Bueno… en realidad, no es que muchos autores se atrevan a enviar historias de temática erótica a sus editores. Y menos aún si son noveles —su respuesta incómoda me da un buen revés que me obliga a fijar la vista en los papeles repartidos por la mesa, sintiéndome demasiado avergonzado para disculparme.

Dios, ¿por qué estoy haciendo esto?

Tengo que resistir la tentación de llevarme las manos a la cara, porque me hierve y, aunque siga centrado en las fascinantes espirales en la madera de la mesa, sé que Édouard está observándome. Y lo más probable es que lo haga mientras se pregunta qué narices me pasa.

—Siendo sincero, tampoco es un tema que hubiera esperado de ti —al oírlo, levanto la cabeza. Aunque habla con cautela, él se atreve a sonreírme un poco cuando mis ojos encuentran los suyos—. Me sorprendió el, eh… nivel de detalle de la narración.

Mirando su cara enrojecida, pienso en el circo grotesco que se desarrolla entre los muros del Chat Bleu y en el dolor de cabeza que es su estrella principal. Y me siento tentado de tirarme de los pelos y llorar y reír al mismo tiempo. Para fortuna de Édouard, simplemente cuento hasta tres y me pellizco el puente de la nariz antes de responder.

—¿Qué voy a hacer, si tengo la mejor y la peor inspiración?

—¿Te refieres a la del tipo que permite que alguien demasiado ebrio para saber dónde está o por qué le haga una felación en un callejón?

Las líneas del relato que acababa de caer en mis manos se difuminan hasta volverse ilegibles. Yo bajo la hoja cuando las palabras consiguen filtrarse por mi cráneo y el calor amenaza con asfixiarme en mi propio rubor. Édouard me sostiene la mirada sin pestañear, y yo intento hacer lo propio y no rendirme, pero termino medio encogido y centrado en lo fascinante de la mugre en mis zapatos.

Y la bomba reventó.

No puedo indignarme porque me haya reprochado lo que ocurrió esa noche. Sé que lo que ocurrió esa noche me lo busqué yo solito, y una humillación vergonzosa burbujea en mi estómago.

—No tienes ni idea de lo que he tenido que pasar para escribir esos relatos, para no morirme de hambre —suelto, enfurecido conmigo mismo. Me gustaría redirigir toda esa ira hacia lo que él mismo me ha hecho sufrir, montar un escándalo como cuando me abordó en la cafetería y olvidarme así de mis malditas meteduras de pata, pero pronto descubro que soy incapaz de hacer otra cosa que no sea permanecer con la vista fija en el suelo, temblando de rabia.

Édouard no responde inmediatamente. Sus dedos llegan a alcanzarme el hombro en un intento de consolarme, pero en lugar de eso el contacto nos deja tan rígidos que su mano termina convertida en un puño sobre el sofá.

—Louis, lo siento.

—Prometiste que no sacarías temas personales.

—Estoy empezando a pensar que eso ya no será posible nunca más. Para ninguno de los dos —suspira, yo aprieto los dientes. He sido el primero en entrar tenso y saltando al mínimo comentario con cosas que poco tienen que ver con el trabajo—. Esto es…

—Un error.

Silencio.

—Iba a decir incómodo —el dolor en su voz es tan tangible que yo no sé ni cómo encajarlo—. Yo… Lo siento.

—No vuelvas a pedirme perdón —entumecido, recojo unos papeles de la mesa, pero una vez en mis manos no tengo ni idea de qué hacer con ellos. Al final, tengo que volver a dejarlos donde estaban, angustiado—. Te has disculpado tantas veces desde que te conozco que la expresión ha perdido todo su significado.

Cuando por fin me decido a despegar los ojos del entarimado, Édouard sigue sentado a la misma distancia segura, tan quieto que me hace sospechar que contiene el aliento. Contemplar su silueta, tan dolorosamente inmutable y que me destrozó los nervios en nuestros dos primeros encuentros, me agota ahora de forma física y mental. ¿Cómo es posible que no haya cambiado ni un ápice en estos años?

—Estoy preocupado por ti.

—No tienes ningún derecho a estarlo.

Necesitaba que lo estuvieras hace seis años, no ahora.

—No, no lo tengo —yo lo escucho a medias, como si me encontrara sumergido en aguas profundas. Estoy demasiado ocupado estrujando los papeles sobre la mesa hasta convertirlos en una amalgama informe de celulosa. Para desgracia de mi meticuloso trabajo, Édouard agarra la bola de papel y la aprieta él también antes de arrojarla fuera de nuestro alcance. Ese brote de confianza me deja parpadeando—. Pero no puedo ni quiero evitarlo.

Sin darme tiempo a recomponerme y replicar, mi editor parece reunir el valor necesario para plantar de forma definitiva su mano en mi hombro. La forma en que sus huesos parecen encajar con los míos igual que viejas piezas de puzle me sacude desde el mismo tuétano.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

—Trabajo en un maldito hotel de lujo —de mala gana, aparto esa mano de mí—. Y el descerebrado del callejón es la gran estrella del sitio. Mi única tarea es evitar que siga siendo un descerebrado, pero hay un puñado de ricos que pretenden convertir mi vida en el guión de una telenovela de segunda. Todos quieren joderme —En todos los sentidos de la palabra—. Fin de la historia. No hay nada de lo que preocuparse. Aunque no lo parezca, lo tengo todo bajo control.

Ja.

Mirando a Édouard, me doy cuenta de que está pensando exactamente lo mismo. Yo ya no sé si la bola que me cierra el estómago está hecha de rabia, vergüenza u otras emociones misteriosas y complejas, pero me está dejando sin respiración.

—Lo último que necesito es tu compasión, ¿entiendes? —le espeto, lanzándome sobre él para agarrarlo por los hombros y sacudirlo, un burdo intento de borrar esa expresión de pena sempiterna de su cara—. Estoy aquí por el trabajo, para poder salir de ese agujero, no para que me recuerdes toda la mierda de mi vida. ¡Tú preocúpate de tu maldito empleo y de ser la estrella totalmente heterosexual del Stade Français, y déjame en paz!

Escupo esto último sin pensar, acalorado por el enfado y la frustración, y todavía sujetando a Édouard. Su rostro, de pronto impasible, está tan próximo al mío que puedo oler su loción para el afeitado.

Entonces él tuerce la boca en algo que intenta parecerse a una sonrisa.

—Ya, bueno. El Stade Français. Creo que no.

Al principio me cuesta entender su expresión. Mi cabeza es una nebulosa de nervios, bochorno e ira mal controlada. Édouard aprovecha mi estado de confusión para rodear mis muñecas con los dedos y apartarme. Toda su decisión parece haberse evaporado para convertirse en ese aire melancólico tan suyo. Cuando caigo en la cuenta y me quedo frío, él ya ha recuperado los últimos supervivientes de los documentos repartidos sobre la mesa, que estudia en silencio.

Y yo tengo que esforzarme por comprender, por buscar los motivos a algo inverosímil.

—¿No te cogieron? —pregunto, mientras mi entumecimiento emocional comienza a disolverse y la sorpresa me deforma la expresión.

—No —mi editor no despega la vista del folio, pero puedo ver como sus hombros se hunden con cada una de sus palabras—, me aceptaron, ya lo sabes.

Sí, ya lo sé. Cómo olvidar la inmensa media luna de su sonrisa al arrojarme la noticia a la cara. Por mucho que lo intenté, ni siquiera pude fingir bien la alegría. Sólo parecía estar alejándose un paso más de mí.

—Entonces…

—Rechacé el puesto —me corta él, y yo me quedo mudo—. ¿Crees que tenía sentido ya aceptarlo? Seguro que te parece una idiotez, pero rechazar esa oferta fue la forma más duradera de recordarme que había arruinado cualquier posibilidad de ser feliz en la vida.

La tan temida mención a lo que ocurrió ese día llega, pero ni siquiera parece golpearme. Tal vez sea porque estoy todavía aturdido, intentando digerir la información.

El sueño de una vida, tirado por la borda.

—Mira —por fin, Édouard abandona los papeles y vuelve a mirarme a los ojos—, sé que probablemente me odies ahora mismo. No te culpo, estás en tu derecho, y ni siquiera busco hacerte cambiar de opinión. Yo sólo… llevo años queriendo decirte que no hay un solo día que no me recuerde cada segundo de lo que ocurrió aquella noche. Me cuesta contar la cantidad de veces que he deseado volver atrás y cambiarlo todo, lo que daría por poder hacerlo, y el horror que supone comprender cada día lo que hice. Y me tortura, pero no puedo permitirme olvidarlo. Es mi cilicio personal. Por eso no quiero ni puedo pedirte que me perdones. No estoy seguro ni de que yo mismo sea capaz de perdonarme por lo que ocurrió.

Él termina de hablar con un leve temblor que sacude su cuerpo como un pequeño sismo. Yo no puedo moverme, no puedo pensar. Sólo puedo ver cómo Édouard intenta poner en orden sus propias emociones antes de vuelva a dedicarme una de sus sonrisas forzadas.

—Nunca más volveré a sacar el tema, lo juro —y, como si no hubieran existido ni esta conversación ni el bosque de papeles arrugados a nuestro alrededor, saca un bolígrafo y retoma el trabajo.

Inmóvil, dejo sus palabras rebotando dentro de mi cráneo, una y otra vez.

¿Qué ha sido eso?

Aunque la pregunta me asalta un momento desaparece enseguida, ahogada por una especie de zumbido en mis oídos. El corazón me palpita en un compás rítmico y atronador en el pecho, y de pronto eso es todo lo que puedo oír. Édouard sigue hablándome de mis relatos, pero yo soy incapaz de prestar atención a sus palabras. Su perfil, un calco de mi memoria, y los pequeños y engañosos cambios de esta habitación, que no deja de ser la misma de siempre… Nada ha cambiado, en el fondo. Él sigue aterrorizado y perdido, yo sigo frustrado y herido. Tal vez hayamos alcanzado un nuevo nivel de dolor, pero ello no ha conseguido cambiar la materia de la que estábamos formados.

E incluso por encima de ese sufrimiento, no encuentro la manera de obviar la añoranza que a veces me abraza a traición en sueños.

Inspiro. Los muelles del sofá se me clavan en la parte trasera de los muslos cuando mi cuerpo, casi por cuenta propia, se inclina hacia un lado. Por su parte, Édouard parece darse cuenta de que no lo estoy escuchando y se vuelve hacia mí, y mi corazón quiere volverse loco el momento en que nuestras narices chocan. El aliento de Ed roza mis labios, yo aprieto mi boca contra la suya, y el calor me golpea y embriaga.

Ya no logro volver a pensar con claridad. Es como volver a respirar tras pasar una eternidad sumergido en algo frío y viscoso. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba atrapado, aguantando la respiración. Ha sido demasiado, desde luego.

No obstante, y contra todo pronóstico, Édouard responde agarrándome por los hombros e interponiendo una barrera imaginaria entre ambos. Puedo leer el temor en la rigidez de sus dedos clavados en mi piel. Yo siento el calor abandonando mis mejillas poco a poco, pero no mis labios, donde permanece igual que el calor residual de una lámpara incandescente. Creo que estoy temblando.

Igual que las manos de Édouard.

—Esto… —balbucea, su voz perdiéndose hasta ahogarse a sí misma. Luego llega el silencio, o algo parecido, porque mi respiración parece llenar cada rincón del cuarto.

Un segundo, dos. Y, tan rápida como la mía, su compostura se tambalea y él se desmorona sobre mí con un lánguido quejido de los muelles bajo nuestros cuerpos. Ed bebe de mí después de años muriendo de sed, y sus labios dejan una quemadura ardiente en mi boca. Mis dedos no vacilan al enterrarse hasta la raíz de su melena oscura, buscan lugares conocidos en la curva de su espalda. Él me toca como quien roza una herida reciente, pero la forma delirante (y tan familiar) en que su lengua mueve la mía casi hace que destierre cualquier recuerdo de mi mente y me abandone a mí mismo, al modo en que sus brazos consiguen encontrar el hueco perfecto para ellos al apretar mi cuerpo.

Aunque no oigo ni entiendo sus palabras deshilachadas, sí que siento transmitirse el calor a la puntas de mis dedos y luego a mis venas cuando me deslizo por debajo de su camiseta. Me siento abrumado, ahogándome en un recuerdo reencarnado.

Entonces Édouard alcanza las trabillas de mi pantalón, y vuelvo a verme como aquella noche, tirado en el suelo de esta misma habitación, asfixiándome en el dolor y el miedo. Y todo me revienta en la cara con tal fuerza que tengo que rodar hasta caerme del sofá, golpeándome con la mesa y armando un estropicio.

El mundo parece quedarse inmóvil. Édouard me mira igual que un animal al que acaban de apuntar con un rifle.

—Louis.

—No puedo —jadeo, mientras me pongo en pie tambaleante y retrocedo hasta la salida. Estoy tan aturdido que termino chocando con el marco de la puerta—. No puedo olvidarlo.

La mueca de dolor en su cara, aún enrojecida, se superpone al gesto desesperado con el que trata de detenerme:

—Hablémoslo, Louis… —yo consigo menear la cabeza, alcanzando el pomo de la puerta—. Déjame llamarte mañana, cuando todo esté más tranquilo.

—No lo hagas, por favor —es lo único que consigo barbotar, antes de escurrirme fuera, cerrar la puerta y precipitarme escaleras abajo.

Aún puedo oír sus voces al desmoronarme en los escalones del portal de Édouard. Están en cada maldito rincón de mi memoria, expandiéndose como un eco persistente. Las voces y sus risas. Se hundieron en mi piel para despellejarme aquella noche, tan calientes que me escaldaron las entrañas hasta hacerlas carbonilla y dejarme hueco por dentro.

Mi cuerpo entero vibra y una náusea tira de mis tripas. Yo aprieto las palmas contra mis cuencas, respiro. Cuento hasta diez. Hasta veinte. Hasta ciento veinte.

No puedo olvidarlas.

Aún puedo paladear el sabor de Édouard en mis labios, pero no puedo borrar lo que hizo, y empiezo a temer que eso me vaya a partir en dos.

No sé cuánto tiempo sigo sentado aquí. Las sombras comienzan a alargarse y a engullir los contornos de la ciudad. Llego a ver la luz fantasmagórica y amarillenta del alumbrado público hacer relumbrar mis zapatos. Me quedo hasta que el frío amenaza con insensibilizarme de forma permanente las extremidades. Sólo entonces me levanto, despacio.

Una parte de mí no quiere irse. Debe ser la misma que se lanzó a comerle la boca a Édouard, o la que se empeña en susurrar que tal vez no sea tan mala idea volver a subir esas escaleras y plantarme en su puerta. Fingir que nada ha ocurrido entre nosotros y empezar de cero.

Y qué fácil sería ¿no? Recuperar la reconfortante presencia de Édouard en mi vida, que ahora sólo permanece como un susurro obstinado, igual que el miembro fantasma de un lisiado de guerra. Sería tentadoramente fácil, dejarse arrastrar por esa familiaridad que aún existe entre nosotros.  Excepto tal vez por el pequeño, nimio detalle de que, de hacerlo, me obligaría a vivir con ese momento (esa pesadilla) tatuado en la piel cada segundo que lo mirara a la cara.

La brisa de enero cuela sus dedos helados por el cuello de mi camisa, provocándome un violento escalofrío. Aunque en mi huida precipitada he dejado atrás mi abrigo, en ningún momento me planteo volver a por él. De hecho, la idea sólo me incita a caminar más rápido en dirección contraria, de vuelta al Chat, y poco a poco, el hilo desquiciado de mis pensamientos comienza a acompasarse con mis pisadas hasta quedar reducido a un quedo ruido blanco.

De repente el ritmo de París me resulta agotador. En lugar de atravesar las arterias rebosantes de vida de la margen izquierda del Sena, opto por tomar una ruta alternativa de callejuelas de nulo atractivo para los turistas. Es el camino más largo, pero me siento mejor una vez que el bullicio de los bulevares queda atrás y puedo respirar de nuevo…

… Hasta que algo parecido a un cepo frío me atenaza el cuello, robándome el aliento. La mano, enorme y férrea, me arrastra violentamente hasta el final de un callejón, sin importarle demasiado el dolor que azota mi cuerpo. Es tan intenso que yo no puedo moverme, no puedo gritar. Ni siquiera el terror tiene la oportunidad de nublarme los demás sentidos. Y entonces veo la cara de mi agresor y casi puedo sentir cómo se me congela la sangre para formar un coágulo denso y punzante en mi pecho.

Un rostro brutal deformado por las cicatrices.

El miedo me sube como hiel ácida por la garganta y disuelve cualquier atisbo de razón que pudiera conservar. Pataleo, mi respiración tan frenética que me retuerce el estómago en una náusea infinita y que hace que mi mundo empiece a girar y girar. Aun así, lo único que consigo con eso es que un brazo férreo me inmovilice, dejando su otra mano libre en una ocasión perfecta para agarrarme del pelo y estrellarme la cabeza contra el muro de ladrillo.

Cierro los ojos. Es casi más un reflejo que otra cosa, porque mi visión resulta engullida por un deslumbrante fogonazo blanco. Le sigue el dolor, de color rojo oscuro y espeso, y mis piernas cuelgan sin llegar a tocar el suelo, inertes.

Después, dedos que se hunden en mi carne al obligarme a levantar la cara. La imagen de su dueño aparece entre mis pestañas como salida de la bruma. Aristas y ángulos. Una sonrisa afilada, que corta y muerde. Yo siento algo frío fluyendo en mis venas cuando su voz se las arregla para apuntalar mis tímpanos por encima del pitido interminable que me llena la cabeza.

-Mira lo que hemos encontrado, Jordan. Qué graciosa casualidad. ¡Un escritor! Y uno al cual su fama precede, ¿sabes? -lo reconozco. Reconozco su voz. En el despacho de Ava, aquella noche de fin de año…-. Justo tenía una historia increíble que contar. Es realmente emocionante, un thriller de acción, diría. La trama es sencilla, pero estamos trabajando en ella, ¿verdad?

Un gruñido de asentimiento es la única respuesta que recibe, y el sonido retumba en mis huesos. A la luz tenue del callejón, esa figura pálida quiere parecer un espejismo, pero el firme apretón en mi mentón es muy real. Yo soy incapaz de reaccionar, como esos insectos prehistóricos atrapados para siempre en una lágrima de ámbar.

-La historia comienza con un escritor, también. Uno que consigue trabajo en un hotel para ricos y que tiene por hobby meter la nariz en los trapos sucios de los demás.

Respiro con fuerza. Las palabras del tipo me arrastran de vuelta los pasillos del Chat. Oigo su nombre de los labios del pelirrojo del baile y de Ava. Nunca sonó como otra cosa que no fuera una amenaza clara, y la advertencia de Chiara de pronto cobra un sentido aterrador.

Ante mí, los rasgos agudos del hombre se contraen en una especie de sonrisa.

-¿Te resulta familiar?

Ya no puedo verle la cara. La boca de la pistola parece una puerta al infierno, perfectamente redonda y formada por un denso lodo negro que, a centímetros de mi cara, parece a punto de tragarme para siempre.

-Conozco a un escritor que una vez pensó que sería buena idea escuchar a través de una puerta -el metal frío entra en contacto con la piel de mi mejilla y la hunde, moldeándola igual que plastilina. Yo quiero respirar, pero sólo puedo intentarlo, boqueando con una desesperación angustiosa-. ¿Quieres saber qué fue lo que le ocurrió?

¿Qué acaba de decir? No lo sé. Mi pecho se expande y se contrae como si quisiera aplastar los órganos internos o la maraña de pensamientos frenéticos y alarmantes que me colapsa. Sólo única idea, casi primitiva, no deja de palpitar en mis sienes con una claridad aterradora:

No quiero morir.

No aquí.

No así.

¿Cómo he llegado a esto? Estaba seguro de haber salido del pasillo antes de ser descubierto. De hecho, aunque mis recuerdos de esa noche son difusos, juraría haber estado a punto de alcanzar el hall del hotel cuando me topé con…

Qué estúpido. Qué estúpido soy.

La misma mole de carne que me inmoviliza estaba allí. Obviamente. El guardaespaldas de un extorsionador no iba a ocultar a su jefe que un idiota se había pasado la noche con la oreja pegada a la puerta mientras él soltaba sus secretos.  Y yo, con mi comportamiento a la altura de ese mismo idiota, ni siquiera he tenido la prudencia de acordarme durante todo este tiempo de su presencia amenazadora.

Ahora van a meterme un tiro entre las cejas y lo más probable es que me lo merezca.

-¿Qué se supone que debo hacer ahora contigo?

Como si fuera yo quien debe darle la solución, mi agresor (Hans, para ser más precisos) estudia con detenimiento mis pupilas dilatadas. No obstante, si de verdad quiere una respuesta está claro que no la va a tener, porque a mí me cuesta concentrarme con su arma clavándose descuidadamente en mi pecho, entre mis costillas. Ni siquiera se me permite removerme. Esos brazos que me rodean bien podrían pertenecer a una de esas hercúleas esculturas de mármol macizo en el Louvre. Al final, continúa su monólogo obviando mi opinión:

-Cada año que pasa Ava termina contratando a gente más y más inútil. No sé si será o no algún tipo de resistencia sutil -él ladra una risa que hinca aún más el metal en el cuerpo y que me seca la boca. El resentimiento cruje entre sus dientes-. Si lo que pretende es aparentar ser el nuevo Gandhi o algo así, tal vez debería cerrar antes esa casa de putas suya, ¿no crees? Como si permitir que Raymond se asilvestre en el Chat fuera suficiente para redimir sus pecados.

La mención de mi protégé hace tensarse mis músculos de tal manera que el matón se ve obligado a cerrar su abrazo aún más, hasta casi cortarme la respiración. Para Hans, mi reacción debe resultar divertidísima, a juzgar por la sonrisa -pequeña y puntiaguda- que acaba de materializarse en su cara.

-¿Te sorprende algo? Pensaba que te habías enterado de todo esto cuando estabas agazapado en la puerta de Ava Strauss.

Ojalá fuera así. Me falta la información más importante.

-¿Qué es lo que quieres de él? -el sonido de mi voz me sorprende. He hablado en un acto reflejo, como si ser un cotilla con una pipa entre las costillas fuera la actitud más normal del mundo.

La verdad es que yo también me dispararía si fuera él. Varias veces. A quemarropa. Y sin ningún remordimiento.

Como respuesta inmediata (la cual milagrosamente no es un disparo), un sonido gutural e inquietantemente parecido a una risotada emerge tras mi espalda y hace vibrar mis huesos. Me habría aterrorizado de no estar demasiado preocupado por la pistola y su dueño, quien dedica unos segundos a escrutarme, parpadeando muy despacio.

-¿Eres idiota? -inquiere al fin.

Y es una pregunta genuina. Al menos hay auténtica curiosidad en su voz y en la forma de revisar el cañón del arma, asegurándose de que es real y funcional y aterrador. En cuanto se ha cerciorado de que todo está en orden y de que todavía puede matarme con un gesto vuelve a hundirme el arma en el vientre.

Yo me estremezco. Incluso a través de la camisa, el metal es frío hasta quemar.

-Creo que no eres consciente todavía de lo que te está ocurriendo. Tú tenías una labor muy sencilla en el Chat Bleu. Tú única obligación era no quitarle un ojo de encima y no dejar que hiciera ninguna tontería porque, como ya sabrás, Raymond es propenso a meter la pata y a hacer cosas que no le convienen.

Él tuerce la boca pálida con eso último, apenas un segundo en el que se afloja la presión del arma en mi estómago.

-Pero ya veo que no es posible. Es una lástima que esto haya sido un fiasco total. Comprendo que él pone su empeño en hacérselo difícil a todo el mundo, pero es un dolor de cabeza que Ava ya ni siquiera se moleste en contratar a personal competente… -Hans termina la frase con una especie de gruñido bajo y casi inaudible. De forma inconsciente, jadeo cuando la pistola vuelve a tocar mi cuerpo, pero por una vez ésta no se clava dolorosamente en mi carne.

El acero en el cañón acaricia mi piel en una línea recta, ascendente, congelándome los nervios, y a su paso mi camisa cede y se repliega sobre sí misma. Sin dudarlo un instante, todo mi organismo reacciona contrayéndose, incluso aunque ello suponga que el cepo del matón alrededor de mi cuerpo me estruje las costillas y me corte la respiración.

Después, un segundo estático. Tanto Hans como yo observamos la irradiación de la luz artificial de la ciudad sobre mi cuerpo, y puedo estar seguro de que ambos pensamos lo mismo: mi piel expuesta parece el vientre blanco de un pez a punto de ser diseccionado y destripado.

-Al menos Ava ha procurado traerle a alguien que le hiciera pasar buenos ratos de diversión –comenta, sus labios levantándose para mostrarme unos caninos blancos, bien alineados y casi indistinguibles del resto de la dentadura.

Un pensamiento hace revolverse mis tripas al escucharlo. Quiero pensar que sólo está intimidándome, pero sus ojos no se molestan en esconder el untuoso brillo lúbrico con el que cortan y evalúan la calidad de mi carne y huesos. Nunca nadie me había estudiado así, con una minuciosidad que arrastra sus largos dedos en los pliegues más íntimos de mi anatomía, únicamente para recrearse exhibiéndolos ante un público hambriento.

El asco me golpea. Es un sentimiento tan intenso que aturde mis sentidos, y sólo puedo mirar esos ojos translúcidos y preguntarme si alguna vez han escrutado del mismo modo a mi protégé.

Por más que lo intento, no consigo entender la conexión entre este tipo y Ray. Su relación debe estar a años luz de ser siquiera algo razonable, viendo que ambos se conocen desde antes del Chat y que, con toda seguridad, Hans es el causante de la situación de mi protégé. Sea lo que sea es aterrador. En mi inocencia, suponía haber entendido que cada minuto que ha pasado entre las paredes del club ha sido una pesadilla para él, demasiado aterradora para permitirle reaccionar. Es algo fácil de asimilar, más después de haber sido testigo de la brutalidad a la que es sometido sin ningún tipo de escrúpulo. Ahora, sin embargo, veo en el rostro afilado de Hans esa expresión tan familiar, la de todos esos hombres saturados y hastiados de estímulos sensuales que buscan entretenimiento de usar y tirar, y es sólo entonces cuando descubro que he sido un idiota presuntuoso al pretender creer que comprendía en lo más mínimo a Raymond.

Y es que está acostumbrado a este trato desde hace mucho. Esas miradas no son nada nuevo para él, ni siquiera la forma brutal en que dedos de desconocidos dejan improntas violáceas al hundirse como garras en su cuerpo, tratando de exprimirle hasta la última gota. Todo eso debe resultarle ya algo natural, una segunda piel viscosa y asfixiante que siempre ha llevado y de la que no puede escapar.

Al unir esas piezas, el miedo empieza a desenvolverse y calar en mis propios huesos. Como si necesitara verme al borde del abismo para darme cuenta por fin de que estoy paseando por su infierno personal, tal y como lo hacen los turistas por París: ciego y sordo, dispuesto a llevarme conmigo un recuerdo pálido y a no involucrarme más.

Pero ese infierno me ha devuelto la mirada y, al fin, el temor (un miedo animal y egoísta) a que esto pueda llegar a devorarme a mí también arde en mis tripas.

Sólo quiero que aparte la mirada de mí de una maldita vez.

Como obedeciendo el mandato de mi inconsciente, Hans deja caer la mano con la que sujeta la pistola y entorna los ojos. Puedo percibir un cambio sutil en el ambiente que me pone el vello de punta.

-No importa. Ava ya ha cumplido su deuda conmigo, así que él puede volver al lugar al que pertenece de una vez. En cuanto a ti… Es una pena que se pueda encontrar algo como tú en cualquier barrio mugriento de esta ciudad -dice, y el metal besa mi sien-. Porque eso tacha de la lista la última excusa que me quedaba para no pegarte un tiro.

Yo cierro los ojos, mi cuerpo negándose a responder.

Así que este es el fin.

Es lo último que pienso antes de que el matón de Hans se sacuda como un animal en mitad de un alarido, liberándome de golpe. Yo voy a golpearme el hombro contra duro pavimento al caer, ya que mis piernas están tan convencidas de que debo estar muerto que son incapaces de sostenerme. No las culpo. Yo tampoco puedo moverme en primera instancia, sólo ver cómo sobre mí se desata un caos críptico para mi cerebro dopado de adrenalina.

La mole de carne y músculo que me sostenía ahora se enrosca sobre sí mismo gruñendo, la mano convertida en una garra sobre su hombro. Espesa y oscura, la sangre se escurre entre sus dedos y nos deja hipnotizados tanto a mí como a Hans, que aún sostiene la pistola con el brazo en alto y una expresión petrificada. Yo consigo recomponerme y arrastrarme lejos antes de que su mirada acuosa rebote de su esbirro a mí. Con un rictus de rabia, vuelve a apuntarme, aunque no tiene tiempo de nada más.

Esta vez sí que puedo escuchar el chasquido por encima del murmullo de la ciudad. La bala sólo alcanza a rozarle la mano, pero es suficiente para obligarlo a soltar la pistola en un alarido de dolor e incredulidad.  Yo alzo la vista inmediatamente, sólo para distinguir una silueta fugaz correteando entre las chimeneas.

-No me obligues a no fallar la próxima -advierte-. Desde esta distancia sólo me hace falta una bala para eliminaros a ti y a tu perro deforme.

La suya es una voz femenina, con un deje aburrido que mis nervios hacen familiar de una forma inquietante. Aun así, una ola abrumadora de agradecimiento me calienta el estómago al caer en la cuenta de que la recién llegada está ayudándome de alguna manera, pues al menos su intervención me da la oportunidad perfecta de aprovechar el aturdimiento de Hans y ordenar a mis músculos agarrotados que se muevan. No paro de moverme entre cristales rotos y mugre hasta que me encuentro a salvo tras unos contenedores, con el corazón todavía taquicárdico.

