Actualización: De lujo (Capítulo 18, segunda parte)

¡Hola!

Dios mío, no sé cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que actualicé. No sé cómo pediros disculpas a estas alturas, sinceramente (o si alguien sigue leyéndome llegados a este punto…). Ha sido un año muy largo y muy difícil para mí. Llevo un tiempo arrastrando una depresión que no ha hecho más que empeorar y empeorar hasta no dejarme hacer otra cosa que no fuese dormir. Me está costando mucho recuperar mi vida, pero poco a poco las cosas van mejorando, y me siento lo bastante bien como para escribir otra vez. Estoy feliz en ese sentido c:

Este capítulo, tho, ha sido una tortura, jajaja. No tengo ni idea de cuántas veces he tenido que empezarlo de nuevo y reescribirlo. Derek es un personaje complicado de retratar, tbh.

Anyways! Sólo un apunte más: si hay alguien por ahí leyéndome, por favor, deja un comentario diciéndome qué te ha parecido! Lo que más me gusta de publicar y lo que me motiva a seguir haciendo es leerlos a vosotros ❤

Y… ¡no me enrollo más! Os dejo con un pequeño resumen de lo que ocurrió en los últimos capítulos, y con la segunda parte del dieciocho al fin: 

La última vez que vimos a Raymond, estaba leyendo los apuntes de Louis sobre su novela. Por su parte, Louis había acudido a una reunión con Édouard que no acabó del todo bien. Estaba regresando al Chat cuando Hans y su matón lo interceptan y lo acorralan en un callejón. Aunque Hans amenaza con matarlo, la intervención de Alice permite a Louis escabullirse con Derek, que acababa de aparecer por la zona. El herr lo lleva de vuelta al Chat, recordándole que tienen un asunto de negocios pendiente de resolver. Por otro lado, Ray está causando el caos en el Chat para putear al escritor, pero cuando acude a ver a Ava, descubre que ésta planea despedir a Louis.
Mientras, nuestro protagonista despierta en el último nivel de la Jaula, desorientado y aturdido. Tres vedettes se encargan de cuidar de él hasta que Derek Zimmermann vuelve y lo arrastra a las entrañas del nivel tres… 

18 (Segunda parte)

La habitación es un mar de sombras púrpuras.

Es todo lo que alcanzo a ver al abrir los ojos, desmadejado en la cama. La luz de la calle no se derrama desde el tragaluz del cuarto, como de costumbre, y yo no termino de entender lo que está ocurriendo. La oscuridad es densa, llena todos los rincones, y mi primer impulso es tantear el colchón a mi espalda, buscando una referencia conocida. Pero mis dedos no se topan con la figura acurrucada de Raymond y sólo entonces, con los puños cerrándose sobre sábanas de seda, caigo en la cuenta.

Este no es nuestro cuarto.

Ah.

¿Qué es esto?

Boca arriba en la cama, parpadeo. Aún necesito unos instantes para que mis ojos comiencen a acostumbrarse a la luz que irradia desde algún punto del techo y modela el cuarto en tonos violáceos. Después veo las formas de una cómoda insinuándose en un rincón, y etiquetas brillantes y líquidos misteriosos en las botellas sumidas en la penumbra de una barra de bar. El ambiente está cargado de un perfume que me resulta imposible de identificar y que me envuelve en un abrazo dulzón cuando me incorporo, con cuidado.

Al hacerlo la sangre empieza a zumbar en mis oídos y los colores del cuarto se vuelven de un neón brillante. Yo me aferro al borde del colchón, con el pulso palpitándome en la nuca, pero tacto de las sábanas me resulta tan ajeno que tengo que levantar una mano delante de mi cara para asegurarme de que no estoy soñando. Las sombras me muerden las puntas de los dedos y dibujan un paisaje extraño en mi palma, y yo no estoy muy seguro de que sean reales. Todo a mi alrededor parece una alucinación de Andy Warhol.

Sólo puedo cerrar los ojos, aturdido.

Respira, respira.

Una, dos veces.

Despacio.

Piensa.

¿Cómo has llegado hasta aquí?

Recuerdo el sol filtrándose entre el cabello de Raymond en destellos cobrizos y brincando después en las aguas del Sena a mi paso por el Pont Neuf, camino a Montparnasse. Los ojos siempre tristes de Édouard y el tacto de su piel caliente bajo mis dedos. Aún siento la punzada distante del miedo y la vergüenza revolviéndose en mi pecho, y sé que el frío me erizaba el pelo en la nuca cuando todo lo que podía ver era la boca negra de una pistola apuntándome la nariz.

Oh.

Eso.

Eso

ha

ocurrido.

Sí.

Aquel tipo estrujándome el pecho y robándome el aliento. Y el rostro marmóreo de Hans, con esa mirada pegajosa arrastrándose sobre mi cuerpo.

El asco.

Y los disparos.

Sangre espesa y el miedo subiéndome hasta la boca en forma de bilis caliente. Corriendo por mi vida y tratando de que el corazón no se me saliera del pecho.

Aquel coche.

Y, al fin, las entrañas de la Jaula, oscuras y seductoras.

Con todos los fragmentos de esta noche dando vueltas y vueltas en mi memoria, pestañeo, despacio y sin llegar a despegar la vista de las palmas de mis manos. No sé por qué, pero aunque las imágenes en mi cabeza son igual de vívidas que una fotografía recién revelada, yo sólo llego a sentir una especie de hormigueo recorriéndome el cuerpo de arriba a abajo. Como si hubieran pasado años (o siglos) desde entonces y ya estuviera demasiado entumecido como para sentir nada.

Sólo la sangre palpitándome en la sien…

—Ah, Monsieur Daguerre. Me alegra verlo de nuevo entre los vivos.

Yo brinco en el sitio, con el corazón sacudiéndose entre mis costillas. Alguien me observa desde un sillón que, camuflado en la penumbra, yo había pasado por alto. A la luz de las lámparas su cabello perfectamente ordenado parece lava hirviendo y yo lo reconozco al instante.

Los ojos de Derek Zimmermann apenas asoman por encima de su vaso cuando se cruzan con los míos. Fríos.

—¿Qué tal se encuentra? —sin soltar el vaso, él se pone en pie—. Se ha dado un buen golpe en la cabeza.

Yo me llevo una mano a la sien de forma automática para rozar el bulto caliente que crece por momentos bajo mi flequillo. Parece un volcán a punto de entrar en erupción, pero yo sólo siento un dolor sordo y lejano.

—Supongo que ha sido una noche mejorable —digo, sorprendiéndome al oír mi propia voz. Aunque es la misma de siempre, a mí me cuesta reconocerme en ella, como si yo fuera un intruso en mi propio cuerpo y estuviese siguiendo los movimientos calculados de Zimmermann a través de los ojos de otra persona, a miles de kilómetros de distancia.

Es…

Desagradable.

Tan desagradable no puedo evitar volver a estudiarme las palmas de las manos, con un pinchazo de inquietud creciendo en mis tripas. Pero antes de que consiga decidir si el entramado de venas en mis muñecas es o no real, un vaso aparece en mi campo de visión, obligándome a volver a centrar mi atención en la cara inexpresiva de mi anfitrión.

—Tal vez se encuentre mejor después de beber algo.

Hay algo en su voz, una especie de firmeza que parece más propia de una orden que de una sugerencia. De hecho, de pronto el vaso está en mis manos y me veo a mí mismo llevándomelo a los labios sin pensar demasiado, pero el whisky me pilla desprevenido, dejándome un rastro ardiente en la garganta y haciendo que me lagrimeen los ojos. Zimmermann, que acababa de acomodarse en una silla frente a mí, no parece preocuparse en ocultar la diversión en su expresión al verme enjugarme las lágrimas rápidamente con la manga de la camisa y casi meterme un dedo en el ojo en el proceso.

—Tenía entendido que era usted un bebedor más… experimentado —me dice entonces, con una sonrisa que apenas revela una hilera de dientes blancos y simétricos.

Yo aprieto los dientes y vuelvo a beber, con el hielo tintineando en el fondo del vaso. Aunque el alcohol me quema el pecho, la temperatura del cuarto es tan asfixiante que cuando quiero darme cuenta, ya he apurado el vaso y mi anfitrión se está inclinando sobre mí para rellenármelo. De pronto está tan cerca que durante un instante llego a distinguir hasta el sutil olor a madera y cítrico de su colonia.

Sándalo y bergamota.

Por algún motivo, éste parece quedarse conmigo incluso cuando Zimmermann vuelve a acomodarse en la silla frente a mí. Él tiene los ojos entrecerrados en un gesto complacido, tal vez por haber aceptado su alcohol, y sujeta su vaso con una mano grande, de dedos anchos y largos que sólo sostienen el vidrio por el borde. Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la luz del cuarto puedo ver cómo el traje de raya diplomática de Zimmermann se ajusta perfectamente a su espalda enorme, de hombros angulosos. Al igual que la noche que lo conocí, su ropa parece hecha a medida, con un gusto impecable, casi a juego con su forma de comportarse, contenida y segura, como si supiese exactamente qué debe hacer y por qué en cada momento.

Ahora mismo, él me habla con voz grave y tranquila de la botella medio vacía de whisky escocés que reposa sobre la mesita de noche, sin detenerse demasiado en los pormenores del malteado de la cebada, y después de cómo Ava le habló por primera vez de mí. Hay desenfado en su forma de expresarse, sin rodeos, o en cómo se apoya en el respaldo de la silla, cruzado de piernas y mostrando esa sonrisa cortés y perfectamente calculada.

Yo vuelvo a llevarme el vaso a los labios. Los dedos me hormiguean y mis sentidos están abotagados, pero un impulso nervioso me lleva a seguir bebiendo hasta que prácticamente sólo queda hielo medio deshecho deslizándose en un charquito de alcohol. Una especie de sensación de urgencia me está cerrando la boca del estómago, y no consigo saber por qué. Sólo soy capaz de estirar el vaso otra vez y ver, casi catatónico, cómo el hielo sube con el líquido ambarino. Entonces levanto la vista y me topo con los ojos acerados de Zimmermann clavados en los míos. Y me estremezco.

No hay ni pizca de ese desenfado con el que me hablaba antes en ellos. En lugar de eso, me encuentro algo duro y calculador en la manera en la que estudia mi expresión, como si estuviese tratando de decidir la mejor forma de hacerme desvelar mis secretos más vergonzosos.

Hay un cambio repentino en la expresión de Zimmermann. Es rápido; apenas llego a distinguirlo, y para cuando quiero darme cuenta ya ha desaparecido y él se ha puesto en pie, su vaso abandonado junto a la silla.

—Siento que estoy siendo descortés con usted, con tanto parloteo insulso. Al parecer tantos años bregando con inversores con alta tolerancia al alcohol tienen sus consecuencias.

Dice esto con una sonrisa cómplice, como si yo también hubiese vivido charlas de ejecutivos previas a las negociaciones, regadas con alcohol y una charla insustancial. Como ambos sabemos que no ha sido así, él se apoya en el reposabrazos de su silla y prosigue:

—Le pido disculpas. Imagino que después de lo que ha vivido en las últimas horas, lo mínimo que esperará es una explicación…

—¿No tendría usted algo que ver con lo que ha pasado antes, verdad? Usted me advirtió sobre ese tipo en la fiesta de Año Nuevo.

Derek Zimmermann arquea una sola ceja, y yo vuelvo a esconder la cara tras el vaso mientras recuerdo todas las cosas disparatadas que le he escuchado decir a Sasha acerca de su herr. Por suerte para mí, Sasha es demasiado dado a las fantasías como para que nada de lo que haya dicho de Zimmermann sea cierto.

¿Verdad?

—Si se refiere a si soy el responsable de que un majadero le haya amenazado con un arma, es evidente que no —para mi sorpresa, mi impertinencia sólo parece divertirle, a juzgar por la manera en la que chasquea la lengua y sacude la cabeza, volviendo a mostrarme sus dientes blancos—. Aunque sí que lamento no haber tenido esta pequeña reunión antes. Tal vez si usted hubiese sabido antes sobre Monsieur Herke habría tenido más cuidado al espiar conversaciones ajenas.

 A mí casi se me cae el vaso de las manos.

—¿Cómo…?

—Aleksandr lo vio husmeando cerca del despacho de Madame Strauss mientras ella estaba reunida con Herke. Debería saber que allá donde vaya él lo seguirá el perro faldero de su guardaespaldas… Ah, Aleksandr estaba tan preocupado que me hizo prometer que cuidaría de usted si se le ocurriese salir del Chat después de aquello.

—A-así que por eso estaba allí… —balbuceo, demasiado aturdido como para procesar el hecho de que Sasha me haya salvado la vida de alguna manera.

Por su parte, Zimmermann parece muy satisfecho con mi reacción. Sin despegar de mí esos ojos escrutadores, se sirve otra copa y me sonríe lentamente.

—Creo que se merece una explicación —me dice, y yo, a pesar del atontamiento, siento como algo en alguna parte de mi cerebro se enciende—; ya que no tuve la ocasión de advertirle sobre Hans…

Él se pone en pie de nuevo. Hay algo en su forma de pasearse por la habitación que no cuadra demasiado con la imagen compuesta que me mostró la noche en la que nos conocimos. Una especie de impaciencia mal disimulada. La veo en su manera de andar y en la forma en la que su mirada recae sobre mí, una y otra vez.

—¿Ha oído hablar de Markus Strauss? —Yo meneo la cabeza, y él chasquea la lengua—. Una pena. Era un gran coleccionista de arte. De hecho, es imposible hacerle sombra a su legado en Alemania, ¿sabe? Y es comprensible, logró salvar algunas obras de valor incalculable de la rapiña nazi cuando huyó a Francia, allá por el 43. Cuando Ava me permitió verlas por primera vez, en su colección privada de Berlín, apenas podía creerlo.

—¿Ava…?

—Su hija.

Apoyado en el respaldo de la silla, Zimmermann apura su bebida justo a tiempo para ocultar algo en sus ojos que parecía ser nostalgia. Aun así, no es capaz de reprimir la suave curva de sus labios. Una sonrisa sincera.

—Ava Strauss, siempre servicial y atenta. Aunque no parecía muy interesada en el arte por aquel entonces. Herr Strauss quería que ella lo sucediese, pero Ava prefería mantenerse al margen y dedicarse a buscar una cátedra en la universidad, así que Markus me contrató para ayudarle a manejar el negocio. Fueron unos buenos años, pero él ya estaba muy mayor para encargarse de todo. Cuando se empeñó en abrir una nueva galería aquí, en París, Ava tuvo que dirigir las reformas de este mismo edificio, porque su padre tenía una salud demasiado delicada como para permitirle viajar. También me envió a mí; necesitaba alguien que se manejase con los potenciales clientes franceses, que comenzase a establecer la marca de los Strauss en la región.

Incrédulo, yo aparto la vista del fondo de mi vaso. Trato de imaginarme el Chat Bleu como una soberbia galería, con las paredes cubiertas de obras de valor astronómico y una clientela refinada cruzando los salones sumida en el silencio, demasiado ocupada en admirar todo lo que puede entrar por sus ojos como para emborracharse y montar jaleo. Es… difícil.

—El Chat iba a ser… ¿una galería de arte?

—Y una enorme. Herr Strauss pretendía que fuese la galería más grande de la región.

—Pero no fue así.

—Obviamente no. De haber sido así, las cosas habrían sido muy distintas. Usted probablemente no estaría aquí ahora mismo, por ejemplo —las comisuras de sus labios vuelven a levantarse con discreción, casi burlonas, sólo un instante antes de él vuelva a adoptar una expresión comedida—. Como ya le he dicho, Markus estaba muy enfermo por aquella época. No fue buena idea dejarlo al mando en Berlín. Mientras nosotros estábamos fuera, él recibió la visita de un marchante del norte de Alemania. Era un tipo bastante convincente y que conocía bien la labor de Herr Strauss. Estuvo engatusándolo durante días antes de convencerlo de que le comprase un lote de obras impresionistas, la verdadera pasión de Markus. Él estaba tan entusiasmado (y senil) que incluso intercambió con el marchante una buena parte de su colección. Obras de un valor incalculable. Obras que nunca habían visto la luz. Y entre ellas, un cuadro muy preciado, rescatado de la guerra y que había permanecido oculto desde entonces en su mansión de Berlín: su obra favorita. Se endeudó comprando los cuadros, pensando que recuperaría la inversión al revenderlos en la nueva galería de París, tanto que cuando Frau Strauss y yo regresamos, no quedaba prácticamente nada. Y al comprobar el lote que había adquirido descubrimos la verdad.

—¿La verdad?

—Todo era falso. Cada uno de los cuadros que había adquirido. Falsificaciones excelentes, pero sin ningún valor en el mercado, completamente inútiles. El tipo era un farsante.

Yo ato cabos, no sin cierta dificultad y a pesar del calor asfixiante del cuarto, que me embota el cerebro.

—Ese tipo era Hans, ¿no? —Zimmermann asiente, y durante un instante me mira sin verme, probablemente con la mente perdida en un momento muy lejano a este—. Pero… no lo entiendo, ¿no tenía ya lo que andaba buscando? ¿Por qué molestarse en volver al Chat?

¿Y por qué demonios ha tenido que amenazarme con un arma?

Sujetando el vaso vacío, Derek sonríe abiertamente. Sus caninos casi no llegan a relucir bajo la luz tenue, pero yo puedo verlos con perfecta claridad. A mí me invade una oleada de calor incómodo el pecho, aunque esta vez no estoy seguro de que tenga que ver con la temperatura. Mi anfitrión parece demasiado ufano.

—Digamos que Herr Herke se había ganado una buena reputación en el mundillo del trapicheo de arte vendiendo falsificaciones casi indetectables. Pero uno no va por el mercado negro anunciando que tiene inéditos de Juan Gris o Seurat sin que ciertas manos codiciosas empiecen a frotarse en alguna parte. Así que, una noche de abril, alguien entró en su mansión en Ámsterdam y se llevó dos cosas muy preciadas para él. Una de ellas, el cuadro más valioso de su colección, el favorito de Markus.

Yo me paso una mano por la nuca, empapada de sudor viscoso.

—Y al ser precisamente ese cuadro él… ¿piensa que Ava… es decir, Madame Strauss o usted están detrás del robo? —inmediatamente recuerdo la escena que había escuchado a escondidas en el despacho de Ava—. ¿Y ahora se dedica a extorsionarla?

Derek, que había vuelto a pasearse por la habitación en penumbra, pensativo, se vuelve al momento para mirarme.

—Buen chico —me dice, y yo no puedo ver su expresión, medio sumida en las sombras, pero sí que noto algo distinto en su voz, cierto tono que no había escuchado nunca de él y que hace que empiecen a sudar las manos también—. Es espabilado. Me sorprende que no haya descubierto más por su cuenta.

Mientras habla, él resurge de entre las sombras. En lugar del vaso, ahora trae una enorme cubitera con una botella de algo que parece champán, que él ni toca cuando la deja en el suelo, junto a su silla y frente a mí. El hielo brilla con tonos violáceos y al verlo yo siento tanta sed y calor que creo que voy a derretirme allí mismo. Derek, enfundado en su traje de chaqueta, no parece notar la temperatura insoportable, pero a mí me cuesta hasta mantener la concentración.

La cabeza me da vueltas y, aparte de mis mejillas ardiendo, apenas siento mi cuerpo.

—E-espere… aquella noche usted me dijo que me hablaría de Raymond, pero… no entiendo qué tiene que ver esto con él…

Zimmermann se apoya en el reposabrazos de su asiento y me mira, mientras sus labios se curvan en una sonrisa que a mí me pone en guardia casi al instante.

—Tiene razón, le dije que le hablaría de él y de Hans. Le he hablado de Hans porque siento que le debía la información por el… lamentable incidente de antes. Pero, ¿el resto? El resto tiene un precio. Si está interesado, tendremos que hablar de negocios.

Yo me remuevo en el sitio. Sus ojos, siempre calculadores, examinan cada uno de mis gestos y yo tengo la desagradable sensación de ser una hormiga bajo una lupa gigantesca. Una lupa que está al sol del mediodía.

—Ya le dije que no tengo…

—No me interesa su dinero —Derek me corta tan bruscamente que yo no puedo evitar respingar. De pronto no parece muy preocupado por sus maneras, con los dedos tamborileando con impaciencia sobre su rodilla—. Tenía una propuesta que ofrecerle. Me interesan… otras cosas de usted.

Y yo, por encima de la bruma del alcohol, por encima del aturdimiento y la desconexión, por encima del calor, comprendo. Comprendo al instante y el corazón comienza a golpearme el pecho como un tambor de guerra. He pasado demasiado tiempo en el Chat como para saber cómo funcionan las cosas. Sé lo que tengo que hacer si quiero avanzar en esto.

