De lujo (Chapitre 14: Un gatito en el punto de mira)

14

La tarde discurre de forma pausada y tranquila. Acodado en la mesa de la cafetería, miro sin ver a través del cristal el fluir de la vida parisina. Me gustaría dejarme arrastrar por la pasividad de los viandantes que hacen las compras del viernes, lo intento con todas mis fuerzas, pero mi pierna no deja de golpear el suelo frenéticamente al ritmo desquiciado de lo que me ronda la cabeza.

No he podido hacer nada con Raymond. O, más bien, él no me ha dejado hacer nada. Mi protégé ha decido jugar a fingir que no ocurrió aquella noche, y cualquier intento por hacerle hablar del asunto ha terminado con el prostituto metiendo la mano en mis pantalones y poniendo fin al tema. Sólo cedió a mis insistencias la mañana después del incidente, aparentemente hastiado de tenerme rondando a su alrededor con cara de alma en pena. Él sólo se dio la vuelta y me miró, aburrido.

-¿Por qué te importa tanto? –preguntó simplemente, y yo tuve que callarme.

Todavía no tengo respuesta a eso.

Una camarera sonriente, con pinta de muñequita, se acerca para tomar nota de mi pedido y me obliga a centrarme en el mundo real. Cuando me deja la taza humeante sobre la mesa y se marcha, suspiro, echando un último vistazo al mundo diurno de la ciudad antes de regresar a mis apuntes.

Raymond no me lo está poniendo fácil (ni va a hacerlo, no en un futuro próximo), pero yo no pienso dejar las cosas como están. Si, tal y como dice, no puedo acudir a Ava, tendré que investigar al viejo por mi cuenta. Aunque no tenga ni idea de por dónde empezar. De entrada su nombre me es familiar, si bien no termino de recordar dónde demonios lo he oído antes…

Maidlow.

Lo escribo en la libreta, justo por encima del último capítulo escrito de mi manuscrito, como si eso fuera ayudarme a escarbar mejor en mi memoria. No es el caso. Las letras bailan ante mis ojos sin cobrar ningún sentido y yo, frustrado, las dejo donde están para centrarme en las líneas de debajo. Al leer el último párrafo recuerdo por qué estoy aquí y el estómago se me retuerce en un tirón de ansiedad. Pensaba que la noche de Navidad había culminado en una catástrofe que terminaría de condenar mis aspiraciones en el mundo editorial para el resto de mi historia, pero cuando les llamé para disculparme por lo que fuera que hubiera hecho Ray, los que se disculparon fueron ellos.

“Siento muchísimo lo que ocurrió la otra noche, Louis” había exclamado Olivia, editora jefe del grupo, apenas descolgó el teléfono “tu editor pilló un gripazo fulminante y no podía moverse de la cama. No pudimos contactar con él hasta esta mañana. De verdad que lo siento, pensaba que había acudido a vuestra cita.”

Al oír eso casi lloré de alivio. Me apresuré a responder que no había ningún problema, que lo entendía y que de todas maneras estaba escribiendo algo nuevo. Ella quiso leerlo, yo se lo envié por fax en cuanto pude, y, un par de horas después, la volvía a tener al teléfono, pidiéndome más.

Y aquí estoy.

Intento no pensar en lo nervioso que estoy mientras doy un sorbo al café y garabateo algo. Me llena de orgullo (y me desconcierta un poco al mismo tiempo) ver que ya me queda algo menos de la mitad para terminar la libreta de Alice. Nunca hubiera imaginado que llegaría tan lejos escribiendo algo nuevo. Aunque, bueno, tampoco hubiera imaginado jamás que fuera a escribir con esta… pasión.

El tintineo de la puerta de entrada me hace levantar la cabeza automáticamente como un lebrel, despegando mi atención de los papeles. La corriente de aire frío me lame los pies un momento, lo justo antes de que el recién llegado se gire para cerrarla. Y entonces lo veo y el corazón, que retumbaba ansiosamente en algún rincón de mi pecho, se me congela en el acto.

Édouard. Édouard apartándose el pelo de la cara, Édouard pasándose el paraguas de una mano a otra, Édouard echando un vistazo nervioso en derredor. Y reparando en mí.

El mundo entero da un vuelco en el momento en que sus ojos tropiezan con los míos. No estoy preparado para esto. Vivo en una ciudad de dos millones de habitantes y me he mudado tres veces, he vivido cinco años esperando no volver a encontrarme con él jamás, asumiendo que esto no iba a ocurrir.

Por más que mi memoria se niegue a olvidarlo, no quiero volver a verlo. No ahora.

-Louis –su voz me llega por encima del rumor de conversaciones, alarmada. Al oírlo me doy cuenta de que acabo de levantarme precipitadamente, casi derribando la mesa por el camino-. Louis, espera un segundo.

Él se acerca hacia mi mesa con paso ligero, sin darme una sola oportunidad de escabullirme. Yo trago aire, recojo mis cosas, cierro los ojos esperando el momento del choque, con el mismo sentimiento de fatalidad de quien ve descarrilar un tren. Cuando Édouard planta la mano en mi hombro, todo empieza a dar vueltas a mi alrededor.

Cinco años, y mi cuerpo sigue recordando su tacto como si nunca hubiera desaparecido.

-Déjame hablar contigo un minuto, Louis –dice en mi oído-. Sólo escúchame, por favor.

-No sé de qué me hablas. Creo que me estás confundiendo con alguien –replico con voz ronca e intento encaminarme hacia la puerta, su apretón no cede y me deja clavado en el sitio-. Tengo prisa. Estoy esperando a alguien.

No puedo respirar. Necesito que me suelte, que me deje en paz y que no vuelva nunca más a mi vida. Estoy seguro de que no es tanto pedir.

-Ya lo sé. Estás esperando a tu editor, ¿verdad?

Me detengo en seco.

-¿Has estado siguiéndome? –siseo, incrédulo, mientras me lo desquito de un manotazo y vuelvo la cara para fulminarlo. Édouard no ha cambiado nada. Tiene el pelo más largo, tal vez, pero la misma expresión turbada de siempre.

-Yo soy tu editor, Louis.

Yo me quedo rígido al instante, pero él se apresura a agarrarme sin darme tiempo a reaccionar de ninguna manera y con un leve apretón me conmina a tomar asiento. Sus labios están torcidos en un gesto de sumo cansancio.

-Te aseguro que no es lo que crees. Mira, sé que no estoy en posición de pedirte nada, pero por favor, sólo escúchame un minuto.

Deseo ver algo de maldad en sus ojos tristes. Quiero de verdad creer que me está mintiendo, porque la mera certeza de que puedo haber estado aquí sentado como un idiota esperándole precisamente a él, hace que se me revuelvan las tripas. Por desgracia, todo lo que puedo extraer de la cara de mi excompañero, a parte de ese atisbo melancólico tan propio de él, es sinceridad diáfana. Sintiéndome un poco mareado de pronto, me dejo caer en la silla y Édouard se apresura a imitarme.

-Olivia, mi jefa, estaba entusiasmada cuando llegó tu primer trabajo –comienza, tras unos eternos segundos de silencio incómodo y sin mirarme del todo a los ojos-. Hacía tiempo que no nos llegaba algo tan fresco, con potencial –hace una pausa, como esperando algún comentario por mi parte, pero yo todavía estoy pellizcándome el brazo, en un intento de despertar de la pesadilla-. Y… bueno. En cuanto te leí, supe que tenía que encargarme de tu manuscrito.

Cómo no.

Dejo la taza sobre la mesa con un golpe seco. El café se me ha agriado en la boca.

-No dudaste un segundo, ¿eh, Édouard? No dudaste en aprovechar la oportunidad para invadir mi vida –digo con amargura, y Édouard traga saliva ostensiblemente.

-Te juro que no tenía ni idea de que eras tú el autor. Se sigue una política muy estricta en la oficina respecto a los autores con pseudónimo. Sólo Olivia lo sabía. Puedes preguntarle cuando quieras –ante mi gesto adusto, él se pasa una mano por la cara y añade, algo avergonzado:-. Desde que llegué al mundo editorial, no he tenido mucha suerte con los autores que me han asignado. No sé por qué Olivia confía en mí, pero lo hace. Estaba pasando un mal momento, y fue ella quien hizo lo posible por ayudarme. Tiene un ojo increíble para estas cosas, trabajó para RandomHouse, y es un verdadero sabueso, tanto con los escritores que llegan a la editorial como con los que trabajamos con ella. Desde que tus manuscritos llegaron a la oficina, no para de decir que soy yo quien tiene que sacarlos adelante. Y la creo.

La cuestión no es esa. Es si yo puedo creerte a ti. O, mejor dicho, si quiero creerte.

Después de su monólogo, los dos nos sumimos en una pausa taciturna, interrumpida únicamente por la camarera que viene a tomarle nota a Édouard y por el repiqueteo incesante de la lluvia en los cristales.Dejo el café, ya frío, a un lado. Ya no iba a beberme el resto, no teniendo el estómago cerrado, centrado en digerir la situación surrealista que estoy viviendo. Él está sentado frente a mí en una cafetería, hablándome de mis manuscritos como si fuera lo más normal del mundo.No hay nada en esta escena que parezca ni remotamente natural.

-Supongo que pensarás que no tengo derecho a esto, pero en cuanto supe que tenía una obra tuya entre manos no pude evitar sentirme un poco orgullo –levanto la cara. Édouard tiene los dedos entrelazados con fuerza sobre la mesa y esboza una pequeña sonrisa entristecida-. Es genial, esto es lo que siempre has querido. Y créeme, tienes muchas oportunidades. Ya lo supe en cuanto leí el primer manuscrito tuyo que llegó a la oficina, pero con este último proyecto… Dios, Louis, está vivo. Tiene alma.

-¿Intentas comprarme así?

Édouard, que acababa de abrir la boca decidido seguir con sus alabanzas de mi obra, enmudece de golpe. Yo me aparto el pelo de la cara. Me siento ridículamente cansado de pronto.

-Me da igual lo que piense Olivia de esto, y me da igual lo que opines tú de mí o de lo que escribo; de hecho, preferiría que no opinaras nada de esto último. No quiero que seas mi editor. No quiero verte más. Creo que no es mucho pedir, teniendo en cuenta lo que ha pasado entre nosotros.

Con un breve gesto de cabeza me pongo en pie, procurando no hacer caso de su expresión mortificada. Quiero salir de aquí cuanto antes. Ya pensaré qué hacer luego, porque ahora no puedo: tengo el cuello de la camisa empapado de sudor y una sensación agobiante me corta la respiración. He recogido mis cosas y estoy a punto de salir disparado del sitio cuando Édouard dice algo, un poco a la desesperada, que me deja clavado.

-Aquella noche, en la Madriguera… ocurrió algo –silencio. Alguien me observa respirar ruidosamente de pie en mitad del café. Un par de segundos después, las palabras de mi compañero vuelven a hacerse oír por encima del ruido de conversaciones-. Estabas muy borracho aquella noche. Te conozco y sé cómo te sienta el alcohol, así que… Siento haberos mentido a Olivia y a ti, pero preferí ahorrarnos ese momento a ti y a mí –giro la cabeza y lo veo, pálido y circunspecto, deseando que lo crea y confíe en él a pesar de todo. Yo no puedo moverme-. Alguien me dejó una nota en el abrigo, una nota y… fotos.

-¿Fotos? –grazno en voz muy baja, mientras me dejo caer pesadamente en el asiento-. ¿Qué fotos?

Tengo un mal presentimiento.

-Salíais tú y ese tipo de La Madriguera.

Un muy mal presentimiento.

-No sé en qué estás metido, Louis, pero aquel hombre está dispuesto a ayudarte. Ha donado una cantidad increíble a la editorial para publicar tu novela, cualquiera de las dos, ambas incluso.

Sólo necesito que me dejes ayudarte…

-¿Quién? –Pregunto, abalanzándome sobre él, pero mi excompañero menea la cabeza-. Tienes que decírmelo. Me lo debes. Por todo lo que hiciste, me lo debes, joder.

Él aprieta los labios. Pero sabe que es verdad. Sea lo que sea que le haya prometido a ese tío, no puede competir con todas las que me debe a mí.

-¿Quién y por qué?

Antes de contestar, Édouard humilla la mirada, encorvándose en el asiento. Yo no tengo tiempo ni ganas de sentir pena por él.

-No me explicó nada. Sólo me dijo que te publicara la novela. Que con el dinero seguro que dejabas no sé qué club…

Mis manos alcanzan las suyas. Él se sobresalta, pero hay algo en mis ojos que lo deja inmóvil. Yo vuelvo a preguntarle, aunque no estoy seguro de si la voz ha salido de mi cuerpo o sólo lo he imaginado. Cuando suspira y el maldito nombre sale de sus labios, a mí parece que se me va a salir el corazón por la boca:

-Maidlow. Gareth Maidlow.

-Tienes que apretar un poco más por arriba, si no, no saldrá bien.

-¡No puedo, es muy difícil!

-Sólo es cuestión de práctica, ya lo verás. Ven, deja que te ayude.

Las manos grandes y cálidas de Monsieur Cocinero envuelven los pegajosos dedos de Sacha desde detrás. El gesto no tiene nada de erótico, pero él está a punto de saltar con el contacto. Ha pasado toda la mañana con Derek y aún tiene el cuerpo resentido y deseoso de contacto humano, no de fustazos en el trasero.

-¿Ves? Es muy sencillo. Sólo tienes que ser paciente.

Sacha no lo está escuchando mucho. Esas manos ya se han apartado de las suyas, dejándole un vacío desagradable en las tripas, y él sólo puede sentirse culpable. ¿Qué diría herr si lo viera?

-No deberíamos hacer esto –murmura, con tristeza. A su amo no le gusta que deje que otros lo toquen así, con tanta familiaridad. A excepción, tal vez, de Louis.

-Cierto –M. Cocinero, ajeno a los problemas del ruso, deja la manga pastelera a un lado y observa divertido a su improvisado pupilo restregándose la cara y pringándose de crema hasta las cejas-. Tu jefa me ha dejado una lista ilustrada de postres que hay que hacer para mañana por la noche que podría servirte de bufanda, debería ponerme ya con ello. La verdad, cuando me contrató no pensé que a esa mujer podrían gustarle tanto las fiestas –se ríe suavemente, un sonido grave y agradable a los oídos de Sacha-. ¿Quieres ayudarme a decorar los pasteles?

Su nuevo amigo dice esto sacando ya un par de cacerolas, moviéndose con agilidad a pesar de su enorme tamaño en el diminuto espacio dedicado a la repostería de las cocinas del Chat. Fascinado, el rusito lo oye silbar mientras mira la enorme lista de Ava. No parece muy preocupado por la cantidad de trabajo. Desde que Sacha empezó a pasar tiempo con él (justo después de haber devorado una cantidad ingente de pastelillos esa noche), el nuevo cocinero del club no ha dado muestras de desaliento frente a ningún reto, siempre optimista y amable a pesar de ser el único chef dedicado a la repostería en las cocinas.

Sacha sabe que no debería estar ahí molestando, pero por algún motivo no puede marcharse. Aquella noche que empezó de forma tan triste para él también metió en su vida a Monsieur Cocinero, y aunque el rubito ni siquiera sabe su nombre todavía, necesita disfrutar de la dulce compañía que ese hombre corpulento y sorprendentemente tierno está dispuesto a ofrecerle con total desinterés.

Además, le pirran las pequeñas maravillas que salen de sus manos.

-¿Vas a hacer más pastelitos? –pregunta tímidamente al recordar eso, y el otro le sonríe, socarrón.

-No sé, ¿me dejarás sin reservas otra vez? –Sacha enrojece, dejando que el hombre le pase un montón de cuencos sucios para lavar-. A ver cómo le explico a Madame Strauss que me he quedado sin uno solo. Nadie diría que cabrían tantos pastelillos en una cuerpecito como el tuyo.

El ruso se frota los churretones de crema de los brazos antes de ponerse a fregar los cacharros de Monsieur Cocinero. A pesar de que él le ha dicho muchas veces que no hace falta que lo ayude así, a Sacha le encanta hacerlo. Le recuerda a esos dulces tiempos de San Petersburgo, con Kolia, y le permite tener una excusa para pasar más rato en las cocinas.

El otro ya se ha puesto manos a la obra, y el ruso observa el movimiento de sus gruesos brazos como hipnotizado.

-Me recuerdas un poco a mi hermano pequeño –dice de pronto, justo cuando Sacha acababa de lavar todos los cuencos y los estaba disponiendo cuidadosamente en una pila-. Bueno, él es un poco más gruñón que tú, pero también era un devoto de los pastelitos –suspira, sin dejar de amasar-. Lo echo mucho de menos. Hace demasiado tiempo que no hablamos.

-¿Por qué?

Sacha se arrepiente inmediatamente de haber preguntado eso. No quiere inmiscuirse en los asuntos de los demás y que su enorme amigo piense que es un rastrero cotilla. Sin embargo, Monsieur Chef sólo se encoge un poco de hombros, la culpabilidad asaltándole el rostro.

-Él no ha tenido mucha suerte estos últimos años. Estaba pasando un mal trago con el trabajo y yo no podía ayudarle (es un algo patoso, el pobre). Y… es irónico el mundo, ¿sabes? Porque justo cuando a él empiezan a irle bien las cosas en la vida, voy yo y la fastidio con la mía. Pero bueno, no quiero aburrirte con mis problemas –ante la mirada curiosa de Sacha, él se pellizca el puente de la nariz, dejándose una mancha blanca de harina. Luego le sonríe-. Seguro que alguien como tú tiene una vida mucho más interesante que la de un pobre panadero.

Sacha piensa de inmediato en Derek y en los correazos con los que le adorna la parte de atrás de los muslos, día sí, día también. Piensa en Anita y su irritante voz chillona, que le persigue siempre por los pasillos del Chat, burlona. Piensa en la indiferencia de Louis.

Su vida no es nada emocionante. Algo deprimente, tal vez.

Y por algún motivo cree (con algo de desesperación, para qué negarlo) que este hombre puede hacer que eso cambie.

-No me aburre -asegura después de pasar un rato pensando qué decir, con el dedo metido en un bol de crema recién vaciado. M. Cocinero arquea una ceja-. De verdad que no.

El otro mete algo en el horno y programa el aparato.

-Que conste que te avisé -dice, y se quita el guante de cocina. Sacha prefiere obviar el hecho de que le está pidiendo que le hable de su vida, tal vez de algo doloroso, cuando él mismo prefirió no contarle por qué lloraba esa noche en la terraza-. Hace unos meses mi mujer y yo nos divorciamos. No fue algo agradable. Sé que puede que no sea muy justo que hable de ella así, sin que sepas su punto de vista, pero no se portó muy bien conmigo. Me dejó sin nada: el negocio que llevábamos juntos, nuestro piso en las afueras… Todo se lo quedó ella -se encoge un poco de hombros. Hay pena en sus ojos oscuros, pero él se encarga de maquillarla un poco con una tímida sonrisa, para luego desviar la mirada hacia la gran cristalera espejada que da a la terraza del club-. La cosa es que justo entonces mi hermano acababa de conseguir un buen empleo, o eso me dijo. No me pareció justo arruinárselo con mis penas. Él no estaba todavía en disposición de ayudarme. Así que gasté lo poco que me quedaba en un hotel y esperé. La oferta de tu jefa fue todo un alivio, la verdad, aunque creo que todavía no es el momento de contárselo todo a…

El chef enmudece, un gesto de comedida sorpresa que a Sacha se le hace encantador. Entonces él sigue la dirección de sus ojos, y se encuentra con el sempiterno gesto huraño de Louis cruzando la ventana, probablemente en dirección a su cuarto en el ático.

-… Louis -termina Monsieur Chef, y el ruso, a quien se le han iluminado los ojillos, asiente, repentinamente feliz.

-¡Sí! ¿Lo conoces?

Su corpulento amigo se rasca la cabeza todavía con esa expresión de desconcierto tan graciosa en la cara.

-Teniendo en cuenta que estábamos hablando de él hace un minuto… Sí, creo que al menos lo conozco un poco a mi hermano.

Después de darme el undécimo cabezazo contra el cristal del ventanuco de nuestra habitación en el Chat, tengo una revelación.

Mi vida es una patada en los testículos tras otra.

Vale, no es una gran novedad. Supongo que todos lo llevabais sospechando un buen rato. Pero el hecho de que el karma haya decidido arrearme otro guantazo mandando precisamente al infame de Édouard para que me dé la primera pieza del puzle sólo me ha dolido los primeros diez minutos (o cabezazos). Ahora mi cabeza trabaja a toda velocidad.

Así que Gareth Maidlow, ése era el nombre. Su Exelencia, como lo llamaba Raymond, quiere deshacerse de mí a cambio de una generosa suma y la publicación de mis libros. Intento no pensar mucho en lo triste que resulta el que sólo tenga una oportunidad en el mundo editorial mediante los sobornos de un millonario, y, aplastando la cara en el cristal, me pregunto por qué.

¿Qué quieres de mí, Maidlow?

Gruño, y el cristal vibra. Sólo hay una forma de averiguarlo.

-Eh, gatito. Estás en mi sitio.

Meditabundo, sumido en los porqués, al principio no oigo la voz de mi protégé. De hecho, no la oigo hasta que él agarra el respaldo de la silla en la que estoy sentado y la inclina hacia un lado, enviándome derecho al suelo y provocando que casi se me salga el corazón por la boca.

-¡Joder! -se me escapa, mientras abro mucho los ojos en la penumbra-. ¿Qué mosca te ha picado?

La sonrisa sesgada de Raymond brilla, bañada por la luz rojiza del crepúsculo. Señala la silla en la que acaba de derrengarse.

-Mi sitio -resuelve-. Tu culo estaba en él. Aw, ¿a qué viene esa cara? Puedes sentarte en mi regazo cuando quieras.

Dice esto mientras se palmea el muslo. Y he aquí el origen de todos mis males, sentado en una silla destartalada, despeinado y creído. El mayor de los misterios. Yo suspiro y me froto la cara. Una parte de mí sabe que debería desear estrangularlo ahora mismo, pero en vez de eso lo único que cruza mi mente es algo sospechosamente parecido al alivio al verlo tan de buen humor y con ganas de guerra después de su actitud evasiva de estos días.

Todo este asunto me está volviendo loco de remate.

Sacudo la cabeza, todavía con todas esas preocupaciones revoloteando dentro, y me pongo en pie.

-No, gracias -le digo, ya que todavía se estaba tocando la pierna, expectante-. No estoy de humor para gilipolleces. Voy a dormir, así que hazme un favor y no jodas ninguna alfombra vertiendo vino en ella mientras yo no estoy. Seguro que se te ocurre alguna forma menos letal para mi cuenta de ahorros de fastidiarle la noche a alguien en tu día libre. À demain.

Y me dirijo hacia el baño. Aun así, y a pesar de mis intenciones de acurrucarme en mi bañera, nunca llego a alcanzar la puerta. En salto fugaz, Ray me intercepta, rodeándome el pecho con los brazos y apoyando la barbilla en mi hombro.

-¿Cansado? -pregunta, y su pecho vibra contra mi espalda cuando añade, esta vez en un hilo de voz grave-. Ya te dije que no tenías que pensar más en eso, gatito. Gajes del oficio.

-Oye, a lo mejor te parece increíble y tal, pero da la casualidad que mi vida orbita alrededor de otras cosas que no son tú -miento descaradamente. No sé si Ray me cree o no, pero de todos modos aprieta un poco más el cuerpo contra el mío y hunde la cara en mi cuello. Yo refunfuño. Mis sentidos, chillan de alegría.

En estos dos días, he tenido la cabeza tan ocupada en otras cosas que casi olvido los estragos que provoca su aliento en mi piel.

-Entonces deja de poner esa cara.

-Y si se ha muerto mi abuela, ¿qué? Creo que tengo derecho a poner las caras que quiera.

-Mentiroso -me estremezco-. ¿Quieres que te ayude a olvidarte de eso que te ronda la cabeza?

-No.

Sí.

Raymond resopla una especie de risotada en mi oreja. Las yemas de sus dedos me erizan la piel al escurrirse por debajo de mi camiseta.

-¿Hoy estás más salido que de costumbre, o me lo parece a mí?

-Es esa ucraniana loca. La del pegging -ante el tono casi exasperado de su voz, no puedo sino lanzar una carcajada sin aliento, y como respuesta inmediata, él mete la pierna entre mis pies y me empuja, haciéndome rebotar blandamente sobre el colchón. Sus ojos centellean desde lo alto.

Y por primera vez desde que nos conocemos, quien enseña los dientes soy yo.

Ray acepta el desafío sin dudar y salta sobre mí. Los segundos que siguen son confusos, un caos de mordiscos, arañazos y vueltas en la cama, como una pelea de perros callejeros, hasta terminar tan enredados en las sábanas que apenas podemos movernos. La electricidad estática en el ambiente nos revuelve el pelo. Yo jadeo, con su nariz rozando la mía, y entonces me doy cuenta de que tiene la nariz y las mejillas salpicadas de pecas casi desvanecidas. Ladeo la cabeza en un intento de verlas mejor, divertido, pero Raymond aprieta su boca contra la mía y el calor que me asalta la cara me hace cerrar los ojos.

Como siempre, sus labios están calientes y húmedos. Mis dientes chocan con los suyos, él alcanza las trabillas de mi pantalón, y yo me retuerzo y le araño los hombros, sin saber muy bien lo que hago. A mi cabeza parece faltarle el oxígeno necesario para razonar correctamente.

-¿Seguro que no quieres saber lo que te haría? -inquiere tras despegar los labios, moviéndolos por encima de la comisura de mi boca antes de avanzar hasta el hueco justo detrás de la oreja. A mí la satisfacción (y la excitación) me infla el pecho al distinguir el temblor en sus palabras. Sin esperar una contestación, frota la entrepierna contra la mía. Yo tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no gemir. No me hace falta mucha imaginación para notar a la perfección su erección a través del pantalón-. Te arrancaría la ropa, de arriba a abajo.

Como para enfatizar eso, deja mi oreja, me muerde un pezón por encima de la camiseta y tira. Aunque le asesto un puñetazo a modo de recompensa, algo dentro de mis pantalones de estremece.

-Típico… e incómodo.

Él me ignora. Su cuerpo, normalmente siempre en tensión, parece la cuerda de algún arco, vibrante y a punto de dispararse.

-Y después te adornaría el cuerpo a mordiscos… así…

Los caninos afilados me aprietan otra vez, ahora en el punto en que se unen cuello y hombro. Yo lo agarro del pelo, mareado por la forma en que el movimiento de sus caderas me acelera el pulso. Hace rato que me he olvidado del dichoso Édouard, de Maidlow y de todo; y sé que mi protégé se está saliendo con la suya, pero la verdad es que no me importa mucho.

Si había un punto tres en la lista, Raymond debe haberlo obviado, porque después de eso se limita a empujarme con suavidad, bajando hasta que el bulto duro de sus pantalones se me clava entre las nalgas. Una mano traviesa desciende para acariciarme la entrepierna, obligándome a respirar hondo, porque un hormigueo caliente y casi eléctrico se me extiende por la cara y el pecho y me está matando. Encima de mí, Ray se relame los labios entreabiertos, con el pecho subiendo y bajando, casi al mismo ritmo frenético que alcanza cuando decide atreverse a sacarme el rabo del pantalón y comienza a masturbarme.

Y yo me vuelvo loco.

Gimiendo, aprieto su mejilla contra la mía. Ahora me embiste sin pudor alguno, como si estuviera penetrándome realmente, y mi imaginación se dispara con una imagen que es sexy y aterradora a un tiempo. Mientras lucho contra esa fantasía, mi protégé me gruñe en la oreja, me aprieta el glande. Y yo, sin poder aguantarlo un instante, dejo escapar un sonido ahogado y me abandono al tirón que me sacude el vientre, corriéndome en su mano.

Inspiro, espiro.

-Quiero follarte.

-E-en tus sueños.

-En mis sueños hago algo más que eso.

Me reiría, pero todavía no he recuperado el aliento. Ray me mira, a unos centímetros de mi cara. La luz de fuera incide en esos ojos imposibles de leer. No hay una sola veta en sus iris de otro color que no sea el verde intenso. Son una trampa, arenas movedizas que podrían tragarme en cualquier momento. Como si supiera lo que pienso, él tuerce la boca en esa sonrisa suya, pero yo dejo caer los brazos, ya sin sonreír.

No puedo evitar sentir un atisbo inexplicable de tristeza al verlo.

-¿Quieres jugar a un juego? -suelto, antes de poder arrepentirme, y él, que se estaba estirando todo lo que las sábanas le permiten, se deja caer a mi lado y entorna un poco los ojos-. Déjame hacerte una pregunta. No hace falta que la contestes si no quieres. Pero sólo déjame hacértela.

Ray sonríe lentamente, burlón.

-Qué poco original, gatito. El mío parecía más divertido, además -yo me encojo un poco de hombros. Ahora puedo ver con claridad esas pecas, marrones y apenas perceptibles. Me molesta no haberme dado cuenta de su existencia hasta ahora-. Bueno. Dispara.

Cierro los ojos.

-¿Qué demonios haces aquí, Ray?

Resopla y su aliento me calienta la cara. No sé si es una risa o… No lo sé. Con él nunca sé nada. Soy ciego, sordo y mudo.

-Esta es mi jaula, Louis -dice al final, y yo vuelvo a mirarlo para encontrarme con un brillo casi melancólico en esos ojos misteriosos.

Él, sin embargo, se inclina hacia mí y vuelve a besarme, tanto tiempo que llego a pensar que todo mi cuerpo va a deshacerse y a fundirse con el suyo, y para cuando se separa otra vez, sé que he perdido mi oportunidad. Otra vez tiene esa expresión maliciosa plantada en el rostro, como si se estuviera riendo de mí.

Probablemente lo esté haciendo de verdad.

-Así que en mis sueños, ¿eh?

Cómo lo odio.

-No pienses cosas raras -gruño, mientras forcejeo para darle la espalda, enfurruñado-. Esto es sólo un juego.

De lujo (Chapitre 13: Un gatito preocupado)

13

Me siento enfermo.

-Ray.

Enfermo y culpable.

-Ray, para, por favor.

Y no hay forma de deshacerme de esa sensación.

-¡Joder, déjame ayudarte!

Mi mano alcanza el picaporte de la puerta de nuestro cuarto en el segundo piso en un movimiento fugaz, evitando que mi protégé se me escape otra vez. El corazón me late muy rápido mientras veo cómo Ray se queda un segundo con la mano en el aire, extendida hacia la puerta. Luego él me mira y hace rodar los ojos. Yo no me siento mucho mejor.

-Eres muy pesado, gatito.

-No estaba en la lista de clientes –insisto, ignorándolo y sin soltar el picaporte-. No había ningún Maidlow en la lista. Lo que ha pasado… lo que ha pasado es culpa mía. Debería haber revisado…es culpa mía…

Lo siento. Lo siento mucho.

Estas últimas palabras resuenan en mi cabeza, pero se me atragantan por algún inextricable motivo y desaparecen bajo una ola repentina de rabia y vergüenza. Cerrando el puño sobre el picaporte, intento no ahogarme en ella y mantener la cabeza lo suficientemente fría como para encontrar la forma de convencer a Raymond de que puedo realmente ayudarle.

Incluso aunque ni yo mismo sepa cómo.

-¡Escúchame! ¡Tiene que haber algo que podamos hacer!

