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Extras De lujo

EXTRA 1

(Hermanos)

 

Navidad de 2008-2009 (noche del 31 de diciembre). San Petersburgo.

El cielo oscuro y turbulento amenazaba tormenta, y un viento gélido proveniente de Siberia cortaba los labios y congelaba las extremidades, pero, con todo, la Plaza del Palacio de Invierno de San Petersburgo era un hervidero ruidoso de gente y música. Nikolay, abriendo y cerrando los dedos enguantados dentro del bolsillo de su anorak, se abrió paso ágilmente entre hombres, mujeres y niños que se habían reunido para celebrar la última noche del año del calendario gregoriano. Sus pies congelados en las botas de montaña (a pesar de los dos pares de calcetines) crujían sobre la nieve recién caída, el aliento se condensaba casi antes de salir de su boca y los ojos le escocían con el viento frío. No obstante, se esforzó por no pestañear ni un instante para no perderse detalle de los cientos de caras. Estaba buscándolo como loco, y cuando lo encontró, ni siquiera las relucientes bombillas de colores y las luces estroboscópicas en el cielo lograron desviar su mirada del brillo platino en el pelo de Aleksandr.

Kolia tuvo que detenerse en seco en mitad de la nada para contemplar mejor a su mellizo. Sacha estaba de pie, cerca del enorme abeto que el ayuntamiento había colocado y decorado en mitad de la plaza, y las luces rojas, verdes, azules y blancas se reflejan en el extraño color de cabello de su hermano, formando una rara aureola de parches en su cabeza.

Él se detuvo, frotándose las manos enguantadas, para observar mejor su figura pequeña, delgada y desgarbada. Las botas de agua naranja fosforescente de Aleksandr parecían un reclamo luminoso y cálido en mitad de un páramo. Él las miró con un atisbo de sonrisa incontenible y, tras vacilar, temblando y siendo zarandeado por la multitud, salvó la distancia entre ellos en dos zancadas y caló su gorro gris en aquella cabecita rubia.

Priviet, cabezón –saludó, aunque su sonrisa casi le descoyuntó la mandíbula cuando Sacha se volvió, el gorro de lana sobre sus ojos, para restregar su nariz helada contra la de Kolia, en mitad de un gritito de alegría-. ¿Qué haces que no te abrigas? –añadió, frunciendo el ceño, y se quitó rápidamente la bufanda para rodear con ella el cuello de Aleksandr, que acababa de quitarse el gorro y estaba tratando desesperadamente de amansar su pelo, ahora cargado de estática.

-¡Me has despeinado! –se quejó, con un mohín que resaltó el rosa que le teñía la punta de la nariz y las mejillas. Kolia le ciñó la bufanda a pesar de sus protestas (ésta no era lo bastante estilosa, y encima no pegaba con sus botas), y luego lo estrujó entre sus brazos, alzándolo en el aire hasta que a su hermano se le acabaron los reproches, convertidos en una risa tonta.

-¿Me has traído un regalo? –preguntó, restregando su cara helada contra el abrigo de Kolia, quien resopló un risotada.

-¿Mi sola presencia no te parece bastante regalo? –replicó, con falsa petulancia, y sintió que el leve peso de Sacha (que no dejaba de moverse), lo hacía tambalearse hasta casi arramblar con un par de niños que jugaban a perseguirse entre sus pies.

Él volvió a dejarlo en el suelo, no fuera a ser que aplastaran a algún crío, y Aleksandr hizo un puchero al comprobar que, efectivamente, Kolia no había traído nada para él.

-Kolia malo –dijo, dándole la espalda y levantando la barbilla.

Nikolay lo abrazó por la espalda y lo empujó para obligarlo a abrirse paso entre la multitud y así poder ver mejor la decoración navideña de aquel año. A punto de acceder a la universidad, esta vez Kolia no había tiempo ni de asomar la cabeza por la ventana, y con mama Korsakov de viaje de negocios en California –o algo así-, su vida se había limitado a enterrar la nariz en sus libros y dejar comida hecha para evitar que Sacha muriera de inanición (porque de dejar que se metiera por su cuenta nada en la cocina nada, que terminaría quemando la casa hasta los cimientos). Salir a la calle y volver a sentir el frío pelándole los labios era agradable.

-Tú tampoco me has traído nada –observó, pero Sacha se limitó a insistir en lo malvado que era, dejándose arrastrar por toda la plaza. Kolia hundió la mejilla en su omóplato. Estaba caliente y olía bien, como siempre. Una sensación muy agradable le subió por la garganta-. Te compraré lo que quieras de camino a casa, ¿da?

Sacha se detuvo un instante, lo miró de reojo y se llevó una mano a la tripa.

Ya hochu est

Kolia sonrió y lo agarró del brazo, arrastrándolo hacia los alrededores del Palacio de Invierno. Sacha metió la mano en el bolsillo de su hermano en un gesto automático, lo que provocó que a él le latiera el corazón un poquito más rápido.

-¿Vatrushka? –sugirió, arrebujándose en el abrigo mientras dejaban atrás el gentío. Aleksandr sacudió la cabeza, caprichoso-. ¿Blinis, entonces?