Y quiero saberlo todo.

—Verá, llevo un tiempo pensando…

—Haré lo que me pida. Sin concesiones. Todo… todo lo que usted quiera, pero sólo esta noche. Esa es mi oferta.

Estoy mareado. He hablado sin pensar, rápido, sin apartar la vista de mis zapatos. Un sudor caliente me recubre el cuerpo, como una segunda piel pegajosa. Entonces me atrevo a levantar la cara otra vez y puedo ver la sorpresa en el rostro de Zimmermann, fugaz pero clara, justo antes de transformarse en satisfacción pura.

—¿Está usted seguro? —pregunta, atravesándome con esos ojos helados y muertos—. Una vez que me diga que sí, no podrá echarse atrás. Un acuerdo es un acuerdo, y yo siempre llevo mis negociaciones hasta el final. No hago las cosas a medias.

—Estoy seguro.

Casi no oigo mi propia voz. De nuevo, me siento desconectado. Todo parece irreal. Surrealista. Veo a Derek levantarse y salvar la distancia entre nosotros como en un sueño. El cambio en el ambiente es evidente, pero cuando él me sujeta la barbilla y me hace mirarlo a la cara, mi cuerpo apenas reacciona.

Sus manos están frías.

—A partir de ahora no podrás decirme que no a nada. Da igual lo que haga, tienes que callar y obedecer. ¿Lo has entendido?

—Sí.

Zimmermann deja escapar un gruñido complacido. Cualquier rastro de sus formas impecables ha desaparecido.

—Qué buen chico. Me pregunto qué habrá hecho Raymond para ganarse esa lealtad inquebrantable.

Hay burla evidente en su voz, pero yo no me muevo del sitio. Sólo puedo esperar, con la sangre atronando en mis oídos, a que él se sumerja un instante en la penumbra y vuelva con algo entre las manos, una caja metálica. Yo la observo como hipnotizado.

—Quítate eso —sin mirarme, él hace un gesto vago en mi dirección. Yo tardo un segundo en comprender que se refiere a mi ropa, e inmediatamente me quedo rígido—. Ya. No me hagas repetirme.

Mis manos alcanzan el primer botón de la camisa, pero tengo los dedos temblorosos y no atinan a la primera. Mientras forcejeo primero con eso y luego con el cinturón, veo a Derek deshacerse de su chaqueta de traje, remangarse la camisa y sacar unos guantes de cuero negro de la caja. Parecen hechos a medida, porque él se los ajusta perfectamente a los dedos largos, mirándome de reojo y haciendo que el calor me hierva en la cara. Quedarme desnudo delante de él es casi peor que dejar que me apuntasen con una pistola.

Derek debe ser consciente de eso, porque me observa sin ninguna prisa y, aunque de pronto yo prefiero concentrarme en cualquier cosa menos él, casi puedo sentirlo regodearse. Por suerte para mí, son sólo unos segundos antes de que, sin previo aviso, me rodee y me agarre de las muñecas. El contacto impersonal de los guantes hace que un escalofrío baje desde mi nuca y me recorra todo el cuerpo hasta las puntas de los dedos de los pies. No me había dado cuenta de que cada músculo se me había agarrotado en una tensión difícil de contener, y estoy tan tieso que casi siento dolor cuando él me fuerza a doblar los brazos por detrás de la espalda. La cuerda se hunde lo suficiente en mi carne como para recordarme constantemente que está ahí sin llegar a cortarme la circulación.

Yo cierro los ojos un momento, preguntándome cuántas veces habrá tenido que vivir esto Sasha para que Zimmermann haya perfeccionado así su técnica, y él aprovecha para pasar algo por mi cara. Para cuando quiero reaccionar, ya es tarde.

Todo está oscuro.

En alguna parte de la sala se escucha a Derek reír suavemente. Yo noto cómo empieza a erizárseme el pelo en la nuca.

—¿A qué viene esa cara?

Pasos. Lentos y deliberados. Los oigo detenerse cerca de mí y yo contengo la respiración, con un temblor de anticipación sacudiéndome las manos atadas. La herida en mi frente palpita dolorosamente al ritmo frenético de mi corazón.

—¿Tienes miedo de algo? No me extraña. A saber qué cosas habrás oído del ruso…

Frustrado, me doy cuenta de que no está tan cerca como había esperado. De nuevo vuelvo a escuchar el ruido sordo de sus zapatos paseándose por la habitación.

—No tengo miedo —digo a la oscuridad, y por algún motivo mi voz suena lo bastante tranquila como parecer convincente. En realidad, no sé si estoy asustado. Sólo siento una tensión electrizante que tiene todo mi cuerpo alerta, a la espera de algo, cualquier cosa—. Y el “ruso” tiene nombre.

 Siento calor, aún abrasándome la cara, el pecho, ardiendo y ardiendo.

—Ah. Qué insolente.

El corazón me da un brinco en el pecho. El aliento de Zimmermann me roza la nuca justo antes de que una mano se aventure por mi costado, dedos enguantados que me tocan entre las costillas y bajan por mi vientre para deslizarse entre mis piernas. Esa mano se cierra sobre mi polla y a mí se me escapa un sonido inarticulado, con una oleada de calor golpeándome la cara.

Es real.

Esto es real.

Mi cerebro, que había estado como envuelto en algodón todo este tiempo, parece despertar y de pronto todo a mi alrededor parece cobrar un sentido aterradoramente real. No me puedo creer que esté pasando esto. No me puedo creer que haya accedido a…

Un frío punzante en mi vientre me arranca un quejido y disipa el runrún de mi cabeza de un plumazo. Algo helado y húmedo sube hasta mi pecho, y aunque al principio es un alivio al calor que me está quemando por dentro, cuando se acerca a la piel sensible de mi pezón y permanece ahí, un pinchazo de dolor me atraviesa de parte a parte. Mi primer instinto es retroceder, pero Zimmermann me sigue sujetando con firmeza por la entrepierna y el movimiento sólo hace que el placer suba como un calambrazo hasta mi vientre. Yo tengo que morderme el labio para contener un gemido.

—Me temo que alguien tiene que corregir ese carácter impertinente tuyo.

Derek parece estar disfrutando enormemente de la situación. Invadido de pronto por un acceso de rabia, aprieto los dientes.

—¿Y ese alguien eres tú?

Él chasquea la lengua y lo siguiente que siento es el hielo hundiéndose en la carne tierna de mi axila.

—Vigila esos modales —me recrimina mientras yo me retuerzo siseando—. Nadie te ha dado permiso para tutearme.

Yo quiero replicarle algo grosero, pero su mano ha empezado a moverse sobre mi miembro y ahora me masturba despacio, acariciando en círculos la punta y haciendo que a mí me flaqueen las fuerzas. Por otro lado, el hielo sigue haciendo estragos en mi piel, ahora sobre mi ombligo, y esta vez, abrumado por las sensaciones, no puedo contener un sonido quejumbroso.

Eso sólo parece alentar a Zimmermann, que aprieta con decisión mi polla y gruñe satisfecho al oírme gemir. Yo por más que lo intente no puedo controlar el temblor que me sacude las rodillas y que se intensifica en oleadas cada vez que su mano hace un nuevo movimiento. Mi cabeza ha empezado a palpitar al ritmo de mi entrepierna y ya no soy capaz de pensar con claridad.

—Veo que se te han quitado las ganas de contestar, ¿eh?

Su aliento caliente y húmedo me acaricia el cuello. A mí un escalofrío de placer me sacude los huesos.

—N-no es que estemos en igualdad de condiciones para discutir…

—Vaya, qué obstinado. Presiento que hay que utilizar otros métodos para mantenerte callado.

 El hielo debe haberse derretido, porque de pronto Zimmermann aprovecha que yo tengo los labios entreabiertos en un jadeo para introducirme dos dedos helados en la boca. El sabor del cuero me invade el paladar, intoxicante, y yo sólo puedo dejar escapar un lamento estrangulado cuando su mano libre me estruja por debajo.

Sin embargo, él acaba retirando esos dedos tan pronto como los introdujo en mi boca, y sólo me deja con un hilillo de saliva escurriéndose desde mi comisura. Esa mano húmeda empieza  a moverse por mi costado, me roza la cadera y sigue bajando, y bajando…

Yo me sacudo.

—¿Qué haces? —consigo articular, aunque la voz me tiembla demasiado y además mi intervención no parece agradar a Derek. Él deja de tocarme automáticamente, y durante un segundo sólo escucho mi respiración entrecortada resonar por toda la habitación.

Entonces él cuela un pie entre mis piernas y me manda de un empellón contra el blando colchón de la cama. La venda de mis ojos desaparece de un tirón, sin darme tiempo a reaccionar, y yo me encuentro con los ojos acerados de Zimmermann.

Ya no están helados. Hay algo hambriento que parece esconderse en ellos y que hace que a mí empiece a temblarme todo el cuerpo.

—¿No has aprendido nada? —pregunta, su voz baja y áspera, al tiempo que se cuela entre mis piernas. Yo sólo escucho el tronar de la sangre en mis oídos.

Esos dedos largos vuelven a envolver mi polla palpitante y yo cierro los ojos con el contacto, mareado. Mi pecho sube y baja rápidamente, y siento la cabeza ligera. Pronto algo hace presión entre mis nalgas. Una mezcla de excitación y terror me llena el estómago, pero no puedo evitar que Derek me penetre con dos dedos largos y húmedos.

El dolor me quema por dentro. Yo suelto un grito ahogado, con la mandíbula crispada, pero él sigue masturbándome y la excitación se mezcla con la sensación invasora e incómoda de sus dedos abriéndose paso. Mi cuerpo, completamente desconectado de mi mente, parece rendirse y cuando él toca algo dentro de mí la tensión desaparece y mis músculos se convierten en mantequilla. Jadeo como un animal, con un hormigueo entumeciéndome las piernas e irradiando desde mis tripas hasta mi pecho. La cara me arde, no sé si por el placer o la humillación de oírme a mí mismo gemir fuerte y claro cuando él me introduce un tercer dedo con un gesto ondulante. Sobre mí, Derek se relame.

Aparto la cara. Él me toca con brusquedad, hurgando dentro mí, y yo temo que el dolor vaya a partirme en dos. Al verme girar el rostro, Zimmermann se inclina sobre mí.

—Mírame —gruñe, pero yo me niego a moverme—. He dicho que me mires.

La mano que me estaba masturbando se lanza a agarrarme de la barbilla, se hunde en mi carne y me obliga a mirarlo a los ojos. Pero la otra no deja de entrar y salir de mí, y de pronto todo mi cuerpo se tensa y algo se desconecta dentro de mi cabeza. Algo caliente me recorre de arriba a abajo, como una corriente eléctrica, y entonces todo mi cuerpo parece desmoronarse y yo me quedo inmóvil, con la mente en blanco y el corazón desbocado.

Cuando quiero darme cuenta, acabo de correrme sobre mi propio pecho y Derek me ha soltado la cara y me mira, una sonrisa zorruna asomando a su rostro pétreo.

—Buen chico.

 

 

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Actualización: De lujo (Interludio: Ava)

Hey, ¿hay alguien ahí?

Dios, hace mucho, mucho que no hacía esto. No sé si aún quedará alguien leyéndome, pero el hiatus de De lujo ha terminado AL FIN. No os podéis ni imaginar lo feliz que estoy ahora mismo.

Me encuentro mucho mejor y las cosas van mejor, así que no puedo quejarme de nada, tbh. 

Well, no quiero enrollarme mucho. Esta actualización es un poco corta porque se trata de un interludio que, en principio, no iba a estar aquí. De hecho, no existía para nada, pero creo que es necesario para encauzar mejor la historia. Es bastante intenso y me ha costado un poco escribirlo, pero estoy satisfecha con él, creo. Disculpadme, aun así, si la narración es un poco extraña. Llevo tanto tiempo sin escribir que estoy un poco oxidada.

En fin. Espero que os guste este interludio, y antes de irme a dormir os dejo con un resumen rápido de los últimos capítulos, por si no recordáis alguna cosa:

La última vez que vimos a Raymond, estaba leyendo los apuntes de Louis sobre su novela. Por su parte, Louis había acudido a una reunión con Édouard que no acabó del todo bien. Estaba regresando al Chat cuando Hans y su matón lo interceptan y lo acorralan en un callejón. Aunque Hans amenaza con matarlo, la intervención de Alice permite a Louis escabullirse con Derek, que acababa de aparecer por la zona. El herr lo lleva de vuelta al Chat, recordándole que tienen un asunto de negocios pendiente de resolver…

 

INTERLUDIO

Ava

 

 

Sacudiéndose ceniza y restos chamuscados de seda de encima, Raymond atraviesa a grandes zancadas el hall del Chat Bleu. Tras él deja un rastro inconfundible de destrucción y un buen puñado de clientes confusos, que no saben muy bien si atender a la estrella tiznada de hollín del club o preocuparse más por los aullidos atormentados de Chiara, provenientes del segundo piso. Raymond no se puede creer que aún no haya sido capaz de extinguir el fuego, cuidadosamente planeado para que destruyese todas y cada una de las cortinas del salón de la segunda planta. Debería haber sido una tarea fácil para Chiara, ya que quemar el Chat hasta los cimientos no entra, en los planes de Raymond. No esta vez, al menos.

(Además, las veces que sí lo ha intentado tampoco es que se haya salido con la suya, por desgracia).

Reflexionando acerca del bajo grado de inflamabilidad del Chat y haciendo caso omiso del enjambre de curiosos que se arremolina tras él, el prostituto se detiene un instante para hacer añicos de un puntapié un enorme (y horrendo) jarrón de porcelana china. Ray ve cómo los restos se esparcen en todas direcciones por el blanco suelo de mármol mientras hace un recuento rápido de todo lo que ha destruido.

¿A cuánto ascenderá la deuda de Louis?

Él trata de hacer el cálculo mental. Tiene que procurar no dejarse nada, ni las cortinas del segundo piso, ni la infinidad de vasijas y jarrones que ha pateado, ni, por supuesto, esas botellas de vino y la alfombra persa que lo originaron todo. Los enumera todos con cuidado, paseándose por el hall y haciendo un alto para evaluar, amenazante, el tapizado impecable de unos sofás. Pero la cifra es obscena, tan ridícula que a él sólo puede escapársele una carcajada que hace revolverse de inquietud al grupo de clientes a su alrededor. Al final, no tiene más remedio que desistir y seguir su camino en dirección al despacho de Ava, consciente de que ha hecho un buen trabajo.

Mientras, un piso más arriba, Chiara ruge algo increíblemente grosero e injurioso acerca de su madre y un burro.

 

 

Sobre el escritorio de Ava, una pila aterradora de papeles comienza a inclinarse hacia el vacío. Se trata de una imponente columna de aproximadamente un metro, en la que pueden identificarse diferentes estratos de trabajo atrasado: desde facturas de caviar iraní hasta interminables inventarios de dildos de Svarowski. Ha estado ahí encima desde hace un par de semanas, creciendo a marchas forzadas, pero ahora parece haber renunciado a seguir manteniéndose en pie y amenaza con suicidarse. La dueña del Chat la ve perder la forma, desmoronarse y convertirse en un alud de papeles, carpetas y envoltorios de bombones, que acaba por cubrir la alfombra del cuarto. Luego, se lleva a la boca un último bocado grasiento de Lo mein, apura el champán y se reclina en su silla para estudiar el caos imperante en el despacho que ella misma preside.

El resto del cuarto tiene un aspecto… inaceptable. A Ava le sorprende no recordar cuándo fue el momento en el que su despacho empezó a parecer un estercolero. Estaba segura de que su progresiva degeneración había sido mucho más reciente, pero es evidente que la gruesa capa de papeles que cubre su mesa tiene que ser más antigua de lo que pensaba.

Apartándose un mechón de la cara y sin hacer el menor caso al pitido frenético de su busca, echa un vistazo al reloj.

Son las dos de la madrugada y Ava no puede dormir. No es una novedad, últimamente. Esta no es más que otra de esas noches en las que debe enviar a Chiara a por un menú de comida china de ocho euros y beber a oscuras en su despacho hasta que la sopa barata y el alcohol en sangre no la dejan pensar en el Chat Bleu. No obstante, por más que se dedique a vaciar una copa tras otra lo único que ha conseguido hoy es un incipiente aturdimiento que no basta para amortiguar el peso de la ansiedad sobre sus hombros.

Con dedos torpes, ella recupera un cigarrillo sin filtro del fondo de un cajón, y mientras tantea entre el revoltijo de documentos de su escritorio en busca de un mechero, cae en la cuenta.

Tal vez esta sea la última noche que pase en el Chat.

Aunque Ava se cuelga el cigarrillo entre los labios, no acierta a darle una calada. De pronto las paredes del despacho, las paredes del Chat, parecen cernerse sobre ella y amenazar con aplastarla bajo toneladas de expectativas imposibles de cumplir. Y no puede dejar de oír la voz de su padre vibrante de emoción, haciéndole jurar, diez años atrás, que iba a mantener aquel edificio, el orgullo de los Strauss, en pie. Después de aquello, ella no pudo olvidar la forma en la que le había estrujado las manos ni la confianza ciega en sus ojos.

Diez años atrás…

Un alarido. La puerta del despacho se abre con tanta violencia que ésta rebota contra la pared y casi golpea en la cara a las dos personas que acaban de entrar, casi en estampida, al cuarto. Ava tarda un instante en reconocerlos, tal vez por la embriaguez, o bien por el hollín que cubre a Chiara de los pies a la cabeza y el tizne en la cara de Raymond. Aun así, no tiene mucho tiempo para preocuparse por eso, porque enseguida tiene que llevarse una mano al pecho para asegurarse de que no está sufriendo un infarto.

Frente a ella, Chiara forcejea con Raymond, mientras trata de impedirle avanzar. Él sólo la arrastra dentro, hasta el mismo escritorio de Ava, llevándose por delante una lámpara y otra pila de papeles.

—¡Está loco…! ¡Este… figlio di puttana está… está enfermo!

Chiara empieza a aullar una retahíla de insultos y de imprecaciones que Ava, demasiado ocupada de pronto en tratar (inútilmente) de adecentar su mesa, no alcanza a entender. Raymond, por su parte, no parece muy preocupado y, tras conseguir deshacerse de las garras de la secretaria, se deja caer en la silla al otro lado del escritorio.

—¿Sabes dónde está Louis? —pregunta a la directora del Chat, estudiándose las uñas ennegrecidas y haciendo caso omiso del detallado discurso de Chiara acerca de por qué orificio está dispuesta a intentar introducirle una piña.
Al oírlo, ella enmudece de golpe y se queda inmóvil. Ava nunca ha visto una incredulidad tan genuina como la que refleja la mandíbula desencajada de su secretaria.

—Increíble —Chiara aprieta las manos contra su cara, respira hondo. Una, dos veces—. Esto es increíble.

Y sin mediar palabra, gira sobre sus talones y sale de la habitación dando un portazo que hace vibrar las paredes.

Ava observa la puerta cerrada. El caos de papeles que Chiara ha armado a su paso. Y entonces recuerda a Raymond, aún repantigado en la silla y estrujando algo en el regazo, y ella siente cómo empiezan a palpitarle las sienes.

—¿Qué has hecho ahora? —farfulla, sin molestarse en seguir fingiendo que recoge sus papeles. Sabe que a Ray eso no le importa lo más mínimo.

—Sólo quería saber dónde está Louis.

Ava se frota los ojos, presa de un agotamiento súbito.

—Contigo. Debería estar contigo.

—Vaya. Qué descuidado por su parte, ¿no?

Raymond sonríe y se estira perezosamente, pero hay algo extraño en su postura. Una especie de tensión estática que hace que sus piernas golpeen el suelo una y otra vez, de forma apenas perceptible. Cuando él levanta los brazos para hacer crujir sus articulaciones, Ava cree distinguir un montón de hojas de libreta arrancadas en la mano que antes estaba apretando contra su cuerpo.

Despacio, ella se incorpora en la silla y suspira. Así que eso es lo que le pasa.

—Me preguntaba cuándo te cansarías de él —le dice, hurgando en la bolsa del restaurante hasta encontrar un wontón frito—. ¿Dos, tres meses sin obligarme a despedir a nadie? Ya empezabas a preocuparme, pensaba que habías enfermado. Eso sí, no hacía falta que… casi le provocaras un infarto a Chiara. Ella no te ha hecho nada.

A decir verdad, Ava se siente aliviada. Hacía tiempo que Monsieur Daguerre no alteraba la paz del club, y ella empezaba a desesperarse buscando una excusa con la que justificar su carta de despido. Inconscientemente, Raymond le ha hecho la vida un poco más fácil, y ella casi se echa a reír sólo de pensarlo.