Para mi consternación, Ray ladra una risotada al oír eso. Tiene el pelo revuelto –más que de costumbre-, allá donde aquel tipo lo agarraba mientras… No. Sacudo la cabeza para apartar la imagen de mi mente, casi con furia. Mientras, él observa la evolución angustiosa de mis emociones como quien mira un telefilm especialmente cutre.

-Dime, ¿qué piensas hacer? –pregunta al fin, sus ojos destellando bajo el desordenado flequillo-. ¿Cuál es tu plan brillante, héroe?

No lo sé. Dios, no lo sé. Y no puedo concentrarme en una solución si pone esa cara. Como si no le importara en absoluto.

-Hay que decírselo a Ava para que tome medidas.

Ray vuelve a reír, aunque ahora no se limita a soltar una sola carcajada, sino que ésta se alarga durante unos segundos en los que su risa me golpea y me deja descolocado.

-Buen intento. Y ahora déjame pasar a mi habitación –aprovechando mi confusión, Ray me aparta de un empellón y abre la puerta del cuarto, pero en el último momento consigo interponer mi cuerpo entre ésta y el marco.

-Raymond, seguro que Ava…

-Eres terriblemente ingenuo, gatito –su cara, repentinamente despojada del tajo irregular de su sonrisa, es extraña. Misteriosa. Yo siento algo espeso y muy incómodo subiendo por mi garganta y cerrándola-. Crees que Ava va a regañar al viejo y expulsarlo del Chat, ¿no?

Estúpido Raymond. ¿Por qué haces esto?

-No lo entiendo –gimo, desesperado-. No puedes dejar que ése tipo se largue como si nada. No puedo creerme que se le consienta venir y hacer lo que ha hecho de forma impune.

-Y no puede. No según el contrato que ha firmado con madame Strauss.

Yo enmudezco de golpe. El pecho de Ray sube y baja lenta y rítmicamente unos instantes antes de que éste se incline hacia mí para apoyarse en el marco, su cara a unos centímetros de la mía.

-¿Dónde te crees que estás? –susurra. Su aliento me acaricia la cara. La mezcla  de nicotina y alquitrán parece una vieja conocida ya-. Esto es un prostíbulo, gatito. La gente que viene aquí está podrida por dentro, da igual la pasta que tengan. Por muchos modales de caballero victoriano mariquita de los que presuman, en el fondo lo mejor que te van a considerar es como a un objeto con el que pueden hacer lo que les dé la gana durante unas horas. Un objeto que, después de pasar por sus manos, vuelve a ser nada. Así que Ava puede escribir todas las normas que quiera, pero en el fondo todos sabemos que nadie va a respetar un reglamento que intenta defender a la nada. Y menos cuando ellos saben que pueden tumbarlo a golpe de cartera –mi protégé sonríe, aunque sus ojos son imposibles de leer-. Aquí la gente suele acatar las normas para no perder prestigio delante de la gente de su casta. Hasta que los haces enfadar, claro. Entonces harán lo posible por destruirte.

Parpadeo. No puedo creérmelo. Hay algo muy adentro de mí que se niega a creer que todo esto sea una idiosincrasia encubierta, y que Ava no pueda (o no quiera) hacer nada al respecto. Simplemente no puedo. Presa de una rabia incontenible y absurda, golpeo la puerta con el puño cerrado, sobresaltando un poco a Raymond.

-Lo que ha hecho ese hombre es demasiado –grazno, en un tono animal y obstinado. Entonces Ray se yergue y separa un poco la puerta para mirarme. En su expresión hay humor contenido y amargo. Se está riendo de mí. De mi supuesta inocencia.

-¿Crees que es la primera vez que me violan? –suelta, y la palabra me abofetea igual que una mano sólida, dejándome sin aire. Mi cara debe ser todo un cuadro, porque su boca se tuerce hacia un lado y abre los brazos en un gesto indiferente-. Bienvenido al verdadero Chat Bleu, gatito. Vete acostumbrando. Y ahora lárgate por ahí a hacer manitas con el ruso. Me gustaría respirar diez minutos sin tener a nadie pegado a mi culo.

Y me cierra la puerta en la cara.

El cuarto del segundo piso está a oscuras. Al verse dentro, Ray aguarda un momento en silencio, sin moverse, hasta estar totalmente seguro de que ya no se oye nada al otro lado. Sólo entonces puede permitirse el lujo por fin de respirar hondo, apoyarse contra la puerta, y cediendo al temblor de sus rodillas, deslizarse con la espalda pegada a la superficie de madera hasta quedar sentado en el suelo.

El viejo lo ha tocado. La certeza hace que se estremezca de asco, una repugnancia viscosa y densa abriéndose paso a través de su garganta como lodo frío. Todavía puede sentir sus manos en el cuerpo, su aliento caliente y nauseabundo contra la nuca. Él vuelve a temblar, y esta vez su cuerpo lo reprende con un calambrazo de dolor.

El viejo lo ha tocado y roto.

Lo peor es que la culpa es suya. Sólo acaba de recibir su castigo por olvidar cuál es su sitio con Gareth Maidlow. Sólo quería meterle un poco de miedo a su cliente (madame Strauss no va a expulsar del club a un habitual del calibre del galés por algo tan nimio como andar enchochado por él), pero debería haber supuesto que Maidlow senior aparecería tarde o temprano para recordarle lo peligroso que puede ser ponerse chulito con alguien como él o su hijo. De hecho, muy en el fondo sabía que el duque haría acto de presencia en su cuarto. Lo que no sabía es que se fuera a tomar así su venganza.

Reprimiendo un quejido, se pone en pie. No hay nada que le apetezca más en este momento que meterse en la ducha y raspar su cuerpo a conciencia para eliminar de su piel hasta la última partícula del viejo. No obstante, Ray sabe de sobra que Louis tiene montado ahí dentro su centro de operaciones, así que se limita a deambular lentamente de una esquina a otra de su habitación, igual que un león enjaulado.

Aunque no quiere pensar en nada, su mente no deja de bullir, y, como la marea, lo arrastra poco a poco y de forma inevitable hacia aguas turbulentas. Sin hacer caso del dolor punzante de la mitad inferior de su cuerpo, camina hasta el ventanuco del cuarto y pega la sien al frío cristal. En realidad, no hace más que reflexionar acerca de lo que le ha dicho a Louis.

¿Cuántas veces lo han humillado así? ¿Cuántas veces no ha sido dueño de su propio cuerpo? Lo cierto es que no lo sabe.

Ya hace tiempo que perdió la cuenta.

En la sala había dos hombres y una mujer aparte de Ava Strauss. Ray no reconocía sus voces, pero procuró quedarse con el registro de todas. Aunque no le serviría de mucho, le hacía sentirse bastante más seguro el tener una idea de a lo que iba a enfrentarse.

-¿Y a qué se debe esta pequeña reunión, madame? –preguntaba por fin uno de los hombres, después de una larga e insulsa charla. La suya era una voz agradable, de tenor, y Ray identificó en ella una cadencia muy sutil, un acento bien camuflado-. Tiene que ser algo muy interesante, ¿verdad? Dudo que una mujer ocupada como usted nos haya reunido aquí para hablar de su lámpara de araña.

Él oyó carraspear a la dueña del Chat.

-No, claro, que no –replicó. Sonaba intranquila, y él pegó aún más la oreja a la puerta, tratando de relajar su respiración-. Tengo… un asunto un tanto complicado entre manos.

-Es ese chico, ¿verdad? –otra voz, femenina también. A su intervención siguió un silencio contundente. Con una suave risa, la mujer volvió a hablar:-. Venga, Ava. Ya sabes que aquí vuelan las noticias. ¿Se trata de una nueva adquisición?

Uno de los sillones crujió un poco. Madame Strauss no parecía estar pasando un buen momento.

-Algo así. En realidad… en realidad necesitaba ayuda con él.

En el salón volvió a hacerse un silencio tentativo. Entonces la voz del segundo hombre irrumpió tras un largo rato sin haberse dejado oír, y, a pesar de que Ray ya se había sobresaltado la primera vez que la escuchó, no pudo evitar volver a brincar en el sitio.

-¡Ava Strauss necesita ayuda! –se carcajeó aquel tipo. Éste arrastraba las palabras y no se molestaba en tratar de ocultar su fuerte acento, de algún lugar de Gran Bretaña.

-Tiene que ser algo grave, si necesita reunir a sus mejores clientes, madame –de nuevo el tipo de la voz comedida. Él oyó a su protectora emitir un sonido mortificado apenas audible.

-Más que grave, es difícil de afrontar. Sí, se trata de una nueva adquisición, pero este es un caso especial. Verán… les he reunido aquí porque sé que puedo confiar en ustedes a la hora de pedirles una valoración objetiva del chico. Les advierto que no ha pasado por un buen trance antes de llegar aquí, pero será mejor que no hagan preguntas. El asunto, lamentablemente, es confidencial.

Silencio, de nuevo. Él imaginó que los presentes estaban sopesando la idea, tanteando quizá la paciencia de Ava para tratar de sonsacarle información más sutilmente. Ray llevaba poco tiempo en el Chat, pero ya comenzaba a entender la forma de pensar de los clientes del club.

-Estoy intrigado. Y estoy seguro de que no soy el único –se trataba de la voz del hombre elegante. Su afirmación fue ratificada por un coro de murmullos-. Madame, tal vez debería mostrarnos ya sus cartas.

Esta vez no hubo respuesta. Ray se alejó bruscamente de la puerta al volver a oír un crujido, y un segundo después, Ava la abría y ambos se encontraban cara a cara. “Hora de presentarse en sociedad”, parecía decir su expresión. Él respiró hondo, apartándose el pelo aún húmedo de la cara, y madame Strauss forzó una sonrisa y se hizo a un lado.

El salón era lo bastante pequeño como para resultar acogedor sin resultar cargante. El chico, descalzo, no hizo ningún ruido al entrar en escena, y aprovechó un primer instante para escanear el cuarto rápidamente. En efecto, había dos hombres (uno delgado, de aspecto impecable, procedente probablemente de Oriente Medio; y otro grueso y rubicundo, algo pasado de copas) y una mujer, pequeña y rubia. Sin embargo, le sorprendió encontrarse con otra presencia silenciosa, acurrucada en un sofá, junto al viejo gordo. El tipo, mucho más joven y apocado que el resto de los presentes, desvió la mirada en cuanto Ray posó los ojos sobre él, aunque enseguida la mujer rubia carraspeó y el muchacho se vio obligado a romper el contacto visual.

-No puedo imaginar qué problemas puedes tener con él, Ava. Cada vez traes mejor material.

-¿Buen material? -El viejo lanzó una risa escandalosa que hizo tensarse a Ray. Su cuerpo enorme se inclinó peligrosamente hacia adelante cuando se puso en pie-. Parece una rata callejera despeluchada… Aunque sí que has acertado llamando a Gareth. A mi hijo le va ése estilo, ¿eh?

Y le dio una palmada al hombre sentado a su lado, que se estremeció bajo el contacto, para a continuación comenzar a quejarse con voz vacilante de que Ava lo hubiera llamado para poner precio a un chico raquítico y otras cosas cada vez más incoherentes. Por las caras de los otros tres invitados y Ava, Ray no era el único a quien la presencia del viejo medio borracho comenzaba a resultar cargante. Por suerte, éste decidió pronto que tenía algo más interesante que hacer fuera de esa habitación, porque tras balbucir una disculpa poco sincera y una despedida, salió del salón. En cuanto la puerta se cerró tras su grueso cuerpo, Ray oyó suspirar a madame Strauss a su espalda.

-Debería haber supuesto que esto iba a ocurrir, Madame –el árabe también pareció haber escuchado a su mecenas, y le dedicó una leve sonrisa socarrona antes de centrar sus ojos oscuros en el cuerpo del chico-. Hacía tiempo que no traía a nadie nuevo al club –añadió. La otra mujer, sentada frente a él, murmulló un sonido de asentimiento fascinado.

-B-bueno. Tiene razón –Ava se frotó las manos. Por su tono de voz, Ray dedujo que estaba deshecha y deseosa de salir de allí-. Yo también tengo cosas que hacer, no obstante. Será mejor que les deje con él… a no ser que alguno de ustedes prefiera marcharse con Monsieur Maidlow.

A excepción del joven apocado, cada vez empequeñeciendo más en el sofá, los invitados de Ava respondieron a su tono mordaz con humor cortés. Entonces, Ray sintió la mano de su jefa apretarle discretamente el hombro (algo que sólo consiguió cerrar un poco más el estómago de su protegido), y salió del cuarto.

Ahora estaba solo. Solo con aquellas personas de las que no sabía nada. Ray no pudo evitar sentirse ridículamente traicionado, porque Ava no había mencionado nada de eso. Sus omóplatos se volvieron rígidos al instante mientras observaba los movimientos de esa gente. Siempre en estudiada tensión. Preparado para cualquier cosa.

-Tienes razón, Margo. Es interesante –Ray casi brincó, por culpa de toda aquella tensión vibrando en su cuerpo. Su mirada se dirigió al origen del sonido. El árabe elegante se la sostuvo durante largo rato, ninguno de los dos dispuestos a bajar la guardia. Había algo en esa cara serena, sin ningún rasgo destacable, que invitaba a confiar en él.

No es que Ray fuera a hacerlo, claro. Ya sabía lo que era confiar en hombres elegantes. Nunca había salido bien.

-Interesante pero rígido.

-Más bien atento –el tipo se levantó sin hacer el menor ruido. Él creyó que la incertidumbre iba a hacerle explotar, pero se las arregló para no saltar y salir huyendo cuando aquel hombre se le acercó para mirarlo de cerca. Apretó la mandíbula bajo el escrutinio de esos ojos oscuros. Sabía que los otros dos presentes también estaban pendientes de él, pero no parecían tan dispuestos a entrar en acción como ese hombre. Aunque el árabe se cubría tras una expresión sosegada, Ray había captado el brillo de sus ojos al entrar en el cuarto-. ¿Estás asustado, chico?

El destello de sus pupilas se volvió un poco vidrioso un instante. Por la forma en que escrutaba su figura, caminando en círculos a su alrededor, probablemente el hombre se estaba montando alguna fantasía muy elaborada con la que espolear su libido. Él se pasó la punta de la lengua por los labios, con sus músculos comenzando a relajarse.

Asustado. De un jeque repeinado. Casi se echó a reír.

Con la mirada fija en ésa cara oscura, y obviando la respuesta, alcanzó el borde de su camiseta y se escurrió fuera de ella con facilidad. Al verlo, el árabe cesó su paseo contemplativo y quedó plantado delante de él, muy quieto, al igual que los otros dos espectadores. Entonces Ray se permitió sonreírle un poco, una línea irregular más que otra cosa, y les dio la espalda.

El aire a su alrededor pareció densificarse. Las heridas de su espalda no tenían tan mal aspecto como el día que llegó al Chat, pero las cicatrices todavía eran muy tiernas y recientes. Finas nervaduras rosadas que mordían su piel a la altura de sus hombros y avanzaban incansables hasta rozar la cinturilla del pantalón. Ray esperó a que la imagen calara en los cerebros de sus acompañantes, y luego sus ojos asomaron por encima del hombro como dos pequeñas rendijas verdes. Sus caras de consternación le dieron, otra vez, ganas de reír, pero se contentó a levantar un poco más las comisuras, centrado ya de nuevo en el árabe.

-No tengo miedo –le dijo, casi desafiante. El hombre se limitó a parpadear, aparentemente incapaz de despegar la vista de aquellas formas abstractas. Su compañera, no obstante, dejó su asiento sin mediar palabra y, discretamente, abandonó la sala. Una mujer inteligente. Por otro lado, ni siquiera reparó en la tercera figura, cada vez más hundida en el sofá-. ¿Aún quieres ponerme precio?

Tenía la esperanza de que no. De que alguien de su estatus lo considerara mercancía defectuosa e hiciera correr la voz en el club. Nadie querría tirarse a un adolescente marcado y con pinta de ratero de poca monta, ¿no?

Ésa era la teoría, claro. Pero no contaba con la sonrisa del hombre elegante.

-Ahora entiendo el secretismo de Ava –susurró, acercándose a él. Ray se volvió para enfrentarse al brillo en sus ojos. Ahora eran brasas candentes-. Hacía siglos que no traía nada interesante al Chat.

El tipo lo sujetó por la barbilla, estudiando su cara, y él tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar. Hasta aquel momento, desde su primer día en el Chat, no había dejado que nadie excepto Ava Strauss le pusiera una mano encima. Lo habían arrojado a un lugar extraño –un prostíbulo- lleno de gente extraña, y Ray necesitaba sentir que era el único propietario de sí mismo por fin. Lo necesitaba de verdad, para no volverse completamente loco.

Ahora, la realidad acababa de pegarle un puñetazo en la cara y devolverlo a su sitio. Da igual dónde estuviera o por qué. Nunca iba a dejar de ser un juguete, siempre en manos de alguien.

-Es interesante, lo que tienes ahí detrás. La gente que trabaja aquí no suele tener nada que merezca la pena contar. Todo historias aburridas de telenovela.

Ray creyó que iba a vomitar, pero se obligó a agarrar las manos de aquel tipo y a dirigirlas hacia él. Buen material. Marcado y exótico.

El árabe apretó su cuerpo con esas manos grandes, dedos largos sobre sus costillas, aunque sin poder dejar de nadar en sus ojos. Ray tampoco desvió la mirada, guiándolo por el mapa accidentado de su piel. Podía deslumbrarlo y sacar un buen precio para él. La certeza de que aquella era la menos mala de sus salidas le hizo sentir la cabeza ligera, pero siguió agarrando con firmeza las muñecas del hombre. Notaba el calor de las palmas contra su vientre, descendiendo.

-¿Vas a contarme tu historia?

La voz, algo temblorosa, llegó hasta su cerebro. Ray volvió a lamerse los labios, lentamente, y forzó a esa mano pasar la frontera de su pantalón. El aliento húmedo del hombre le calentó la cara.

-Voy a hipnotizarte –replicó, en tono grave, firme y bajo. Su interlocutor sonrió como un idiota al oírle por primera vez, y algo dentro de su pantalón también pareció alegrarse de escucharlo.

-Llevas… l-lentillas, ¿verdad?

Qué fascinado parecía con eso. Ray soltó sus muñecas –sus manos ya se habían quedado pegadas al cuerpo del chico-, y deslizó los dedos entre los ojales de su camisa, siempre manteniendo el contacto con las pupilas del otro.

-No. Te gusta, ¿verdad? –no se refería a nada en particular. El tipo agarró su polla, lo que hizo sacudirse su cuerpo de arriba abajo. Él exhaló despacio y terminó de desabrocharle la camisa con una mano, mientras concentraba la otra en juguetear con su cinturón-. Te gusta lo que ves –el otro intentó desviar la mirada del color imposible de sus ojos, y Ray inclinó la cabeza para pasar la punta de la lengua por sus labios-. ¿Quieres ver más? Mírame a los ojos y escúchame, ¿sí?

El jeque asintió de forma desacompasada. Sus manos acariciaban el cuerpo del chico en movimientos erráticos. Las de Ray, por otro lado, se aventuraron dentro de los calzoncillos de algodón egipcio y sujetaron su verga gruesa y caliente.

-¿Qué crees que era antes?

El muchacho trató de desasirse para retroceder hacia el sofá, pero el hombre, todavía centrado en sus iris verdes, cerró las manos en torno a su cintura. Ray ladeó la cabeza y aprovechó para frotar su entrepierna en círculos contra la del “cliente”. Eso terminó de engarfiar los dedos del otro sobre sus caderas, hasta hacerle daño.

Él se estremeció, un hormigueo trepando por su piel. Un recuerdo, doloroso como un latigazo, saltó de su memoria, y el chico tuvo que esforzarse en enterrarlo al tiempo que liberaba la polla del árabe de su prisión y terminaba de descapullar el glande. Lo apretó con el pulgar, en círculos, muy despacio, y sus otros dedos envolvieron el miembro venoso. El calor le golpeó la cara. Quiso creer que se trataba de la excitación del momento.

Su cliente jadeó, temblando.

-Un tigre –y sonrió con su propia ocurrencia. Ray movió la mano, arriba y abajo, y le enseñó los colmillos.

-Un tigre, ¿eh? –ronroneó. El otro intentó besarlo, aunque el chico logró esquivarlo y hundió esos caninos en el cuello oscuro del tipo, sin llegar a romper la piel. Después le lamió, sintiendo el pulso atronador contra su lengua, y apretó la cara contra ese mismo lugar. La polla que tenía entre sus manos dio un respingo cuando volvió a emitir ése sonido gutural, casi un gruñido, contra su carótida-. Puede que fuera un tigre. Han intentado domarme muchas veces.

Muchas veces. Incontables veces. Hans era un domador pertinaz.

Ray se desasió tanto del abrazo del hombre como de su memoria con un movimiento sinuoso y se dejó caer de espaldas sobre el sofá del cuarto.

-¿Has intentado domar a un tigre alguna vez?

Dijo esto con los pulgares enredados en las trabillas de su pantalón, pero no tuvo la oportunidad de bajárselos más allá de la mitad de los muslos. El tipo, presuroso, se lanzó sobre él y se le adelantó para dejarlos enredados en sus gemelos. Después se quedó inmóvil, sujetándolo por los tobillos y manteniendo inconscientemente sus piernas en el aire, paralizado por la forma en que los músculos del chico se contraían y estiraban bajo la piel buscando adaptarse a la nueva posición. Un cuerpo esbelto y furtivo. Como un gran felino, sí.

El hombre estaba descompuesto. Ray observó sus pupilas dilatadas y sintió el miembro pegajoso clavarse en su ingle. Parpadeó despacio, y aunque su propia respiración resultaba temblorosa, la mano que guió esa polla entre sus piernas era firme y segura.

Se detuvo cuando sintió el glande palpitante contra su esfínter. El calor le abrasó el cuerpo una vez más.

-Creo que nunca lo has intentado –susurró. La verdad, no sabía muy bien qué estaba diciendo.

El jeque asintió ferozmente, aferrando sus tobillos hasta casi cortarle la circulación. Ray lo tentó un poco más, apretando la cabeza contra su cuerpo.

-Seguro que no –el árabe gruñó. No había un atisbo de humanidad en su cara ya. Él, con los labios entreabiertos, pasó la lengua por delante de sus dientes. Le gustaría volver a morderle, pero esta vez para clavarse en su garganta de verdad-. Qué suerte la tuya, que esté siempre atrapado. No tienes ni una pizca de lo que hay que tener para enfrentarte a un tigre salvaje.

Las palabras salieron rápido, delirantes y escupidas a la cara anónima de aquel tío, que en venganza lo embistió y lo invadió a la fuerza, duro y caliente como una barra de hierro al rojo. En un calambre eléctrico, su cuerpo se arqueó y él siseó igual que un animal furioso.

-Cabrón hijo de puta –gimió, en un acceso de rabia ciega. La polla del jeque pugnó por abrirse paso en su interior, pero no lo tuvo complicado. No había sido la primera, igual que no sería la última. Pronto alcanzó un tope físico, palpitando con fuerza y arrancando otro gemido al chico-tigre, aunque esta vez toda esa musculatura atlética pareció volverse un poco líquida en las manos del otro.

El cuerpo de Ray quería relajarse. El placer hormigueó en su vientre, la sangre bulló en su cara, y un sudor caliente y pegajoso empezó a hacer brillar la piel bajo la luz amarillenta de las lámparas. Pero cuando el cliente comenzó a moverse balbuciendo tonterías y el sonido irritante de sus pelotas golpeándole inundó la habitación, él volvió a olvidar dónde estaba. Su cuerpo, efectivamente, estaba ahí, y estaba siendo follado por un desconocido y se estremecía. Él estaba lejos. Oía la voz áspera de Hans riéndose de él.

Otra estocada. Ray pensó que sus huesos se volverían mantequilla al intentar cambiar de posición y darle la espalda al otro. No obstante, cuando consiguió hundir la cara húmeda en el sofá, la mano del árabe (¿o era la de aquel animal alemán?) tocó sus cicatrices y él recuperó la tensión, su cuerpo se contrajo y el dolor amenazó con romperlo. Gritó contra los cojines, su voz amortiguada, al tiempo que su primer cliente cedía a la presión y estallaba entre gemidos patéticos.

El chico-tigre (quien en realidad había dejado de ser un gran felino hacía mucho tiempo para convertirse en sólo eso, un chico), permaneció totalmente inmóvil mientras el cliente balbucía palabras de agradecimiento y se escabullía del salón. Tal vez volvería más tarde, cuando Ray ya estaba en lo más alto de la tabla de precios del Chat Bleu, aunque él nunca recordaría la cara del cliente elegante al que había conseguido reducir a poco más que un gatito excitado.

Sí, no se atrevió a moverse durante mucho rato después de aquello. Había quedado desmadejado en aquel sofá extraño, su mente luchando por mantenerlo en la realidad y no sucumbir a las imágenes que se sucedían a toda velocidad en la amalgama confusa de sus recuerdos.

Las cicatrices de su espalda tiraron de la piel cuando se encogió al sentir una mano sobre su cabeza. En un contacto casi imperceptible, alguien le apartó el pelo húmedo de la cara. Los ojos de un color indefinido de Gareth Maidlow se clavaron en los suyos, lo bastante fascinados y sobrecogidos como para no rehuir su mirada por fin.

Pero Ray estaba demasiado confuso como para poder recordar al cuarto invitado de Ava Strauss. No quería pensar. Su cerebro echó el telón y permitió que aquel desconocido siguiera acariciándole el pelo.

Era la segunda vez desde que llegó al Chat que dejaba que un extraño le pusiera la mano encima.

 

De lujo (Chapitre 12: Un gatito deseado)

12

-No es verdad.

-Sí que lo es.

-No.

-Sí.

-¡No me lo creo!

Chiara hace un gesto exasperado y vuelve a ponerse a hojear su libro de texto. Sacha, sentado delante de ella entre los cojines del sillón en su cuarto del nivel 1 de la Jaula, se cruza de brazos, mira a su amiga, se revuelve en el sitio. Después de un insoportable silencio, abre la boca de nuevo, pero entonces su mirada se cruza con el cuerpo apolíneo de una escultura de Praxíteles en los apuntes de Chiara, y se queda un poco pillado un instante. Chiara, por su parte, pasa la hoja y sigue apuntando cosas con su letra pequeña y apretada hasta que su compañero no puede soportarlo más y, tras un brevísimo instante de duda, se inclina sobre ella y gimotea, agobiado:

-¿Por qué lo piensas?

El cuaderno de apuntes de la recepcionista se cierra con un golpe funesto.

-¿No lo ves? Pasa media vida aquí, en la habitación de los mirones, escribiendo como un condenado en ese cuaderno que no deja ver a nadie –con una mueca, Chiara arroja sus apuntes a un lado y le dedica una mirada condescendiente a Sacha-. Sólo faltaba que lo estuviera llenando de corazoncitos para parecer una colegiala hormonada.

-Pero… envió su novela a aquel editor…

-Te equivocas, YO le envié esa novela que tenía ahí aparcada. Pero eso no tiene que ver con la libreta que lleva a todas partes. Está escribiendo otra cosa como si no hubiera un mañana, no sé qué, y creo que ya ha elegido a su muso.

Sacha frunce el ceño, abrazado a un cojín casi tan grande como él.

-¿Y qué quiere decir eso?

-Quiere decir que el lobo feroz te está quitando a tu caperucita, abuelita –replica ella, para horror del ruso-. Oh, vamos, ya lo viste el día del resacón: bajó a la Jaula con pintas de ir a hacerse una estola con la piel de Raymond y salió de allí como si se hubiera chutado un camión de prozac, diciendo que tenía que llamar a la editorial para decirles que ahora tiene otro proyecto entre manos. Estoy segura de que Ray le metió la inspiración a base de…

Chiara todavía tiene tiempo de farfullar esa última y terrible palabra, pero el cojín que abrazaba Sacha acaba de impactar en su cara y ahoga el término. Y aunque ella consigue devolvérselo (incrustándoselo en la cara también, por supuesto) no llega a oír la respuesta de su amigo, interrumpida por unos suaves toques en la puerta que los congelan en el sitio.

Sin esperar respuesta, la persona al otro lado acciona el picaporte, y la figura casi regia de Ava Strauss aparece en el umbral, arqueando inmediatamente una ceja a su secretaria, sentada en el regazo de Aleksandr y embutiéndole el cojín en la boca.

-¿Es que nadie trabaja en este maldito hotel?

-Ha empezado él –dice al punto la italiana, y cuando la espalda de Ava se vuelve rígida (y la temperatura del cuarto parece descender diez grados), Chiara se levanta como activada por un resorte y sale disparada por la puerta, no sin antes articular un silencioso “te lo dije” a su amigo.

Sacha la ve marcharse en dirección a recepción con la boca abierta, su cerebro tratando de ponerse al mismo ritmo de la sucesión de los acontecimientos. No obstante, cuando es verdaderamente consciente de la presencia de la dueña del Chat Bleu en su puerta, algo frío y viscoso parece empeñarse por abrirse paso garganta abajo.

Ava Strauss jamás hace acto de presencia en la Jaula. Y menos con esa expresión derrotada.

-Necesito que vengas a mi despacho un momento, Aleksandr –dice, y hay algo en su voz que pone los pelos de punta. Más que nada porque ni siquiera parece ni un poquito enfadada-. Derek ha vuelto al Chat

Sacha está aterrorizado.

El despacho de Ava –demasiado pequeño, demasiado oscuro-, es un lugar que ningún trabajador del Chat desea visitar jamás. La relación despacho/a-la-jodida-calle es tan estrecha que siempre es mejor mantenerse alejado de él, al menos si no quieres recibir una patada en el culo que te saque fuera del umbral del club y con la que dar con tus huesos en la fría acera. El ruso, no obstante, debería haber previsto esta visita.

Desde que Derek Zimmermann lo viera entrar borracho y mojado en su cuarto, y después de que el alemán le dijera con voz gélida aquellas cosas tan terribles (que todavía traen lágrimas a los ojos de Sacha al recordarlas), su amo se había dirigido al tan temido despacho para anunciarle a Ava que tomaría medidas al respecto. Aleksandr, al que se le había pasado la borrachera de un plumazo, pasó la noche en vela después de aquello, temiendo que su jefa apareciera de un momento a otro con una carta de despido en la mano, pero eso no ocurrió. Tres días han pasado desde aquel fatídico día, y Sacha casi se había hecho a la idea de que había salido airoso del incidente.

Hasta ahora.

-He hecho lo posible por arreglar la situación y evitar que Derek corte con nuestro acuerdo –está diciendo Ava, de brazos cruzados en mitad del corredor que lleva a su centro de operaciones. Sacha no puede concentrarse en lo que se le dice. Su mirada tiene a desviarse una y otra vez hacia esa puerta. Tras ella espera un herr enfadado que está dispuesto a arrancarlo del Chat, de su vida. Él tiembla-. Eso es todo lo que estaba en mi mano. Lo que ocurrió la otra noche… supongo que ha sido la gota que ha colmado el vaso… ¡Aleksandr, por el amor de dios, escúchame! No quiero tener que echarte del club. De verdad que no quiero. Así que intenta relajarte y colabora conmigo, ¿entendido?

Al oír esto último, el ruso se vuelve para mirarla. Ava Strauss no es una mujer que se suela prodigar en palabras bonitas, y el detalle de admitir que ha intentado evitar tener que despedirlo hace que a Sacha se le empiecen a poner vidriosos los ojillos.

Ella suspira, se pasa una mano por la cara, agarra a Sacha del hombro, lo empuja hasta la puerta, y, justo antes de abrirla y lanzarse con él a la jaula del tigre, le pide:

-Haznos un favor a los dos e intenta congraciarte con él de nuevo.