-¡Mueve el culo, imbécil! ¡Pártele el cuello! -Hans aúlla como un demente, loco de frustración. De rodillas y encorvado, trata de recuperar su arma a manotazos, pero la pistola silenciada lo mantiene a raya desde los tejados.

Tras ellos, al otro lado del callejón, la libertad asoma.

Al verla, tentadora, un sudor pegajoso comienza a escurrirse desde mi nuca y en la cara interna de mis puños, y mi cuerpo casi salta por voluntad propia en dirección a la carretera. Aun así, tengo la suerte inmensa de detenerme en el último momento, porque de no haberlo hecho habría ido a darme de cabeza contra la enorme silueta del gorila de Hans, que se acerca a grandes zancadas tambaleantes.

Ella está demasiado ocupada manteniendo a raya a Hans. Ya no puede ayudarme.

Yo noto nublarse mi visión periférica. Inmediatamente, pego la espalda a la pared como si quisiera fundirme con ella, con el mismo ímpetu que pensaba utilizar para arrojarme fuera del callejón. Lo hago justo a tiempo de escuchar el lamento del primer contenedor al ser empujado con fuerza bruta contra el muro, desperdigando por el suelo toda clase de misteriosa inmundicia. A mí el sonido me provoca una arcada automática de ansiedad.

No hay huida posible.

-Ven, pajarito -esa voz no es más que un gruñido jadeante. Sin ira oculta, sin dolor. Nada-. Será rápido.

Un nuevo chirrido parece llenar los espacios vacíos de mi escondite, acompañado esta vez por una nube de papeles que sale despedida y se dispersa a mi lado como huidizos ratones. Mis manos sudorosas comienzan a palmear el suelo en un tanteo frenético, mientras la sombra del gorila comienza a ocupar cada rincón del callejón. Los dedos se me cierran alrededor de algo frío.

Y entonces esa sombra me cubre por completo.

-Te encontré.

Una sonrisa bestial, más que esa mano que vuelve a cerrarse en mi hombro. Por mi parte, aprieto el objeto en mi puño, hasta que dejo de sentir por debajo de la muñeca.

Es sólo un segundo, pero el golpe sacude hasta la última célula de mi organismo y me obliga a soltar la barra de hierro, que se aleja entre tintineos. Como siguiendo su ejemplo, esa mano en mi hombro pierde fuerza y resbala bajo la mirada aturdida de su dueño, que pronto sigue su ejemplo, desplomándose exactamente en el mismo sitio en el que me acurrucaba unos segundos antes. Yo comienzo a retroceder mientras lo veo retorcerse y gemir en el suelo.

Antes de que me quiera dar cuenta he echado a correr. Paso como una exhalación sobre el rastro de destrucción del matón y esquivo la mano de un Hans que intenta atraparme sin salir del ángulo muerto de mi salvadora. Sus gritos de frustración, sin embargo, no llegan a golpearme. Con la cabeza como sumergida a gran profundidad, no puedo centrarme en otra cosa que no sea la libertad abriéndose ante mí en un abanico de posibles rutas de huida.

No, lo último que quiero ahora es mirar atrás.

Justo cuando alcanzo la intersección entre el callejón y la avenida, un rugido me hace botar en el sitio. El deportivo se detiene derrapando ante mí, y yo lo reconozco al instante. Es el Porsche de Sacha, pero yo sólo soy capaz de parpadear al descubrir la cabellera pelirroja emerge de la ventanilla del conductor.

Derek me sonríe, lentamente.

-Me da la sensación de que está teniendo un mal día, Monsieur Daguerre. No se preocupe, no es cosa suya. A esas compañías penosas con las que se ha codeado les está costando encontrar sus sitio en el mundo.

Aunque esto último parece dirigido a mí, su mirada acerada se pierde en algún rincón del callejón. Una de sus comisuras se eleva, como si acabara de recordar algún chiste patético. Luego su vista recae en mí de nuevo, al tiempo que comienza a subir de nuevo la ventanilla.

-Puedo llevarle al Chat, si le apetece. ¿No teníamos algún asunto pendiente usted y…?

Su frase queda interrumpida por el chasquido de la puerta que me permite arrojarme dentro del automóvil, jadeando como un animal. Con un sonido satisfecho, Derek pisa el acelerador y el callejón se desvanece tan deprisa que todo lo ocurrido parece una simple alucinación.

Inspiro. Espiro. El ronroneo del motor aplasta todos mis esfuerzos por tratar de comprender lo que ha ocurrido ahí atrás. La inercia me lleva a aovillarme en busca de una posición en la que todo mi cuerpo dolorido no chille de agotamiento.

-Eso que tiene en la cabeza no pinta muy bien -comenta Derek, pero yo no entiendo lo que dice.

Algo me arrastra hacia la oscuridad y yo sólo me dejo llevar.

De lujo (Chapitre 16: Un gatito incompetente)

16

-Derek. Lo dicho, el placer es mío.

Mi voz suena pastosa, más al alzarla para hacerme oír por encima de la música y la cháchara insustancial de quienes tenemos alrededor. Pasada la euforia de mi revolcón con Raymond, ahora un dolor agudo se ha instalado en mis sienes y me hace ver el mundo dos veces más brillante de lo que es en realidad. Las piernas me tiemblan un poco, y mejor no hablar del estado ridículo de mi ropa.

En definitiva, lo último que me apetece es estar aquí charlando con este tipo, cuando lo que necesito, y de forma urgente, es encontrar por fin a Maidlow.

Pero, como es de conocimiento público ya, nunca he tenido demasiada suerte. El tal Derek no parece tener intención de dejarme ir tan fácilmente. Yo trato de enfocar la vista en su dirección sin parecer muy borracho. El hombre que me devuelve la mirada es alto y recio, y el caro traje azul marino que viste se ajusta perfectamente a las formas rectas y duras de su anatomía. La frente despejada, esos pómulos altos y las facciones angulosas parecen enmarcar unos ojos claros, de tonos fríos. Es atractivo, supongo. Al menos no parece tener la necesidad de pavonearse ante cualquier ser vivo, como les ocurre a muchos otros clientes del Chat Bleu.

En este momento, hay un brillo casi divertido en esos ojos azulados.

-¿Qué le ha pasado a su chaqueta?

Yo hago rodar los hombros por debajo de la ropa mojada, sintiéndome de pronto de mal humor, y me paso una mano por la cara para que no me vea enrojecer.

-Raymond -farfullo. No es del todo cierto, pero al mismo tiempo no es exactamente mentira. Es un buen resumen de lo que ha pasado ahí atrás. Y, qué demonios, Ray siempre se merece de alguna manera que le echen las culpas por cualquier cosa.

Mi interlocutor esboza una sonrisa apenas apreciable, anecdótica.

-Debí haberlo imaginado -dice, y se repeina el flequillo rojo oscuro hacia atrás-. ¿Sabe? Ava y yo somos viejos conocidos. Llevo acudiendo al Chat desde que abrió sus puertas al público, y, desde luego, viví la incorporación de Raymond a la plantilla del club. Y he de decir, Monsieur Daguerre, que usted destaca por encima de todas las personas que han sido contratadas para vigilarlo de cerca -el tipo se acerca un vaso de contenido indefinido a los labios, sin dejar de mirarme -. No exagero al decir que su adhesión al club ha sido una de las mejores decisiones de Madame Strauss. A lo mejor eso le sirve de consuelo. Por lo de su chaqueta.

Y tras soltar tal lapidaria afirmación, deja escapar una suave carcajada, tal vez por verme con la mandíbula desencajada y atónito.

-Debe estar bromeando -rebato, parpadeando, pero él no se retracta, sólo entorna los ojos y espera-. B-bueno, se lo agradezco, aunque le puedo asegurar que Madame Strauss no comparte su opinión.

De hecho, está deseando verme meter la pata una vez más para hacerse una estola con mi piel.

Derek hace un gesto de aburrimiento con la mano.

-Ava y yo disentimos en muchas cosas. Pero no le diría esto si no me basara en hechos objetivos. Hoy, sin ir más lejos, ha revolucionado a toda la clientela del hotel.

Sí, no hace falta que lo jure. Las miraditas ansiosas dirigidas a mi culo se han multiplicado por tres en lo que llevamos de noche.

-Sí, aunque no entiendo por qué, realmente.

-Será porque posee unos destacables… atributos.

Arqueo una ceja torpemente. La sonrisa de mi interlocutor se ensancha de forma muy sutil, casi zorruna.

En algún lugar, volvemos a oír el violín de Raymond.

-Disculpe mi atrevimiento – antes de que pueda dilucidar nada de su última afirmación, Derek inclina la cabeza, sin dejar de sonreír-, pero creo haber oído que anda metido en una pequeña investigación sobre su protegido.

¿C-cómo…?

No acierto a decir nada. Como si me leyera la mente, él añade:

-El Chat está lleno de gente aburrida, Monsieur Daguerre. Los chismorreos aquí son como carnaza fresca para los buitres.

Mareado, me sujeto la cabeza. La música me entra por un oído, se mezcla con la voz untuosa del pelirrojo y sale por el otro. No quiero creerme del todo lo que estoy oyendo. Pensaba que me estaba moviendo con algo de discreción. Pensaba. ¿Quién más lo sabrá? ¿Habrá llegado a oídos de Ray? Al pensarlo, una náusea que aúna miedo y vergüenza caliente me sacude por dentro.

-Podría ayudarle con Raymond, si usted quisiera -de improviso, el tipo se inclina sobre mí. Con mis reflejos ralentizados, y pillado con la guardia baja, lo único que puedo hacer es tensar dolorosamente los músculos, algo que no evita que la nariz de Derek me roce el pómulo al susurrarme al oído:-. Sé todo lo que necesitas saber sobre ese duque entrometido… y sobre Hans.

Trago saliva. La noto bajar, espesa y sin sabor. Los sonidos de la fiesta ya no resuenan tan nítidos en mis oídos como antes. Ahora lo único seguro es la controlada respiración rítmica de mi interlocutor. Ni siquiera he notado cómo ha abandonado el tratamiento de usted hasta que consigo analizar sus palabras por tercera vez.

-¿Hans?

La presión desaparece de mi cara. Tengo que enfocar y desenfocar para poder ver con un mínimo de definición al tipo delante de mí.

-Así que no has llegado tan lejos -se sorprende, mientras somete a mi cuerpo a un vistazo evaluativo-. Esto es mucho más interesante de lo que pensaba.

Por su tono de voz, Derek parece enormemente satisfecho. A mí me llega un regusto a bilis a la boca. La advertencia de Chiara acerca de no buscarme enemigos en el Chat me araña desde el subconsciente.

-¿Quién es Hans? -insisto, repitiéndome como un loro. Es lo único que he conseguido pescar del batiburrillo de cosas que es mi cabeza ahora mismo.

Derek se lleva la mano al interior de su chaqueta cruzada en un movimiento deliberadamente lento. Si no viera su rostro como sumido en la bruma, juraría que un ramalazo de compasión ha cruzado esas facciones ladinas. Mientras, sus dedos enguantados extraen un papel blanco, cuidadosamente doblado.

-Si siente algún interés -comienza, recuperando el tono formal y casi burocrático-, estaría más que encantado en prestarle mis servicios… aunque lamento decirle que no suelo hacer estas cosas por amor al arte. Espero que lo comprenda.

Yo, que estaba centrado en observar el pliegue blanco con una fascinación que rozaba el misticismo, no puedo evitar parpadear, confundido.

-¿Quiere decir que… ? -levanto la mano, en un gesto estúpido-. No tengo dinero.

Pensaba que eso lo sabían ya todas las altas esferas del panorama económico europeo.

Mi comentario arranca una risotada a Derek que provoca un montón de ojeadas incrédulas en nuestra dirección.

Monsieur Daguerre, ambos sabemos que el mundo en que vivimos está cimentado sobre el modelo capitalista más feroz. Todo lo que nos rodea son negocios. Pero… no todos los negocios son dinero -el papel termina en mis manos. Yo lo miro son ver, porque las letras bailan sobre la celulosa-. Mi única condición es que me permita transmitirle esa información en un ámbito más… ¿privado? No sé si me entiende.

Asiento de forma desacompasada, todavía concentrado en el papel. Por más que intento leer lo que pone, sólo me encuentro con una amalgama de tinta ilegible. Suspiro, agotado.

-¿Es un contrato? -pregunto, aunque la palabra me provoca escalofríos. Todavía no me he olvidado de que algo como eso fue el principal culpable de que esté en este agujero.

-Sólo es un documento para cubrirme las espaldas -Derek se encoge de hombros, acercándome una estilográfica. Otra vez, esa sonrisa de Míster Zorro ilumina su semblante, y yo no sé cómo interpretarla-. A mí y a usted, por supuesto.

Yo lo miro un instante, vacilante, y el violín de Raymond ameniza el silencio que se interpone entre ambos. No me gusta. No me gusta Derek con sus ojos gélidos, ni esas palabras directas y seguras. Pero precisamente esas formas tan arrogantes me insinúan que realmente este tipo sabe tanto o más de lo que dice. Y si es así y consigo la información que necesito, tal vez pueda encontrar la forma de arreglar el mal que hice con Raymond.

Por otro lado, la cabeza me palpita y soy incapaz de leer lo que pone en un papel; no creo que esté en condiciones de firmar esto.

Un momento.

Una figura conocida me mira desde un lado de la sala. Al distinguir (no sin dificultades), el cuerpo marcial de Gareth Maidlow, casi echo a correr sin pensar en nada más. Menos mal que el peso de la pluma me clava a la tierra en el último segundo, y me quedo mirando los objetos en mis manos como si tuviera algún tipo de problema mental. Cuando vuelvo a levantar la vista, confuso, Maidlow se mete las manos en los bolsillos y comienza a caminar lentamente en dirección a uno de los pasillos.

Pero esta vez no se me va a escapar. No va a poder.

-Disculpe, pero tengo que irme -murmuro entre dientes, y antes de que quiera darme cuenta, mi firma está estampada torpemente en una esquina del documento, del que me deshago como si quemara. Mi admirador tiene que recuperar su estilográfica casi al vuelo, con un resoplido de sorpresa, y yo sólo acierto a soltar una disculpa poco convincente antes de salir disparado tras la estela del duque.

No obstante, y a pesar de las prisas y el ruido ambiente, puedo oír perfectamente el tono complacido de Derek a mi espalda:

-Me pondré en contacto con usted, Monsieur Daguerre.

Me siento como Alicia en pos de ese estúpido conejo blanco.

Aunque la noche ya debe estar avanzada y queda menos gente celebrando el principio de año, todavía tengo que luchar a brazo partido por salir del salón y librarme de hombres engalanados y mujeres cotillas que quieren sobarme y saber qué se cuece en las profundidades de mis pantalones. Yo me zafo de ellos y me las apaño para avanzar con determinación férrea. Las luces bailan sobre los asistentes a la fiesta, una música frenética y chispeante se arrastra sobre el suelo de mármol, pero nada de eso atrae mi atención, y hago mutis por el foro, camino al hall del club. Mis pasos resuenan en el recibidor, desierto en contraste con el salón. Guiado por algún instinto básico, cruzo toda la estancia y me asomo al temido corredor que lleva al despacho de Ava Strauss.

Gareth me espera apoyado en un pilar, con los brazos cruzados sobre el pecho. Inmóvil, como una escultura figurativa, sólo sus ojos efectúan el más mínimo movimiento al caer sobre mí. Un rápido escaneo de mi figura y algo parece sacudir sus facciones desde el mismo hueso. Es un movimiento que empieza siendo imperceptible y que se extiende igual que la pólvora hasta sus extremidades, que lo lanzan hasta donde estoy yo en dos rápidas zancadas. Y juro que la primera fracción de segundo es aterradora, como ver un rinoceronte cargando en mi dirección, pero estoy tan mareado que soy incapaz de apartarme de su camino antes de tenerlo encima.

-No ha aceptado mi oferta -me increpa, su cara cerca de la mía, pero una expresión incrédula y casi cómica adornándole el rostro. Como si aceptar sobornos fuera cosa del día a día de cualquiera-. ¿Por qué no ha dicho que sí?

Viendo esos ojos bien abiertos, una irritación creciente comienza a gestarse en mi estómago.

-Su oferta -repito, arrastrando un poco las palabras, cuyo tono y volumen van in crescendo-. ¿Se refiere al plan para satisfacer su ridículo ataque de celos?

Maidlow se aparta de golpe de mí, al tiempo que arruga la nariz.

-¿Celos? -grazna-. No sé de qué me habla.

Un tic nervioso hace estremecerse uno de sus párpados. Yo doy un paso hacia delante, menos tambaleante de lo que esperaba  en un principio.

-¿No sabe de lo que le hablo? ¿Cómo tiene el valor de decirme eso después de andar hurgando en mi vida privada con la tranquilidad de quien revuelve el café por la mañana? Después de jugar con mis esperanzas en el mercado editorial y utilizar a… a Ed como una marioneta para quitarme de en medio…

Mi voz retumba en las paredes ornamentadas del Chat. No sé cómo, pero me las he apañado para arrinconar al duque contra el muro. Su enorme presencia parece haberse reducido al tamaño de un cachorro grande y torpe, y cuando vuelvo a gritar, hundiendo un dedo acusador en su pechera blanca, él se encoge con un sonido estrangulado.

-¡Sabe perfectamente de lo que hablo! ¿Cree que no sé que anda correteando tras Raymond como un chucho faldero? No se atrevía a mover un dedo por temor a que Ava tomara represalias, pero después de lo de su padre… -trago saliva, lo único que interrumpe momentáneamente mi furioso y atropellado discurso-. Después de eso, se ha dado cuenta por fin, ¿no? De que puede hacer lo que le dé la gana, usted, el perro violador de su padre, todos.

El aliento se me escapa del cuerpo en un suspiro largo, tembloroso, y el sabor ácido de la ira me entumece el paladar. Tengo que intentar volver a respirar, porque parece que el mundo a mis pies va a derrumbarse de un momento a otro. A lo mejor sólo es el alcohol en mis venas, pero siento que podría agarrar del cuello a este tipo hasta borrarle de la cara esa estúpida (y difuminada) expresión de sorpresa. De hecho, mis manos alcanzan las solapas de su sedosa camisa blanca, aunque por suerte consigo retenerlas en el último momento y no avanzan más allá. Seguro que si las dejo alcanzar el cuello de toro de lidia del galés, terminaré apañándomelas para estrangularlo aquí mismo.

Ante mí, Gareth espira con fuerza por la nariz. Uno, dos segundos pasan antes de que sus labios vuelvan a abrirse, pero mientras tanto el silencio es tan tenso que me hace rechinar los dientes.

-Cómo te atreves -comienza, y al momento siento sus manos cerrarse sobre mis muñecas, que todavía lo agarran por la camisa- a injuriar a mi padre de ese modo.

No me puedo creer lo que está diciendo. El personaje no sólo se toma la libertad de manejar las vidas de otros a su antojo para conseguir lo que desea tan obsesivamente, sino que además defiende las atrocidades de su progenitor…

-Tu padre es la peor cucaracha que ha osado pisar este club alguna vez -gruño, consciente de que la lengua se me traba de tal manera que incluso a mí me resulta difícil saber qué es lo que digo-. Y te juro que si él o tú o alguno de los de vuestra calaña vuelve a ser lo bastante estúpido como para acercarse a Raymond, haré que conozcáis un nuevo nivel de terror.

Abro las manos, con la intención de liberar a Maidlow y alejarme de vuelta a la fiesta con esa amenaza manifiesta en el aire, pero el duque sigue aferrando mis muñecas. Al mirarlo, veo cómo su faz enrojecida adopta un rictus de furia amenazador.

-¿Mi familia? -me ruge, y su voz de barítono hace vibrar mis huesos-. ¿Precisamente tú amenazas a mi familia? ¿De quién crees que intento proteger a Ray, sino de ti, pedazo de escoria? -su saliva me salpica la cara. Yo siento cómo mis dedos vuelven a enroscarse en su ropa. Lo siguiente que dice, no obstante, hace que mis músculos flojeen:-. Él está encerrado aquí, y tú eres su sucio carcelero.

-¿Q-qué tonterías dices? -barboto. De un tirón, trato de deshacerme de él, pero el duque es más rápido y con un empellón intercambia posiciones conmigo y me incrusta contra la pared. Todo se reduce al sutil olor de su colonia y el alcohol en su aliento. Aun así, y en lugar de amedrentarme, lo único que consigue es arrancarme un sonido ronco, amenazador.

-No intentes jugar con…

-No intento nada, imbécil. Si esto es alguna… estrategia, siento decirte que es una mierda.

Maidlow suelta mi pechera, pero sus puños se mantienen inmóviles en el aire, entreabiertos, como si estuviera preso de algún conflicto interno, y su ceño forma una arruga perfecta mientras entorna los ojos y recorre con ellos mi cara. Yo le respondo con un siseo hostil. Al final, un sonido incrédulo se escapa de su cuerpo, levantando sus hombros y las cejas de una forma que el alcohol hace graciosísima.

-¿En serio estás aquí sin tener ni idea de lo que haces?

-Sé perfectamente lo que hago -rebato, con un rubor incendiario que me quema las mejillas-. Eres tú el que ni sabe lo que tiene en su propia casa.

La imagen del viejo gordo y medio borracho gritándome a la cara se solapa con el gesto adusto del duque y hace que se me revuelvan las tripas. He venido a pedir explicaciones, pero ahora sólo quiero pegarle un puñetazo. Como si me leyera la mente, Maidlow retrocede un paso, mirándome de reojo.

-Siempre me había preguntado cómo sería el tipo de persona capaz de dejar que le paguen por ayudar a retener a alguien en contra de su voluntad en un sitio como este -al decir esto, adopta una postura rígida, echando una ojeada a mi ropa, la nariz levantada-. No puedo decir que esté sorprendido, de todos modos. Eres tan rastrero y penoso como imaginaba.

Yo no oigo esto último. Mi mente embotada se queda enredada en el primer concepto, que empieza a calar despacio en la materia gris hasta hacerme entender. Y entonces me quedo clavado al suelo.

-¿Insinúas que Raymond no puede marcharse del Chat?

Maidlow, que estaba paseándose por el corredor, se detiene para dedicarme una sonrisita suficiente antes de fijar la vista en sus manos.

Quiero hundir el puño en esa cara.

-No ha sido fácil investigar. En el club no gusta mucho que se hurgue en los asuntos de los demás. Pero creo que ya sé qué es lo que pasa aquí. Sólo necesito… -tuerce la boca, disgustado-, necesito saber por qué lo quieren aquí.

Meneo la cabeza, siguiendo su paseo incansable por los pasillos ricamente decorados. La idea es absurda, es como intentar atrapar el aire. Y sin embargo, algo dentro de mí se empeña en desenterrar mi discusión con Raymond tras el incidente de Maidlow senior, mientras una sola frase revolotea en mi cráneo, sin cesar.

Esta es mi jaula.

-Estás loco.

Es lo único que consigo decir, después de llevarme las manos a las sienes, pero al parecer no es lo que el duque quería oír. De pronto su sombra amenazante me cubre de los pies a la cabeza y yo tengo que levantar la cara para enfrentarme a esos ojos ardientes.

Podría aplastarle esa bonita nariz de estirado.

-¿Eres en serio lo bastante imbécil como para creer que Ava necesita de un patán como tú para llevar su club? Jamás habrías puesto un pie en el Chat Bleu si ella no tuviera que llevar a cabo una tarea tan baja y penosa, idiota.

Apenas ha terminado de hablar cuando esas manos enormes agarran mi ropa y me zarandean, y la confusión y la rabia empiezan a mezclarse en mi estómago y a convertirse en algo extraño, vagamente familiar para mí.

-Sólo eres el chucho pulgoso de este club, el perrito guardián de Madame Strauss -suelta, por fin, y en su voz hay un desprecio pesado y tangible. Mientras habla, sus labios se curvan en una mueca desagradable-. Pero, ¿qué importa, si aquí dan las mejores galletitas de la ciudad, eh? Qué fácil debe ser olvidarse de un puto de mierda cuando en el salón contiguo todos te aplauden las gracias y te dan palmaditas en…

Lo siguiente que oigo de Maidlow es un crujido seco, acompañado de un calambrazo de dolor casi eléctrico, que me sacude las terminaciones nerviosas de todo el brazo. Bajo mis nudillos, los huesos del duque se estremecen y a mí me recorre el cuerpo un espasmo de puro placer al oírlo lanzar un quejido patético. Un goterón de sangre me salpica la camisa al apartarse bruscamente, llevándose las manos a la cara con un gemido, los ojos abiertos como platos.

-M-me has roto la nariz -balbucea, con voz gangosa, y puedo ver la sangre escurriéndose por su mentón.

Me siento bien. Embotado, pero bien.

Trés bien, capitán obvio -un poco ido, me masajeo la mano dolorida. El dolor se extiende por mis nudillos en pulsos sordos y se transmite hasta mi cerebro como un eco. Ver al duque retorcerse con la cara enrojecida y salpicada de bermellón me quita todas las ganas de discutir con él. Ahora sólo quiero dar media vuelta y terminar la fiesta envuelto en esta nebulosa de ebriedad y satisfacción.

Pero ni siquiera tengo tiempo de pensarlo, porque los dedos del duque se engarfian en mi muñeca y tiran de mí hasta que su nariz inflamada invade cada centímetro de mi campo visual.

-Haré que te arrepientas de esto.

Lo que dice es simple, pero a partir de ahí, todo se confunde y tengo que cerrar los ojos, mareado. Oigo al duque, pero no es más que un grito lejano al que, como el ruido de fondo de una vieja grabación, otra voz se superpone, cada vez más fuerte…

…Un bramido que me deja clavado en el sitio. Y en lugar de la nariz rota de Maidlow, los oscuros puntos de sutura en la sien de Léo, esa fuerza bruta que me pilló por sorpresa al incrustarme contra la pared, aquella calurosa tarde de agosto. Es un recuerdo tan realista que juraría poder notar de nuevo cómo me calentó la cara su aliento, la tensión casi dolorosa que volvió rígido mi cuerpo. Su intención era intimidarme, pero desde que le partiera la cabeza con esa botella, sólo inspiraba en mi un desprecio casi tan grande como el que le provocaba yo a él.

-Quieres jodernos a todos, ¿eh, pequeño hijo de perra? -escupió, demasiado cerca de mi cara. Al toparme con su fea herida, torcí el gesto en una mueca de asco y aburrimiento-. Quieres jodernos a todos y has elegido al pobre idiota de Ed.

-Tal vez deberías preguntarle a Ed quién eligió a quién -gruñí, notando al momento un pinchazo de dolor en un lugar indefinido del cuerpo. Por supuesto. Édouard se había olvidado de comentarle a ese pedazo de carne con ojos que había sido él mismo quien inició la táctica de acoso y derribo conmigo, desde el mismo momento en que nos tocó compartir habitación en la residencia.

Pero bueno, no es que importara demasiado. Lo último que esperaba ya era la sinceridad de Édouard, y Léo ni siquiera había venido a escuchar ni una sola de mis palabras. Sólo era un muro de músculo y hueso que había venido a dejar clara una sola cosa:

-Haré que te arrepientas de esto, muerdealmohadas de mierda. Desearás no haber nacido.

 

Parpadeo sin prisas para salir del ensueño. Todavía estoy plantado en mitad del pasillo, ahora silencioso y medio escondido en una penumbra que camufla el brillo del mobiliario. Maidlow ha desaparecido y, aunque sé que si quisiera alcanzarlo podría seguir el rastro sanguinolento que ha dejado tras de sí, de repente no tengo ni fuerzas ni ganas para hacerlo. Me gustaría creer que es un efecto exclusivo del alcohol, que ha empezado a ejercer su magia depresora en mi organismo, pero sé que eso no es cierto y que hay algo más. Algo desagradable que me mordisquea el corazón. Tampoco quiero pensar en ello, de modo que enderezo la espalda, haciendo crujir las articulaciones y dejando que el agotamiento resbale sobre mi piel y se extienda como una enfermedad a través del torrente sanguíneo. No tardo en apartar de la mente cualquier rastro de ese recuerdo y de la conversación con Maidlow, por suerte para mis neuronas, y lo único que queda rondando es el hilo de música que todavía se deja oír a través de las paredes del club. Con Edith Piaf haciendo gorgoritos de fondo, me aparto el pelo de la cara.

Qué cansado estoy.

¿Debería volver a la fiesta? No sé si quiero volver a encontrarme con Raymond y su acoso hoy. Estoy hecho un desastre y puede que termine haciendo algo de lo que me arrepienta. Además, tendría que enfrentarme a las confusas palabras de Maidlow y, desde luego, no estoy por la labor. O quizá lo mejor sea regresar al cuarto de mi protégé y armarme de valor para soportar los nuevos horrores que me tenga preparado el día de mañana.

 Gruño, sin llegar a decidirme, y mientras arrastro mi cuerpo reventado por el pasillo, algo llama mi atención.

La puerta del despacho de Ava, siempre con ese aspecto ominoso e impenetrable, parece entreabierta.

Qué curioso.

Encogiéndome un poco de hombros doy media vuelta, ya con la determinación de subir al último piso y dormir hasta el apocalipsis. No obstante, dos veces resuenan mis pasos en el pasillo vacío antes de que dé media vuelta y retroceda hacia el umbral. Debe ser esa obsesión que ha tenido siempre mi padre por invadir mi espacio vital y mi intimidad, que despierta en mí el deseo ver todas las puertas cerradas y requetecerradas. Con llave, a ser posible. Al menos, esa es la única explicación que se me ocurre al verme caminar de puntillas hacia el despacho y al agarrar el pomo de esa puerta tan inquietante. Quiero satisfacer el impulso obsesivo-compulsivo de cerrarla, y largarme antes de que aparezca por aquí su inquilina para seguir poniendo mi sueldo por el subsuelo…

El estruendo de algo haciéndose trizas interrumpe mi huida y me deja erizado y pegado al pomo, como si me hubiera sacudido una corriente eléctrica. El corazón me da un brinco peligrosamente parecido a una cardiopatía, pero todavía estoy peleando por evitar que se me salga por la boca cuando la voz de Ava sacude la tranquilidad del pasillo.