Había una blinnaya cerca, la favorita de Sacha. Adoraba los crepes, Nikolay lo sabía bien, y, en efecto, el pronunciar aquella palabra sirvió para iluminarle los ojillos grises. Kolia volvió a sonreírle y, sin poder contenerse, le dio un beso fugaz en la comisura de los labios, pero la reacción de Sacha fue casi nula, la de total normalidad. Habían compartido gestos como esos durante toda la infancia, y ahora encima los adornos navideños y de las luces que colgaban sobre sus cabezas captaban toda su atención, Kolia no podía esperar otra cosa.

Pero ello no le hacía sentirse menos vacío.

Salieron de la blinnaya con un buen montón de crepes y té negro calentándoles las manos y los estómagos, y entonces la mente dispersa de Sacha los llevó a través de callejones y avenidas, viendo toda la decoración que fue capaz de entrarles por los ojos. Sólo, y sólo, cuando su hermano estuvo seguro de que no se había perdido un solo detalle, lo arrastró de vuelta a la Plaza del Palacio, justo a tiempo para ver los fuegos artificiales de fin de año, que Nikolay vio únicamente y de principio a fin reflejados en las pupilas de un muy emocionado Aleksandr.

Hubo algarabía, música y un ambiente festivo que se prolongó en la helada noche del norte a pesar de los gruesos copos que empezó a descargar el cielo pasada la medianoche. De pie junto al yolka tan profusamente ornamentado, Kolia vio a Sacha cantar, jugar con los mismos niños que habían estado a punto de aplastar hacía un rato y bailar (muy mal, pero henchido de alegría) con una mujerona dos cabezas más grande que él, hasta que las piernas casi no lo sostenían. Para volver a casa, Nikolay prácticamente tuvo que arrancarlo de las garras de la Navidad.

Por aquel entonces, ambos vivían en el dúplex de mama Korsakov, en las afueras de San Petersburgo y debido a la distancia, Kolia no tuvo ningún reparo en llamar al portero del edificio, un viejo amigo de la familia con nombre polaco impronunciable, para que fuera a recogerlos. Esperaron al abrigo de un portal, con Sacha apoyando la cabeza en su hombro, hecho un ovillo, y cuando el sobrio coche negro se detuvo al otro lado de la calle, simplemente saltaron dentro sin hacer mucho caso de los gruñidos de su conductor (aunque al llegar a casa, Nikolay se detuvo un instante para disculparse por haber interrumpido su cena de fin de año, y le prometió invitarlo a tomar el té con mama cuando ésta regresara de California o de donde fuera que estuviese iluminando al mundo con sus diseños).

Subió trotando al segundo piso, después de haberse librado de las pesadas botas de montaña en el recibidor. Sacha estaba derrumbado en la mullida alfombra de piel negra, sus botas naranjas, el abrigo, la bufanda de Kolia, sus pantalones y otras prendas desperdigadas por el camino hasta él. Nikolay se paró un segundo, lo observó restregarse contra el suelo en un ridículo intento de entrar en calor, sacudió la cabeza y fue hasta el baño para dejar todas sus prendas mojadas en la bañera. Luego se agachó, en ropa interior, para sacar dos toallas grandes e impolutas de los cajones debajo del lavabo, y al levantarse, se topó con su reflejo.

Él ladeó un poco la cabeza, y con las toallas aún en la mano se apartó un mechón oscuro de la cara. Desde que eran pequeños habían provocado señores dolores de cabeza a sus padres, amigos, vecinos y, en particular, profesores, haciéndose pasar el uno por el otro. Eran casi idénticos, como gemelos, tanto que mama Korsakov había tenido que obligarlo a él a hacer cualquier cosa por distinguirlo de Aleksandr, para evitar que Kolia fuera, por ejemplo a los exámenes de Aleksandr. Él se tiñó de moreno, pero ahora, mirándose en el espejo, supo que dentro de muy poco ya no sería necesario que siguiera haciéndolo. La genética estaba llevando a cabo ése trabajo por él.

Ahora, Kolia ya sacaba un par de centímetros a su hermano. Tenía la nariz menos recta, los pómulos más altos que los Aleksandr. Y, aunque todavía eran pequeñas diferencias, apenas perceptibles, él era perfectamente consciente de que cada día su cuerpo se empeñaba en alejarlo un poco más de su mellizo.

Dentro de nada, Kolia entraría en una de las mejores universidades de Rusia, mientras que Sacha ni siquiera sabía qué iba a hacer con su vida en un futuro cercano. Apenas tenían los mismos gustos. En realidad, sólo eran mínimamente parecidos en el exterior.

Así que, si dejaban de ser iguales, ¿qué le quedaría entonces?

Nikolay apartó la vista de su reflejo, un regusto de ansiedad trepando por su garganta. Se asomó a la puerta, y vio a su hermano donde lo había dejado, rebozándose en la alfombra. Mientras lo miraba pensó que no sabía qué le depararía el futuro, pero no quería perderlo. No podría

Suspiró, saliendo del baño.

-Hey, sexy -lo saludó su hermano, justo antes de que Kolia le arrojara la toalla a la cara-. Mis dedos parecen palitos de pescado.

Él sonrió un poco, dejándose caer a su lado.

-Mis guantes tampoco pegaban con tus botas, ¿verdad? -lo pinchó, y Sacha se quitó la toalla de la cara y le sacó la lengua-. Ven, anda.