—Espera, ¿y la deuda?

Ava, que estaba mordisqueando el trozo de masa pastosa mientras buscaba el documento en cuestión, se detiene para volver a mirarlo. Ray está paralizado en el sitio.

—Ya no hay deuda, Raymond. Se acabó. Vamos a ver, ¿no es justo eso lo que…?

La dueña del club enmudece, porque el gesto indiferente de Raymond se ha esfumado y su rostro se ha vuelto lívido. Lívido. Al verlo, la memoria la retrotrae sin previo aviso a aquella primera vez que lo vio en su despacho, tantos años atrás. Y el estómago le da un vuelco.

No puede saberlo, ¿verdad? No es posible…

De repente, Ray se pone en pie, con tanta brusquedad que la silla acaba por los suelos, y Ava tiene que hacer todo lo posible por ocultar bajo la mesa el temblor de sus manos. Esto no es lo que ella había planeado. No es el momento, ni está preparada para afrontarlo.

Ella cierra los ojos. Puede escuchar a Raymond paseándose de un lado a otro de la habitación.

—No puedes echarlo del Chat —dice, arrastrando las palabras—. No puedes. Esto… no es lo que tenía que pasar. Las deudas… tiene que quedarse en este puto infierno conmigo, ¿entiendes? Tiene que quedarse atrapado para que lo entienda de una jodida vez.

Ava levanta la cabeza. Raymond le devuelve la mirada, con la mandíbula tirante. Y entonces ella lo comprende todo.

—¿Qué te ha hecho? —pregunta, suavemente, al tiempo que rodea la mesa, con el cuidado de alguien que se acerca a un animal herido. Por suerte, sabe cómo actuar. No es la primera vez que tiene que hacer algo así con él.

No obstante, Raymond retrocede unos pasos, los brazos pegados al cuerpo y los músculos rígidos.

— No lo entiendes —sisea—. Todos quieren algo de mí. Todos.

Ava no puede resistirse. En otro momento, en otro lugar y, sobre todo, con otro tipo de compañías, habría logrado contenerse, pero hoy es uno de esos días. Está demasiado agotada para seguir manteniendo las formas. Así que su carcajada retumba en todo el despacho y hace que Ray se envare en el sitio. Pero ella no lo nota, demasiado ocupada en evitar que se le salten las lágrimas.

—Raymond —comienza, tras apoyarse en la mesa y recuperar su cigarrillo, ya casi consumido, del cenicero—, tal vez no puedas verlo, por obvias razones, pero tú y yo… Somos muy parecidos, ¿no crees? Los dos nos pasamos la vida haciendo cosas que odiamos, atrapados en este sitio por culpa de la misma rata…

Ella da una larga calada al cigarro. La vaharada de humo sube hasta perderse en los rincones más oscuros del techo, retorciéndose como una serpiente gris. Luego, su mirada cae hasta tropezar con las zapatillas de Raymond. Por algún motivo, ya no es capaz de mirarlo a la cara.

—Sabes, al principio estaba convenida de que tú y yo podríamos llevarnos bien, en el fondo… Lo sé, qué ridiculez, ¿verdad? Cómo ibas a querer algo así, después de… todo lo que ha pasado. Y aun así… yo hice todo lo que pude, ¿entiendes? Yo sólo quería hacerte las cosas más fáciles, no he dejado de intentarlo, he hecho todo lo que estaba en mi mano, pero no he podido, Raymond, no he podido hacerlo…

Ava vuelve a dejar escapar una risotada, pero esta vez no hay nadie que la escuche reír. La figura de Ray se escurre al final del largo pasillo que da a su despacho y ella puede distinguirla un segundo, sólo un segundo, antes de que él doble la esquina y desaparezca.

Después, el silencio.

Pero Ava no puede dejar de pensar. Su cabeza reproduce, una y otra vez, las imágenes de aquella noche en la que Hans apareció para arrojar al chico a su despacho y largarse. Recuerda la sangre salpicando la antigua silla del cuarto, la expresión imposible de describir de Raymond. Se vuelve a ver a sí misma de rodillas en la alfombra, secándole las lágrimas.

—Dios mío. Dios mío.

Susurra, antes de cubrirse la cara con las manos y romper a llorar.

Nota (hiatus de De lujo y otras cosas)

Hey. ¿Cómo estáis?
Si os soy sincera, no sé muy bien cómo empezar esta nota. Tengo la sensación de que voy a soltar muchas cosas. Una parte de esto nota va a terminar siendo una especie de desahogo, me temo, y tampoco quiero que me peguéis un tiro. En fin. Quiero comentar qué pasa con De lujo (siempre pasa algo con De lujo, eso no es nuevo), y qué es lo que me pasa a mí. Si os importan un carajo mis cuitas, leed hasta el corte, justo hasta segunda parte de la nota, ¿vale? Intentaré ser breve en general.

So, De lujo. Llevo casi tres años escribiendo De lujo y, aunque no lo parezca, me encanta esta mierda. Sé que estoy constantemente quejándome (esto lo sabe bien quien me sigue en Facebook), pero lo cierto es que durante un tiempo me divertí un montón escribiendo la historia, y tengo un cariño especial a los personajes. De lujo es lo primero que ha funcionado de un montón de intentos frustrados de escribir, así que no puedo decir que no esté contenta con ello.
La cosa es que en algún momento dejé de tomarme esta historia como lo que siempre fue, una práctica de escritura un poco tonta, y empecé a angustiarme por todos los errores que, lógicamente, tiene este manuscrito sin revisar. Ya lo he comentado algunas veces. No sé si es por toda la gente que empezó a leerme de golpe o porque soy una persona ansiosa de por sí, pero lo cierto es que es una sensación paralizante y uno de los principales motivos por los que últimamente me cuesta tanto ponerme con De lujo y darle un punto y final a la primera versión. Aunque prometo que estoy trabajando en ello, volver poco a poco a tomar la historia como lo que era y a disfrutar escribiéndola.

No obstante, ahora mismo el problema no es tanto mi obsesión perfeccionista como el hecho de que lleve unos meses siendo incapaz de hacer gran cosa en lo que a escritura se refiere.

Con esta nota quería decir que no sé si voy a ser capaz de continuar De lujo durante una temporada. Supongo que debería decir que voy a dejar todo lo que estoy haciendo ahora mismo en hiatus. No sé si van a ser dos semanas, dos meses o dos años. Ojalá pudiera daros una fecha más o menos exacta, pero la verdad es que ya no sé nada y creo que hacer predicciones no sirve de nada en mi caso.

Ahora mismo no puedo escribir. El hecho de sentarme en la silla y enfrentarme al folio blanco supera cualquiera de mis capacidades ahora mismo. De hecho, llevo casi un mes ya intentando escribir esta nota, sin éxito. No puedo concentrarme en nada más de diez minutos seguidos.

He intentado escribir otras cosas mientras tanto, pensando que el problema era mi inseguridad con De lujo. No ha servido. Simplemente hay algo en mi cabeza que no funciona, y de momento no puedo ponerlo en marcha de nuevo. Me encanta escribir, necesito hacerlo, pero ahora mismo estoy agotada.

Sé que conmigo las cosas siempre han funcionado a trompicones, más esta última temporada. Siento mucho eso, en serio. Si alguien decide dejar de leerme llegado a este punto, me parecerá coherente. Sólo quería disculparme, tanto para esas personas como para quienes sigan esperando a De lujo.

Espero que nos volvamos a ver, tho, dentro de poco.

Esto que viene ahora es lo que me está ocurriendo, y no lo escribo tanto para explicarme como para soltarlo de una vez e intentar aliviar la tensión. Digo esto como advertencia: esto no es De lujo, sino un poco de mi vida personal. Sólo quiero contarlo a un desconocido que no pueda juzgarme y descansar. Por otro lado, todo lo que voy a decir tiene que ver con el por qué de mi nulidad a la hora de escribir, así que si quieres saber por qué no puedo hacer nada de nada, ahí está la explicación.

So.

Hace más o menos un año, algo dejó de funcionar bien en mi cabeza. Nunca he sido una persona extrovertida o especialmente alegre, pero poco a poco mi salud emocional ha ido convirtiéndose en el equivalente a mirar secarse la pintura en una pared veinticuatro horas al día, seis días y medio a la semana.
Una parte de mí sospecha cuál es la causa, pero lo cierto es que no me atrevo a decirla en voz alta (ni, de forma análoga, a escribirla). No sé si la confirmación de esta sospecha sería un alivio o no, pero de momento, y aunque esté cometiendo un error, prefiero seguir sin saberlo.

El caso es que, de forma paulatina, este fusible roto ha alterado el funcionamiento de otras áreas de mi cerebro y ha ido jodiendo, una a una, un montón de cosas en mi vida. Desde amistades, pasando por estudios y, por último, las cosas que me provocaban algún tipo de placer. Lo único que todavía conservaba era el poder vomitar mi frustración escribiendo.

Pero el año fue empeorado, sin descanso.

Hace dos meses murió mi abuelo. Tanto él como mi abuela eran una suerte de segundos padres para mí. Nadie en la familia lo esperaba. Una semana antes había traído a casa unos análisis de sangre mejores que los míos.

Y, aun así, de pronto se fue.

Desde entonces, nunca he estado tan cansada. Dentro de mi cabeza hay un ruido blanco constante. A veces apenas lo oigo, pero hay días que se vuelve ensordecedor y no me deja concentrarme ni en tareas sencillas, así que me paso el día durmiendo, refrescando Tumblr y pegando tiros en algún FPS porque son las únicas cosas en las que no tengo que pensar demasiado.

No sé si es por eso que últimamente todo parece que va mal. Creo que en algún punto de este año he alcanzado mi límite y mi cerebro entero se ha apagado, negándose a reaccionar.

Supongo que voy a necesitar algún tiempo para empezar a poner las cosas en orden de nuevo.

En fin. Un saludo, y ojalá nos podamos volver a ver pronto en el dieciocho de De lujo.

Actualización (Capítulo 18, primera parte)

18

—¿Te encuentras mejor, cariño?

—Sujeta esto en su frente.

—¡Menudo golpe! ¿Seguro que no está muerto?

—¡No seas palurda, Mimi!

La música, salpicada de arpegios ondulantes, vibra en la parte baja de su vientre. Viene acompañada de un asfixiante perfume que lo llena todo, se pega a su ropa y espesa el aire que se escurre dentro de sus pulmones. El ambiente es denso, ralentiza sus funciones vitales y casi provoca que no perciba ese peso en sus hombros, que amenaza con incrustarlo en el asiento. Lo que no ha dejado de sentir en todo momento es el líquido helado que le resbala por la mejilla y que hace que la cabeza le palpite sin piedad.

O quizás la culpable de eso último sea más bien la mano que le aplasta algo duro contra la sien.

—Betty, lo único palurdo aquí es la forma en la que estás apretándole eso. Queremos que baje la inflamación, no congelarle el cerebro.

—Usted disculpe, señora enfermera. Se me olvidaba que tú eras la lista del grupo.

—No soy la lista de nada, se trata de sentido común. Y soy neurocirujana.

—Lo que sea. Aquí todas somos lo mismo, Evy, cariño.

—¡Está despierto!

Penumbra. Es lo primero que distingue a través del filtro de sus pestañas antes de que la luz violácea del salón comience a desvelarle un mundo de plumas, carne y lentejuelas. De vestidos vaporosos, sudor y alcohol girando rápido, al ritmo hipnótico de la música y las risas. Sólo pinceladas sin conexión, como retazos de un sueño que ya se escurre en algún rincón de su memoria para desaparecer.
Al menos eso es lo único que cree distinguir de la sala antes de que las mujeres que se sientan a su alrededor —o más bien sobre él— invadan su turbio campo de visión. Él tiene que parpadear ante sus miradas expectantes, porque esas caras (tres conjuntos clónicos de labios carnosos y ojos almendrados), amenazan con fundirse en una sola.

Hasta que la media sonrisa de una de ellas rompe la simetría.

—Hola, ¿aún te duele?

Como para reforzar sus palabras, ella se lleva un dedo a la sien. Él observa un segundo el reflejo del esmalte rojo en esa uña antes de que el crujir de los hielos en su cabeza le recuerde que su cráneo parece a punto de partirse en dos como un melón.

—C-creo que me estoy muriendo…

De hecho, está bastante seguro de que está muerto y ha reaparecido en su especie de infierno personal. Un infierno lleno de bailarinas de cancán semidesnudas.

—Espera, déjame ver…

Él va a asentir, pero prefiere quedarse quieto cuando todo el salón comienza a bambolearse y su estómago amenaza con expulsar todo su contenido. Las manos, pequeñas y rápidas como arañas, proceden a apartarle de la sien un mechón pegajoso de pelo. Ella examina la herida, apenas alcanzando a rozarla con las yemas y bajo la mirada expectante (y recelosa) de sus compañeras. El dolor irradia desde allí y se extiende por todo el lado izquierdo de su cara en un pulso sordo.

—Parece que estás entero. No creo que te vayas a caer a trozos todavía —afirma, risueña—. Eso sí, te va a salir un chichón tremendo.

—Menos mal —el contacto frío del hielo en su sien desaparece, y una enorme y blanquísima sonrisa se interpone entre la cara de la otra mujer y la suya—, sería una desgracia que no pudiéramos volver a verte bailar, cariño. Te vimos en la fiesta de fin de año. Dejaste a todos impresionados, ¿verdad, Mimi?

Por su flanco desprotegido aparece de improviso una cara ruborizada, casi provocando que se caiga de bruces del sillón.

—¡Somos tus fans desde entonces!

—¡Cómo no serlo! No todos los días un completo novato deja babeando a los señoritos del Chat. ¿No te gustaría bailar aquí abajo? Gabrielle se rompió la muñeca el otro día, seguro que podrías ocupar su lugar en la barra y…

Él cierra los ojos. En algún momento las palabras de la mujer han comenzado a enredarse en su cabeza (y tal vez sea mejor así). Su compañera le ha asegurado que todo está en orden, pero él no está tan seguro. Aun así, no se atreve a levantar la mano y evaluar por sí mismo los daños. En su cabeza, las imágenes deshilachadas comienzan a arrastrarse tras sus párpados, sin llegar a formar un recuerdo sólido. Se ve en el suelo, la cara sobre la mugre. Disparos y el miedo trepando por su columna. Todo entremezclado y repitiéndose una y otra vez.

Pero los cuchicheos de las mujeres a su alrededor y esa música interfieren en el proceso y no le dejan concentrarse. Con un gemido, entierra la cara entre las manos.

—Tranquilo —susurra alguien y él levanta la cabeza a tiempo de ver esa mano de uñas pintadas posarse en su rodilla—. Respira hondo, no lo fuerces. ¿Sabes dónde estás?

Él menea la cabeza. La luz púrpura sólo derrama sombras oscuras que desdibujan las facciones de los presentes y el mobiliario de la sala. Hay lencería y encaje por todas partes, y ese intenso aroma a licor y flores que de algún modo parece desorientarle. No tiene ni idea de cómo ha llegado hasta allí o qué se supone que es ese lugar.

—Estás en la Jaula. Nivel tres. Herr Zimmermann vino contigo. ¿Lo recuerdas ahora?

—¿Z-Zimmermann?

—¡Herr Derek! Aprovecha que se ha fijado en ti, cariño. Es de los últimos caballeros que quedan en el Chat, y no suele poner los ojos en cualquiera.

—¿Sabes? Creo que mucha gente en el Chat pondría en duda el título de caballero de Herr Zimmermann…

Él no alcanza a entender la réplica airada de la otra mujer. Aunque el barullo desordenado en su cabeza comienza a aclararse, no es capaz de reaccionar. Tal vez sea por el dolor o el efecto sedante del perfume del cuarto. A lo mejor la única parte activa de su cerebro acaba de desconectarse. Sea lo que sea, sólo escucha el taconeo nervioso de las mujeres a su alrededor, sumido en una tranquilidad ominosa.

Aún percibe el tacto de la pistola en su piel, como si el metal hubiera dejado una quemadura helada en su sien. Pero el terror que aún debería agarrotar sus músculos se limita a zumbar en sus oídos, un ruido blanco emocional que no consigue desgarrar el velo que aturde sus sentidos. Simplemente está flotando a la deriva, entumecido.

—… es evidente que una doctorzuela no sabría distinguir a un auténtico caballero ni teniéndolo delante de sus… ¡Joder! ¡Ahí viene!

Revuelo. Las tres regresan entre cacareos a sus puestos, y a él casi lo obligan a volver con ellas al mundo real estrujando una vez más la bolsa de hielo contra su cabeza, con tanta energía que su víctima ve luces rojas detrás de los párpados. Un latigazo de dolor crispa sus nervios y le hace ver el mundo en brillantes colores de neón durante un instante que es brevísimo, pero suficiente para que el cabello de Derek Zimmermann parezca una llamarada roja bien domesticada sobre su cráneo.

Al verlo despierto, la boca del alemán se tuerce en una mueca de satisfacción casi imperceptible.

—Veo que habéis tratado bien a Monsieur Daguerre. Excelente.

Su voz se integra a la perfección con el ritmo de la música. A él le cuesta diferenciarlos. Por su parte, la vedette de la muletilla encuentra oportuno propinarle un codazo cómplice entre las costillas. 

—Les ruego disculpen la tardanza —fingiendo no haberlos visto, Derek se sacude una mota de polvo imaginaria de la ropa—. He encontrado algunas dificultades adecuando mi suite. Pero no se preocupen; el Monsieur y yo no les robaremos mucho más tiempo esta noche.

Mientras dice esto, le tiende algo a él. El botellín tiene un peso contundente en sus manos, pero la pequeña pastilla roja casi se escurre y desaparece entre los pliegues de su piel. Ante su mirada extraviada, Derek se pasa la lengua por delante de los dientes y articula un “para la cabeza” casi imperceptible. A él el dolor amenaza con volverlo loco, así que no tiene que plantearse mucho el abrir la botella con dedos torpes y tragar sin más esa lenteja roja.

—¿Ya se lo lleva, Herr Zimmermann? ¡Pero si acababa de despertarse! Déjelo un rato más por aquí, por favor. Con el ánimo muerto que tenemos hoy nos vendría genial un show como el de la noche de fin de año.

Esta vez la súplica proviene de la vedette de uñas carmesí, aunque su expresión seria no termina de cuadrar con las miradas extasiadas de sus compañeras. Derek debe notar esa discordancia, porque entonces toma la muñeca de Louis y lo obliga a  ponerse en pie. A pesar del firme apretón del Herr, la debilidad lo traiciona y casi lo manda derecho al suelo.

—Aunque no dudo de que nuestro amigo estaría encantado de ofrecerle al nivel tres un buen espectáculo, creo que ahora mismo no se encuentra en las mejores condiciones —para ilustrar su posición, hace un movimiento desganado en dirección a las piernas temblorosas de Louis—. Además, tenemos un asunto de negocios que requiere nuestra atención ahora mismo. Les agradezco su colaboración, señoritas, y les aseguro que estaré pendiente de su próximo show. Y ahora, si nos disculpan…

Dando media vuelta, lo ayuda a moverse entre grupos de bailarinas y hombres pasados de copas. Atraviesan cortinas púrpuras y salas vibrantes de vida, siempre envueltos en esa extraña música que se arrastra entre sus pies. Derek lo guía fuera de los salones. En los pasillos, la luz empieza a atenuarse, como si estuvieran adentrándose en la madriguera de un zorro. Dejándose llevar, Louis cierra los ojos.

Ahora la oscuridad es total.

 

 

Nota informativa (sobre exámenes y fechas de publicación)

Hey, ¿cómo estáis?

Antes de nada, tranquilos. Esto no es una nota incendiara, no voy a cargar contra nada ni nadie (por suerte). Sólo quería comentaros un par de cosas que han pasado, están pasando y van a pasar, y que obviamente afectan a las publicaciones.

Lo primero, y motivo de la nota en sí, es que estoy teniendo algunos problemas con De lujo en general y con el dieciocho en particular. He de confesar que estos días he estado más centrada en revisar y tratar de organizar la primera parte de la serie que en terminar de escribir los últimos capítulos, así que he avanzado más bien poco. Sé que no debería hacerlo, pero estoy bastante ansiosa por empezar a dar forma a la amalgama extraña y sin sentido que son los primeros capítulos. A partir de ahora, no obstante, intentaré centrarme un poco más en terminar el borrador para no dejar a la gente que no quiera releer luego el original colgada. No más revisiones compulsivas de momento. Os doy mi palabra.