-¿Es hasta aquí hasta donde piensas llegar? ¿A decirme lo que tengo que hacer con mi propio negocio?

El tono es peligroso, cargado de una indignación que parece capaz de corroer el acero. En todas las ocasiones que he tenido de ver a la dueña del Chat enfadada (demasiadas, si pedís mi opinión), jamás había detectado tanta ira contenida. Un escalofrío me recorre el espinazo al pensarlo. Bajo mi piel, creo notar el metal del pomo mucho más frío de repente.

-Tengo entendido que los negocios reportan beneficios, Madame Strauss -otra voz. Esta vez, proveniente de un hombre al que no consigo poner cara. Sin darme mucha cuenta de lo que hago, inclino la cabeza hasta rozar la madera con la oreja, buscando no perderme ni un detalle-. De todos modos, ¿sigues pensando que eres la dueña de este antro? ¿O hace falta que te recuerde una vez más que ese Zimmermann quien está pagando parte de tus facturas? No, no hace ninguna falta, ¿verdad? -Silencio-. Además, ¿no es normal que un hombre de negocios se preocupe por sus endeudados?

Puede que me lo esté imaginando, pero puedo detectar cierta sorna en las palabras del desconocido interlocutor de Ava. Aunque más que en eso, quiero centrarme en ese mensaje críptico sobre deudas que mi cerebro no parece terminar de entender, no sé si por falta de información o por lo obtuso de mis sentidos.

-No sé qué haces aquí entonces, Hans. En menos de un mes habrás conseguido lo que querías y yo volveré a tener el derecho de cerrarte las puertas de mi club en la cara.

Hans.

-¿Lo que quería? -el otro ladra una risotada que disipa el débil hilo de pensamiento que había empezado a formar a partir de ese nombre. Su voz se ha vuelto densa y áspera-. Nada de esto hubiera ocurrido si no me hubieras arrancado eso mismo de las manos.

Madame Strauss deja escapar un sonido exasperado, absolutamente impropio de ella.

-Estoy tan cansada de esto. Ya no voy a intentar convencerte de que yo no tengo el cuadro y que por desgracia tampoco tengo ni idea de quién se lo ha llevado. Sé de sobra que no merece la pena y que sólo voy a gastar tiempo y energías. Pero, ¿sabes qué? Esté donde esté, siempre será mejor que contigo. Lo único que lamento de todo esto es no haber podido evitar que cayera en tus manos en primer lugar.

Un silencio opresivo precede a la gélida intervención de la dueña del Chat. Yo contengo el aliento y aplasto la oreja contra la puerta, aunque durante unos segundos sólo escucho el rumor de mi propio torrente sanguíneo.

-Bien, así lo haremos -comienza el hombre, voz seca y repentina, como un bloque de hielo resquebrajándose. Yo brinco en el sitio-. Ya sabes lo que tienes que hacer, entonces. A menos que quieras que todos tus inversores descubran por accidente lo poco solvente que es el Chat Bleu ahora mismo. Sería un drama verlos huir a todos… ratas escapando de un barco que se va  a pique… glu, glu, glu… hasta tocar el fondo del mar.

Como para hacer más vívida su metáfora, el tipo golpea la mesa. O tal vez ha sido Ava en un arranque de furia mal contenida, porque enseguida vuelvo a escucharla. Aun así, tengo que retener el aire dentro de los pulmones para que mi respiración no solape sus palabras, retorcidas por un sentimiento ominoso. Me atrevería a decir que angustia.

-Sigues escondiendo un núcleo podrido debajo de esa carcasa, ¿no es así? Nunca has dejado de ser un cerdo extorsionador.

-No quiero que vuelvas a permitirle poner un pie fuera del Chat, ¿entiendes? -eso hace enmudecer a mi jefa. El tono socarrón ha evolucionado con la rapidez de un parpadeo a la más profunda irritación, y algo me dice que el hombre está empezando a cansarse de la discusión-. Ya sabes que es un pajarito propenso a tontear con ideas peligrosas.

-¡No puedo tenerlo encerrado día y noche! ¡Bastante tortura tiene que aguantar ya!

-¿Desde cuándo se ha convertido esto en unas vacaciones para él? Este es su castigo. Oh, y que dé gracias por haber terminado en el club, y no de vuelta en Ámsterdam. Estoy seguro de que este sitio lo está ablandando todavía más que cuando lo dejé aquí.

-Hans, lo está volviendo loco. El Chat lo está volviendo loco. Esas salidas son lo único que lo ancla al mundo real. Si le quitas eso, se hundirá en un agujero sin salida.

Algo duro y frío parece golpearme la nuca desde atrás, y tengo que despegarme de la puerta un segundo para tomar aliento. Un reflujo áspero amenaza con alcanzar mi boca, pero estoy bastante seguro de que esta vez el Perignon no tiene nada que ver. Ava ha sonado tan… desvalida. Había algo en su forma de hablar que rozaba la súplica, y eso es tan inquietante viniendo de la dueña del Chat que hace que me sienta algo mareado.

Al final, y a pesar de un picor que como la sarna me ataca las palmas de las manos, vuelvo a apoyar la oreja en la puerta con cuidado.

-… ¿Quieres que conserve sus salidas? Procúrale una vigilancia decente, no como ese idiota rubio que tiene ahora. Es la encarnación de la incompetencia. Despídelo o enderézalo. Y hazlo rápido, porque como dudes un solo segundo, seré yo mismo quien se encargue de ponerlo en su sitio.

¿Qué idiota?

No alcanzo a oír la contestación de Ava. Tal vez no lo ha hecho. Puedo imaginármela dándole la espalda en un último coletazo de orgullo, negándose a dirigirle la palabra a pesar de su exquisita educación. Con todo, el sonido de una silla deslizándose y la seca despedida del tipo provocan que salten todas las alarmas en mi organismo. Sea quien sea ese hombre amenazante, lo último que quiero es que me encuentre aquí agazapado. Un chute de adrenalina levanta mi cuerpo con movimientos espasmódicos antes de que me aleje del despacho a grandes zancadas.

Por algún motivo, algo se agita inquieto dentro de mí. Las palabras de Maidlow se entremezclan con la conversación que acabo de espiar y trabajan para formar una duda sólida y aterradora…

Alguien me agarra por el hombro, interrumpiendo mi pequeña carrera y el delirio. Yo voy a volverme para desquitarme de otro cliente del club aburrido y cachondo, pero lo que me encuentro me deja sin aliento.

-Encontré un pajarito perdido.

Una mueca que intenta ser una sombra de sonrisa, dientes torcidos en el marco de un rostro deforme por las cicatrices. La bilis sube rápidamente por mi garganta, agria, y ahoga cualquier palabra conforme la mano de tres dedos se cierra un poco más sobre mi omóplato.

¿Qué es esto?

-Deja de juguetear, Jordan.

El reconocimiento de esa voz es lo bastante poderoso como para arrastrar el miedo súbito a un segundo plano. Un hombre pálido se acerca por el mismo sitio por el que he venido, con lo que no puede ser otro que aquel reunido con Ava Strauss. Esa certeza me revuelve el estómago y hace que un miedo agudo vuelva a dilatar mis pupilas, pero cuando el tipo llega a mi nivel, sólo me dedica una mirada indiferente con iris azul claro antes de dirigirse de nuevo a esa deformidad humana.

-Nos vamos.

Dice eso echándose por encima un abrigo de paño mientras encaminarse hacia el recibidor. Lo último que veo de él es el destello dorado en su cabello, reflejo de las bombillas de la lámpara de araña del hall. Por su parte, y para mi disgusto, su guardaespaldas dirige una mirada acuosa e indescifrable en mi dirección, para seguir los pasos de su jefe después, con suma tranquilidad.

Yo vuelvo a quedarme solo en mitad de la nada. El corazón me palpita inexplicablemente rápido en el pecho y un sudor frío se empeña en empapar los recovecos de mi camisa que Chiara no consiguió mojar antes. Cierro los ojos un minuto entero, pero eso no consigue calmar el torrente furioso de pensamientos que me acosa. Y tengo que dejar caer los hombros, tan cansado como si cargara todo el peso del mundo sobre mis hombros. Entonces recuerdo lo que iba hacer antes de que la puerta entreabierta de Ava distrajera mi atención.

Y sin más, igual que un robot reprogramado, encierro todo eso que me ronda la mente en un cajón y subo arrastrando los pies al último piso. Sin fuerzas para llegar siquiera al cuarto de baño, me dejo caer tal cual sobre la cama de Raymond.

Respiro. Inspiro.

Y la última imagen fugaz que cruza mi mente antes de que el sueño me atrape es la de esos indescifrables ojos verdes sin fondo.

De lujo (Chapitre 15: un gatito que entra en acción)

15

-¿Un baile?

El café del centro es bullicioso y acogedor a estas horas de la mañana. Sin Édouard, con un sol tímido asomando entre las nubes y Chiara sentada enfrente de mí, el lugar parece mucho menos hostil. Sería perfecto de no tener a Raymond echándome el aliento en la oreja e intentando meterme mano desde el asiento de al lado.

-Algo así. Ya sabes que Ava se queja mucho, pero le encantan estas cosas, todavía más su fiesta de reveillon. Es la oportunidad perfecta de mostrar todo el despliegue de pompa y estilo del que hace gala el Chat. Lo organiza todo ella misma, de arriba a abajo, y sólo deja que los clientes elijan el tema de la fiesta. Y siempre, siempre, deslumbra a todo el mundo -Chiara hunde la pajita en la montaña de nata montada que emerge de su batido. Ya va peinada con el moño que usa en el Chat, pero verla sin el uniforme azul de recepcionista sigue desconcertándome un poco incluso a estas alturas. Sus labios maquillados de rojo envuelven la pajita un instante antes de que la utilice para apuntar a Raymond-. ¿Qué hace este aquí?

Mi protégé no la escucha. Apoyado en mi hombro, sigue con la mirada el trajín de la camarera. Siendo sincero, no estoy seguro si lo que atrae tanto su atención son esas medias de rejilla o los bollos que lleva de un lado a otro. Yo lo aparto -sólo para que vuelva a dejarse caer sobre mí-, y encojo el hombro libre.

-Ava me lo ha encasquetado y no puedo dejarlo solo. Quemaría algo, o escandalizaría a alguna ancianita enseñando el rabo en la puerta de la catedral -Chiara frunce el ceño-. Tú limítate a ignorarlo y tarde o temprano se cansará y buscará otra víctima. No puede estar concentrado en una cosa más de cinco minutos seguidos, debe tener déficit de atención. Por cierto, ¿y Sacha?

Ahora a la que le toca encogerse de hombros es a ella.

-No lo veo mucho últimamente. Herr pasa mucho tiempo en el Chat, y cuando él no está Sacha desaparece. Todavía no he tenido la oportunidad de preguntarle por qué. Espero que no le pase nada.

Asiento. Yo también lo espero. Al igual que Chiara, yo tampoco he visto casi a nuestro amigo. Y es raro, porque hasta hace unos días, Sacha siempre aprovechaba cualquier resquicio libre en mi horario para pasar el rato conmigo o traerme alguno de sus regalitos. Sólo espero que Anita no tenga nada que ver con sus ausencias.

Aunque no sé si es peor ella o su herr…

-Bueno, seguro esta noche no tiene más remedio que ir a la fiesta -Chiara se encoge de hombros-. Derek estará allí. Todos estarán, de hecho. La gran fiesta de fin de año de Ava no tiene nada que ver con sus otras celebraciones, esto es algo que nadie en el Chat suele perderse.

Y sorbe su batido con gesto pensativo. Ray vuelve a intentar una incursión suicida en mi pantalón como quien no quiere la cosa y se lleva un puñetazo de recompensa, así que, frustrado y aburrido, pasa por encima de mí, recoge la funda de su violín y se dirige hacia la puerta con movimientos sinuosos.

-¡Te estoy vigilando! -le grito desde mi sitio, lo que provoca que algunas cabezas curiosas se vuelvan hacia nuestra dirección-. ¡Ni se te ocurra enseñarle el pene a nadie en público!

Él me dedica una media sonrisa lobuna antes de desaparecer con un tintineo de la campanilla de la entrada, y un instante después Chiara y yo lo vemos arrojar la funda a sus pies, en la calle, el dulce lamento del violín llegándonos a través del cristal.

Yo hago rodar los ojos, pero aprovecho que mi protégé ya no está para inclinarme hacia Chiara con un brillo ansioso en los ojos.

-¿Hiciste lo que te pedí? -pregunto, y la emoción debe estar más que patente en mi cara, porque ella sonríe ampliamente, todavía con la pajita entre los dientes, y se lleva una mano al pecho.

-Soy una mujer de palabra, Monsieur Daguerre, y prometo que estoy en proceso de completar su misión -su tonillo solemne me arranca una risita ansiosa-. Esta noche tendré toda la información que necesitas.

Esta noche. Guau. No puedo creerme que esté tan nervioso por esto. ¿Soy idiota, o qué?

-Aun así…

Levanto la vista de mi café noir. Mi compañera bate las pestañas, la cara medio escondida detrás de su vaso, aunque sus ojos negros no hay una petición directa. Supongo que es una reminiscencia que le ha quedado de la forma de actuar dentro de los muros del Chat.

-¿Aun así…?

Ella vuelve a llevarse la pajita a los labios, rojos y sensuales, a pesar de que ya no queda nada que sorber. Yo observo un momento el ribete negro y espeso que forman sus pestañas alrededor de esos iris. No puedo evitar sorprenderme por la capacidad camaleónica de la italiana de esconder su verdadero yo dentro del club para convertirse en la máquina perfecta y voluntariosa que se encarga de la recepción.

Chiara deja caer los párpados y finge estar atenta a los posos del chocolate en el vaso, pero sé que me está mirando de reojo.

-Ya sé que te dije que lo haría sin pedirte nada a cambio, pero… es una pena, lo de la fiesta de Ava, ¿sabes? Es la única opción que hay para sacar lo mejor de nosotros y pisotear un poco a todos esos estirados, y sin embargo -sus pestañas vuelven a sacudirse. Ahora me mira igual que un cachorrito en una perrera. Fuera, el violín de Raymond lanza un gemido muy acorde con la carita desolada de Chiara-, Anita siempre lo estropea. Y no es justo, ella tiene a los mejores compañeros…

Al oír eso caigo en la cuenta de lo que me está pidiendo y enseguida noto cómo se me suben los colores a la cara.

-Dios, Chiara, no puedo -balbuceo, pero ella se apresura a tomar mi mano entre las suyas, y su mirada se vuelve tan vehemente que parece querer atravesarme el alma

-Nada de eso; te vi hacerlo en nuestra fiesta de Navidad, eres increíble, ¿no lo entiendes? -y sonríe, una mueca irresistiblemente encantadora que me retuerce el corazón, muy a mi pesar. Ahora entiendo por qué es ella la que se encarga de las relaciones entre los clientes y Ava. Es demasiado para cualquier ser humano-. Vamos, Louis, no puedo perder ante ella un año más. No podría soportarlo. Antes que eso me pegaría un tiro. Me tiraría al Sena. Me atiborraría a pasti…

-Lo pillo, lo pillo -la corto, gruñendo, porque algunos comensales cerca de nosotros han empezado a esbozar sonrisitas al verme enrojecer con Chiara sujetándome las manos. Después me apresuro a esconder la cara detrás de la carta, aunque no puedo contener un ramalazo de satisfacción al ver los gestos frustrados de los mirones de la mesa de al lado, que no habían quitado el ojo de las largas piernas de la recepcionista desde que entramos en el café-. Eh… ¿cuál es el tema de este año?

-Los felices veinte.

-Oh, dios.

Chiara me arranca la carta de las manos.

-Puedes hacerlo, Louis. Confío en ti. Y créeme, nunca antes en mi vida le había dicho eso a un hombre, ni pienso volver a hacerlo jamás.

Yo trago saliva, pero esos ojillos enormes y expresivos ya han hecho mella en mi voluntad. Derrotado, me hundo en el asiento.

-Está bien -farfullo-. Pero no te prometo nada espectacular.

No puedo decir nada más, porque la italiana prácticamente se arroja sobre mí con grito de alegría y me rodea el cuello con los brazos, lo que hace bufar a los mirones de la otra mesa.

-Es usted un auténtico caballero, Monsieur Daguerre -me exclama en la oreja, y entonces me deja la impronta burdeos de sus labios en la mejilla-. Tú no te preocupes por nada, yo me encargo de todo -promete, mientras me sujeta la cara entre las manos. Su expresión es la definición genuina de la felicidad-. Será el mejor espectáculo que jamás se haya visto en el Chat Bleau.

Y yo sonrío a mi pesar. Habría sido un momento encantador si Raymond no hubiera decidido aparecer de repente para meterme la lengua en la boca en un asalto sorpresivo.

 

 

 

Interludio

Erik

 

 

 

31 de diciembre de 2010, Ámsterdam.

 

-Eh, pirata.

La voz de Alice, algo distorsionada por el telefonillo de la sala de visitas, vibra dentro del cráneo maltrecho de Erik y disuelve aquello que estaba rondándole la mente. En su lugar, la cara impasible de su subordinada detrás de la mampara de metacrilato ocupa casi todo su campo visión. Él no puede contener una sonrisa. A fin de cuentas, es la primera visita que recibe en casi seis años de encarcelamiento.

-Mira quién aparece por aquí -saluda, mientras se rasca de forma inconsciente el parche que le cubre el ojo izquierdo, el que le ha hecho ganarse el apodo de su discípula-. Empezaba a pensar que te habían hecho picadillo. De hecho, estás hecha una mierda.

Él mismo nota el leve temblor de emoción en su voz. Alice, embutida dentro de un traje color marengo, parece vivita y coleando, entera, aunque con ese gesto de mala leche acentuado por sendas ojeras púrpuras bajo los ojos. ¿Eso quiere decir que ha conseguido lo que le encargó Erik hace tanto tiempo, justo después de aquel fatídico accidente?

Alice bufa.

-Creo que estoy bastante mejor que tú después de que te sacaran de esa furgoneta hecha mixtos -al decir eso lanza un rápido vistazo a la cámara de seguridad de la sala, pero Erik menea la cabeza. Las autoridades neerlandesas hace tiempo que han desistido de intentar sonsacarle nada de Hans, y él es un preso ejemplar. No se molestaron en grabar la primera visita de Alice, ahora tampoco van a hacerlo. Pequeños descuidos de un país donde la criminalidad es tan baja que las cárceles se encuentran siempre medio vacías-. Meterse en esa mansión fue cosa de niños, más todavía sacar ese estúpido cuadro tuyo. Resultó incluso más sencillo que desplumar a todos esos peces gordos en el Chat Bleau. Y hablando de eso, si me dejaras venderlo podría pagar tu fianza y sacarte de aquí de una vez. Estoy harta de tener que jugar al póker con esa panda de lloricas.

Erik abre y cierra la boca, sin poder decir nada. Alice tiene el cuadro. Había llegado a pensar que su pequeña ladrona no lo conseguiría.

-¿Y Raymond? -farfulla, obviando el resto de la conversación y con el corazón latiéndole con fuerza en la boca. No obstante, es preguntar eso y Alice hace una mueca que a él le retuerce el corazón. Ver cualquier indicio de humanidad en el rostro de su trajeada subordinada supone poco menos que el mismo inicio del apocalipsis. Sin poder evitar apretar el telefonillo, se incorpora un poco-. Alice, ¿y Raymond?

Ella se cruza de brazos en actitud defensiva, casi enfadada.

-Tu hijo es idiota. Idiota de remate -replica, y Erik gime, hundiéndose de nuevo en la silla de plástico-. Hice lo que me pediste, maldita sea. Los saqué a él y al cuadro de allí y los llevé a mi piso franco, donde Hans no pudiera encontrarlos. Lo único que tenía que hacer el muy imbécil era quedarse ahí, nada más, pero al parecer su diminuto cerebro fue incapaz de procesar la orden y para cuando regresé, ese mismo día, ya no estaba allí.

Él volvió a lanzar un quejido y se pasó una mano por la cara.

-Odia estar encerrado. Y sobre todo, hará siempre justo lo contrario de lo que se le pida, ya te lo dije.

-Me dijiste que era idiota, y, en efecto, lo es -ella vuelve a bufar, al tiempo que se ajusta la corbata-. Y yo lo subestimé; nunca imaginé que esos niveles de estupidez rozaran el absurdo.

Con un largo suspiro, Erik se frotó la cara. Cuando una Alice casi adolescente había acudido a visitarlo, apenas una semana después de que él hubiera ingresado en prisión, y le contó su plan, el ex ladrón no tuvo muchas esperanzas. Lo cierto es que no le fue fácil confiar en esa americana extravagante, que parecía saber cada detalle de su vida y que desde el minuto uno declaró sin parar su intención de convertirse en su discípula. Su primera reacción, de hecho, fue despacharla rápida y olvidarse del tema. No obstante, Alice comenzó a acudir cada semana a verlo, implacable y seria, y para sorpresa de Erik, demostró ser brillante y conocer al detalle los tejemanejes de Hans. Él nunca llegó a saber cómo se las arregló (y se las arregla) para saber todas esas cosas, eso forma parte de las habilidades secretas de su compañera. El caso es que con el tiempo, Erik fue cayendo en la ilusión de que realmente podían colarse en la pequeña fortaleza del alemán y robarle sus posesiones más preciadas.

Era obvio que algo iba a salir mal.

-¿Sabes a dónde fue? -pregunta, después de restregarse las sienes durante largo rato. Un ramalazo de mal humor y desesperación ha empezado a treparle por el estómago, aunque él hace lo imposible por tragárselo. Con Alice no funcionan esas cosas. Si le grita, ella sólo le colgará el telefonillo y se largará sin más-. ¿O dónde está ahora?

La pregunta queda en el aire un momento. Erik oye crepitar el telefonillo con la respiración pausada de Alice. De pronto ella hace una mueca de enfado, y al preso el corazón empieza a latirle un poco más rápido.

-Yo no tengo la culpa de lo que pasó.

-Alice…

-Hans debió tropezar con él -gruñe entre dientes, y Erik tiene que sujetarse a la mesa, porque de repente el mundo a su alrededor empieza a girar-. Hijo de puta inteligente. Es casi imposible quitárselo de encima. Quiere el cuadro de vuelta…

Él golpea la mesa, una mano cubriéndole los ojos.

-¿Dónde lo tiene?

-En el club de Ava Strauss, ¿dónde sino?

El Chat Bleau. Ahora a quien le toca insultar entre dientes al alemán es a Erik. Entrar en ese hotel por la fuerza es imposible incluso para alguien como Alice. Frau Strauss sabe jugar bien sus cartas, su club es inexpugnable.

Alice resopla, y cuando Erik levanta la vista, se encuentra sus extraños ojos violeta inquietantemente cerca.

-Se me ocurrirá una forma de entrar. Sólo déjame vender el cuadro y sacarte de aquí.

El preso asesta un puñetazo a la mampara, con tanta fuerza que consigue sobresaltarla. Pero sólo un poco.

-¡Ni se te ocurra! -sisea, con voz ronca. Es consciente de que suena amenazador, pero en realidad la angustia le araña las tripas desde dentro-. ¿No lo entiendes? Lo único que mantiene vivo a Ray ahora mismo es ese cuadro.

Febrero de 2004, Ámsterdam.

 

La lluvia le golpeaba el rostro con insistencia a través de la luna rota, pero fue el dolor agudo en su cara lo que terminó de despertar a Erik. Incapaz de abrir el ojo izquierdo, se preguntó por qué demonios la oscuridad era casi total y su cuerpo protestaba sin parar. Trató de ponerse derecho, con la mente aún entumecida, pero las terminaciones nerviosas de sus piernas chillaron. Estaba atrapado.

Y entonces recordó esa jodida caja, el viejo y la herida del disparo chorreando sangre. Recordó el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto. No había estado atento, no pudo controlar la furgoneta.

No pudo controlar la furgoneta porque Ray lo había llevado al límite.

Gimió, temblando en el asiento del conductor. Apenas podía respirar, y algo en su ojo herido lo estaba matando. Raymond lo había distraído con su discusión idiota, y él lo maldijo en voz baja por ello. Estúpido adolescente egoísta, tonteando en el nido de la víbora sólo para hacerle rabiar. No sabía dónde se estaba metiendo, no sabía…

El hilo de sus pensamientos se cortó abruptamente. Su mirada maltrecha acababa de tropezar con un cuerpo inmóvil a su lado, y él sintió que se quedaba realmente sin aire en los pulmones. -Ray -trató de llamarlo, aunque su voz no fue más que un torpe jadeo, amortiguado por el tronar del agua sobre la carrocería de su vehículo. Ignorando el agudo dolor de sus extremidades, se estiró todo lo que pudo para alcanzar su cara-. Criatura.

El chico no se movió. Tenía la cabeza algo ladeada, un corte en la mejilla. Erik tragó saliva, consiguió rozar sus labios con las yemas de los dedos y aguardó.

Respiraba. Dios, respiraba. Con cuidado, tiró de él, aunque sus costillas magulladas le hicieron escupir sangre. Ray se había golpeado la cabeza y una brecha un poco fea le adornaba la sien, pero su pulso era razonablemente normal. El alivio hizo sacudirse con violencia el cuerpo de Erik, que, sin fuerzas, bajó la cabeza hasta apoyar la frente en el hombro del chico. En esa posición el dolor no le dejaba pensar con claridad, pero no pudo apartarse. Ya no estaba furioso. La culpabilidad, como la hiel, le dejó un regusto amargo en el paladar.

¿Quién era el culpable de todo aquello, sino él mismo? Fue el propio Erik quien había arrastrado al muchacho a esa vida asquerosa, así que no era de extrañar que Raymond hubiera terminado convirtiéndose en la criatura rebelde y destructiva que era. Y sí, las palabras que su hijo adoptivo le había dedicado antes de estrellarse habían sido corrosivas, pero… ¿acaso la respuesta de Erik había resultado mejor, llamando puta a su madre?

¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? Erik nunca cumplió con lo que esa mujer le había pedido aquel maldito día, y a pesar de lo torturado y arrepentido que se sentía por ello, seguía arrastrando a su hijo en esa furgoneta roñosa y le mentía.

Volvió a gemir. Bajo él, el cuerpo y la expresión laxos de Ray parecían casi inocentes. Así, le recordaba un poco a ella, y por un momento sólo deseó que despertara de una vez para decirle la verdad que llevaba años rumiando en su interior.

Pero eso no llegó a ocurrir nunca.

El sonido de la puerta del copiloto siendo prácticamente arrancada de sus goznes casi le provocó un infarto, y lo llevó a rodear instintivamente con un brazo a Raymond. Entonces una cara deforme, cosida a cicatrices, asomó por el hueco recién abierto y Erik apretó con fuerza el cuerpo inerte del muchacho contra el suyo.

-Aquí hay dos pajaritos -Jordan sonrió, enseñándole los dientes irregulares en una mueca un poco monstruosa.

-Pero sólo queremos uno, ¿verdad?

El rostro de Hans tenía plantado un gesto burlón cuando apareció tras el de su matón. Erik notó perfectamente cómo sus tripas se revolvían, pero la náusea fue total al ver a Jordan partir el cinturón de Raymond con sus propias manos.

No.

-Pobre pajarito herido -una mano enorme, de cuatro dedos, enganchó al chico por la pechera, pero justo en ese momento Ray se removió con un quejido y en un acto reflejo se agarró a Erik.

-No te preocupes, nos haremos cargo de él.

No. No.

A pesar de que lo sujetaba con todas sus fuerzas, Erik no pudo hacer nada cuando Jordan tiró del chico y lo arrancó del asiento. De Ray sólo escapó un ruido apenas audible, lo último que su padre adoptivo oiría de él. Impotente, se removió en el asiento, pero ni siquiera pudo salir de la furgoneta, sus piernas seguían estando atrapadas bajo el metal retorcido, y tuvo que ver cómo Ray desaparecía de su vista.

Sentía los ojos gélidos de Hans con casi más fuerza que el golpeteo de la lluvia.

-H-Hans -barbotó de la forma más patética posible, forzando su cuerpo hecho trizas en una posición dolorosamente imposible-, p-por favor, Hans…

Dios, no te lo lleves. Haz lo que sea, pero no te lo lleves.

El alemán ladeó un poco la cabeza. Sonrió.

-¿Oyes algo, Jordan? -un gruñido negativo-. Yo tampoco. Aquí sólo veo un pajarito muerto.

Después se inclinó dentro del coche, hasta que esa cara cruel estuvo lo bastante cerca de la de Erik como para que éste sintiera su aliento caliente. Su voz era un susurro afilado.

-Ya te lo advertí: nadie deja nuestra pequeña familia. No existe la vida fuera de la banda. Nunca. Es una lástima que no quisieras entenderlo. Pero tranquilo, procuraré que tu hijo no cometa el mismo error que tú.

Y dicho esto, lanzó un beso al aire y se alejó con paso seguro, dejando a Erik doblado dentro de la furgoneta, ahogándose en un dolor desgarrador. Solo, con el cuerpo cada vez más frío y entumecido, el ex ladrón se apoyó como pudo en el respaldo de su asiento y cerró los ojos.

Antes de que la conciencia lo abandonara, oyó el lamento de una sirena en la distancia.

Madrugada del 1 de enero de 2011, París.