Le restregó el pelo hasta dejarlo bien seco, sin hacer mucho caso de las protestas airadas del rubio, y también le despojó de la fina camisa que había llevado debajo del anorak y que se había encargado de empaparse también. Sacha se dejó hacer, resignado, ya que su pelo ya había adoptado una forma leonina imposible de arreglar, y con los dientes castañeteándole, parloteó de cosas sin importancia. Kolia le restregó los hombros con la toalla, algo ausente. Estaba absorto con el movimiento hipnótico de los labios de su mellizo.

Seguramente estaba siendo egoísta.

No. Lo estaba siendo.

-Kolia.

Era un egoísta y horrible hermano.

Se suponía que tenía que cuidar y preocuparse por Sacha. No…

-KOOO LIIII AAA.

Algo helado le apretó la cara, y Nikolay no pudo contener un respingo. La cara de Aleksandr estaba a centímetros de la suya y apretaba las manos contra sus mejillas.

-Me vas a arrancar la piel de los hombros, Kolia. Qué malo eres.

Él parpadeó. Luego alargó la mano hacia su cara, hasta rozar los dedos de Sacha.

-Siguen como palitos de pescado –dijo éste, y su hermano tardó una eternidad en entender que se refería a esos mismos dedos, que él envolvió en los suyos, lentamente.

El pulso de Aleksandr palpitaba en su palma.

-Soy un mal hermano –susurró, y sin esperar respuesta, apretó sus labios contra los de su mellizo.

Fue sólo un instante. Lo suficiente para resarcirse un poco del regusto amargo que llevaba mascando desde hacía ya demasiado. Los acarició con los suyos, cortados por el frío, y se apartó, sintiéndose casi peor que antes. Sacha lo miraba con la cabeza ligeramente ladeada.

-Perdóname.

-Era bromi.

-¿Qué?

El otro levantó las manos y sacudió los dedos delante de su cara, como si Nikolay fuera tonto.

-No eres tan malo, ya no me duelen los dedos, ¿ves? –y sonrió, aunque al ver la expresión de su hermano, torció el gesto-. ¿Qué pasa?

Kolia suspiró y le acarició la cabeza, sin poder evitar enredar los dedos en el pelo suave y claro de Sacha. Últimamente no podía contener nada de lo que hacía.

-Te quiero –confesó, apenado.

El techo parecía a punto de derrumbarse sobre su cabeza. Se sintió mareado, como si llevara varias copas de más en el cuerpo y el suelo hiciera lo posible por bambolearse de un lado otro, sin piedad alguna.

Es normal si Aleksandr decide odiarlo. ¿Quién no iba a odiar a un hermano traidor?

-Ya, ya sé. Yo ta…

-No del modo que debería, Sacha.

-¿Hay un modo incorrecto?

Nikolay no respondió. El corazón parecía querer reventarle la caja torácica, no parecía que fuera a dejarle hablar. De pronto no quería estar allí. Ni allí ni en ningún sitio. Quería que la alfombra desarrollara unos tentáculos que se lo tragaran para siempre. O que reventara la ventana y una corriente de aire huracanado lo levantara y se lo llevara lejos de Rusia y del mundo conocido.

Sin embardo, nada de eso ocurrió. Cuando sintió las manos –ahora tibias- de Sacha en su cara de nuevo, pensó que la vergüenza lo iba a descomponer en piececitas diminutas que se colaran como granos de arena entre las rendijas de la tarima flotante.

-No llores, Kolia.

Aunque tenía los ojos fuertemente cerrados, Kolia leyó a la perfección el camino que seguían los dedos del otro al limpiarle la cara, el aliento caliente e irregular contra sus labios. Sólo Sacha podía hacer que todo su mundo diera un vuelco cada vez que lo tocaba.

Sólo Sacha.

-Me asusta la universidad, todo… todo lo que pueda alejarte, pero ésta no es la solución –murmuró. ¿Cuánto llevaba rumiando aquello? ¿Meses? Ya daba igual, porque incluso con sus temores era egoísta.

-Puedes quererme como quieras, Nikolay tonto, como desees.

Kolia abrió los ojos. Había notado el leve temblor en las manos que los sujetaban. La plata líquida en los iris de Aleksandr parecía vibrar. Bajó un poco la vista, y vio resplandecer la humedad en el labio inferior, entreabierto, de su hermano.

Nunca antes había deseado tanto morder ésos labios.

El cuerpo de Sacha hizo un ruido sordo al golpear el suelo, que –esta vez sí-, se tragó la alfombra. Lo que ésta no logró engullir fue el sonido desmayado que se escapó del rubio cuando Kolia intentó devorarlo, de forma torpe y apasionada, casi rabiosa, dejando sus labios de un color que rozaba el bermellón.

-Está mal –afirmó el mayor, tras el chasquido (que reverberó en su cráneo) que dejaron éstos al separarse de los suyos. Sacha lo miró sin verlo, las pupilas dilatadas y su pecho subiendo y bajando, arrítmica y rápidamente.

-Sólo está mal si no eres tú –suspiró en respuesta, y cruzó las piernas por detrás de la espalda de Kolia al tiempo que dejaba caer los brazos por encima de la cabeza, en total sumisión.