Por otro lado, siento deciros que no voy a poder escribir en los próximos veintipocos días. Acabo de entrar en época de exámenes y este está siendo, con diferencia, mi año más desastroso hasta la fecha.  Tengo que concentrarme en no fastidiarlo más todavía o habré tirado un cuatrimestre entero a la basura. Aunque me duela (y creedme, es a mí a quien más duele), tengo que aparcar la escritura unas semanas hasta que haya pasado el trance, para bien o para mal.

Para que os hagáis una idea, habré terminado mi último examen el 22 a la una y media. En cuanto llegue a casa tengo que recoger mis cosas y hacer la maleta para volver a casa de mis padres (estudio fuera), pero prometo que en cuanto lo tenga todo listo, me pondré con el 18.

Si os sirve de consuelo, además del último capítulo os traeré también un pequeño extra sobre Ed y Louis. Lo estaba preparando para subirlo estos días antes de los exámenes, pero se ha desmadrado un poco y es más largo de lo que esperaba, así que no me daba tiempo a terminarlo antes de la fecha crítica. Es muy tierno, espero que os guste *kittyface*.

Sé que es mucho tiempo sin un capi, pero ya me conocéis. Funciono muy despacio y encima me bloqueo cuando me topo con asuntos académicos. En compensación, podéis tirarme piedras cuando queráis. No me quejaré nada, nada.

So, eso es todo. Siento muchísimo que tengáis que esperar por el capi, de verdad. Haré lo posible por acelerar el ritmo de publicaciones este verano, incluso aunque mi ritmo sea de tortuga.
Muchas gracias a tod@s, y nos vemos en el 18.

P.D. ¿Soy yo, o debería crear un género de notas de autor?

De lujo (Chapitre 17: Un gatito seducido)

17

—¿Wieniawski?

—Mec.

—Ah, venga ya. ¿No era La cadenza?

—Mec.

Yo hago una mueca y levanto de mala gana la esquina de la página para anotar mi derrota. Ni siquiera me molesto en comprobar el número de rondas ganadas por Raymond, me pondría de mal humor. Justo detrás de mí, los músculos en la espalda de mi protégé se estremecen de una forma misteriosa contra los míos al reajustar su posición, preparándose para la siguiente pieza. El movimiento parece querer transmitirse y reverberar en mi cuerpo. Un ligero hormigueo me eriza todo el vello, aunque yo, algo aturdido, sacudo la cabeza e intento concentrarme en la hoja a medio escribir.

Algunas semanas han pasado desde la extraña noche de fin de año, pero el tiempo no ha conseguido esclarecer los hechos. Ni siquiera el elegante pelirrojo con su contrato se ha dignado a contactar conmigo. Recordar que firmé algo sin leerlo me pone los pelos de punta y hace que la vergüenza ruede y ruede en mi estómago, pero justo por eso no todavía no me he atrevido a preguntarle a Chiara o a Sacha por él. Y desde luego, no pienso confiarle mis inquietudes a ninguno de esos snobs del club. Por el momento no tengo ni idea de en qué me he metido. Y sin embargo, no puedo decir que no me pique la curiosidad. Aquel hombre tenía toda la pinta de saber mucho más de lo que dejaba entrever, algo que, por algún motivo, está dispuesto a compartir conmigo. Eso al menos me consuela, ha propiciado la aparición de un nuevo hilo de investigación: conocer la identidad del extorsionador de Madame Strauss, ese tal Hans. El recuerdo de su voz y las palabras espiadas en el pasillo hormiguean bajo mi piel.

Creo que no ha sido tan mala idea firmar ese papel. Aunque si supiera a qué precio me he vendido, dormiría más tranquilo por las noches, por supuesto.

Luego, de la mano de ese primer misterio, está Maidlow…

La pieza que Raymond estaba tocando languidece y muere con una pequeña protesta del violín. Volviendo a levantar el boli de la hoja, pruebo suerte con Ravel, pero al parecer tengo un oído nefasto para la música (o Raymond me está timando).

—Mec. Nueve a uno, gatito. ¿Era a la décima cuando ibas a volver a probar mi piercing?

—Eso no va a volver a entrar en mi boca, descuida —replico, mientras apoyo el cuaderno en las piernas—. No sé dónde le ves lo divertido a esto. ¿Por qué estamos jugando? ¿Es para torturarme, o algo así?

Yo noto movimiento detrás de mí y tuerzo el cuerpo para encontrarme con la sonrisa lobuna de Ray, muy cerca de mi cara. En cuanto me vuelvo tengo que entrecerrar los ojos un segundo, porque su pelo del color del cobre refleja el brillo ardiente del sol, y enseguida noto su aliento cosquilleándome la oreja.

—¿Por la velada con final feliz para el ganador?

—Eres terrible.

—Y te gusta.

Chasqueo la lengua, pero al toparme con esos ojos enmudezco, las palabras de Maidlow reflotando como traídas por la corriente. Al final, me veo obligado a desviar la vista, avergonzado.

Me ha costado más de lo que me gustaría admitir recuperar y procesar toda la información de aquella noche de mi memoria. Fue complicado sacar toda la porquería que el duque me había escupido a la cara justo al día siguiente de lo ocurrido, cuando desperté resacoso y con Raymond intentando aprovecharse de mi cuerpo inconsciente, así que me limité a dejarla enterrada en algún rincón de la mente. Sólo con el paso de los días comenzó a resurgir esa idea, igual que los restos de un naufragio. No quería creerme las patochadas de ese idiota, pero…

Esta es mi jaula.

Si el Chat está prostituyendo a Raymond en contra de su voluntad, yo soy uno de los culpables, según Maidlow.

No sé qué hacer o cómo sentirme. He pasado todas estas semanas vigilando a mi protégé, esperando ver en él algo que me libre de culpa, o al menos que confirme lo que más me temo, pero, como es de esperar, es imposible saber qué le ronda la cabeza. Ahora que la sospecha es cada vez menos sospecha y más certeza, no puedo mirarlo a los ojos sin que me asalte la culpabilidad.

¿Qué puedo hacer?

Lo ignoro. Pero está claro que lo que no es admisible es quedarme de brazos cruzados a sabiendas de lo que ocurre aquí dentro. Incluso pensé en buscar una alianza con Maidlow, aunque el resentimiento de mis nudillos me dice que tal vez no sea tan buena idea. De todos modos, el duque faltó a su última cita con Raymond y no se le ha visto por el Chat desde la noche de Navidad, tampoco podría ponerme en contacto con él aunque quisiera.

Gruño. Odio sentirme como un pelele, pero hay nada en mis manos. Mi única opción viable de momento es esperar noticias de ese pelirrojo. Estoy seguro que tiene que existir algún tipo de conexión entre el hombre del despacho y mi protégé, y el tipo de la fiesta parece ser la pieza necesaria para despejar mis dudas…

Frustrado, cierro la libreta, me froto los ojos.

Ray ha vuelto a posar los dedos sobre el violín. Yo dejo los papeles a un lado y permito que mi cuerpo se desparrame sobre la cama como un montón de partículas sin conexión. Con la cara apoyada en la colcha blanca, aprovecho que no me está prestando atención para estudiar la postura del prostituto. Puedo ver esa sempiterna tensión contenida en sus músculos, semejante a la de cualquier mármol trabajado por Bernini. Respiración agitada, carótida ondulante bajo la piel. Con los ojos entornados y los labios entreabiertos, en trance. La música es insoportablemente hermosa, como de costumbre, pero sólo alcanza a acariciar mi cerebro con las yemas de los dedos. Esas yemas que en una coreografía precisa y  frenética bailan en el mástil sin trastes. Y para cuando quiero darme cuenta, estoy preguntándome si sus dedos se moverían igual, pequeños animales hambrientos, encima de mi cuerpo.

Al igual que la pequeña chispa que desata el incendio, ese pensamiento prende mi imaginación y hacer arder la sangre en mis venas de forma delirante. Yo cierro los ojos y entierro la nariz en la almohada, pero ya es demasiado tarde, y un sinfín de imágenes vergonzosas zumban por detrás de mis párpados. Y mi imaginación morbosa materializa ese cuerpo que se sacude bajo el mío, se escurre entre mis manos húmedas, serpenteante y lúbrico. Mi inconsciente incluso se molesta en recrear de la forma más realista posible el sonido pegajoso de los cuerpos al entrechocar y…

¡Maldita sea!

Había olvidado la forma ridícula en que Raymond consigue coger mi autocontrol y lanzarlo volando por la ventana. Por suerte para mí, la música tocando su fin me salva en el último segundo de abrir un agujero en el colchón (ya me entendéis). A pesar de que me cueste admitirlo, lo cierto es que volver al mundo real acalorado, duro e insatisfecho es un asco. Pero por mucho que quiera recrearme en mi desgracia no tengo la oportunidad, porque entonces me encuentro con el silencio expectante de mi protégé, y comprendo que debería seguirle el juego o se hará muy evidente mi dolor de testículos.

—Eh… ¿Saint-Saëns? —farfullo, lo primero que se me pasa por la cabeza, y para mi sorpresa, él me hace un mohín. Olvidando momentáneamente que mi entrepierna dista poco de un bate de béisbol profesional, brinco en la cama como si volviera a tener seis años.

—¿Era Saint-Saëns? ¿En serio? Soy un puto genio.

—Si te lo hubiera puesto más fácil habría sido vergonzoso hasta para ti —Ray deja el violín a un lado, en un gesto suficiente insoportable, pero no consigue evitar que le aseste un puñetazo de victoria en el hombro, eufórico.

—Arrodíllate ante mí.

—Lo haría gustoso, gatito —acompañando la propuesta, lanza una ojeada a la parte baja de mi cuerpo que consigo bloquear en el último momento, cruzándome de piernas con un gruñido—. ¿Te has puesto rojo de la emoción, o qué?

No es que me ponga rojo. Es que algún día vas a provocarme un derrame interno masivo. Y seguramente te sentirás orgulloso.

Después de arreglárselas para enfriar mi satisfacción, Raymond se encoge de hombros, me dedica toda su indiferencia e inicia un meticuloso ejercicio de estiramientos que hace crujir sus articulaciones. Al parecer sus ganas de divertirse, torturarme o lo que sea que motive sus jugueteos, se han disipado. Con él distraído en sus cosas, puedo permitirme el lujo de sentarme como una persona normal en la cama y olvidarme un poco de mi entrepierna, lo que es un alivio enorme, os lo aseguro.

El sol empieza a dejarse caer bajo la línea del horizonte y proyecta filamentos de luz anaranjada a través del ventanuco. Me inquieta pensar en lo rápido que se acerca el momento en que deba volver a bajar en ese ascensor negro, dirección a las turbias entrañas del Chat Bleu. Pensar en lo ciego que he estado todo este tiempo me da ganas de abofetearme.  No entiendo cómo he dejado transformarse los días en semanas y meses ahogándome en el vasito de mis propios problemas, sin percatarme de la realidad turbulenta bajo mis pies, aguas infestadas de tiburones.

Por otro lado, podría marcharme del Chat y no volver la vista atrás. De hecho, ¿no es lo que quiero en el fondo, desde aquel primer día de pesadilla? Salir por patas y seguir viviendo mi vida anodina de siempre, como si nada hubiera ocurrido. Sólo tengo que saldar mi deuda con Ava Strauss, y cada vez queda menos para librarme del peso de esa alfombra.

Entonces, ¿por qué ni siquiera me lo estoy planteando como otra opción?

No lo sé, y tampoco sé si quiero saberlo. Estoy empezando a no tener ni idea de por qué sigo haciendo esto. Dejándome atrapar.

—Siempre estás así, ¿eh?

Ray me contempla. Sus piernas cuelgan por el lado contrario de la cama, una mano perezosa le rasca el ombligo por debajo de la camiseta. Pero a pesar de la tranquilidad de su cuerpo, algo malévolo insiste en brillar en sus pupilas como una advertencia de neón.

—Piensas demasiado.

Yo le bufo, y recibo a cambio un cabezazo en el muslo.

—Qué concentrado parecías —ronronea, mientras se restriega contra mi pierna. Desde aquí parece tan inocente como un puma a punto de desgarrar la yugular de algún animal asustado—. Apuesto a que estabas pensando en mí.

—Debería golpearte.

—O sea, que no lo niegas.

Otra vez esa mueca burlesca, una sonrisa que no llega a serlo del todo. Viéndolo comprendo que cada vez estoy más perdido, y que ni siquiera alcanzo a rozar aquello que sostiene su fachada de indolente irreverencia. Casi da la sensación de que cuanto más tiempo paso en su órbita, más consigue confundirme y reírse de mí. Y eso es tan frustrante, porque siempre, pase lo que pase, necesito conocerlo todo a mi alrededor. Tengo que descubrir lo que no sé, y saber más que eso aún, hasta que todos los misterios han sido cuidadosamente diseccionados. Nunca he funcionado de otra forma, aunque, por supuesto, ha quedado de sobra demostrado que nada de eso sirve con Raymond. Lo único que consigo de mi protégé es seguir aturdido, mientras él se permite jugar con mi mente y mi cuerpo. No hay nada justo en eso, y a pesar de ello, yo sigo mordiendo el anzuelo como si fuera lo más natural del mundo.

Debo haber perdido cualquier atisbo de razón ya, pero más peligroso es que no parece inquietarme lo que debería.

Conmigo aún medio absorto en ese pensamiento, Ray recupera su violín destartalado para trastear con las clavijas. Yo sigo el proceso de reojo, sin llegar a prestar atención del todo y algo ido, hasta que mis ojos resbalan por el instrumento y el abrazo de los dedos de Raymond sobre el mástil, una caricia a la madera más que cualquier otra cosa.

 —Voy a hacerte una pregunta.

Aun con la vista fija en el instrumento, puedo notar el ligero cambio de posición de los hombros de mi protégé.

—Ya sabes las reglas —dice tras un pequeño lapso de tiempo, como si hubiera estado intentando resistirse (y fallando estrepitosamente) a su propio juego, y luego regresa a la tarea que lo ocupa con actitud indiferente—. A no ser que vayas a pedirme que te empale contra el colchón. Eso sería un bonito regalo de los dioses.

Yo me froto el puente de la nariz, por debajo de las gafas.

—Las conozco de sobra.

También soy consciente de que estoy caminando sobre hielo fino. Aunque no lo parezca, para él el asunto de las preguntas no es tanto un juego como una forma de revelar lo menos posible de sí mismo y al mismo tiempo obtener algo a cambio. Casi siempre logra no decir nada interesante ni importante, y como es lo bastante retorcido como para hacerte caer una y otra vez en la casilla del castigo, las recompensas suelen ser sustanciosas para él la mayoría de las veces. Es un juego al que está acostumbrado a no perder, y del que yo he salido escarmentado en demasiadas ocasiones para mi gusto.

—Y como las conozco, fingiré que no has abierto la boca e iré al grano antes de que se te ocurra otra idiotez, ¿te parece? —él menea la cabeza, pero yo separo los labios antes:—. ¿Nunca te has imaginado haciendo algo… diferente?

Es sólo justo al terminar de formular la pregunta cuando me doy cuenta de que parecía mucho menos estúpida en mi cabeza. Al menos eso me confirma el brillo en la sonrisa de Raymond.

—No estaba hablando de nada que tuviera que ver con tu pene y lo sabes —me apresuro a añadir, en tono casi infantil—. Podrías hacer lo que quisieras ahí fuera.

¿Qué? Realmente lo creo. Es difícil no hacerlo después de comprobar el mimo con el que deja que sus manos traten los instrumentos que caen en ellas, y no me cuesta imaginarlo en cualquier otra parte mucho más digna que ese tugurio de La Madriguera, fluyendo con la música como algo vivo y pulsante. Pero de alguna manera (intencional o no) eso queda siempre relegado a un segundo plano y al olvido por culpa de ese muro de aplastante sensualidad tras el que tiende a parapetarse.

Me pregunto si habrá sido eso el causante de que haya terminado aquí.

—No pierdo el tiempo imaginando cosas que no van a suceder —la respuesta de Raymond me hace levantar la cabeza de forma repentina. Andaba medio hipnotizado con el punteo de sus yemas sobre el violín, y encontrarme ahora con su cara inexpresiva me pone ansioso sin razón aparente.

—¿Cómo que…?

—Dijiste sólo una pregunta, gatito.

—Ya, pero…

Para mi consternación, mi voz no tarda en ir despeñándose hasta convertirse en una mezcla de lamento y gruñido de derrota al descubrir que la oportunidad ha vuelto a escurrírseme entre los dedos para pegarme una patada en la cara. Dejo caer las manos —con las que antes había empezado a gesticular en un desesperado intento de encauzar la conversación— e intento envenenar con la mirada a Raymond, pero él no tiene piedad y es demasiado rápido. Mi sistema nervioso es incapaz de capturar lo que ocurre momentos antes de que el peso del cuerpo de su cuerpo hunda el mío en el colchón.

 —Yo también tengo una duda.

Es lo que dice mientras se acomoda a horcajadas sobre mis muslos y atrapa mi camiseta para colar la mano por debajo. La temperatura de su palma amenaza con calentarme la tripa y estremecer mis sentidos.

—La verdad, no consigo entender… —continúa, sus dedos trazando líneas invisibles en las inmediaciones de mi ombligo, como si quisiera hacer realidad la sucia fantasía de hace un rato. Yo alcanzo torpemente su muñeca y lo fuerzo a interponer una barrera imaginaria entre nosotros, porque no quiero saber qué podría pasar si sigue tocándome—. ¿Por qué te resistes?

Parpadeo ante su interés genuino, como un idiota.

—¿Qué?

—¿Es que tienes miedo de que te pongan contra la pared o en realidad eres un heterosexual de incógnito? —su sonrisa intenta volverse ladina, pero parece que le está resultando imposible disfrazar ese ramalazo de curiosidad—. Y no me digas que alguien como tú no ha tenido oportunidades. Sería una broma muy triste.

Mi primer impulso al oír eso debería ser apartar de mi cuerpo sus dedazos impertinentes y mandarlo al infierno, como otras tantas veces. Pero eso no ocurre, y no sé por qué termino ahí tirado, bocarriba en la cama y bloqueado, mirando sin ver a Raymond. Mientras, el tiempo se escurre entre nosotros de forma indefinida. Yo juego a desenfocar y volver a enfocar la vista.

—Tuve una mala experiencia con eso —murmuro, justo antes de escaparme de ese lapsus para encontrarme con la ceja arqueada del prostituto.

Y justo para darme cuenta de lo que acabo de decir.

Oh.

—¿Qué? ¿Mala experiencia? —demasiado tarde para huir. Tampoco es que tuviera escapatoria, con Raymond sentado encima de mí, sujetándome. Sólo puedo dejar que un bonito color granate se asiente en mi cara.

—N-no tengo por qué contestar a eso… ¡au, para!

Como el desgraciado que es, él vuelve a atacar sin piedad mis costillas. Cada pellizco duele como un aguijonazo (y seguro que dejarán cardenales como futuras heridas de guerra), y por mucho que oponga resistencia se acercan peligrosamente a mi pecho, cada vez más rápido…

—¡Joder…! Está bien y-yo… No soy exactamente… virgen. Q-quiero decir, lo soy, pero… ugh.

Sí, ugh se aproxima bastante a lo que siento ahora mismo.

Silencio. Yo me cubro la boca con la mano, el ademán estúpido de retener unas palabras que ya se han abierto paso hacia el exterior. Una humillación amarga me da vueltas en el estómago y se mezcla con la bilis, pero no sé si está ocurriendo por lo que acabo de decir, o responde a la imagen que araña un rincón de mi mente, rogando convertirse en un recuerdo. Sobre mí, Ray ladea un poco la cabeza, las pupilas dilatadas de manera casi imperceptible, pero comete el error de levantar la mano a la altura necesaria para que ésta pueda encontrarse con mis dientes.

Y qué queréis que os diga. Me consuela un poco ver su cara antes de que pierda el equilibrio con el susto y el golpe de su cuerpo contra el parqué retumbe por el cuarto.

—¡Gato traidor! —gimotea, aunque yo no quiero perder el tiempo. A pesar de haberlo visto caer, esas palabras aún retumban en mi cráneo igual que un cántico de escarmiento.

¿Por qué a este acosador, de todas las personas?

Maldiciendo, consigo arrastrarme fuera de la cama por el otro lado y rescato mi abrigo mugroso del pomo de la puerta del baño.

—Te pasa por andar jodiendo todo el día —gruño, y me envuelvo en la bufanda como si disfrazarme de yihadista fuera a ayudar a aliviar el temblor de mis extremidades—. Y más te vale no joder mientras yo no estoy. Tengo que ver a mi editor.