 

Hace rato que la ciudad de París entró en el nuevo año, pero en el microcosmos del Chat Bleu, nadie es consciente de ello. En el Gran Salón, acondicionado para la ocasión, el tiempo se ha estancado en algún momento de la segunda década del siglo veinte, de modo que no hay momento para acordarse del turbulento dos mil once cuando el jazz se desliza alegremente entre los pies de los asistentes, ni cuando la luz de más de dos mil pequeñas bombillas en el techo se refracta y multiplica en los vestidos, copas y espejos.

Desde su posición privilegiada, al fondo de la sala con herr Derek y Ava Strauss, Sacha debería estar encantado. Adora verse en un puesto mucho más exclusivo de lo que Anita jamás llegará a encontrarse, y, en especial, le encantan sus zapatos brillantes y el elegante (y ceñido) traje blanco a medida, el que reservaba para la ocasión y que le sienta como un guante. Sabe que es el momento ideal para hacer lo que mejor sabe, lucirse, y sin embargo, no puede. ¿Cómo va a exhibirse, si Louis no aparece por ningún sitio?

Por si fuera poco, la discreta mano de Derek no deja de subir y bajar, subir y bajar… Él lanza un quejido angustiado, y su mecenas deja su conversación con Ava un segundo para llevarse un dedo de la mano libre delante de la boca. Sacha se muerde el labio inferior y trata de no retorcerse mucho, aunque es difícil. Los dedos expertos de herr rodean por debajo del pantalón el escandaloso bulto en su entrepierna, masajeando, acariciando y apretando por todas partes. Y a pesar de que los pequeños sonidos estrangulados que salen de Aleksandr quedan camuflados por la música, y esa mano que lo tortura no llega a verse, oculta tras una mesa, el rojo intenso en las mejillas del ruso es bastante delator.

Ni se te ocurra correrte. Tendré que castigarte si lo haces, ¿entendido? (le había susurrado al oído un rato antes, durante la cena, provocándole un escalofrío). No querrás ensuciar ese traje, ¿no?

Sacha no había entendido muy bien a qué se refería entonces, cuando las manos de su amo sostenían cuchillo y tenedor. Ahora, aquellos dedos suben el elástico de su slip y se posan sobre la erección tiesa y caliente del ruso. En público. En la fiesta cumbre del Chat Bleu.

Un violento hormigueo sacude el bajo vientre del ruso al asimilar todo aquello. Las luces brillantes bailan al ritmo de Django Reinhardt y lo hacen sentir mareado y abrumado de golpe. Oye vagamente la conversación entre Ava y Derek, el palpitar de la fiesta, pero no acierta a entender nada. Herr lo envuelve en toda su longitud, caliente y firme, moviéndose hasta la punta y frotando con el índice la piel sensible de su glande. Sacha se cubre la boca con la mano, un calor sofocante subiendo por su tripa, y hace rodar los ojos. Suplicante, mira a Derek, pero él todavía se encuentra enfrascado en la conversación con madame Strauss.

-Ya ha pasado la media noche, pero no veo a tu favorita por ningún sitio -está diciendo, con la vista sumergida en el mar de luces, y en particular en el vestido de corte japonés que revolotea como una mariposa en el centro de la sala-. Parece que las costumbres no cambian y Anita sigue monopolizando toda la atención.

Arriba y abajo. Apretando, sujetando y acariciando. Sacha gime, muy bajito, pero de forma lo bastante audible como para ganarse un pequeño apretón en los testículos.

Ava Strauss, por suerte a una distancia y en un ángulo poco propicios para verlo, se lleva la copa a los labios y enarca una ceja.

-Chiara vendrá, tarde o temprano. Tal vez no lo sepas, Derek, pero aunque tenga el tamaño de un chihuahua, posee el carácter de un rottweiler ebrio de esteroides -Derek se ríe ante la ocurrencia, algo que se traduce en un cosquilleo de placer sobre la piel de Aleksandr-. No tiene nada de gracioso. Es una característica encomiable. Chiara nunca se rinde, a pesar de que es perfectamente consciente de que Anita siempre juega con ventaja dentro del Chat.

Unos metros delante de ellos, las extremidades de la asiática se mueven al compás de la música, guiada por un tipo alto. Como es costumbre, ya tiene a un grupo considerable de admiradores que la contemplan hundidos en sus asientos.

-Noto cierto retintín en eso que dices.

-Me gusta Chiara. Tiene carácter, talento y es mucho más noble que cualquiera de los que estamos aquí. Ah, venga ya, no pongas esa cara. Esa chica sólo tiene mala suerte. ¿Sabes cómo llegó a la ciudad?

Sacha intenta escucharlos, pero no puede. Su amo lo está masturbando sin ninguna clase de pudor, de forma ostensible y obscena. Ojalá esta escena no fuera así. ¿Por qué no se lo lleva a su habitación y lo ata a la cama? Ese dildo enorme que tanto desconcertó a Louis en su primera visita al cuarto de Aleksandr está cogiendo polvo, ¿por qué no usarlo ahora? Ahora sería un buen momento. Aunque claro, Derek debe estar vengándose de Sacha por haber desobedecido su orden de traerle al escritor.

Él siente el sudor, caliente y pegajoso, descendiendo por su espalda, pero aprieta los dientes. Pues bien. Soportará el castigo como pueda y seguirá adelante, como hace siempre.

-Chiara llegó aquí con dieciséis años, becada por su escuela. Ingresó en una de las academias de baile más exclusivas del país valiéndose sólo de sus méritos, con lo que te puedes imaginar el talento que se gastaba ya en aquella época. Yo la conocí en una actuación en la Ópera Garnier, y te puedo asegurar que era extraordinaria. De hecho, estaba decidida a esperar a que cumpliera los dieciocho y contratarla para el nivel dos de la Jaula.

-Y la contrataste -Derek aprieta la verga palpitante de su protegido, quien tiene que contenerse de verdad para no dejar que su cuerpo se descomponga en miguitas-, de asistenta. ¿Qué ocurrió?

 Ava suspira. Por un instante, su voz suena genuinamente apenada.

-Ese mundillo es terrible, Derek, salvaje. Y más cuando uno se acerca a los niveles que alcanzó Chiara. Ahí no se mide a una persona por sus habilidades, sino por su capacidad para no vacilar ni un momento a la hora de despellejar a quien se interponga en su camino. Es bastante similar a nuestro universo, si lo piensas -se acerca la copa a los labios, como dándose tiempo para reflexionar sobre lo que acaba de decir. Su interlocutor aguarda con gesto paciente, mientras su mano se mueve de forma malévola dentro del pantalón de Sacha-. Chiara había obtenido un papel protagonista, y eso levantó ampollas entre el resto de la compañía. El clima era tal que, a la salida de los últimos ensayos, una de sus compañeras la empujó por las escaleras. Ella se rompió una pierna en la caída, pero ninguna de sus colegas movió un dedo por socorrerla, así que se las tuvo que apañar para pedir auxilio por sí misma. Se recuperó, pero nunca volvió a bailar de forma profesional. Ni siquiera yo pude convencerla para que bailara así en el Chat, aunque accedió a trabajar aquí de todos modos, para pagar sus estudios. Y cada año viene a la fiesta de fin de año y demuestra que sigue siendo la mejor, aunque los vestidos y los hombres bonitos de Anita desvíen todas las atenciones. Por eso, Derek, es mi favorita y lo seguirá siendo hasta que deje este club.

La pieza que estaba animando el ambiente muere, y Sacha casi se cae del sillón cuando siente desaparecer el contacto de su amo. Herr Derek, que ya se ha olvidado de él, tiene la cabeza algo ladeada, en dirección a la propietaria del Chat, y el ruso gime, sin decidirse por sentir frustración o alivio. No tiene que preocuparse mucho por ello, de todos modos, porque antes de que pueda elegir una cosa u otra, las puertas del gran salón se abren, y quienes emergen del umbral, irremediablemente, atraen toda su atención.

-N-no estoy seguro de si podré hacerlo…

-Venga ya. Si te he convencido para que llegues aquí, es que puedes.

-Me tiemblan las rodillas, Chiara.

-No seas gallina. Toma, bebe y calla.

En mis manos vacías aparece de pronto una copa. Yo miro sin ver el contenido homogéneo y sin nombre antes de inclinar el vaso y engullirlo de un trago. El cuerpo me arde un par de segundos, y luego la angustia vuelve a helarme las tripas. Yo estiro la copa vacía hacia Chiara.

-Más.

La italiana me arrebata el vaso de un manotazo, con una risotada.

-Ni en tus sueños. Venga, mueve el culo y ciérrales el pico a todos.

Y después de arreglarse el cloché y cerrarse el largo abrigo cruzado, me arrastra hasta las enormes puertas de doble hoja y me arroja sin remordimientos al Coliseo, al infierno.

Y por un instante juro que soy incapaz de oír la música, porque la sangre se agolpa en mi cabeza, en un palpitar furioso. Me quedo inmóvil, en mitad de la nada, mareado, aterrorizado y con la vista clavada en mis zapatos. Intento recordar en qué maldito momento he decidido que esto era una buena idea, aunque estoy demasiado concentrado en no caerme redondo mientras Chiara me arrastra decididamente hasta el centro del salón.

A nuestro alrededor, un murmullo que resuena en mi cráneo. Puedo sentir la expectación arrastrándose sobre mi piel, y un sudor frío que resbala columna abajo, empapándome la camisa blanca.

Joder. Joder. ¿Por qué estoy haciendo esto? Qué estúpido soy. Tengo que tener un aspecto ridículo ahora mismo y ni siquiera puedo salir huyendo. Al pensarlo siento el impulso de calarme todavía más el sombrero ante los ojos, pero el miedo escénico me paraliza en el sitio.

Respirando entrecortadamente, y sin atreverme a despegar la vista del suelo, empiezo a notar cómo se me cierra el estómago con ansiedad, en una náusea infinita. De pronto, y justo cuando mi imaginación amenazaba con desbocarse y a situarme en los peores escenarios del ridículo, la música languidece hasta morir y los pequeños y finos dedos de Chiara toman los míos. Su mano envuelve mi mano pegajosa y el mundo deja de tambalearse. Veo su abrigo hecho un ovillo en el suelo -una imagen que tarde en ser analizada en mi cerebro-, y luego su cara inclinada invade mi campo de visión. Esos ojos negros chispean furiosamente al son de los primeros acordes de la siguiente pieza.

-Respira, Louis -susurra-. Lo vas a necesitar si quieres seguirme el ritmo.

Y antes de que el terror vuelva a nublarme la vista, el contacto con su mano se convierte en un firme apretón y la italiana empieza a bailar. Yo tengo que alzar la mirada, y por suerte darme cuenta por fin de que el que realmente tengamos todos esos ojos clavados en nosotros ya no me produce tantas náuseas. Los flecos del vestido de Chiara, tachonados de lentejuelas, se sacuden reflejando la luz de las bombillas y devolviéndola en una nube de destellos dorados. Yo, fascinado al igual que el resto de espectadores, dejo que la recepcionista tire de mí y me arrastre al movimiento casi líquido de su cuerpo. Mis piernas empiezan a moverse solas, primero de forma un poco robótica y enseguida adaptándose a los gestos fluidos de mi compañera.

Y para cuando quiero darme cuenta, sujeto a la italiana como si llevara haciéndolo toda la vida, golpeando el suelo según exige el ritmo alocado de la música y en una combinación perfecta. Es una locura. No teníamos nada preparado, y aun así, bailamos una coreografía inexistente y frenética, que manda volando mi sombrero y hace aparecer rosetones en las mejillas de Chiara. El público, antes disperso, forma un corrillo a nuestro alrededor que termina constituyendo nuestra pista.

Quiero arrepentirme de esto, pero sencillamente ya no puedo.

Al final, sólo nos detenemos cuando la última nota de la canción ha dejado de rebotar en las paredes y se difumina entre chaqués y tacones de aguja. Nada más hacerlo, la multitud nos envuelve en un abrazo asfixiante y entusiasta, y una copa de champán se materializa en mi mano, mientras la otra es estrechada vigorosamente. Yo intento respirar, abrumado, y trato de no perder de vista a mi compañera, aunque eso no es difícil. Nuestros admiradores la aprietan contra mi pecho, incitándonos a un segundo baile.

Los ojos de la italiana brillan en una emoción que es casi contagiosa, pero cuando me agarra por los hombros puedo ver un destello malévolo en esas pupilas.

-¿Todavía te tiemblan las rodillas? -me grita, por encima del ruido de conversaciones, y yo gimo y arrugo la nariz como si me hubiera golpeado. Ella no me hace mucho caso-. Vamos a por otra, venga.

Y empieza a llevarme fuera de la maraña de gente, pero yo comienzo a gruñir. De repente acabo de recordar por qué estoy aquí, y me encargo de hacérselo saber:

-Oye, oye, ¿no te olvidas de algo? Tal vez una cosita que tenías que decirme, ¿hein?

Ella gira la cabeza, sus labios rojos curvándose lentamente.

-Te contaré lo que quieras de Gareth Madilow mientras bailamos, cher -replica, sin ningún atisbo de vergüenza, al tiempo que su cuerpo vuelve a moverse con la música.

Y yo no tengo más remedio que seguirla.

-Eso ha sido toda una sorpresa.

Para gran agrado de Derek, madame Strauss se yergue en su asiento y prorrumpe en una carcajada musical, justo tras ver la cara que se escondía bajo el fedora del acompañarte de la recepcionista. Él la escucha reírse, satisfecho. Hacía una eternidad que de su vieja amiga no salía un sonido tan alegre, y siempre es agradable ver menearse el trasero de Louis Daguerre.

-Bueno, no es para tanto, ¿no? -Maya, que se ha abierto paso hasta el sofá, junto a herr, tuerce el gesto como si acabara de chupar un limón. Normal, Anita y ella son buenas amigas, o eso es lo que dicen-. Quiero decir, míralo. Su estilo ni siquiera está pulido. Parecía un espantapájaros espasmódico.

De reojo, Derek mira a Aleksandr, que hasta entonces había estado acurrucado y hundido contra el respaldo, contemplando a su adorado rubio con fascinación. Ahora, el ruso lanza una ojeada venenosa en dirección a la mujer de los prismáticos.

Él vuelve a sonreír.

-Si se moviera como un espantapájaros espasmódico, no tendría a medio Chat intentando llevárselo a la cama ahora mismo, ¿no crees? -comenta, y señala con el vaso la nube de personas que rodea a monsieur Daguerre y lo atosiga con regalos y alabanzas. Maya casi se atraganta con su cóctel. Luego lanza un bufido, irradiando indignación, y con un taconeo se larga sin mediar palabra.

-Eres terrible, Derek -Ava le da una palmada en el hombro, pero el tono divertido en su voz no pasa desapercibido al alemán-. Sí, tú ríete. Si supieras los dolores de cabeza con los que me acuesto por tu culpa, no…

La frase se corta abruptamente, quedando para siempre en el aire aquello que la dueña del Chat iba a decir. Ava se ha quedado paralizada, con una expresión pétrea en el rostro, y cuando herr Zimmermann sigue la dirección de su mirada y descubre la alta y trajeada figura que acaba de atravesar el umbral del salón, su sonrisa también comienza a decaer.

-Esto que es inesperado -comenta , volviéndose hacia su amiga, pero Ava ya se puesto en pie y se dirige hacia su despacho con una resolución un poco funesta. Derek inspira hondo y se estira para dejar su vaso sobre la mesa.

Así que la fiesta ha terminado para Ava Strauss. Menudo desperdicio.

El alemán chasquea la lengua, decepcionado, antes de plantar la mano en la cabeza rubia de Aleksandr. El ruso está tan embobado con lo que ocurre en la pista improvisada que ni siente el contacto, pero Derek se encarga encantado de recordarle por qué está ahí, y sus dedos se cierran sobre ese pelo suave. Aunque sabe que no lo sujeta con la fuerza necesaria para hacerle daño, un leve temblor, casi eléctrico, sacude el pequeño cuerpo de Sacha.

-¿Por qué no subes a tu habitación y me esperas ahí? -le dice, en poco más que un susurro, e inmediatamente Aleksandr gira el cuello todo lo que su amo le permite, los ojillos brillantes. El ruso no se atreve a replicarle, pero su expresión suplicante hace curvarse los labios de Derek-. No es una sugerencia.

Aunque ahora vaya a encargarse de otros asuntos, no tendría por qué echar a Sacha de la fiesta; de hecho, normalmente suele dejar que el chico se pavonee toda la noche por el salón, como le gusta hacer. Pero esta vez es distinto. Derek quiere que aprenda la lección sin tener que ponerle la mano encima siquiera.

-Sube a la habitación. Tal vez así tengas más ganas de hacer lo que se te dice la próxima vez.

Todavía sujetándolo del cabello, deja que sus palabras calen en la cabecita hueca del rubio y después lo libera. Sacha sólo baja el mentón, rodeado de un aura triste, y su herr lo ve alejarse antes de dejar el sofá, vaso en mano.

No ha conseguido alejarse ni dos pasos cuando ante él aparece un hombre. El recién llegado a la fiesta muestra una media sonrisa igual de afilada que un cuchillo, cabello pajizo repeinado y ojos glaciales que recaen en Derek un instante antes de pasearse por la sala, como buscando a alguien.

Herr Hans Herke -dice el pelirrojo, acompañando el saludo con un movimiento del vaso-. ¿Viene sin avisar a la fiesta, o es que Frau Strauss ha cometido el descuido de no poner todos los objetos de valor del club a buen recaudo?

La sonrisa de Hans se ensancha lentamente, pero hay un brillo férreo en esos iris azules. Él casi puede percibir el odio tratando de acuchillarle mientras se apoya en el reposabrazos del sofá.

Bueno. Realmente hay algunas costumbres que no cambian nunca.

-Tan bocazas como siempre, Derek -escupe el otro-. No estoy dispuesto a malgastar mi tiempo contigo. ¿Dónde está Ava?

-Dale un respiro, Herke. No hay nada que puedas desvalijar ya en el Chat Bleu. ¿Por qué no pruebas a hacer un butrón en el Musée d’Orsay? Seguramente no encuentres el cuadro que estás buscando ahí, pero los que exponen se acercan bastante a tus criterios, y tampoco creo que tengas ningún reparo en llevarte dos o tres nuevas adquisiciones debajo del brazo. A fin de cuentas, es tu pan de cada día, ¿no?

Hans entrecierra los ojos inmediatamente. Al volver a hablar, Derek tiene que aguzar el oído para entenderlo, porque su voz no es más que un gruñido áspero y peligroso que apenas se hace oír por encima de la música.

-Eres un buen perrito faldero de Frau Strauss, pero deberías tener cuidado con lo que dices. Tal vez debería buscarte un buen bozal.

Derek se ríe entre dientes y da un sorbo al contenido de su vaso. El tintineo del hielo es el único sonido que interrumpe el silencio entre los dos hombres durante unos segundos, tiempo que el pelirrojo dedica a paladear con deleite  la bebida. Las amenazas veladas de Hans le producen una preocupación equiparable a la que siente al comprobar el pronóstico del tiempo cada día. Cercana a cero, vaya.

-¿Vas a azuzarme a tu matón deforme, o te lo has dejado atado en la puerta? -pregunta, al tiempo que posa su vaso sobre la mesa y salva la distancia entre los dos en un tranquilo paseo-. Siempre dispuesto a salpicarte los zapatos de sangre y vísceras, ¿eh? Qué pena. Sigues empeñado en demostrarme que sólo eres un perro rabioso, Hans, sin ningún tipo de los escrúpulos que precisa un verdadero amante del arte. Márchate de vuelta a Holanda con tu pataleta. Aquí no tenemos el cuadro que perdiste (y que no te pertenecía desde el principio), por desgracia.

En cuanto termina lo que quería decir, Derek hace un gesto de despedida con la mano y pasa junto al rubio, pero Hans es más rápido y sus dedos se enganchan en su hombro. Al inclinarse hacia él, su cabello rubio le roza la sien.

-Algún día haré que te tragues toda esa palabrería pedante, Derek Zimmermann, y no será algo limpio, precisamente. A este ritmo, la misma Ava tendrá que rascarte de sus bonitas alfombras persas.

Él lo mira de reojo, relamiéndose, y se desase del apretón de Herr Herke.

-No me hagas reír, por favor. Te recuerdo que yo no soy ese chico de diecisiete años al que tanto te gustaba sacudir. Y hablando de Raymond -sacude la cabeza, en dirección al centro del salón. La figura del prostituto destaca sobre la orquesta, tocando el violín-; te recomendaría que no dejaras que te viera por aquí.  A no ser que quieras que termine arrojándose al Sena de una vez por todas, claro.

Y lo deja atrás, con paso seguro. El otro no vuelve a retenerlo, aunque Derek siente aquellos ojos fríos clavados en su nuca como sendos puñales de hielo. Es cierto que no tiene miedo de su viejo rival, pero una parte de él sabe que debería andarse con más cuidado. Sabe de sobra cómo es un Hans enrabietado, y cuál es la situación de Ava. El que Herr Herke haya decidido reaparecer en el club no hace más que confirmarle que a partir de ahora las cosas no van a andar tan tranquilas por el Chat. Pero bueno, Derek es un hombre de negocios. Y como todo excelente hombre de negocios, sabe a la perfección cuándo tiene que dejar que su rival ejecute la siguiente jugada.

Además, Herr Zimmermann tiene otro frente abierto ahora mismo que se presenta mucho más jugoso e interesante que el de Hans, y, sumergido en la multitud, estira levemente el cuello, buscando a su objetivo. No tarda mucho en encontrarlo. Esa silueta desgarbada y flacucha es inconfundible, y él sonríe al distinguirla entre la marea de trajes.

Ya que Sacha se niega a hacerlo, es hora de que él mismo dé el primer paso para atrapar a Louis Daguerre.

Los clientes del Chat son caprichosos y nos hacen bailar mil cosas diferentes a Chiara y a mí, saliéndose incluso del tema de la fiesta. Entre el charleston, las copas que prácticamente me incrustan en las manos y el ritmo incesante de la música, empiezo a sentirme un poco mareado, pero de alguna manera me las apaño para mantenerme en pie. Necesito hacerlo, porque la recepcionista se encarga de ponerme al corriente, por fin, de su pequeña investigación, y, mientras me guía en un rápido quickstep, me habla de lo que ha descubierto del duque y de su relación con mi protégé. Yo procuro escucharla y bailar sin perder el hilo, aunque, por desgracia, lo que tiene que contarme no es mucho.

Al parecer, Gareth Maidlow es un habitual casi religioso del Chat, pero prácticamente desde el inicio, sus visitas se limitan al primer nivel de la Jaula, a la habitación de Raymond. Lo introdujo en el mundillo su padre, copropietario de una empresa automovilística británica y toda una joyita aficionada a las lolitas y a la cocaína. Curiosamente, su hijo no tiene absolutamente nada que ver con él, con un historial intachable. Mientras el desgraciado de su padre pierde gran parte de su vida organizando orgías en el segundo nivel y amargando la vida al personal de limpieza, el duque se limita a acudir al Chat una vez por mes, pasar la velada con mi protégé y volver a Gales sin hacer mucho ruido. No hay más. Ni chanchullos, ni broncas, ni jaleos. Nada. Sólo una aburrida y mecánica rutina.

Es… casi decepcionante.

-¿Puede ser que realmente sólo se haya encaprichado de Raymond y esté intentado quitarme de en medio? -me pregunto en voz alta cuando termina la canción y me detengo a tomar aliento. Chiara, roja y acalorada, se aparta el pelo de la cara y se encoge de hombros.

-No sería el primero, ni el último -dice-. Aunque no lo creas, ocurre más a menudo de lo que parece, y es todavía peor con trabajadores como Anita o Ray, que están en lo alto de la tabla.  Algunos clientes habituales se vuelven un poco locos y se obsesionan. Recuerdo que, cuando empecé a trabajar aquí, había dos tipos que no hacían más que tirarse de los peluquines por Raymond cada vez que se cruzaban. Había pelo postizo por todas partes. Fue horrible.

Yo frunzo el ceño, algo asqueado por la imagen mental y reacio a conformarme con esa versión. Por toda la parafernalia que ha montado el duque (soborno incluido), imaginaba que tendría motivos más profundos que un enamoramiento adolescente. Pero visto lo visto, creo que me equivocaba y el tal Gareth es menos serio de lo que pensaba.

Mientras yo rumio lo que me ha dicho Chiara intenta que sigamos bailando, pero a mí me vuelven a temblar las rodillas, y esta vez no tiene nada que ver con los nervios. Ella me mira con los brazos cruzados, hace rodar los ojos y se larga detrás de las faldas de una de las vedettes del club, entre refunfuños acerca de lo blandengues que somos los hombres. De pie y solo como un idiota, la veo marcharse, sus contornos algo borrosos, para después percatarme de que ya hay varias miradas golosas clavadas en mí. Con un estremecimiento, me escabullo antes de que algún cliente decida obsesionarse conmigo en lugar de con su prostituto de confianza, y desaparezco de escena.

El entramado de pasillos que desembocan en el gran salón son mucho más tranquilos en comparación y no hay nadie que me pida bailar, para alegría de mi cuerpo agotado. Como no tengo nada mejor que hacer, vagabundeo sin un rumbo fijo, procurando fijarme en las caras de los pocos rezagados de la fiesta con los que me cruzo. Albergaba la ilusa esperanza de cruzarme con Monsieur Maidlow por aquí, ya que no se ha dejado ver por el salón, pero es una pena que no tenga demasiada suerte y que al final termine en un corredor pobremente iluminado. Todavía me mantengo en pie, pero las luces tenues del club deslumbran mis retinas y mi cabeza burbujea, del mismo modo que el interior de una botella de Perignon, así que este sitio, silencioso y tranquilo, parece un buen lugar para descansar un rato.

O eso es lo que pensaba. Porque, como es habitual (más aún en mi estado), él es tan sigiloso que no lo oigo acercarse por detrás. Al menos no hasta que siento su aliento en mi nuca.

-Me pareció haber visto un lindo gatito en la pista de baile.

El que faltaba.

Yo siento el calor demasiado tarde. Sólo puedo resoplar al notar, como una serpiente sinuosa, su brazo aparecer por uno de mis costados y rodearme la cintura.

-Raymond. Las manos -gruño de mala gana, aunque tampoco hago un gran esfuerzo por deshacerme de él. Mintiéndome un poco a mí mismo, le echo la culpa al alcohol y me abandono al agradable contacto.

Mientras, esos dedos maliciosos se retiran (un poco) de mi entrepierna igual que la marea, medio a regañadientes, pero mi cuerpo no tarda más de una fracción de segundo en electrificarse cuando su aliento, denso y caliente, se cuela por el cuello de mi camisa y resbala perezosamente sobre mi piel.

-¿No puedes dejar pasar una sola oportunidad para acosarme sexualmente, verdad?

-Es difícil no hacerlo después de casi una hora viéndote menearte así -replica él, restregando cebolleta con su falta habitual y absoluta de vergüenza-. ¿Por qué nadie me dijo antes que eras capaz de abrirte así de piernas? Eso hubiera facilitado mucho las cosas. ¿Qué más sabes hacer, eh?

Lap dance -balbuceo, muy serio, pero mi cuerpo me traiciona con una sonrisilla idiota. Ahora estoy seguro de que tanto champán está haciendo estragos en mi organismo, porque casi me alegro de verlo tan contento.

Pero sólo casi, ¿eh? Y por el champán. Nada más.

De forma un poco torpe, consigo librarme de su abrazo y me alejo hasta alcanzar la pared, sólo para sacudirme la sensación candente y hormigueante que estaba empezando a apoderarse de la parte baja de mi cuerpo. No obstante, cuando apoyo la espalda en el muro, cruzado de brazos y con el ceño fruncido, me doy cuenta de que he cometido un error.

Enfrente de mí, Raymond, todavía con el brazo que me rodeaba en alto, tiene un aspecto totalmente diferente a… bueno, a su pinta de desharrapado de siempre. Ava debe haberlo obligado a participar en la fiesta, porque viste unos pantalones de traje negros, camisa mal remetida, tirantes y un fedora azul oscuro. Al pillarme mirándolo, su lengua se escapa para recorrer la fina línea de sus labios en un movimiento rápido y nervioso antes de descubrir sus dientes.

Con verlo se me pone un poco dura.

… ¿Qué pasa? Uno tiene sus fetiches.

Definitivamente, el alcohol se me ha subido a la cabeza. Y no sólo el alcohol, también una oleada de sangre caliente que se me acumula en la cara, en el cuello, el pecho y todas partes. Cierro los ojos, en un intento de poner firmes a mis neuronas ociosas, pero entonces oigo pasos casi imperceptibles. Cuando levanto la cabeza, sus ojos me están perforando tranquilamente la piel. Y a mí el cerebro me hace un fundido en negro bastante dramático.

El pasillo solitario y el excelente humor de Raymond después de la fiesta. En un universo paralelo, tal vez este sería un buen momento para volver a intentar arrinconarlo y hacer que me hable de Maidlow y sus tejemanejes. De hecho, sería la ocasión perfecta de no ser por mi polla, que también ha decidido que este es el momento ideal para ponerse rígida como un bloque de hormigón armado.

-Me molestas -farfullo entre dientes, ya sin saber ni lo que digo, y entonces me echo a reír, como un gilipollas-. Me pones cachondo y eso me molesta, Raymond.

La sonrisa de depredador de Ray se ensancha lentamente, mientras la luz amarillenta arranca tonalidades misteriosas de verde a esos iris.