Nikolay le arañó sin querer los muslos al bajarle el calzoncillo, Sacha arqueó la espalda con el contacto frío de sus dedos en la entrepierna. Su hermano pensó que no había curva más perfecta que la que podía formar la columna del rubio, y no se resistió a deslizar las yemas por ella, camino arriba, y luego abajo otra vez, llegando cerca de donde se clavaba su impresionante erección.

-Ya, Nikolay –jadeó de repente Alexandr, interrumpiendo el recorrido que hacían esos dedos ya entre sus nalgas-. Ya.

La orden se deslizó sobre Kolia como mantequilla caliente. Sacha estaba estirado sobre la alfombra, su cuerpecito blanco tenso y blanco en contraposición con la alfombra, y el otro pensó que su boca se iba a descoyuntar en un grito mudo cuando comenzó a abrirse paso dentro de él, poco a poco, hasta tocar su culo con las caderas. Entonces, temblando él también, se inclinó para apoyar su frente en la de Sacha.

-Ya está, mi amor –lo tranquilizó, aunque al menos el pulso de su hermano no parecía querer tranquilizarse.

Besó las mejillas encendidas de Aleksandr con devoción y retrocedió un poco para ensartarlo por primera vez…

… con la mala pata de que el empellón hizo que Sacha se golpeara la cabeza contra el sofá.

-Au.

-Ups –el rubio se restregó la nuca, y Kolia, sin querer entrar en pánico con su polla taladrando al otro, hizo lo primero que se le pasó por el cerebro atrofiado-. E-espera… Agárrate bien.

Lo levantó, con su mellizo (que ya no parecía preocupado por su cabeza) gimiéndole el nombre en la oreja, y tambaleándose se dirigió hacia la mesita del salón, de cuya superficie barrió cualquier molestia antes de dejar suavemente su preciada carga.

Una preciada carga a la que empezó a follar sujetándola por los pies.

-E-eres… todo, Sacha… -jadeó de manera inconexa entre caderazo y caderazo, sin darse cuenta de que tal vez estaba bombeando con demasiado ímpetu, pero hipnotizado por la forma desgarrada de gemir de su mellizo.

-Tuyo –sollozó el más joven antes de que todo su cuerpo se contrajera un instante que apretó la polla de Kolia y lo hizo ver otras galaxias. (Bueno, y correrse también).

De pronto liberado de toda la tensión, se dejó caer hacia atrás, en el sofá, manchando el suelo, a Aleksandr y parte de la alfombra en el camino. Los dos se quedaron muy quietos al principio, escuchándose respirar con dificultad, y luego Sacha se levantó para derrumbarse enseguida sobre el otro. Kolia lo rodeó con un brazo y respiró el olor indefinido de su pelo.

-No te vayas nunca.

-Nikolay tonto –replicó su hermano simplemente.

(MINI)EXTRA 2

Sueño húmedo

París está mudo y quieto.

No se ven turistas empujándose en una lucha encarnizada por inmortalizar cualquier recoveco de la ciudad, ni parisinos hastiados y congelados, deseosos de volver a casa. Ningún bateau-mouche surca el río, ni corro el riesgo constante de morir atropellado cuando atravieso Concordia con pasos silenciosos. De hecho, nada ni nadie altera el ritmo natural de la noche.

Camino rápido, encorvado dentro del abrigo y viendo una luna jorobada rielar en las aguas oscuras del Sena. Con la ciudad apagada y muerta, las estrellas tachonan el cielo, y yo tengo que detenerme un instante a contemplarlas. Cuando uno vive en una gran ciudad, se acostumbra demasiado a mirar el cielo gris y plano, tanto que suele olvidar cómo es el real. Podría considerarlo hermoso de no ser por el hecho inquietante de que de repente esté solo en las calles de una ciudad de más de dos millones de habitantes, y que, a pesar de haber gritado a la noche, el único sonido que haya recibido de vuelta fuera el eco de mi propia voz rebotando entre los edificios.

Acelero el paso, con un sentimiento angustioso mordiéndome las tripas, y dejo atrás la fachada lateral del Louvre, árboles desnudos, los callejones desiertos de Quartier Latin. Camino en círculos por el corazón de la ciudad, buscando una señal de vida, sea la que sea.

Pero vaya a donde vaya, el silencio sigue siendo desgarrador.

Me siento tan solo, tan desamparado, que cuando el viento me trae el débil sonido, no puedo evitar que el corazón me dé un vuelco. Contengo el aliento, quieto como un animalito asustado.

Es música.

Durante un momento pienso que no puedo ser, pero cuando lo hago, ya he echado a correr, y el viento me corta los labios mientras me deslizo sobre el hielo, mi aliento blanco quedándose atrás. Las notas, cada vez menos difusas, me guían a través del centro, me hacen volver sobre mis pasos y desandar lo andado, son confusas y luego nítidas como la luz del día. Y de pronto, me veo en L’Île de la Cité, frente a las dos imponentes torres góticas de Notre Dame.

Espiro. Inspiro.