Sacha asiente, aunque en cuanto ve la figura imponente de herr Zimmermann, de espaldas a ellos en uno de los sillones del cuarto, el corazón empieza a palpitarle muy deprisa y comienza a sentirse mareado, tanto que Ava casi tiene que tirarlo a la otra silla libre.

-Disculpa la demora, Derek –a juzgar por el crujido de su asiento, Ava debe haber recuperado su sitio al otro lado del escritorio, algo que Sacha, de pronto muy interesado en las líneas de las palmas de sus manos, no ve. Sólo puede estremecerse al oír el nombre del empresario. Él y Ava son viejos amigos, aunque no sabe si eso será suficiente para salvarlo-. ¿Me recuerdas por dónde íbamos?

El silencio que se impone en el cuarto tras la pregunta dura unos sesenta incómodos segundos que obligan a Aleksandr a despegar la vista de sus manos. El corazón casi se le sale del pecho al descubrir que los ojos impasibles de herr Zimmermann están posados en su cara, un par de témpanos que parecen querer congelarle la sangre en las venas. Él oye a Ava cambiar de posición y tomar aire, dispuesta a romper ese horrible silencio, pero entonces Derek la interrumpe, su voz grave y baja golpeando a Sacha y reverberando en sus huesos.

-Veo que al menos has tenido la decencia seguir llevando mi collar. Aunque supone un desacierto que eso sea lo único que hayas decidido dejarte puesto en presencia de otros hombres.

Ah, el dolor. Las palabras lo golpean como un puñetazo en la cara, especialmente porque no son ciertas. Él siempre ha respetado su contrato con el alemán, y es eso lo que se apresura a corroborar Ava:

-Sabes que Aleksandr nunca ha quebrantado su acuerdo de exclusividad. Ni siquiera esa noche.

Derek hace un leve gesto de desdén con la mano.

-Ya, eso es lo que él dice –gruñe, ya sin mirarlo siquiera, y tras pasarse una mano por el cabello pelirrojo, añade en tono aburrido-. Ya hemos discutido esto, y no quiero volver a hacerlo.

Ava respira hondo. La tensión es apreciable en cada pequeña arruga de su cara.

-¿Qué ha pasado entonces? -inquiere, dedicándole una breve mirada a Aleksandr-. Porque este problema viene de lejos, ¿verdad? -su interlocutor parpadea despacio, pero Sacha puede ver el brillo calculador de depredador que a veces relumbra en el fondo de sus pupilas-. De hecho, creo que siempre ha estado ahí, en el fondo. Desde aquel mismo día en San Petersburgo.

El ruso siente algo extraño al oír hablar de esa noche. Sus recuerdos son algo confusos todavía hoy, y no tiene tiempo de detenerse a ahondar en ellos, porque su herr, que estaba reclinado en el sillón jugueteando con la alianza de su tercer matrimonio, acaba de incorporarse.

-Me aburre -dice simplemente, y Sacha vuelve a tener la desagradable sensación de ser golpeado en la cara.

No es que lo pille de sorpresa. La desgana con la que Derek lleva más tiempo del que le gustaría apareciendo por el club se lo ha estado insinuando. Aun así, no puede evitar emitir un quejido apenas audible, los ojos escociéndole peligrosamente.

-Te aburre -Ava vuelve a suspirar, frotándose el puente de la nariz-. Dios, Derek. Esta es una vieja discusión.

-Una vieja discusión que no tendríamos por qué haber entablado. Recuerda que te estoy haciendo un favor, querida -Sacha levanta la cabeza, ligeramente ladeada, con los ojos aún húmedos. No tiene ni la menor idea de lo que están diciendo, aunque por la forma en que Ava acaba de torcer la boca, no puede ser bueno-. Pido una cosa muy sencilla que hasta el más sucio prostíbulo de esta ciudad puede hacer el esfuerzo de ofrecer. Y sin embargo, sigo acudiendo religiosamente al Chat, porque sé perfectamente cuál es tu situación. Las facturas que te dejó herr Strauss senior debajo de la alfombra no van a pagarse solas, hein?

La forma en que su jefa está apretando sus dientes no puede ser sana.

-Todavía tengo algo de alma, monsieur Zimmermann -afirma, en voz baja, lo que provoca que Derek vuelva a levantar la mano en un ademán desdeñoso al tiempo que su espalda se pone recta sobre el respaldo.

-Entonces supongo que es hora de romper nuestro contrato con el ruso.

El nudo que llevaba largo rato cerrándole la garganta a Aleksandr parece estrecharse tan bruscamente que de repente se siente mareado y aturdido, tanto que apenas ve a Ava casi saltar de su asiento.

-¿N-no preferirías negociarlo un… ? -comienza, pero Derek está muy ocupado arreglándose los puños de su camisa de algodón egipcio.

-No -la corta tranquilamente-. No quiero negociar nada más relacionado con un asunto tan poco rentable. Aunque eso no quiere decir que no quiera seguir hablando de negocios contigo. De hecho, he de admitir que tu última adquisición no ha podido ser más acertada si lo que querías era reanimar el ambiente del club.

-¿Última adquisición? ¿Te refieres a Anita? –la voz desconcertada de Ava flota alrededor de la cabeza de Sacha, sin llegar a calar en su cerebro aturdido.

-No, estoy hablando del rubito francés que en cosa de un mes ha vuelto loca a media Jaula, un tal Daguerre…

Oír el apellido del escritor provoca que Ava casi se atragante con su propia saliva y arroja a Sacha repentinamente al mundo real.

-… ¿Louis? –está diciendo su jefa, a lo que Derek responde con un cabezazo impaciente.

-Sí, sí, como se llame. ¿Tiene algún cliente? Doblo lo que él o ella te esté ofreciendo.

Ahora le toca el turno de atragantarse a Aleksandr. Ava le lanza una mirada de advertencia fugaz antes de pasarse una mano por la frente y dedicarle una sonrisa agotada a su interlocutor.

-Lo siento, Derek, pero Monsieur Daguerre no es ese tipo de trabajador. Él está aquí para controlar a Raymond simplemente.

-Ya lo sé, lo he estado observando –replica herr de forma sorpresiva. Sacha parpadea. No puede hacer otra cosa cuando ve a su adorado alemán sacarse algo de la americana, plantarlo en la mesa y deslizarlo hasta Ava.

Es un cheque en blanco.

-¿Q-qué es esto?

-Te estoy diciendo que le pongas el precio que quieras al chaval. Estoy dispuesto a pagarlo.

-No puedo hacer eso –Ava sacude la cabeza comedidamente, pero Sacha la ve aplastar con furia una colilla en su cenicero. Él se abraza el cuerpo, mira a Derek. El alemán mantiene el semblante impertérrito-. No puedo obligar a Louis a… -ella vuelve a menear la cabeza-. No puedo.

-Y sin embargo sí que pudiste tomar la decisión de cambiar las cláusulas de mi contrato con Aleksandr sin consultarle.

De nuevo, el silencio, con Sacha muy quieto y rígido después de haber escuchado su nombre. No ha entendido mucho, no obstante. El sonido atronador de su sangre zumbándole en los oídos no le permite concentrarse.

-Lo hice por su bien –dice ella al cabo, pero ni siquiera parece convencida. Derek debe de notarlo, porque entonces se encoge de hombros y recoge el cheque, que vuelve a acabar en el fondo de su chaqueta.

-Puedes entenderlo así, si quieres, como un bien para el ruso. Pero desde luego, no va a suponer ningún beneficio para el Chat. Probablemente ni siquiera termine siéndolo para él, que con toda seguridad se quedará en la calle.

Esa última frase activa algo dentro del cerebro de Sacha, algo que toma el control de su cuerpo y lo obliga a levantarse bruscamente, casi derrumbando la silla y sobresaltando a su protectora, que se lleva una mano al pecho.

-¡No! –exclama, aunque tarda más de la cuenta en percatarse de que prometió a su jefa colaborar con ella (y eso está lejos de su idea de colaboración). Sin embargo, para cuando lo hace es demasiado tarde para arrepentirse, así que se vuelve hacia Derek, quien lo estudia con atención-. No, por favor…

Ava da un golpe en la mesa que reverbera en su cabeza, pero él está hipnotizado, ahogado en el color acerado de los iris de herr Zimmermann.

-Aleksandr, siéntate.

-Por favor –la ignora él, desesperado y sin despegar la vista del hombre que tiene su destino entre manos-. L-lo siento, yo… haré lo que sea… пожалуйста

-¡Aleksandr!

-Siéntate, chico –antes de que Derek empiece a levantar la mano, Sacha vuelve a derrumbarse en la silla, temblando y todavía con los ojos suplicantes clavados en el pelirrojo-. Es una lástima tener que dejar el club, pero las condiciones de Madame Strauss no me permiten… disfrutar de tus servicios como me gustaría

Condiciones. Ava frunce el ceño con la palabra, aunque no dice nada. Parece derrotada, arrepentida, quizá.

-Sólo quería lo mejor para ti –asegura débilmente, y ante la expresión confundida de su empleado, continúa:-. Cuando te conocí, estaba buscando a un candidato que se ajustara a las peticiones personales de Herr Zimmermann, y si te soy sincera, no pensé que tú fueras a ser ese elegido. Pero herr insistió en que te quería en el Chat, así que llegamos a un acuerdo.

Su otro interlocutor emite un sonido de asentimiento.

Frau Strauss estableció en nuestro contrato que debía cumplir las mismas condiciones que cualquier otro inquilino del club. Como sabes, estas condiciones son tres, y muy claras: la primera impide dañar de cualquier manera a un trabajador del Chat; la segunda, prohíbe coaccionar u obligar a dicho empleado a hacer nada que no quiera; y una tercera, obvia, expulsa de inmediato del club a cualquier persona que intente entablar una relación más allá de lo estrictamente profesional -Derek termina la enumeración pasándose una mano por el cabello. Sacha asiente en silencio, mientras los nervios le devoran el estómago-. Pero, evidentemente, dos de esas condiciones chocan de forma frontal con la naturaleza BDSM de nuestra “relación”, de modo que Ava concedió hacer una excepción de forma extraordinaria con nosotros eliminando del contrato la primera de ellas. Aun así…

-Aun así Derek considera que este esfuerzo que hice por él no es suficiente –irrumpe la venerable dueña del Chat Bleu en un repentino ataque de orgullo. Sacha la mira sin entender. Tiene la cabeza aturullada, llena de términos que no entiende, y el corazón encogido de miedo-. ¡Pretende convertir lo vuestro en una especie de relación de esclavitud consentida!

-Tan dramática como siempre –herr suelta una risotada, un sonido que Sacha jamás había oído en sus muchos años de trato con el alemán y manda un escalofrío que sacude cada fibra del pequeño cuerpo del rusito. Entonces las facciones afiladas de su cliente se vuelven hacia él, con ése brillo vehemente en los ojos-. Sólo quiero que renuncies a tu segundo derecho… En nuestro caso, a tu palabra de seguridad.

Oh. Oh.

Sacha parpadea. Muy despacio, al mismo ritmo que tarda su cerebro en procesar toda la información que acaba de recibir: Derek Zimmermann quiere que renuncie a su palabra de seguridad y se entregue a él por completo. La idea le hace sentir raro, como si estuviera al borde de un profundo precipicio, tentado de arrojarse al vacío pero aterrorizado al mismo tiempo. Esa palabra es la casi imperceptible línea que separa el dolor del placer, lo único que lo ata a la realidad cuando está dentro de su cuarto a solas con el alemán.

Por si fuera poco, el nombre de Kolia es su palabra de seguridad. Es poco adecuada por una infinidad de motivos, pero al mismo tiempo no puede ser otra. Dejarla supondría abandonar lo poco que le queda de su hermano.

Y sin embargo…

-Es una locura, Derek. Seguro que podemos llegar todos a un convenio que…

El asiento apenas cruje cuando Aleksandr se pone en pie por segunda vez, aunque no hace falta ningún sonido para hacer enmudecer a Ava. El ruso puede notar a la perfección los ojos de herr Zimmermann clavados en su nuca, y al hablar casi no escucha su propia voz, baja y trémula.

-Lo haré.

El golpe seco con que Derek cierra la puerta de su cuarto en el piso superior eriza todo el vello del cuerpo de un Aleksandr entumecido y atontado.

El camino a su habitación, siguiendo la estela de su herr, ha sido extraño, igual que uno de esos sueños abstractos, de los que al despertar, uno no recuerda más que unos pocos detalles. Mientras subía los escalones de la escalera de caracol semiescondida, sólo era consciente de cómo la desesperación que se había apoderado de él en el despacho de Ava se diluía para ser sustituida por una emoción distinta y vibrante. Sacha no puede ponerle nombre (su francés no llega a tanto), sólo sentirla zumbando en su sangre, y es tan intensa que lo deja aturdido y débil.

Lo único que tiene claro de lo que acaba de ocurrir es que su contrato con el alemán sigue en pie. Con todo lo que ello conlleva.

Afortunadamente, no tiene la oportunidad de detenerse a pensar en ello, porque el eco del portazo todavía no ha terminado de retumbar en la habitación cuando la voz áspera de Derek le cosquillea el cuello desprotegido.

-¿Asustado? –susurra, su aliento caliente sacudiéndole el pelo. Sacha se estremece. Da igual el tiempo que pase, o las circunstancias; la presencia del pelirrojo a su espalda resulta siempre igual de ominosa-. Te he visto muy tenso ahí abajo. ¿Pensabas que realmente iba a dejar el club?

¿Cómo? ¡Claro que lo pensaba! De hecho, aún tiene el corazón encogido de miedo, sin creerse del todo que se ha librado de terminar en la calle. Aun así, no dice nada. No sabe si su cliente está enfadado, o la escena del despacho de Ava ha supuesto una victoria para él. Derek, por su parte, interpreta su silencio como un mudo asentimiento y ríe suavemente, de nuevo ese ruido que a él le provoca un cosquilleo en la tripa.

-¿No crees que es un sinsentido montar en cólera por algo tan tonto como lo ocurrido la noche de Navidad, si puedo corregir tu comportamiento con un fustazo? –hay algo en la voz de herr, un tono casi imperceptible de humor que desconcierta a Sacha-. Con tu estúpida borrachera del otro día me diste sin quererlo la oportunidad perfecta para apretarle las tuercas a Ava Strauss –sus labios se aprietan contra la parte posterior del cuello del ruso. Sacha tiene que cerrar los ojos. La semioscuridad de su habitación ha empezado a tambalearse ante ellos-. Negocios, Aleksandr. Todo son negocios. Tu jefa puede ser un hueso duro de roer en ese sentido, pero no es idiota: sabe cuándo debe rendirse y aceptar la derrota. Y después de casi dos años de tiras y aflojas, por fin ha llegado ese momento.

Los dedos de Derek, que han estado rondando sus hombros, deslizándose por debajo de su camiseta y trepando por el cuello, alcanzan sus labios. El movimiento de esas yemas tiene una orden implícita que Aleksandr capta sin necesidad de palabras, y abre la boca para tragar sin más la pastilla, pequeña y roja, que el alemán deja sobre su lengua.

-Buen chico. No entiendo cómo Ava es incapaz de entender que no puedo dejar pasar todas las posibilidades que ofrece un putito obediente como tú.

Al terminar la frase, herr despega la mano de su cuerpo y se aleja hacia la cama, en cuyo borde toma asiento. Sacha lo observa con una excitación y un temor reverencial crecientes. Su cabeza no deja de dar vueltas al hecho de que su estoico cliente haya estado enfrentado con Ava tanto tiempo sólo por él. Por conseguir poseerlo completamente. Sólo de pensarlo se le acelera la respiración, y cuando su cliente le ordena en tono monocorde que se desnude, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos, siente que empieza a faltarle el aire.

El corazón vuelve a redoblar sus pulsaciones de forma exponencial conforme se pasa la camiseta por la cabeza y lucha por quitarse de encima los pantalones hiperceñidos, mientras nota la mirada de Derek resbalando sobre su cuerpo pequeño y pálido. Después, se queda muy quieto, viendo su ropa hecha un ovillo en el suelo y su polla dolorosamente tiesa. La sangre burbujea en sus mejillas, en su entrepierna, y quema como si tuviera fiebre.

-¿Quieres que juguemos, Aleksandr? –la pregunta lo golpea con más fuerza que ninguna fusta, lo pone en marcha, lo enciende, y durante un breve momento se siente tentado de dejarse de tonterías y gritarle que lo que quiere es que se lo folle de una vez, allí mismo, de pie si hace falta sin remilgos de ningún tipo. Al final sólo es capaz de asentir, ardiendo por dentro, al tiempo que ve a Derek ponerse en pie y acercarse despacio-. Ahora que no tenemos reglas puedo hacer que me odies en menos de un parpadeo –con el índice, le obliga a levantar la barbilla. El color acerado en los ojos del alemán queda impreso en sus retinas al instante-. ¿Recuerdas todo lo que has vivido en mis manos? Pues olvídalo. Esta noche podría doblarte como una cucharilla para el té… Pero es eso lo que quieres, ¿verdad? Lo necesitas igual que necesitas el aire que respiras.

Sí, lo necesita. Dios, lo necesita.

Da –dice, en un hilo de voz, aunque suficiente para hacer sonreír a Derek. A él el corazón le da un vuelco. Jamás había visto sonreír a su cliente.

-A la mesa. Bocarriba.

No sabe cómo, pero apenas herr ha terminado de formular su petición y él ya ha apoyado su cuerpo en la fría superficie de madera. Respirando con fuerza, como si hubiera corrido una maratón, no lo oye trastear en uno de sus armarios.

Además, está pensando en la cantidad de cosas que Derek ha querido hacerle a su cuerpo alguna vez y de las que su palabra de seguridad le ha salvado. Aunque por algún siniestro motivo, de repente ninguna de ellas le parece tan aterradora.

Tal vez la culpable sea esa pastilla sin nombre. A lo mejor sólo es su cerebro. El caso es que Derek regresa para encadenar sus muñecas a los extremos de la mesa, dejando sus músculos deliciosamente tensos y tirantes, y él sólo acierta a gemir su nombre de forma inconsciente. Herr responde chasqueando la lengua y cerrando una pinza dentada sobre un pezón, lo que le provoca un calambrazo exquisito que recorre su cuerpo de punta a punta.

-¿Cuántas veces te he dicho que no me llames así? –lo reprende el otro mientras ajusta las cintas de cuero a sus muslos y a los tobillos, unidas entre sí y manteniendo sus piernas dobladas. Entonces vuelve a clavar esos ojos inquisidores en los de Sacha y levanta la barra extensora que lleva en una mano-. ¿Vas a comportarte y abrirte de piernas o necesitas esto todavía?

Sacha abre la boca, pero para cuando lo hace la barra de metal ya separa sus piernas y él se ve inmóvil, expuesto al cualquier capricho que se le pase por la cabeza al alemán. Ahora sí, no hay nada que hacer, ninguna fórmula mágica que lo saque de allí si las cosas se ponen tensas.

El riesgo de su total entrega le hace sentir mareado, aunque Derek se las apaña para reubicar su atención en el lugar correcto con una segunda pinza. Su cliente también se asegura de haber colocado bien la primera. Tirando de ella.

Oh, joder, el dolor. Y oh, joder, el placer. Sólo en momentos como éste Sacha comprende que no son más que las dos caras de una misma moneda. Su cuerpo arde y da igual por qué o cómo, no tiene que pararse a pensar en nada, lo único que importa es a dónde lo va a llevar Derek, y la duda de si esta vez él podrá soportarlo. Ésa incertidumbre lo vuelve completamente loco.

Un chasquido. El rostro de herr se ilumina a la luz del mechero un instante antes de que la llama baje para encender una vela larga y blanca. Con el pecho subiendo y bajando frenéticamente y el vientre húmedo de preseminal, Sacha ve cómo la deja con cuidado a su lado.

-Vamos a jugar, pues –dice sin más. Con el último objeto que ha sacado del armario, un pañuelo de seda, le venda los ojos, y el mundo se vuelve negro. Aleksandr no se da cuenta, pero ha empezado a temblar. No sabe si es por el miedo o la excitación (o ambas cosas), pero a partir de ahora lo único que va a guiarlo será la voz ronca y grave de Derek… y su propia piel-. Aunque no te aseguro que no vayas a quemarte por el camino.

Tras oír esto con los labios del alemán acariciando su oreja, gime al sentir su mano enguantada volver a tirar de una de las pinzas, y sigue estremeciéndose con el camino descendente de ésta, que recorre su pecho rozando apenas las formas irregulares de las costillas, desciende por la curva suave y lisa de su vientre, esquiva deliberadamente su miembro latente y separa sus nalgas. Los dedos de esa mano tardan lo que parece una eternidad en presionar –sólo presionar- su ano, pero cuando lo hacen, él grita algo en ruso especialmente obsceno y se retuerce en el sitio todo lo que sus restricciones le permiten.

El calor lo va a matar. Es como si su corazón lo bombeara a oleadas al compás del movimiento circular de las yemas de esos dedos en su esfínter. Derek aprieta, muy despacio, cada vez más, justo hasta que está a punto de penetrarlo; entonces vuelve a empezar.

-Y-a… mételo ya… -gimotea después de unos minutos insoportables de suspiros, y estremecimientos-. ПожалуйстаPor favor…

Sin detenerse, Derek lo agarra del cabello y lo obliga a levantar la cabeza.

-¿Desde cuándo eres tú quien da las órdenes aquí? –gruñe, y justo después de que suelte su pelo algo salpica su vientre, un algo tan caliente que lo hace brincar en el sitio con un quejido-. Te dije que podías quemarte, pero nunca escuchas.

Y vuelve a castigarlo con un chorretón de ese líquido caliente, que esta vez aterriza en su pecho. Eso quema por encima del calor asfixiante de su cuerpo, pero Sacha no puede centrarse en eso, porque su herr ha decidido romper la barrera que llevaba un rato tentando maliciosamente, y hunde un dedo en su interior. Su polla empieza a palpitar con una fuerza dolorosa, Derek mete un segundo, con un ondulante movimiento de metesaca que el ruso acompaña con una original salva de súplicas. Pronto, la sustancia espesa y caliente con la que es castigado se ha extendido por sus muslos, y el dolor es lacerante y ardiente, aunque ya no sirve para cerrarle el pico. Un tercer dedo consigue abrirse paso dentro su cuerpo, y está a punto de liberarlo, pero Derek le aprieta la entrepierna y no le permite correrse.

Placer y dolor pueden ser las caras de una misma moneda, pero el segundo empieza a imponerse y Sacha no sabe si podrá resistir la tensión que intenta partirlo en dos. El alemán no bromeaba cuando decía que podría doblarlo como una cuchara.

Aunque no va a hacerlo, por supuesto.

El mundo parece detenerse un instante cuando herr deja abruptamente de follárselo con los dedos y lo libera de sus ataduras. Sus músculos se quejan al recuperar su forma original y aunque la luz de la vela, ya bastante consumida, es débil, hace contraerse de forma brusca sus pupilas dilatadas. Con los ojos húmedos, Sacha contempla un segundo el reguero de cera blanca que salpica su cuerpo. No tiene tiempo de nada más. Derek lo obliga a ponerse contra la mesa en un movimiento tan brusco que apaga la vela de un plumazo y su verga lo ensarta sin piedad, arrancándole un gemido patético y llevándolo derecho a un orgasmo avasallador a la segunda embestida.

Su cliente aún tarda bastante en llegar hasta donde está él. Bombeando sin cesar, alcanza su collar y tira de él para poner la cara del ruso a la altura de su boca.

-Hay algo que no he podido conseguir hoy, putito, y lo quiero –jadea de forma ronca y entrecortada. Entonces tiene que hacer una pausa para mandar tres espesos trallazos de esperma al interior de Aleksandr, quien los recibe sin moverse apenas, todavía demasiado ido para entender lo que ocurre a su alrededor-… tráeme al rubito… Tengo algo especial para él…

Y Sacha, cubierto de cera, lleno de la lefada del Derek Zimmermann y con la cabeza en otro mundo, muy lejos de allí, sólo puede decir que sí.

Que lo hará.

Nivel uno de la Jaula. Salón principal, lleno total esta noche. En el centro de la estancia, y sobre una mesa, Raymond está tocando el violín de forma frenética (¿Opus 16 de Wieniawski, tal vez?), para delicia de los presentes. El espectáculo del prostituto, no obstante, no es lo que interesa a Derek Zimmermann, que acaba de regresar de su satisfactoria sesión con el ruso. Ni siquiera es la lista de precios del salón, no.

Se trata más bien del rubito malhumorado que, armado con una silla, intenta hacer volver a su trabajo a su protegido.

-Es un placer volverte a ver entre los mortales, Derek –sentada a su lado, en las tinieblas del anillo exterior de sillas del salón, Maya le presta sus prismáticos de teatro dorados-. ¿Ya ha rechazado Ava tu oferta por el novato? –añade, con una risita. Él no le hace mucho caso, como es habitual. Aunque Maya ha intentado seducirlo por activa y por pasiva desde que comenzó a visitar el Chat, no es una solterona con el suficiente patrimonio como para atraer la atención del empresario. Él se lleva los prismáticos a los ojos. El objetivo enmarca la figura del rubio y la separa del salón y todos sus elementos secundarios.

-Cuéntame más de él –pide, sin despegarse de los binoculares, y casi puede oír el resoplido decepcionado de su colega.

Louis-Philippe Daguerre. De origen marsellés, tiene un hermano mayor y un padre pescador. Veintitrés, recién licenciado (con excelentes resultados), mala suerte en los negocios (incluyendo el Chat; una deuda enorme con Ava por un asunto de una alfombra persa le impide abandonar el club). Un idealista, amante de la literatura, al parecer intenta escribir sin mucho éxito…

Maya habla y habla en tono monocorde, pero Derek ha estado siguiendo la pista del francés y ya sabe todas esas cosas. Así que, mientras su compañera no cesa de enumerar detalles insignificantes, él estudia los movimientos de su objetivo, que parece haber desistido de intentar derribar a Raymond con la silla y le está azotando con su propio cinturón. Viéndolo, el alemán piensa en todo el potencial que debe tener y que él podría exprimirle, y lentamente las comisuras de sus labios comienzan a curvarse.

-… y es virgen -termina Maya, hasta hace un momento absorta en la tarea de recordar a la perfección todos los aspectos de la vida del escritor. Entonces se vuelve, ve la leve sonrisa taimada plantada en el rostro de Derek y, enrojeciendo, se apresura a añadir:-. ¡Bueno, eso es lo que cuentan! Ni siquiera creo que sea verdad, es lo que se rumorea entre los círculos de Anita, y ya sabes cómo es ella…

-Lo es.

La aseveración deja a la mujer con la boca entreabierta, en mitad de una palabra nunca dicha. Sin mirarla, Derek ensancha un poco más su sonrisa y deja los prismáticos sobre el regazo de su confidente. La música ha cesado, Louis ha conseguido arrebatarle el arco del violín a su protegido y lo pincha con él entre las costillas, y todos los presentes parecen casi más encantados con aquel espectáculo que con el recital de Raymond.

-Eso… es imposible saberlo, Derek -consigue articular finalmente Maya, dirigiendo la vista al mismo punto que el alemán.

Herr Zimmermann, por su parte, acaba de ponerse en pie. Sus ojos acerados recaen un instante en ella antes de volver a dirigirse al centro de la sala.

-Siempre es posible saberlo, chére –afirma, con evidente satisfacción, mientras se arregla la corbata-. Y él tiene esa misma aura de antes de que alguien lo empotre contra el somier por primera vez.

El alemán dice esto de espaldas a su compañera, la mirada fija en la figura trajeada del escritor. Y mientras se rasca con el índice un pegote de cera, piensa que no hay nada que le apetezca más que ser aquel que empotre primero contra el colchón a Louis Daguerre.

Acabo de clavarle el arco en el hígado a Raymond en una estocada victoriosa que lo arroja sobre un cúmulo de empresarios encantados de poder sobarlo a conciencia. Triunfal, apoyo un pie en la silla y enarbolo mi arma, rodeado de una salva de aplausos que confirman la victoria sobre mi protégé.

-Diez-once, Raymond. Estás perdiendo facultades –digo, mientras veo orgulloso cómo el dinero de las apuestas pasa de mano en mano a nuestro alrededor. Mientras me regodeo, la mano de Ray emerge de entre la muchedumbre que está sobándolo, el dedo corazón en alto, y yo frunzo el ceño.

-Son diez-diez, en realidad –traduce uno de sus adláteres, y entonces mi protégé levanta el dedo gordo en señal de aprobación.

-Y una mierda.

Raymond, que acaba de sacar la cabeza de entre la marea de brazos, chasca la lengua y me replica algo relacionado con mi mal perder, pero yo ya no lo escucho. Hay algo extraño en el ambiente. De pronto la temperatura del salón parece haber descendido a la mitad, y un violento escalofrío me recorre el espinazo. Con un picor insistente naciendo en mi nuca y la irritante voz de Raymond de fondo, vuelvo la cabeza.

Alguien me está atravesando con la mirada desde el otro lado del salón, un pelirrojo trajeado que, al saberse descubierto, sonríe lentamente. Y no sé por qué, pero esa sonrisa me pone los pelos de punta…

-Eh, ¿qué miras? -La voz de Raymond en mi oreja casi me provoca un paro cardiaco. De alguna manera, ha conseguido librarse de sus adoradores, y su jeta asoma por encima de mi hombro, escudriñando la misma dirección que yo.

No es lo que yo miro. Es quién me mira, y el que lo haga como si quisiera… yo qué sé.

-N-nada –farfullo, y meneo la cabeza, rozando su cara en el proceso, mientras le asesto un codazo en la tripa-. Te he ganado, así que vuelve a tu maldito trabajo.

Y, sin hacer caso de la gente que intenta volver a toquetearlo, lo empujo hacia las habitaciones. Aunque justo antes de desaparecer entre las cortinas no puedo evitar volver la vista atrás, a tiempo para ver esos ojos gélidos clavarse en los míos una vez más antes de desaparecer entre la muchedumbre del salón.

La terraza del Chat está vacía –hace tiempo que cerró para los clientes-, pero eso no importa mucho a Sacha, derrengado de cualquier manera sobre una silla y con la mejilla apoyada en la madera de caoba de la mesa. No quiere a nadie cerca que lo vea digerir la amalgama de sentimientos que le ha provocado su sesión con Derek. No hay ni un solo ápice de felicidad en su cuerpo, sólo vacío.

No entiende por qué está tan deprimido. Sabe que debería estar brincando de alegría, ahora que se ha librado de la calle, pero por algún motivo no puede. Desde hace unas horas le pertenece a Derek en espíritu y cuerpo, acaba de experimentar sólo una décima parte de todo el placer que éste va a provocarle, ¿qué más podría pedir? ¿Qué más podría necesitar? Y sin embargo… Sin embargo la voz de su herr sigue resonando en sus oídos y haciendo vibrar sus terminaciones nerviosas, en una petición que sólo lo deja confundido.

¿Confundido… o celoso?

Cierra los ojos, con la cabeza hecha un lío. Todavía tiene que pasar un rato sumido en silencio, poniendo en orden sus pensamientos, antes de que decida sorberse la nariz, en un ruido que retumba en el patio vacío, y enjugarse los lagrimones, despegando la cabeza de la mesa. Todavía no se le ha pasado el dolor punzante de su cuerpo, algo que quizá tenga que ver con los cuarenta y cinco minutos que ha pasado en su cuarto tratando de rascar la cera de su trasero y muslos. Sus esfuerzos, por supuesto, han resultado infructuosos. Ahora le escuece todo el cuerpo, y eso no hace más que aumentar su desdicha.