Jamás pensé que volvería a decir esto, pero por contradictorio que parezca me alegro de que Édouard me dé una excusa para largarme.

Voy a alcanzar la puerta cuando la cabeza de Raymond asoma por debajo de la cama, los ojos entrecerrados.

—¿Todo esto era una estrategia para fugarte con Tarta de Fresa? —inquiere, con un bufido burlón—. Cuando vuelvas aquí…

Yo me meto las manos en los bolsillos, le devuelvo la mirada desafiante.

—¿Qué? ¿Vas a embestirme con ese chichón?

—Voy a arrancarte la ropa interior a mordiscos.

Como respuesta a eso, chasqueo la lengua y giro el picaporte.

—¿Te refieres a la que no llevo ahora mismo? —añado, en un ataque de euforia un poco tonto que, por un momento, incluso parece que hace remitir la angustia de antes. Más aún cuando acierto a ver la mandíbula descolgada de mi protégé un segundo antes de cerrarle con un portazo.

El portazo hace gemir los goznes y sacude el suelo bajo el cuerpo de Raymond, pero a pesar del estruendo, él aún permanece unos segundos atascado bajo la cama, junto con la imagen mental que le ha provocado Louis. Cómo quitársela de la cabeza. O, más bien, ¿quién en su sano juicio iba a querer borrarla para siempre?

Ah, él sabe de sobra su respuesta a la pregunta. Gatito mojigato, ¿de qué le servirá guardarse esa actitud desvergonzada para sí? Con lo bien que podrían haber estado pasándoselo desde el principio…

El prostituto se arrastra fuera de la cama, frotándose la nuca dolorida, y se pasa la punta de la lengua por los labios, despacio, como queriendo retener el regusto imaginario y evanescente de Louis. Por suerte, el juego de acoso y derribo con su protector es lo bastante divertido como para no volverlo loco. De no ser así, lo más probable es que ya hubiera devorado hasta los huesos de Louis.

Aunque Ray desea centrarse con todas sus fuerzas en los calzoncillos del escritor, no puede evitar que su interés comience a rodar en otra dirección. Su marcha deja otro tipo de dudas menos lúdicas que el asunto de su no-ropa interior.

Su protector parecía tan perturbado al hablar de su virginal (¿o no?) culo que a Ray le cuesta creer que tal afirmación fuera una táctica para escabullirse. De hecho, no lo cree en absoluto.

Pero entonces… ¿por qué ha estado fingiendo algo así todo este tiempo? No es muy sensato hacer algo así en un sitio como el Chat, y está seguro de que Louis lo sabe de sobra. Y si no, la experiencia ya debe haberle demostrado que su supuesta pureza es un caramelito para los peces gordos del club.

Bueno, sea como sea, no debería resultarle demasiado difícil sonsacárselo, aunque tendrá que esperar a que Louis regrese de donde quiera que esté saltándose sus labores de niñero. Ray desea de corazón que no se trate realmente de Tarta de Fresa. Sería un desperdicio que alguien como Louis le hiciera el menor caso a un tarado de ese calibre.

Además, ese tarado le pegó. En la cara.

Además, el gatito es suyo, él le puso mote primero.

Satisfecho con el razonamiento, estira los miembros hasta hacer crujir las articulaciones y se pone en pie. Sabe que las advertencias de Louis sobre hacer maldades caerán en saco roto si no encuentra algo en lo que distraerse pronto, y no quiere hacer enfadar (mucho) al escritor. Necesita tenerlo de un humor decente para conseguir que desvele sus secretos.

Iba a empezar a deambular como un animal por la habitación cuando algo entra en su campo visual.

En el suelo y entre las sábanas revueltas, asoma una libreta. Él la reconoce al instante. Es como una extensión del cuerpo de Louis, y no recuerda haber visto a su gatito sin ella. Sin pensárselo, la rescata del suelo y hojea las páginas, tatuadas con una letra apretujada y desigual. Ray nunca leyó demasiado bien y la caligrafía de Louis es un tanto críptica, pero de algún modo, el prostituto se las apaña para desenredar la maraña de sintaxis de las primeras páginas.

Pero al hacerlo, casi se atraganta con las palabras de Louis.

Después de bajar a trompicones hasta la puerta principal, aterrizo en las calles húmedas de la ciudad envuelto en una sensación irreal de sueño lúcido. No tengo claro si este estado se debe al cóctel de excitación y terror que hirvió en mis venas en la habitación de Raymond, o es un anestésico para minimizar lo que me espera ahora, pero se me pasa de un plumazo cuando el atontamiento me hace meter el pie en un charco.

Gruñendo —y bajo la mirada socarrona del portero—, sacudo la pernera mojada y hundo las manos en los bolsillos. Antes de que quiera darme cuenta, mis pies ya han tomado una ruta por cuenta propia y atravieso el corazón palpitante de turistas de París esforzándome por no pensar. Sé adónde me lleva el inconsciente, y aunque no hago nada por detenerlo, no puedo sino sacudirme un poco por debajo de las capas y capas de ropa. Así, salvo el Sena cruzando el Pont Neuf y tomo el bulevar Saint Michel sólo para que mi malestar evolucione a algo frío y viscoso apretándome el pecho. La dorada cúpula del Panteón rompe la línea de edificios bañada en una luz sanguinolenta cuando me aproximo, esquivando estudiantes, a los Jardines de Luxemburgo. Las calles salpicadas de librerías especializadas no atraen mi atención por primera vez en mucho tiempo, porque la fea figura negra de la Torre Montparnasse ya se encarga de mantenerme la vista ocupada.

El barrio de Montparnasse. Nido de artistas inmigrantes y bohemia de la primera mitad del siglo veinte. Y el hogar de Édouard.

Édouard… Mientras dejo atrás a las familias que vuelven a casa después de una tarde en el parque, intento recordarme otra vez por qué no he terminado con esto. Y, como siempre, la respuesta parece clara.

Es sólo por el trabajo.

Después de rechazar la oferta de Maidlow incrustándole mi puño en la cara, ¿qué me quedaba, a fin de cuentas? Nada. Estaba seguro de que mi sueño editorial acababa de golpearse contra un muro de granito y realidad. Y de hecho, así era. Olivia no tardó en ponerse en contacto conmigo, días después de la noche de fin de año, para anunciarme que, sin financiación extra, no podría publicar a un autor novel.

“La premisa es buena, pero el tema arriesgado; no sabemos cómo va a reaccionar el público” había dicho, en un tono apenado que encajaba bastante bien con la forma en la que me estaba hundiendo en la silla de la cafetería. “Supongo que sabrás cómo está la economía… No podemos arriesgarnos a publicar si no caminamos sobre un terreno más seguro. ¿Tal vez si volviéramos  al manuscrito inicial…?

Pero yo no estaba dispuesto a retomar eso. Por primera en veintitrés años siento que estoy haciendo algo de verdad, con este nuevo proyecto, y volver a mi primer trabajo sólo me haría recordar una y otra vez mis tristes fracasos en la vida.

Además, es monstruosamente horrible.

Aquel día me fui a la cama seguro de que todo había acabado. Y la mañana siguiente me encontré con un contrato en la mano y todo listo para editar mi manuscrito en cuanto lo rematara con el punto y final.

Édouard había acudido al rescate sin que nadie se lo hubiera pedido. Se había ofrecido a trabajar sin cobrar conmigo, al menos hasta la completa edición de mi recopilatorio. Algo que ni de lejos tiene pinta siquiera de ser legal. Pero, a pesar de eso y de los sentimientos encontrados, ni Olivia ni yo pudimos negarnos.

Y a pesar de eso, de la excusa razonable que he apuntalado a martillazos en mi sentido común estos días, al alcanzar el edificio de mi editor, el corazón empieza a ralentizar su ritmo y me hormiguean las extremidades.

Lo que ha pasado ahí arriba… ¿estará cincelado en las paredes todavía? ¿Estoy preparado para verla de nuevo ahí, mi vergüenza garabateada con tinta indeleble en cada minúsculo rincón?

Será como meterme de lleno en la cinta de terror que llevo años reproduciendo en bucle, sin poder parar.

Inspirando hondo, apoyo la frente sobre los barrotes de hierro forjado del portal y la humedad me traspasa la piel en una mordedura helada. Sigo así hasta que sólo consigo recordar lo cansado que estoy, porque el frío me entumece la memoria. Entonces me atrevo a pulsar por fin el botón del interfono y la puerta se abre con un zumbido en lo que tardo en pestañear. Subo los escalones, despacio, convenciéndome a la fuerza de que estoy aquí porque si no consigo publicar algo pronto probablemente asuma que soy inservible en cualquier aspecto y termine arrojándome delante de un coche en Concordia. De que no tiene nada que ver con Édouard, sólo con el manuscrito. Le he hecho prometer que no sacaría otro tema que no fuera el profesional. Ambos sabemos que esto es una reunión de trabajo.

Sí. Eso es.

La puerta de Édouard es la única del último piso que parece tener un aspecto invitador. Debe ser porque la conozco bien. De hecho, la conozco tan bien que creo que no podría contar las veces que he cruzado ese umbral y caminado por este mismo rellano.

Aunque puedo ver con claridad en mi cabeza la última vez que cerré esa puerta a mis espaldas.

Un chasquido, y su cara aparece tan rápido en el lugar que antes ocupaba la madera que no tengo tiempo de prepararme. Por un momento me encuentro de pie en mitad del rellano, aturdido y sin recordar con detalle por qué estoy aquí.

Por suerte, él sale al rescate (por segunda vez):

—Eh… ¿hay que invitarte a pasar en voz alta para que entres?

Sonríe un poco mientras lo dice, medio de lado, como si llevara tanto tiempo sin hacer algo así que ahora tiene que pelear con sus músculos agarrotados para arrancarse un gesto. Yo, avergonzado, trato de contener el impulso de taparme la cara con mi bufanda de kamikaze talibán.

Pero, aparte de eso, no siento nada.

—Un anfitrión siempre tiene que ser cordial con sus invitados —replico, sintiéndome yo también algo agarrotado al devolverle algo parecido a una sonrisa (y al casi citar una de las frases célebres de Ava). Él me responde del mismo modo como acartonado, y se hace a un lado para que pueda arrojarme dentro del apartamento sin pensar, preparado para cualquier golpe emocional…

Pero lo que encuentro me deja un momento mudo.

—Cuando empecé a cobrar mi sueldo, decidí hacerle un lavado de cara al piso —comenta mi anfitrión, como si acabara de leerme la mente, pero es el chasquido de la puerta al cerrarse lo que me saca del sobresalto—. Ya iba siendo hora. Estaba cayéndose todo a pedazos.

Esas últimas palabras se arrastran fuera de su boca y quedan un momento en el aire antes de desvanecerse. El silencio pesa sobre mis hombros mientras dejo mi abrigo en el blanco y diminuto recibidor. Qué sentimiento tan extraño. De reconocimiento y de extrañeza. La verdad, no sé por qué esperaba encontrármelo todo igual que cuando me marché. No es como si el tiempo se hubiera detenido y hubiera estado esperándome para volver a ponerse en marcha en cuanto pusiera un pie dentro del edificio de nuevo. Ahora, al ver los flamantes muebles de Ikea de Édouard ocupando el espacio donde antes había antiguallas machacadas y polvo, soy plenamente consciente de que, después de lo que ocurrió, él también ha seguido viviendo. Incluso puede haber tratado de librarse de ese peso que ha sido y es nuestro pasado. Igual que yo…

Quitando la parte del prostíbulo de lujo y las alfombras persas estropeadas, por supuesto.

Medio enredado en una conversación desganada sobre libros electrónicos, sigo a Édouard hasta la cocina. Tal vez es por la incomodidad que ha empezado a tejerse entre nosotros desde que entré, pero en cada uno de los movimientos que utiliza para preparar café y mantener viva la charla, veo ese tema arañando y luchando por devorarnos a los dos. Una bomba de relojería a punto de estallarnos en la cara. De hecho, el tiempo en la cocina fluye despacio, envuelto en la expectante tensión de comprobar cuándo Édouard se rendirá y romperá su promesa de mantener esa noche en el olvido.

Pero los minutos pasan, y la conversación simplemente sigue su cauce natural hacia Olivia y la editorial, y de lo feliz que está de poder trabajar con mi novela a pesar de todo. Para cuando me termino el café, Édouard ya me está hablando de los pequeños cambios que podrían hacerse para que mi recopilatorio sea perfecto. Yo dejo mi taza en el fregadero y lo acompaño hasta el salón, perturbado.

No puedo ser el único de los dos que lo está sintiendo vibrar en las venas, estoy seguro de que ambos compartimos la misma quemazón que provocan las palabras nunca dichas. Al menos quiero interpretar así la leve rigidez de su cuello cuando vuelve la cabeza para invitarme a sentarme en el sofá.

Yo me dejo caer sin pensar demasiado. En ese momento me doy cuenta que debo haber olvidado mi libreta en el cuarto de Raymond, porque por más que tanteo por todos los bolsillos de mi chaqueta, no aparece. Bueno, qué más da. Édouard se acerca con una copia, y tampoco es que haya escrito nada nuevo.

Siempre estoy demasiado ocupado desvelando mis secretos más vergonzosos a un prostituto.

—¿Sabes, Louis? —mi editor toma asiento a mi lado, pero lo bastante apartado de mi cuerpo como para no levantar suspicacias—. Creo que tanto Olivia como yo ya te comentamos que todos tus relatos son increíbles, pero no deja de sorprenderme la temática que has escogido para escribir.

Dice esto algo ruborizado, mientras relee por encima una de las historias del recopilatorio. Yo me cruzo de brazos.

—¿No pensabas que el cándido de Louis llegara a atreverse a escribir sobre pollas alguna vez, verdad?

La acidez de mis palabras hace que Édouard me mire y parpadee, el aturdimiento flotando en sus ojos oscuros.

—Bueno… en realidad, no es que muchos autores se atrevan a enviar historias de temática erótica a sus editores. Y menos aún si son noveles —su respuesta incómoda me da un buen revés que me obliga a fijar la vista en los papeles repartidos por la mesa, sintiéndome demasiado avergonzado para disculparme.

Dios, ¿por qué estoy haciendo esto?

Tengo que resistir la tentación de llevarme las manos a la cara, porque me hierve y, aunque siga centrado en las fascinantes espirales en la madera de la mesa, sé que Édouard está observándome. Y lo más probable es que lo haga mientras se pregunta qué narices me pasa.

—Siendo sincero, tampoco es un tema que hubiera esperado de ti —al oírlo, levanto la cabeza. Aunque habla con cautela, él se atreve a sonreírme un poco cuando mis ojos encuentran los suyos—. Me sorprendió el, eh… nivel de detalle de la narración.

Mirando su cara enrojecida, pienso en el circo grotesco que se desarrolla entre los muros del Chat Bleu y en el dolor de cabeza que es su estrella principal. Y me siento tentado de tirarme de los pelos y llorar y reír al mismo tiempo. Para fortuna de Édouard, simplemente cuento hasta tres y me pellizco el puente de la nariz antes de responder.

—¿Qué voy a hacer, si tengo la mejor y la peor inspiración?

—¿Te refieres a la del tipo que permite que alguien demasiado ebrio para saber dónde está o por qué le haga una felación en un callejón?

Las líneas del relato que acababa de caer en mis manos se difuminan hasta volverse ilegibles. Yo bajo la hoja cuando las palabras consiguen filtrarse por mi cráneo y el calor amenaza con asfixiarme en mi propio rubor. Édouard me sostiene la mirada sin pestañear, y yo intento hacer lo propio y no rendirme, pero termino medio encogido y centrado en lo fascinante de la mugre en mis zapatos.

Y la bomba reventó.

No puedo indignarme porque me haya reprochado lo que ocurrió esa noche. Sé que lo que ocurrió esa noche me lo busqué yo solito, y una humillación vergonzosa burbujea en mi estómago.

—No tienes ni idea de lo que he tenido que pasar para escribir esos relatos, para no morirme de hambre —suelto, enfurecido conmigo mismo. Me gustaría redirigir toda esa ira hacia lo que él mismo me ha hecho sufrir, montar un escándalo como cuando me abordó en la cafetería y olvidarme así de mis malditas meteduras de pata, pero pronto descubro que soy incapaz de hacer otra cosa que no sea permanecer con la vista fija en el suelo, temblando de rabia.

Édouard no responde inmediatamente. Sus dedos llegan a alcanzarme el hombro en un intento de consolarme, pero en lugar de eso el contacto nos deja tan rígidos que su mano termina convertida en un puño sobre el sofá.

—Louis, lo siento.

—Prometiste que no sacarías temas personales.

—Estoy empezando a pensar que eso ya no será posible nunca más. Para ninguno de los dos —suspira, yo aprieto los dientes. He sido el primero en entrar tenso y saltando al mínimo comentario con cosas que poco tienen que ver con el trabajo—. Esto es…

—Un error.

Silencio.

—Iba a decir incómodo —el dolor en su voz es tan tangible que yo no sé ni cómo encajarlo—. Yo… Lo siento.

—No vuelvas a pedirme perdón —entumecido, recojo unos papeles de la mesa, pero una vez en mis manos no tengo ni idea de qué hacer con ellos. Al final, tengo que volver a dejarlos donde estaban, angustiado—. Te has disculpado tantas veces desde que te conozco que la expresión ha perdido todo su significado.

Cuando por fin me decido a despegar los ojos del entarimado, Édouard sigue sentado a la misma distancia segura, tan quieto que me hace sospechar que contiene el aliento. Contemplar su silueta, tan dolorosamente inmutable y que me destrozó los nervios en nuestros dos primeros encuentros, me agota ahora de forma física y mental. ¿Cómo es posible que no haya cambiado ni un ápice en estos años?

—Estoy preocupado por ti.

—No tienes ningún derecho a estarlo.

Necesitaba que lo estuvieras hace seis años, no ahora.

—No, no lo tengo —yo lo escucho a medias, como si me encontrara sumergido en aguas profundas. Estoy demasiado ocupado estrujando los papeles sobre la mesa hasta convertirlos en una amalgama informe de celulosa. Para desgracia de mi meticuloso trabajo, Édouard agarra la bola de papel y la aprieta él también antes de arrojarla fuera de nuestro alcance. Ese brote de confianza me deja parpadeando—. Pero no puedo ni quiero evitarlo.

Sin darme tiempo a recomponerme y replicar, mi editor parece reunir el valor necesario para plantar de forma definitiva su mano en mi hombro. La forma en que sus huesos parecen encajar con los míos igual que viejas piezas de puzle me sacude desde el mismo tuétano.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

—Trabajo en un maldito hotel de lujo —de mala gana, aparto esa mano de mí—. Y el descerebrado del callejón es la gran estrella del sitio. Mi única tarea es evitar que siga siendo un descerebrado, pero hay un puñado de ricos que pretenden convertir mi vida en el guión de una telenovela de segunda. Todos quieren joderme —En todos los sentidos de la palabra—. Fin de la historia. No hay nada de lo que preocuparse. Aunque no lo parezca, lo tengo todo bajo control.

Ja.

Mirando a Édouard, me doy cuenta de que está pensando exactamente lo mismo. Yo ya no sé si la bola que me cierra el estómago está hecha de rabia, vergüenza u otras emociones misteriosas y complejas, pero me está dejando sin respiración.

—Lo último que necesito es tu compasión, ¿entiendes? —le espeto, lanzándome sobre él para agarrarlo por los hombros y sacudirlo, un burdo intento de borrar esa expresión de pena sempiterna de su cara—. Estoy aquí por el trabajo, para poder salir de ese agujero, no para que me recuerdes toda la mierda de mi vida. ¡Tú preocúpate de tu maldito empleo y de ser la estrella totalmente heterosexual del Stade Français, y déjame en paz!

Escupo esto último sin pensar, acalorado por el enfado y la frustración, y todavía sujetando a Édouard. Su rostro, de pronto impasible, está tan próximo al mío que puedo oler su loción para el afeitado.

Entonces él tuerce la boca en algo que intenta parecerse a una sonrisa.

—Ya, bueno. El Stade Français. Creo que no.

Al principio me cuesta entender su expresión. Mi cabeza es una nebulosa de nervios, bochorno e ira mal controlada. Édouard aprovecha mi estado de confusión para rodear mis muñecas con los dedos y apartarme. Toda su decisión parece haberse evaporado para convertirse en ese aire melancólico tan suyo. Cuando caigo en la cuenta y me quedo frío, él ya ha recuperado los últimos supervivientes de los documentos repartidos sobre la mesa, que estudia en silencio.

Y yo tengo que esforzarme por comprender, por buscar los motivos a algo inverosímil.

—¿No te cogieron? —pregunto, mientras mi entumecimiento emocional comienza a disolverse y la sorpresa me deforma la expresión.