El sonido es un violín, y los arpegios se derraman a través de los pórticos abocinados de la catedral hasta llegar rodando a mis pies. Dentro veo luz trémula, y sólo entonces me doy cuenta de lo congelado que estoy, porque el frío ha alcanzado los dedos desnudos y ahora sube trepando por mis brazos, sin detenerse. La iglesia es una promesa de calor y humanidad, tal vez, así que me acerco y, tras un breve instante de duda cruzo el umbral, esculturas de siete siglos escrutándome desde las arquivoltas de la portada. El interior, en efecto es caliente, pero sobrecogedor. Alguien ha cogido todas las velas y se ha tomado la molestia de disponerlas sobre el suelo, de modo que una capa gruesa de cera ha empezado a formarse sobre la piedra, y la luz no alcanza las bóvedas, ocultas en la negrura. Las llamas lanzan sombras vacilantes sobre las columnas, como si bailaran al son de la música que llega desde el ábside.

Hay alguien en la zona del presbiterio.

-Eh… ¿hola? -mi voz se eleva sin parar hasta chocar con el techo, todavía temblorosa por la carrera, y pronto la devora la melodía-. Creo… creo que algo raro está pasando ahí fuera y…

Me detengo de golpe, al mismo tiempo que la música. La figura, que estaba sentada en una silla desvencijada que sustituye al altar, acaba de levantarse emergiendo de la semioscuridad.

Al ver ésa sonrisa torcida, desearía haberme tirado al Sena y haber acabado con todo.

-Sabía que algún gatito terminaría asomando la patita por aquí -desde el presbiterio, la efigie de Raymond parece la de alguna aparición. Aunque no una divina, por supuesto.

Yo me llevo las manos a la cara.

-No me digas que eres el único hombre sobre la faz de la Tierra ahora mismo -gimoteo, y aunque sólo recibo un malévolo destello esmeralda en respuesta, es suficiente como para hacer que la temperatura descienda un poquito más a mi alrededor-. Señor, ¿por qué me odias?

Raymond suelta una risotada que, dentro de la catedral, se multiplica y parece rodearme. Me estremezco.

-¿De qué te quejas? Somos los únicos seres humanos en el mundo conocido, ¿no lo entiendes? -abre los brazos, en un gesto que parece querer abarcar toda la envergadura de la iglesia-. Sin ataduras, dueños de nuestras vidas por fin.

Frunzo el ceño, aunque el aire helado que se cuela por el pórtico me obliga a avanzar un poco más, acercándome al ábside sembrado de cirios.

-Pareces un predicador barato.

-Bueno, esto es una catedral, ¿no?

-Un predicador barato y blasfemo. Eres incorregible.

Él vuelve a reír, esta vez de forma más suave. Yo, que no he dejado de alejarme lentamente del frío que me corroe los huesos, me encuentro de repente tan cerca que puedo ver los rastros morados de un golpe bajo su ojo.

-Has elegido un lugar acorde con tu ego: desmesuradamente grande y pomposo.

-Y te encanta, gatito.

-Si con encantar quieres decir que me produce arcadas, tienes razón, es alucinante.

Ray suspira teatralmente, haciéndome un gesto para que termine de acceder al presbiterio. Yo obedezco, con algo de cautela. Nunca puedes fiarte completamente de mi protégé, y menos en esta situación. Me detengo a menos de medio metro de él, cruzado de brazos en actitud desafiante. Casi puedo verme reflejado en el negro infinito de sus pupilas.

-Eres mi peor pesadilla -afirmo.

-Pero si te he puesto hasta velitas -replica, y para cuando quiero darme cuenta del brillo lobuno en sus caninos, ya es demasiado tarde y mi cuerpo golpea el suelo haciendo un sonido que retumba en todas partes, esos dientes hundiéndose en el hueco de mi clavícula. Mi patético grito ahogado salta de columna en columna y se escapa por la puerta, Raymond gruñe como un animal, sujetándome por las muñecas.

-Suéltame, hijo de puta -siseo, revolviéndome con todas mis fuerzas, pero él vuelve a clavarme los dientes en el cuello. Siento su aliento caliente y húmedo contra mi piel.

-¿Por qué? -me susurra, y el estómago me da un tirón al reconocer la voz de Édouard en mi oído. Incrédulo, intento volverme hacia él, sólo para distinguir un atisbo de su blanca sonrisa complaciente-. Confía en mí, mon amour.

Sus manos grandes y suaves colándose debajo de mi camisa, apretándome un pezón, descendiendo lentamente por mi vientre hasta colarse debajo de mis pantalones. Me acaricia por encima del calzoncillo, mientras besa los sitios en los que Raymond me ha mordido, y sus dedos se adentran, otra vez, en territorio a medio conocer por los dos, introduciéndose en mi cuerpo sin permiso, tocando…

-No -jadeo, y la desesperación y la excitación hacen temblar mi voz, aunque es lo bastante firme como para detener en seco a Édouard-. Yo ya no puedo confiar en ti…

El dolor en su expresión no tiene nada que ver con el que siento yo cuando la mole de Léo me aplasta brutalmente contra el suelo, y sus manazas enormes me aprietan las muñecas hasta cortarme la circulación, sustituyendo el tacto blando de las del argelino.