¿Por qué está su amo tan interesado en Louis, si lo tiene a él?

¿Y por qué se siente tan solo, a pesar de todo?

Un suave golpe en la mesa interrumpe la perorata de preguntas sin respuesta que la mente de Sacha se encargaba de fabricar a un ritmo incansable. Alguien ha plantado un bollo impecablemente decorado con azúcar glasé delante de sus narices. El ruso parpadea, desconcertado, y cuando levanta la barbilla para encontrarse con el autor de tal presente, se topa con un imponente metro noventa de hombre.

Un imponente metro noventa de hombre con delantal.

-Estaba trabajando en la cocina, y llevo un rato viéndote aquí solo –le dice, con una voz sorprendentemente suave y amistosa para su enorme tamaño, al tiempo que señala algo a su espalda. Sacha, mudo, sigue la dirección de su dedo y se topa, efectivamente, con las puertas acristaladas de las cocinas del club-. Eh… aunque no quiero inmiscuirme en los asuntos de los demás, estoy seguro de que sea lo que sea que te preocupa, tiene solución. Probablemente yo no pueda dártela, pero… -el ruso lo ve encogerse de hombros, de forma casi tímida, y darle un suave toquecito al bollo. Entonces el desconocido le sonríe un poco, y Sacha nota cómo se le descuelga la mandíbula-. Tal vez ayude esto. Si quieres más, estaré ahí atrás. Pero no llores más, ¿vale?

Y mesándose el pelo rubio y rizado, hace un breve gesto de despedida y vuelve por donde vino, dejando a Aleksandr con la boca todavía entreabierta y un bollo sobre la mesa.

-Como vuelvas a intentar meterme la lengua hasta la laringe otra vez, te la arranco y me la trago.

-Aw, gatito, ¿es que no habías pasado antes por debajo del muérdago?

-No. Y camina, maldita sea. Ava va a matarnos.

-En todo caso, te mataría a ti.

Porque soy el único de los dos que no quiere hacer su trabajo, ¿verdad?

Gruño, aunque el condenado tiene razón, y sigo empujándolo a trompicones. Raymond se ha dejado caer sobre mis brazos y no hace absolutamente nada por dejarse arrastrar. Es muy colaborador, como veis.

No puedo imaginar por qué está tan empeñado en no hacer sus obligaciones hoy, pero está empezando a tocarme… la moral.

-Camina y calla.

Y sigo avanzando hasta su puerta, la número 4a, pero al llegar él clava los talones en el suelo y yo me como su espalda y me dejo la nariz incrustada entre sus omóplatos.

-Bueeeeeeno, fin del trayecto –dice, al tiempo que me despega de su cuerpo y me deja plantado a un metro-. Ya tienes lo que quieres, gatito, eres un excelente trabajador –sonríe, dejando al descubierto dos hileras blancas de dientes-. Adióooos.

Ni de coña.

-¿Piensas que soy imbécil? Yo no me largo hasta que entres ahí.

-Byebye.

-Ya nos conocemos.

Arrivederci.

No pienso moverme de aquí.

Ray parpadea, igual que un gatito abandonado bajo la lluvia. Yo me cruzo de brazos. Y acto seguido, me lanzo sobre él, acciono el picaporte y nos lanzo dentro a los dos.

Nada más entrar, sé que me arrepentiré de haber hecho lo que acabo de hacer. El estruendo de una silla golpeando el suelo nos deja paralizados en el sitio es la primera señal, pero el vozarrón que me sacude todo el cuerpo hasta la misma punta del pelo termina de confirmármelo.

-¡Mira quién se atreve a aparecer de una jodida vez! –su dueño, un tipo ya mayor pero enorme (tanto a lo ancho como a lo alto) parece a punto de reventar de la ira. Nunca he visto a nadie tan furioso por un retraso de mi protégé, quien, por cierto, está tan inmóvil como yo, cada músculo de su cuerpo en cuidadosa tensión-. ¿Piensas que tengo todo el tiempo del mundo para dedicárselo es exclusiva a un puto arrogante y narcisista?

Me gustaría intervenir y decir cualquier cosa para apaciguar al hombre rubicundo y amenazante, pero no tengo tiempo. El bofetón retumba en mis oídos y en todo el cuarto, y lo único que puedo hacer al respecto es ver a Ray inclinarse bruscamente hacia un lado y oír sin llegar a entender un nuevo torrente de palabras iracundas. Y todo es confuso, porque entonces, de improviso, me encuentro sujetando a mi protégé y levantando una mano, como una barrera que se interpone entre nosotros y el tipo.

-¡Eh, basta! Tranquilícese, ¿me oye?

El caos parece suspenderse un instante en el tiempo; de hecho, la mano del cliente ha quedado congelada también, aunque la cosa dura sólo un instante que parece más bien una mala jugada de mis sentidos.

-¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro? –me ruge, y a mí me llega una vaharada caliente de alcohol con su aliento-. ¡Vete a joder a otra parte!

-No voy a ir a ningún sitio hasta que…

Jamás terminaré la frase, porque Raymond, que ha vuelto a la vida, me agarra por los hombros y me arrastra hacia la puerta.

-Ya, ya se iba, Monsieur Maidlow –está diciendo. Sus pupilas, algo dilatadas, se centran en las mías con intensidad, pero la sangre que le salpica la herida reabierta del labio llama más la atención-. Vete, Louis. Vamos –me conmina, ya en el umbral, y yo abro la boca para protestar, una vez más, sin éxito-. Está bien. Todo irá bien.

Y tuerce un poco la boca hacia arriba antes de cerrarme la puerta en la cara y echar el pestillo. Aunque sé que es demasiado tarde para hacer nada, no puedo evitar abalanzarme sobre éste y sacudirlo con furia.

-¡Raymond! –grito a la puerta, como un idiota-. ¡Ray, ábreme, joder!

Es inútil, por supuesto, igual que quedarme muy quieto para tratar de escuchar algo del interior. Tardo demasiado tiempo en recordar que todas las habitaciones de la Jaula están perfectamente insonorizadas, pero es que mi cerebro está demasiado ocupado dándole vueltas una y otra vez al mismo nombre.

Maidlow. Maidlow.

En un último intento desesperado, me lanzo sobre la puerta de la habitación de mirones, y es abrirla y llegarme la voz de aquel animal, incluso a través del grueso cristal que separa las habitaciones. La imagen no es mucho mejor, y aunque el respaldo del sofá sobre el que está doblado Raymond me tapa gran parte de la escena, lo agradezco.

-¿Crees que puedes hacer lo qué te dé la gana? –el tipo lo agarra del cabello y vuelve a empotrarlo contra el sofá. Lo único que hace Ray en respuesta es hundir los dedos en el respaldo, los ojos fijos en algún punto indeterminado del espacio y la mandíbula rígida-. ¿Crees que puedes extorsionar a mi hijo como lo hiciste el otro día e irte de rositas?

En un acceso de locura pienso en romper el cristal con la única silla del cuarto, aunque muy en el fondo sé que eso sería estúpido y sólo empeoraría las cosas. Aun así tengo que obligarme a detenerme en el último momento, con ella ya en las manos.

-Eras una mierda el día que llegaste aquí y sigues siendo una mierda seis años después… y espero que no se te vuelva a olvidar eso, porque… si se te ocurre acudir a Ava y contarle lo de Gareth, pienso hacer de tu vida un puto infierno…

La impotencia me sube por la garganta y me deja casi sin respiración cuando por fin decido entrar en razón y darme cuenta de la obviedad. Soy yo quien lo ha metido ahí dentro.

Y no puedo hacer nada para remediarlo ya.

De lujo (Chapitre 11: Un gatito recompensado)

11

Es mediodía, y en el pequeño patio interior del Chat se solazan damas y caballeros distinguidos bajo la tibia luz de diciembre, que se cuela a través de la monstruosa cristalera del techo. Normalmente, cada uno de esos pedantes estaría regodeándose en la absurda banalidad de sus problemas, pero hoy tienen algo más interesante de lo que cuchichear, claro. Si los oigo desde aquí, maldita sea, y siento sus miradas clavándose en mi nuca y atravesándome. Queman como la luz del sol

¿Dónde quedaron esos magníficos modales de los que tanto alardeáis, snobs de pacotilla?

-Louis, ¿quieres hacer el favor de quitarte eso de la cabeza y sentarte derecho? Están mirándonos.

La voz de Chiara se eleva por encima de todos los cuchicheos, me trepana el cráneo y le pega una patada indolente a mi cerebro. Yo gruño sin despegar la cara de la mesita de madera, y me aprieto esa cosa (mi viejo abrigo recién rescatado) aún más contra la cabeza.

-Esa cosa es mi abrigo –replico, con voz pastosa. Tengo la lengua hecha un pan y la cabeza palpitante-. Esto es lo que quieren, espectáculo, ¿no? –Chiara resopla y yo me asomo por debajo del abrigo. El sol me fríe las retinas-. En cualquier caso, ¿por qué me echas la bronca a mí si el que está dejando la mesa llena de moco es él?

Enfrente de mí, Sacha se sacude bajo mi dedo acusador y, como para corroborar mis palabras, suelta un hipido y se sorbe ruidosamente la nariz. Tiene incluso peor aspecto que yo: su pelo platino –siempre impecablemente liso- muestra ahora su verdadera naturaleza, encrespado y salvaje; y parece un mapache resabiado, con ésas ojeras y los ojos irritados. Él también ha tenido una noche desastrosa. No hemos podido descifrar el noventa por ciento de sus balbuceos, pero la cosa tiene algo que ver con tropezarse y llenar de barro a una dama en la fiesta del Chat, y en particular con provocar la ira de herr. Por lo que cuentan las malas lenguas (esto es, la zorra de Anita y compañía), las cosas entre Sacha y Derek están algo tensas, de manera que encontrarse a su prostituto privado hecho unos zorros y completamente borracho sin su permiso debe haber crispado un poco más todavía a Monsieur Zimmerman. El aire desastrado que rodea a Sacha lo demuestra sin necesidad de más explicaciones.

Aun así, sigue habiendo algo encantador en la forma en que se restriega la nariz enrojecida antes de volver a prorrumpir en sollozos incoherentes.

Chiara me tira una horquilla a la cabeza.

-Ya la has fastidiado –me reprende, mientras le arroja de forma mecánica el vigésimo pañuelo de papel al rusito. Después me fulmina con la mirada. De nosotros tres, Chiara es la que mejor ha sobrevivido a la noche del desfase absurdo de Navidad. De hecho, asegura haberse largado derecha a la cama poco después de dejar su casa Sacha y yo. Y me lo creo, claro. No se me ocurren muchos más sitios en los que puedan haberle dejado ése chupetón del tamaño de Asia Menor que luce justo debajo de la oreja.

-Louis malo –solloza Sacha, e inmediatamente comienza a desbarrar, preguntándose qué demonios va a hacer si Derek no vuelve nunca más al Chat.

Chiara no parece hacerle mucho más caso del que lleva haciéndole toda la mañana. En lugar de eso, asiente y tira de mi abrigo con malevolencia. Cuando el sol me da de pleno en la cara, siento cómo mi cerebro empieza a fundirse.

-Sí, Louis malo y amargado –dice mientras, aunque sus labios fruncidos se relajan un tanto justo después, y alarga la mano para tocarme en un gesto consolador que suele dedicarle a menudo a Sacha-. Oye, por lo que sé, esta mañana Ray trabaja porque tiene un encargo especial de un cliente habitual. No va a saltárselo ni nada, como otras veces, así que deberías mover tu culo de vuelta a la habitación y dormir la mona hasta que cambies el chip de maricón menopáusico.

Ante eso, sacudo la cabeza. Sí, es cierto que mi protégé tiene trabajo extraordinario esta mañana; Ava se ha encargado de informarme de ello por busca (a las seis de la mañana, por cierto). Pero no es eso lo que me preocupa.

Me he despertado en la cama de Raymond, con la cabeza a punto de implosionar, mis recuerdos más tempranos de la noche anterior hechos pedacitos como un puzle irresoluto (el resto de la velada es una página en blanco), y una mancha sospechosa en la cara. Y todavía ahora sigo sin saber por qué me emborraché anoche.

No voy a deciros qué se me pasó por la cabeza en ese momento, porque ya tengo bastante con los cuchicheos que se escurren por los pasillos del Chat. Me ponen los pelos de punta.

-Es fácil decirlo –comienzo, cansado. Me pongo en pie con los ojos entrecerrados y hago un gesto obsceno a los tipos de la mesa más cercana, que se habían inclinado para no perderse un detalle de la conversación. Esto me costará otra bajada de sueldo, pero ¿y lo a gusto que acabo de quedarme?-. En fin. Si ninguno de los dos tenéis ni idea de si es verdad eso de que me pasé media noche en la Jaula travestido de Carmen Electra y con Raymond entre las piernas, creo que no tengo nada más que hacer aquí.

Y dicho esto, e ignorando los comentarios airados de los espectadores a los que acabo de agraviar, doy media vuelta sobre mis talones y desaparezco del patio.

Unas horas antes, barrio de Montparnasse.

Un insidioso teléfono sonando sin parar despierta a Édouard.

Él oye el tono retumbar en su apartamento vacío, enredado bocabajo en sus sábanas. Rezonga, y aprieta la cara contra la almohada hasta que salta el contestador y una voz femenina, distorsionada por el aparato, le llega desde el salón.

-Ed, soy Olivia. He visto que no estás por la oficina y tampoco hemos podido ponernos en contacto con el escritor, así que me preguntaba si algo fue mal con él. Sé que tenías algunos cambios que proponer en el manuscrito, y no tengo nada en contra de ellos, pero ya sabes lo sensibles que se ponen algunos escritores cuando se habla de modificar sus obras. Pero bueno, estoy segura de que habrás sabido manejar la situación… y, eh… Querría saber si ya has decidido algo acerca de lo de esta noche. Tenía el teléfono del sitio en la mano y… ya sabes cómo se pone ése restaurante si no reservas al menos antes de mediodía… En fin. ¿Podrías llamarme en cuanto oigas este mensaje? Te estaría muy agradecida…

El contestador pita, cortando la frase, y Édouard gruñe, todavía con la cara pegada a la almohada. Olivia, su editora jefe, es normalmente una mujer implacable en lo que se refiere al mundo editorial, pero con él parece descolocarse, perderse. A Édouard le sorprendió muy gratamente que una mujer del calibre de Olivia, atractiva e independiente, estuviera intentando llevárselo a la cama. Eso le hacía sentir importante al principio, empezó a incomodarle después, y ahora sólo le proporciona una culpabilidad constante. Y esa sensación le trae muy malos recuerdos.

Muy a su pesar, hace el esfuerzo de rodar en su cama, hasta que queda tumbado en el borde. El espejo dentro de su armario le devuelve una imagen desastrosa de sí mismo. En calzoncillos, ojeroso y con el pelo totalmente enredado y revuelto, Édouard se observa en el espejo un instante. Luego vuelve la vista y vuelve a refunfuñar al tiempo que se incorpora, sentándose en el borde del colchón. Está siendo egoísta y descuidado, pero lo último que le apetece es ir a la oficina a encararse con Olivia y decirle que dejó colgado a su escritor por perseguir a un fantasma de la adolescencia.

O un error. Un error, eso es.

Con algo de esfuerzo, se pone en pie y cierra el armario. Lo que sea con tal de no verse más reflejado en el espejo. Tratando de no pensar en nada, deja la habitación. Sus pies desnudos hacen un ruido sordo al golpear el suelo helado cuando camina hasta la cocina, todavía en penumbra. Mientras trastea con la cafetera, su madre enfurecida le espeta algo desde el teléfono. Él alcanza la lata de café con la perorata de la mujer de fondo. Como siempre, ha desconectado hace rato, y sólo oye un ruido sordo en alguna parte. Ya hace mucho que su madre lo atosiga con la misma cantinela y se sabe ya de memoria todos sus sermones.

Con movimientos mecánicos abre la nevera para encontrarse con un paraje desolador. Él frunce el ceño mientras olfatea un cartón de leche abierto.

-… disgusto. Todavía no puedo creerme que le dijeras esas cosas horribles a tu padre. Sólo quería ayudarte con Monsieur Lagard…

Édouard da el aprobado raspado al cartón, que deja junto a la cafetera, y se dispone a rebuscar en todos los armarios. La única rebanada de pan que queda, medio escondida detrás de unos envases vacíos, está tan dura que podría usarse perfectamente para cortar diamante. Él la vuelve a dejar donde está, suspirando, y se centra en la cafetera.

-… no te hemos criado para que te comportes como un engreído desconsiderado! Quizá Monsieur Lagard tenga razón y ese “amigo” tuyo también te lavó el…

El agua rompe a hervir. Édouard se sirve el café derramando gran parte sobre el fogón y se arrastra sin molestarse en buscar nada más para desayunar hacia el sofá. Hace tiempo que renovó todo el mobiliario del piso, pero eso… de eso no fue capaz de deshacerse.

Con la mente hecha un barullo, da un sorbo al café y deja inmediatamente la taza en la mesa auxiliar. Está asqueroso, como siempre.

-… volver con Monsieur Lagard. Por favor. Tu padre y yo sabemos que puedes cambiar. Tienes que entender que estás viviendo de forma equivocada. Sé que sigues intentando convencerte de que estás bien, pero no es así. Ese… ese tipo te ha convencido de algo que no eres. Estás torcido, Édouard. Estás torcido. Deja que…

Un pitido. Fin del mensaje. Otro pitido. Tiene un mensaje nuevo. Édouard alarga el brazo y desconecta el aparato.

Estás torcido.

Se frotó los ojos, y luego miró alrededor. La penumbra reina en el cuarto, pero la débil luz que se filtra por las cortinas cae sobre su apartamento diminuto y hecho polvo. Édouard lo observa todo en silencio.

Hace dos semanas que dejó de visitar a Monsieur Lagard. Había dicho cosas desagradables de Louis y… ¿qué sabía ése tío de Louis? Sólo era un don nadie que estaba cobrando una pasta a sus padres por intentar devolverlo a la normalidad. Le había costado tener una desagradable discusión con ellos, pero no quería volver a ver a ese impostor fracasado. Quería a Louis.

Pero Louis no lo quería a él.

Así que, ¿ahora qué?

Está tan perdido.

Despacio, recoge su abrigo, que la noche anterior había dejado abandonado en el respaldo del sofá. Y ahí sigue el sobrecito, dentro de uno de sus bolsillos. No lo ha soñado. Los remates dorados de la tarjeta que escondía el sobre relumbran en la penumbra de forma casi desafiante. Édouard no sabría decir en qué momento apareció aquello en su bolsillo, pero está seguro de que tuvo que ser anoche, poco después de su encuentro con Louis en el club.

Pensativo, da vueltas a la tarjeta entre los dedos. Se ha grabado a fuego en la memoria cada uno de los delicados trazos en tinta dorada, pero aun así la desdobla y vuelve a leer la impecable caligrafía con avidez.

20:30, mañana en la Sala Azul del Groupe Partouche. Venga solo. Por lo que sé, el asunto a tratar puede serle de alto interés.

Atte.

G.M.

Él se muerde el labio y deja la nota a un lado, las palabras llenas de florituras rondándole la cabeza. Entonces alarga el brazo y recoge algo que dejó sobre la mesa la noche anterior. El pliegue de papel, que también estaba dentro del sobre que alguien se había encargado de hacer aparecer en su abrigo, pesaba horriblemente entre sus dedos. Aquí está el quid de la cuestión, que él desdobla con cuidado.

La fotografía se despliega ante sus ojos por segunda vez, y la imagen medio difusa de Louis bajo la lluvia torrencial lo golpea. El desliza el pulgar, con la uña mordisqueada, sobre la cara enfurruñada del rubio. Y aunque a su lado está ese tipo odioso del bar, no puede evitar una dolorosa y al mismo tiempo agradable punzada en el pecho.

¿Qué es esto? ¿Una amenaza? ¿En qué está metido, para que alguien le cite a él en un exclusivo casino de París?

Casi de casualidad, recuerda la frase del acompañante de Louis en La Madriguera: No sería mucho más rico de lo que soy ahora…

Rico.

¿Estaría aquel tipo tan desagradable en algún asunto turbio? ¿Mafias? ¿Drogas?

Édouard no quiere pensarlo, pero ahí está el sobre, con su contenido esparcido por la mesa como los restos de algún sacrificio ritual.

Ocho y media en el Groupe Partouche.

Ven solo.

Un tirón de adrenalina y temor le sube por la garganta cuando deja a un lado la foto y, olvidando las hirientes palabras de su madre, consulta el reloj.

Todavía tiene veinte minutos. Si coge el metro quizá llegue al casino.

Clavado en el asiento, la fugaz tentación de volver a la cama y olvidarse de todo cruza su cerebro, pero entonces recuerda a su padre volviéndole la cara y negándose a hablar con él, a su madre atestándole de mensajes incendiarios el contestador, al impresentable de Monsieur Lagard, que tiene la desfachatez de autodeclararse médico.

Aun así, y a pesar de estar luchando desesperadamente por encasquetarse la primera camisa que ha visto, antes de salir por la puerta necesita detenerse un para enterrar la cara en el sofá, sólo un instante. Y como de costumbre, no puede evitar sentirse decepcionado.

Ni siquiera en el viejo mueble lleno de muelles sueltos queda nada ya de Louis.

Los pasillos del primer nivel de la Jaula están muy tranquilos (más de lo normal), y me alegra no toparme con nadie de camino al cuarto de mi protégé. Mi resaca de esta mañana se ha convertido en una migraña terrible, y lo último que me apetece ahora es encontrarme con otro millonario aburrido y con ganas de carne fresca que se interese por la orgía sado que -se supone- se celebró en mi cuarto anoche.

Me molestaría tener que admitir que ni yo tengo ni idea de si realmente eso tuvo lugar.

Refunfuño entre dientes. No me apetece nada encararme ahora con Raymond y darme de bruces con esa maldita sonrisa suficiente suya, pero no tengo más remedio que hacerlo. Por más que he preguntado por ahí, por más que he luchado por sacar algo de mi memoria, todos mis recuerdos de anoche se reducen a unos tristes retazos de la fiesta de Chiara. Y eso, si os soy sincero, no saber qué hice con mi vida ayer me inquieta un poco.

En realidad, me pone los pelos de punta.

Llego al minúsculo pasillito lateral en el que está encajada la habitación de Ray, cada segundo que pasa de peor humor y nefasto dolor de cabeza.

Aunque un estruendo y una exclamación ahogada provenientes del cuarto de mi protégé pronto consiguen arrancarme parcialmente de la mente lo que estaba pensando.

No sé por qué, pero con el ruido de pronto me asalta un mal presentimiento, y sin recapacitar mucho lo que hago, acciono el picaporte de la primera puerta que se me pone a tiro para precipitarme dentro del cuartito equivocado. Y lo primero que veo nada más entrar en la habitación de voyeurs es impactante, tanto que me quedo parado de pie en mitad de la estancia, la cabeza torcida como haría Sacha y una expresión estúpida en la cara.

Lo que estoy viendo es desconcertante y algo alarmante a un tiempo.

Desconcertante, porque mi protégé acaba de estampar contra el cristal a un tipo grande como un armario empotrado, dos cabezas más alto que él. Y alarmante, porque ese señor tan enorme al que está sujetando de la pechera tiene toda la pinta de ser su cliente.

Debería hacer algo. Debería hacerlo ahora mismo, pero entonces oigo sus voces a través del telefonillo de la pared, que con el golpe debe de haberse descolgado, y mi primer impulso es quedarme quieto y escuchar…

-¿Crees que es divertido? –está diciendo mi protégé, con la cara a escasos centímetros de la de su víctima, un hombre alto y moreno que no se mueve un ápice. Yo agarro el telefonillo y me lo llevo a la oreja, y ahora sí, la voz de Raymond es perfectamente audible-. ¿Crees que con tu juego de detectives vas a salvar a un pobre puto como yo, Maidlow? ¿O a lo mejor lo único que buscas es tratar de demostrarle al mundo que no quieres ser el típico pijo malcriado y podrido de pasta? –el tal Maidlow tensa la mandíbula, pero no se mueve un centímetro. Desde aquí atrás no puedo verle la cara, pero no parece realmente asustado, ni siquiera enfadado.

Curioso.

-Ray, te equivocas, yo…

Mi protégé vuelve a golpearlo contra el vidrio, sobresaltándonos a los dos. Él tampoco tiene pinta de estar irritado, pero muestra una expresión extraña, sin esa sonrisa odiosa suya, como si estuviera aburrido de todo. Ahora que lo veo de cerca, me doy cuenta de que tiene el labio partido y un ojo rodeado de una aureola púrpura.

Qué has hecho ahora, maldita sea.

-Me aburres, Maidlow –continúa el prostituto, y sin dar lugar a que su cliente, nervioso de repente, llegue a decir nada, le golpea suavemente el pecho con el dorso de la mano y le da la espalda, soltándolo-. No hace falta que vuelvas a venir el mes que viene. Byebye, Excelencia.

El otro tipo se endereza bruscamente y se pasa una mano por el pelo oscuro, para enseguida restregarse la cara. Sus palabras resuenan en mis oídos un poco temblorosas, desesperadas.

-No puedes hacer eso.

Ray, que estaba a medio camino de ir a alguna parte en la habitación, se detiene. Con las manos en los bolsillos y casi sin volverse, le dedica a su cliente una mueca sesgada, como el filo de una cimitarra.

Es una sonrisa algo desagradable.

-Me pregunto qué diría Ava si descubriera que uno de sus clientes más fieles lo es sólo porque está enamorado de uno de sus trabajadores –dice, arrastrando las palabras y haciendo un gesto difícil de clasificar con una mano. Yo me quedo congelado. Su interlocutor, mudo -. ¿Cuántas normas de vuestro contrato infringe eso, eh, Excelencia? Porque eso es lo que os hace firmar a todos Ava Strauss, ¿verdad? Tres condiciones de servicio inquebrantables. Las recuerda, ¿verdad, caballero?

Espera, ¿qué?

Maidlow respira con fuerza. Es un sonido áspero en el telefonillo. Yo contengo el aliento.

Ya no sé muy bien por qué había venido. Pero no importa.

Estúpida curiosidad de escritor. Estúpida y sensual curiosidad.

-Raymond…

-¿La recuerdas, Gareth?

El tipo cierra la boca, aprieta y afloja los puños, y tras lo que parece una ardua lucha interna, asiente, los dientes apretados. Entonces, mi protégé vuelve a sonreír, y me parece que mueve los labios, pero el telefonillo no capta nada, así que supongo que lo he imaginado. Con pasos sinuosos, lo veo sortear la cama y desaparecer tras unas cortinas; y para cuando vuelvo la vista hacia atrás, buscando a su cliente, me sorprende darme cuenta de que el tipo se ha esfumado del cuarto como el humo.

¿Qué cojones…?

Frustrado, vuelvo a arrojar mi cuerpo contra la puerta, y, aunque cuando salgo al pasillo tampoco veo ningún rastro del tipo, puedo oír sus pasos apresurándose escaleras arribas.

Genial. Por lo menos no me estoy volviendo loco.

Suspiro. Mi cabeza me está matando, y el pensar en que probablemente ahora tenga que subir al despacho de Ava a reportar el incidente que acabo de presenciar me pone enfermo. Por suerte –o por desgracia-, justo cuando estoy a punto de arrastrarme arriba de nuevo, un sonido proveniente del cuarto de Raymond me clava en el sitio.

Parece música.

Sinceramente, tengo la cabeza como si se celebrara dentro un guateque de monos con rabia, y no me apetece lidiar con Ava y sus condiciones de servicio, así que, sin detenerme a pensarlo mucho, abro con cuidado la puerta entreabierta de la habitación. Nunca he estado dentro, pero (y aunque me cueste admitirlo) he pasado demasiados días acurrucado en la sala para voyeurs, estudiando los movimientos de mi protégé, así que las formas oscuras del cuarto me resultan familiares. Aun así, el ambiente denso, cargado de sexo que se respira entre estas cuatro paredes es algo totalmente nuevo para mí. Frotándome la sien, intento no empaparme demasiado en ello y sorteo elementos anodinos de mobiliario, siguiendo la fuente del sonido.

Desde luego, es música.

Detrás de la cama, y cubierta por un grueso cortinaje púrpura, hay una puerta imposible de ver desde el otro cuarto. La madera es oscura, sin vetas apenas, muy bien pulida, un trabajo muy decente de algún buen ebanista. Yo, plantado delante, suspiro, me pellizco el entrecejo. Y acciono el picaporte.

Nada más abrir la puerta, la música se cuela por el vano y me golpea con la fuerza suficiente como para dejarme totalmente atontado, de pie entre una y otra habitación, al tiempo que un fogonazo de luz blanca termina de dejarme ciego y hace puré mis maltratadas pupilas.

Mis ojos tardan un par de segundos en acostumbrarse al foco de luz, proveniente de una lámpara tirada en un rincón del pequeño cuarto al que acabo de entrar, y cuando lo hacen puedo distinguir las formas irregulares de unos estantes atestados que cubren el noventa por ciento de las paredes. Hay discos, de un gusto tan ecléctico que resulta extraño (Ravel y Hendrix comparten estantería), y efectos personales igual de variados. Al dar un paso, el suelo alfombrado de folios arrugados se hunde un poco bajo mis pies, y veo dos, tres guitarras bien protegidas en sus fundas, además de algo dentro de una carcasa que parece ser un saxofón. Y, en el mismo centro, está mi protégé.

Yo me quedo muy quieto.

El piano de cola ocupa una cantidad ridícula de espacio en el cuartito, pero a Raymond, descamisado en la banqueta, no parece provocarle ninguna claustrofobia. Lo confirma la forma apenas perceptible en que mueve la cabeza con cada cambio de acorde; el movimiento ondulante y relajado de los músculos de sus hombros bajo la piel, sincronizado con la cadencia perfecta de la composición. Ni siquiera parece percatarse de que tiene un espectador improvisado, de modo que sus dedos siguen deslizándose sobre las teclas de forma ininterrumpida, regalándome una interpretación privada de música impresionista.

Aunque la pieza me resulta vagamente familiar, no me esfuerzo en recordar el nombre. Simplemente me limito a apoyarme con discreción en el marco de la puerta y a escuchar.

Y es extraño, porque por un fugaz instante siento lo más parecido a la catarsis desde que llegué al Chat, pero cuando Raymond termina la pieza y empieza a tocar otra cosa, lenta y suave, algo parecido a una bola de incomodidad empieza a subirme por la garganta. No sabría decir muy bien por qué. Supongo que tendrá que ver con haber irrumpido de pronto en lo que parece el único y verdadero espacio privado de mi protégé, aquel no contaminado por la presencia de clientes molestos y su trabajo, y que a mí me deja un poco fuera de lugar. O quizá sea algo más profundo, relacionado con la desconcertante delicadeza con la que pulsa las teclas, que no se corresponde muy bien con esa sonrisa extraña y ácida que le dedicó, minutos antes, a aquel hombre. Realmente, la forma en la que se inclina, absorto, sobre el instrumento no encaja con ninguna faceta de su desgraciado carácter.

Por algún motivo, me produce inquietud el no saber si puedo seguir encajándolo ya dentro del marco de bastardo insensible.

-Estúpido Raymond –gruño, en un acceso de enfado, lo que provoca que la música se corte abruptamente en su punto álgido, y la cabeza del prostituto se vuelve hacia mí con una leve expresión de sorpresa, que a mí se me antoja muy graciosa.