—No —mi editor no despega la vista del folio, pero puedo ver como sus hombros se hunden con cada una de sus palabras—, me aceptaron, ya lo sabes.

Sí, ya lo sé. Cómo olvidar la inmensa media luna de su sonrisa al arrojarme la noticia a la cara. Por mucho que lo intenté, ni siquiera pude fingir bien la alegría. Sólo parecía estar alejándose un paso más de mí.

—Entonces…

—Rechacé el puesto —me corta él, y yo me quedo mudo—. ¿Crees que tenía sentido ya aceptarlo? Seguro que te parece una idiotez, pero rechazar esa oferta fue la forma más duradera de recordarme que había arruinado cualquier posibilidad de ser feliz en la vida.

La tan temida mención a lo que ocurrió ese día llega, pero ni siquiera parece golpearme. Tal vez sea porque estoy todavía aturdido, intentando digerir la información.

El sueño de una vida, tirado por la borda.

—Mira —por fin, Édouard abandona los papeles y vuelve a mirarme a los ojos—, sé que probablemente me odies ahora mismo. No te culpo, estás en tu derecho, y ni siquiera busco hacerte cambiar de opinión. Yo sólo… llevo años queriendo decirte que no hay un solo día que no me recuerde cada segundo de lo que ocurrió aquella noche. Me cuesta contar la cantidad de veces que he deseado volver atrás y cambiarlo todo, lo que daría por poder hacerlo, y el horror que supone comprender cada día lo que hice. Y me tortura, pero no puedo permitirme olvidarlo. Es mi cilicio personal. Por eso no quiero ni puedo pedirte que me perdones. No estoy seguro ni de que yo mismo sea capaz de perdonarme por lo que ocurrió.

Él termina de hablar con un leve temblor que sacude su cuerpo como un pequeño sismo. Yo no puedo moverme, no puedo pensar. Sólo puedo ver cómo Édouard intenta poner en orden sus propias emociones antes de vuelva a dedicarme una de sus sonrisas forzadas.

—Nunca más volveré a sacar el tema, lo juro —y, como si no hubieran existido ni esta conversación ni el bosque de papeles arrugados a nuestro alrededor, saca un bolígrafo y retoma el trabajo.

Inmóvil, dejo sus palabras rebotando dentro de mi cráneo, una y otra vez.

¿Qué ha sido eso?

Aunque la pregunta me asalta un momento desaparece enseguida, ahogada por una especie de zumbido en mis oídos. El corazón me palpita en un compás rítmico y atronador en el pecho, y de pronto eso es todo lo que puedo oír. Édouard sigue hablándome de mis relatos, pero yo soy incapaz de prestar atención a sus palabras. Su perfil, un calco de mi memoria, y los pequeños y engañosos cambios de esta habitación, que no deja de ser la misma de siempre… Nada ha cambiado, en el fondo. Él sigue aterrorizado y perdido, yo sigo frustrado y herido. Tal vez hayamos alcanzado un nuevo nivel de dolor, pero ello no ha conseguido cambiar la materia de la que estábamos formados.

E incluso por encima de ese sufrimiento, no encuentro la manera de obviar la añoranza que a veces me abraza a traición en sueños.

Inspiro. Los muelles del sofá se me clavan en la parte trasera de los muslos cuando mi cuerpo, casi por cuenta propia, se inclina hacia un lado. Por su parte, Édouard parece darse cuenta de que no lo estoy escuchando y se vuelve hacia mí, y mi corazón quiere volverse loco el momento en que nuestras narices chocan. El aliento de Ed roza mis labios, yo aprieto mi boca contra la suya, y el calor me golpea y embriaga.

Ya no logro volver a pensar con claridad. Es como volver a respirar tras pasar una eternidad sumergido en algo frío y viscoso. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba atrapado, aguantando la respiración. Ha sido demasiado, desde luego.

No obstante, y contra todo pronóstico, Édouard responde agarrándome por los hombros e interponiendo una barrera imaginaria entre ambos. Puedo leer el temor en la rigidez de sus dedos clavados en mi piel. Yo siento el calor abandonando mis mejillas poco a poco, pero no mis labios, donde permanece igual que el calor residual de una lámpara incandescente. Creo que estoy temblando.

Igual que las manos de Édouard.

—Esto… —balbucea, su voz perdiéndose hasta ahogarse a sí misma. Luego llega el silencio, o algo parecido, porque mi respiración parece llenar cada rincón del cuarto.

Un segundo, dos. Y, tan rápida como la mía, su compostura se tambalea y él se desmorona sobre mí con un lánguido quejido de los muelles bajo nuestros cuerpos. Ed bebe de mí después de años muriendo de sed, y sus labios dejan una quemadura ardiente en mi boca. Mis dedos no vacilan al enterrarse hasta la raíz de su melena oscura, buscan lugares conocidos en la curva de su espalda. Él me toca como quien roza una herida reciente, pero la forma delirante (y tan familiar) en que su lengua mueve la mía casi hace que destierre cualquier recuerdo de mi mente y me abandone a mí mismo, al modo en que sus brazos consiguen encontrar el hueco perfecto para ellos al apretar mi cuerpo.

Aunque no oigo ni entiendo sus palabras deshilachadas, sí que siento transmitirse el calor a la puntas de mis dedos y luego a mis venas cuando me deslizo por debajo de su camiseta. Me siento abrumado, ahogándome en un recuerdo reencarnado.

Entonces Édouard alcanza las trabillas de mi pantalón, y vuelvo a verme como aquella noche, tirado en el suelo de esta misma habitación, asfixiándome en el dolor y el miedo. Y todo me revienta en la cara con tal fuerza que tengo que rodar hasta caerme del sofá, golpeándome con la mesa y armando un estropicio.

El mundo parece quedarse inmóvil. Édouard me mira igual que un animal al que acaban de apuntar con un rifle.

—Louis.

—No puedo —jadeo, mientras me pongo en pie tambaleante y retrocedo hasta la salida. Estoy tan aturdido que termino chocando con el marco de la puerta—. No puedo olvidarlo.

La mueca de dolor en su cara, aún enrojecida, se superpone al gesto desesperado con el que trata de detenerme:

—Hablémoslo, Louis… —yo consigo menear la cabeza, alcanzando el pomo de la puerta—. Déjame llamarte mañana, cuando todo esté más tranquilo.

—No lo hagas, por favor —es lo único que consigo barbotar, antes de escurrirme fuera, cerrar la puerta y precipitarme escaleras abajo.

Aún puedo oír sus voces al desmoronarme en los escalones del portal de Édouard. Están en cada maldito rincón de mi memoria, expandiéndose como un eco persistente. Las voces y sus risas. Se hundieron en mi piel para despellejarme aquella noche, tan calientes que me escaldaron las entrañas hasta hacerlas carbonilla y dejarme hueco por dentro.

Mi cuerpo entero vibra y una náusea tira de mis tripas. Yo aprieto las palmas contra mis cuencas, respiro. Cuento hasta diez. Hasta veinte. Hasta ciento veinte.

No puedo olvidarlas.

Aún puedo paladear el sabor de Édouard en mis labios, pero no puedo borrar lo que hizo, y empiezo a temer que eso me vaya a partir en dos.

No sé cuánto tiempo sigo sentado aquí. Las sombras comienzan a alargarse y a engullir los contornos de la ciudad. Llego a ver la luz fantasmagórica y amarillenta del alumbrado público hacer relumbrar mis zapatos. Me quedo hasta que el frío amenaza con insensibilizarme de forma permanente las extremidades. Sólo entonces me levanto, despacio.

Una parte de mí no quiere irse. Debe ser la misma que se lanzó a comerle la boca a Édouard, o la que se empeña en susurrar que tal vez no sea tan mala idea volver a subir esas escaleras y plantarme en su puerta. Fingir que nada ha ocurrido entre nosotros y empezar de cero.

Y qué fácil sería ¿no? Recuperar la reconfortante presencia de Édouard en mi vida, que ahora sólo permanece como un susurro obstinado, igual que el miembro fantasma de un lisiado de guerra. Sería tentadoramente fácil, dejarse arrastrar por esa familiaridad que aún existe entre nosotros.  Excepto tal vez por el pequeño, nimio detalle de que, de hacerlo, me obligaría a vivir con ese momento (esa pesadilla) tatuado en la piel cada segundo que lo mirara a la cara.

La brisa de enero cuela sus dedos helados por el cuello de mi camisa, provocándome un violento escalofrío. Aunque en mi huida precipitada he dejado atrás mi abrigo, en ningún momento me planteo volver a por él. De hecho, la idea sólo me incita a caminar más rápido en dirección contraria, de vuelta al Chat, y poco a poco, el hilo desquiciado de mis pensamientos comienza a acompasarse con mis pisadas hasta quedar reducido a un quedo ruido blanco.

De repente el ritmo de París me resulta agotador. En lugar de atravesar las arterias rebosantes de vida de la margen izquierda del Sena, opto por tomar una ruta alternativa de callejuelas de nulo atractivo para los turistas. Es el camino más largo, pero me siento mejor una vez que el bullicio de los bulevares queda atrás y puedo respirar de nuevo…

… Hasta que algo parecido a un cepo frío me atenaza el cuello, robándome el aliento. La mano, enorme y férrea, me arrastra violentamente hasta el final de un callejón, sin importarle demasiado el dolor que azota mi cuerpo. Es tan intenso que yo no puedo moverme, no puedo gritar. Ni siquiera el terror tiene la oportunidad de nublarme los demás sentidos. Y entonces veo la cara de mi agresor y casi puedo sentir cómo se me congela la sangre para formar un coágulo denso y punzante en mi pecho.

Un rostro brutal deformado por las cicatrices.

El miedo me sube como hiel ácida por la garganta y disuelve cualquier atisbo de razón que pudiera conservar. Pataleo, mi respiración tan frenética que me retuerce el estómago en una náusea infinita y que hace que mi mundo empiece a girar y girar. Aun así, lo único que consigo con eso es que un brazo férreo me inmovilice, dejando su otra mano libre en una ocasión perfecta para agarrarme del pelo y estrellarme la cabeza contra el muro de ladrillo.

Cierro los ojos. Es casi más un reflejo que otra cosa, porque mi visión resulta engullida por un deslumbrante fogonazo blanco. Le sigue el dolor, de color rojo oscuro y espeso, y mis piernas cuelgan sin llegar a tocar el suelo, inertes.

Después, dedos que se hunden en mi carne al obligarme a levantar la cara. La imagen de su dueño aparece entre mis pestañas como salida de la bruma. Aristas y ángulos. Una sonrisa afilada, que corta y muerde. Yo siento algo frío fluyendo en mis venas cuando su voz se las arregla para apuntalar mis tímpanos por encima del pitido interminable que me llena la cabeza.

-Mira lo que hemos encontrado, Jordan. Qué graciosa casualidad. ¡Un escritor! Y uno al cual su fama precede, ¿sabes? -lo reconozco. Reconozco su voz. En el despacho de Ava, aquella noche de fin de año…-. Justo tenía una historia increíble que contar. Es realmente emocionante, un thriller de acción, diría. La trama es sencilla, pero estamos trabajando en ella, ¿verdad?

Un gruñido de asentimiento es la única respuesta que recibe, y el sonido retumba en mis huesos. A la luz tenue del callejón, esa figura pálida quiere parecer un espejismo, pero el firme apretón en mi mentón es muy real. Yo soy incapaz de reaccionar, como esos insectos prehistóricos atrapados para siempre en una lágrima de ámbar.

-La historia comienza con un escritor, también. Uno que consigue trabajo en un hotel para ricos y que tiene por hobby meter la nariz en los trapos sucios de los demás.

Respiro con fuerza. Las palabras del tipo me arrastran de vuelta los pasillos del Chat. Oigo su nombre de los labios del pelirrojo del baile y de Ava. Nunca sonó como otra cosa que no fuera una amenaza clara, y la advertencia de Chiara de pronto cobra un sentido aterrador.

Ante mí, los rasgos agudos del hombre se contraen en una especie de sonrisa.

-¿Te resulta familiar?

Ya no puedo verle la cara. La boca de la pistola parece una puerta al infierno, perfectamente redonda y formada por un denso lodo negro que, a centímetros de mi cara, parece a punto de tragarme para siempre.

-Conozco a un escritor que una vez pensó que sería buena idea escuchar a través de una puerta -el metal frío entra en contacto con la piel de mi mejilla y la hunde, moldeándola igual que plastilina. Yo quiero respirar, pero sólo puedo intentarlo, boqueando con una desesperación angustiosa-. ¿Quieres saber qué fue lo que le ocurrió?

¿Qué acaba de decir? No lo sé. Mi pecho se expande y se contrae como si quisiera aplastar los órganos internos o la maraña de pensamientos frenéticos y alarmantes que me colapsa. Sólo única idea, casi primitiva, no deja de palpitar en mis sienes con una claridad aterradora:

No quiero morir.

No aquí.

No así.

¿Cómo he llegado a esto? Estaba seguro de haber salido del pasillo antes de ser descubierto. De hecho, aunque mis recuerdos de esa noche son difusos, juraría haber estado a punto de alcanzar el hall del hotel cuando me topé con…

Qué estúpido. Qué estúpido soy.

La misma mole de carne que me inmoviliza estaba allí. Obviamente. El guardaespaldas de un extorsionador no iba a ocultar a su jefe que un idiota se había pasado la noche con la oreja pegada a la puerta mientras él soltaba sus secretos.  Y yo, con mi comportamiento a la altura de ese mismo idiota, ni siquiera he tenido la prudencia de acordarme durante todo este tiempo de su presencia amenazadora.

Ahora van a meterme un tiro entre las cejas y lo más probable es que me lo merezca.

-¿Qué se supone que debo hacer ahora contigo?

Como si fuera yo quien debe darle la solución, mi agresor (Hans, para ser más precisos) estudia con detenimiento mis pupilas dilatadas. No obstante, si de verdad quiere una respuesta está claro que no la va a tener, porque a mí me cuesta concentrarme con su arma clavándose descuidadamente en mi pecho, entre mis costillas. Ni siquiera se me permite removerme. Esos brazos que me rodean bien podrían pertenecer a una de esas hercúleas esculturas de mármol macizo en el Louvre. Al final, continúa su monólogo obviando mi opinión:

-Cada año que pasa Ava termina contratando a gente más y más inútil. No sé si será o no algún tipo de resistencia sutil -él ladra una risa que hinca aún más el metal en el cuerpo y que me seca la boca. El resentimiento cruje entre sus dientes-. Si lo que pretende es aparentar ser el nuevo Gandhi o algo así, tal vez debería cerrar antes esa casa de putas suya, ¿no crees? Como si permitir que Raymond se asilvestre en el Chat fuera suficiente para redimir sus pecados.

La mención de mi protégé hace tensarse mis músculos de tal manera que el matón se ve obligado a cerrar su abrazo aún más, hasta casi cortarme la respiración. Para Hans, mi reacción debe resultar divertidísima, a juzgar por la sonrisa -pequeña y puntiaguda- que acaba de materializarse en su cara.

-¿Te sorprende algo? Pensaba que te habías enterado de todo esto cuando estabas agazapado en la puerta de Ava Strauss.

Ojalá fuera así. Me falta la información más importante.

-¿Qué es lo que quieres de él? -el sonido de mi voz me sorprende. He hablado en un acto reflejo, como si ser un cotilla con una pipa entre las costillas fuera la actitud más normal del mundo.

La verdad es que yo también me dispararía si fuera él. Varias veces. A quemarropa. Y sin ningún remordimiento.

Como respuesta inmediata (la cual milagrosamente no es un disparo), un sonido gutural e inquietantemente parecido a una risotada emerge tras mi espalda y hace vibrar mis huesos. Me habría aterrorizado de no estar demasiado preocupado por la pistola y su dueño, quien dedica unos segundos a escrutarme, parpadeando muy despacio.

-¿Eres idiota? -inquiere al fin.

Y es una pregunta genuina. Al menos hay auténtica curiosidad en su voz y en la forma de revisar el cañón del arma, asegurándose de que es real y funcional y aterrador. En cuanto se ha cerciorado de que todo está en orden y de que todavía puede matarme con un gesto vuelve a hundirme el arma en el vientre.

Yo me estremezco. Incluso a través de la camisa, el metal es frío hasta quemar.

-Creo que no eres consciente todavía de lo que te está ocurriendo. Tú tenías una labor muy sencilla en el Chat Bleu. Tú única obligación era no quitarle un ojo de encima y no dejar que hiciera ninguna tontería porque, como ya sabrás, Raymond es propenso a meter la pata y a hacer cosas que no le convienen.

Él tuerce la boca pálida con eso último, apenas un segundo en el que se afloja la presión del arma en mi estómago.

-Pero ya veo que no es posible. Es una lástima que esto haya sido un fiasco total. Comprendo que él pone su empeño en hacérselo difícil a todo el mundo, pero es un dolor de cabeza que Ava ya ni siquiera se moleste en contratar a personal competente… -Hans termina la frase con una especie de gruñido bajo y casi inaudible. De forma inconsciente, jadeo cuando la pistola vuelve a tocar mi cuerpo, pero por una vez ésta no se clava dolorosamente en mi carne.

El acero en el cañón acaricia mi piel en una línea recta, ascendente, congelándome los nervios, y a su paso mi camisa cede y se repliega sobre sí misma. Sin dudarlo un instante, todo mi organismo reacciona contrayéndose, incluso aunque ello suponga que el cepo del matón alrededor de mi cuerpo me estruje las costillas y me corte la respiración.

Después, un segundo estático. Tanto Hans como yo observamos la irradiación de la luz artificial de la ciudad sobre mi cuerpo, y puedo estar seguro de que ambos pensamos lo mismo: mi piel expuesta parece el vientre blanco de un pez a punto de ser diseccionado y destripado.

-Al menos Ava ha procurado traerle a alguien que le hiciera pasar buenos ratos de diversión –comenta, sus labios levantándose para mostrarme unos caninos blancos, bien alineados y casi indistinguibles del resto de la dentadura.

Un pensamiento hace revolverse mis tripas al escucharlo. Quiero pensar que sólo está intimidándome, pero sus ojos no se molestan en esconder el untuoso brillo lúbrico con el que cortan y evalúan la calidad de mi carne y huesos. Nunca nadie me había estudiado así, con una minuciosidad que arrastra sus largos dedos en los pliegues más íntimos de mi anatomía, únicamente para recrearse exhibiéndolos ante un público hambriento.

El asco me golpea. Es un sentimiento tan intenso que aturde mis sentidos, y sólo puedo mirar esos ojos translúcidos y preguntarme si alguna vez han escrutado del mismo modo a mi protégé.

Por más que lo intento, no consigo entender la conexión entre este tipo y Ray. Su relación debe estar a años luz de ser siquiera algo razonable, viendo que ambos se conocen desde antes del Chat y que, con toda seguridad, Hans es el causante de la situación de mi protégé. Sea lo que sea es aterrador. En mi inocencia, suponía haber entendido que cada minuto que ha pasado entre las paredes del club ha sido una pesadilla para él, demasiado aterradora para permitirle reaccionar. Es algo fácil de asimilar, más después de haber sido testigo de la brutalidad a la que es sometido sin ningún tipo de escrúpulo. Ahora, sin embargo, veo en el rostro afilado de Hans esa expresión tan familiar, la de todos esos hombres saturados y hastiados de estímulos sensuales que buscan entretenimiento de usar y tirar, y es sólo entonces cuando descubro que he sido un idiota presuntuoso al pretender creer que comprendía en lo más mínimo a Raymond.

Y es que está acostumbrado a este trato desde hace mucho. Esas miradas no son nada nuevo para él, ni siquiera la forma brutal en que dedos de desconocidos dejan improntas violáceas al hundirse como garras en su cuerpo, tratando de exprimirle hasta la última gota. Todo eso debe resultarle ya algo natural, una segunda piel viscosa y asfixiante que siempre ha llevado y de la que no puede escapar.

Al unir esas piezas, el miedo empieza a desenvolverse y calar en mis propios huesos. Como si necesitara verme al borde del abismo para darme cuenta por fin de que estoy paseando por su infierno personal, tal y como lo hacen los turistas por París: ciego y sordo, dispuesto a llevarme conmigo un recuerdo pálido y a no involucrarme más.

Pero ese infierno me ha devuelto la mirada y, al fin, el temor (un miedo animal y egoísta) a que esto pueda llegar a devorarme a mí también arde en mis tripas.

Sólo quiero que aparte la mirada de mí de una maldita vez.

Como obedeciendo el mandato de mi inconsciente, Hans deja caer la mano con la que sujeta la pistola y entorna los ojos. Puedo percibir un cambio sutil en el ambiente que me pone el vello de punta.