-¿Por qué te resistes? -lo único que veo es la herida aún sin cicatrizar que mi botellazo le ha dejado en la sien y la luz vibrante de las velas. Lo único que siento, por encima del dolor que me producen los dedos de su mano libre al atravesarme, es la humillación atascándose en mi estómago-. Esto es lo que querías, ¿verdad, maricón de mierda?

-No. ¡No!

Léo sonríe. Tiene un diente torcido.

-Grita, putita. ¿Sabes quién va a oírte?

-Nosotros -corea el eco de su voz, multiplicándose hasta convertirse en ecos de voces diferentes, que se deslizan por las paredes hasta desaparecer por completo…

Inmóvil, respiro con fuerza. Las velas brillan con fuerza a mi lado y me ciegan un instante.

-¿Por qué? -insiste alguien sobre mi cabeza, pero esta vez sólo es Raymond. Sus manos, de dedos largos y encallecidos, me penetran con un movimiento ondulante y experto que hace sacudirse mi cuerpo entero. Yo le gruño y vuelvo a retorcerme, intentando huir lejos, pero el prostituto me sujeta con una mano y me hace estremecer con la otra-. Me deseas.

Mientras habla, alcanza algo dentro de mí que hace que mi polla termine de endurecerse y yo gimo. Cuando levanto la vista, los dientes apretados, me topo con esos malditos ojos verdes clavados en los míos, intentando atravesarme el alma.

-Sí -admito, pateándole la tripa. Ray me agarra del pie, y esta vez lo que me roza entre las piernas es la fría perforación de su glande-. N-no soy de paja, imbécil. Cualquiera lo haría… pero no quiero esto.

-Lo querrás.

Es rápido. El piercing me roza la próstata y me hace brincar en el sitio y agarrarlo de la camiseta con tanta fuerza que consigo hacerla jirones. Mis uñas le atraviesan también la piel sudorosa, abriendo surcos entre unas cicatrices más antiguas que las de Léo, unas cicatrices que forman un complicado entramado en su espalda. Está igual que yo. Igual de roto.

-Ni aun siendo el último hombre sobre la faz de la Tierra, estúpido -espeto, notándolo palpitar dentro de mí…

El politono de mi teléfono me arranca del sueño. Literal. Tan literal que con el sobresalto me golpeo la cabeza contra la pared de la bañera (en la que todavía tengo que dormir, por supuesto) y el maldito aparato se me escapa de las manos. Tengo que hacer contorsionismo para recuperarlo del suelo y descolgar, justo a tiempo para que el grito de Ava Strauss me perfore el oído:

-LOUIS-PHILLIPE.

-¿S-sí?

-RAYMOND. MUEVE EL CULO DE ESE PATÁN HASTA LA JAULA. AHORA.

Fin de la llamada. Yo gimo y aguzo el oído, esperando fútilmente oír a mi protégé tocar el violín, pero el silencio es aterrador en su cuarto. Evidentemente, no va a estar por aquí, donde puedo encontrarlo en un minuto y mandarlo de una patada a trabajar.

Estúpido Raymond.

Con un dolor palpitante naciendo en mi nuca, me levanto de un salto y trato de meter la pierna en un pantalón limpio al tiempo que me pregunto qué demonios habré soñado para tener la polla mirando al techo.

 

 

(MINI)EXTRA 3

(La aparición del gatito)

Los goterones, gruesos y helados, le aguijoneaban la cara.

Acodado en la barandilla, Ray dejó que la lluvia incesante de Londres le pegara la camiseta al cuerpo, convirtiéndola en una segunda piel pesada y empapada. No le molestaba estar expuesto a aquel frío; para él, era uno de los encantos particulares de la ciudad inglesa. La humedad gélida y brumosa que difuminaba los contornos de los edificios, el rumor del agua estrellándose contra las aceras y escurriéndose hacia ninguna parte… le hacían sentir bien de alguna forma.

A pesar de eso, seguía el movimiento del tráfico de primera hora de la mañana con gesto aburrido, sus piernas oscilando rítmicamente a centímetros del suelo. Erik, que lo había arrastrado otra  vez a uno de sus viajes exprés de trabajo, le había prohibido expresamente alejarse más de medio metro de la furgoneta hasta que él regresara. Ray obedecía sólo porque no quería quedarse sin un techo bajo el que dormir aquella noche. Como adolescente, necesitaba desesperadamente hacer exactamente lo contrario que se le decía, una y otra vez, y en aquella época en particular parecía no poder irse a la cama sin haberle provocado una migraña a su padre adoptivo.

Resopló, y dejó de estudiar el palpitar de la ciudad. A sus pies, la superficie ondulante de un charco le devolvió su imagen. Hacía poco que estrenaba sus dieciséis años, y se encontraba atrapado en un cuerpo que, desgarbado y delgado, era y al tiempo no terminaba de ser. Él le frunció el ceño a su reflejo todavía pecoso y desvió la vista, frotándose la cara.  Dios, aquellas manchas diminutas no querían desaparecer de sus mejillas.

Gruñendo, estaba restregándose la piel con la manga mojada cuando vio algo interesante.