Ja. Ahora sabes lo que se siente.

Es una pena que se recomponga tan pronto y recupere al momento su media sonrisa, una ceja arqueada, mientras apoya un codo en su instrumento.

-Louis, Louis –ronronea, y yo noto cómo se me eriza el pelo de la nuca al oír mi nombre en su boca. No es algo que ocurra muy a menudo. El diez por ciento de las veces que necesita llamarme, de hecho-. Si querías un concierto para ti solito sólo tenías que pedírmelo, no era necesario cometer allanamiento de morada.

-No había ningún cartelito en la puerta que rezara “no molesten”, en grande –replico yo mordaz, cruzándome de brazos.

Él me mira a través del flequillo revuelto, al que la luz blanca arranca destellos rojizos.

-En el cuarto de mirones de aquí al lado sí que lo hay, y no ha sido ningún impedimento para que te cueles allí cada vez que alguien tiene que follarme en este nivel –casualmente, es decir esto y yo me atraganto con mi propia saliva, prorrumpiendo en una tos ridícula. Ray se encoge de hombros, con una mueca victoriosa, y se aparta el pelo de la cara-. Estás hecho una mierda.

No pareces muy disgustado al respecto.

Yo abro la boca, dispuesto a hacer un comentario mordaz acerca de su propia cara, pero entonces me topo con su ojo morado y el labio partido, y me muerdo la lengua a regañadientes.

Raymond tiene muchos clientes, y algunos de ellos con gustos muy extraños, pero la discusión que acabo de presenciar no tenía nada de sexual. Al entrar en el cuarto para voyeurs he tenido la sensación de estar interrumpiendo algo ajeno por completo al Chat. Un momento… ¿íntimo? ¿Privado? (y mejor no hablar de ése rollo de las condiciones). No sé, no tengo ni idea. Pero estoy seguro que lo único que voy a conseguir arrojándoselo a Ray a la cara es que se cierre en banda y me pierda una información valiosísima, así que supongo que tendré que indagar por ahí si quiero saber algo de su Excelencia Maidlow, el cliente enamorado.

Por otro lado, no sé si me gustaría saber qué hay debajo de todo esto.

-Anoche fue algo salvaje, al parecer –mascullo simplemente, volviendo de paso al motivo principal de mi visita. Respiro y me subo las gafas de pasta sobre el puente de la nariz. Al final, sin poder contenerme, añado, de forma un poco vaga:-. Aunque parece que no soy el único que ha tenido un día movido.

Ray me estudia con ésa leve tensión en los hombros y el cuello (como un gran felino a punto de saltar y desaparecer en las sombras), tan típica de él. Después se lleva una mano al ojo hinchado, vuelve a encogerse de hombros y me dedica una sonrisa lobuna.

-Mereció la pena -hay algo en su voz que me provoca un escalofrío de desconfianza. Aunque… ¿cuándo no lo hace? No obstante, antes de que su tonito cale en mí, continúa:-. Ven, gatito.

Reforzando la invitación, da una palmada en la banqueta, a su lado, y vuelve a sonreírme, aunque esta vez no parece que vaya a devorarme. Con cautela, me adentro lentamente en territorio desconocido, y me siento junto a él, hombro con hombro, el cuero de la banqueta crujiendo con mi peso.

Y al volver la cara hacia mi protégé, me lo encuentro mirándome fijamente, con una mueca rara plantada en la cara.

-¿Qué?

-Tus gafas.

En un acto reflejo, producto de tantos años haciendo el mismo gesto, levanto un dedo para subírmelas y la mueca de Raymond se ensancha hasta convertirse en una sonrisilla insidiosa.

-¿Qué les pasa?

Te estás ganando una paliza.

-No sabía que llevaras gafas –y mientras dice esto intenta tocármelas, a lo que yo respondo haciendo un aspaviento absurdamente exagerado al aire-. Son graciosas.

-No tienen nada de gracioso –bufo.

-Sí. Pareces un modernillo intelectual. Déjame tocarlas.

-N-no, ¿para qué? ¡Estate quieto, vas a llenarme los cristales de huellas!

Ray me agarra de las muñecas, yo me retuerzo como una comadreja herida, y al final terminamos dando con nuestros huesos en el suelo, levantando una nube de papeles a nuestro paso y rodando hasta chocar contra una estatería, que se balancea peligrosamente. Estoy forcejeando con él cuando de repente se las apaña para sentarse encima de mí, y me hunde los dedos en un costado.

Es como si hubiera abierto las compuertas de una presa. La risa se me escapa de golpe, a borbotones, pero ello sólo parece arengar a mi protégé, que desconoce el significado de la palabra piedad y no deja de pellizcarme justo debajo de las costillas. Yo me sacudo riéndome como un histérico, intento arrastrarme lejos, suplico con voz ahogada y las lágrimas escociéndome en los ojos.

-JAJAJA… P-para… JAJA… ¡PARA, HIJO DE… DE UNA HIENA! JAJAJAJA…

Raymond parece un niño con un juguete nuevo (o un niño loco quemando hormigas con una lupa). La verdad, pocas veces lo he visto tan satisfecho, aunque la diversión se le acaba cuando comenta en voz alta lo sorprendido que está por acabar de descubrir mi capacidad para reír y yo lo recompenso con un cabezazo en la frente.

Después de haberle reventado el cráneo, Ray se aleja un poco haciendo la croqueta y me observa desde una distancia segura, todavía con un atisbo de sonrisa en la cara. Yo me quedo tirado bocarriba mientras me enjugo las lágrimas, con un dolor sordo en la tripa.

-Te pones muy guapo cuando te ríes, gatito.

Ojalá te muerda el rabo un mapache rabioso.

-Muérete, Raymond.

Mi protégé ladra una carcajada.

-Algún día -dice. Yo tuerzo la cara hacia él (sólo después de haber esperado a que ésta dejara de arderme de vergüenza). Tendido de lado, se relame muy despacio.

Con la luz de la lámpara caída incidiendo sobre su cuerpo, parece una pantera al sol.

-Si vuelves a hacer eso seré yo mismo el que ponga tu cabeza en una pica.

-Bueno, ha servido para distraerte… -Ray se lleva una mano a la boca, como sorprendido de su torpeza, pero puedo ver las comisuras de sus labios arqueadas entre sus dedos-. Ups.

Me incorporo de golpe, haciendo caso omiso a mi estómago dolorido.

¿Qué?

-¿Cómo, distraído? Un momento. Un momento –al prostituto le brillan los ojos de forma malévola, y yo no puedo evitar que el corazón de me suba a la garganta-. Estabas ahí, ¿verdad? Estabas en el maldito pub.

Vodka y algo más amargo descendiendo por mi garganta. Recuerdo a Raymond arrojándose sobre mí, en el sofá, con aquella mirada de depredador ardiendo bajo los focos. Pero…

-¿Por qué estabas ahí? -casi rujo-. ¿Por qué precisamente ayer? ¿Qué hiciste conmigo, desgraciado?

-Trabajo, gatito. Estaba en La Madriguera por trabajo, igual que ese tío…

Yo me quedo muy quieto un segundo.

No. No, no, no.

-¿Quién, Raymond? -farfullo, presa de un repentino y terrible temor-. ¿Qué tío?

Mi protégé tuerce un poco la cabeza y me estudia en silencio durante un segundo de cavilación en el que mis manos empiezan a temblar como aquel primer día en el despacho de Ava Strauss. No sé por qué, será la tensión, pero en un momento da la sensación de que su boca se tuerce en lo que parece un gesto de arrepentimiento.

-Ése hombre tan irritante -comienza, despacio, casi como si me tentara-. Un pelele que decía que estaba en La Madriguera por negocios (en La Madriguera, ya ves), y…

Nunca llegará a terminar la frase. Con un grito de guerra, me abalanzo sobre él y comenzamos a rodar de nuevo por la alfombra de papeles, aunque esta vez arramblando con todo lo que se cruza en nuestro camino, en un lío de brazos y piernas.

-¡Bastardo egoísta! -le increpo, cuando consigo aplastarlo contra el suelo, debajo de mí-. ¡Has destruido cualquier remota oportunidad que ése editor podría haberme brindado para salir de este agujero!

Ray bufa, un sonido parecido a una risa áspera, y me aparta de un zarpazo. Al caer de espaldas derribo un montón de discos compactos apilados contra un muro, y él aprovecha para sujetarme por los hombros.

-¿Editor? –dice, enseñándome los dientes-. Parecía más bien un exnovio celoso.

Le asesto un rodillazo, volvemos a rodar, y al golpear una estantería algo se tambalea y cae con estrépito a nuestro lado. Hasta que vuelvo a estar otra vez arriba…

-Estás loco. Como una puta regadera.

… y debajo de nuevo.

-Qué irascible, gatito.

Furioso, intento volver a quitármelo de encima, pero esta vez mi protégé es más rápido y me sujeta los brazos contra el pecho, inclinándose sobre mí para ayudarse de toda la fuerza de su cuerpo. Yo gruño, me sacudo, vuelvo a gruñir, aunque (y a pesar del barullo iracundo de mi cabeza), pronto comprendo que no voy a poder asesinarlo ahora mismo, y dejo de resistirme. Después de eso, hay un instante de tensa calma, rota solamente por nuestras respiraciones irregulares y el latido galopante de mi corazón en mis oídos.

-Te odio.

-No decías lo mismo anoche, con mi polla en la boca.

Al oír eso, el cerebro me da otro chispazo. La nieve helada bajo mis rodillas. Y el rabo de Raymond en mi cara.

Te mataré. Te mataré, te mataré, te mataré.

-Juro que cuando menos te lo esperes, yo te…

La lengua del prostituto en mi boca ahoga mi sentencia de muerte para siempre. Se queda ahí más tiempo del que me gustaría, acariciando la mía, la parte delantera de mis dientes, mis labios, y desaparece tras dejar un rastro húmedo en ellos.

-… te mataré.

-Lo siento.

Yo, que tenía la boca abierta, preparada para indicarle cómo iba  a hacerle picadillo y venderlo a una hamburguesería de Rivoli, me quedo paralizado, con la mandíbula desencajada. Ray, todavía sujetando mis brazos cruzados, me mira a los ojos con expresión genuina de no haber roto un plato, su cara a centímetros de la mía. Y yo estoy a punto de creerle, sólo a punto.

Porque entonces sus labios vuelven a torcerse irremediablemente.

-Pero estabas muy sexy con mi piercing entre los dientes.

Y me dedica una sonrisa amplia y torcida mientras me suelta y comienza a deslizarse hacia abajo, por mi pecho.

Yo durante un breve instante no sé si reír o llorar. Cierro los ojos, respiro hondo.

-Como una puta cabra –resoplo al fin, decantándome por lo primero, y puedo sentir la mueca de Raymond contra mi ombligo-. Y lo peor es que me estás volviendo loco a mí también.

-¿En qué sentido, gatito? –pregunta él, aparentemente complacido al oírme reír como un desequilibrado mental-. No te estarás enamorando, ¿eh? –añade, burlón, y a mí me da todavía más risa oír aquello, un ataque del que me cuesta un rato recuperar el aliento.

-A lo mejor –oigo chasquear mi bragueta y Ray se queda quieto. Yo me incorporo, apoyándome en los codos para verlo mejor entre mis piernas, los ojos verdes reluciendo bajo su flequillo desgreñado, igual que un gato pillado in fraganti con la zarpa dentro de la pecera. Me hace gracia ver que algunas cosas no han cambiado desde mi primera noche en el Chat Bleu, y él sigue intentando meterse en mis pantalones. La cosa es que, si bien la primera vez tuve que contener el impulso de arrojarlo por la ventana, ahora no me molesto en retener la mano que se afianza sobre la cabeza de mi protégé y lo guía sutilmente hacia mi entrepierna-, necesito un empujón para decirte con certeza.

Hay un punto ronco y grave en mi voz que me asusta un poco.

Quizá si me esté volviendo un poco loco, al fin y al cabo.

En respuesta, Ray me saca la polla del pantalón, que está oportunamente morcillona. Sus dedos la descapullan con ternura, lo que me provoca un escalofrío eléctrico que me trepa vértebra a vértebra por la columna, y cuando él apoya los labios de forma casi imperceptible en la punta húmeda, noto con perfecta claridad cómo se me eriza uno a uno todo el pelo del cuerpo.

-¿Eres así de lento con todos tus clientes y no se te duermen? –gruño, a pesar de todo, y él se pasa un momento la lengua por delante de los dientes.

-Sólo estoy haciéndote lo mismo que tú a mí –arrulla.

-Yo no soy tan maricón chupando pollas.

-Pues parecía que te gustaba bastante.

Y sin dejarme un minuto para contestar, empieza a lamerme desde la misma base, con todo el pedazo de carne pegado a la cara, y procura no dejarse ni un milímetro por el que pasar su lengua insolente, que quema sobre mi piel. Yo dejo escapar un sonido estrangulado, él vuelve a llegar al capullo. Lo rodea lentamente con la punta antes de separarse de mí, dejando únicamente un hilillo de saliva conectado entre los dos.

-Parecía que no era la primera que te llevabas a la boca, gatito.

-Aw, ¿estás celoso? –jadeo, y, con un movimiento seco de cadera, le golpeo en la mejilla, lo que le deja una marca brillante y pegajosa.

Él chasca la lengua, y vuelve a atrapar mi rabo entre los labios, aunque esta vez se aventura a ir más allá. Mucho más. De hecho, se lo traga entero, hasta rozar mi cuerpo con la nariz, y aun así, sus ojos siguen clavados en los míos. Tentándome.

Yo le sostengo la mirada, pero no puedo evitar despegar los labios en un gemido mudo. El color oscuro de los labios de mi protégé se me queda grabado en las retinas por alguna razón.

A partir de ahí, todo se vuelve un poco confuso en mi cabeza. Sus yemas acariciándome las caderas (en círculos), los labios envolviendo mi polla (dentro y fuera), mi dedos aferrándole el cabello y dictando el ritmo (arriba y abajo). Me escucho gemir primero su nombre (mis dedos casi haciendo surcos en la madera), insultarlo a voz en grito después (mientras me estira del frenillo con los dientes). Y ésos ojos del color del anticongelante hundiéndose en mi piel en todo momento, dejando una marca indeleble.

Puede que esto debiera aterrorizarme, pero, sinceramente, prefiero levantar las caderas y hundirle a Raymond mi polla en la garganta hasta descargar dentro de su cuerpo.

Ahora reconozco la música.

El cigarrillo cuelga de los labios todavía enrojecidos de Ray y asciende hasta el techo en volutas azuladas. Yo sigo su movimiento sinuoso desde la banqueta, mi hombro pegado al del otro otra vez en la banqueta.

Como si nada hubiera ocurrido.

-Así que, ¿estás enamorado de mí, Louis?

Por primera vez, Raymond no me mira. Está pendiente del movimiento de sus dedos sobre el teclado, aunque estoy seguro de que no le hace falta hacerlo. Yo dejo escapar una risa ronca.

-Ni aunque fueras el último hombre sobre la faz del planeta ni en todos los confines del universo conocido y desconocido. Ni aunque tuviera el cañón de un revólver en la nuca y la vida de un montón de cachorritos estuviera en mis manos. Ni aunque una catástrofe nuclear dependiera de ello. Ni lo estoy ni lo estaré. Jamás.

Él suelta un sonido de satisfacción que parece fundirse perfectamente con la música y continúa tocando. Las notas son largas, el tempo, lento. Pronto me noto entumecido y adormecido. Es una sensación agradable, a mi pesar.

-No sabía que tocaras el piano también –me sincero, y entonces se me escapa un elogio:-. Eres demasiado bueno para ser puto.

-Te sorprendería saber la cantidad de cosas que no sabes de mí.

Cierto.

– Pues deberías recompensarme por haberte aprovechado de mí estando borracho.

-Ya he dicho que lo siento, gatito.

-Ya. Buen intento, Raymond.

La música cesa con un par de notas apenas audibles. Ray me mira de reojo, se relame los restos de mi corrida y se encoge de hombros.

-Sí, fue un buen intento. Pero no me digas que al final no mereció la pena.

Y vuelve a enseñarme los dientes.

De lujo (Chapitre 10: Ray)

10

Un dolor sordo en la mandíbula despertó a Ray.

Su cuerpo, forzado en una posición antinatural, aullaba de dolor sólo con respirar. Tenía la cara pegada al suelo, y la superficie sobre la que estaba apoyada se encontraba ligeramente húmeda y pegajosa.

Entreabrió un ojo, despacio. Lo primero que vio fue el manchado dibujo en arabesco de la alfombra bajo su mejilla. Lo segundo, el reflejo de las llamas del hogar en los mocasines impolutos de Hans.

-Vaya, vaya. Nuestro bello durmiente despierta al fin.

El dueño de la mansión estaba a un metro escaso de él, sentado en el reposabrazos de un sillón orejero. Su voz le golpeó el cerebro con fuerza. Era real, algo casi físico que le hizo estremecer a pesar de las protestas de sus articulaciones. Un sentimiento acuciante comenzó a cerrarle el estómago e intentó abrir el otro ojo, pero una costra de sangre le bañaba ese lado de la cara, inmovilizándola.

Al verlo moverse débilmente, Hans abandonó su posición cerca de la chimenea e inició un lento paseo por la sala. Ray trató de ubicarse en el espacio y el tiempo, pero dentro de su cabeza los recuerdos formaban una maraña confusa. Su mente funcionaba a mínimo rendimiento, como una máquina escacharrada. Cerró el ojo. Los contornos del mundo habían empezado a difuminarse y confundirse entre ellos.

Su oído, no obstante, funcionaba lo bastante bien como para escuchar a la perfección los pasos de Hans detenerse cerca de su cabeza.

-Parece ser que no estaba en lo cierto cuando pensé que se te habría pegado algo del instinto de conservación de Erik, chico.

La punta del zapato se clavó en su mejilla y él se vio forzado a mover sus músculos para colocarse de espaldas sobre la moqueta. Los brazos, que tenía fuertemente amarrados a la espalda, respondieron con una oleada de dolor que provocó una lluvia de chispas rojas tras sus párpados.

Él dejó escapar el aire a través de los dientes, pero no emitió ningún sonido. Volvió a abrir el ojo, y se encontró con la expresión adusta de Hans, que lo miraba desde arriba sin apartar el pie de su cara.

-¿Es esto lo que querías conseguir? -dijo, una nota de disgusto en la voz. Entonces levantó algo que llevaba en la mano (un largo bastón de paseo), y aunque el cerebro de Ray no supo reconocerlo, todos los músculos de su cuerpo ignoraron el dolor para tensarse con la visión. Hans se limitó a hundir la punta en uno de sus costados, aunque ello bastó para hacerle casi brincar en el sitio-. ¿O es que disfrutas llevando al límite mi paciencia?

El fuego crepitó un instante en el silencio. Su mecenas volvió a alzar el bastón.

-¿No teníamos un trato, Raymond? ¿No crees que te he dado suficiente manga ancha dejándote vagar por la ciudad con esa vagabunda resabiada que tienes por amiga? -Ray desvió la vista. En la chimenea, las llamas tenían un color cálido y agradable. Nada que ver con el brillo acerado en los ojos de Hans, el cual estaba torciendo la boca en un rictus de odio-. Mírame a la cara cuando te hablo, maldita sea.

El impacto de la vara de madera en su vientre lo dejó sin aliento y lo hizo doblarse sobre sí mismo. El mundo se convirtió en una mancha color bermellón asfixiante antes de volverse horriblemente brillante y nítido: el dibujo de la alfombra, el naranja ardiente del fuego, los zapatos brillantes de Hans; todos los colores hirieron sus pupilas al tiempo que él boqueaba por aire, igual que un pez fuera del agua.

Mientras él se retorcía en el suelo, Hans arrojó el bastón lejos. Estaba gritando algo, pero Ray no podía oír otra cosa que no fuera un molesto pitido en los oídos. Su mente no hubiera podido concentrarse en el sonido, de todos modos, no cuando su cuerpo entero era una fuente de dolor pulsante.

Tardó algo más de lo acostumbrado en recuperarse del golpe. Dentro de aquellos muros no había peleas callejeras. El mundo le había arrancado a Erik y la vida al pie del cañón, y lo había ablandado con una existencia monótona al lado de Hans. Y seguramente ese mundo también lo había vuelto un poco estúpido, porque en su vida anterior jamás se le hubiera ocurrido desafiar a su mecenas de forma tan escandalosa.

Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a tomar forma conforme su respiración volvía a regularse. El chute de adrenalina había espabilado a sus neuronas. Y al rememorar lo ocurrido se sintió un soberano estúpido por creer que escabullirse de Hans sería tan fácil como saltar el muro que cercaba sus dominios y echar a correr.

Pero me asfixio. Fue lo que pensó al incorporarse sobre un codo y observar, con la vista desenfocada, la mancha granate oscuro que salpicaba la alfombra debajo de él. Me asfixio.

Esa sensación, la de una mano cerrándosele alrededor del cuello, lo estaba matando lentamente. Y esa mano pertenecía a Hans.

-Crees que sigues siendo el perro callejero que eras con Erik –su mecenas se detuvo frente a él. Desde arriba, Ray tenía una perspectiva en contrapicado de su cara que lo hacía parecer una especie de dios terrible-, pero ahora llevas correa, Raymond. Y quiero que te quede claro de una maldita vez: puedes tirar de ella todo lo que quieras, revolverte y morder la mano que te da de comer –en un gesto enfático, Hans alzó la mano izquierda. Tenía los nudillos hinchados y resentidos. Él imaginó que aquello tendría algo que ver con el dolor intenso de su cara, pero no recordaba exactamente cuál era la relación entre esas cosas-. Siempre volverás aquí. Tanto si es de forma voluntaria o si, por el contrario, los chicos tienen que volver a traerte a rastras desde la otra punta del mundo. Siempre volverás aquí, y lo único que puedes hacer al respecto es no intentar tratar de huir otra vez para ahorrarnos a todos tiempo y esfuerzo.

Ray parpadeó. Si se concentraba podía sentir el collar metafórico de Hans alrededor de su cuello. Agotado, volvió a apoyar la cabeza contra la alfombra.

Hans suspiró larga y profundamente. Él lo había oído respirar igual antes de arrancarle todas las uñas de las manos con unos alicates a un tipo que había intentado quedarse con una décima parte de un botín, hacía unos años. Suspiraba como si tratar con él se hubiera convertido en otra tarea desagradable de ese estilo, como si Ray se hubiera convertido en un elemento discordante de la banda, igual que su padre.

De hecho, lo era.

Hans se pasó la mano por la cara antes de acuclillarse a su lado. Tenía el pelo rubio algo apelmazado y revuelto, bolsas bajo los ojos. La banda no estaba pasando por su mejor momento, y aparcar su apretada agenda durante dos horas para apalearlo a él debía producirle dolores de estómago. Lo miró como quien mira a un perro que se sigue meando en la alfombra, con un cierto gesto de desdén añadido en la cara.

-Ya conoces de sobra a mis perros, chico -Hans tenía dos chuchos; un par de dóbermans con las orejas y el rabo recortados y nombres pomposos que la memoria de Ray nunca llegaba a retener. Eran devotos hasta la náusea con su amo, pero a él lo perseguían con pasos mudos por toda la mansión, la cabeza gacha y los ojos brillando de forma amenazadora. No eran agresivos por naturaleza, pero parecían querer dejar claro el límite entre Hans y él-. Pura raza, hijos de un campeón. Fue un regalo estupendo, pero vinieron con un hermano rabioso e incapaz de obedecer una orden simple. No pongas esa cara, no es ninguna analogía. Ese pequeño hijo de puta se hizo enorme en menos de dos semanas y le arrancó un dedo a Jordan de un mordisco. Ni siquiera podía convivir con sus hermanos. Así que yo mismo le pegué un tiro entre los ojos antes de que se nos fuera de las manos.

Ray no pudo contener una sonrisa burlona. La costra de sangre se resquebrajó sobre una de sus comisuras con un tirón doloroso.

-Ahora viene la moraleja, ¿no? –susurró, casi sin mover los labios. Su voz sonó como si acabara de tragar cristal.

En un movimiento veloz, Hans lo agarró del cabello y tiró hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura. El dolor en el cuero cabelludo fue ridículo comparado con la sonora protesta de su vientre magullado. Aun así, y como siempre, no emitió ningún sonido. Sostuvo la mirada de Hans sin dejar que la ira burbujeante en ella perturbara su faz inexpresiva. No es que no quisiera transmitirle a su hospedador lo que ocurría dentro de su cabeza; es que nada de lo que se sentía era lo suficientemente significante como para exteriorizarlo.

Tampoco se movió cuando Hans apretó el cuchillo contra su piel, sobre la carótida.

-La moraleja es que ahora mismo podría degollarte como a un animal y dejar que te ahogaras en tu propia sangre encima de esta alfombra –dijo en voz queda, sin inflexión de tono. Seguramente hubiera empleado el mismo timbre monocorde si estuviera hablando del tiempo con alguno de sus subordinados-. Tal vez no cortaría tan profundo. Me sentaría ahí delante y vería cómo te desangras durante unos diez, quince minutos como mucho. Luego te cortaría en cachitos y mis perros darían cuenta de tus huesos. Y estoy seguro que en menos de tres días ya nadie preguntaría por ti. ¿Es ahí a donde quieres llegar? ¿Es hasta ese punto donde me quieres llevar, Raymond?

El cuchillo era frío al tacto, pero el calor del cuerpo de Ray había terminado por templar el metal. Como si éste estuviera extrayéndole la vida del cuerpo lentamente. El chico se preguntó qué se sentiría. Al morir desangrado, claro. Su morbosa imaginación escenificó el filo abriendo su carne en un corte fino y limpio, un dolor tan vivo como las tonalidades un cuadro impresionista, el calor viscoso descendiendo por su cuello. Los colores apagándose, el mundo echando el telón por última vez.

Su estómago dio un tirón tan fuerte que sintió el deseo real de vomitar sobre la alfombra.

Pero al mismo tiempo, la voluntad hipnótica de inclinarse sobre el cuchillo inundó sus terminaciones nerviosas del mismo modo que un veneno letal.

Cerró los ojos. Veía luces brillantes contrapuestas con la oscuridad de sus párpados. Hans incidió en su piel con el cuchillo, y él percibió un dolor agudo y fugaz. El estallido de una pequeña supernova. Su corazón enloqueció. Sístole y diástole, sístole y diástole. Un mensaje desesperado en morse activado por un mecanismo biológico de defensa que Ray era incapaz de comprender.

No dejes que esto pase, sigue adelante, sigue luchando, sigue luchando. Esto no puede acabar. NO PUEDE ACABAR.

Sin embargo, lo que su cuerpo no entendía es que aquella era la única salida.

Ray despierta de golpe, arrojado a la realidad como a una piscina llena de agua helada. Se incorpora con brusquedad, la respiración dolorosamente acelerada e irregular y la sangre tronando en sus oídos, mientras un sudor gélido le recorre los músculos agarrotados de los hombros bajo la piel. El brillo metálico del cuchillo de Hans sigue deslumbrándolo, una imagen que se resiste a abandonar sus retinas y que se mezcla y superpone con los contornos del cuarto en penumbra del Chat. Su cuerpo termina de tensarse de forma automática. Una sensación desagradable de irrealidad le sube por la garganta. Se escucha jadear.

Me asfixio.

Está tan concentrado en luchar por desvincular el sueño del ahora que la voz que resuena en su oído casi le provoca un infarto.

-Ya está, ya está –antes de que él pueda reaccionar y volverse hacia la fuente del sonido, algo caliente y suave le roza la cabeza. Desconcertado, parpadea en la semioscuridad, pero la mente se empeña en arrastrarlo de nuevo al conflictivo mundo de su memoria, y se ve obligado a dirigir la vista hacia la ventana. Las imágenes que afloran son demasiado perturbadoras todavía-. Sólo es una pesadilla.

Ray espira entre dientes. Le duelen vagamente los dedos. Cuando se atreve a mirarse las manos, se encuentra con unos nudillos blanquecinos apretando las sábanas.

-Todo va bien –insiste la voz, que suena algo ronca y arrastra las vocales. El prostituto se concede un último segundo de observación de sus propias manos antes de volver la cara en su dirección.

La luz del exterior incide en el rostro soñoliento de Louis, otorgándole un aspecto fantasmal. Tiene un ojo entrecerrado y su boca se tuerce en una sonrisa que el vodka hace algo burlona. Él tarda un poco más de la cuenta en percatarse de que el escritor borracho y medio dormido es el dueño de los dedos que reposan sobre su cabeza.

-Ya no estás dondequiera que estuvieses –la mano de Louis trata de empujarlo con torpe suavidad de vuelta a la almohada. Ray no sabe muy bien en qué momento ni cómo se ha quedado dormido en su cama. Él nunca duerme ahí. Siempre lo hace sentado en la silla que hay junto a la ventana, con la cabeza apoyada en el cristal, y nunca más de unas pocas horas.

En cualquier caso, está tan tenso y Louis es tan poco consciente de sí mismo que éste ni siquiera es capaz de moverlo un centímetro, y el escritor no tarda en desistir y quedar inmóvil, todavía apoyado en Ray. El contacto desorienta al prostituto, que aún se aferra a las sábanas, mirando a Louis de reojo, sin creerse mucho que ahora está en este mundo y no en el de Hans.

-Se acabó –prosigue su compañero, afable. Sus palabras son cada vez más incomprensibles, pero él sólo escucha la cadencia de su voz-. No tengas miedo. ¿O es que un tío duro como tú tiene miedo de algo? No, claro que no. Venga. A dormir.

Terminado el vacilante discurso, Louis se desliza hasta quedar desmadejado en la cama, como si se lo hubiera ordenado a sí mismo, y su frente queda apoyada en el muslo de Ray.

Inspira. Espira.

Ya no vuelve a moverse. Se queda donde está, despanzurrado bocarriba. Ray observa en silencio la curva entre el cuello y los hombros que su camisa abierta deja entrever. Sube sin prisas por su mandíbula, con ésa sombra casi permanente de perilla en el mentón. Deja arrastrarse la vista por sus labios entreabiertos, pasado después por la nariz fuerte y algo respingona de su compañero hasta llegar al rebelde flequillo ondulado. Lo estudia como si quisiera buscar en él la forma de desentrañar los secretos más profundos del universo. Louis duerme plácidamente, sin moverse, y la sensación de control que embarga a Ray al verlo relaja un tanto la tensión en sus músculos. Pero no es suficiente para borrar de su mente el rojo de la sangre manchando esa alfombra.

Suelta las sábanas. Tiene los dedos entumecidos, aunque ello no le impide inclinarse sobre Louis para rodearle las muñecas. Su compañero vuelve a abrir un poco los ojos, sólo un pequeño destello azul, aunque enseguida vuelve a sumirse en el sueño con una pasividad extraña. Ray lo sujeta contra la almohada durante un momento, experimentando de pronto algo tan intenso que un escalofrío recorre de arriba abajo su columna.

El cuerpo debajo del suyo es sólido, no se desmorona con su tacto para retrotraerlo a la oscuridad de sus recuerdos. No está viviendo un sueño, no ha vuelto a las calles húmedas de Ámsterdam. Sigue respirando, a pesar de todo.

Aunque eso no cambia nada.

Sólo una jaula por otra. Se dice, con amargura, y despega los ojos de la figura delgada de Louis para barrer la habitación. Aprieta los labios.

-Me asfixio –susurra, antes de levantarse, recuperar su sudadera y huir escaleras abajo.

