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Actualización: De lujo (Capítulo 18, segunda parte)

¡Hola!

Dios mío, no sé cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que actualicé. No sé cómo pediros disculpas a estas alturas, sinceramente (o si alguien sigue leyéndome llegados a este punto…). Ha sido un año muy largo y muy difícil para mí. Llevo un tiempo arrastrando una depresión que no ha hecho más que empeorar y empeorar hasta no dejarme hacer otra cosa que no fuese dormir. Me está costando mucho recuperar mi vida, pero poco a poco las cosas van mejorando, y me siento lo bastante bien como para escribir otra vez. Estoy feliz en ese sentido c:

Este capítulo, tho, ha sido una tortura, jajaja. No tengo ni idea de cuántas veces he tenido que empezarlo de nuevo y reescribirlo. Derek es un personaje complicado de retratar, tbh.

Anyways! Sólo un apunte más: si hay alguien por ahí leyéndome, por favor, deja un comentario diciéndome qué te ha parecido! Lo que más me gusta de publicar y lo que me motiva a seguir haciendo es leerlos a vosotros ❤

Y… ¡no me enrollo más! Os dejo con un pequeño resumen de lo que ocurrió en los últimos capítulos, y con la segunda parte del dieciocho al fin: 

La última vez que vimos a Raymond, estaba leyendo los apuntes de Louis sobre su novela. Por su parte, Louis había acudido a una reunión con Édouard que no acabó del todo bien. Estaba regresando al Chat cuando Hans y su matón lo interceptan y lo acorralan en un callejón. Aunque Hans amenaza con matarlo, la intervención de Alice permite a Louis escabullirse con Derek, que acababa de aparecer por la zona. El herr lo lleva de vuelta al Chat, recordándole que tienen un asunto de negocios pendiente de resolver. Por otro lado, Ray está causando el caos en el Chat para putear al escritor, pero cuando acude a ver a Ava, descubre que ésta planea despedir a Louis.
Mientras, nuestro protagonista despierta en el último nivel de la Jaula, desorientado y aturdido. Tres vedettes se encargan de cuidar de él hasta que Derek Zimmermann vuelve y lo arrastra a las entrañas del nivel tres… 

18 (Segunda parte)

La habitación es un mar de sombras púrpuras.

Es todo lo que alcanzo a ver al abrir los ojos, desmadejado en la cama. La luz de la calle no se derrama desde el tragaluz del cuarto, como de costumbre, y yo no termino de entender lo que está ocurriendo. La oscuridad es densa, llena todos los rincones, y mi primer impulso es tantear el colchón a mi espalda, buscando una referencia conocida. Pero mis dedos no se topan con la figura acurrucada de Raymond y sólo entonces, con los puños cerrándose sobre sábanas de seda, caigo en la cuenta.

Este no es nuestro cuarto.

Ah.

¿Qué es esto?

Boca arriba en la cama, parpadeo. Aún necesito unos instantes para que mis ojos comiencen a acostumbrarse a la luz que irradia desde algún punto del techo y modela el cuarto en tonos violáceos. Después veo las formas de una cómoda insinuándose en un rincón, y etiquetas brillantes y líquidos misteriosos en las botellas sumidas en la penumbra de una barra de bar. El ambiente está cargado de un perfume que me resulta imposible de identificar y que me envuelve en un abrazo dulzón cuando me incorporo, con cuidado.

Al hacerlo la sangre empieza a zumbar en mis oídos y los colores del cuarto se vuelven de un neón brillante. Yo me aferro al borde del colchón, con el pulso palpitándome en la nuca, pero tacto de las sábanas me resulta tan ajeno que tengo que levantar una mano delante de mi cara para asegurarme de que no estoy soñando. Las sombras me muerden las puntas de los dedos y dibujan un paisaje extraño en mi palma, y yo no estoy muy seguro de que sean reales. Todo a mi alrededor parece una alucinación de Andy Warhol.

Sólo puedo cerrar los ojos, aturdido.