-¿Me haces una demostración? -ronronea, sin venir a cuento, y de pronto me agarra y me levanta en vilo, colándose entre mis piernas y aplastándome con su cuerpo contra la pared. De mí sólo escapa un sonido como de fuelle, al quedarme momentáneamente sin oxígeno,  y luego tengo que agarrarme a él, sujetándolo por los tirantes, porque el castañeteo que hacen sus dientes al chocar con los míos me pone la piel de gallina y me acelera el corazón en un redoble furioso. Su lengua me invade la boca, hambrienta y sin dar concesiones, durante un minuto entero, hasta separarse de mí con un sonido húmedo-. De lap dance, digo -añade, con voz ronca y entrecortada, y su cara se encuentra tan próxima de la mía que puedo verme reflejado en sus ojos, despeinado y enrojecido como una langosta.

Tampoco puedo concentrarme mucho en lo que dice, o en lo que veo. Los contornos de la cara de Raymond se difuminan en los bordes, entremezclándose con el fondo en mi cerebro. Él, impaciente, me aprieta el culo, me levanta un poco más y su lengua marca el camino hasta mi oreja, deslizándose sobre el cuello. Yo sólo jadeo, atrapando su cabello revuelto y escurridizo entre los dedos y con la mente saturada por la sensación ardiente y delirante de esos dedos amasando mis nalgas.

Sólo por pura malicia, muevo las caderas en círculos sobre su polla enhiesta, apenas contenida por el pantalón de traje. No tardo en oírlo gruñir con frustración en mi oído, mientras presiona todavía más sus caderas contra las mías hasta hacerme sentir su pulso frenético directamente en mis bajos fondos.

-¿No querías una demostración? -las palabras se escurren fuera de mi boca, empujadas por el alcohol y a trompicones. Incluso Raymond se sorprende del tono caliente y lascivo.

El culpable es el Perignon, por supuesto. Pero a Ray no le importa lo más mínimo. Al menos no es eso lo que dice la chispa que acaba de inflamarle la mirada, ni sus dedos hundiéndose casi con crueldad en mi carne. Ni qué decir de la forma tremendamente erótica en que se mordisquea el labio, que hace que me duela la entrepierna sólo de verlo.

-Quiero una demostración. Contigo en bolas y mi polla bien hondo dentro de ti.

Intento responderle con una risa sarcástica, pero esa imagen en mi cabeza la transforma en un sonido quejumbroso. Cabalgar a Raymond en una pervertida sesión de lap dance. Con pensarlo me dan palpitaciones y un temblor de excitación me sacude el pantalón a la altura del bajo vientre.

Y, sin embargo, al mismo tiempo algo en mi pecho se estremece con un pinchazo de inquietud.

-T-tendrías que hacer méritos para conseguir eso, estúpido -acierto a gruñir al final, tratando de contener ambas emociones. Sin mucho éxito con todas, a juzgar por el desafiante bulto en mi pantalón.

Raymond me ignora de forma flagrante y hunde la cara en mi cuello.

-Deja de resistirte y ríndete -resuella, en parte por el esfuerzo de sujetarme en volandas contra el muro, pero principalmente por la tortura a la que lo estoy sometiendo, restregándome contra él.

-Jamás.

Y en venganza consigo colarme dentro de su camisa y le pellizco un pezón.

-Déjame desvirgarte… -insiste, aunque tiene que detenerse a gemir un instante, porque mis dedos lo están retorciendo como si metieran la llave en el contacto de mi viejo Citroën AX. Yo me estremezco al oírlo, gimiendo también-. Puedo hacerte gritar.

-Me haces gritar todos los putos días. Cada jodido minuto que ocurre algo en el club.

-Quiero follarte de tal forma que no puedas ni respirar, sólo pedir más -asegura, esta vez sus labios rozando los míos mientras habla. El ruido sordo, breve y vibrante de nuestras respiraciones parece algo físico en el reducido espacio entre nosotros. A mí me va a estallar la cabeza y algo más-. Quiero tenerte sudando y temblando y gimiendo mi nombre hasta dejarte sin voz. Quiero romperte el culo, Louis, me lo lleva pidiendo desde el primer día. ¿En qué idioma quieres que te lo diga?

Y como corroborando sus palabras, me pellizca el trasero y aprieta su entrepierna caliente y dura contra mí. Yo me quedo en blanco mientras lo hace, la imaginación se me ha vuelto salvaje y mi polla me suplica cosas que no sé si puedo satisfacer.

Una parte de mí está aterrorizada, pero apenas la oigo detrás del velo de champán y excitación que me embota los sentidos. Aun así, es esa misma parte la que consigue abrirse paso entre las guarrerías de Raymond y sus malévolas caricias, y me oigo a mí mismo replicar débilmente:

-Que no, pesado…

-¿Por qué? -pregunta, mientras se las apaña para sujetarme contra la pared con una mano y deja la otra pasearse libre por debajo de mi camiseta-. Dame un solo motivo.

Hay miles de motivos. Miles, no exagero. Se me ocurren tantos que podría hacerme dos bufandas con la lista, una para mí y otra para Sacha. Pero en el momento que abro la boca, con la confusión y el muy hijo de puta sobándome por encima del pantalón, va y sale la más estúpida de todas.

-Soy activo… idiota…

La respuesta inmediata es una risotada que retumba en el corredor. La pega es que no proviene de mi protégé, que ha vuelto la cabeza con fastidio. Yo me asomo por detrás, todavía sin aliento, para ver tras nosotros a un grupito de espectadores muy bien vestidos y elegantes, pero con escaso sentido de la decencia. Nulo, teniendo en cuenta la forma entusiasta en que una de ellos graba nuestra pequeña exhibición con su teléfono móvil.

-No me mire así, Monsieur Daguerre -me pide el autor de esa risa, un tipo joven con una sonrisilla irritante, ante mi odio fulminante-. No me diga que no era una broma.

Raymond se relame los labios enrojecidos, con expresión hastiada.

-Estamos ocupados.

-Circulando -les increpo yo, y me olvido instantáneamente de ellos, mirando a mi protégé con los ojos entrecerrados-. No es ninguna broma. No me gusta.

-¿Cómo vas a saber si te gusta o no si no lo has probado nunca? -su cara vuelve a adoptar esa expresión subida de tono y pervertida de hace un momento, y sacude las caderas, hundiendo su verga entre mis nalgas y provocándome a mí un respingo, una salva de discretas risitas a nuestra espalda-. En cuanto te ponga a cuatro patas cambiarás de opinión.

Yo noto cómo el calor me invade las mejillas, y no completamente por el momento de cachondez.

-Te estoy diciendo que no soy pasivo -balbuceo, y como respuesta recibo otra tanda de risitas del fondo norte. Esta vez, aunque los intento asesinar con la mirada no sirve de nada-. ¡A callar, voyeurs de pacotilla!

Iba a seguir con la retahíla de improperios, pero por suerte o por desgracia Ray levanta la mano libre y me introduce dos dedos en la boca, y de mi cuerpo no sale más que una especie de gemido ahogado.

-¿Eres consciente de que pareces exactamente eso ahora mismo? -me suelta, con una risa gutural y sustituye esos dedos largos y delgados por su lengua, haciendo que mis ojos rueden un momento dentro de sus órbitas. Por otro lado, la mano húmeda de mi saliva desaparece de pronto de mi campo de visión, y el pinchazo de pánico de antes se convierte en un temblor que sacude mis extremidades. No obstante, la lengua de Raymond es una taimada experta, y pronto no puedo pensar en nada que no sea la manera en que se enrosca alrededor de la mía y me deja sin aliento.

Y el cuerpo de Ray es caliente y sensual, y la seguridad con que me aplasta contra la pared no me deja poner pies en polvorosa, y yo ya no recuerdo qué era lo que me daba tanto miedo hace unos segundos y…

Y…

-Eh, ¿y esa?

-Viene hacia aquí.

-¿Qué hace con eso?

-¡Está loca, apartaos!

Estaba nadando en el séptimo cielo del placer cuando algo húmedo me abofetea con fuerza y comienza a escurrírseme por la cara y la espalda. Y ese algo está jodidamente helado.

Godverdomme! -jadea un Raymond empapado, y de la sorpresa me suelta, con lo que yo resbalo contra el muro hasta quedar desmadejado en el suelo, con las piernas en alto, todavía medio enganchadas a sus caderas.

A nuestra izquierda, Chiara arroja la cubitera vacía al suelo.

-Se acabó el espectáculo -con un gesto impersonal, se dirige hacia nuestro grupo de boquiabiertos admiradores-. Despejen el pasillo, si no les importa.

Pero ellos se quedan quietos y mudos, viendo cómo la secretaria se agacha para recoger un puñado de cubitos del suelo.

-Sabía que no podía dejarte solo -me dice, antes de arrojárselos de uno en uno a Raymond, que parece estar tardando en recuperarse del shock-. Hombres -añade, en un resoplido enfadado-. Para uno decente que encuentras, es bobo como él solo.

El quinto cubito golpea la melena casi pelirroja de mi protégé, y la italiana, ya sin munición, se acerca, me agarra del brazo y me arrastra lejos de él. Sólo entonces Ray parece reaccionar y, tiritando, se vuelve hacia Chiara.

Kutwijf -es todo lo que dice, entre dientes, pero parece suficiente para encenderla, porque ella me libera de golpe (y hace que mi cabeza golpee el suelo y yo vea todas las estrellas más una).

Cretino! Sei uno stronzo, testa di cazzo!

Fascinados, los clientes y yo asistimos al cuadro único de la calabresa iracunda y gesticulante, lanzando insultos a cada cual más original; y a un Raymond encogido y erizado igual que un gato, respondiendo cosas en un idioma misterioso con el ímpetu de una serpiente escupiendo veneno.

Kankerhoer!

Figlio di zoccola, porco cane!

-Rot op, pokkenwijf!

Vai a farti dare nel culo, sacco di merda!

Mientras ruge, Chiara me obliga a levantarme de un tirón y empieza a arrastrarme por el pasillo. Desde atrás, Raymond le replica algo que, si bien no tengo ni idea de lo que significa, suena tal mal o peor que todo lo que llevan gritándose. La italiana se levanta la barbilla con un dedo.

Sei un rompipalle –y añade, para que lo entendamos todos finalmente:-. Sátiro holandés de mierda.

Y con las mismas sigue caminando sin mirar atrás, llevándome a tirones, como a un perro desobediente. Yo estoy demasiado aturdido para resistirme. Hace un segundo me encontraba en brazos de un dios del sexo (a punto de ser violado, vale, pero en peores me he visto, qué queréis que os diga), y ahora una italiana enfadada tira de mí de vuelta al salón del Chat, con el cerebro congelado y  el cuerpo empapado.

Eso sí, de mi erección rampante y la borrachera, ni rastro ya.

-¿Estás bien, idiota incompetente? -Chiara habla sin dejar de andar, como si el pasar un segundo más a menos de doscientos metros de Raymond pueda resultar detonante de un conflicto bélico a escala mundial. Yo tardo en contestar. Sigo desconcertado, casi tanto como antes, cuando Ray me sujetaba en vilo. Así que supongo que es normal que lo primero que me salga sea otra tontería como la que le dediqué a mi protégé y a los clientes presentes.

-¿E-es holandés?

Por primera vez en todo el trecho que llevamos recorrido, Chiara se detiene en seco, me suelta y lanza un gruñido exasperado.

-¿En serio, Louis? ¿Es que no puedes concentrarte un segundo y dejar de un testa di cazzo tú también?

La miro, al tiempo que me sujeto la cabeza con las manos. Ella se cruza de brazos, hasta que a mí se me dibuja una sonrisa bobalicona en la cara.

-Nunca había conseguido que me dijera de dónde es.

Vale. Un poco borracho sí que sigo.

-Si no supiera que con estos tacones podría matarte al instante, te pegaría una patada en la cara ahora mismo, Louis-Philippe Daguerre -Chiara se lleva una mano a la cara, que se frota varias veces en la más pura desesperación. Desde aquí, justo al lado de las puertas abiertas del salón, puedo oír perfectamente la música, que se desliza con alegría hasta nuestros pies. Así transcurren unos minutos de silencio entre nosotros, en los que la recepcionista se limita a masajearse las sienes y lanzarme miradas asesinas. Por mi parte, dedico ese tiempo a intentar volver a poner las riendas a mi mente, que se empeña en devolverme a la escena del pasillo una y otra vez y a crear posibles finales a ese momento, a cada cual más sucio y lascivo que el anterior.

Al final, las manos de Chiara sobre mis hombros me arrancan del ensueño. Hay algo en sus grandes ojos negros que, quiero creer, parece preocupación.

-Oye, Louis… me caes bien, ¿vale? Eres un poco cándido y a veces piensas con la polla, pero creo que aunque tengas esa monstruosidad entre las piernas puedo considerarte un amigo. Por eso no me importó que me pidieras ayuda buscando información sobre Maidlow. Y por eso… por eso creo que estoy en posición de decirte que esto se te está yendo de las manos.

Parpadeo, tras analizar despacio cada una de las palabras.

-¿Cómo? No entiendo.

-Mira, sé que es normal sentirse deslumbrado por Raymond. Les ha ocurrido a casi todos los que han tenido que lidiar con él alguna vez. Pero no quiero verte como ellos, ¿entiendes? No quiero que te coma y te vomite como al resto -hace una breve pausa, como esperando un gesto de asentimiento, pero yo no tengo ni idea de a lo que se refiere. Ella me sacude un poco-. ¡Despierta! ¡Desde la fiesta de Navidad estás totalmente absorbido por él! ¿Es que no lo ves? ¡Todo, todo lo que haces es por o para ese prostituto stronzo! Incluso has tirado a la basura tu novela para empezar a escribir sabe dios qué. Y ahora todo este numerito de detectives con el duque… ¡Te estás metiendo hasta el cuello!

Yo siento un acceso de rabia al oír eso, aunque empieza a diluirse enseguida en cuanto pienso en ello y la realidad me da un coscorrón. Es cierto que estoy algo obsesionado, y que Raymond se ha convertido en el único pilar en torno al que gira mi vida. Ni siquiera he tenido la decencia de devolver las ciento cuarenta y seis llamadas perdidas que mi padre me ha dejado en el móvil las últimas dos semanas. De hecho… incluso llevo un tiempo sin que ningún recuerdo de Édouard me asalte en sueños. Y si bien eso es bueno, también indica que he estado un tiempo con la cabeza en otra parte.

Pero todo eso tiene una explicación.

-Lo que ocurrió en la Jaula…

Chiara asiente, impaciente.

-Eso tan terrible que no puedes contar a nadie.

-Eso -yo compongo una mueca-. Todo lo que pasó fue culpa mía, de mi incompetencia. Y pensarlo… no me deja dormir por las noches, necesito resarcirme con él. Tal vez me haya entregado demasiado a solucionarlo, pero te prometo que se me pasará en cuanto lo consiga.

Termino la frase con una sonrisa que ella recibe en silencio, muy seria. Luego vuelve a pasarse una mano por la cara, aunque esta vez parece que es más para ocultar la forma triste en que se ha curvado su boca que por la exasperación.

-Louis… sabes que no es sólo eso -dice, muy despacio, intentando que las palabras lleguen a la parte racional de mi cerebro aturdido-. Por favor, hazme caso y deja que te desintoxiquemos un poco. Si sigues así, hurgando en los asuntos del Chat, vas a ganarte enemigos y a meterte en problemas -me ve menear la cabeza, y su rostro se contrae con consternación-. Todo esto es porque no te has dado cuenta todavía, ¿verdad? No te has dado cuenta de que no hay nada que hacer por Raymond. Pues hay algo que tienes que saber de él. No quería decírtelo, porque incluso a mí me da escalofríos todavía, pero…

Yo no la estoy escuchando. Quiero intentar convencerla de que no hay nada de lo que preocuparse, pero entonces capto algo por el rabillo del ojo y pierdo la concentración.

Una melena negra, tez clara y hombros anchos que se adentran en la marea de gente del gran salón.

Todos mis sentidos saltan.

-¡Es él! -exclamo, lo que hace brincar del susto a Chiara-. ¡Maidlow! ¡Tengo que atraparlo antes de que se me escape, perdona!

Y echo a correr detrás de la figura del duque, dejando a la italiana con la mano en el aire y la palabra en la boca.

En cuanto me zambullo de nuevo en el lío de trajes, música y alcohol, pierdo el rastro de mi presa. Lanzando improperios en voz baja, me abro paso entre la multitud de gente, y procuro esquivar a aquellos admiradores que intentar arrastrarme a un baile con ellos, pero no veo al galés por ningún sitio. Frustrado, estoy a punto de internarme de vuelta en los corredores anexos al salón, por si se ha marchado por allí, cuando una mano se deja caer sobre mi hombro y me deja clavado.

Monsieur Daguerre -dice una voz grave y monocorde cerca de mi oreja-. Es un placer conocerle al fin.

Por algún motivo, un escalofrío me pone el vello de punta al girarme y reconocer a su dueño. Es el pelirrojo extraño del nivel cero de la Jaula, el que me miraba insistentemente aquel fatídico día en que llevé a Raymond derecho a la trampa. Incómodo, hago como que sonrío.

-El placer es mío, eh…

-Derek. Puede llamarme Derek.

 

 

 

De lujo (Chapitre 14: Un gatito en el punto de mira)

14

La tarde discurre de forma pausada y tranquila. Acodado en la mesa de la cafetería, miro sin ver a través del cristal el fluir de la vida parisina. Me gustaría dejarme arrastrar por la pasividad de los viandantes que hacen las compras del viernes, lo intento con todas mis fuerzas, pero mi pierna no deja de golpear el suelo frenéticamente al ritmo desquiciado de lo que me ronda la cabeza.

No he podido hacer nada con Raymond. O, más bien, él no me ha dejado hacer nada. Mi protégé ha decido jugar a fingir que no ocurrió aquella noche, y cualquier intento por hacerle hablar del asunto ha terminado con el prostituto metiendo la mano en mis pantalones y poniendo fin al tema. Sólo cedió a mis insistencias la mañana después del incidente, aparentemente hastiado de tenerme rondando a su alrededor con cara de alma en pena. Él sólo se dio la vuelta y me miró, aburrido.

-¿Por qué te importa tanto? –preguntó simplemente, y yo tuve que callarme.

Todavía no tengo respuesta a eso.

Una camarera sonriente, con pinta de muñequita, se acerca para tomar nota de mi pedido y me obliga a centrarme en el mundo real. Cuando me deja la taza humeante sobre la mesa y se marcha, suspiro, echando un último vistazo al mundo diurno de la ciudad antes de regresar a mis apuntes.

Raymond no me lo está poniendo fácil (ni va a hacerlo, no en un futuro próximo), pero yo no pienso dejar las cosas como están. Si, tal y como dice, no puedo acudir a Ava, tendré que investigar al viejo por mi cuenta. Aunque no tenga ni idea de por dónde empezar. De entrada su nombre me es familiar, si bien no termino de recordar dónde demonios lo he oído antes…

Maidlow.

Lo escribo en la libreta, justo por encima del último capítulo escrito de mi manuscrito, como si eso fuera ayudarme a escarbar mejor en mi memoria. No es el caso. Las letras bailan ante mis ojos sin cobrar ningún sentido y yo, frustrado, las dejo donde están para centrarme en las líneas de debajo. Al leer el último párrafo recuerdo por qué estoy aquí y el estómago se me retuerce en un tirón de ansiedad. Pensaba que la noche de Navidad había culminado en una catástrofe que terminaría de condenar mis aspiraciones en el mundo editorial para el resto de mi historia, pero cuando les llamé para disculparme por lo que fuera que hubiera hecho Ray, los que se disculparon fueron ellos.

“Siento muchísimo lo que ocurrió la otra noche, Louis” había exclamado Olivia, editora jefe del grupo, apenas descolgó el teléfono “tu editor pilló un gripazo fulminante y no podía moverse de la cama. No pudimos contactar con él hasta esta mañana. De verdad que lo siento, pensaba que había acudido a vuestra cita.”

Al oír eso casi lloré de alivio. Me apresuré a responder que no había ningún problema, que lo entendía y que de todas maneras estaba escribiendo algo nuevo. Ella quiso leerlo, yo se lo envié por fax en cuanto pude, y, un par de horas después, la volvía a tener al teléfono, pidiéndome más.

Y aquí estoy.

Intento no pensar en lo nervioso que estoy mientras doy un sorbo al café y garabateo algo. Me llena de orgullo (y me desconcierta un poco al mismo tiempo) ver que ya me queda algo menos de la mitad para terminar la libreta de Alice. Nunca hubiera imaginado que llegaría tan lejos escribiendo algo nuevo. Aunque, bueno, tampoco hubiera imaginado jamás que fuera a escribir con esta… pasión.

El tintineo de la puerta de entrada me hace levantar la cabeza automáticamente como un lebrel, despegando mi atención de los papeles. La corriente de aire frío me lame los pies un momento, lo justo antes de que el recién llegado se gire para cerrarla. Y entonces lo veo y el corazón, que retumbaba ansiosamente en algún rincón de mi pecho, se me congela en el acto.

Édouard. Édouard apartándose el pelo de la cara, Édouard pasándose el paraguas de una mano a otra, Édouard echando un vistazo nervioso en derredor. Y reparando en mí.

El mundo entero da un vuelco en el momento en que sus ojos tropiezan con los míos. No estoy preparado para esto. Vivo en una ciudad de dos millones de habitantes y me he mudado tres veces, he vivido cinco años esperando no volver a encontrarme con él jamás, asumiendo que esto no iba a ocurrir.

Por más que mi memoria se niegue a olvidarlo, no quiero volver a verlo. No ahora.

-Louis –su voz me llega por encima del rumor de conversaciones, alarmada. Al oírlo me doy cuenta de que acabo de levantarme precipitadamente, casi derribando la mesa por el camino-. Louis, espera un segundo.

Él se acerca hacia mi mesa con paso ligero, sin darme una sola oportunidad de escabullirme. Yo trago aire, recojo mis cosas, cierro los ojos esperando el momento del choque, con el mismo sentimiento de fatalidad de quien ve descarrilar un tren. Cuando Édouard planta la mano en mi hombro, todo empieza a dar vueltas a mi alrededor.

Cinco años, y mi cuerpo sigue recordando su tacto como si nunca hubiera desaparecido.

-Déjame hablar contigo un minuto, Louis –dice en mi oído-. Sólo escúchame, por favor.

-No sé de qué me hablas. Creo que me estás confundiendo con alguien –replico con voz ronca e intento encaminarme hacia la puerta, su apretón no cede y me deja clavado en el sitio-. Tengo prisa. Estoy esperando a alguien.

No puedo respirar. Necesito que me suelte, que me deje en paz y que no vuelva nunca más a mi vida. Estoy seguro de que no es tanto pedir.

-Ya lo sé. Estás esperando a tu editor, ¿verdad?

Me detengo en seco.

-¿Has estado siguiéndome? –siseo, incrédulo, mientras me lo desquito de un manotazo y vuelvo la cara para fulminarlo. Édouard no ha cambiado nada. Tiene el pelo más largo, tal vez, pero la misma expresión turbada de siempre.

-Yo soy tu editor, Louis.

Yo me quedo rígido al instante, pero él se apresura a agarrarme sin darme tiempo a reaccionar de ninguna manera y con un leve apretón me conmina a tomar asiento. Sus labios están torcidos en un gesto de sumo cansancio.

-Te aseguro que no es lo que crees. Mira, sé que no estoy en posición de pedirte nada, pero por favor, sólo escúchame un minuto.

Deseo ver algo de maldad en sus ojos tristes. Quiero de verdad creer que me está mintiendo, porque la mera certeza de que puedo haber estado aquí sentado como un idiota esperándole precisamente a él, hace que se me revuelvan las tripas. Por desgracia, todo lo que puedo extraer de la cara de mi excompañero, a parte de ese atisbo melancólico tan propio de él, es sinceridad diáfana. Sintiéndome un poco mareado de pronto, me dejo caer en la silla y Édouard se apresura a imitarme.

-Olivia, mi jefa, estaba entusiasmada cuando llegó tu primer trabajo –comienza, tras unos eternos segundos de silencio incómodo y sin mirarme del todo a los ojos-. Hacía tiempo que no nos llegaba algo tan fresco, con potencial –hace una pausa, como esperando algún comentario por mi parte, pero yo todavía estoy pellizcándome el brazo, en un intento de despertar de la pesadilla-. Y… bueno. En cuanto te leí, supe que tenía que encargarme de tu manuscrito.

Cómo no.

Dejo la taza sobre la mesa con un golpe seco. El café se me ha agriado en la boca.

-No dudaste un segundo, ¿eh, Édouard? No dudaste en aprovechar la oportunidad para invadir mi vida –digo con amargura, y Édouard traga saliva ostensiblemente.

-Te juro que no tenía ni idea de que eras tú el autor. Se sigue una política muy estricta en la oficina respecto a los autores con pseudónimo. Sólo Olivia lo sabía. Puedes preguntarle cuando quieras –ante mi gesto adusto, él se pasa una mano por la cara y añade, algo avergonzado:-. Desde que llegué al mundo editorial, no he tenido mucha suerte con los autores que me han asignado. No sé por qué Olivia confía en mí, pero lo hace. Estaba pasando un mal momento, y fue ella quien hizo lo posible por ayudarme. Tiene un ojo increíble para estas cosas, trabajó para RandomHouse, y es un verdadero sabueso, tanto con los escritores que llegan a la editorial como con los que trabajamos con ella. Desde que tus manuscritos llegaron a la oficina, no para de decir que soy yo quien tiene que sacarlos adelante. Y la creo.

La cuestión no es esa. Es si yo puedo creerte a ti. O, mejor dicho, si quiero creerte.

Después de su monólogo, los dos nos sumimos en una pausa taciturna, interrumpida únicamente por la camarera que viene a tomarle nota a Édouard y por el repiqueteo incesante de la lluvia en los cristales.Dejo el café, ya frío, a un lado. Ya no iba a beberme el resto, no teniendo el estómago cerrado, centrado en digerir la situación surrealista que estoy viviendo. Él está sentado frente a mí en una cafetería, hablándome de mis manuscritos como si fuera lo más normal del mundo.No hay nada en esta escena que parezca ni remotamente natural.

-Supongo que pensarás que no tengo derecho a esto, pero en cuanto supe que tenía una obra tuya entre manos no pude evitar sentirme un poco orgullo –levanto la cara. Édouard tiene los dedos entrelazados con fuerza sobre la mesa y esboza una pequeña sonrisa entristecida-. Es genial, esto es lo que siempre has querido. Y créeme, tienes muchas oportunidades. Ya lo supe en cuanto leí el primer manuscrito tuyo que llegó a la oficina, pero con este último proyecto… Dios, Louis, está vivo. Tiene alma.

-¿Intentas comprarme así?

Édouard, que acababa de abrir la boca decidido seguir con sus alabanzas de mi obra, enmudece de golpe. Yo me aparto el pelo de la cara. Me siento ridículamente cansado de pronto.

-Me da igual lo que piense Olivia de esto, y me da igual lo que opines tú de mí o de lo que escribo; de hecho, preferiría que no opinaras nada de esto último. No quiero que seas mi editor. No quiero verte más. Creo que no es mucho pedir, teniendo en cuenta lo que ha pasado entre nosotros.

Con un breve gesto de cabeza me pongo en pie, procurando no hacer caso de su expresión mortificada. Quiero salir de aquí cuanto antes. Ya pensaré qué hacer luego, porque ahora no puedo: tengo el cuello de la camisa empapado de sudor y una sensación agobiante me corta la respiración. He recogido mis cosas y estoy a punto de salir disparado del sitio cuando Édouard dice algo, un poco a la desesperada, que me deja clavado.

-Aquella noche, en la Madriguera… ocurrió algo –silencio. Alguien me observa respirar ruidosamente de pie en mitad del café. Un par de segundos después, las palabras de mi compañero vuelven a hacerse oír por encima del ruido de conversaciones-. Estabas muy borracho aquella noche. Te conozco y sé cómo te sienta el alcohol, así que… Siento haberos mentido a Olivia y a ti, pero preferí ahorrarnos ese momento a ti y a mí –giro la cabeza y lo veo, pálido y circunspecto, deseando que lo crea y confíe en él a pesar de todo. Yo no puedo moverme-. Alguien me dejó una nota en el abrigo, una nota y… fotos.

-¿Fotos? –grazno en voz muy baja, mientras me dejo caer pesadamente en el asiento-. ¿Qué fotos?

Tengo un mal presentimiento.

-Salíais tú y ese tipo de La Madriguera.

Un muy mal presentimiento.

-No sé en qué estás metido, Louis, pero aquel hombre está dispuesto a ayudarte. Ha donado una cantidad increíble a la editorial para publicar tu novela, cualquiera de las dos, ambas incluso.

Sólo necesito que me dejes ayudarte…

-¿Quién? –Pregunto, abalanzándome sobre él, pero mi excompañero menea la cabeza-. Tienes que decírmelo. Me lo debes. Por todo lo que hiciste, me lo debes, joder.

Él aprieta los labios. Pero sabe que es verdad. Sea lo que sea que le haya prometido a ese tío, no puede competir con todas las que me debe a mí.

-¿Quién y por qué?

Antes de contestar, Édouard humilla la mirada, encorvándose en el asiento. Yo no tengo tiempo ni ganas de sentir pena por él.

-No me explicó nada. Sólo me dijo que te publicara la novela. Que con el dinero seguro que dejabas no sé qué club…

Mis manos alcanzan las suyas. Él se sobresalta, pero hay algo en mis ojos que lo deja inmóvil. Yo vuelvo a preguntarle, aunque no estoy seguro de si la voz ha salido de mi cuerpo o sólo lo he imaginado. Cuando suspira y el maldito nombre sale de sus labios, a mí parece que se me va a salir el corazón por la boca:

-Maidlow. Gareth Maidlow.

-Tienes que apretar un poco más por arriba, si no, no saldrá bien.

-¡No puedo, es muy difícil!

-Sólo es cuestión de práctica, ya lo verás. Ven, deja que te ayude.