Ava Strauss está en el centro del enorme salón principal del Chat, que se encuentra abarrotado de vestidos de cóctel y chaqués que podrían pagar la deuda externa de varios países europeos. Todo está decorado al milímetro, con la pulcritud elegante que caracteriza al club. Ava agita el contenido de su copa suavemente, distraída. El suelo de mármol blanco refleja las miles de diminutas bombillas engarzadas en su lámpara de araña de cristal. Ella la mira con disgusto desde abajo, sin prestar atención a la infernal perorata de uno de sus inversores (Robert Bonnet, o algo así), que la acosa desde que dio comienzo la fiesta de Navidad para intentar impresionarla con datos que no le interesan lo más mínimo. La araña es totalmente tópica y algo hortera, pero fue un regalo de su difunto padre. Nunca se ha sentido con fuerzas para quitarla y cambiarla por una iluminación más moderna, y lo cierto es que es uno de los detalles del salón que más alaban sus clientes. Precisamente ahora el estúpido de Robert está intentando atraer su atención hablando del maldito trasto. ¿Qué dice, que es magnífico? Sí, magnífico para un palacete dieciochesco de poca monta. Dios, qué ganas de que acabe ese infierno. Los zapatos la están matando y Aleksandr ha entrado trastabillando en el salón a medianoche para tropezarse con madame Olivier y ponerla perdida de barro y nieve. Por fortuna a ella los encantadores lloriqueos del chico le han parecido suficiente disculpa. El ruso tiene suerte de ser tan mono como para derretir los fríos corazones de las cincuentonas que acuden al Chat.

Ava sacude la cabeza. Robert está hablando ahora de su empresa informática. Pero qué hombre más pesado. Aburrida, intenta que su lenguaje corporal le transmita a su acompañante que no tiene ganas de seguir con esa conversación, y al dejar que hable mientras ella se interesa en las personas a su alrededor, ve algo interesante.

Raymond se desliza por la sala, pegado a la pared, caminando por detrás de las cortinas con pasos largos. Nadie excepto Ava parece haberlo visto. Aunque parezca extraño (el egocentrismo del prostituto siempre lo hace ser el protagonista de todos los desvelos de sus clientes y de los desastres que ocurren en el club), Ray tiene la asombrosa capacidad de pasar desapercibido cuando le interesa y esfumarse de un plumazo. La propietaria del Chat lo sabe de sobra; ésa capacidad le ha costado más de un quebradero de cabeza.

Hoy, sin embargo, su díscolo trabajador no parece estar escaqueándose sin más. Camina rápido, con los hombros encorvados y los labios convertidos en una línea fina y blanca. Ava agita su copa una vez más, viendo cómo desaparece por la puerta principal, en dirección al hall. No hace nada por detenerlo. Volverá. No tiene más remedio que hacerlo.

Suspira, y vuelve a contemplar su lámpara de araña. Frunce el ceño ante las bombillitas y el discurso de Robert, pero su mente divaga lejos. Por más que lo intente, no puede evitar preocuparse por el aumento de la frecuencia de esas escapadas crepusculares. Sabe que no debería sentir nada por el muchacho; ésas son las órdenes. Nada de lástima, nada de compasión. Sólo mantener al pájaro dentro de la jaula. Ya hace bastante dejándolo volar en círculos por la ciudad.

A veces todo eso es simplemente complicado.

Ava Strauss se frota el puente de la nariz con el índice, agotada. Odia esa maldita lámpara, la fiesta se está desarrollando de forma desastrosa y Robert va a hacer que le estalle la cabeza. Todo es complicado, en realidad, y ella no tiene tiempo de preocuparse por Raymond.

Así que da media vuelta, dejando a su acompañante con la palabra en la boca, y abandona la sala con paso digno.

La mano gélida de diciembre golpea a Ray en la cara justo después de haber conseguido que Makoto le abra la puerta principal. Fuera, y a pesar de los comercios festoneados de luces, nieve artificial y Santas de todas las formas y colores, las ciudad de París hace rato que dormita. Él toma una bocanada de aire helado antes de que sus pies comiencen a arrastrarlo sin rumbo. No puede pensar en nada, sólo es muy consciente de todas sus funciones vitales. De cómo la maquinaria de su biología sigue moviendo engranajes para mantenerlo respirando, a pesar de todo. Con esa certeza en mente, acelera el paso, la nieve crujiendo ruidosamente a sus pies.

El movimiento en el Pont des Arts es, por suerte, escaso a esas horas, y Ray se acerca a la barandilla enrejada y sembrada de candaditos. Se supone que están ahí para sellar el amor de sus propietarios, pero nada es eterno, el amor no va a ser una excepción; cualquier parisino sabe que el ayuntamiento se ve obligado a retirarlos periódicamente para evitar que su peso haga derrumbarse a toda la estructura.

El prostituto los ignora. No es eso lo que ha ido a buscar. El metal de la barandilla está frío y bajo él, las aguas oscuras del Sena fluyen silenciosas e inmutables. Ray suelta de golpe todo el aire que llevaba guardando en los pulmones desde que salió del Chat, rígido como una tabla.

El río, el río siempre ha sido una de las mejores opciones. Hay algo atractivo en el movimiento incesante de la corriente, en cómo las aguas devorarían y harían desaparecer a cualquier cosa que cayera en ellas.

Desaparecer para siempre.

Volviendo a coger aire, se inclina sobre la baranda. Como de costumbre, se está preguntando si esa altura bastará. Ladea la cabeza, lo que provoca que el flequillo desgreñado le cubra un ojo. Parece que sí, aunque necesita inclinarse un poco más, sólo un poco más, y cuando su torso queda suspendido en el vacío, un escalofrío eléctrico le recorre el sistema nervioso.

Algo muy adentro de su cerebro grita desesperado.

Pero él se inclina todavía más.

Un segundo después, vuelve a estar de pie en el borde y una mano le sujeta fuertemente el hombro. Una mano de cuatro dedos.

-Cuidado, muchacho –la voz a su espalda es áspera y le acaricia la oreja. Ray intenta que el oxígeno entre en su cuerpo, pero un nudo en el pecho se lo impide. El río sigue fluyendo, al alcance de su mano, y al mismo tiempo tan lejos-. A nadie le gustaría que un chaval como tú sufriera un accidente.

Oye una suave risa a su espalda al mismo tiempo que Jordan retira la mano mutilada de su hombro. Él permanece quieto, frente a la barandilla. Su estómago parece de repente un agujero negro capaz de devorar cualquier emoción.

No ha cambiado nada.

-Ven, pajarito –el tipo, de altura y corpulencia monstruosamente desproporcionadas, echa a andar sin volver la vista. Ray lo sigue tras un instante de contemplación, sin despegar la vista del suelo blanquecino. Hacía tiempo que no veía al matón de Hans. Todo sigue igual que siempre-. Es hora de volver a tu jaula.

Ray creyó que algo enorme y vacío se desgarraba en su interior cuando el filo del cuchillo abandonó su cuello y cayó a un lado con estrépito metálico. El arma resplandeció con el color de las llamas, y él sintió que el suelo a sus pies se sacudía. Jadeó. Era incapaz de despegar la mirada de aquel objeto, que todavía tenía algo de su sangre salpicando el metal. La cabeza le palpitaba dolorosamente. No oyó a Hans levantarse, ni a sus perros alborozarse por el pasillo.

Ni siquiera sabía si estaba asustado o aliviado.

Temblando, se obligó a mirar al frente. Su mecenas volvía con un barreño de agua y un trapo. Dejó ambos objetos sobre una mesa auxiliar al ver el gesto atormentado del chico y se acuclilló a su lado.

-No me digas que estás acojonado, Raymond -siseó, una sonrisa cruel asomando a sus comisuras, y se inclinó para rodearlo con los brazos. Él se envaró, pero Hans sólo quería desatar el nudo de sus muñecas-. ¿O es que lo has entendido por fin? -añadió en apenas un susurro, antes de arrojar la cuerda y volver a la misma posición de antes. Al ver la expresión vacía del otro se relamió y alargó los dedos para recuperar el cuchillo y mostrárselo, alzándolo por el mango-. ¿Quieres salir de aquí? Esta es la única llave. Ojalá ahora te quede claro de una vez por todas.

Su mecenas hizo oscilar el objeto entre los dedos un instante. Ray jugó a enfocar y desenfocar la vista, difuminando y perfilando los contornos del cuchillo. Entonces, y movido por un impulso eléctrico, movió el brazo en un movimiento fugaz y le arrebató a Hans el instrumento de las manos, al tiempo que reculaba rápidamente. La sangre se le escurrió por la muñeca desde la palma, aunque él no sintió el dolor del corte. Sin pensarlo, se llevó el filo ensangrentado al cuello y miró a Hans, que aguardaba inmóvil, un amago de sonrisa en la boca.

-Sólo está a un paso de salir de esta casa, caballero. Usted dirá a qué sucio rincón prefiere que arrojemos su cadáver. ¿O quizá deberíamos buscar la misma cuneta en la que te encontró Erik? Sería muy propicio, ¿no crees? Acabar en el mismo lugar del que saliste.

Un zumbido en los oídos impidió a Ray escuchar la última parte de la frase. Tenía la boca seca, el cuchillo pesaba en sus manos. Trató de hundírselo en el cuello, pero el mundo estaba girando vertiginosamente a su alrededor y las manos le temblaban descontroladamente. Falló, rasguñándose sin más por encima de la clavícula.

Tragó saliva. Le dolía el pecho, como si una parte de él estuviera tratando de partirlo en dos y separarse para siempre, mientras que la otra hacía lo imposible por mantener a la unidad intacta. Como si una fuerza invisible tirara de su mano para alejar de sí el cuchillo. Y esa parte debió ser la que se impuso sobre la otra, porque en una sacudida el arma se le resbaló de entre los dedos y golpeó la alfombra.

Hans sonrió. Él contempló el objeto, mudo, hasta que el otro lo recogió del suelo y lo puso fuera de su alcance. A partir del instante en el que el cuchillo hubo desaparecido de su vista, los temblores cesaron de golpe y Ray volvió a sentirse como una cáscara de nuez. Vacío por dentro, con únicamente el dolor intermitente que le proporcionaban sus terminaciones nerviosas alterando ese estado.

-Instinto de conservación, Raymond –Hans se sentó junto a la mesa auxiliar, de nuevo en el reposabrazos del sillón, y con una mano mojó distraídamente el paño en el barreño-. Deberías haberlo visto ya.

Ray lo había visto, en todos los hombres que alguna vez osaron traicionar a Hans. Él estaba recibiendo un trato extraordinario, por supuesto. Debía sentirse afortunado por conservar todas sus uñas y dientes, pero no tenía fuerzas para expresarlo. Hans prosiguió, sin esperar contestación:

-Sólo somos animales deseosos de seguir existiendo. Asquerosos y cobardes animales. –Ray escuchó un chasquido y a continuación le llegó un jirón de humo-. Ven aquí. Estás sucio.

Él tardó unos segundos en enviar la orden a sus músculos, pero obedeció y se arrastró penosamente hasta Hans. No lo pensó demasiado y apoyó la mejilla ilesa en su rodilla. Estaba demasiado cansado y turbado para analizar con claridad lo que hacía.

-Buen chico –murmuró el otro. Ray sintió el trapo húmedo ablandar con un cuidado casi milagroso la costra de sangre en su cara-. No entiendo por qué intentas hacerlo todo tan difícil, Raymond. Jordan ya me ha hablado del lío que montaste cuando los chicos fueron a sacarte de ese agujero del Barrio Rojo en el que vive tu amiga –Hans chascó la lengua y frotó con más fuerza, hasta casi hacerle daño-. Llegó sangrando como un cerdo en matanza y yo llegué a pensar que a alguno de los perros se le había ido la pinza. Pero resulta que no, que el único causante de esos seis puntos de sutura en el dorso de la mano eres tú. No creo que Erik te educara para convertirte en un animal salvaje que va mordiendo a la mano que le da de comer.

Ray cerró el ojo y dejó que le limpiaran sin moverse. Oía el runrún de las palabras de Hans, pero había dejado de analizar el discurso. Aún sentía el filo frío en su cuello.

¿Por qué no había podido hacerlo? Llevaba meses planeando aquello con meticulosidad. Ya sabía que no podría esconderse mucho tiempo en casa de Ellie, así que había aprovechado para organizarlo todo en una de las salidas de la guitarrista. Después de pensarlo largamente, había decidido que el cuchillo era la única forma viable. Era una faena hacerlo en casa de su amiga, pero no tenía tiempo de buscar otro sitio. No lo tuvo para nada, de hecho.

Y ahora ni siquiera había podido hacerlo.

Mientras él divagaba, Hans enjuagó el trapo y dio una última pasada a su cara.

-Levántate –dijo, sacudiendo la rodilla en la que se apoyaba Ray-. Y quítate ese trapo andrajoso.

Su voz sonaba grave y suave de repente. Menos como un padre aleccionador y más como… otra cosa. Él se puso en pie con dificultad, con la sensación de una mano helada estrujándole el estómago, y se despegó la camiseta. Inmediatamente después, Hans dejó su posición en el sillón con un crujido y su aliento acarició la nuca de Ray, erizándole todo el pelo del cuerpo. Al chico le sorprendió el contacto de algo cálido entre sus omoplatos. Su mecenas debía haberse dejado olvidado el trapo y el agua, sustituidos ahora por una mano que le agarró la base del cuello, en un apretón firme y autoritario.

-Siéntete afortunado, muchacho –escuchó, de forma apenas audible, aunque bien clara-. Porque te libré de una existencia penosa con el paquete de Erik. Porque después de la que has montado hoy podría haberte hecho pedazos igual que hice con él, y sin embargo aquí estás. Porque Jordan lleva meses queriendo romperte todos los dedos de las manos para que no puedas volver a tocar jamás ese dichoso violín y yo no se lo he permitido.

Una dedos aún húmedos buscaron los de Ray y tiraron hasta ponerlos a la altura de sus ojos. Él trató de imaginarlos retorcidos y rotos, intentando colocarse fútilmente en el mástil de su instrumento. La angustia formó una bola sólida en su garganta sólo de pensarlo.

Hans soltó su mano y se paseó por la pequeña colección de magulladuras que Jordan y el resto de matones se habían encargado de dejarle después de dejar el bajo de Ellie patas arriba. Allá donde pasaba dejaba un rastro húmedo, descendente.

-Tienes que aprender cuál es tu sitio aquí –silabeó. Su cuerpo se pegó al de Ray al rodearle la cintura (esta vez sí) con el brazo seco. El calor que le transmitió era envolvente. Agobiante.

Asfixiante.

-Pronto harán dos meses desde que viniste, ya va siendo de que asumas quién eres y cuál es tu único cometido en esta casa.

Ray quiso hacer algo cuando la mano mojada de Hans se aventuró por debajo de su pantalón; cualquier cosa. Probablemente escabullirse y deambular por las oscuras calles de Ámsterdam durante un par de días, como solía hacer con Erik. Pero ahora no podía. Hans lo retenía, y no sólo metafóricamente. Una mano sujetándole con firmeza el hombro, otra en su entrepierna, su aliento en la nuca. No podía huir, de ninguna manera.

Hans le acarició por debajo de la ropa interior y él separó los labios, aunque no llegó a emitir ningún sonido.

-Aun así… -la barba de su mecenas le rascó el cuello. El chico centró la mirada en el fuego en el hogar, hasta que pareció que todo el mundo se reducía al movimiento serpenteante de las llamas-, ¿cuántos tienes aún, dieciséis, diecisiete? Diecisiete, sí. Todavía eres lo bastante joven como para seguir siendo estúpido a veces.

Los dedos dentro de su pantalón abandonaron las caricias para rodearle con fuerza la polla. Él se estremeció e involuntariamente hizo ademán de escapar, y entonces Hans afianzó la mano de su hombro y lo empujó hacia atrás en un movimiento sorpresivo que lo hizo caer de espaldas al sillón.

El recipiente del agua se volcó en la alfombra, derramando todo su contenido sanguinolento.

La voz de Hans se clavó en su piel mejor que el filo del cuchillo.

-Pero el que sigas siendo estúpido todavía no quiere decir que no merezcas un correctivo.

Ray intentó incorporarse, pero el alemán fue más rápido de reflejos y se abalanzó sobre él, agarrándolo del cuello y clavándolo al respaldo.

-Ya estoy harto de este juego, ¿sabes? –siseó. Ray le respondió con una patada que Hans encajó casi sin inmutarse-. Ni se te ocurra intentar escurrir el bulto otra vez, muchacho.

De un tirón, le arrancó los pantalones; el chico se revolvió como pudo y volvió a sacudirle con la pierna en un lado del cuerpo, aunque lo único que consiguió fue que la mano en su cuello se cerrara a su alrededor con fuerza y que la que quedaba libre le levantara el pie con el que le había golpeado, dejándolo expuesto.

-No –jadeó él, apretando los dientes. Hans le dedicó una sonrisa torcida, y Ray pudo atisbar un segundo la fugaz visión del miembro venoso del alemán antes de que éste se hundiera en su cuerpo-. ¡Joder!

Se oyó gemir, un sonido inarticulado que pareció llenar la habitación, igual que la polla de Hans lo llenaba a él por dentro, dura como el acero. El dolor lo sacudió y paralizó en el sitio durante un instante en el que sintió relajarse ligeramente la presión de su cuello, incluso los dedos de su mecenas acariciándolo. Fue sólo un espejismo, claro está, porque la humillación de verse doblado como un muñeco de trapo lo hizo patalear de nuevo, y la mano de Hans volvió a ejercer automáticamente la presión férrea de antes. Sintió que se quedaba sin aire, al mismo tiempo que una nueva embestida hacía temblar al sillón y retorcerse a él, en una mezcla vergonzosa de dolor y placer.

-Siempre eligiendo la vía difícil… -barbotó Hans, remarcando cada palabra con golpes de cadera que, unidos a la falta de oxígeno, hacían ver a Ray luces brillantes detrás de los párpados-. ¿Es que nunca aprendes?

El otro intentó agarrarle el brazo que lo sujetaba contra el sofá y cerraba sus vías respiratorias, pero sólo logró hacerle un pequeño rasguño. El alemán lo penetraba con sacudidas secas y rápidas, sin detenerse, y él notó que se quedaba sin fuerzas. El mundo se emborronaba rápidamente a su alrededor mientras el dolor se convertía en una molestia sorda, sustituido por una sensación hormigueante y agradable. Demasiado agradable. Tembló, boqueando cada vez que Hans lo ensartaba, cada vez con más fuerza, haciendo que se le saltaran las lágrimas. Y esa sensación lo invadía y amenazaba con llenarlo y eliminar todo el dolor para ahogarlo en un deleite insoportable.

Y justo cuando todo se volvía oscuro y él sentía que no podía más, que iba a romperse en mil pedazos, algo caliente y viscoso se deslizó dentro de él y sobre su piel. La presión en su cuello desapareció y sus pulmones recibieron de golpe todo el aire que les había faltado, provocándole un débil espasmo de tos. Entre brumas, y sin poder moverse, medio vio cómo Hans se guardaba el pene en el pantalón, indolente, y le dedicaba una mirada condescendiente. Con una mano, rozó los restos de semen (su propia corrida) de su vientre y luego se los restregó por la cara.

-Sólo eres otra mascota, Raymond. Quizá un poco por encima de mis perros, pero una mascota a fin de cuentas. Y deberías estar agradecido de que te haga sentir cosas que jamás hubieras podido imaginar, de forma exclusiva. Pero claro, eres demasiado ególatra. Ególatra y cobarde.

Esto último lo dijo ya saliendo del salón, su voz lejana para Ray, que apenas acertó a oírlo llamar a Jordan para que se encargara de su sucio e ingrato juguete.

Me asfixio, pero no de este modo. Fue lo último que pensó, antes de sumirse en un sueño pesado y tempestuoso

De lujo (Chapitre 9: Un gatito borracho)

9

Hacía un día brillante y soleado, algo menos caluroso que los de las últimas semanas, y aun así las dos señoras apoltronadas enfrente de Louis se abanicaban a un ritmo furioso con las revistas de la consulta. Aunque él no tenía demasiado claro si lo hacían obedeciendo a las altas temperaturas o esos calores se los provocaba la visión de su hermano, de pie a su lado, muy tranquilo y completamente ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

Louis estaba furioso. Furioso con esas estúpidas señoras, con el estúpido de Paul, con el estúpido de Édouard, con la estúpida botella que le había provocado cinco puntos de sutura en la sien al estúpido de Léo, con la estúpida jueza y las estúpidas sesiones de control de la ira. Estaba enfadado con cosas que jamás imaginó que podrían hacerlo enfadar, pero la única forma gratificante de huir de esa oleada de ira era volver a la residencia y estamparle otra botella de Budweiser en su duro cráneo a ese imbécil. Y esa opción, por desgracia, estaba fuera de su alcance. Al menos si no quería dar con sus huesos en un correccional para adolescentes conflictivos.

Louis no se consideraba un adolescente conflictivo, aunque de pronto sintiera la imperiosa necesidad de romper cráneos y hubiera dedicado la última semana a deambular por París, obviando sus clases en la universidad y las sesiones con la psicóloga para fumar y seguir sintiéndose iracundo con el mundo. Fumar tampoco entraba en su lista de diversiones locas, pero era mejor que darse de cabezazos contra cualquier objeto sólido y, de momento, la forma más efectiva de mantener a raya su humor cambiante.

Era evidente que su escaqueo no podía durar mucho, de todos modos.

-No estoy enfadado contigo, Louis -Paul, que seguía sin percatarse de que era el centro de las miradas de aquellas dos señoras, se inclinó un poco para mirarlo. Iba muy bien arreglado, cosa poco habitual en él, pero es que la llamada de la psicóloga lo había pillado probando tartas para la boda con Gabrielle, quien, por cierto, se había quedado sola y enfurruñada en la pastelería. Eso hacía un poco feliz a Louis. Odiaba a la prometida de su hermano casi tanto como a Léo-. Pero necesito que colabores con madame Molyneux. El que asistas a las sesiones forma parte del trato que hicimos con la jueza, ¿recuerdas?

Louis gruñó. Con Paul, la única persona en el mundo que podía hacerle sentir mal por lo que había hecho, aquellos sonidos inarticulados eran su única vía de comunicación. Su ira mordaz estaba reservada al resto de seres humanos.

El frufrú de los improvisados abanicos había cesado hacía rato, y ambas mujeres (que no debieron aprender nunca que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas) habían olvidado de momento el metro noventa y los anchos hombros de Paul para mirar a Louis con interés. Él las obsequió con un gesto torvo, pero ello sólo les indicó que si querían saciar su curiosidad, lo adecuado era acribillar al que menos pinta de sociópata tenía.

Paul todavía estaba intentando convencerlas de que era demasiado joven para ser un sexy padre soltero cuando el paciente que les precedía salió del cuarto. Louis aprovechó la coyuntura para huir del casposo flirteo de aquellas mujeres y se escabulló dentro, cerrando la puerta a su espalda con demasiada fuerza.

Madame Molyneux alzó la cabeza con el estruendo, y Louis se encogió un poco, con cautela. Era una mujer diminuta, de cuerpecillo regordete y graciosa postura, que lo estudió brevemente por encima de sus papeles antes de levantar las comisuras de una boca ancha, de labios finos.

-Louis. Por fin nos conocemos –dijo, con una voz tenue, casi inaudible. Con un gesto de cabeza, invitó a Louis a sentarse frente a ella, pero él permaneció rígido donde estaba. Contrariamente a lo que pensaba, su psicóloga no se parapetaba detrás de un ostentoso escritorio en un cuarto claustrofóbico custodiado por estanterías forradas de libros que nadie leería jamás ni a punta de pistola. Madame Molyneux lo miraba de forma inquisitiva sentada frente a un enorme ventanal con vistas al barrio de Le Marais.

Le Marais. Qué irónico.

-Quiero que quede claro desde el principio que estoy aquí porque no quiero terminar en un jodido correccional –escupió, malhumorado por aquella graciosa coincidencia-. No tengo ningún interés en lo que usted pueda decirme. No quiero que me psicoanalice. No aceptaré ir a un psiquiatra ni ninguna de sus estúpidas drogas. Quiero que quede claro que yo no quería un psicólogo, eso fue idea de mi hermano. Hubiera preferido las treinta horas de trabajos comunitarios limpiándoles la baba a los viejos de un geriátrico.

La psicóloga se recogió el pelo liso y negro detrás de la oreja, con aquella suave sonrisa tatuada en la cara. No pareció afectarle demasiado el discurso.

-¿Por qué no te sientas y hablamos de eso, Louis?

Él bufó y se cruzó de brazos.

-¿Vas a quedarte de pie en silencio cada sesión, entonces? –el aludido apretó los dientes. Ella se encogió de hombros y hojeó distraídamente sus papeles-. ¿Sabes que para evitar terminar en un centro de menores tengo que enviar un informe positivo acerca de ti a la jueza? ¿Eres consciente siquiera de que estas sesiones no le están saliendo gratis a tu hermano?

Al oír aquello Louis sintió que le flaqueaban las fuerzas. Hacía sólo unos meses que Paul había conseguido reunir el dinero suficiente que requería su sueño de abrir un restaurante en la Ciudad de la Luz. Las primeras semanas habían sido duras, y todavía estaba en una situación precaria. El pago de esas estúpidas sesiones no le hacía las cosas más fáciles, ni mucho menos.

Gruñendo entre dientes, se sentó en una silla libre a una distancia prudente de madame Molyneux, estrujando el pico de su camisa.

-Estupendo. He oído que Paul y tú…

-Paul no tiene nada que ver con esto. Vaya al grano. Cuanto antes termine con esto, antes podré volver a la residencia.

Mientras gruñía aquello, Louis apretó los brazos cruzados contra el pecho e irguió la espalda. Confiaba en conseguir tocarle lo suficiente las narices a esa mujer como para que lo echara de su consulta a las tres preguntas.

Eso no ocurrió, no obstante.

Madame Molyneux dejó sus papeles en el suelo, junto a su silla, y se inclinó ligeramente para estudiar su gesto. No había compasión artificial en su rostro; sólo un profundo interés. Louis no dejó que ése interés calara en él, pero sí permitió que formulara la siguiente pregunta:

-Ese chico al que golpeaste… monsieur Dupont, ¿verdad?. Parece ser que no es la primera vez que es protagonista de un enfrentamiento contigo; ¿me equivoco?

-Léo es un gilipollas homófobo con el volumen encefálico de un calamar. Claro que he tenido enfrentamientos con él -gruñó, desviando la vista. Pensar en la fea cara de ese tipo hacía que le ardieran las tripas. Pensar en la forma en que el muy imbécil lo había mirado al entrar en el apartamento de Édouard, como si fuera algún insecto especialmente feo y desagradable, espoleaba sus ganas de estamparle en la cabeza algo más que una botella de cerveza. Cómo había podido resistir todos esos años sin reventarle el cráneo, no lo sabía, pero el ver cómo atormentaba a Édouard con aquella sonrisa retorcida lo había desatado por completo. Ahora no podía (ni quería) parar-. Cualquiera en su sano juicio tendría enfrentamientos con él.

Cualquiera excepto su argelino.

Inspiró hondo, rechinando los dientes. Esa mala costumbre le provocaba unas jaquecas antológicas, pero sólo un pitillo podía solucionar eso. La idea de unos pulmones negros por el alquitrán no le terminaba de convencerle mucho, tampoco.

-¿Es posible que monsieur Dupont no sea el origen del problema?

Los brazos de Louis aflojaron un tanto la presión. Estaba furioso, aunque a aquella mujer no parecía afectarle ése aura densa y furibunda que lo rodeaba. Estaba furioso, pero también empezaba a cansarse un poco de estarlo.

Un reloj hacía tictac en algún sitio.

-Léo no es nadie -afirmó, con voz neutra, sin despegar la mirada de la actividad bulliciosa de las calles a sus pies-. Por mucho que quiera y por mucho que lo intente, nunca podrá hacerme sentir mal con quien soy.

Madame Molyneux se irguió despacio en su asiento, enfrente de Louis, sólo para retirarse un mechón del rostro.

-¿Entonces por qué le golpeaste?

Tictac.

Louis se frotó la sien con un índice. El dolor de cabeza que llevaba acosándolo toda la mañana se estaba convirtiendo en un monstruo palpitante. Además, comenzaba a sentirse terriblemente agotado. De esa cita con la psicóloga, de aquella situación.

-Estaba muy enfadado. Se me fue de las manos.

-¿Se te fue de las manos con Léo a pesar de que no lo consideras una amenaza para tu integridad psíquica? -madame Molyneux ladeó la cabeza-. No parece un comportamiento propio de ti, según la gente que te rodea. ¿Quizás haya algo más?

Tictac. Tictac.

Louis cerró los ojos. Recordar en el desamparado gesto de terror de Édouard cuando Léo pronunció la fatídica palabra aún le provocaba náuseas.

-Sí, hay algo más -admitió, tras un largo silencio en el que apretó la tela de su camiseta hasta dejarse los nudillos blancos.

Así que es cierto.

Es lo que había dicho el tío, apoyado en el marco de la puerta y con las llaves del piso colgando de un dedo. Su figura enorme, de oso, recortándose contra la penumbra del cuarto pareció ejercer un efecto fulminante en su compañero. El argelino apenas se movió de donde estaba, quieto sobre el sofá, todavía a medio vestir. Louis había visto esculturas en museos de Roma menos inmóviles y hermosas que Édouard en aquel momento.

Era realmente terrible.

Los chicos llevan diciéndomelo un tiempo, pero no quería creerlo, ¿sabes? Yo confiaba en ti como lo haría con mi propio hermano. Supongo que fui un estúpido al dejarme engañar por alguien como tú.

Las llaves emitieron un tintineo particular al golpear el suelo. Louis las había mirado brevemente, con una expresión de asco propia de la traición implícita en ellas, antes de volverse hacia Édouard. Quería gritarle ahí mismo, preguntarle por qué demonios había dejado que ese imbécil profanara el único refugio en el que se sentía seguro de verdad. Pero éste había desaparecido de su lado para materializarse junto a Léo, quien le ofreció una sonrisa torcida, tan cargada de cruel desdén como las palabras con las que atropelló cualquier explicación del argelino.

No me toques.

Maricón.

Encerrado en la consulta de madame Molyneux y acosado por el recuerdo casi físico del peso en sus manos de la botella medio vacía, Louis empezó a sentir un reflujo de ira naciendo justo en la boca de su estómago. Sin embargo, estaba demasiado agotado como para dejar que éste saliera a relucir.

Édouard había pasado de ser una fuente constante de dolor a provocarle una rabia sin precedentes. Ahora que empezaba a agotar esa energía, sólo le quedaba un cansancio permanente.

Y por la forma en que su psicóloga suavizó su gesto hasta adoptar la tan temida compasión, ella también se había dado cuenta.

-Bueno, Louis. ¿Por qué no me hablas de ése algo más?

-Tendrías que… que haberlo visto, Louis…

Sacha se tambalea, resbalando en la gruesa capa de hielo que se ha formado sobre la última nevada y haciéndome perder el equilibrio a mí también. Por suerte, en el último segundo me da tiempo a abrazarme a una farola, aunque al verme intentando incorporarme con Sacha colgando de mí, un par de transeúntes se cruzan de acera. La noche es oscura y fría, con un cielo despejado.

-Al único que veo es a ti –farfullo, porque la cara de Sacha está a centímetros de la mía-. Algo borroso, de todos modos. Creo que he perdido una lentilla…

-¡Estás borracho! –ríe, lo cual me hace gracia, ya que él es el único de los dos que no puede tenerse en pie.