Respira, respira.

Una, dos veces.

Despacio.

Piensa.

¿Cómo has llegado hasta aquí?

Recuerdo el sol filtrándose entre el cabello de Raymond en destellos cobrizos y brincando después en las aguas del Sena a mi paso por el Pont Neuf, camino a Montparnasse. Los ojos siempre tristes de Édouard y el tacto de su piel caliente bajo mis dedos. Aún siento la punzada distante del miedo y la vergüenza revolviéndose en mi pecho, y sé que el frío me erizaba el pelo en la nuca cuando todo lo que podía ver era la boca negra de una pistola apuntándome la nariz.

Oh.

Eso.

Eso

ha

ocurrido.

Sí.

Aquel tipo estrujándome el pecho y robándome el aliento. Y el rostro marmóreo de Hans, con esa mirada pegajosa arrastrándose sobre mi cuerpo.

El asco.

Y los disparos.

Sangre espesa y el miedo subiéndome hasta la boca en forma de bilis caliente. Corriendo por mi vida y tratando de que el corazón no se me saliera del pecho.

Aquel coche.

Y, al fin, las entrañas de la Jaula, oscuras y seductoras.

Con todos los fragmentos de esta noche dando vueltas y vueltas en mi memoria, pestañeo, despacio y sin llegar a despegar la vista de las palmas de mis manos. No sé por qué, pero aunque las imágenes en mi cabeza son igual de vívidas que una fotografía recién revelada, yo sólo llego a sentir una especie de hormigueo recorriéndome el cuerpo de arriba a abajo. Como si hubieran pasado años (o siglos) desde entonces y ya estuviera demasiado entumecido como para sentir nada.

Sólo la sangre palpitándome en la sien…

—Ah, Monsieur Daguerre. Me alegra verlo de nuevo entre los vivos.

Yo brinco en el sitio, con el corazón sacudiéndose entre mis costillas. Alguien me observa desde un sillón que, camuflado en la penumbra, yo había pasado por alto. A la luz de las lámparas su cabello perfectamente ordenado parece lava hirviendo y yo lo reconozco al instante.

Los ojos de Derek Zimmermann apenas asoman por encima de su vaso cuando se cruzan con los míos. Fríos.

—¿Qué tal se encuentra? —sin soltar el vaso, él se pone en pie—. Se ha dado un buen golpe en la cabeza.

Yo me llevo una mano a la sien de forma automática para rozar el bulto caliente que crece por momentos bajo mi flequillo. Parece un volcán a punto de entrar en erupción, pero yo sólo siento un dolor sordo y lejano.

—Supongo que ha sido una noche mejorable —digo, sorprendiéndome al oír mi propia voz. Aunque es la misma de siempre, a mí me cuesta reconocerme en ella, como si yo fuera un intruso en mi propio cuerpo y estuviese siguiendo los movimientos calculados de Zimmermann a través de los ojos de otra persona, a miles de kilómetros de distancia.

Es…

Desagradable.

Tan desagradable no puedo evitar volver a estudiarme las palmas de las manos, con un pinchazo de inquietud creciendo en mis tripas. Pero antes de que consiga decidir si el entramado de venas en mis muñecas es o no real, un vaso aparece en mi campo de visión, obligándome a volver a centrar mi atención en la cara inexpresiva de mi anfitrión.

—Tal vez se encuentre mejor después de beber algo.

Hay algo en su voz, una especie de firmeza que parece más propia de una orden que de una sugerencia. De hecho, de pronto el vaso está en mis manos y me veo a mí mismo llevándomelo a los labios sin pensar demasiado, pero el whisky me pilla desprevenido, dejándome un rastro ardiente en la garganta y haciendo que me lagrimeen los ojos. Zimmermann, que acababa de acomodarse en una silla frente a mí, no parece preocuparse en ocultar la diversión en su expresión al verme enjugarme las lágrimas rápidamente con la manga de la camisa y casi meterme un dedo en el ojo en el proceso.