Al otro lado de la calle, un grupo de de abrigos de colores se arremolinaba frente a una hamburguesería. Como una bandada de pajaritos impertinentes, los chicos se apretujaban unos contra otros, hacían demasiado ruido con sus cacareos y no prestaban mucha atención a la voz agotada de su guía. El grupo (posiblemente escolares de algún rincón del mundo) parecía pertenecer a una realidad completamente ajena a la suya, con sus mochilas al hombro, empujándose, haciendo el idiota y pasando completamente de la oportunidad de admirar esta catedral o aquel otro monumento.

Ray ladeó la cabeza con curiosidad, y se sintió casi decepcionado cuando la tutora de las criaturas renunció a seguir lidiando con ellas, obsequiándoles con un rato de tiempo libre que provocó que la bandada se dispersara rápidamente en todas direcciones. Él no había ido nunca al colegio. Erik lo había intentado, como es de esperar, pero el asunto había resultado más problemático de lo esperado teniendo en cuenta su forma de vida, y su padre había optado por dedicarse él mismo a su educación. Ahora, ver a los chicos corretear por las tiendas de souvenirs hacía que sus piernas vibraran con ansiedad, pero entonces recordó la furgoneta blanca aparcada a su lado, y dejó escapar un quejido de frustración.

Retenido junto al automóvil, vio esfumarse a los adolescentes delante de sus narices sin poder hacer otra cosa que esperar bajo la lluvia a que Erik regresara.

Resignado, iba a volver a concentrarse en su reflejo del charco, pero en el camino su mirada recayó en otra cosa. Él sí que parecía un pajarillo, pequeño, de piernas delgadas, y temblaba encogido dentro de una chaqueta de lana gruesa. Tenía los ojos cerrados y estaba muy quieto, y sólo después de unos segundos de contemplación, Ray se dio cuenta de que estaba aprovechando la salida de aire caliente en el umbral de una tienda, que le alborotaba el pelo rubio. Debía ser parte del grupo de visitantes, pero no sabía por qué se había quedado tan solo.

Él se sonrió, irguiéndose. Él también estaba solo y aburrido.

-Hey.

El chico no se movió al principio. Ray se inclinó un poco sobre la barandilla y volvió a llamarlo, y esta vez el rubio abrió un poco los ojos y miró en derredor. Cuando su iris azules chocaron con los suyos, el guardián de la furgoneta levantó la mano. El otro desvió un poco la vista hacia sus lados, como sin llegar a creerse que la cosa fuera con él.

-Yeah, you -insistió, y el pajarito parpadeó. Tenía una cara muy graciosa, con la nariz enrojecida por el frío y el desconcierto arqueándole un poco un ceja trigueña-. Come here.

El chico dudó. Se había puesto un poco más rojo de repente, pero Ray no creía que fuera por el frío.

-Come already! I’m not goin’ to bite you.

Y le enseñó sus dos hileras de dientes blancos y relucientes (poco o nada inocentes) hasta que el pajarito se decidió a cruzar la calle, vacilante y empapándose la chaqueta en el proceso. Éste se quedó parado a una distancia prudencial de Ray.

-I don’t speak English -dijo al final, después de un instante de mutua contemplación-. Well, poorly, at most.

Ray entornó los ojos.

-Deutsch? -preguntó. El rubio sacudió la cabeza-. Français, alors?

-Ouais -el otro respondió rápidamente. No parecía tan cómodo como Ray debajo de la lluvia. El tembleque de antes de había generalizado hasta sus piernas huesudas, y su gesto tímido estaba empezando a agriarse un poco por la impaciencia-. Qu’est-ce que tu veux?

Su acento era un poco redicho, de la capital, tal vez, y hablaba demasiado rápido. Ray no sabía mucho francés, el tiempo que había pasado con Erik en ese país había sido en la región de la Bretaña, con su dialecto incomprensible y cerrado. Aun así, hizo un esfuerzo por desenterrar el idioma de su memoria.

-¿Qué hacías ahí solo? -quiso saber, mientras apoyaba la barbilla en la barandilla otra vez.

El rubio torció la boca y se restregó la cara mojada con una mano, lo que le arrancó una sonrisilla a Ray. Ya no se asemejaba a un pajarito. Ahora le recordaba más a un gatito malhumorado.

Eso es. Un gatito.

-Nada. ¿Qué te importa, de todos modos?

-Estabas solo. ¿No quieres jugar a un juego? Tenemos cinco preguntas cada uno. Si no contestas, a lo mejor tengo que castigarte

Volvió a sonreírle, ladino, pero sólo recibió un gesto huraño que fue acrecentándose conforme la lluvia arreciaba. El agua golpeaba sus cuerpos y el pavimento con un ruido ensordecedor que se mezclaba con el resto de sonidos de la ciudad, una cacofonía agradable a los oídos de Ray.

-Qué tontería -le gruñó el rubito de forma un poco desagradable, antes de abrazarse un poco el cuerpo y mirar hacia el cielo, bizqueando. El pelo empapado le enmarcaba el ceño fruncido y los labios temblorosos-. Encima m-me estoy mojando -añadió. Entonces volvió a mirar a Raymond y a su camiseta pegada al cuerpo y a obviedad pareció golpearle en la cara, porque de pronto la arruga de su entrecejo se relajó y adoptó una expresión perpleja encantadora-. ¿No… no tienes frío?

Ray se enjugó el agua de la cara, las comisuras de su boca levantándose lentamente.

-No.