-No estoy borracho, no veo nada. Y todo por tu culpa. ¿Tienes idea de lo que cuestan esas cosas?

Sacha aprieta la nariz roja contra mi abrigo.

-Te compraré otras diez. O cien. O mil… Las que tú quieras…

Suspiro, mientras lo agarro por los hombros.

-No, no tienes ni idea, claro… En fin. ¿Qué es lo que tenía que haber visto? –concedo al fin, aunque ya sé la respuesta, y lo empiezo a arrastrar otra vez de vuelta al Chat. Ya hemos tenido suficiente celebración por hoy.

-Tenías que haber visto el pollazo que le soltó en la cara aquel tipo… Monsieur Enguerrand…

No puedo contener un bufido. Hace casi un mes y medio de la consumación de mi pequeña venganza y han pasado muchas cosas desde aquella noche. Sí, aunque el Sacha ebrio se empeñe en olvidar que estaba con él en la salita para voyeurs en el momento en que un señor bajito y entrado en carnes le dejaba a mi protégé toda la marca de su verga en la mejilla, no me quise perder ni un instante del espectáculo. Y fue altamente satisfactorio, no lo dudéis, pero hay un pequeño detalle acerca de Raymond que desconocía hasta aquel instante.

Es un bastardo vengativo y competitivo, o al menos eso aseguran las casi tres horas de erección que me provocó el cóctel de drogas con el que alguien se encargó de aderezar mi café un par de días después de aquello.

Desde entonces, pues, estamos en guerra. Bien es cierto que hace tiempo que las putadas mutuas han ido remitiendo hasta convertir el conflicto en guerra fría otra vez (¿será por la Navidad, o tal vez porque Ava nos amenazó con cortarnos las partes pudendas después de Ray hiciera guirnaldas con mi ropa interior y las colgara por toda la Jaula?). No obstante, desde el incidente de mis calzoncillos, me he encerrado en el cuarto de baño y duermo en la bañera.

Sólo por si acaso.

A pesar de ese pequeño detalle, esto tiene sus cosas buenas, por supuesto. Entre otras cosas, Ray me mantiene tan ocupado planeando mi siguiente movimiento que no tengo tiempo para quejarme de mi situación –la cual, por cierto, ya no parece tan deleznable-. Además, el episodio de la Jaula emocionó tanto a Sacha que pareció olvidar por completo que hacía sólo un rato que había huido de él para dejarlo tirado en su habitación, empalmado y desamparado. Ahora el ruso participa activamente en la cruzada contra mi protégé, y en mis ratos libres me arrastra a su cuarto de la Jaula, o me lleva a comer a sitios caros hasta decir basta y me compra cosas de forma compulsiva. Lo cual no me disgusta, la verdad. Sacha es un poco raro y lleva gafas de sol llueva, nieve o granice; diseña su propia ropa y suele cantar I will always love you en falsete cuando está pedo, aunque es divertido, desde luego.

Pero lo mejor de todo no es la batalla campal con Ray, o la compañía de Sacha. Lo mejor de todo es el motivo por el que hoy nos hemos escaqueado de la fiesta de Navidad del Chat Bleu para montar nuestra propia juerga en el piso de Chiara.

-¿Seguro que no… quieres que te acompañe?

Parpadeo, arrancado de mis pensamientos. Estamos a dos pasos del Chat, ya puedo distinguir el reclamo luminoso del gato azul, pero Sacha me mira intensamente con esos ojillos plateados y vidriosos por el alcohol, la nariz medio escondida en mi abrigo.

Sacudo la cabeza.

-Es trabajo, Sacha. Me las puedo apañar solo.

Además, estás borracho.

El ruso se escurre de mi abrazo y se planta delante de mí, con los brazos cruzados.

-¡T-tengo que ir! –balbuce, intentando parecer digno, pero enseguida noto cómo su cuerpo comienza a inclinarse peligrosamente hacia la derecha y tengo que adelantarme a toda velocidad para sujetarlo. Él se deja caer sobre mí como un peso muerto, aplasta la cara contra mi pecho y sigue rumiando incoherencias-. Es muy importante…

Lo es. Por eso no quiero tener a un prostituto ruso ebrio revoloteando a mi alrededor.

-Estás muy borracho. A no ser que quieras vomitarle a mi editor potencial en la cara, será mejor que vuelvas a tu cuarto y duermas la mona –replico, y lo arrastro hasta la puerta, donde Makoto (portero psicópata para los amigos) lo recibe con los brazos en jarras, como una madre enfadada.

-¡Aleksandr! –ruge, y yo, sobresaltado, le tiro a Sacha en un acto reflejo. No quiero que vuelvan a placarme, por dios. El portero agarra a mi amigo de la muñeca y le levanta el brazo para sujetarlo. El ruso se deja hacer, igual que un muñeco de trapo-. ¿Otra vez apareces así?

Mientras Makoto lo sacude en mitad de una reprimenda sobre lo indecente que es volver a un club del calibre del Chat con una moña de ese nivel, yo me escabullo en dirección al centro.

El corazón me bate a toda velocidad.

Poco después de consumar mi venganza, reescribí por completo mi primer manuscrito, ése que todas las editoriales francesas pasaron por la trituradora de papel. Aunque debería haber probado a escribir algo diferente, no he podido evitar volver al objeto de mis dolores de cabeza, y lo modifiqué de cabo a rabo. La historia no es nada impresionante, pero Chiara me pilló dando los últimos retoques y tuve que dejar que leyera el borrador. Fue ella quien se colaba en mi cuartel general/bañera y me pinchaba con un boli entre las costillas para instarme a escribir. En cuanto terminé, me arrebató el borrador sin que pudiera hacer nada para evitarlo y lo mandó a una pequeña editorial indie.

Y me llamaron.

Ahora tengo una pequeña reunión de prueba con un editor en un desenfadado bar de la zona y todavía no termino de creérmelo.

Con la respiración entrecortada y las palmas de las manos chorreando dentro de los bolsillos a pesar de la temperatura ambiente, camino hasta el local en cuestión.

El sitio es un hervidero de gente, oscuro y lleno de movimiento. Mientras me abro paso entre la ruidosa muchedumbre, encogido, me pregunto qué clase de editor queda con un autor la noche previa al día de Navidad en un club de moda del centro. Con ésa y otras preguntas circunstanciales rondándome el cerebro, busco una mesa en un rincón apartado, me acurruco en la silla y fijo la mirada en la puerta.

Y espero, con la única compañía de un hilo retorcido y peculiar de música. Hipnótico.

El tipo se detiene a tomar aliento, sujetándose un lateral del cuerpo. Mientras intenta recuperar algo de oxígeno, apoya la frente en un muro y se pregunta dónde quedó el espíritu deportista de su yo adolescente. En un rápido vistazo a su reloj, se da cuenta, horrorizado, de que llega con casi media hora de retraso.

Dios mío.

No puede ser. Ya la cagó con su anterior escritor, no puede permitirse el lujo de fallar otra vez. No va a tener más oportunidades.

Su nuevo autor tiene un pseudónimo algo pretencioso y su manuscrito es un poco plano, pero el editor está seguro de lo que hace. Sabe que en esas páginas hay potencial que él puede exprimir. Es su gran oportunidad, así que no puede dejarla escapar.

Inspira hondo y, deseando que su escritor sea también paciente, Édouard sale disparado de nuevo hacia el punto de encuentro.

La música me ha atraído hasta aquí.

Bueno, la música, la botella de vodka que anda revolucionando mi torrente sanguíneo y la intención de reprimir la repetición del impulso suicida que me ha llevado a salir a la calle y tirarme a la calzada mojada. (Ningún coche quiso pasarme por encima, de todos modos).

Mi cerebro estaba trabajando a toda velocidad, algo descoordinado por el alcohol y empeñado en recordarme una y otra vez lo fracasado que soy. No lo soportaba más.

Sí, el editor no había venido, pero estoy bastante acostumbrado a que se rían de mí en mi cara. ¿Por qué habría de preocuparme más por esto?

De manera que, tambaleándome un poco, despegué la cara de la mesa y huí del ruido de conversaciones y de la gente feliz a mi alrededor para seguir aquel hilo tenue de música.

Y, tras recorrer de punta a punta el bar y cruzar una gruesa cortina negra, aquí estoy.

El cuarto tiene forma cuadrangular y está pobremente iluminado. A mis pupilas confundidas les cuesta unos segundos contraerse y luego dilatarse para poder captar al máximo la débil luz amarilla y distinguir las formas irregulares de varias decenas de cabezas. Unas treinta personas forman un círculo casi perfecto en torno a un grupito de tres. Apenas se oye un débil murmullo aparte de la música. Es la primera vez que veo un concierto tan silencioso.

Intrigado, obligo a mis piernas a abrirse paso entre los espectadores. La orden tarda un poco en ser procesada en la materia gris, pero poco a poco consigo acercarme a las primeras filas. Mientras, la música se vuelve tenue hasta finalizar por completo y una voz se hace oír en el silencio.

Una voz que hace que se me pongan los pelos de punta.

-Ahora voy a contaros una historia, ¿sí? ¿Qué te parece, Ellie?

El público responde con entusiasmo, enviándome de un empellón derecho al suelo, entre dos adolescentes con faldas demasiado cortas y una ropa interior tan fosforescente que brilla en la oscuridad. Mientras yo observo esas bragas sobre mi cabeza, deslumbrado, otra voz femenina se eleva por encima del barullo:

-Me parezca lo que me parezca, vas a hacer lo que te dé la gana, así que dale.

Dicho esto, se hizo un breve silencio cargado de estática. Casi puedo ver una sonrisa felina dibujarse en la cara de su interlocutor. Me estremezco, la cabeza dándome vueltas.

El estado de mi cráneo no mejora con el retumbar de un bombo de batería, que hace temblar el suelo, y la gente apiñándose a mi alrededor no me deja escuchar los primeros acordes de la canción. Las palabras consiguen llegar a mi cerebro, pero forman una amalgama sin sentido. Yo gimo.

Eh, cerebro, compórtate.

Hay casi un litro de alcohol barato dando vueltas dentro de mí.

Cerebro, es inglés. Sabes inglés.

¿Qué dices de tus pies?

INGLÉS.

Oh.

Mantengo esta breve conversación con mis sesos al tiempo que intento entender la música y meto la cabeza entre las chaquetas de cuero de dos tipos grandes como osos. Lo que veo en el centro es, sin lugar a dudas, bastante interesante.

En mitad del haz de luz que sale del techo hay una mujer tocando el bajo y con más tatuajes en el cuerpo que un pandillero de poca monta. En el otro extremo, un tío barbudo marca el tempo en la batería, pero mi interés, por desgracia, se ve irremediablemente atraído por la tercera persona en discordia.

La luz arranca destellos rojizos a su cabello castaño cuando se inclina sobre unas chicas. Lleva una sudadera con la cremallera abierta, y sus dedos se deslizan sobre los mismos acordes en un ritmo perfecto. La voz de Raymond no necesita micrófono, de alguna manera se introduce en las cabezas de los presentes y se impone sobre los demás instrumentos…

She had disrobed and she was waiting on the floor. She asked me what it was I want, I thought that I wanted it all! –canturrea, con una sonrisa petulante, y en el mismo momento en que las palabras calan en mi cabeza, hago rodar los ojos.

¿En serio, Raymond? Hay algún momento de tu vida en el que no sea tu cabeza de abajo la que esté pensando en meterse en agujeros?

Ray se detiene, y en un absurdo instante de pánico pienso que me ha leído la mente, aunque antes de huir despavorido me doy cuenta de que sólo estaba dando pie a su compañera.

What did you say? –interviene ella, en un movimiento brusco de cabeza que hace que su corta melena a lo garçon  y la tonelada de pendientes que perforan sus orejas se sacudan.

Tiene una voz angelical, contrapuesta con su aspecto. Ray la escucha relamiéndose y con la guitara preparada para continuar, lo que provoca que una chica suspire a mi espalda. Yo pongo los ojos en blanco otra vez.

I said stand up and move your body to the bed. She quickly stood and slowly turned, and here’s exactly what she said…

La tal Ellie se inclina hacia los espectadores de mi zona antes de llevarse una mano al pecho y cantar, con voz afectada y dulce:

Please, be soft and sweet to me, this life has not been good, you see. It’s hard with  such a history buried in misery.

Desde un poco más atrás, el batería pregunta qué pasó a continuación.

I broke a smile, reminding that I paid her well, and I felt his hands unbuckling my belt. Oh, it felt like heaven, but I’m sure she was in Hell. I made my money worth out of the goods she sell…

Mis músculos se agarrotan de golpe. De repente no me parece tan obvio que esté hablando de algún ligue. Algún rincón muy recóndito en el cráneo se me activa, una señal luminosa que grita algo desesperada, pero tengo un pote espeso como sistema nervioso. Ya me cuesta bastante tenerme en pie, mirar hacia delante y entender lo que está cantando mi protégé.

Break and bind yourself to me, deliver what you sold. You see that I will only take from you,

And use you up.

I’ll use you up.

What was your name?

 

 

-Ya decía yo que me parecía haber visto a un lindo gatito rondando la Madriguera.

Louis despega la cara de su mesa por segunda vez en lo que va de noche para contemplar, con una mueca, a su protégé dejarse caer casi encima de él en el sofá. Ray estira las piernas sobre las del escritor y se despereza como un gran felino al sol, controlando con un ojo entreabierto las reacciones del otro. Louis le dedica una mirada algo vidriosa unos segundos y luego vuelve a golpearse la cabeza contra la mesa, lo que hace sacudirse la botella vacía de vodka blanco.

-Genial –dice, arrastrando las sílabas hasta convertirlas en un sonido sin sentido apenas discernible del ruido ambiente-. ¿También vas a… acosarme aquí?

-Este es mi territorio desde hace años; has sido tú quien ha metido la patita dentro para oírme cantar –sin dejar de hablar (y sin hacer caso a Louis, que con voz vacilante trata de explicarle que ni de broma estaba allí para verlo a él), Ray alarga el brazo para alcanzar la botella-. ¿Qué celebramos?

-Si no desapareces en diez segundos… tu funeral.

Mientras dice esto, Louis trata de empujarlo de su regazo, pero sus reflejos lo traicionan y termina golpeándose el codo contra la mesa. El prostituto sonríe ampliamente al verlo maldecir de forma entrecortada. Su noche, que presumía ser otra víspera de Navidad escaqueándose de la fiesta del Chat y teniendo quizá sexo con su vieja amiga Ellie, ha mejorado sustancialmente de un plumazo.

-Vaya, vaya. Mi gatito se lo ha estado pasando bien. ¿Es tu primera borrachera, o ya te habían dejado catar el vino en el monasterio?

-No estoy borracho –le rebate el rubio, pero el color de sus mejillas y sus movimientos descoordinados dicen lo contrario-. Y cállate.

Ray inclina la botella y apura las últimas gotas. Después cruza los dedos en la nuca y se recuesta sobre el reposabrazos del sillón. Está disfrutando enormemente del gesto enfadado de Louis, que parece no darse cuenta de que tiene la mano apoyada justo en la entrepierna de su protégé.

-Venga, dime qué celebramos y te invito a otra –insiste y mueve las caderas con malevolencia para restregarse contra la mano de Louis. Quiere vengarse por lo de la semana pasada, cuando su protector utilizó unas esposas de Sacha para encadenarlo a la cama y azotarlo con un cinturón. Todavía le duele el culo y tiene el orgullo resentido.

El escritor frunce el ceño y se apoya con un poco más de fuerza sin darse mucha cuenta de lo que está haciendo.

-Deja de molestarme –le ordena con algo de esfuerzo-. No estoy de humor.

Todavía está gruñendo algo entre dientes cuando Ray se incorpora y le rodea el cuello con un brazo. No obstante, en lugar de sobresaltarse y enrojecer hasta la raíz del cabello, Louis entrecierra los ojos, cruzado de brazos. Él chasquea la lengua. Qué pena que su gatito esté perdiendo ese aura de colegiala virgencita.

-Oye, Louis –ronronea en su oreja-. ¿Qué te parece si salimos por la puerta de atrás y te soluciono todos tus…?

-¿Louis?

Las cabezas de ambos se levantan al mismo tiempo, como activadas por algún misterioso mecanismo biológico, para encontrarse con un tipo alto y de aspecto marcial que se acaba de detener frente a ellos. Ray se inclina hacia delante, interesado, para observar con detenimiento su aspecto. El desconocido viste una americana debajo del abrigo salpicado de nieve, pero sus formas están bien lejos de las de los clientes del Chat. Piel canela, rasgos sureños, una melena de espesos rizos negros y ojos a juego, bordeados de gruesas pestañas.

Aunque no es exactamente una belleza, sí que resulta lo bastante llamativo como para que algunas mujeres de la barra le regalen miraditas de cordero degollado.

Pero el hombre en cuestión no está pendiente de las chicas que susurran a sus espaldas. Se encuentra mucho más ocupado mirándolos a ellos como si acabara de volver a ver a Ozzy Osbourne mordiéndole la cabeza a aquel murciélago.

-¿Louis? –insiste, con una mezcla de preocupación e incredulidad en la voz-. Dios, Louis, ¿eres tú?

El aludido (que todavía tiene las piernas de Ray cruzando su regazo) lo mira sin parpadear. Luego empieza a inclinar la cabeza, como si fuera a volver a golpearse contra la mesa de nuevo, aunque al final sólo se queda mirando fijamente su vaso.

-¿Por qué siento ganas de vomitar de repente? –farfulla, y sin dirigirle una sola palabra al misterioso desconocido, aparta a Ray de un empellón (¡qué maleducado!) y se tambalea hacia la puerta principal.

El extraño, sin embargo, lo intercepta a mitad del camino, agarrándolo por los hombros.

-¡Louis! Louis, yo…

-¡B-basta! –balbucea él, y para delicia de Ray (que sigue espatarrado en el sofá en la misma posición en que lo ha dejado Louis), se cuelga de los brazos del tipo y lo imita, con una risilla incontenible:-. Louis, Louis, Louis… Me vas a gastar el nombre… Mira, Ray, me va a gastar el nombre… ¿cómo me vas a llamar ahora, eh?

-Gatito –replica él al momento, acodado en la mesa mientras se regocija con la expresión de profundo desconcierto del recién llegado.

La risa tonta de Louis se corta abruptamente al oír aquello.

-Ahora quiero vomitar otra vez.

-¿Prefieres que te llame princesa, como al ruso?

-… Gatito me produce menos náuseas.

-Perfecto –sonríe él.

El nuevo se remueve, incómodo, y tras examinar con preocupación el peso muerto en sus brazos, fulmina con esos ojos negros  a Ray, quien está disfrutando del momento como nunca.

-¿Quién eres tú y qué le has hecho? –suelta, con agresividad, pero el prostituto sólo se estira perezosamente y le devuelve la mirada, los párpados caídos.

-Se lo ha hecho él solito –obviando la primera pregunta, señala a Louis, todavía derrengado en los brazos del desconocido-. Mi gatito tiene tendencia a ponerse en situaciones muy graciosas por su cuenta. ¿Eres un exnovio celoso? –añade, curioso, y el recién llegado tuerce el gesto con acritud.

-Creo recordar que he preguntado yo primero.

Ray puede sentir su hostilidad como algo casi físico y denso que revolotea a su alrededor. Sonríe lentamente, mostrando al nuevo sus colmillos.

-Soy su chulo.

-Cállate, Raymond. No eres gracioso –gruñe Louis, pero nadie le hace caso. Las dos personas que lo acompañan están absortas examinándose con sumo detenimiento, como gallos de pelea.

Mientras ellos se miden sin palabras, el intento de escritor vuelve a sentir un arrebato de pena que en su estado se traduce como otra náusea, de modo que se aparta un poco del tipo que lo agarra para tomar aire. Al hacerlo, no obstante, se encuentra con la cara enfadada de éste, y algo parece ir terriblemente mal de repente.

Louis frunce el ceño, arruga la nariz. Y entonces la sangre vuelve a regar su cerebro y se da cuenta.

-¡Tú! -grita, desasiéndose de él, y se aparta hasta chocar contra la mesa-. ¿De dónde…? ¿Cómo… cómo te atreves a tocarme?

Para sorpresa de Ray, que acaba de atrapar al vuelo la botella en el momento justo de evitar que se estampara contra el suelo, el desconocido muda su expresión de digno enfado por algo parecido a un híbrido de angustia y vergüenza.

-Louis –comienza, otra vez repitiendo su nombre con voz vacilante-. No es lo que tú piensas… me he reunido aquí con alguien por trabajo…

Una sonrisa suficiente se esboza en la cara del prostituto al oír aquello.

-Si me pagaran por cada vez que me han dicho eso… Bueno, no sería mucho más rico de lo que soy ahora, pero estaría definitivamente podrido de pasta.

-¿Quién se reúne para trabajar en un sitio así? –gruñe Louis en tono afirmativo, lo que provoca que la cara de su interlocutor palidezca un poco, aunque al terminar de preguntar, se gira la cabeza con esfuerzo y le ladra a su protégé-. Y tú cierra el pico.

Ray mira al desconocido y se encoge de hombros mientras su sonrisa se transforma en una mueca malévola.

Viéndose en clara desventaja, el recién llegado retrocede un poco. Durante un instante Ray piensa que va a huir de un momento a otro y no puede evitar sentirse algo decepcionado (¡justo ahora que se iba a poner divertido!), pero entonces el tipo respira, cuadra los hombros y le dedica un gesto amenazador.

-Esto no va contigo –le advierte, en voz baja y peligrosa.

Louis ladra una carcajada tan exagerada y fuerte que gente de todos los rincones vuelve la cabeza en su dirección.

-¿Quién eres tú para decidir si él pinta o no en esto? –salta, arrastrando las palabras con un deje de agresividad que no pasa desapercibido a nadie. Ray se da cuenta, divertido, de que, si bien hace menos de un minuto lo estaba mandando a callar, ahora se contradice para poner contra las cuerdas al nuevo, incluso aunque para ello tenga que defenderlo precisamente a él. Mientras el prostituto se regocija, el nuevo hace ademán de hablar, pero su protector lo interrumpe ferozmente:- ¡Fuera de aquí, Édouard! ¡N-no me fui a vivir durante cinco años a la otra punta de París con esa bruja timadora para encontrarme ahora contigo!

Antes de que el nombre pueda calar en la mente de Ray, el desconocido-ya-no-tan-desconocido parece reunir el valor suficiente para agarrar a Louis del brazo y apartarlo del rincón. El rubio se deja hacer, sin tener mucho tiempo ni fuerzas para darse cuenta de lo que está ocurriendo, pero al ser un peso muerto no puede ser arrastrado demasiado lejos. La conversación llega hasta Ray nítida y clara a pesar de todo:

-Dejaste la universidad y desapareciste sin dejar rastro, ni siquiera pude…

Louis deja escapar otra risa histérica, aunque tras el velo de alcohol que le nubla la mirada hay algo oscuro y gélido flotando en el azul de sus iris.

-Eres todo un pieza, Édouard, viniendo ahora con reproches –balbucea, y se desase de él de un tirón. El otro compone una mueca de frustración y angustia, pero no se mueve del sitio. Ray se inclina sobre la mesa. De pronto acaba de recordar de qué le suena ése nombre. Sonríe, despacio, sin apartar los ojos de la escena-. M-me partiste el corazón de la forma más humillante y yo… creo que estaba en mi derecho de no querer verte la cara nunca más.

-Lo que ocurrió aquella noche… ¡No pude hacer otra cosa! ¡Tenía las manos atadas!

-Precisamente tú no eras quien tenía las manos atadas.

Tras esas ásperas palabras, Ray ve cómo el escritor gira sobre sus talones de forma  muy poco elegante (en el proceso está a punto de caerse encima de una camarera) y se aleja tambaleándose en dirección al fondo del local. Él abandona el sofá para caminar hasta donde su protector ha dejado al tal Édouard, que parece a punto de echar a correr detrás del rubio.

-Yo que tú no lo haría –le dice en tono confidente, un Marlboro apagado colgando de una de sus comisuras-. Es rencoroso y vengativo.

Édouard se vuelve para encontrarse con la sonrisa suficiente del prostituto. Ray estudia su expresión cristalina, una amalgama de sentimientos, mientras se pregunta qué será eso tan terrible que ha pasado entre ellos dos. Le gustaría saberlo.

Tiene pinta de ser tremendamente jugoso.

-Tú no lo conoces –el tipo frunce el ceño, pero el aspecto derrotado que ha adoptado de forma inconsciente desde que Louis le diera la espalda no juega mucho en su favor. Viéndolo así, con el aire de un cachorrillo abandonado bajo la lluvia, Ray no puede evitar pensar en el mal gusto en hombres que tenía el Louis adolescente.

-Cierto, no lo conozco. No a la persona, al menos –replica, las manos en los bolsillos y esa mueca tan narcisista en la cara-. Su culo, en cambio, me lo conozco perfectamente.

Édouard, que había dado la vuelta para seguir la estela de Louis, se detuvo.

Y si bien hace un instante el prostituto estaba pensando en lo pusilánime y patético que era éste, quizá tenga que replantearse esa imagen ahora que el puño del argelino acaba de encontrarse con su cara.

Estoy hecho una mierda.

El callejón es frío y húmedo, pero no ayuda a atemperar mis nervios ni a mejorar el pote de mi cerebro. Frustrado, intento dar una patada a la nieve que se acumula contra el muro y en todas partes; desafortunadamente, la coordinación de mi sistema nervioso con las extremidades es escasa y termino de culo sobre el hielo. Ni siquiera intento levantarme, sé que sería un espectáculo muy triste también, de modo que me quedo donde estoy, congelándome el trasero, y aunque intento no pensar en nada, es imposible.

Siento que me ahogo.

¿Por qué ahora? ¿Por qué aparece justo ahora que mi vida empezaba a enderezarse? ¿Y por qué no se limita a desaparecer de mi vista y a dejarme en paz?

Si no podía recuperarme de aquella noche con su recuerdo acosándome, ¿qué voy a hacer con el Édouard de carne y hueso?

Con un gruñido, me golpeo la cabeza contra el muro medio helado y lleno de pintadas y mugre. Quiero volver al Chat y dormir hasta la primavera, pero ahora mismo no sé ni dónde estoy. La cabeza me da vueltas y el suelo parece tan estable como una cama de agua.

-Mierda –digo en voz alta, y un gato que estaba hurgando en un contenedor delante de mí levanta las orejas, vuelve la cabeza hacia donde estoy y sus ojos relumbran en la penumbra. Yo le hago una mueca-. No me mires así. Porque no creo que tú sepas por dónde queda tu primo azul, ¿verdad?

El gato, que con toda seguridad no tiene ni idea de dónde está el Chat, salta al suelo y vuelve a dedicarme una mirada indiferente antes de echar a andar con un movimiento ondulante del rabo, aunque no llega muy lejos.

La puerta trasera metálica del pub se abre con un estampido, y el animal da un bote y suelta un bufido, su orgulloso rabo convertido en una especie de plumero erizado, antes de refugiarse de un salto bajo el contenedor del que acababa de salir.

Y cuando veo a los dos que emergen de las sombras, me dan ganas a mí también de meterme debajo del contenedor. O dentro, directamente.

Mi protégé y Édouard están a punto de caerse rodando por los tres escalones que separan la puerta del suelo al intentar salir al mismo tiempo por el umbral. Ray tiene el labio partido, pero no parece muy preocupado al respecto. Al argelino se le ha alborotado el pelo y ha perdido su bufanda, que un tipo enorme y con cara de estreñimiento crónico se encarga de devolver arrojándosela a la cara.

-Ni se te ocurra volver a poner un pie aquí –le ladra el gorila, y Édouard se encoge un poco, aunque enseguida el de seguridad se olvida de él y apunta con un dedo regordete y amenazador a Ray-. Y tú, nada de peleas, ya lo sabes. La próxima vez te partiré la cabeza con tu guitarra, me da igual lo que diga el jefe.

Y dicho esto, la puerta vuelve a cerrarse con un estruendo metálico y mi protégé da la espalda a Édouard para componer un gesto de fingida sorpresa al verme sentado en la nieve.

-Eh, así que aquí se había metido mi gatito –arrulla, sonriente. Su labio partido ha empezado a chorrear un hilillo de sangre, que él señala-. Tu churri me ha pegado. Exijo una satisfacción.

Oigo a Édouard quejarse sonoramente tras terminar de recuperarse del susto de haber sido zarandeado por el gorila, pero no le hago mucho caso. Mi cerebro está intentando procesar la imagen del argelino golpeando a alguien. Es inverosímil.

-¡Se lo merecía totalmente! –está exclamando él cuando vuelvo en mí, al tiempo que señala a Ray como si éste fuera un chucho pulgoso-. ¡Estaba hablando mal de ti!

Parpadeo, y miro a mi protégé, que se lame la sangre del labio mientras, sin disimulo alguno, se arregla el paquete delante de un escandalizado Édouard.

Sí, seguramente se lo merezca. Sin embargo…

-¿Hablando mal? ¿No crees que sacas los puños un poco… tarde para eso? –digo, y me sorprende encontrar en mi voz un porcentaje mínimo de la rabia que burbujea dentro de mi cabeza-. Tarde… siempre tarde, Édouard…

-Puedo perdonar a tu churri si se me satisface como es debido –insiste Ray desde atrás, acariciándose el mentón, y mi antiguo compañero de cuarto lo fulmina con la mirada antes de acercarse y extender el brazo hacia mí.

-Louis, necesito hablar… disculparme, pero no puedo hacerlo con propiedad en tu estado –empieza, con voz suave y suplicante-. Por favor, déjame llevarte a casa y…

No. ¿Qué estás diciendo? ¿Es que crees que soy idiota? ¿Qué he borrado esa noche de mi registro?

Cierro los ojos, todo me da vueltas, y otra vez esa sensación asfixiante me cierra la garganta.

-¿Tienes siquiera la menor idea de dónde vivo? –corto. Édouard se queda congelado en el sitio, la mano todavía abierta cerca de mí. Al final se ve obligado a sacudir lentamente la cabeza, en silencio.

-Conmigo. En mi cama. Hasta que hice guirnaldas con sus gayumbos, ahora duerme en la bañera. La verdad es que no fue un movimiento acertado –añade mi protégé, sus blancos dientes destellando, lo que consigue arrancar una expresión de horror genuino a la cara del otro.

-No me puedo creer que estés con este… tipo –Édouard niega con la cabeza y vuelve a tenderme la mano-. Ven conmigo, por favor. Podemos hablar con tranquilidad en mi apartamento… Necesito que lo entiendas, Louis –suplica, pero yo lo aparto en un torpe manotazo, momento que aprovecha Raymond para acercarse felinamente por detrás de mi ex compañero.

-Yo tampoco puedo creerme que estuvieras con este subproducto de Tarta de Fresa. ¿Fue él quien te hizo monja, o venías así de serie?

Deja de meter cizaña, Raymond, nadie tiene la culpa de que no te dieran amor de pequeño.

-Oh, cállate –gimo yo, porque un dolor agudo que ha comenzado a gestarse en mis sienes me impide pensar nada más coherente-. ¿Es que ni partiéndote la boca cierras el pico?

-¿Por qué no vienes y me lo cierras tú?

Respiro hondo. El corazón me palpita dolorosamente fuerte en el pecho. Tengo el culo tan congelado que hace rato que dejé de sentirlo. Estoy lo bastante borracho como para sentirme más seguro con el culo helado en la nieve que de pie. Es patético. Sólo quiero irme a casa, de verdad.