—Tenía entendido que era usted un bebedor más… experimentado —me dice entonces, con una sonrisa que apenas revela una hilera de dientes blancos y simétricos.

Yo aprieto los dientes y vuelvo a beber, con el hielo tintineando en el fondo del vaso. Aunque el alcohol me quema el pecho, la temperatura del cuarto es tan asfixiante que cuando quiero darme cuenta, ya he apurado el vaso y mi anfitrión se está inclinando sobre mí para rellenármelo. De pronto está tan cerca que durante un instante llego a distinguir hasta el sutil olor a madera y cítrico de su colonia.

Sándalo y bergamota.

Por algún motivo, éste parece quedarse conmigo incluso cuando Zimmermann vuelve a acomodarse en la silla frente a mí. Él tiene los ojos entrecerrados en un gesto complacido, tal vez por haber aceptado su alcohol, y sujeta su vaso con una mano grande, de dedos anchos y largos que sólo sostienen el vidrio por el borde. Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la luz del cuarto puedo ver cómo el traje de raya diplomática de Zimmermann se ajusta perfectamente a su espalda enorme, de hombros angulosos. Al igual que la noche que lo conocí, su ropa parece hecha a medida, con un gusto impecable, casi a juego con su forma de comportarse, contenida y segura, como si supiese exactamente qué debe hacer y por qué en cada momento.

Ahora mismo, él me habla con voz grave y tranquila de la botella medio vacía de whisky escocés que reposa sobre la mesita de noche, sin detenerse demasiado en los pormenores del malteado de la cebada, y después de cómo Ava le habló por primera vez de mí. Hay desenfado en su forma de expresarse, sin rodeos, o en cómo se apoya en el respaldo de la silla, cruzado de piernas y mostrando esa sonrisa cortés y perfectamente calculada.

Yo vuelvo a llevarme el vaso a los labios. Los dedos me hormiguean y mis sentidos están abotagados, pero un impulso nervioso me lleva a seguir bebiendo hasta que prácticamente sólo queda hielo medio deshecho deslizándose en un charquito de alcohol. Una especie de sensación de urgencia me está cerrando la boca del estómago, y no consigo saber por qué. Sólo soy capaz de estirar el vaso otra vez y ver, casi catatónico, cómo el hielo sube con el líquido ambarino. Entonces levanto la vista y me topo con los ojos acerados de Zimmermann clavados en los míos. Y me estremezco.

No hay ni pizca de ese desenfado con el que me hablaba antes en ellos. En lugar de eso, me encuentro algo duro y calculador en la manera en la que estudia mi expresión, como si estuviese tratando de decidir la mejor forma de hacerme desvelar mis secretos más vergonzosos.

Hay un cambio repentino en la expresión de Zimmermann. Es rápido; apenas llego a distinguirlo, y para cuando quiero darme cuenta ya ha desaparecido y él se ha puesto en pie, su vaso abandonado junto a la silla.

—Siento que estoy siendo descortés con usted, con tanto parloteo insulso. Al parecer tantos años bregando con inversores con alta tolerancia al alcohol tienen sus consecuencias.

Dice esto con una sonrisa cómplice, como si yo también hubiese vivido charlas de ejecutivos previas a las negociaciones, regadas con alcohol y una charla insustancial. Como ambos sabemos que no ha sido así, él se apoya en el reposabrazos de su silla y prosigue:

—Le pido disculpas. Imagino que después de lo que ha vivido en las últimas horas, lo mínimo que esperará es una explicación…

—¿No tendría usted algo que ver con lo que ha pasado antes, verdad? Usted me advirtió sobre ese tipo en la fiesta de Año Nuevo.

Derek Zimmermann arquea una sola ceja, y yo vuelvo a esconder la cara tras el vaso mientras recuerdo todas las cosas disparatadas que le he escuchado decir a Sasha acerca de su herr. Por suerte para mí, Sasha es demasiado dado a las fantasías como para que nada de lo que haya dicho de Zimmermann sea cierto.

