Actualización (Capítulo 18, primera parte)

18

—¿Te encuentras mejor, cariño?

—Sujeta esto en su frente.

—¡Menudo golpe! ¿Seguro que no está muerto?

—¡No seas palurda, Mimi!

La música, salpicada de arpegios ondulantes, vibra en la parte baja de su vientre. Viene acompañada de un asfixiante perfume que lo llena todo, se pega a su ropa y espesa el aire que se escurre dentro de sus pulmones. El ambiente es denso, ralentiza sus funciones vitales y casi provoca que no perciba ese peso en sus hombros, que amenaza con incrustarlo en el asiento. Lo que no ha dejado de sentir en todo momento es el líquido helado que le resbala por la mejilla y que hace que la cabeza le palpite sin piedad.

O quizás la culpable de eso último sea más bien la mano que le aplasta algo duro contra la sien.

—Betty, lo único palurdo aquí es la forma en la que estás apretándole eso. Queremos que baje la inflamación, no congelarle el cerebro.

—Usted disculpe, señora enfermera. Se me olvidaba que tú eras la lista del grupo.

—No soy la lista de nada, se trata de sentido común. Y soy neurocirujana.

—Lo que sea. Aquí todas somos lo mismo, Evy, cariño.

—¡Está despierto!

Penumbra. Es lo primero que distingue a través del filtro de sus pestañas antes de que la luz violácea del salón comience a desvelarle un mundo de plumas, carne y lentejuelas. De vestidos vaporosos, sudor y alcohol girando rápido, al ritmo hipnótico de la música y las risas. Sólo pinceladas sin conexión, como retazos de un sueño que ya se escurre en algún rincón de su memoria para desaparecer.
Al menos eso es lo único que cree distinguir de la sala antes de que las mujeres que se sientan a su alrededor —o más bien sobre él— invadan su turbio campo de visión. Él tiene que parpadear ante sus miradas expectantes, porque esas caras (tres conjuntos clónicos de labios carnosos y ojos almendrados), amenazan con fundirse en una sola.

Hasta que la media sonrisa de una de ellas rompe la simetría.

—Hola, ¿aún te duele?

Como para reforzar sus palabras, ella se lleva un dedo a la sien. Él observa un segundo el reflejo del esmalte rojo en esa uña antes de que el crujir de los hielos en su cabeza le recuerde que su cráneo parece a punto de partirse en dos como un melón.

—C-creo que me estoy muriendo…

De hecho, está bastante seguro de que está muerto y ha reaparecido en su especie de infierno personal. Un infierno lleno de bailarinas de cancán semidesnudas.

—Espera, déjame ver…

Él va a asentir, pero prefiere quedarse quieto cuando todo el salón comienza a bambolearse y su estómago amenaza con expulsar todo su contenido. Las manos, pequeñas y rápidas como arañas, proceden a apartarle de la sien un mechón pegajoso de pelo. Ella examina la herida, apenas alcanzando a rozarla con las yemas y bajo la mirada expectante (y recelosa) de sus compañeras. El dolor irradia desde allí y se extiende por todo el lado izquierdo de su cara en un pulso sordo.

—Parece que estás entero. No creo que te vayas a caer a trozos todavía —afirma, risueña—. Eso sí, te va a salir un chichón tremendo.

—Menos mal —el contacto frío del hielo en su sien desaparece, y una enorme y blanquísima sonrisa se interpone entre la cara de la otra mujer y la suya—, sería una desgracia que no pudiéramos volver a verte bailar, cariño. Te vimos en la fiesta de fin de año. Dejaste a todos impresionados, ¿verdad, Mimi?

Por su flanco desprotegido aparece de improviso una cara ruborizada, casi provocando que se caiga de bruces del sillón.

—¡Somos tus fans desde entonces!

—¡Cómo no serlo! No todos los días un completo novato deja babeando a los señoritos del Chat. ¿No te gustaría bailar aquí abajo? Gabrielle se rompió la muñeca el otro día, seguro que podrías ocupar su lugar en la barra y…

Él cierra los ojos. En algún momento las palabras de la mujer han comenzado a enredarse en su cabeza (y tal vez sea mejor así). Su compañera le ha asegurado que todo está en orden, pero él no está tan seguro. Aun así, no se atreve a levantar la mano y evaluar por sí mismo los daños. En su cabeza, las imágenes deshilachadas comienzan a arrastrarse tras sus párpados, sin llegar a formar un recuerdo sólido. Se ve en el suelo, la cara sobre la mugre. Disparos y el miedo trepando por su columna. Todo entremezclado y repitiéndose una y otra vez.

Pero los cuchicheos de las mujeres a su alrededor y esa música interfieren en el proceso y no le dejan concentrarse. Con un gemido, entierra la cara entre las manos.

—Tranquilo —susurra alguien y él levanta la cabeza a tiempo de ver esa mano de uñas pintadas posarse en su rodilla—. Respira hondo, no lo fuerces. ¿Sabes dónde estás?