Irme a casa y quitarme de encima la mirada de pena de Édouard.

Así que en un rápido movimiento, agarro a mi protégé del cinturón y lo atraigo hacia mí.

-No estoy con él –le aclaro a Édouard, señalando al otro-. Sólo soy su estúpida niñera en el trabajo.

-Me pagan cantidades ridículas de dinero por follar –asiente Ray, muy serio de pronto.

Antes de que a ninguno le dé por decir nada más, mi dedo acusador pasa a dirigirse al argelino y continúo.

-Y él no es mi churri. Y espero que se vaya ahora mismo.

Es oír esto y Édouard empieza a entrar en pánico.

-Louis, espera, te prometo que… ¿qué demonios haces?

La hebilla del cinturón de Raymond tintinea bajo mis dedos. Es un sonido intoxicante.

-Estoy compensando a mi compañero de trabajo por lo que le has hecho, o me lo estará recordando hasta el día del Juicio Final… -el argelino abre y cierra la boca sin llegar a emitir ningún sonido audible mientras yo meto la mano dentro del pantalón de Ray (a quien no parece sorprenderle en absoluto la situación) y libero su polla, totalmente tiesa. La bola de su perforación brilla ante mí, insolente-. ¿O es que echas de menos esto? –pregunto, descapullando a mi protégé, aunque sin mirar en ningún momento a Édouard-. Se siente… Es a lo que renunciaste cuando tuviste que elegir entre el armario o yo y te decantaste por el primero.

Y, dictada la sentencia, me meto la verga de Raymond en la boca.

Sin duda ha sido una noche excelente.

Esto es, básicamente, lo que piensa Ray cuando llega a su cuarto en el Chat y tira a Louis contra su cama. Todavía siente un agradable y placentero resentimiento cerca del área de su piercing, así que sabe que ha merecido la pena que le hayan pegado un puñetazo en la cara y lo hayan echado a patadas de la Madriguera.

-Eres bueno, gatito –afirma en tono grave y solemne mientras se arranca la sudadera y la arroja a algún rincón de la habitación-. Deberías buscarte un futuro mejor en el club. Tengo clientes a los que les volvería majaras tener la cabeza de un rubito mono como tú entre las piernas.

Louis, desmadejado bocabajo en la cama y con la cara aplastada contra las sábanas, deja escapar un sonido de derrota.

-Me siento sucio.

-Bueno, eso es en parte porque todavía tienes parte de mi corrida en la cara.

-Genial. Creo que… que el día de hoy ha sido en sí el mejor regalo de Navidad de todos los tiempos, pero… tu lefa debe ser la guinda del pastel.

Ray sonríe, todavía saboreando su victoria, y le da una palmadita en la cabeza.

-Encantado de que te guste, gatito –ronronea-. Sólo una cosa más: ¿qué hizo Tarta de Fresa?

Louis permanece inmóvil largo rato, tanto que él comienza a pensar que ha entrado en alguna especie de trance cósmico.

-Me traicionó –susurra al final, sin despegar la cara del colchón, y entonces el vodka lo arrastra a un largo sueño, preludio de la bonita resaca de la que hará gala al día siguiente.

El prostituto lo deja donde está y se aleja en dirección a la ventana sin hacer el menor ruido. Su cabeza está trabajando a toda máquina, la imaginación sobreestimulada por todo lo que acaba de presenciar.

-Un traidor, ¿eh? –dice con voz queda, justo cuando pega la mejilla al cristal y cree distinguir una figura en particular al otro lado de la calle. Una figura de apariencia exótica y espesa melena de rizos negros que cruza una mirada desafiante con él antes de desaparecer en la noche parisina. Ray se relame despacio-. Esto va a ser interesante.

 

 

De lujo (Chapitre 8: Un gatito marcado con la V de venganza)

8

He estado a punto de cometer un gran error.

Yo no soy así, ¿sabes? Es éste lugar. Ésta presión. Es el pasado, que después de tantos años enterrado en alguna parte de mi subconsciente, vuelve ahora para alimentarse de mi debilidad.

He estado a punto de cometer un gran error.

No sé qué se me pudo pasar por la cabeza en ese momento. Nada, en realidad. Me estaba moviendo sobre arenas movedizas, mi cerebro se había convertido en un puré de barro y lo único que necesitaba era algo sólido a lo que agarrarme…

Eh…

Quizás ésa no es la expresión más adecuada…

-Louis, querido, no deberías torturarte tanto. El Chat es un prostíbulo y Sacha un puto de lujo, a fin de cuentas, el sexo es algo común. Según mi experiencia, además, es un detalle encantador que quisiera tenerlo contigo de forma libre y voluntaria. Ratifica mi teoría, por otro lado.

-Yo no soy así…

Maya suspira y me golpea con sus prismáticos en la cabeza, y el mundo a mi alrededor se vuelve aterradoramente real. Los sonidos del nivel cero de la Jaula, conversaciones comedidas y música hipnótica, me rodean y se amplifican en mi cráneo hueco. Una mujer canta en un rincón de la sala, pero estoy demasiado ocupado en mis problemas para centrarme en su voz tenue. La luz rojiza es ahora mínima en la sala de las sillas, suficiente como para preservar la intimidad de los nuevos. Me remuevo en el sitio, tirado en el suelo junto al asiento de Maya, pero es imposible distinguir las caras. Tampoco es que importe. Después de haberles dado calabazas a todos, ninguno de los presentes me hace caso ya, a excepción de la mujer de los prismáticos de teatro.

¿Queréis la verdad?

No tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí.

Después volver en mí y encontrarme a cuatro patas en la alfombra, encima de mi anfitrión, sólo podía pensar en poner pies en polvorosa y buscar algún lugar tranquilo en el que retorcerme en la autocompasión. Yo no quería eso. Quería deshacerme de la sensación pegajosa y asfixiante que impregna cada rincón de la habitación que comparto con Raymond. Desprenderme del recuerdo de Édouard, que, desde que estoy aquí, no deja de ocupar de forma inexplicable mis sueños.

Pero no necesito complicar más las cosas con sexo, ya me ha provocado bastantes quebraderos de cabeza.

Maya vuelve a inspirar. Es una mujer de mediana edad, pequeña y desvergonzada, aunque utiliza un nombre en clave para moverse con total desenvoltura por el nivel cero de la Jaula, en el que pasa gran parte de su tiempo libre. Según sus propias palabras, este piso es el “nido de pequeñas fortunas que no tienen acceso al mejor material del Chat”. Ella, como copropietaria de una farmacéutica francesa de segunda categoría, no puede permitirse siquiera disfrutar de los servicios del trabajador más asequible de la tabla; ya ni hablar de niveles como el de Ray.

-Desde que mi André decidió cambiarse el nombre por Edwina y se unió a aquel espectáculo de variedades en las Vegas, vengo aquí a pasar el tiempo -había comentado justo después de que yo entrara en el salón dando tumbos y enredándome en las cortinas. Ella me había arrastrado hasta su silla para invitarme a compartir su bebida, de una gradación absurdamente alta, pero que yo apuré de un trago. Como casi todo lo que hago en la vida, fue mala idea. Todavía me arde el esófago-. No te engañes, no necesito tener sexo con ninguna de esas personas –todavía algo aturdido por la sucesión de los acontecimientos, seguí con la mirada sus prismáticos dorados, que señalaron el televisor con el listado de precios-. Si quisiera algo así, lo buscaría por mis propios medios, no pagaría por ello. Aunque parezca mentira, hay bastantes clientes como yo, que buscan tranquilidad, buena música y, si se presenta, compañía decente.

Me quedé rumiando en silencio la información. El sólo pensar en la existencia de algo así como clases sociales dentro de los propios clientes del club hacía (y hace) que me doliera la cabeza.

-¿Compañía? -pregunté, con tal de librarme de ése pensamiento.

Maya sonrió y volvió a señalar la tabla.

-¿Crees que para todas esas personas es divertido tener que obedecer los deseos de una media docena de momias excéntricas cada noche? Puede que haya quien disfrute con ello –me estremecí, pensando directamente en Ray-, pero puedo asegurarte que no es la tónica general. Incluso ellos necesitan relaciones reales. Conversaciones alejadas de la banal superficialidad del sexo. Y si bien este salón está plagado de babosos deseosos de que llegue carne nueva que baje los precios, los chicos del Chat suelen imitarnos y pasan sus ratos de ocio por aquí. Es un trato justo, si quieres mi opinión. Pero ahora háblame de ti, querido. Eres el nuevo gatito de Raymond, ¿verdad?

¿Qué estoy haciendo?

Dejo caer la cabeza, apoyando la frente en las rodillas. Oigo beber en silencio a Maya, una completa desconocida a la que acabo de bombardear con mis interminables problemas. Lo peor es que no es la única. Algo parecido ha ocurrido con Chiara, hace unas horas, e incluso el mismo Sacha ha tenido que sufrir el espectáculo lamentable de mi angustia.

Es ridículo.

Miro de reojo a mi acompañante. Con los ojos cerrados, escucha la música mientras recorre el arabesco dorado de sus prismáticos con un índice largo y blanco. Es probable que diga la verdad y no le interese lo más mínimo el listado de precios. Parece disfrutar simplemente con el ambiente de la sala y los cotilleos. Pues espero que mis penas sirvan al menos para tenerla entretenida. Quizá luego se eche unas risas a mi costa con su grupito de amigas en algún selecto café parisino. Me parece bien. Supongo que me lo merezco.

Aunque ello no quita que sea un poco zorra.

Aprovechando que ella está distraída con la música, me incorporo despacio. Hora de hacer mutis por el foro antes de que alguien en la sala decida olvidar mi plantón de antes y trate otra vez de llevarme a la cama.

Como un dardo paralizante, la voz melosa de Maya congela mi huida.

-¿Sabes, Louis? -los prismáticos de teatro ante su pequeño rostro parecen dos pozos oscuros que escrutan mi cara-. Te pareces un poco a un chico que también tuvo a Ray a su cargo hace tiempo. Puede que fuera algo más jovencito, un chico muy mono. Sí, lo cierto es que os parecéis bastante. Él también era un poco llorica.

Más bien bastante zorra.

Sí, soy un llorica –claudico de mala gana. Sólo quiero salir de aquí. Me duele la cabeza-. Siento no estar a la altura de sus expectativas, madame.

Maya sonríe lentamente y alarga una mano para rozarme. Sus uñas son medias lunas perfectas.

-Sé que quieres marcharte a lamerte las heridas. No te culpo. Sólo permíteme que te diga una última cosa, cher: nunca he visto un novato que dure más de seis meses. Ava los selecciona muy cuidadosamente, pero al parecer todavía no ha encontrado la combinación perfecta, porque Raymond los devora, pela los huesos y los guarda como trofeos. Para nosotros, aquí en el salón de la Jaula, algunos son más divertidos que otros. Los mejores son los peleones, desde luego, aunque a algunos también nos gustan los lloricas. Son entretenidos en extremo –es difícil saberlo en la oscuridad, pero su sonrisa parece haberse ensanchado hasta límites crueles-. En cualquier caso, si hay una cosa cierta, novato, es que los derrotistas nunca han durado mucho en el Chat. Ni con Ray, ni con nosotros.

La mano vuelve al regazo, los prismáticos dejan de escrutarme. Anita, aquella irritante asiática, está sentada en el regazo de un hombre joven que me recuerda vagamente a alguien (¿se trata de un famoso actor, quizá?). Es una escena mucho más interesante que yo.

Hora de escaquearse.

Justo antes de deslizarme entre unas cortinas, aún llego a escuchar la voz de Maya escurriéndose dentro de mi cráneo.

-No seas un derrotista, Louis. Los derrotistas son los que más rápido se consumen y no ofrecen espectáculo alguno.

No quiero escuchar más a esa mujer, su voz me acelera el corazón por algún motivo y sus palabras esconden una amenaza velada que me pone los pelos de punta. Sacudo la cabeza mientras me refugio en las sombras, donde puedo estudiar la pausada actividad del salón, la voz estridente de Anita retumbando por encima de la música, pero no sobre el runrún de mi cabeza.

Mentiría si dijera que no me siento un poco deprimido. Desamparado, más bien. Me pregunto si por culpa de mi inutilidad habré perdido a mi único amigo aquí en el Chat. Al pensarlo, un ramalazo de pánico me cierra el estómago. Agraviado Sacha, también puedo olvidarme de Chiara, su mejor amiga y aparentemente la única criatura racional en este hotel de locos. Sólo he podido hablar con ella unos minutos antes de que saliera disparada, pero me ha bastado para formarme una idea bastante clara de ella. Estudiante italiana de Bellas Artes, al igual que nos ocurrió a mi hermano y a mí, se dejó encandilar por los encantos de París; y tal y como le pasó a un servidor, acudió al Chat acuciada por los gastos de la universidad y sin tener ni la menor idea de lo que se cuece tras los imponentes muros del club. Según sus propias palabras, “el Chat te ataca por detrás, te muerde el culo y te devora, pero con el tiempo te las apañas y terminas acostumbrándote a vivir en su barriga.”

Al menos ella tuvo la inmensa fortuna de no acabar como yo.

Suspiro. Ojalá no tuviera que preocuparme por estas cosas. Ojalá no…

Algo vibrando en mi bolsillo rompe oportunamente la retahíla de odiosa autocompasión. Al principio echo mano de mi móvil, con la esperanza de que Paul haya decidido colgar el delantal un segundo para hacerme caso, aunque enseguida me doy cuenta de que no puede ser. Mi móvil está sumido en las profundidades de mi abrigo cochambroso, allá en la habitación de Ray.

Oh, cierto.

Chiara dejó olvidado algo encima de la mesita del cuarto de Sacha. Yo me eché esa especie de móvil al bolsillo casi instintivamente con la esperanza de devolvérselo antes de que dejara el club, pero al abrir la puerta me encontré con Sacha y sus acosadoras y lo olvidé por completo. Ni siquiera sé realmente para lo que sirve. Ahora, amparado en la penumbra del salón, voy a examinarlo con detenimiento cuando el híbrido entre móvil y busca vuelve a vibrar en mis manos. La pantallita se ilumina, revelando varios números primero y después dos nombres, el de Anita y -oh, sorpresa-, el de un notable miembro del partido conservador X de Francia.

Al mismo tiempo que yo recibo la notificación, ella despega los dedos de la nuca de su joven amigo y se levanta con un movimiento fluido. No sé cuál habrá sido la señal, pero todos vemos cómo desaparece entre las cortinas contoneándose. Nadie parece sorprenderse excepto yo, por supuesto, pero eso no es lo que me preocupa ahora.

El aparato, con una interfaz más bien simple, es entre otras cosas una réplica a pequeña escala del muestrario de precios del salón. Consigo acceder a él tras trastear un rato con los botones, oculto en el umbral que separa la Jaula del Chat. Contengo el aliento. Nunca me había fijado en que la tabla parece un animal vivo en el último tercio. Las cifras cambian en cuestión de segundos, nombres suben y bajan en una especie de lucha encarnizada por el ascenso. Da un poco de miedo, aunque más miedo da ver el aumento exponencial de los precios en la segunda tabla, y la forma en que se triplican en los tres primeros nombres hace que me duela el corazón por mi padre y su barquito.

La última vez que comprobé el estado de mi cuenta corriente estuve a punto de abandonarme a los ansiolíticos y al vino de tetrabrick, así que los números me provocan un mareo indescriptible. Me dispongo a apagar la especie de PDA para devolvérsela a Chiara, pero golpeo sin querer la pantalla táctil y algo ocurre. Un menú se abre. Un menú que me da la opción de cambiarlo… todo.

Y entonces caigo en la cuenta.

Es un controlador.

Chiara debe utilizarlo para mantenerse comunicada con Ava y tenerla informada de todos los movimientos de sus subordinados. Desde el aparato puede accederse a todo tipo de información acerca de los trabajadores del Chat, y, por supuesto, modificarla.

Trago saliva, mientras paso el dedo por el primer nombre de la lista (¿adivináis el de quién, no?). La monstruosa cifra parpadea un instante y un teclado numérico aparece en pantalla.

Mi memoria me trae de nuevo a la mente las miradas hambrientas de los clientes frustrados del salón; en la PDA, la sonrisa felina de Raymond me desafía desde un rincón de la pantalla.

Los derrotistas son los que más rápido se consumen.

Por encima de la música, de las conversaciones, la sangre bombeando en mis tímpanos. La idea vuela en círculos sobre mi cabeza. Es deliciosa. Por supuesto, lo más probable es que acabe con el culo en la calle y Alice me parta la cara por incompetente, pero…

En realidad os estoy haciendo un favor a todos. A vosotros, esnobs arrogantes, al Chat y a la humanidad. Ya veréis como no es lo mismo cuando alguien le baje esos humos y lo devuelva al reino de los mortales.

Echo un vistazo al último nombre de la tabla. La suya es una cifra modesta, como es de esperar, y mi dedo se pasea sobre el teclado. El chorro de números de mi protégé se reduce a cuatro. Le doy a aceptar.

Aunque la información tarda en actualizarse en la pantalla del salón, en mi mente ya está hecho. Un remolino de emoción incontenible me sacude las tripas, y sí, es realmente delicioso.

Antes de que el nombre de mi protégé caiga por debajo de todos los demás y el caos se desate en el salón, yo ya me he escurrido dentro del ascensor del club para desaparecer de la escena del crimen.

¿Quién es el derrotista ahora, madame?

Ray está derrumbado en el sofá de su cuarto en la Jaula cuando su siguiente cliente hace acto de presencia. No se ha molestado ni en vestirse después de la última (mujer del director de una empresa textil ucraniana o algo así; tampoco es que les haga mucho caso cuando alardean de sus vidas de escaparate ni los entienda cuando chapurrean sus tonterías en un francés o inglés deplorables), ni se molestará en hacerlo cuando termine con el nuevo. No son ni las tres, todavía le aguarda una larga noche, y no le apetece que vuelvan a arrancarle la camiseta del cuerpo. Sería la cuarta que le hacen jirones este mes.

En cualquier caso, no se mueve a pesar de haber oído perfectamente la puerta cerrarse y unos pasos inseguros. Esas pisadas delatan a su cliente. Ray sonríe, los ojos todavía cerrados, y sigue punteando el bajo en un riff interminable.

-Sir Maidlow –saluda, burlón. Sus dedos acarician el mástil de caoba al bajar a los últimos trastes un instante, y el sonido se desparrama hasta llegar a los pies de Gareth Maidlow, quieto a escasos pasos de él. Ray siente su presencia silenciosa cerca, y lo escucha perfectamente removerse al son de su voz.

-Creo que ya mencioné que preferiría que no me llamases así.

Ray entreabre un ojo, sin dejar de tocar. Gareth viste muy elegantemente, como siempre, y se toquetea el pañuelo que le rodea el cuello con gesto nervioso mientras sujeta una botella sin etiquetar con la mano libre. Al verla, Ray se olvida del bajo, que deja abandonado en la cama, y se incorpora con una agilidad felina para arrebatársela. Gareth lo esquiva, acunándola.

-¿Qué trae su Excelencia? –lo hostiga él, mostrándole dos blancas hileras de dientes.

Su cliente le dedica una mirada casi avergonzada, sin soltar la botella, y Ray lo estudia a la luz de la única lámpara encendida del cuarto con los codos apoyados en las rodillas y con tanta intensidad que lo obliga a apartar la vista. Maidlow goza de buena presencia, ésa tan habitual en los hombres jóvenes de su estatus social y a la que el prostituto está tan acostumbrado: facciones aristocráticas, pelo corto y oscuro perfectamente cortado, educación exquisita. Típico. Le aburriría, de no ser por los detalles del carácter del galés que había ido descubriendo con el paso del tiempo. Debajo de la superficie de muñequito Ken, había cosas muy jugosas.

Alarga la mano en un movimiento tan veloz que ésta vez Gareth no tiene tiempo de apartarse. La botella acaba en sus garras.

-Es sólo una tontería, Raymond –farfulla con rapidez su cliente, despojado de su presente, y le da la espalda para quitarse la chaqueta. Ray despega la vista de la botella (vino, presumiblemente, nada del otro mundo) para contemplar la tensión en los hombros anchos de Maidlow. Gareth suele comportarse con timidez cuando está cerca de él, también tiene por costumbre traerle regalos, pero hay algo raro en la rigidez de su cuerpo.

-Es vino español. De… la bodega de un amigo de mi padre. Ésa botella forma parte de una reserva especial que guarda para nosotros…

Gareth toquetea la chaqueta sin volverse y sigue desbarrando acerca de bodegas y del ducado de su padre, y de cosas que a Ray no le interesan lo más mínimo. Éste deja la botella a un lado, en el suelo, y se le acerca silencioso por la espalda, encogido como un depredador que acecha a su presa.

Maidlow le gusta. Visita el Chat una vez al mes sólo para verlo a él, pero no con el mismo objetivo que el resto de sus clientes. Gareth lo arrastra a sitios caros, le hace regalos caros, y, en definitiva, lo trata como si fuera algún tipo de escort y no un puto de lujo. La delgada línea que separa una cosa de la otra es apenas apreciable, pero para Ray es clara como un cartel luminoso, y al principio, cuando Maidlow se limitaba a esquivar el sexo e intentaba sonsacarle detalles de su vida privada en restaurantes exclusivos de París, se sintió molesto. Agobiado. Hizo todo lo posible por deshacerse de él y se convirtió en un verdadero  grano en el culo. Más de lo habitual, vaya. No obstante, luego se hizo casi divertido ver cómo Gareth volvía al club todos los meses a pesar de sus cabronadas, y al final terminó acostumbrándose a sus visitas periódicas después de conseguir arrastrarlo hasta su cama.

Sí, con toda probabilidad, es su cliente favorito.

-Lord Maidlow, Excelencia –lo pincha, rodeando al galés por la ancha espalda en un ataque sorpresivo. Gareth se sacude en sus brazos un momento antes de envararse aún más-. ¿A qué se debe tal muestra de generosidad? -sus largos dedos de pianista se aventuran por debajo del cinturón de cuero de su víctima, rodean el bulto bien empaquetado de su entrepierna-. ¿Es para bañarnos en vino? Ava se volverá loca. Es perfecto. Aunque con una botella no basta, lamentablemente.

-No…

Retorciéndose repentinamente, Maidlow consigue librarse de su abrazo y lo sujeta por las muñecas, enfrentado a la sonrisa torcida de Ray y a su piel desnuda. Para delicia del prostituto, el otro se sonroja un poco con la visión. Si iba a decir algo, eso definitivamente lo deja cortado y callado.

-¿No? Entonces lo que quiere su Excelencia es emborracharme y violarme contra el sofá -como para corroborar eso, tira de Gareth aprovechando que éste todavía lo sujeta y ambos caen pesadamente sobre el mueble. El cuerpo recio y grandote del galés hunde a Ray en el sofá-. ¿Me equivoco? -murmura, su nariz a escasos centímetros de la de su cliente.

Maidlow respira con fuerza, y su aliento tembloroso acaricia la cara del hombre que tiene debajo. Huele a alcohol. A lo mejor esa botella tenía otras hermanas que no han sobrevivido todo el camino hasta la Jaula. Eso explicaría lo tenso, perdido y asustado que parece de repente su cliente.

Ray podría aprovechar la situación y pasar del sexo. De hecho, sería lo más conveniente teniendo en cuenta que Ava se está vengando por sus vinos y ha procurado saturar su horario de hoy con los ejecutivos de instrumentos de mayor calibre del país. Al recordarlo le duele el culo, pero es que Maidlow le gusta de verdad. Su timidez natural (a pesar de todo el tiempo que se conocen), esa torpeza infantil con la que le trata cualquier tema erótico con él y, sin embargo, la elegancia de duque con la que esquiva sus tretas, son aspectos que le resultan bien estimulantes.  Incluso le recuerdan un poco a su gatito.

No es un gran problema forzarlo a follar con él. A fin de cuentas, es su jodido trabajo

El galés parece recobrar un poco el sentido mientras él cavila, los iris de un color claro indefinido clavados en su cara, y hace ademán de incorporarse. Él le rodea el cuello con un brazo para evitar que se escabulla de nuevo y su lengua se escapa para dar un toquecito tentador a aquellos labios tan firmemente apretados. La presión en sus muñecas no tarda en acentuarse. Gareth emite un sonido apenas perceptible.

Es un tío grande y fuerte, probablemente acostumbrado a emplear en toda clase de deportes inútiles su ociosa vida, pero apenas opone resistencia cuando Ray le desabrocha la camisa y el chaleco de seda y los deja hechos un ovillo al lado de la botella de vino. Sólo deja escapar un gruñido dócil y se deja guiar por las manos expertas que lo instan a tocar el cuerpo escurridizo debajo del suyo. Ray ronronea en su oreja, satisfecho con lo fácil que es siempre llevarlo hasta tal situación.

-¿A dónde querías llevarme esta vez, Maidlow? –agarrándolo por los hombros, intercambia sus posiciones y hunde al proyecto de duque entre los cojines para sentarse a horcajadas sobre su regazo.

Gareth vuelve a adoptar una posición rígida, algo antinatural, y lo mira como lo haría un cachorrito mojado en la cuneta. Ray, que ya se las había arreglado para liberar el grueso cimbrel de su cliente y estaba prodigándole las atenciones pertinentes, detiene el proceso al ver la nula reacción que están provocando sus acciones y mira al galés.

-Permítame –comienza, con una petulancia que le resulta vomitiva incluso a él-, Excelencia, advertiros de que conseguiría levantarle la polla incluso a un Ken de plástico como su merced.

A fin de cuentas, me avalan años de…

-Seis años –balbucea de pronto Maidlow, mandando al garete su estudiado discurso. Sin dar oportunidad al hombre que tiene sentado encima en pelotas de planear su próximo movimiento, continúa, desviando la mirada:-. Hoy hace seis años que llegaste al Chat Bleu.

Ray parpadea. Sí, es posible. Tampoco es que recuerde la fecha, sólo que, efectivamente, Gareth fue uno de sus primeros clientes. Nunca ha sido muy fan de las interrupciones, a no ser que se trate de un calibre 18 (cm) o 95 (copa C), y no entiende qué hay de emocionante en cuándo o cómo llegó al club, así que vuelve a su labor. Lo cierto es que el problema en todo esto no está en las capacidades de erección de Maidlow, que lleva un rato apuntando al norte, sino que, a pesar de ello, el tipo parece bastante desconcentrado.

Eso le molesta.

-¿Y qué? –pregunta, y sin añadir nada más se sienta sobre la polla venosa de su cliente, provocándole, al fin, un respingo. Él siente un calambrazo de dolor. Mierda, ha calculado mal. Pensaba que después de una sesión con la ucraniana loca por el pegging bastaría para poder follarse al galés sin lubricación, pero resulta que éste calza un grosor que había olvidado por completo-. Joder, ¿qué os dan de comer a los duques?

Acto seguido, se incorpora y vuelve a dejarse caer de golpe sobre su atormentado cliente, apretando los músculos alrededor del falo que tiene entre las piernas. Es perfectamente consciente de que no tardará en arrepentirse de ser tan bruto, pero la expresión de Maidlow, la forma en que ha comenzado a sujetarlo por las caderas, instándolo con escasa discreción a continuar, merecen la pena.

Accediendo a su muda petición, Ray inicia un lento movimiento que el duque recibe con un gemido y alargando una mano para apoyarse en la espalda del otro. Sus dedos le dibujan formas abstractas sobre la piel, y él se estremece, al tiempo que agarra a Maidlow del cabello para obligarlo a levantar la cabeza. Para su sorpresa, Gareth ya no parece tan borracho ni tan perdido como antes. Su mirada tiene un brillo diáfano. Algo triste.

-Seis años… éstas también tienen seis años, ¿verdad? –dice en voz baja, y Ray se da cuenta de que en realidad los dedos del galés está siguiendo las formas irregulares y casi desvanecidas de sus cicatrices-. He estado investigando, Raymond. Tengo buenos contactos, fiables. Y ahora… ahora sé algunas cosas.

El cuerpo se le queda estático durante unos segundos, en los que puede escuchar con total claridad cómo su corazón vuelve a su ritmo cardiaco habitual. Mientras, Maidlow lo mira como si intentara atravesarle el alma.

Gareth ya se había interesado antes por el entramado casi imperceptible de marcas que le recorren la espalda. Y, si bien no había sido el único, sí que resultó ser el más insistente. Pesado incluso, al principio. Los años y las evasivas resueltas de Ray parecían haberlo puesto en el sitio, pero ahora…

Ahora ha estado investigando. Ray nunca pensó que el idiota se atrevería a llegar tan lejos.

-Escucha, desde el primer día sospeché que estaba pasando algo raro aquí. Y… la verdad es que todavía no lo tengo claro, pero sí que sé quién te trajo aquí, y también sé con certeza que puedo sacarte. Nunca he estado tan seguro –Ray entrecierra los ojos. Está cansándose de este juego a una velocidad que ni siquiera él esperaba. Quizá es la forma casi desesperada con la que Maidlow lo sujeta, que ayuda a acelerar el proceso-. Sólo tienes que venir conmigo. Por favor… Yo… yo te…

Un estruendo interrumpe para siempre aquello que fuera a decir. La puerta del cuarto se abre con tanta fuerza que rebota y hubiera vuelto a cerrarse con violencia de no ser por la presencia en el umbral de Chiara, precedida además por una pequeña muchedumbre de exaltados con los que mantiene una acalorada discusión.

Los dos, perplejos y todavía el uno encima del otro, observan la fugaz degradación de los pulcros modales de la recepcionista en una especie de mezcolanza de francés y un calabrés o italiano furioso.

-¡Señora, por el amor de dios, deje de empujarme! ¡Eh! Non mi rompere il cazzo o ti spacco la testa!

Sus exabruptos hacen una gracia tremenda a Ray y le permiten huir de la incómoda situación de hace apenas unos segundos.

-Chiara, ¿no ves que estoy ocupado? –comenta, jovial, palmeando el hombro de un Maidlow todavía estupefacto-. Oh, y eso ha sido terriblemente vulgar.

Vaffanculo! –vocifera ella, y su rugido hace que la muchedumbre enmudezca. En el fondo, Chiara es un pequeño demonio esperando devorarlos a todos-. ¡Todo esto es culpa tuya, hijo de Satán! ¡Me despedirán por esto!

Ray bufa y vuelve a moverse un poco encima de Gareth, más por insolencia que por otra cosa. Las damas y los caballeros de detrás de Chiara dejan escapar un poético suspiro de admiración prácticamente al unísono.

-No recuerdo haber quemado nada últimamente.

-¡Entonces dime quién me ha robado el controlador y ha jodido el sistema! –hace una pausa dramática, en la que el sujeto de su odio se limita a dejar caer los párpados. La recepcionista le dedica entonces una mirada de odio profundo y se arregla el moño con una tranquilidad inquietante-. No hace falta que confieses. Eres el epicentro de todo el mal que se dispersa por este club. Pues bien, espero que te estén dando bien por culo, porque aquí hay al menos veinte personas que, gracias a la simpática manipulación de sistema, están esperando a hacerte lo mismo ahora. Oh, y espero que no te olvides del resto del horario. Ellos llegaron primero. Disfruta mientras sigas entero, querido.

Y, sin despedirse de su séquito, que la contempla con una fascinación muda, se larga como un huracán pequeño por donde ha venido.

-Eh, un momento –grita él al espacio vacío en que el estaba la pequeña figura de la secretaria-. Yo no he sido, y veinte son demasiadas pollas.

Por primera vez en su vida, tiene toda la razón al decir que no ha hecho nada. Pero entonces…

Oh, claro.

Jodido gatito.