-No importa. Ava ya ha cumplido su deuda conmigo, así que él puede volver al lugar al que pertenece de una vez. En cuanto a ti… Es una pena que se pueda encontrar algo como tú en cualquier barrio mugriento de esta ciudad -dice, y el metal besa mi sien-. Porque eso tacha de la lista la última excusa que me quedaba para no pegarte un tiro.

Yo cierro los ojos, mi cuerpo negándose a responder.

Así que este es el fin.

Es lo último que pienso antes de que el matón de Hans se sacuda como un animal en mitad de un alarido, liberándome de golpe. Yo voy a golpearme el hombro contra duro pavimento al caer, ya que mis piernas están tan convencidas de que debo estar muerto que son incapaces de sostenerme. No las culpo. Yo tampoco puedo moverme en primera instancia, sólo ver cómo sobre mí se desata un caos críptico para mi cerebro dopado de adrenalina.

La mole de carne y músculo que me sostenía ahora se enrosca sobre sí mismo gruñendo, la mano convertida en una garra sobre su hombro. Espesa y oscura, la sangre se escurre entre sus dedos y nos deja hipnotizados tanto a mí como a Hans, que aún sostiene la pistola con el brazo en alto y una expresión petrificada. Yo consigo recomponerme y arrastrarme lejos antes de que su mirada acuosa rebote de su esbirro a mí. Con un rictus de rabia, vuelve a apuntarme, aunque no tiene tiempo de nada más.

Esta vez sí que puedo escuchar el chasquido por encima del murmullo de la ciudad. La bala sólo alcanza a rozarle la mano, pero es suficiente para obligarlo a soltar la pistola en un alarido de dolor e incredulidad.  Yo alzo la vista inmediatamente, sólo para distinguir una silueta fugaz correteando entre las chimeneas.

-No me obligues a no fallar la próxima -advierte-. Desde esta distancia sólo me hace falta una bala para eliminaros a ti y a tu perro deforme.

La suya es una voz femenina, con un deje aburrido que mis nervios hacen familiar de una forma inquietante. Aun así, una ola abrumadora de agradecimiento me calienta el estómago al caer en la cuenta de que la recién llegada está ayudándome de alguna manera, pues al menos su intervención me da la oportunidad perfecta de aprovechar el aturdimiento de Hans y ordenar a mis músculos agarrotados que se muevan. No paro de moverme entre cristales rotos y mugre hasta que me encuentro a salvo tras unos contenedores, con el corazón todavía taquicárdico.

-¡Mueve el culo, imbécil! ¡Pártele el cuello! -Hans aúlla como un demente, loco de frustración. De rodillas y encorvado, trata de recuperar su arma a manotazos, pero la pistola silenciada lo mantiene a raya desde los tejados.

Tras ellos, al otro lado del callejón, la libertad asoma.

Al verla, tentadora, un sudor pegajoso comienza a escurrirse desde mi nuca y en la cara interna de mis puños, y mi cuerpo casi salta por voluntad propia en dirección a la carretera. Aun así, tengo la suerte inmensa de detenerme en el último momento, porque de no haberlo hecho habría ido a darme de cabeza contra la enorme silueta del gorila de Hans, que se acerca a grandes zancadas tambaleantes.

Ella está demasiado ocupada manteniendo a raya a Hans. Ya no puede ayudarme.

Yo noto nublarse mi visión periférica. Inmediatamente, pego la espalda a la pared como si quisiera fundirme con ella, con el mismo ímpetu que pensaba utilizar para arrojarme fuera del callejón. Lo hago justo a tiempo de escuchar el lamento del primer contenedor al ser empujado con fuerza bruta contra el muro, desperdigando por el suelo toda clase de misteriosa inmundicia. A mí el sonido me provoca una arcada automática de ansiedad.

No hay huida posible.

-Ven, pajarito -esa voz no es más que un gruñido jadeante. Sin ira oculta, sin dolor. Nada-. Será rápido.

Un nuevo chirrido parece llenar los espacios vacíos de mi escondite, acompañado esta vez por una nube de papeles que sale despedida y se dispersa a mi lado como huidizos ratones. Mis manos sudorosas comienzan a palmear el suelo en un tanteo frenético, mientras la sombra del gorila comienza a ocupar cada rincón del callejón. Los dedos se me cierran alrededor de algo frío.

Y entonces esa sombra me cubre por completo.

-Te encontré.

Una sonrisa bestial, más que esa mano que vuelve a cerrarse en mi hombro. Por mi parte, aprieto el objeto en mi puño, hasta que dejo de sentir por debajo de la muñeca.

Es sólo un segundo, pero el golpe sacude hasta la última célula de mi organismo y me obliga a soltar la barra de hierro, que se aleja entre tintineos. Como siguiendo su ejemplo, esa mano en mi hombro pierde fuerza y resbala bajo la mirada aturdida de su dueño, que pronto sigue su ejemplo, desplomándose exactamente en el mismo sitio en el que me acurrucaba unos segundos antes. Yo comienzo a retroceder mientras lo veo retorcerse y gemir en el suelo.

Antes de que me quiera dar cuenta he echado a correr. Paso como una exhalación sobre el rastro de destrucción del matón y esquivo la mano de un Hans que intenta atraparme sin salir del ángulo muerto de mi salvadora. Sus gritos de frustración, sin embargo, no llegan a golpearme. Con la cabeza como sumergida a gran profundidad, no puedo centrarme en otra cosa que no sea la libertad abriéndose ante mí en un abanico de posibles rutas de huida.

No, lo último que quiero ahora es mirar atrás.

Justo cuando alcanzo la intersección entre el callejón y la avenida, un rugido me hace botar en el sitio. El deportivo se detiene derrapando ante mí, y yo lo reconozco al instante. Es el Porsche de Sacha, pero yo sólo soy capaz de parpadear al descubrir la cabellera pelirroja emerge de la ventanilla del conductor.

Derek me sonríe, lentamente.

-Me da la sensación de que está teniendo un mal día, Monsieur Daguerre. No se preocupe, no es cosa suya. A esas compañías penosas con las que se ha codeado les está costando encontrar sus sitio en el mundo.

Aunque esto último parece dirigido a mí, su mirada acerada se pierde en algún rincón del callejón. Una de sus comisuras se eleva, como si acabara de recordar algún chiste patético. Luego su vista recae en mí de nuevo, al tiempo que comienza a subir de nuevo la ventanilla.

-Puedo llevarle al Chat, si le apetece. ¿No teníamos algún asunto pendiente usted y…?

Su frase queda interrumpida por el chasquido de la puerta que me permite arrojarme dentro del automóvil, jadeando como un animal. Con un sonido satisfecho, Derek pisa el acelerador y el callejón se desvanece tan deprisa que todo lo ocurrido parece una simple alucinación.

Inspiro. Espiro. El ronroneo del motor aplasta todos mis esfuerzos por tratar de comprender lo que ha ocurrido ahí atrás. La inercia me lleva a aovillarme en busca de una posición en la que todo mi cuerpo dolorido no chille de agotamiento.

-Eso que tiene en la cabeza no pinta muy bien -comenta Derek, pero yo no entiendo lo que dice.

Algo me arrastra hacia la oscuridad y yo sólo me dejo llevar.

De lujo (Chapitre 16: Un gatito incompetente)

16

-Derek. Lo dicho, el placer es mío.

Mi voz suena pastosa, más al alzarla para hacerme oír por encima de la música y la cháchara insustancial de quienes tenemos alrededor. Pasada la euforia de mi revolcón con Raymond, ahora un dolor agudo se ha instalado en mis sienes y me hace ver el mundo dos veces más brillante de lo que es en realidad. Las piernas me tiemblan un poco, y mejor no hablar del estado ridículo de mi ropa.

En definitiva, lo último que me apetece es estar aquí charlando con este tipo, cuando lo que necesito, y de forma urgente, es encontrar por fin a Maidlow.

Pero, como es de conocimiento público ya, nunca he tenido demasiada suerte. El tal Derek no parece tener intención de dejarme ir tan fácilmente. Yo trato de enfocar la vista en su dirección sin parecer muy borracho. El hombre que me devuelve la mirada es alto y recio, y el caro traje azul marino que viste se ajusta perfectamente a las formas rectas y duras de su anatomía. La frente despejada, esos pómulos altos y las facciones angulosas parecen enmarcar unos ojos claros, de tonos fríos. Es atractivo, supongo. Al menos no parece tener la necesidad de pavonearse ante cualquier ser vivo, como les ocurre a muchos otros clientes del Chat Bleu.

En este momento, hay un brillo casi divertido en esos ojos azulados.

-¿Qué le ha pasado a su chaqueta?

Yo hago rodar los hombros por debajo de la ropa mojada, sintiéndome de pronto de mal humor, y me paso una mano por la cara para que no me vea enrojecer.

-Raymond -farfullo. No es del todo cierto, pero al mismo tiempo no es exactamente mentira. Es un buen resumen de lo que ha pasado ahí atrás. Y, qué demonios, Ray siempre se merece de alguna manera que le echen las culpas por cualquier cosa.

Mi interlocutor esboza una sonrisa apenas apreciable, anecdótica.

-Debí haberlo imaginado -dice, y se repeina el flequillo rojo oscuro hacia atrás-. ¿Sabe? Ava y yo somos viejos conocidos. Llevo acudiendo al Chat desde que abrió sus puertas al público, y, desde luego, viví la incorporación de Raymond a la plantilla del club. Y he de decir, Monsieur Daguerre, que usted destaca por encima de todas las personas que han sido contratadas para vigilarlo de cerca -el tipo se acerca un vaso de contenido indefinido a los labios, sin dejar de mirarme -. No exagero al decir que su adhesión al club ha sido una de las mejores decisiones de Madame Strauss. A lo mejor eso le sirve de consuelo. Por lo de su chaqueta.

Y tras soltar tal lapidaria afirmación, deja escapar una suave carcajada, tal vez por verme con la mandíbula desencajada y atónito.

-Debe estar bromeando -rebato, parpadeando, pero él no se retracta, sólo entorna los ojos y espera-. B-bueno, se lo agradezco, aunque le puedo asegurar que Madame Strauss no comparte su opinión.

De hecho, está deseando verme meter la pata una vez más para hacerse una estola con mi piel.

Derek hace un gesto de aburrimiento con la mano.

-Ava y yo disentimos en muchas cosas. Pero no le diría esto si no me basara en hechos objetivos. Hoy, sin ir más lejos, ha revolucionado a toda la clientela del hotel.

Sí, no hace falta que lo jure. Las miraditas ansiosas dirigidas a mi culo se han multiplicado por tres en lo que llevamos de noche.

-Sí, aunque no entiendo por qué, realmente.

-Será porque posee unos destacables… atributos.

Arqueo una ceja torpemente. La sonrisa de mi interlocutor se ensancha de forma muy sutil, casi zorruna.

En algún lugar, volvemos a oír el violín de Raymond.

-Disculpe mi atrevimiento – antes de que pueda dilucidar nada de su última afirmación, Derek inclina la cabeza, sin dejar de sonreír-, pero creo haber oído que anda metido en una pequeña investigación sobre su protegido.

¿C-cómo…?

No acierto a decir nada. Como si me leyera la mente, él añade:

-El Chat está lleno de gente aburrida, Monsieur Daguerre. Los chismorreos aquí son como carnaza fresca para los buitres.

Mareado, me sujeto la cabeza. La música me entra por un oído, se mezcla con la voz untuosa del pelirrojo y sale por el otro. No quiero creerme del todo lo que estoy oyendo. Pensaba que me estaba moviendo con algo de discreción. Pensaba. ¿Quién más lo sabrá? ¿Habrá llegado a oídos de Ray? Al pensarlo, una náusea que aúna miedo y vergüenza caliente me sacude por dentro.

-Podría ayudarle con Raymond, si usted quisiera -de improviso, el tipo se inclina sobre mí. Con mis reflejos ralentizados, y pillado con la guardia baja, lo único que puedo hacer es tensar dolorosamente los músculos, algo que no evita que la nariz de Derek me roce el pómulo al susurrarme al oído:-. Sé todo lo que necesitas saber sobre ese duque entrometido… y sobre Hans.

Trago saliva. La noto bajar, espesa y sin sabor. Los sonidos de la fiesta ya no resuenan tan nítidos en mis oídos como antes. Ahora lo único seguro es la controlada respiración rítmica de mi interlocutor. Ni siquiera he notado cómo ha abandonado el tratamiento de usted hasta que consigo analizar sus palabras por tercera vez.

-¿Hans?

La presión desaparece de mi cara. Tengo que enfocar y desenfocar para poder ver con un mínimo de definición al tipo delante de mí.

-Así que no has llegado tan lejos -se sorprende, mientras somete a mi cuerpo a un vistazo evaluativo-. Esto es mucho más interesante de lo que pensaba.

Por su tono de voz, Derek parece enormemente satisfecho. A mí me llega un regusto a bilis a la boca. La advertencia de Chiara acerca de no buscarme enemigos en el Chat me araña desde el subconsciente.

-¿Quién es Hans? -insisto, repitiéndome como un loro. Es lo único que he conseguido pescar del batiburrillo de cosas que es mi cabeza ahora mismo.

Derek se lleva la mano al interior de su chaqueta cruzada en un movimiento deliberadamente lento. Si no viera su rostro como sumido en la bruma, juraría que un ramalazo de compasión ha cruzado esas facciones ladinas. Mientras, sus dedos enguantados extraen un papel blanco, cuidadosamente doblado.

-Si siente algún interés -comienza, recuperando el tono formal y casi burocrático-, estaría más que encantado en prestarle mis servicios… aunque lamento decirle que no suelo hacer estas cosas por amor al arte. Espero que lo comprenda.

Yo, que estaba centrado en observar el pliegue blanco con una fascinación que rozaba el misticismo, no puedo evitar parpadear, confundido.

-¿Quiere decir que… ? -levanto la mano, en un gesto estúpido-. No tengo dinero.

Pensaba que eso lo sabían ya todas las altas esferas del panorama económico europeo.

Mi comentario arranca una risotada a Derek que provoca un montón de ojeadas incrédulas en nuestra dirección.

Monsieur Daguerre, ambos sabemos que el mundo en que vivimos está cimentado sobre el modelo capitalista más feroz. Todo lo que nos rodea son negocios. Pero… no todos los negocios son dinero -el papel termina en mis manos. Yo lo miro son ver, porque las letras bailan sobre la celulosa-. Mi única condición es que me permita transmitirle esa información en un ámbito más… ¿privado? No sé si me entiende.

Asiento de forma desacompasada, todavía concentrado en el papel. Por más que intento leer lo que pone, sólo me encuentro con una amalgama de tinta ilegible. Suspiro, agotado.

-¿Es un contrato? -pregunto, aunque la palabra me provoca escalofríos. Todavía no me he olvidado de que algo como eso fue el principal culpable de que esté en este agujero.

-Sólo es un documento para cubrirme las espaldas -Derek se encoge de hombros, acercándome una estilográfica. Otra vez, esa sonrisa de Míster Zorro ilumina su semblante, y yo no sé cómo interpretarla-. A mí y a usted, por supuesto.

Yo lo miro un instante, vacilante, y el violín de Raymond ameniza el silencio que se interpone entre ambos. No me gusta. No me gusta Derek con sus ojos gélidos, ni esas palabras directas y seguras. Pero precisamente esas formas tan arrogantes me insinúan que realmente este tipo sabe tanto o más de lo que dice. Y si es así y consigo la información que necesito, tal vez pueda encontrar la forma de arreglar el mal que hice con Raymond.

Por otro lado, la cabeza me palpita y soy incapaz de leer lo que pone en un papel; no creo que esté en condiciones de firmar esto.

Un momento.

Una figura conocida me mira desde un lado de la sala. Al distinguir (no sin dificultades), el cuerpo marcial de Gareth Maidlow, casi echo a correr sin pensar en nada más. Menos mal que el peso de la pluma me clava a la tierra en el último segundo, y me quedo mirando los objetos en mis manos como si tuviera algún tipo de problema mental. Cuando vuelvo a levantar la vista, confuso, Maidlow se mete las manos en los bolsillos y comienza a caminar lentamente en dirección a uno de los pasillos.

Pero esta vez no se me va a escapar. No va a poder.

-Disculpe, pero tengo que irme -murmuro entre dientes, y antes de que quiera darme cuenta, mi firma está estampada torpemente en una esquina del documento, del que me deshago como si quemara. Mi admirador tiene que recuperar su estilográfica casi al vuelo, con un resoplido de sorpresa, y yo sólo acierto a soltar una disculpa poco convincente antes de salir disparado tras la estela del duque.

No obstante, y a pesar de las prisas y el ruido ambiente, puedo oír perfectamente el tono complacido de Derek a mi espalda:

-Me pondré en contacto con usted, Monsieur Daguerre.

Me siento como Alicia en pos de ese estúpido conejo blanco.

Aunque la noche ya debe estar avanzada y queda menos gente celebrando el principio de año, todavía tengo que luchar a brazo partido por salir del salón y librarme de hombres engalanados y mujeres cotillas que quieren sobarme y saber qué se cuece en las profundidades de mis pantalones. Yo me zafo de ellos y me las apaño para avanzar con determinación férrea. Las luces bailan sobre los asistentes a la fiesta, una música frenética y chispeante se arrastra sobre el suelo de mármol, pero nada de eso atrae mi atención, y hago mutis por el foro, camino al hall del club. Mis pasos resuenan en el recibidor, desierto en contraste con el salón. Guiado por algún instinto básico, cruzo toda la estancia y me asomo al temido corredor que lleva al despacho de Ava Strauss.

Gareth me espera apoyado en un pilar, con los brazos cruzados sobre el pecho. Inmóvil, como una escultura figurativa, sólo sus ojos efectúan el más mínimo movimiento al caer sobre mí. Un rápido escaneo de mi figura y algo parece sacudir sus facciones desde el mismo hueso. Es un movimiento que empieza siendo imperceptible y que se extiende igual que la pólvora hasta sus extremidades, que lo lanzan hasta donde estoy yo en dos rápidas zancadas. Y juro que la primera fracción de segundo es aterradora, como ver un rinoceronte cargando en mi dirección, pero estoy tan mareado que soy incapaz de apartarme de su camino antes de tenerlo encima.

-No ha aceptado mi oferta -me increpa, su cara cerca de la mía, pero una expresión incrédula y casi cómica adornándole el rostro. Como si aceptar sobornos fuera cosa del día a día de cualquiera-. ¿Por qué no ha dicho que sí?

Viendo esos ojos bien abiertos, una irritación creciente comienza a gestarse en mi estómago.

-Su oferta -repito, arrastrando un poco las palabras, cuyo tono y volumen van in crescendo-. ¿Se refiere al plan para satisfacer su ridículo ataque de celos?

Maidlow se aparta de golpe de mí, al tiempo que arruga la nariz.

-¿Celos? -grazna-. No sé de qué me habla.

Un tic nervioso hace estremecerse uno de sus párpados. Yo doy un paso hacia delante, menos tambaleante de lo que esperaba  en un principio.

-¿No sabe de lo que le hablo? ¿Cómo tiene el valor de decirme eso después de andar hurgando en mi vida privada con la tranquilidad de quien revuelve el café por la mañana? Después de jugar con mis esperanzas en el mercado editorial y utilizar a… a Ed como una marioneta para quitarme de en medio…

Mi voz retumba en las paredes ornamentadas del Chat. No sé cómo, pero me las he apañado para arrinconar al duque contra el muro. Su enorme presencia parece haberse reducido al tamaño de un cachorro grande y torpe, y cuando vuelvo a gritar, hundiendo un dedo acusador en su pechera blanca, él se encoge con un sonido estrangulado.

-¡Sabe perfectamente de lo que hablo! ¿Cree que no sé que anda correteando tras Raymond como un chucho faldero? No se atrevía a mover un dedo por temor a que Ava tomara represalias, pero después de lo de su padre… -trago saliva, lo único que interrumpe momentáneamente mi furioso y atropellado discurso-. Después de eso, se ha dado cuenta por fin, ¿no? De que puede hacer lo que le dé la gana, usted, el perro violador de su padre, todos.

El aliento se me escapa del cuerpo en un suspiro largo, tembloroso, y el sabor ácido de la ira me entumece el paladar. Tengo que intentar volver a respirar, porque parece que el mundo a mis pies va a derrumbarse de un momento a otro. A lo mejor sólo es el alcohol en mis venas, pero siento que podría agarrar del cuello a este tipo hasta borrarle de la cara esa estúpida (y difuminada) expresión de sorpresa. De hecho, mis manos alcanzan las solapas de su sedosa camisa blanca, aunque por suerte consigo retenerlas en el último momento y no avanzan más allá. Seguro que si las dejo alcanzar el cuello de toro de lidia del galés, terminaré apañándomelas para estrangularlo aquí mismo.