Las manos grandes y cálidas de Monsieur Cocinero envuelven los pegajosos dedos de Sacha desde detrás. El gesto no tiene nada de erótico, pero él está a punto de saltar con el contacto. Ha pasado toda la mañana con Derek y aún tiene el cuerpo resentido y deseoso de contacto humano, no de fustazos en el trasero.

-¿Ves? Es muy sencillo. Sólo tienes que ser paciente.

Sacha no lo está escuchando mucho. Esas manos ya se han apartado de las suyas, dejándole un vacío desagradable en las tripas, y él sólo puede sentirse culpable. ¿Qué diría herr si lo viera?

-No deberíamos hacer esto –murmura, con tristeza. A su amo no le gusta que deje que otros lo toquen así, con tanta familiaridad. A excepción, tal vez, de Louis.

-Cierto –M. Cocinero, ajeno a los problemas del ruso, deja la manga pastelera a un lado y observa divertido a su improvisado pupilo restregándose la cara y pringándose de crema hasta las cejas-. Tu jefa me ha dejado una lista ilustrada de postres que hay que hacer para mañana por la noche que podría servirte de bufanda, debería ponerme ya con ello. La verdad, cuando me contrató no pensé que a esa mujer podrían gustarle tanto las fiestas –se ríe suavemente, un sonido grave y agradable a los oídos de Sacha-. ¿Quieres ayudarme a decorar los pasteles?

Su nuevo amigo dice esto sacando ya un par de cacerolas, moviéndose con agilidad a pesar de su enorme tamaño en el diminuto espacio dedicado a la repostería de las cocinas del Chat. Fascinado, el rusito lo oye silbar mientras mira la enorme lista de Ava. No parece muy preocupado por la cantidad de trabajo. Desde que Sacha empezó a pasar tiempo con él (justo después de haber devorado una cantidad ingente de pastelillos esa noche), el nuevo cocinero del club no ha dado muestras de desaliento frente a ningún reto, siempre optimista y amable a pesar de ser el único chef dedicado a la repostería en las cocinas.

Sacha sabe que no debería estar ahí molestando, pero por algún motivo no puede marcharse. Aquella noche que empezó de forma tan triste para él también metió en su vida a Monsieur Cocinero, y aunque el rubito ni siquiera sabe su nombre todavía, necesita disfrutar de la dulce compañía que ese hombre corpulento y sorprendentemente tierno está dispuesto a ofrecerle con total desinterés.

Además, le pirran las pequeñas maravillas que salen de sus manos.

-¿Vas a hacer más pastelitos? –pregunta tímidamente al recordar eso, y el otro le sonríe, socarrón.

-No sé, ¿me dejarás sin reservas otra vez? –Sacha enrojece, dejando que el hombre le pase un montón de cuencos sucios para lavar-. A ver cómo le explico a Madame Strauss que me he quedado sin uno solo. Nadie diría que cabrían tantos pastelillos en una cuerpecito como el tuyo.

El ruso se frota los churretones de crema de los brazos antes de ponerse a fregar los cacharros de Monsieur Cocinero. A pesar de que él le ha dicho muchas veces que no hace falta que lo ayude así, a Sacha le encanta hacerlo. Le recuerda a esos dulces tiempos de San Petersburgo, con Kolia, y le permite tener una excusa para pasar más rato en las cocinas.

El otro ya se ha puesto manos a la obra, y el ruso observa el movimiento de sus gruesos brazos como hipnotizado.

-Me recuerdas un poco a mi hermano pequeño –dice de pronto, justo cuando Sacha acababa de lavar todos los cuencos y los estaba disponiendo cuidadosamente en una pila-. Bueno, él es un poco más gruñón que tú, pero también era un devoto de los pastelitos –suspira, sin dejar de amasar-. Lo echo mucho de menos. Hace demasiado tiempo que no hablamos.

-¿Por qué?

Sacha se arrepiente inmediatamente de haber preguntado eso. No quiere inmiscuirse en los asuntos de los demás y que su enorme amigo piense que es un rastrero cotilla. Sin embargo, Monsieur Chef sólo se encoge un poco de hombros, la culpabilidad asaltándole el rostro.

-Él no ha tenido mucha suerte estos últimos años. Estaba pasando un mal trago con el trabajo y yo no podía ayudarle (es un algo patoso, el pobre). Y… es irónico el mundo, ¿sabes? Porque justo cuando a él empiezan a irle bien las cosas en la vida, voy yo y la fastidio con la mía. Pero bueno, no quiero aburrirte con mis problemas –ante la mirada curiosa de Sacha, él se pellizca el puente de la nariz, dejándose una mancha blanca de harina. Luego le sonríe-. Seguro que alguien como tú tiene una vida mucho más interesante que la de un pobre panadero.

Sacha piensa de inmediato en Derek y en los correazos con los que le adorna la parte de atrás de los muslos, día sí, día también. Piensa en Anita y su irritante voz chillona, que le persigue siempre por los pasillos del Chat, burlona. Piensa en la indiferencia de Louis.

Su vida no es nada emocionante. Algo deprimente, tal vez.

Y por algún motivo cree (con algo de desesperación, para qué negarlo) que este hombre puede hacer que eso cambie.

-No me aburre -asegura después de pasar un rato pensando qué decir, con el dedo metido en un bol de crema recién vaciado. M. Cocinero arquea una ceja-. De verdad que no.

El otro mete algo en el horno y programa el aparato.

-Que conste que te avisé -dice, y se quita el guante de cocina. Sacha prefiere obviar el hecho de que le está pidiendo que le hable de su vida, tal vez de algo doloroso, cuando él mismo prefirió no contarle por qué lloraba esa noche en la terraza-. Hace unos meses mi mujer y yo nos divorciamos. No fue algo agradable. Sé que puede que no sea muy justo que hable de ella así, sin que sepas su punto de vista, pero no se portó muy bien conmigo. Me dejó sin nada: el negocio que llevábamos juntos, nuestro piso en las afueras… Todo se lo quedó ella -se encoge un poco de hombros. Hay pena en sus ojos oscuros, pero él se encarga de maquillarla un poco con una tímida sonrisa, para luego desviar la mirada hacia la gran cristalera espejada que da a la terraza del club-. La cosa es que justo entonces mi hermano acababa de conseguir un buen empleo, o eso me dijo. No me pareció justo arruinárselo con mis penas. Él no estaba todavía en disposición de ayudarme. Así que gasté lo poco que me quedaba en un hotel y esperé. La oferta de tu jefa fue todo un alivio, la verdad, aunque creo que todavía no es el momento de contárselo todo a…

El chef enmudece, un gesto de comedida sorpresa que a Sacha se le hace encantador. Entonces él sigue la dirección de sus ojos, y se encuentra con el sempiterno gesto huraño de Louis cruzando la ventana, probablemente en dirección a su cuarto en el ático.

-… Louis -termina Monsieur Chef, y el ruso, a quien se le han iluminado los ojillos, asiente, repentinamente feliz.

-¡Sí! ¿Lo conoces?

Su corpulento amigo se rasca la cabeza todavía con esa expresión de desconcierto tan graciosa en la cara.

-Teniendo en cuenta que estábamos hablando de él hace un minuto… Sí, creo que al menos lo conozco un poco a mi hermano.

Después de darme el undécimo cabezazo contra el cristal del ventanuco de nuestra habitación en el Chat, tengo una revelación.

Mi vida es una patada en los testículos tras otra.

Vale, no es una gran novedad. Supongo que todos lo llevabais sospechando un buen rato. Pero el hecho de que el karma haya decidido arrearme otro guantazo mandando precisamente al infame de Édouard para que me dé la primera pieza del puzle sólo me ha dolido los primeros diez minutos (o cabezazos). Ahora mi cabeza trabaja a toda velocidad.

Así que Gareth Maidlow, ése era el nombre. Su Exelencia, como lo llamaba Raymond, quiere deshacerse de mí a cambio de una generosa suma y la publicación de mis libros. Intento no pensar mucho en lo triste que resulta el que sólo tenga una oportunidad en el mundo editorial mediante los sobornos de un millonario, y, aplastando la cara en el cristal, me pregunto por qué.

¿Qué quieres de mí, Maidlow?

Gruño, y el cristal vibra. Sólo hay una forma de averiguarlo.

-Eh, gatito. Estás en mi sitio.

Meditabundo, sumido en los porqués, al principio no oigo la voz de mi protégé. De hecho, no la oigo hasta que él agarra el respaldo de la silla en la que estoy sentado y la inclina hacia un lado, enviándome derecho al suelo y provocando que casi se me salga el corazón por la boca.

-¡Joder! -se me escapa, mientras abro mucho los ojos en la penumbra-. ¿Qué mosca te ha picado?

La sonrisa sesgada de Raymond brilla, bañada por la luz rojiza del crepúsculo. Señala la silla en la que acaba de derrengarse.

-Mi sitio -resuelve-. Tu culo estaba en él. Aw, ¿a qué viene esa cara? Puedes sentarte en mi regazo cuando quieras.

Dice esto mientras se palmea el muslo. Y he aquí el origen de todos mis males, sentado en una silla destartalada, despeinado y creído. El mayor de los misterios. Yo suspiro y me froto la cara. Una parte de mí sabe que debería desear estrangularlo ahora mismo, pero en vez de eso lo único que cruza mi mente es algo sospechosamente parecido al alivio al verlo tan de buen humor y con ganas de guerra después de su actitud evasiva de estos días.

Todo este asunto me está volviendo loco de remate.

Sacudo la cabeza, todavía con todas esas preocupaciones revoloteando dentro, y me pongo en pie.

-No, gracias -le digo, ya que todavía se estaba tocando la pierna, expectante-. No estoy de humor para gilipolleces. Voy a dormir, así que hazme un favor y no jodas ninguna alfombra vertiendo vino en ella mientras yo no estoy. Seguro que se te ocurre alguna forma menos letal para mi cuenta de ahorros de fastidiarle la noche a alguien en tu día libre. À demain.

Y me dirijo hacia el baño. Aun así, y a pesar de mis intenciones de acurrucarme en mi bañera, nunca llego a alcanzar la puerta. En salto fugaz, Ray me intercepta, rodeándome el pecho con los brazos y apoyando la barbilla en mi hombro.

-¿Cansado? -pregunta, y su pecho vibra contra mi espalda cuando añade, esta vez en un hilo de voz grave-. Ya te dije que no tenías que pensar más en eso, gatito. Gajes del oficio.

-Oye, a lo mejor te parece increíble y tal, pero da la casualidad que mi vida orbita alrededor de otras cosas que no son tú -miento descaradamente. No sé si Ray me cree o no, pero de todos modos aprieta un poco más el cuerpo contra el mío y hunde la cara en mi cuello. Yo refunfuño. Mis sentidos, chillan de alegría.

En estos dos días, he tenido la cabeza tan ocupada en otras cosas que casi olvido los estragos que provoca su aliento en mi piel.

-Entonces deja de poner esa cara.

-Y si se ha muerto mi abuela, ¿qué? Creo que tengo derecho a poner las caras que quiera.

-Mentiroso -me estremezco-. ¿Quieres que te ayude a olvidarte de eso que te ronda la cabeza?

-No.

Sí.

Raymond resopla una especie de risotada en mi oreja. Las yemas de sus dedos me erizan la piel al escurrirse por debajo de mi camiseta.

-¿Hoy estás más salido que de costumbre, o me lo parece a mí?

-Es esa ucraniana loca. La del pegging -ante el tono casi exasperado de su voz, no puedo sino lanzar una carcajada sin aliento, y como respuesta inmediata, él mete la pierna entre mis pies y me empuja, haciéndome rebotar blandamente sobre el colchón. Sus ojos centellean desde lo alto.

Y por primera vez desde que nos conocemos, quien enseña los dientes soy yo.

Ray acepta el desafío sin dudar y salta sobre mí. Los segundos que siguen son confusos, un caos de mordiscos, arañazos y vueltas en la cama, como una pelea de perros callejeros, hasta terminar tan enredados en las sábanas que apenas podemos movernos. La electricidad estática en el ambiente nos revuelve el pelo. Yo jadeo, con su nariz rozando la mía, y entonces me doy cuenta de que tiene la nariz y las mejillas salpicadas de pecas casi desvanecidas. Ladeo la cabeza en un intento de verlas mejor, divertido, pero Raymond aprieta su boca contra la mía y el calor que me asalta la cara me hace cerrar los ojos.

Como siempre, sus labios están calientes y húmedos. Mis dientes chocan con los suyos, él alcanza las trabillas de mi pantalón, y yo me retuerzo y le araño los hombros, sin saber muy bien lo que hago. A mi cabeza parece faltarle el oxígeno necesario para razonar correctamente.

-¿Seguro que no quieres saber lo que te haría? -inquiere tras despegar los labios, moviéndolos por encima de la comisura de mi boca antes de avanzar hasta el hueco justo detrás de la oreja. A mí la satisfacción (y la excitación) me infla el pecho al distinguir el temblor en sus palabras. Sin esperar una contestación, frota la entrepierna contra la mía. Yo tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no gemir. No me hace falta mucha imaginación para notar a la perfección su erección a través del pantalón-. Te arrancaría la ropa, de arriba a abajo.

Como para enfatizar eso, deja mi oreja, me muerde un pezón por encima de la camiseta y tira. Aunque le asesto un puñetazo a modo de recompensa, algo dentro de mis pantalones de estremece.

-Típico… e incómodo.

Él me ignora. Su cuerpo, normalmente siempre en tensión, parece la cuerda de algún arco, vibrante y a punto de dispararse.

-Y después te adornaría el cuerpo a mordiscos… así…

Los caninos afilados me aprietan otra vez, ahora en el punto en que se unen cuello y hombro. Yo lo agarro del pelo, mareado por la forma en que el movimiento de sus caderas me acelera el pulso. Hace rato que me he olvidado del dichoso Édouard, de Maidlow y de todo; y sé que mi protégé se está saliendo con la suya, pero la verdad es que no me importa mucho.

Si había un punto tres en la lista, Raymond debe haberlo obviado, porque después de eso se limita a empujarme con suavidad, bajando hasta que el bulto duro de sus pantalones se me clava entre las nalgas. Una mano traviesa desciende para acariciarme la entrepierna, obligándome a respirar hondo, porque un hormigueo caliente y casi eléctrico se me extiende por la cara y el pecho y me está matando. Encima de mí, Ray se relame los labios entreabiertos, con el pecho subiendo y bajando, casi al mismo ritmo frenético que alcanza cuando decide atreverse a sacarme el rabo del pantalón y comienza a masturbarme.

Y yo me vuelvo loco.

Gimiendo, aprieto su mejilla contra la mía. Ahora me embiste sin pudor alguno, como si estuviera penetrándome realmente, y mi imaginación se dispara con una imagen que es sexy y aterradora a un tiempo. Mientras lucho contra esa fantasía, mi protégé me gruñe en la oreja, me aprieta el glande. Y yo, sin poder aguantarlo un instante, dejo escapar un sonido ahogado y me abandono al tirón que me sacude el vientre, corriéndome en su mano.

Inspiro, espiro.

-Quiero follarte.

-E-en tus sueños.

-En mis sueños hago algo más que eso.

Me reiría, pero todavía no he recuperado el aliento. Ray me mira, a unos centímetros de mi cara. La luz de fuera incide en esos ojos imposibles de leer. No hay una sola veta en sus iris de otro color que no sea el verde intenso. Son una trampa, arenas movedizas que podrían tragarme en cualquier momento. Como si supiera lo que pienso, él tuerce la boca en esa sonrisa suya, pero yo dejo caer los brazos, ya sin sonreír.

No puedo evitar sentir un atisbo inexplicable de tristeza al verlo.

-¿Quieres jugar a un juego? -suelto, antes de poder arrepentirme, y él, que se estaba estirando todo lo que las sábanas le permiten, se deja caer a mi lado y entorna un poco los ojos-. Déjame hacerte una pregunta. No hace falta que la contestes si no quieres. Pero sólo déjame hacértela.

Ray sonríe lentamente, burlón.

-Qué poco original, gatito. El mío parecía más divertido, además -yo me encojo un poco de hombros. Ahora puedo ver con claridad esas pecas, marrones y apenas perceptibles. Me molesta no haberme dado cuenta de su existencia hasta ahora-. Bueno. Dispara.

Cierro los ojos.

-¿Qué demonios haces aquí, Ray?

Resopla y su aliento me calienta la cara. No sé si es una risa o… No lo sé. Con él nunca sé nada. Soy ciego, sordo y mudo.

-Esta es mi jaula, Louis -dice al final, y yo vuelvo a mirarlo para encontrarme con un brillo casi melancólico en esos ojos misteriosos.

Él, sin embargo, se inclina hacia mí y vuelve a besarme, tanto tiempo que llego a pensar que todo mi cuerpo va a deshacerse y a fundirse con el suyo, y para cuando se separa otra vez, sé que he perdido mi oportunidad. Otra vez tiene esa expresión maliciosa plantada en el rostro, como si se estuviera riendo de mí.

Probablemente lo esté haciendo de verdad.

-Así que en mis sueños, ¿eh?

Cómo lo odio.

-No pienses cosas raras -gruño, mientras forcejeo para darle la espalda, enfurruñado-. Esto es sólo un juego.

De lujo (Chapitre 13: Un gatito preocupado)

13

Me siento enfermo.

-Ray.

Enfermo y culpable.

-Ray, para, por favor.

Y no hay forma de deshacerme de esa sensación.

-¡Joder, déjame ayudarte!

Mi mano alcanza el picaporte de la puerta de nuestro cuarto en el segundo piso en un movimiento fugaz, evitando que mi protégé se me escape otra vez. El corazón me late muy rápido mientras veo cómo Ray se queda un segundo con la mano en el aire, extendida hacia la puerta. Luego él me mira y hace rodar los ojos. Yo no me siento mucho mejor.

-Eres muy pesado, gatito.

-No estaba en la lista de clientes –insisto, ignorándolo y sin soltar el picaporte-. No había ningún Maidlow en la lista. Lo que ha pasado… lo que ha pasado es culpa mía. Debería haber revisado…es culpa mía…

Lo siento. Lo siento mucho.

Estas últimas palabras resuenan en mi cabeza, pero se me atragantan por algún inextricable motivo y desaparecen bajo una ola repentina de rabia y vergüenza. Cerrando el puño sobre el picaporte, intento no ahogarme en ella y mantener la cabeza lo suficientemente fría como para encontrar la forma de convencer a Raymond de que puedo realmente ayudarle.

Incluso aunque ni yo mismo sepa cómo.

-¡Escúchame! ¡Tiene que haber algo que podamos hacer!

Para mi consternación, Ray ladra una risotada al oír eso. Tiene el pelo revuelto –más que de costumbre-, allá donde aquel tipo lo agarraba mientras… No. Sacudo la cabeza para apartar la imagen de mi mente, casi con furia. Mientras, él observa la evolución angustiosa de mis emociones como quien mira un telefilm especialmente cutre.

-Dime, ¿qué piensas hacer? –pregunta al fin, sus ojos destellando bajo el desordenado flequillo-. ¿Cuál es tu plan brillante, héroe?

No lo sé. Dios, no lo sé. Y no puedo concentrarme en una solución si pone esa cara. Como si no le importara en absoluto.

-Hay que decírselo a Ava para que tome medidas.

Ray vuelve a reír, aunque ahora no se limita a soltar una sola carcajada, sino que ésta se alarga durante unos segundos en los que su risa me golpea y me deja descolocado.

-Buen intento. Y ahora déjame pasar a mi habitación –aprovechando mi confusión, Ray me aparta de un empellón y abre la puerta del cuarto, pero en el último momento consigo interponer mi cuerpo entre ésta y el marco.

-Raymond, seguro que Ava…

-Eres terriblemente ingenuo, gatito –su cara, repentinamente despojada del tajo irregular de su sonrisa, es extraña. Misteriosa. Yo siento algo espeso y muy incómodo subiendo por mi garganta y cerrándola-. Crees que Ava va a regañar al viejo y expulsarlo del Chat, ¿no?

Estúpido Raymond. ¿Por qué haces esto?

-No lo entiendo –gimo, desesperado-. No puedes dejar que ése tipo se largue como si nada. No puedo creerme que se le consienta venir y hacer lo que ha hecho de forma impune.

-Y no puede. No según el contrato que ha firmado con madame Strauss.

Yo enmudezco de golpe. El pecho de Ray sube y baja lenta y rítmicamente unos instantes antes de que éste se incline hacia mí para apoyarse en el marco, su cara a unos centímetros de la mía.

-¿Dónde te crees que estás? –susurra. Su aliento me acaricia la cara. La mezcla  de nicotina y alquitrán parece una vieja conocida ya-. Esto es un prostíbulo, gatito. La gente que viene aquí está podrida por dentro, da igual la pasta que tengan. Por muchos modales de caballero victoriano mariquita de los que presuman, en el fondo lo mejor que te van a considerar es como a un objeto con el que pueden hacer lo que les dé la gana durante unas horas. Un objeto que, después de pasar por sus manos, vuelve a ser nada. Así que Ava puede escribir todas las normas que quiera, pero en el fondo todos sabemos que nadie va a respetar un reglamento que intenta defender a la nada. Y menos cuando ellos saben que pueden tumbarlo a golpe de cartera –mi protégé sonríe, aunque sus ojos son imposibles de leer-. Aquí la gente suele acatar las normas para no perder prestigio delante de la gente de su casta. Hasta que los haces enfadar, claro. Entonces harán lo posible por destruirte.

Parpadeo. No puedo creérmelo. Hay algo muy adentro de mí que se niega a creer que todo esto sea una idiosincrasia encubierta, y que Ava no pueda (o no quiera) hacer nada al respecto. Simplemente no puedo. Presa de una rabia incontenible y absurda, golpeo la puerta con el puño cerrado, sobresaltando un poco a Raymond.

-Lo que ha hecho ese hombre es demasiado –grazno, en un tono animal y obstinado. Entonces Ray se yergue y separa un poco la puerta para mirarme. En su expresión hay humor contenido y amargo. Se está riendo de mí. De mi supuesta inocencia.

-¿Crees que es la primera vez que me violan? –suelta, y la palabra me abofetea igual que una mano sólida, dejándome sin aire. Mi cara debe ser todo un cuadro, porque su boca se tuerce hacia un lado y abre los brazos en un gesto indiferente-. Bienvenido al verdadero Chat Bleu, gatito. Vete acostumbrando. Y ahora lárgate por ahí a hacer manitas con el ruso. Me gustaría respirar diez minutos sin tener a nadie pegado a mi culo.

Y me cierra la puerta en la cara.

El cuarto del segundo piso está a oscuras. Al verse dentro, Ray aguarda un momento en silencio, sin moverse, hasta estar totalmente seguro de que ya no se oye nada al otro lado. Sólo entonces puede permitirse el lujo por fin de respirar hondo, apoyarse contra la puerta, y cediendo al temblor de sus rodillas, deslizarse con la espalda pegada a la superficie de madera hasta quedar sentado en el suelo.

El viejo lo ha tocado. La certeza hace que se estremezca de asco, una repugnancia viscosa y densa abriéndose paso a través de su garganta como lodo frío. Todavía puede sentir sus manos en el cuerpo, su aliento caliente y nauseabundo contra la nuca. Él vuelve a temblar, y esta vez su cuerpo lo reprende con un calambrazo de dolor.

El viejo lo ha tocado y roto.

Lo peor es que la culpa es suya. Sólo acaba de recibir su castigo por olvidar cuál es su sitio con Gareth Maidlow. Sólo quería meterle un poco de miedo a su cliente (madame Strauss no va a expulsar del club a un habitual del calibre del galés por algo tan nimio como andar enchochado por él), pero debería haber supuesto que Maidlow senior aparecería tarde o temprano para recordarle lo peligroso que puede ser ponerse chulito con alguien como él o su hijo. De hecho, muy en el fondo sabía que el duque haría acto de presencia en su cuarto. Lo que no sabía es que se fuera a tomar así su venganza.

Reprimiendo un quejido, se pone en pie. No hay nada que le apetezca más en este momento que meterse en la ducha y raspar su cuerpo a conciencia para eliminar de su piel hasta la última partícula del viejo. No obstante, Ray sabe de sobra que Louis tiene montado ahí dentro su centro de operaciones, así que se limita a deambular lentamente de una esquina a otra de su habitación, igual que un león enjaulado.

Aunque no quiere pensar en nada, su mente no deja de bullir, y, como la marea, lo arrastra poco a poco y de forma inevitable hacia aguas turbulentas. Sin hacer caso del dolor punzante de la mitad inferior de su cuerpo, camina hasta el ventanuco del cuarto y pega la sien al frío cristal. En realidad, no hace más que reflexionar acerca de lo que le ha dicho a Louis.

¿Cuántas veces lo han humillado así? ¿Cuántas veces no ha sido dueño de su propio cuerpo? Lo cierto es que no lo sabe.

Ya hace tiempo que perdió la cuenta.

En la sala había dos hombres y una mujer aparte de Ava Strauss. Ray no reconocía sus voces, pero procuró quedarse con el registro de todas. Aunque no le serviría de mucho, le hacía sentirse bastante más seguro el tener una idea de a lo que iba a enfrentarse.

-¿Y a qué se debe esta pequeña reunión, madame? –preguntaba por fin uno de los hombres, después de una larga e insulsa charla. La suya era una voz agradable, de tenor, y Ray identificó en ella una cadencia muy sutil, un acento bien camuflado-. Tiene que ser algo muy interesante, ¿verdad? Dudo que una mujer ocupada como usted nos haya reunido aquí para hablar de su lámpara de araña.

Él oyó carraspear a la dueña del Chat.

-No, claro, que no –replicó. Sonaba intranquila, y él pegó aún más la oreja a la puerta, tratando de relajar su respiración-. Tengo… un asunto un tanto complicado entre manos.

-Es ese chico, ¿verdad? –otra voz, femenina también. A su intervención siguió un silencio contundente. Con una suave risa, la mujer volvió a hablar:-. Venga, Ava. Ya sabes que aquí vuelan las noticias. ¿Se trata de una nueva adquisición?

Uno de los sillones crujió un poco. Madame Strauss no parecía estar pasando un buen momento.

-Algo así. En realidad… en realidad necesitaba ayuda con él.

En el salón volvió a hacerse un silencio tentativo. Entonces la voz del segundo hombre irrumpió tras un largo rato sin haberse dejado oír, y, a pesar de que Ray ya se había sobresaltado la primera vez que la escuchó, no pudo evitar volver a brincar en el sitio.

-¡Ava Strauss necesita ayuda! –se carcajeó aquel tipo. Éste arrastraba las palabras y no se molestaba en tratar de ocultar su fuerte acento, de algún lugar de Gran Bretaña.

-Tiene que ser algo grave, si necesita reunir a sus mejores clientes, madame –de nuevo el tipo de la voz comedida. Él oyó a su protectora emitir un sonido mortificado apenas audible.

-Más que grave, es difícil de afrontar. Sí, se trata de una nueva adquisición, pero este es un caso especial. Verán… les he reunido aquí porque sé que puedo confiar en ustedes a la hora de pedirles una valoración objetiva del chico. Les advierto que no ha pasado por un buen trance antes de llegar aquí, pero será mejor que no hagan preguntas. El asunto, lamentablemente, es confidencial.

Silencio, de nuevo. Él imaginó que los presentes estaban sopesando la idea, tanteando quizá la paciencia de Ava para tratar de sonsacarle información más sutilmente. Ray llevaba poco tiempo en el Chat, pero ya comenzaba a entender la forma de pensar de los clientes del club.

-Estoy intrigado. Y estoy seguro de que no soy el único –se trataba de la voz del hombre elegante. Su afirmación fue ratificada por un coro de murmullos-. Madame, tal vez debería mostrarnos ya sus cartas.

Esta vez no hubo respuesta. Ray se alejó bruscamente de la puerta al volver a oír un crujido, y un segundo después, Ava la abría y ambos se encontraban cara a cara. “Hora de presentarse en sociedad”, parecía decir su expresión. Él respiró hondo, apartándose el pelo aún húmedo de la cara, y madame Strauss forzó una sonrisa y se hizo a un lado.

El salón era lo bastante pequeño como para resultar acogedor sin resultar cargante. El chico, descalzo, no hizo ningún ruido al entrar en escena, y aprovechó un primer instante para escanear el cuarto rápidamente. En efecto, había dos hombres (uno delgado, de aspecto impecable, procedente probablemente de Oriente Medio; y otro grueso y rubicundo, algo pasado de copas) y una mujer, pequeña y rubia. Sin embargo, le sorprendió encontrarse con otra presencia silenciosa, acurrucada en un sofá, junto al viejo gordo. El tipo, mucho más joven y apocado que el resto de los presentes, desvió la mirada en cuanto Ray posó los ojos sobre él, aunque enseguida la mujer rubia carraspeó y el muchacho se vio obligado a romper el contacto visual.

-No puedo imaginar qué problemas puedes tener con él, Ava. Cada vez traes mejor material.

-¿Buen material? -El viejo lanzó una risa escandalosa que hizo tensarse a Ray. Su cuerpo enorme se inclinó peligrosamente hacia adelante cuando se puso en pie-. Parece una rata callejera despeluchada… Aunque sí que has acertado llamando a Gareth. A mi hijo le va ése estilo, ¿eh?

Y le dio una palmada al hombre sentado a su lado, que se estremeció bajo el contacto, para a continuación comenzar a quejarse con voz vacilante de que Ava lo hubiera llamado para poner precio a un chico raquítico y otras cosas cada vez más incoherentes. Por las caras de los otros tres invitados y Ava, Ray no era el único a quien la presencia del viejo medio borracho comenzaba a resultar cargante. Por suerte, éste decidió pronto que tenía algo más interesante que hacer fuera de esa habitación, porque tras balbucir una disculpa poco sincera y una despedida, salió del salón. En cuanto la puerta se cerró tras su grueso cuerpo, Ray oyó suspirar a madame Strauss a su espalda.