Un coche pasó zumbando tras ellos y el gatito tuvo que esquivar de un salto las salpicaduras. Ahora si el pelirrojo alargaba el brazo podría apartarle ese mechón ondulado de la cara, un mechón que él observó con los ojos verdes entrecerrados. Sonrió, mientras veía al otro acercarse un poco más, ya no para huir de los coches, sino movido por algún tipo de curiosidad que parecía más fuerte que su voluntad.

-¿Qué haces aquí bajo la lluvia? -inquirió.

Ray señaló su vehículo con el dedo gordo.

-Cuido de la furgoneta -respondió. El chico siguió la dirección de su dedo y torció un poco la cabeza.

-¿Y por qué?

-Para que nadie vea el cadáver del mafioso alemán que llevamos dentro mi socio y yo -la respuesta fue totalmente seria y grave, pero por dentro, Raymond reía. Se preguntó qué opinaría Erik de eso. Seguro que no le importaría nada tener el cuerpo de Hans en la parte trasera de su furgoneta. Realmente, a Ray tampoco le gustaba mucho el alemán, aunque con tal de fastidiar a su padre adoptivo…

Mientras él pensaba, el gatito rubio parpadeó de nuevo, incrédulo.

-Te estás riendo de mí. Mentiroso -le increpó, apretando los labios, pero ante la expresión imperturbable del otro, titubeó-. Porque no es verdad, ¿no?

-Claro que sí -dentro de la furgoneta sólo estaban sus cosas y un sándwich de pavo medio mordisqueado, pero a Ray le gustaba más su versión-. Tengo que evitar que gatitos curiosos como tú se metan dentro y fastidien el plan.

El otro frunció el ceño, aunque rápidamente se envaró, entornando los ojos azules con suficiencia.

-¿Para qué me has llamado entonces? Ese plan no es muy eficaz, hein?

Ray se pasó la lengua por los labios mojados.

-Eres mono -confesó, lo que provocó que la sangre bombeara repentinamente hacia la cara del rubito francés. Aun así, el guardián de la furgoneta no le dio un respiro:-. ¿Qué hacías ahí solo, gatito?

-Yo no soy ningún ga…

-No dejas de mirarme, ¿te gusta lo que ves? -le enseñó los caninos, escrutando de arriba a abajo a su interlocutor, quien apretó los brazos todavía más alrededor de su pecho con la cara de mismo tono granate que su bufanda.

-No es lo que…

-A mí también me gusta lo que veo. ¿Has tenido algún novio?

-Eso no te…

-¿Virgen, entonces?

El gatito emitió un sonido estrangulado. Qué adorable. Ray deslizó la lengua por delante de los dientes.

-Ok, too soon, right? -sacudió la cabeza, sonriente, y después se apoyó en la barandilla para inclinarse un poco hacia el chaval, cuya cara irradiaba un calor mucho más acogedor que la lluvia incesante-. ¿Has besado a alguien alguna vez a un chico?

Abriendo y cerrando la boca, el rubio se quedó inmóvil. Ray observó cómo sus pupilas se dilataban hasta casi devorar el azul de los iris. Él ronroneó.

-Si no contestas voy a tener que castigarte.

-Y-yo no estaba con tu estúpido juego -consiguió articular el otro, pero ya era demasiado tarde. Ray ya había apretado primero los labios contra los suyos, mordiéndolos después. Su nariz se aplastó contra la mejilla encendida del francés cuando paseó la lengua entre sus dientes, y consiguió arrancarle un gemido que se convirtió en un resoplido incrédulo cuando el pelirrojo separó su boca con un chasquido.

En algún momento había dejado de llover, pero Ray estaba demasiado satisfecho como para que le importara, y se relamió al tiempo que veía al gatito debatirse entre el desconcierto, el enfado y tal vez algo más.

Lamentablemente, el muy desagradecido al final optó por la vía difícil.

-¡T-tú! -balbució, e inmediatamente después se restregó los labios enrojecidos-. Fils de putain!

Y abrió la boca para seguir prorrumpiendo en improperios contra el pelirrojo, pero en lugar de su voz, Ray oyó la de otra persona, amortiguada por el rugido del tráfico. El grupo de adolescentes había vuelto a reunirse, y uno de ellos hacía señas en su dirección. El rubito levantó la mano, le dirigió a él una última mirada furiosa y se alejó a la carrera, trastabillando en la acera húmeda.

Ray lo vio integrarse entre sus compañeros y desaparecer en la marea de abrigos y mochilas. Mientras aquel gatito desaparecía, él se lamentó durante un breve instante de no haber llegado a oír su nombre.

 

 

-¿Cómo que habitación?

Eso era lo que estaba barbotando el nuevo guardián de Raymond, con una cara que era más que un poema, una auténtica obra de arte. El prostituto, todavía con su polla en la mano y el regusto salado de su corrida en el paladar, le mostró los dientes. Había sumamente gracioso en esa cara, algo que además le resultaba vagamente familiar.

¿A qué le recordaba aquel tipo?

Sus dedos largos guardaron hábilmente el miembro que acababa de chupar en el pantalón de su dueño, y mientras lo hacía cayó en la cuenta.

Un gatito. Parecía un gatito perdido y mojado en la cuneta.

Qué gracioso, ¿verdad?

 

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