Ante mí, Gareth espira con fuerza por la nariz. Uno, dos segundos pasan antes de que sus labios vuelvan a abrirse, pero mientras tanto el silencio es tan tenso que me hace rechinar los dientes.

-Cómo te atreves -comienza, y al momento siento sus manos cerrarse sobre mis muñecas, que todavía lo agarran por la camisa- a injuriar a mi padre de ese modo.

No me puedo creer lo que está diciendo. El personaje no sólo se toma la libertad de manejar las vidas de otros a su antojo para conseguir lo que desea tan obsesivamente, sino que además defiende las atrocidades de su progenitor…

-Tu padre es la peor cucaracha que ha osado pisar este club alguna vez -gruño, consciente de que la lengua se me traba de tal manera que incluso a mí me resulta difícil saber qué es lo que digo-. Y te juro que si él o tú o alguno de los de vuestra calaña vuelve a ser lo bastante estúpido como para acercarse a Raymond, haré que conozcáis un nuevo nivel de terror.

Abro las manos, con la intención de liberar a Maidlow y alejarme de vuelta a la fiesta con esa amenaza manifiesta en el aire, pero el duque sigue aferrando mis muñecas. Al mirarlo, veo cómo su faz enrojecida adopta un rictus de furia amenazador.

-¿Mi familia? -me ruge, y su voz de barítono hace vibrar mis huesos-. ¿Precisamente tú amenazas a mi familia? ¿De quién crees que intento proteger a Ray, sino de ti, pedazo de escoria? -su saliva me salpica la cara. Yo siento cómo mis dedos vuelven a enroscarse en su ropa. Lo siguiente que dice, no obstante, hace que mis músculos flojeen:-. Él está encerrado aquí, y tú eres su sucio carcelero.

-¿Q-qué tonterías dices? -barboto. De un tirón, trato de deshacerme de él, pero el duque es más rápido y con un empellón intercambia posiciones conmigo y me incrusta contra la pared. Todo se reduce al sutil olor de su colonia y el alcohol en su aliento. Aun así, y en lugar de amedrentarme, lo único que consigue es arrancarme un sonido ronco, amenazador.

-No intentes jugar con…

-No intento nada, imbécil. Si esto es alguna… estrategia, siento decirte que es una mierda.

Maidlow suelta mi pechera, pero sus puños se mantienen inmóviles en el aire, entreabiertos, como si estuviera preso de algún conflicto interno, y su ceño forma una arruga perfecta mientras entorna los ojos y recorre con ellos mi cara. Yo le respondo con un siseo hostil. Al final, un sonido incrédulo se escapa de su cuerpo, levantando sus hombros y las cejas de una forma que el alcohol hace graciosísima.

-¿En serio estás aquí sin tener ni idea de lo que haces?

-Sé perfectamente lo que hago -rebato, con un rubor incendiario que me quema las mejillas-. Eres tú el que ni sabe lo que tiene en su propia casa.

La imagen del viejo gordo y medio borracho gritándome a la cara se solapa con el gesto adusto del duque y hace que se me revuelvan las tripas. He venido a pedir explicaciones, pero ahora sólo quiero pegarle un puñetazo. Como si me leyera la mente, Maidlow retrocede un paso, mirándome de reojo.

-Siempre me había preguntado cómo sería el tipo de persona capaz de dejar que le paguen por ayudar a retener a alguien en contra de su voluntad en un sitio como este -al decir esto, adopta una postura rígida, echando una ojeada a mi ropa, la nariz levantada-. No puedo decir que esté sorprendido, de todos modos. Eres tan rastrero y penoso como imaginaba.

Yo no oigo esto último. Mi mente embotada se queda enredada en el primer concepto, que empieza a calar despacio en la materia gris hasta hacerme entender. Y entonces me quedo clavado al suelo.

-¿Insinúas que Raymond no puede marcharse del Chat?

Maidlow, que estaba paseándose por el corredor, se detiene para dedicarme una sonrisita suficiente antes de fijar la vista en sus manos.

Quiero hundir el puño en esa cara.

-No ha sido fácil investigar. En el club no gusta mucho que se hurgue en los asuntos de los demás. Pero creo que ya sé qué es lo que pasa aquí. Sólo necesito… -tuerce la boca, disgustado-, necesito saber por qué lo quieren aquí.

Meneo la cabeza, siguiendo su paseo incansable por los pasillos ricamente decorados. La idea es absurda, es como intentar atrapar el aire. Y sin embargo, algo dentro de mí se empeña en desenterrar mi discusión con Raymond tras el incidente de Maidlow senior, mientras una sola frase revolotea en mi cráneo, sin cesar.

Esta es mi jaula.

-Estás loco.

Es lo único que consigo decir, después de llevarme las manos a las sienes, pero al parecer no es lo que el duque quería oír. De pronto su sombra amenazante me cubre de los pies a la cabeza y yo tengo que levantar la cara para enfrentarme a esos ojos ardientes.

Podría aplastarle esa bonita nariz de estirado.

-¿Eres en serio lo bastante imbécil como para creer que Ava necesita de un patán como tú para llevar su club? Jamás habrías puesto un pie en el Chat Bleu si ella no tuviera que llevar a cabo una tarea tan baja y penosa, idiota.

Apenas ha terminado de hablar cuando esas manos enormes agarran mi ropa y me zarandean, y la confusión y la rabia empiezan a mezclarse en mi estómago y a convertirse en algo extraño, vagamente familiar para mí.

-Sólo eres el chucho pulgoso de este club, el perrito guardián de Madame Strauss -suelta, por fin, y en su voz hay un desprecio pesado y tangible. Mientras habla, sus labios se curvan en una mueca desagradable-. Pero, ¿qué importa, si aquí dan las mejores galletitas de la ciudad, eh? Qué fácil debe ser olvidarse de un puto de mierda cuando en el salón contiguo todos te aplauden las gracias y te dan palmaditas en…

Lo siguiente que oigo de Maidlow es un crujido seco, acompañado de un calambrazo de dolor casi eléctrico, que me sacude las terminaciones nerviosas de todo el brazo. Bajo mis nudillos, los huesos del duque se estremecen y a mí me recorre el cuerpo un espasmo de puro placer al oírlo lanzar un quejido patético. Un goterón de sangre me salpica la camisa al apartarse bruscamente, llevándose las manos a la cara con un gemido, los ojos abiertos como platos.

-M-me has roto la nariz -balbucea, con voz gangosa, y puedo ver la sangre escurriéndose por su mentón.

Me siento bien. Embotado, pero bien.

Trés bien, capitán obvio -un poco ido, me masajeo la mano dolorida. El dolor se extiende por mis nudillos en pulsos sordos y se transmite hasta mi cerebro como un eco. Ver al duque retorcerse con la cara enrojecida y salpicada de bermellón me quita todas las ganas de discutir con él. Ahora sólo quiero dar media vuelta y terminar la fiesta envuelto en esta nebulosa de ebriedad y satisfacción.

Pero ni siquiera tengo tiempo de pensarlo, porque los dedos del duque se engarfian en mi muñeca y tiran de mí hasta que su nariz inflamada invade cada centímetro de mi campo visual.

-Haré que te arrepientas de esto.

Lo que dice es simple, pero a partir de ahí, todo se confunde y tengo que cerrar los ojos, mareado. Oigo al duque, pero no es más que un grito lejano al que, como el ruido de fondo de una vieja grabación, otra voz se superpone, cada vez más fuerte…

…Un bramido que me deja clavado en el sitio. Y en lugar de la nariz rota de Maidlow, los oscuros puntos de sutura en la sien de Léo, esa fuerza bruta que me pilló por sorpresa al incrustarme contra la pared, aquella calurosa tarde de agosto. Es un recuerdo tan realista que juraría poder notar de nuevo cómo me calentó la cara su aliento, la tensión casi dolorosa que volvió rígido mi cuerpo. Su intención era intimidarme, pero desde que le partiera la cabeza con esa botella, sólo inspiraba en mi un desprecio casi tan grande como el que le provocaba yo a él.

-Quieres jodernos a todos, ¿eh, pequeño hijo de perra? -escupió, demasiado cerca de mi cara. Al toparme con su fea herida, torcí el gesto en una mueca de asco y aburrimiento-. Quieres jodernos a todos y has elegido al pobre idiota de Ed.

-Tal vez deberías preguntarle a Ed quién eligió a quién -gruñí, notando al momento un pinchazo de dolor en un lugar indefinido del cuerpo. Por supuesto. Édouard se había olvidado de comentarle a ese pedazo de carne con ojos que había sido él mismo quien inició la táctica de acoso y derribo conmigo, desde el mismo momento en que nos tocó compartir habitación en la residencia.

Pero bueno, no es que importara demasiado. Lo último que esperaba ya era la sinceridad de Édouard, y Léo ni siquiera había venido a escuchar ni una sola de mis palabras. Sólo era un muro de músculo y hueso que había venido a dejar clara una sola cosa:

-Haré que te arrepientas de esto, muerdealmohadas de mierda. Desearás no haber nacido.

 

Parpadeo sin prisas para salir del ensueño. Todavía estoy plantado en mitad del pasillo, ahora silencioso y medio escondido en una penumbra que camufla el brillo del mobiliario. Maidlow ha desaparecido y, aunque sé que si quisiera alcanzarlo podría seguir el rastro sanguinolento que ha dejado tras de sí, de repente no tengo ni fuerzas ni ganas para hacerlo. Me gustaría creer que es un efecto exclusivo del alcohol, que ha empezado a ejercer su magia depresora en mi organismo, pero sé que eso no es cierto y que hay algo más. Algo desagradable que me mordisquea el corazón. Tampoco quiero pensar en ello, de modo que enderezo la espalda, haciendo crujir las articulaciones y dejando que el agotamiento resbale sobre mi piel y se extienda como una enfermedad a través del torrente sanguíneo. No tardo en apartar de la mente cualquier rastro de ese recuerdo y de la conversación con Maidlow, por suerte para mis neuronas, y lo único que queda rondando es el hilo de música que todavía se deja oír a través de las paredes del club. Con Edith Piaf haciendo gorgoritos de fondo, me aparto el pelo de la cara.

Qué cansado estoy.

¿Debería volver a la fiesta? No sé si quiero volver a encontrarme con Raymond y su acoso hoy. Estoy hecho un desastre y puede que termine haciendo algo de lo que me arrepienta. Además, tendría que enfrentarme a las confusas palabras de Maidlow y, desde luego, no estoy por la labor. O quizá lo mejor sea regresar al cuarto de mi protégé y armarme de valor para soportar los nuevos horrores que me tenga preparado el día de mañana.

 Gruño, sin llegar a decidirme, y mientras arrastro mi cuerpo reventado por el pasillo, algo llama mi atención.

La puerta del despacho de Ava, siempre con ese aspecto ominoso e impenetrable, parece entreabierta.

Qué curioso.

Encogiéndome un poco de hombros doy media vuelta, ya con la determinación de subir al último piso y dormir hasta el apocalipsis. No obstante, dos veces resuenan mis pasos en el pasillo vacío antes de que dé media vuelta y retroceda hacia el umbral. Debe ser esa obsesión que ha tenido siempre mi padre por invadir mi espacio vital y mi intimidad, que despierta en mí el deseo ver todas las puertas cerradas y requetecerradas. Con llave, a ser posible. Al menos, esa es la única explicación que se me ocurre al verme caminar de puntillas hacia el despacho y al agarrar el pomo de esa puerta tan inquietante. Quiero satisfacer el impulso obsesivo-compulsivo de cerrarla, y largarme antes de que aparezca por aquí su inquilina para seguir poniendo mi sueldo por el subsuelo…

El estruendo de algo haciéndose trizas interrumpe mi huida y me deja erizado y pegado al pomo, como si me hubiera sacudido una corriente eléctrica. El corazón me da un brinco peligrosamente parecido a una cardiopatía, pero todavía estoy peleando por evitar que se me salga por la boca cuando la voz de Ava sacude la tranquilidad del pasillo.

-¿Es hasta aquí hasta donde piensas llegar? ¿A decirme lo que tengo que hacer con mi propio negocio?

El tono es peligroso, cargado de una indignación que parece capaz de corroer el acero. En todas las ocasiones que he tenido de ver a la dueña del Chat enfadada (demasiadas, si pedís mi opinión), jamás había detectado tanta ira contenida. Un escalofrío me recorre el espinazo al pensarlo. Bajo mi piel, creo notar el metal del pomo mucho más frío de repente.

-Tengo entendido que los negocios reportan beneficios, Madame Strauss -otra voz. Esta vez, proveniente de un hombre al que no consigo poner cara. Sin darme mucha cuenta de lo que hago, inclino la cabeza hasta rozar la madera con la oreja, buscando no perderme ni un detalle-. De todos modos, ¿sigues pensando que eres la dueña de este antro? ¿O hace falta que te recuerde una vez más que ese Zimmermann quien está pagando parte de tus facturas? No, no hace ninguna falta, ¿verdad? -Silencio-. Además, ¿no es normal que un hombre de negocios se preocupe por sus endeudados?

Puede que me lo esté imaginando, pero puedo detectar cierta sorna en las palabras del desconocido interlocutor de Ava. Aunque más que en eso, quiero centrarme en ese mensaje críptico sobre deudas que mi cerebro no parece terminar de entender, no sé si por falta de información o por lo obtuso de mis sentidos.

-No sé qué haces aquí entonces, Hans. En menos de un mes habrás conseguido lo que querías y yo volveré a tener el derecho de cerrarte las puertas de mi club en la cara.

Hans.

-¿Lo que quería? -el otro ladra una risotada que disipa el débil hilo de pensamiento que había empezado a formar a partir de ese nombre. Su voz se ha vuelto densa y áspera-. Nada de esto hubiera ocurrido si no me hubieras arrancado eso mismo de las manos.

Madame Strauss deja escapar un sonido exasperado, absolutamente impropio de ella.

-Estoy tan cansada de esto. Ya no voy a intentar convencerte de que yo no tengo el cuadro y que por desgracia tampoco tengo ni idea de quién se lo ha llevado. Sé de sobra que no merece la pena y que sólo voy a gastar tiempo y energías. Pero, ¿sabes qué? Esté donde esté, siempre será mejor que contigo. Lo único que lamento de todo esto es no haber podido evitar que cayera en tus manos en primer lugar.

Un silencio opresivo precede a la gélida intervención de la dueña del Chat. Yo contengo el aliento y aplasto la oreja contra la puerta, aunque durante unos segundos sólo escucho el rumor de mi propio torrente sanguíneo.

-Bien, así lo haremos -comienza el hombre, voz seca y repentina, como un bloque de hielo resquebrajándose. Yo brinco en el sitio-. Ya sabes lo que tienes que hacer, entonces. A menos que quieras que todos tus inversores descubran por accidente lo poco solvente que es el Chat Bleu ahora mismo. Sería un drama verlos huir a todos… ratas escapando de un barco que se va  a pique… glu, glu, glu… hasta tocar el fondo del mar.

Como para hacer más vívida su metáfora, el tipo golpea la mesa. O tal vez ha sido Ava en un arranque de furia mal contenida, porque enseguida vuelvo a escucharla. Aun así, tengo que retener el aire dentro de los pulmones para que mi respiración no solape sus palabras, retorcidas por un sentimiento ominoso. Me atrevería a decir que angustia.

-Sigues escondiendo un núcleo podrido debajo de esa carcasa, ¿no es así? Nunca has dejado de ser un cerdo extorsionador.

-No quiero que vuelvas a permitirle poner un pie fuera del Chat, ¿entiendes? -eso hace enmudecer a mi jefa. El tono socarrón ha evolucionado con la rapidez de un parpadeo a la más profunda irritación, y algo me dice que el hombre está empezando a cansarse de la discusión-. Ya sabes que es un pajarito propenso a tontear con ideas peligrosas.

-¡No puedo tenerlo encerrado día y noche! ¡Bastante tortura tiene que aguantar ya!

-¿Desde cuándo se ha convertido esto en unas vacaciones para él? Este es su castigo. Oh, y que dé gracias por haber terminado en el club, y no de vuelta en Ámsterdam. Estoy seguro de que este sitio lo está ablandando todavía más que cuando lo dejé aquí.

-Hans, lo está volviendo loco. El Chat lo está volviendo loco. Esas salidas son lo único que lo ancla al mundo real. Si le quitas eso, se hundirá en un agujero sin salida.

Algo duro y frío parece golpearme la nuca desde atrás, y tengo que despegarme de la puerta un segundo para tomar aliento. Un reflujo áspero amenaza con alcanzar mi boca, pero estoy bastante seguro de que esta vez el Perignon no tiene nada que ver. Ava ha sonado tan… desvalida. Había algo en su forma de hablar que rozaba la súplica, y eso es tan inquietante viniendo de la dueña del Chat que hace que me sienta algo mareado.

Al final, y a pesar de un picor que como la sarna me ataca las palmas de las manos, vuelvo a apoyar la oreja en la puerta con cuidado.

-… ¿Quieres que conserve sus salidas? Procúrale una vigilancia decente, no como ese idiota rubio que tiene ahora. Es la encarnación de la incompetencia. Despídelo o enderézalo. Y hazlo rápido, porque como dudes un solo segundo, seré yo mismo quien se encargue de ponerlo en su sitio.

¿Qué idiota?

No alcanzo a oír la contestación de Ava. Tal vez no lo ha hecho. Puedo imaginármela dándole la espalda en un último coletazo de orgullo, negándose a dirigirle la palabra a pesar de su exquisita educación. Con todo, el sonido de una silla deslizándose y la seca despedida del tipo provocan que salten todas las alarmas en mi organismo. Sea quien sea ese hombre amenazante, lo último que quiero es que me encuentre aquí agazapado. Un chute de adrenalina levanta mi cuerpo con movimientos espasmódicos antes de que me aleje del despacho a grandes zancadas.

Por algún motivo, algo se agita inquieto dentro de mí. Las palabras de Maidlow se entremezclan con la conversación que acabo de espiar y trabajan para formar una duda sólida y aterradora…

Alguien me agarra por el hombro, interrumpiendo mi pequeña carrera y el delirio. Yo voy a volverme para desquitarme de otro cliente del club aburrido y cachondo, pero lo que me encuentro me deja sin aliento.

-Encontré un pajarito perdido.

Una mueca que intenta ser una sombra de sonrisa, dientes torcidos en el marco de un rostro deforme por las cicatrices. La bilis sube rápidamente por mi garganta, agria, y ahoga cualquier palabra conforme la mano de tres dedos se cierra un poco más sobre mi omóplato.

¿Qué es esto?

-Deja de juguetear, Jordan.

El reconocimiento de esa voz es lo bastante poderoso como para arrastrar el miedo súbito a un segundo plano. Un hombre pálido se acerca por el mismo sitio por el que he venido, con lo que no puede ser otro que aquel reunido con Ava Strauss. Esa certeza me revuelve el estómago y hace que un miedo agudo vuelva a dilatar mis pupilas, pero cuando el tipo llega a mi nivel, sólo me dedica una mirada indiferente con iris azul claro antes de dirigirse de nuevo a esa deformidad humana.

-Nos vamos.

Dice eso echándose por encima un abrigo de paño mientras encaminarse hacia el recibidor. Lo último que veo de él es el destello dorado en su cabello, reflejo de las bombillas de la lámpara de araña del hall. Por su parte, y para mi disgusto, su guardaespaldas dirige una mirada acuosa e indescifrable en mi dirección, para seguir los pasos de su jefe después, con suma tranquilidad.

Yo vuelvo a quedarme solo en mitad de la nada. El corazón me palpita inexplicablemente rápido en el pecho y un sudor frío se empeña en empapar los recovecos de mi camisa que Chiara no consiguió mojar antes. Cierro los ojos un minuto entero, pero eso no consigue calmar el torrente furioso de pensamientos que me acosa. Y tengo que dejar caer los hombros, tan cansado como si cargara todo el peso del mundo sobre mis hombros. Entonces recuerdo lo que iba hacer antes de que la puerta entreabierta de Ava distrajera mi atención.

Y sin más, igual que un robot reprogramado, encierro todo eso que me ronda la mente en un cajón y subo arrastrando los pies al último piso. Sin fuerzas para llegar siquiera al cuarto de baño, me dejo caer tal cual sobre la cama de Raymond.

Respiro. Inspiro.

Y la última imagen fugaz que cruza mi mente antes de que el sueño me atrape es la de esos indescifrables ojos verdes sin fondo.