Él menea la cabeza. La luz púrpura sólo derrama sombras oscuras que desdibujan las facciones de los presentes y el mobiliario de la sala. Hay lencería y encaje por todas partes, y ese intenso aroma a licor y flores que de algún modo parece desorientarle. No tiene ni idea de cómo ha llegado hasta allí o qué se supone que es ese lugar.

—Estás en la Jaula. Nivel tres. Herr Zimmermann vino contigo. ¿Lo recuerdas ahora?

—¿Z-Zimmermann?

—¡Herr Derek! Aprovecha que se ha fijado en ti, cariño. Es de los últimos caballeros que quedan en el Chat, y no suele poner los ojos en cualquiera.

—¿Sabes? Creo que mucha gente en el Chat pondría en duda el título de caballero de Herr Zimmermann…

Él no alcanza a entender la réplica airada de la otra mujer. Aunque el barullo desordenado en su cabeza comienza a aclararse, no es capaz de reaccionar. Tal vez sea por el dolor o el efecto sedante del perfume del cuarto. A lo mejor la única parte activa de su cerebro acaba de desconectarse. Sea lo que sea, sólo escucha el taconeo nervioso de las mujeres a su alrededor, sumido en una tranquilidad ominosa.

Aún percibe el tacto de la pistola en su piel, como si el metal hubiera dejado una quemadura helada en su sien. Pero el terror que aún debería agarrotar sus músculos se limita a zumbar en sus oídos, un ruido blanco emocional que no consigue desgarrar el velo que aturde sus sentidos. Simplemente está flotando a la deriva, entumecido.

—… es evidente que una doctorzuela no sabría distinguir a un auténtico caballero ni teniéndolo delante de sus… ¡Joder! ¡Ahí viene!

Revuelo. Las tres regresan entre cacareos a sus puestos, y a él casi lo obligan a volver con ellas al mundo real estrujando una vez más la bolsa de hielo contra su cabeza, con tanta energía que su víctima ve luces rojas detrás de los párpados. Un latigazo de dolor crispa sus nervios y le hace ver el mundo en brillantes colores de neón durante un instante que es brevísimo, pero suficiente para que el cabello de Derek Zimmermann parezca una llamarada roja bien domesticada sobre su cráneo.

Al verlo despierto, la boca del alemán se tuerce en una mueca de satisfacción casi imperceptible.

—Veo que habéis tratado bien a Monsieur Daguerre. Excelente.

Su voz se integra a la perfección con el ritmo de la música. A él le cuesta diferenciarlos. Por su parte, la vedette de la muletilla encuentra oportuno propinarle un codazo cómplice entre las costillas. 

—Les ruego disculpen la tardanza —fingiendo no haberlos visto, Derek se sacude una mota de polvo imaginaria de la ropa—. He encontrado algunas dificultades adecuando mi suite. Pero no se preocupen; el Monsieur y yo no les robaremos mucho más tiempo esta noche.

Mientras dice esto, le tiende algo a él. El botellín tiene un peso contundente en sus manos, pero la pequeña pastilla roja casi se escurre y desaparece entre los pliegues de su piel. Ante su mirada extraviada, Derek se pasa la lengua por delante de los dientes y articula un “para la cabeza” casi imperceptible. A él el dolor amenaza con volverlo loco, así que no tiene que plantearse mucho el abrir la botella con dedos torpes y tragar sin más esa lenteja roja.

—¿Ya se lo lleva, Herr Zimmermann? ¡Pero si acababa de despertarse! Déjelo un rato más por aquí, por favor. Con el ánimo muerto que tenemos hoy nos vendría genial un show como el de la noche de fin de año.

Esta vez la súplica proviene de la vedette de uñas carmesí, aunque su expresión seria no termina de cuadrar con las miradas extasiadas de sus compañeras. Derek debe notar esa discordancia, porque entonces toma la muñeca de Louis y lo obliga a  ponerse en pie. A pesar del firme apretón del Herr, la debilidad lo traiciona y casi lo manda derecho al suelo.

—Aunque no dudo de que nuestro amigo estaría encantado de ofrecerle al nivel tres un buen espectáculo, creo que ahora mismo no se encuentra en las mejores condiciones —para ilustrar su posición, hace un movimiento desganado en dirección a las piernas temblorosas de Louis—. Además, tenemos un asunto de negocios que requiere nuestra atención ahora mismo. Les agradezco su colaboración, señoritas, y les aseguro que estaré pendiente de su próximo show. Y ahora, si nos disculpan…

Dando media vuelta, lo ayuda a moverse entre grupos de bailarinas y hombres pasados de copas. Atraviesan cortinas púrpuras y salas vibrantes de vida, siempre envueltos en esa extraña música que se arrastra entre sus pies. Derek lo guía fuera de los salones. En los pasillos, la luz empieza a atenuarse, como si estuvieran adentrándose en la madriguera de un zorro. Dejándose llevar, Louis cierra los ojos.

Ahora la oscuridad es total.

 

 

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