-Debería haber supuesto que esto iba a ocurrir, Madame –el árabe también pareció haber escuchado a su mecenas, y le dedicó una leve sonrisa socarrona antes de centrar sus ojos oscuros en el cuerpo del chico-. Hacía tiempo que no traía a nadie nuevo al club –añadió. La otra mujer, sentada frente a él, murmulló un sonido de asentimiento fascinado.

-B-bueno. Tiene razón –Ava se frotó las manos. Por su tono de voz, Ray dedujo que estaba deshecha y deseosa de salir de allí-. Yo también tengo cosas que hacer, no obstante. Será mejor que les deje con él… a no ser que alguno de ustedes prefiera marcharse con Monsieur Maidlow.

A excepción del joven apocado, cada vez empequeñeciendo más en el sofá, los invitados de Ava respondieron a su tono mordaz con humor cortés. Entonces, Ray sintió la mano de su jefa apretarle discretamente el hombro (algo que sólo consiguió cerrar un poco más el estómago de su protegido), y salió del cuarto.

Ahora estaba solo. Solo con aquellas personas de las que no sabía nada. Ray no pudo evitar sentirse ridículamente traicionado, porque Ava no había mencionado nada de eso. Sus omóplatos se volvieron rígidos al instante mientras observaba los movimientos de esa gente. Siempre en estudiada tensión. Preparado para cualquier cosa.

-Tienes razón, Margo. Es interesante –Ray casi brincó, por culpa de toda aquella tensión vibrando en su cuerpo. Su mirada se dirigió al origen del sonido. El árabe elegante se la sostuvo durante largo rato, ninguno de los dos dispuestos a bajar la guardia. Había algo en esa cara serena, sin ningún rasgo destacable, que invitaba a confiar en él.

No es que Ray fuera a hacerlo, claro. Ya sabía lo que era confiar en hombres elegantes. Nunca había salido bien.

-Interesante pero rígido.

-Más bien atento –el tipo se levantó sin hacer el menor ruido. Él creyó que la incertidumbre iba a hacerle explotar, pero se las arregló para no saltar y salir huyendo cuando aquel hombre se le acercó para mirarlo de cerca. Apretó la mandíbula bajo el escrutinio de esos ojos oscuros. Sabía que los otros dos presentes también estaban pendientes de él, pero no parecían tan dispuestos a entrar en acción como ese hombre. Aunque el árabe se cubría tras una expresión sosegada, Ray había captado el brillo de sus ojos al entrar en el cuarto-. ¿Estás asustado, chico?

El destello de sus pupilas se volvió un poco vidrioso un instante. Por la forma en que escrutaba su figura, caminando en círculos a su alrededor, probablemente el hombre se estaba montando alguna fantasía muy elaborada con la que espolear su libido. Él se pasó la punta de la lengua por los labios, con sus músculos comenzando a relajarse.

Asustado. De un jeque repeinado. Casi se echó a reír.

Con la mirada fija en ésa cara oscura, y obviando la respuesta, alcanzó el borde de su camiseta y se escurrió fuera de ella con facilidad. Al verlo, el árabe cesó su paseo contemplativo y quedó plantado delante de él, muy quieto, al igual que los otros dos espectadores. Entonces Ray se permitió sonreírle un poco, una línea irregular más que otra cosa, y les dio la espalda.

El aire a su alrededor pareció densificarse. Las heridas de su espalda no tenían tan mal aspecto como el día que llegó al Chat, pero las cicatrices todavía eran muy tiernas y recientes. Finas nervaduras rosadas que mordían su piel a la altura de sus hombros y avanzaban incansables hasta rozar la cinturilla del pantalón. Ray esperó a que la imagen calara en los cerebros de sus acompañantes, y luego sus ojos asomaron por encima del hombro como dos pequeñas rendijas verdes. Sus caras de consternación le dieron, otra vez, ganas de reír, pero se contentó a levantar un poco más las comisuras, centrado ya de nuevo en el árabe.

-No tengo miedo –le dijo, casi desafiante. El hombre se limitó a parpadear, aparentemente incapaz de despegar la vista de aquellas formas abstractas. Su compañera, no obstante, dejó su asiento sin mediar palabra y, discretamente, abandonó la sala. Una mujer inteligente. Por otro lado, ni siquiera reparó en la tercera figura, cada vez más hundida en el sofá-. ¿Aún quieres ponerme precio?

Tenía la esperanza de que no. De que alguien de su estatus lo considerara mercancía defectuosa e hiciera correr la voz en el club. Nadie querría tirarse a un adolescente marcado y con pinta de ratero de poca monta, ¿no?

Ésa era la teoría, claro. Pero no contaba con la sonrisa del hombre elegante.

-Ahora entiendo el secretismo de Ava –susurró, acercándose a él. Ray se volvió para enfrentarse al brillo en sus ojos. Ahora eran brasas candentes-. Hacía siglos que no traía nada interesante al Chat.

El tipo lo sujetó por la barbilla, estudiando su cara, y él tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar. Hasta aquel momento, desde su primer día en el Chat, no había dejado que nadie excepto Ava Strauss le pusiera una mano encima. Lo habían arrojado a un lugar extraño –un prostíbulo- lleno de gente extraña, y Ray necesitaba sentir que era el único propietario de sí mismo por fin. Lo necesitaba de verdad, para no volverse completamente loco.

Ahora, la realidad acababa de pegarle un puñetazo en la cara y devolverlo a su sitio. Da igual dónde estuviera o por qué. Nunca iba a dejar de ser un juguete, siempre en manos de alguien.

-Es interesante, lo que tienes ahí detrás. La gente que trabaja aquí no suele tener nada que merezca la pena contar. Todo historias aburridas de telenovela.

Ray creyó que iba a vomitar, pero se obligó a agarrar las manos de aquel tipo y a dirigirlas hacia él. Buen material. Marcado y exótico.

El árabe apretó su cuerpo con esas manos grandes, dedos largos sobre sus costillas, aunque sin poder dejar de nadar en sus ojos. Ray tampoco desvió la mirada, guiándolo por el mapa accidentado de su piel. Podía deslumbrarlo y sacar un buen precio para él. La certeza de que aquella era la menos mala de sus salidas le hizo sentir la cabeza ligera, pero siguió agarrando con firmeza las muñecas del hombre. Notaba el calor de las palmas contra su vientre, descendiendo.

-¿Vas a contarme tu historia?

La voz, algo temblorosa, llegó hasta su cerebro. Ray volvió a lamerse los labios, lentamente, y forzó a esa mano pasar la frontera de su pantalón. El aliento húmedo del hombre le calentó la cara.

-Voy a hipnotizarte –replicó, en tono grave, firme y bajo. Su interlocutor sonrió como un idiota al oírle por primera vez, y algo dentro de su pantalón también pareció alegrarse de escucharlo.

-Llevas… l-lentillas, ¿verdad?

Qué fascinado parecía con eso. Ray soltó sus muñecas –sus manos ya se habían quedado pegadas al cuerpo del chico-, y deslizó los dedos entre los ojales de su camisa, siempre manteniendo el contacto con las pupilas del otro.

-No. Te gusta, ¿verdad? –no se refería a nada en particular. El tipo agarró su polla, lo que hizo sacudirse su cuerpo de arriba abajo. Él exhaló despacio y terminó de desabrocharle la camisa con una mano, mientras concentraba la otra en juguetear con su cinturón-. Te gusta lo que ves –el otro intentó desviar la mirada del color imposible de sus ojos, y Ray inclinó la cabeza para pasar la punta de la lengua por sus labios-. ¿Quieres ver más? Mírame a los ojos y escúchame, ¿sí?

El jeque asintió de forma desacompasada. Sus manos acariciaban el cuerpo del chico en movimientos erráticos. Las de Ray, por otro lado, se aventuraron dentro de los calzoncillos de algodón egipcio y sujetaron su verga gruesa y caliente.

-¿Qué crees que era antes?

El muchacho trató de desasirse para retroceder hacia el sofá, pero el hombre, todavía centrado en sus iris verdes, cerró las manos en torno a su cintura. Ray ladeó la cabeza y aprovechó para frotar su entrepierna en círculos contra la del “cliente”. Eso terminó de engarfiar los dedos del otro sobre sus caderas, hasta hacerle daño.

Él se estremeció, un hormigueo trepando por su piel. Un recuerdo, doloroso como un latigazo, saltó de su memoria, y el chico tuvo que esforzarse en enterrarlo al tiempo que liberaba la polla del árabe de su prisión y terminaba de descapullar el glande. Lo apretó con el pulgar, en círculos, muy despacio, y sus otros dedos envolvieron el miembro venoso. El calor le golpeó la cara. Quiso creer que se trataba de la excitación del momento.

Su cliente jadeó, temblando.

-Un tigre –y sonrió con su propia ocurrencia. Ray movió la mano, arriba y abajo, y le enseñó los colmillos.

-Un tigre, ¿eh? –ronroneó. El otro intentó besarlo, aunque el chico logró esquivarlo y hundió esos caninos en el cuello oscuro del tipo, sin llegar a romper la piel. Después le lamió, sintiendo el pulso atronador contra su lengua, y apretó la cara contra ese mismo lugar. La polla que tenía entre sus manos dio un respingo cuando volvió a emitir ése sonido gutural, casi un gruñido, contra su carótida-. Puede que fuera un tigre. Han intentado domarme muchas veces.

Muchas veces. Incontables veces. Hans era un domador pertinaz.

Ray se desasió tanto del abrazo del hombre como de su memoria con un movimiento sinuoso y se dejó caer de espaldas sobre el sofá del cuarto.

-¿Has intentado domar a un tigre alguna vez?

Dijo esto con los pulgares enredados en las trabillas de su pantalón, pero no tuvo la oportunidad de bajárselos más allá de la mitad de los muslos. El tipo, presuroso, se lanzó sobre él y se le adelantó para dejarlos enredados en sus gemelos. Después se quedó inmóvil, sujetándolo por los tobillos y manteniendo inconscientemente sus piernas en el aire, paralizado por la forma en que los músculos del chico se contraían y estiraban bajo la piel buscando adaptarse a la nueva posición. Un cuerpo esbelto y furtivo. Como un gran felino, sí.

El hombre estaba descompuesto. Ray observó sus pupilas dilatadas y sintió el miembro pegajoso clavarse en su ingle. Parpadeó despacio, y aunque su propia respiración resultaba temblorosa, la mano que guió esa polla entre sus piernas era firme y segura.

Se detuvo cuando sintió el glande palpitante contra su esfínter. El calor le abrasó el cuerpo una vez más.

-Creo que nunca lo has intentado –susurró. La verdad, no sabía muy bien qué estaba diciendo.

El jeque asintió ferozmente, aferrando sus tobillos hasta casi cortarle la circulación. Ray lo tentó un poco más, apretando la cabeza contra su cuerpo.

-Seguro que no –el árabe gruñó. No había un atisbo de humanidad en su cara ya. Él, con los labios entreabiertos, pasó la lengua por delante de sus dientes. Le gustaría volver a morderle, pero esta vez para clavarse en su garganta de verdad-. Qué suerte la tuya, que esté siempre atrapado. No tienes ni una pizca de lo que hay que tener para enfrentarte a un tigre salvaje.

Las palabras salieron rápido, delirantes y escupidas a la cara anónima de aquel tío, que en venganza lo embistió y lo invadió a la fuerza, duro y caliente como una barra de hierro al rojo. En un calambre eléctrico, su cuerpo se arqueó y él siseó igual que un animal furioso.

-Cabrón hijo de puta –gimió, en un acceso de rabia ciega. La polla del jeque pugnó por abrirse paso en su interior, pero no lo tuvo complicado. No había sido la primera, igual que no sería la última. Pronto alcanzó un tope físico, palpitando con fuerza y arrancando otro gemido al chico-tigre, aunque esta vez toda esa musculatura atlética pareció volverse un poco líquida en las manos del otro.

El cuerpo de Ray quería relajarse. El placer hormigueó en su vientre, la sangre bulló en su cara, y un sudor caliente y pegajoso empezó a hacer brillar la piel bajo la luz amarillenta de las lámparas. Pero cuando el cliente comenzó a moverse balbuciendo tonterías y el sonido irritante de sus pelotas golpeándole inundó la habitación, él volvió a olvidar dónde estaba. Su cuerpo, efectivamente, estaba ahí, y estaba siendo follado por un desconocido y se estremecía. Él estaba lejos. Oía la voz áspera de Hans riéndose de él.

Otra estocada. Ray pensó que sus huesos se volverían mantequilla al intentar cambiar de posición y darle la espalda al otro. No obstante, cuando consiguió hundir la cara húmeda en el sofá, la mano del árabe (¿o era la de aquel animal alemán?) tocó sus cicatrices y él recuperó la tensión, su cuerpo se contrajo y el dolor amenazó con romperlo. Gritó contra los cojines, su voz amortiguada, al tiempo que su primer cliente cedía a la presión y estallaba entre gemidos patéticos.

El chico-tigre (quien en realidad había dejado de ser un gran felino hacía mucho tiempo para convertirse en sólo eso, un chico), permaneció totalmente inmóvil mientras el cliente balbucía palabras de agradecimiento y se escabullía del salón. Tal vez volvería más tarde, cuando Ray ya estaba en lo más alto de la tabla de precios del Chat Bleu, aunque él nunca recordaría la cara del cliente elegante al que había conseguido reducir a poco más que un gatito excitado.

Sí, no se atrevió a moverse durante mucho rato después de aquello. Había quedado desmadejado en aquel sofá extraño, su mente luchando por mantenerlo en la realidad y no sucumbir a las imágenes que se sucedían a toda velocidad en la amalgama confusa de sus recuerdos.

Las cicatrices de su espalda tiraron de la piel cuando se encogió al sentir una mano sobre su cabeza. En un contacto casi imperceptible, alguien le apartó el pelo húmedo de la cara. Los ojos de un color indefinido de Gareth Maidlow se clavaron en los suyos, lo bastante fascinados y sobrecogidos como para no rehuir su mirada por fin.

Pero Ray estaba demasiado confuso como para poder recordar al cuarto invitado de Ava Strauss. No quería pensar. Su cerebro echó el telón y permitió que aquel desconocido siguiera acariciándole el pelo.

Era la segunda vez desde que llegó al Chat que dejaba que un extraño le pusiera la mano encima.

 

De lujo (Chapitre 12: Un gatito deseado)

12

-No es verdad.

-Sí que lo es.

-No.

-Sí.

-¡No me lo creo!

Chiara hace un gesto exasperado y vuelve a ponerse a hojear su libro de texto. Sacha, sentado delante de ella entre los cojines del sillón en su cuarto del nivel 1 de la Jaula, se cruza de brazos, mira a su amiga, se revuelve en el sitio. Después de un insoportable silencio, abre la boca de nuevo, pero entonces su mirada se cruza con el cuerpo apolíneo de una escultura de Praxíteles en los apuntes de Chiara, y se queda un poco pillado un instante. Chiara, por su parte, pasa la hoja y sigue apuntando cosas con su letra pequeña y apretada hasta que su compañero no puede soportarlo más y, tras un brevísimo instante de duda, se inclina sobre ella y gimotea, agobiado:

-¿Por qué lo piensas?

El cuaderno de apuntes de la recepcionista se cierra con un golpe funesto.

-¿No lo ves? Pasa media vida aquí, en la habitación de los mirones, escribiendo como un condenado en ese cuaderno que no deja ver a nadie –con una mueca, Chiara arroja sus apuntes a un lado y le dedica una mirada condescendiente a Sacha-. Sólo faltaba que lo estuviera llenando de corazoncitos para parecer una colegiala hormonada.

-Pero… envió su novela a aquel editor…

-Te equivocas, YO le envié esa novela que tenía ahí aparcada. Pero eso no tiene que ver con la libreta que lleva a todas partes. Está escribiendo otra cosa como si no hubiera un mañana, no sé qué, y creo que ya ha elegido a su muso.

Sacha frunce el ceño, abrazado a un cojín casi tan grande como él.

-¿Y qué quiere decir eso?

-Quiere decir que el lobo feroz te está quitando a tu caperucita, abuelita –replica ella, para horror del ruso-. Oh, vamos, ya lo viste el día del resacón: bajó a la Jaula con pintas de ir a hacerse una estola con la piel de Raymond y salió de allí como si se hubiera chutado un camión de prozac, diciendo que tenía que llamar a la editorial para decirles que ahora tiene otro proyecto entre manos. Estoy segura de que Ray le metió la inspiración a base de…

Chiara todavía tiene tiempo de farfullar esa última y terrible palabra, pero el cojín que abrazaba Sacha acaba de impactar en su cara y ahoga el término. Y aunque ella consigue devolvérselo (incrustándoselo en la cara también, por supuesto) no llega a oír la respuesta de su amigo, interrumpida por unos suaves toques en la puerta que los congelan en el sitio.

Sin esperar respuesta, la persona al otro lado acciona el picaporte, y la figura casi regia de Ava Strauss aparece en el umbral, arqueando inmediatamente una ceja a su secretaria, sentada en el regazo de Aleksandr y embutiéndole el cojín en la boca.

-¿Es que nadie trabaja en este maldito hotel?

-Ha empezado él –dice al punto la italiana, y cuando la espalda de Ava se vuelve rígida (y la temperatura del cuarto parece descender diez grados), Chiara se levanta como activada por un resorte y sale disparada por la puerta, no sin antes articular un silencioso “te lo dije” a su amigo.

Sacha la ve marcharse en dirección a recepción con la boca abierta, su cerebro tratando de ponerse al mismo ritmo de la sucesión de los acontecimientos. No obstante, cuando es verdaderamente consciente de la presencia de la dueña del Chat Bleu en su puerta, algo frío y viscoso parece empeñarse por abrirse paso garganta abajo.

Ava Strauss jamás hace acto de presencia en la Jaula. Y menos con esa expresión derrotada.

-Necesito que vengas a mi despacho un momento, Aleksandr –dice, y hay algo en su voz que pone los pelos de punta. Más que nada porque ni siquiera parece ni un poquito enfadada-. Derek ha vuelto al Chat

Sacha está aterrorizado.

El despacho de Ava –demasiado pequeño, demasiado oscuro-, es un lugar que ningún trabajador del Chat desea visitar jamás. La relación despacho/a-la-jodida-calle es tan estrecha que siempre es mejor mantenerse alejado de él, al menos si no quieres recibir una patada en el culo que te saque fuera del umbral del club y con la que dar con tus huesos en la fría acera. El ruso, no obstante, debería haber previsto esta visita.

Desde que Derek Zimmermann lo viera entrar borracho y mojado en su cuarto, y después de que el alemán le dijera con voz gélida aquellas cosas tan terribles (que todavía traen lágrimas a los ojos de Sacha al recordarlas), su amo se había dirigido al tan temido despacho para anunciarle a Ava que tomaría medidas al respecto. Aleksandr, al que se le había pasado la borrachera de un plumazo, pasó la noche en vela después de aquello, temiendo que su jefa apareciera de un momento a otro con una carta de despido en la mano, pero eso no ocurrió. Tres días han pasado desde aquel fatídico día, y Sacha casi se había hecho a la idea de que había salido airoso del incidente.

Hasta ahora.

-He hecho lo posible por arreglar la situación y evitar que Derek corte con nuestro acuerdo –está diciendo Ava, de brazos cruzados en mitad del corredor que lleva a su centro de operaciones. Sacha no puede concentrarse en lo que se le dice. Su mirada tiene a desviarse una y otra vez hacia esa puerta. Tras ella espera un herr enfadado que está dispuesto a arrancarlo del Chat, de su vida. Él tiembla-. Eso es todo lo que estaba en mi mano. Lo que ocurrió la otra noche… supongo que ha sido la gota que ha colmado el vaso… ¡Aleksandr, por el amor de dios, escúchame! No quiero tener que echarte del club. De verdad que no quiero. Así que intenta relajarte y colabora conmigo, ¿entendido?

Al oír esto último, el ruso se vuelve para mirarla. Ava Strauss no es una mujer que se suela prodigar en palabras bonitas, y el detalle de admitir que ha intentado evitar tener que despedirlo hace que a Sacha se le empiecen a poner vidriosos los ojillos.

Ella suspira, se pasa una mano por la cara, agarra a Sacha del hombro, lo empuja hasta la puerta, y, justo antes de abrirla y lanzarse con él a la jaula del tigre, le pide:

-Haznos un favor a los dos e intenta congraciarte con él de nuevo.

Sacha asiente, aunque en cuanto ve la figura imponente de herr Zimmermann, de espaldas a ellos en uno de los sillones del cuarto, el corazón empieza a palpitarle muy deprisa y comienza a sentirse mareado, tanto que Ava casi tiene que tirarlo a la otra silla libre.

-Disculpa la demora, Derek –a juzgar por el crujido de su asiento, Ava debe haber recuperado su sitio al otro lado del escritorio, algo que Sacha, de pronto muy interesado en las líneas de las palmas de sus manos, no ve. Sólo puede estremecerse al oír el nombre del empresario. Él y Ava son viejos amigos, aunque no sabe si eso será suficiente para salvarlo-. ¿Me recuerdas por dónde íbamos?

El silencio que se impone en el cuarto tras la pregunta dura unos sesenta incómodos segundos que obligan a Aleksandr a despegar la vista de sus manos. El corazón casi se le sale del pecho al descubrir que los ojos impasibles de herr Zimmermann están posados en su cara, un par de témpanos que parecen querer congelarle la sangre en las venas. Él oye a Ava cambiar de posición y tomar aire, dispuesta a romper ese horrible silencio, pero entonces Derek la interrumpe, su voz grave y baja golpeando a Sacha y reverberando en sus huesos.

-Veo que al menos has tenido la decencia seguir llevando mi collar. Aunque supone un desacierto que eso sea lo único que hayas decidido dejarte puesto en presencia de otros hombres.

Ah, el dolor. Las palabras lo golpean como un puñetazo en la cara, especialmente porque no son ciertas. Él siempre ha respetado su contrato con el alemán, y es eso lo que se apresura a corroborar Ava:

-Sabes que Aleksandr nunca ha quebrantado su acuerdo de exclusividad. Ni siquiera esa noche.

Derek hace un leve gesto de desdén con la mano.

-Ya, eso es lo que él dice –gruñe, ya sin mirarlo siquiera, y tras pasarse una mano por el cabello pelirrojo, añade en tono aburrido-. Ya hemos discutido esto, y no quiero volver a hacerlo.

Ava respira hondo. La tensión es apreciable en cada pequeña arruga de su cara.

-¿Qué ha pasado entonces? -inquiere, dedicándole una breve mirada a Aleksandr-. Porque este problema viene de lejos, ¿verdad? -su interlocutor parpadea despacio, pero Sacha puede ver el brillo calculador de depredador que a veces relumbra en el fondo de sus pupilas-. De hecho, creo que siempre ha estado ahí, en el fondo. Desde aquel mismo día en San Petersburgo.

El ruso siente algo extraño al oír hablar de esa noche. Sus recuerdos son algo confusos todavía hoy, y no tiene tiempo de detenerse a ahondar en ellos, porque su herr, que estaba reclinado en el sillón jugueteando con la alianza de su tercer matrimonio, acaba de incorporarse.

-Me aburre -dice simplemente, y Sacha vuelve a tener la desagradable sensación de ser golpeado en la cara.

No es que lo pille de sorpresa. La desgana con la que Derek lleva más tiempo del que le gustaría apareciendo por el club se lo ha estado insinuando. Aun así, no puede evitar emitir un quejido apenas audible, los ojos escociéndole peligrosamente.

-Te aburre -Ava vuelve a suspirar, frotándose el puente de la nariz-. Dios, Derek. Esta es una vieja discusión.

-Una vieja discusión que no tendríamos por qué haber entablado. Recuerda que te estoy haciendo un favor, querida -Sacha levanta la cabeza, ligeramente ladeada, con los ojos aún húmedos. No tiene ni la menor idea de lo que están diciendo, aunque por la forma en que Ava acaba de torcer la boca, no puede ser bueno-. Pido una cosa muy sencilla que hasta el más sucio prostíbulo de esta ciudad puede hacer el esfuerzo de ofrecer. Y sin embargo, sigo acudiendo religiosamente al Chat, porque sé perfectamente cuál es tu situación. Las facturas que te dejó herr Strauss senior debajo de la alfombra no van a pagarse solas, hein?

La forma en que su jefa está apretando sus dientes no puede ser sana.

-Todavía tengo algo de alma, monsieur Zimmermann -afirma, en voz baja, lo que provoca que Derek vuelva a levantar la mano en un ademán desdeñoso al tiempo que su espalda se pone recta sobre el respaldo.

-Entonces supongo que es hora de romper nuestro contrato con el ruso.

El nudo que llevaba largo rato cerrándole la garganta a Aleksandr parece estrecharse tan bruscamente que de repente se siente mareado y aturdido, tanto que apenas ve a Ava casi saltar de su asiento.

-¿N-no preferirías negociarlo un… ? -comienza, pero Derek está muy ocupado arreglándose los puños de su camisa de algodón egipcio.

-No -la corta tranquilamente-. No quiero negociar nada más relacionado con un asunto tan poco rentable. Aunque eso no quiere decir que no quiera seguir hablando de negocios contigo. De hecho, he de admitir que tu última adquisición no ha podido ser más acertada si lo que querías era reanimar el ambiente del club.

-¿Última adquisición? ¿Te refieres a Anita? –la voz desconcertada de Ava flota alrededor de la cabeza de Sacha, sin llegar a calar en su cerebro aturdido.

-No, estoy hablando del rubito francés que en cosa de un mes ha vuelto loca a media Jaula, un tal Daguerre…

Oír el apellido del escritor provoca que Ava casi se atragante con su propia saliva y arroja a Sacha repentinamente al mundo real.

-… ¿Louis? –está diciendo su jefa, a lo que Derek responde con un cabezazo impaciente.

-Sí, sí, como se llame. ¿Tiene algún cliente? Doblo lo que él o ella te esté ofreciendo.

Ahora le toca el turno de atragantarse a Aleksandr. Ava le lanza una mirada de advertencia fugaz antes de pasarse una mano por la frente y dedicarle una sonrisa agotada a su interlocutor.

-Lo siento, Derek, pero Monsieur Daguerre no es ese tipo de trabajador. Él está aquí para controlar a Raymond simplemente.

-Ya lo sé, lo he estado observando –replica herr de forma sorpresiva. Sacha parpadea. No puede hacer otra cosa cuando ve a su adorado alemán sacarse algo de la americana, plantarlo en la mesa y deslizarlo hasta Ava.

Es un cheque en blanco.

-¿Q-qué es esto?

-Te estoy diciendo que le pongas el precio que quieras al chaval. Estoy dispuesto a pagarlo.

-No puedo hacer eso –Ava sacude la cabeza comedidamente, pero Sacha la ve aplastar con furia una colilla en su cenicero. Él se abraza el cuerpo, mira a Derek. El alemán mantiene el semblante impertérrito-. No puedo obligar a Louis a… -ella vuelve a menear la cabeza-. No puedo.

-Y sin embargo sí que pudiste tomar la decisión de cambiar las cláusulas de mi contrato con Aleksandr sin consultarle.

De nuevo, el silencio, con Sacha muy quieto y rígido después de haber escuchado su nombre. No ha entendido mucho, no obstante. El sonido atronador de su sangre zumbándole en los oídos no le permite concentrarse.

-Lo hice por su bien –dice ella al cabo, pero ni siquiera parece convencida. Derek debe de notarlo, porque entonces se encoge de hombros y recoge el cheque, que vuelve a acabar en el fondo de su chaqueta.

-Puedes entenderlo así, si quieres, como un bien para el ruso. Pero desde luego, no va a suponer ningún beneficio para el Chat. Probablemente ni siquiera termine siéndolo para él, que con toda seguridad se quedará en la calle.

Esa última frase activa algo dentro del cerebro de Sacha, algo que toma el control de su cuerpo y lo obliga a levantarse bruscamente, casi derrumbando la silla y sobresaltando a su protectora, que se lleva una mano al pecho.

-¡No! –exclama, aunque tarda más de la cuenta en percatarse de que prometió a su jefa colaborar con ella (y eso está lejos de su idea de colaboración). Sin embargo, para cuando lo hace es demasiado tarde para arrepentirse, así que se vuelve hacia Derek, quien lo estudia con atención-. No, por favor…

Ava da un golpe en la mesa que reverbera en su cabeza, pero él está hipnotizado, ahogado en el color acerado de los iris de herr Zimmermann.

-Aleksandr, siéntate.

-Por favor –la ignora él, desesperado y sin despegar la vista del hombre que tiene su destino entre manos-. L-lo siento, yo… haré lo que sea… пожалуйста

-¡Aleksandr!

-Siéntate, chico –antes de que Derek empiece a levantar la mano, Sacha vuelve a derrumbarse en la silla, temblando y todavía con los ojos suplicantes clavados en el pelirrojo-. Es una lástima tener que dejar el club, pero las condiciones de Madame Strauss no me permiten… disfrutar de tus servicios como me gustaría

Condiciones. Ava frunce el ceño con la palabra, aunque no dice nada. Parece derrotada, arrepentida, quizá.

-Sólo quería lo mejor para ti –asegura débilmente, y ante la expresión confundida de su empleado, continúa:-. Cuando te conocí, estaba buscando a un candidato que se ajustara a las peticiones personales de Herr Zimmermann, y si te soy sincera, no pensé que tú fueras a ser ese elegido. Pero herr insistió en que te quería en el Chat, así que llegamos a un acuerdo.

Su otro interlocutor emite un sonido de asentimiento.

Frau Strauss estableció en nuestro contrato que debía cumplir las mismas condiciones que cualquier otro inquilino del club. Como sabes, estas condiciones son tres, y muy claras: la primera impide dañar de cualquier manera a un trabajador del Chat; la segunda, prohíbe coaccionar u obligar a dicho empleado a hacer nada que no quiera; y una tercera, obvia, expulsa de inmediato del club a cualquier persona que intente entablar una relación más allá de lo estrictamente profesional -Derek termina la enumeración pasándose una mano por el cabello. Sacha asiente en silencio, mientras los nervios le devoran el estómago-. Pero, evidentemente, dos de esas condiciones chocan de forma frontal con la naturaleza BDSM de nuestra “relación”, de modo que Ava concedió hacer una excepción de forma extraordinaria con nosotros eliminando del contrato la primera de ellas. Aun así…

-Aun así Derek considera que este esfuerzo que hice por él no es suficiente –irrumpe la venerable dueña del Chat Bleu en un repentino ataque de orgullo. Sacha la mira sin entender. Tiene la cabeza aturullada, llena de términos que no entiende, y el corazón encogido de miedo-. ¡Pretende convertir lo vuestro en una especie de relación de esclavitud consentida!

-Tan dramática como siempre –herr suelta una risotada, un sonido que Sacha jamás había oído en sus muchos años de trato con el alemán y manda un escalofrío que sacude cada fibra del pequeño cuerpo del rusito. Entonces las facciones afiladas de su cliente se vuelven hacia él, con ése brillo vehemente en los ojos-. Sólo quiero que renuncies a tu segundo derecho… En nuestro caso, a tu palabra de seguridad.

Oh. Oh.

Sacha parpadea. Muy despacio, al mismo ritmo que tarda su cerebro en procesar toda la información que acaba de recibir: Derek Zimmermann quiere que renuncie a su palabra de seguridad y se entregue a él por completo. La idea le hace sentir raro, como si estuviera al borde de un profundo precipicio, tentado de arrojarse al vacío pero aterrorizado al mismo tiempo. Esa palabra es la casi imperceptible línea que separa el dolor del placer, lo único que lo ata a la realidad cuando está dentro de su cuarto a solas con el alemán.

Por si fuera poco, el nombre de Kolia es su palabra de seguridad. Es poco adecuada por una infinidad de motivos, pero al mismo tiempo no puede ser otra. Dejarla supondría abandonar lo poco que le queda de su hermano.

Y sin embargo…

-Es una locura, Derek. Seguro que podemos llegar todos a un convenio que…

El asiento apenas cruje cuando Aleksandr se pone en pie por segunda vez, aunque no hace falta ningún sonido para hacer enmudecer a Ava. El ruso puede notar a la perfección los ojos de herr Zimmermann clavados en su nuca, y al hablar casi no escucha su propia voz, baja y trémula.

-Lo haré.

El golpe seco con que Derek cierra la puerta de su cuarto en el piso superior eriza todo el vello del cuerpo de un Aleksandr entumecido y atontado.

El camino a su habitación, siguiendo la estela de su herr, ha sido extraño, igual que uno de esos sueños abstractos, de los que al despertar, uno no recuerda más que unos pocos detalles. Mientras subía los escalones de la escalera de caracol semiescondida, sólo era consciente de cómo la desesperación que se había apoderado de él en el despacho de Ava se diluía para ser sustituida por una emoción distinta y vibrante. Sacha no puede ponerle nombre (su francés no llega a tanto), sólo sentirla zumbando en su sangre, y es tan intensa que lo deja aturdido y débil.

Lo único que tiene claro de lo que acaba de ocurrir es que su contrato con el alemán sigue en pie. Con todo lo que ello conlleva.

Afortunadamente, no tiene la oportunidad de detenerse a pensar en ello, porque el eco del portazo todavía no ha terminado de retumbar en la habitación cuando la voz áspera de Derek le cosquillea el cuello desprotegido.

-¿Asustado? –susurra, su aliento caliente sacudiéndole el pelo. Sacha se estremece. Da igual el tiempo que pase, o las circunstancias; la presencia del pelirrojo a su espalda resulta siempre igual de ominosa-. Te he visto muy tenso ahí abajo. ¿Pensabas que realmente iba a dejar el club?

¿Cómo? ¡Claro que lo pensaba! De hecho, aún tiene el corazón encogido de miedo, sin creerse del todo que se ha librado de terminar en la calle. Aun así, no dice nada. No sabe si su cliente está enfadado, o la escena del despacho de Ava ha supuesto una victoria para él. Derek, por su parte, interpreta su silencio como un mudo asentimiento y ríe suavemente, de nuevo ese ruido que a él le provoca un cosquilleo en la tripa.

-¿No crees que es un sinsentido montar en cólera por algo tan tonto como lo ocurrido la noche de Navidad, si puedo corregir tu comportamiento con un fustazo? –hay algo en la voz de herr, un tono casi imperceptible de humor que desconcierta a Sacha-. Con tu estúpida borrachera del otro día me diste sin quererlo la oportunidad perfecta para apretarle las tuercas a Ava Strauss –sus labios se aprietan contra la parte posterior del cuello del ruso. Sacha tiene que cerrar los ojos. La semioscuridad de su habitación ha empezado a tambalearse ante ellos-. Negocios, Aleksandr. Todo son negocios. Tu jefa puede ser un hueso duro de roer en ese sentido, pero no es idiota: sabe cuándo debe rendirse y aceptar la derrota. Y después de casi dos años de tiras y aflojas, por fin ha llegado ese momento.

Los dedos de Derek, que han estado rondando sus hombros, deslizándose por debajo de su camiseta y trepando por el cuello, alcanzan sus labios. El movimiento de esas yemas tiene una orden implícita que Aleksandr capta sin necesidad de palabras, y abre la boca para tragar sin más la pastilla, pequeña y roja, que el alemán deja sobre su lengua.

-Buen chico. No entiendo cómo Ava es incapaz de entender que no puedo dejar pasar todas las posibilidades que ofrece un putito obediente como tú.

Al terminar la frase, herr despega la mano de su cuerpo y se aleja hacia la cama, en cuyo borde toma asiento. Sacha lo observa con una excitación y un temor reverencial crecientes. Su cabeza no deja de dar vueltas al hecho de que su estoico cliente haya estado enfrentado con Ava tanto tiempo sólo por él. Por conseguir poseerlo completamente. Sólo de pensarlo se le acelera la respiración, y cuando su cliente le ordena en tono monocorde que se desnude, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos, siente que empieza a faltarle el aire.

El corazón vuelve a redoblar sus pulsaciones de forma exponencial conforme se pasa la camiseta por la cabeza y lucha por quitarse de encima los pantalones hiperceñidos, mientras nota la mirada de Derek resbalando sobre su cuerpo pequeño y pálido. Después, se queda muy quieto, viendo su ropa hecha un ovillo en el suelo y su polla dolorosamente tiesa. La sangre burbujea en sus mejillas, en su entrepierna, y quema como si tuviera fiebre.

-¿Quieres que juguemos, Aleksandr? –la pregunta lo golpea con más fuerza que ninguna fusta, lo pone en marcha, lo enciende, y durante un breve momento se siente tentado de dejarse de tonterías y gritarle que lo que quiere es que se lo folle de una vez, allí mismo, de pie si hace falta sin remilgos de ningún tipo. Al final sólo es capaz de asentir, ardiendo por dentro, al tiempo que ve a Derek ponerse en pie y acercarse despacio-. Ahora que no tenemos reglas puedo hacer que me odies en menos de un parpadeo –con el índice, le obliga a levantar la barbilla. El color acerado en los ojos del alemán queda impreso en sus retinas al instante-. ¿Recuerdas todo lo que has vivido en mis manos? Pues olvídalo. Esta noche podría doblarte como una cucharilla para el té… Pero es eso lo que quieres, ¿verdad? Lo necesitas igual que necesitas el aire que respiras.

Sí, lo necesita. Dios, lo necesita.

Da –dice, en un hilo de voz, aunque suficiente para hacer sonreír a Derek. A él el corazón le da un vuelco. Jamás había visto sonreír a su cliente.

-A la mesa. Bocarriba.

No sabe cómo, pero apenas herr ha terminado de formular su petición y él ya ha apoyado su cuerpo en la fría superficie de madera. Respirando con fuerza, como si hubiera corrido una maratón, no lo oye trastear en uno de sus armarios.

Además, está pensando en la cantidad de cosas que Derek ha querido hacerle a su cuerpo alguna vez y de las que su palabra de seguridad le ha salvado. Aunque por algún siniestro motivo, de repente ninguna de ellas le parece tan aterradora.

Tal vez la culpable sea esa pastilla sin nombre. A lo mejor sólo es su cerebro. El caso es que Derek regresa para encadenar sus muñecas a los extremos de la mesa, dejando sus músculos deliciosamente tensos y tirantes, y él sólo acierta a gemir su nombre de forma inconsciente. Herr responde chasqueando la lengua y cerrando una pinza dentada sobre un pezón, lo que le provoca un calambrazo exquisito que recorre su cuerpo de punta a punta.

-¿Cuántas veces te he dicho que no me llames así? –lo reprende el otro mientras ajusta las cintas de cuero a sus muslos y a los tobillos, unidas entre sí y manteniendo sus piernas dobladas. Entonces vuelve a clavar esos ojos inquisidores en los de Sacha y levanta la barra extensora que lleva en una mano-. ¿Vas a comportarte y abrirte de piernas o necesitas esto todavía?

Sacha abre la boca, pero para cuando lo hace la barra de metal ya separa sus piernas y él se ve inmóvil, expuesto al cualquier capricho que se le pase por la cabeza al alemán. Ahora sí, no hay nada que hacer, ninguna fórmula mágica que lo saque de allí si las cosas se ponen tensas.

El riesgo de su total entrega le hace sentir mareado, aunque Derek se las apaña para reubicar su atención en el lugar correcto con una segunda pinza. Su cliente también se asegura de haber colocado bien la primera. Tirando de ella.

Oh, joder, el dolor. Y oh, joder, el placer. Sólo en momentos como éste Sacha comprende que no son más que las dos caras de una misma moneda. Su cuerpo arde y da igual por qué o cómo, no tiene que pararse a pensar en nada, lo único que importa es a dónde lo va a llevar Derek, y la duda de si esta vez él podrá soportarlo. Ésa incertidumbre lo vuelve completamente loco.

Un chasquido. El rostro de herr se ilumina a la luz del mechero un instante antes de que la llama baje para encender una vela larga y blanca. Con el pecho subiendo y bajando frenéticamente y el vientre húmedo de preseminal, Sacha ve cómo la deja con cuidado a su lado.

-Vamos a jugar, pues –dice sin más. Con el último objeto que ha sacado del armario, un pañuelo de seda, le venda los ojos, y el mundo se vuelve negro. Aleksandr no se da cuenta, pero ha empezado a temblar. No sabe si es por el miedo o la excitación (o ambas cosas), pero a partir de ahora lo único que va a guiarlo será la voz ronca y grave de Derek… y su propia piel-. Aunque no te aseguro que no vayas a quemarte por el camino.

Tras oír esto con los labios del alemán acariciando su oreja, gime al sentir su mano enguantada volver a tirar de una de las pinzas, y sigue estremeciéndose con el camino descendente de ésta, que recorre su pecho rozando apenas las formas irregulares de las costillas, desciende por la curva suave y lisa de su vientre, esquiva deliberadamente su miembro latente y separa sus nalgas. Los dedos de esa mano tardan lo que parece una eternidad en presionar –sólo presionar- su ano, pero cuando lo hacen, él grita algo en ruso especialmente obsceno y se retuerce en el sitio todo lo que sus restricciones le permiten.

El calor lo va a matar. Es como si su corazón lo bombeara a oleadas al compás del movimiento circular de las yemas de esos dedos en su esfínter. Derek aprieta, muy despacio, cada vez más, justo hasta que está a punto de penetrarlo; entonces vuelve a empezar.

-Y-a… mételo ya… -gimotea después de unos minutos insoportables de suspiros, y estremecimientos-. ПожалуйстаPor favor…

Sin detenerse, Derek lo agarra del cabello y lo obliga a levantar la cabeza.

-¿Desde cuándo eres tú quien da las órdenes aquí? –gruñe, y justo después de que suelte su pelo algo salpica su vientre, un algo tan caliente que lo hace brincar en el sitio con un quejido-. Te dije que podías quemarte, pero nunca escuchas.

Y vuelve a castigarlo con un chorretón de ese líquido caliente, que esta vez aterriza en su pecho. Eso quema por encima del calor asfixiante de su cuerpo, pero Sacha no puede centrarse en eso, porque su herr ha decidido romper la barrera que llevaba un rato tentando maliciosamente, y hunde un dedo en su interior. Su polla empieza a palpitar con una fuerza dolorosa, Derek mete un segundo, con un ondulante movimiento de metesaca que el ruso acompaña con una original salva de súplicas. Pronto, la sustancia espesa y caliente con la que es castigado se ha extendido por sus muslos, y el dolor es lacerante y ardiente, aunque ya no sirve para cerrarle el pico. Un tercer dedo consigue abrirse paso dentro su cuerpo, y está a punto de liberarlo, pero Derek le aprieta la entrepierna y no le permite correrse.

Placer y dolor pueden ser las caras de una misma moneda, pero el segundo empieza a imponerse y Sacha no sabe si podrá resistir la tensión que intenta partirlo en dos. El alemán no bromeaba cuando decía que podría doblarlo como una cuchara.

Aunque no va a hacerlo, por supuesto.

El mundo parece detenerse un instante cuando herr deja abruptamente de follárselo con los dedos y lo libera de sus ataduras. Sus músculos se quejan al recuperar su forma original y aunque la luz de la vela, ya bastante consumida, es débil, hace contraerse de forma brusca sus pupilas dilatadas. Con los ojos húmedos, Sacha contempla un segundo el reguero de cera blanca que salpica su cuerpo. No tiene tiempo de nada más. Derek lo obliga a ponerse contra la mesa en un movimiento tan brusco que apaga la vela de un plumazo y su verga lo ensarta sin piedad, arrancándole un gemido patético y llevándolo derecho a un orgasmo avasallador a la segunda embestida.

Su cliente aún tarda bastante en llegar hasta donde está él. Bombeando sin cesar, alcanza su collar y tira de él para poner la cara del ruso a la altura de su boca.

-Hay algo que no he podido conseguir hoy, putito, y lo quiero –jadea de forma ronca y entrecortada. Entonces tiene que hacer una pausa para mandar tres espesos trallazos de esperma al interior de Aleksandr, quien los recibe sin moverse apenas, todavía demasiado ido para entender lo que ocurre a su alrededor-… tráeme al rubito… Tengo algo especial para él…

Y Sacha, cubierto de cera, lleno de la lefada del Derek Zimmermann y con la cabeza en otro mundo, muy lejos de allí, sólo puede decir que sí.

Que lo hará.

Nivel uno de la Jaula. Salón principal, lleno total esta noche. En el centro de la estancia, y sobre una mesa, Raymond está tocando el violín de forma frenética (¿Opus 16 de Wieniawski, tal vez?), para delicia de los presentes. El espectáculo del prostituto, no obstante, no es lo que interesa a Derek Zimmermann, que acaba de regresar de su satisfactoria sesión con el ruso. Ni siquiera es la lista de precios del salón, no.

Se trata más bien del rubito malhumorado que, armado con una silla, intenta hacer volver a su trabajo a su protegido.

-Es un placer volverte a ver entre los mortales, Derek –sentada a su lado, en las tinieblas del anillo exterior de sillas del salón, Maya le presta sus prismáticos de teatro dorados-. ¿Ya ha rechazado Ava tu oferta por el novato? –añade, con una risita. Él no le hace mucho caso, como es habitual. Aunque Maya ha intentado seducirlo por activa y por pasiva desde que comenzó a visitar el Chat, no es una solterona con el suficiente patrimonio como para atraer la atención del empresario. Él se lleva los prismáticos a los ojos. El objetivo enmarca la figura del rubio y la separa del salón y todos sus elementos secundarios.

-Cuéntame más de él –pide, sin despegarse de los binoculares, y casi puede oír el resoplido decepcionado de su colega.

Louis-Philippe Daguerre. De origen marsellés, tiene un hermano mayor y un padre pescador. Veintitrés, recién licenciado (con excelentes resultados), mala suerte en los negocios (incluyendo el Chat; una deuda enorme con Ava por un asunto de una alfombra persa le impide abandonar el club). Un idealista, amante de la literatura, al parecer intenta escribir sin mucho éxito…

Maya habla y habla en tono monocorde, pero Derek ha estado siguiendo la pista del francés y ya sabe todas esas cosas. Así que, mientras su compañera no cesa de enumerar detalles insignificantes, él estudia los movimientos de su objetivo, que parece haber desistido de intentar derribar a Raymond con la silla y le está azotando con su propio cinturón. Viéndolo, el alemán piensa en todo el potencial que debe tener y que él podría exprimirle, y lentamente las comisuras de sus labios comienzan a curvarse.

-… y es virgen -termina Maya, hasta hace un momento absorta en la tarea de recordar a la perfección todos los aspectos de la vida del escritor. Entonces se vuelve, ve la leve sonrisa taimada plantada en el rostro de Derek y, enrojeciendo, se apresura a añadir:-. ¡Bueno, eso es lo que cuentan! Ni siquiera creo que sea verdad, es lo que se rumorea entre los círculos de Anita, y ya sabes cómo es ella…

-Lo es.

La aseveración deja a la mujer con la boca entreabierta, en mitad de una palabra nunca dicha. Sin mirarla, Derek ensancha un poco más su sonrisa y deja los prismáticos sobre el regazo de su confidente. La música ha cesado, Louis ha conseguido arrebatarle el arco del violín a su protegido y lo pincha con él entre las costillas, y todos los presentes parecen casi más encantados con aquel espectáculo que con el recital de Raymond.

-Eso… es imposible saberlo, Derek -consigue articular finalmente Maya, dirigiendo la vista al mismo punto que el alemán.

Herr Zimmermann, por su parte, acaba de ponerse en pie. Sus ojos acerados recaen un instante en ella antes de volver a dirigirse al centro de la sala.

-Siempre es posible saberlo, chére –afirma, con evidente satisfacción, mientras se arregla la corbata-. Y él tiene esa misma aura de antes de que alguien lo empotre contra el somier por primera vez.

El alemán dice esto de espaldas a su compañera, la mirada fija en la figura trajeada del escritor. Y mientras se rasca con el índice un pegote de cera, piensa que no hay nada que le apetezca más que ser aquel que empotre primero contra el colchón a Louis Daguerre.

Acabo de clavarle el arco en el hígado a Raymond en una estocada victoriosa que lo arroja sobre un cúmulo de empresarios encantados de poder sobarlo a conciencia. Triunfal, apoyo un pie en la silla y enarbolo mi arma, rodeado de una salva de aplausos que confirman la victoria sobre mi protégé.

-Diez-once, Raymond. Estás perdiendo facultades –digo, mientras veo orgulloso cómo el dinero de las apuestas pasa de mano en mano a nuestro alrededor. Mientras me regodeo, la mano de Ray emerge de entre la muchedumbre que está sobándolo, el dedo corazón en alto, y yo frunzo el ceño.

-Son diez-diez, en realidad –traduce uno de sus adláteres, y entonces mi protégé levanta el dedo gordo en señal de aprobación.

-Y una mierda.

Raymond, que acaba de sacar la cabeza de entre la marea de brazos, chasca la lengua y me replica algo relacionado con mi mal perder, pero yo ya no lo escucho. Hay algo extraño en el ambiente. De pronto la temperatura del salón parece haber descendido a la mitad, y un violento escalofrío me recorre el espinazo. Con un picor insistente naciendo en mi nuca y la irritante voz de Raymond de fondo, vuelvo la cabeza.

Alguien me está atravesando con la mirada desde el otro lado del salón, un pelirrojo trajeado que, al saberse descubierto, sonríe lentamente. Y no sé por qué, pero esa sonrisa me pone los pelos de punta…

-Eh, ¿qué miras? -La voz de Raymond en mi oreja casi me provoca un paro cardiaco. De alguna manera, ha conseguido librarse de sus adoradores, y su jeta asoma por encima de mi hombro, escudriñando la misma dirección que yo.

No es lo que yo miro. Es quién me mira, y el que lo haga como si quisiera… yo qué sé.

-N-nada –farfullo, y meneo la cabeza, rozando su cara en el proceso, mientras le asesto un codazo en la tripa-. Te he ganado, así que vuelve a tu maldito trabajo.

Y, sin hacer caso de la gente que intenta volver a toquetearlo, lo empujo hacia las habitaciones. Aunque justo antes de desaparecer entre las cortinas no puedo evitar volver la vista atrás, a tiempo para ver esos ojos gélidos clavarse en los míos una vez más antes de desaparecer entre la muchedumbre del salón.

La terraza del Chat está vacía –hace tiempo que cerró para los clientes-, pero eso no importa mucho a Sacha, derrengado de cualquier manera sobre una silla y con la mejilla apoyada en la madera de caoba de la mesa. No quiere a nadie cerca que lo vea digerir la amalgama de sentimientos que le ha provocado su sesión con Derek. No hay ni un solo ápice de felicidad en su cuerpo, sólo vacío.

No entiende por qué está tan deprimido. Sabe que debería estar brincando de alegría, ahora que se ha librado de la calle, pero por algún motivo no puede. Desde hace unas horas le pertenece a Derek en espíritu y cuerpo, acaba de experimentar sólo una décima parte de todo el placer que éste va a provocarle, ¿qué más podría pedir? ¿Qué más podría necesitar? Y sin embargo… Sin embargo la voz de su herr sigue resonando en sus oídos y haciendo vibrar sus terminaciones nerviosas, en una petición que sólo lo deja confundido.

¿Confundido… o celoso?

Cierra los ojos, con la cabeza hecha un lío. Todavía tiene que pasar un rato sumido en silencio, poniendo en orden sus pensamientos, antes de que decida sorberse la nariz, en un ruido que retumba en el patio vacío, y enjugarse los lagrimones, despegando la cabeza de la mesa. Todavía no se le ha pasado el dolor punzante de su cuerpo, algo que quizá tenga que ver con los cuarenta y cinco minutos que ha pasado en su cuarto tratando de rascar la cera de su trasero y muslos. Sus esfuerzos, por supuesto, han resultado infructuosos. Ahora le escuece todo el cuerpo, y eso no hace más que aumentar su desdicha.

¿Por qué está su amo tan interesado en Louis, si lo tiene a él?

¿Y por qué se siente tan solo, a pesar de todo?

Un suave golpe en la mesa interrumpe la perorata de preguntas sin respuesta que la mente de Sacha se encargaba de fabricar a un ritmo incansable. Alguien ha plantado un bollo impecablemente decorado con azúcar glasé delante de sus narices. El ruso parpadea, desconcertado, y cuando levanta la barbilla para encontrarse con el autor de tal presente, se topa con un imponente metro noventa de hombre.

Un imponente metro noventa de hombre con delantal.

-Estaba trabajando en la cocina, y llevo un rato viéndote aquí solo –le dice, con una voz sorprendentemente suave y amistosa para su enorme tamaño, al tiempo que señala algo a su espalda. Sacha, mudo, sigue la dirección de su dedo y se topa, efectivamente, con las puertas acristaladas de las cocinas del club-. Eh… aunque no quiero inmiscuirme en los asuntos de los demás, estoy seguro de que sea lo que sea que te preocupa, tiene solución. Probablemente yo no pueda dártela, pero… -el ruso lo ve encogerse de hombros, de forma casi tímida, y darle un suave toquecito al bollo. Entonces el desconocido le sonríe un poco, y Sacha nota cómo se le descuelga la mandíbula-. Tal vez ayude esto. Si quieres más, estaré ahí atrás. Pero no llores más, ¿vale?

Y mesándose el pelo rubio y rizado, hace un breve gesto de despedida y vuelve por donde vino, dejando a Aleksandr con la boca todavía entreabierta y un bollo sobre la mesa.

-Como vuelvas a intentar meterme la lengua hasta la laringe otra vez, te la arranco y me la trago.

-Aw, gatito, ¿es que no habías pasado antes por debajo del muérdago?

-No. Y camina, maldita sea. Ava va a matarnos.

-En todo caso, te mataría a ti.

Porque soy el único de los dos que no quiere hacer su trabajo, ¿verdad?

Gruño, aunque el condenado tiene razón, y sigo empujándolo a trompicones. Raymond se ha dejado caer sobre mis brazos y no hace absolutamente nada por dejarse arrastrar. Es muy colaborador, como veis.

No puedo imaginar por qué está tan empeñado en no hacer sus obligaciones hoy, pero está empezando a tocarme… la moral.

-Camina y calla.

Y sigo avanzando hasta su puerta, la número 4a, pero al llegar él clava los talones en el suelo y yo me como su espalda y me dejo la nariz incrustada entre sus omóplatos.

-Bueeeeeeno, fin del trayecto –dice, al tiempo que me despega de su cuerpo y me deja plantado a un metro-. Ya tienes lo que quieres, gatito, eres un excelente trabajador –sonríe, dejando al descubierto dos hileras blancas de dientes-. Adióooos.

Ni de coña.

-¿Piensas que soy imbécil? Yo no me largo hasta que entres ahí.

-Byebye.

-Ya nos conocemos.

Arrivederci.

No pienso moverme de aquí.

Ray parpadea, igual que un gatito abandonado bajo la lluvia. Yo me cruzo de brazos. Y acto seguido, me lanzo sobre él, acciono el picaporte y nos lanzo dentro a los dos.

Nada más entrar, sé que me arrepentiré de haber hecho lo que acabo de hacer. El estruendo de una silla golpeando el suelo nos deja paralizados en el sitio es la primera señal, pero el vozarrón que me sacude todo el cuerpo hasta la misma punta del pelo termina de confirmármelo.

-¡Mira quién se atreve a aparecer de una jodida vez! –su dueño, un tipo ya mayor pero enorme (tanto a lo ancho como a lo alto) parece a punto de reventar de la ira. Nunca he visto a nadie tan furioso por un retraso de mi protégé, quien, por cierto, está tan inmóvil como yo, cada músculo de su cuerpo en cuidadosa tensión-. ¿Piensas que tengo todo el tiempo del mundo para dedicárselo es exclusiva a un puto arrogante y narcisista?

Me gustaría intervenir y decir cualquier cosa para apaciguar al hombre rubicundo y amenazante, pero no tengo tiempo. El bofetón retumba en mis oídos y en todo el cuarto, y lo único que puedo hacer al respecto es ver a Ray inclinarse bruscamente hacia un lado y oír sin llegar a entender un nuevo torrente de palabras iracundas. Y todo es confuso, porque entonces, de improviso, me encuentro sujetando a mi protégé y levantando una mano, como una barrera que se interpone entre nosotros y el tipo.

-¡Eh, basta! Tranquilícese, ¿me oye?

El caos parece suspenderse un instante en el tiempo; de hecho, la mano del cliente ha quedado congelada también, aunque la cosa dura sólo un instante que parece más bien una mala jugada de mis sentidos.

-¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro? –me ruge, y a mí me llega una vaharada caliente de alcohol con su aliento-. ¡Vete a joder a otra parte!

-No voy a ir a ningún sitio hasta que…

Jamás terminaré la frase, porque Raymond, que ha vuelto a la vida, me agarra por los hombros y me arrastra hacia la puerta.

-Ya, ya se iba, Monsieur Maidlow –está diciendo. Sus pupilas, algo dilatadas, se centran en las mías con intensidad, pero la sangre que le salpica la herida reabierta del labio llama más la atención-. Vete, Louis. Vamos –me conmina, ya en el umbral, y yo abro la boca para protestar, una vez más, sin éxito-. Está bien. Todo irá bien.

Y tuerce un poco la boca hacia arriba antes de cerrarme la puerta en la cara y echar el pestillo. Aunque sé que es demasiado tarde para hacer nada, no puedo evitar abalanzarme sobre éste y sacudirlo con furia.

-¡Raymond! –grito a la puerta, como un idiota-. ¡Ray, ábreme, joder!

Es inútil, por supuesto, igual que quedarme muy quieto para tratar de escuchar algo del interior. Tardo demasiado tiempo en recordar que todas las habitaciones de la Jaula están perfectamente insonorizadas, pero es que mi cerebro está demasiado ocupado dándole vueltas una y otra vez al mismo nombre.

Maidlow. Maidlow.

En un último intento desesperado, me lanzo sobre la puerta de la habitación de mirones, y es abrirla y llegarme la voz de aquel animal, incluso a través del grueso cristal que separa las habitaciones. La imagen no es mucho mejor, y aunque el respaldo del sofá sobre el que está doblado Raymond me tapa gran parte de la escena, lo agradezco.

-¿Crees que puedes hacer lo qué te dé la gana? –el tipo lo agarra del cabello y vuelve a empotrarlo contra el sofá. Lo único que hace Ray en respuesta es hundir los dedos en el respaldo, los ojos fijos en algún punto indeterminado del espacio y la mandíbula rígida-. ¿Crees que puedes extorsionar a mi hijo como lo hiciste el otro día e irte de rositas?

En un acceso de locura pienso en romper el cristal con la única silla del cuarto, aunque muy en el fondo sé que eso sería estúpido y sólo empeoraría las cosas. Aun así tengo que obligarme a detenerme en el último momento, con ella ya en las manos.

-Eras una mierda el día que llegaste aquí y sigues siendo una mierda seis años después… y espero que no se te vuelva a olvidar eso, porque… si se te ocurre acudir a Ava y contarle lo de Gareth, pienso hacer de tu vida un puto infierno…

La impotencia me sube por la garganta y me deja casi sin respiración cuando por fin decido entrar en razón y darme cuenta de la obviedad. Soy yo quien lo ha metido ahí dentro.

Y no puedo hacer nada para remediarlo ya.