¿Verdad?

—Si se refiere a si soy el responsable de que un majadero le haya amenazado con un arma, es evidente que no —para mi sorpresa, mi impertinencia sólo parece divertirle, a juzgar por la manera en la que chasquea la lengua y sacude la cabeza, volviendo a mostrarme sus dientes blancos—. Aunque sí que lamento no haber tenido esta pequeña reunión antes. Tal vez si usted hubiese sabido antes sobre Monsieur Herke habría tenido más cuidado al espiar conversaciones ajenas.

 A mí casi se me cae el vaso de las manos.

—¿Cómo…?

—Aleksandr lo vio husmeando cerca del despacho de Madame Strauss mientras ella estaba reunida con Herke. Debería saber que allá donde vaya él lo seguirá el perro faldero de su guardaespaldas… Ah, Aleksandr estaba tan preocupado que me hizo prometer que cuidaría de usted si se le ocurriese salir del Chat después de aquello.

—A-así que por eso estaba allí… —balbuceo, demasiado aturdido como para procesar el hecho de que Sasha me haya salvado la vida de alguna manera.

Por su parte, Zimmermann parece muy satisfecho con mi reacción. Sin despegar de mí esos ojos escrutadores, se sirve otra copa y me sonríe lentamente.

—Creo que se merece una explicación —me dice, y yo, a pesar del atontamiento, siento como algo en alguna parte de mi cerebro se enciende—; ya que no tuve la ocasión de advertirle sobre Hans…

Él se pone en pie de nuevo. Hay algo en su forma de pasearse por la habitación que no cuadra demasiado con la imagen compuesta que me mostró la noche en la que nos conocimos. Una especie de impaciencia mal disimulada. La veo en su manera de andar y en la forma en la que su mirada recae sobre mí, una y otra vez.

—¿Ha oído hablar de Markus Strauss? —Yo meneo la cabeza, y él chasquea la lengua—. Una pena. Era un gran coleccionista de arte. De hecho, es imposible hacerle sombra a su legado en Alemania, ¿sabe? Y es comprensible, logró salvar algunas obras de valor incalculable de la rapiña nazi cuando huyó a Francia, allá por el 43. Cuando Ava me permitió verlas por primera vez, en su colección privada de Berlín, apenas podía creerlo.

—¿Ava…?

—Su hija.

Apoyado en el respaldo de la silla, Zimmermann apura su bebida justo a tiempo para ocultar algo en sus ojos que parecía ser nostalgia. Aun así, no es capaz de reprimir la suave curva de sus labios. Una sonrisa sincera.

—Ava Strauss, siempre servicial y atenta. Aunque no parecía muy interesada en el arte por aquel entonces. Herr Strauss quería que ella lo sucediese, pero Ava prefería mantenerse al margen y dedicarse a buscar una cátedra en la universidad, así que Markus me contrató para ayudarle a manejar el negocio. Fueron unos buenos años, pero él ya estaba muy mayor para encargarse de todo. Cuando se empeñó en abrir una nueva galería aquí, en París, Ava tuvo que dirigir las reformas de este mismo edificio, porque su padre tenía una salud demasiado delicada como para permitirle viajar. También me envió a mí; necesitaba alguien que se manejase con los potenciales clientes franceses, que comenzase a establecer la marca de los Strauss en la región.

Incrédulo, yo aparto la vista del fondo de mi vaso. Trato de imaginarme el Chat Bleu como una soberbia galería, con las paredes cubiertas de obras de valor astronómico y una clientela refinada cruzando los salones sumida en el silencio, demasiado ocupada en admirar todo lo que puede entrar por sus ojos como para emborracharse y montar jaleo. Es… difícil.

—El Chat iba a ser… ¿una galería de arte?

—Y una enorme. Herr Strauss pretendía que fuese la galería más grande de la región.

—Pero no fue así.

—Obviamente no. De haber sido así, las cosas habrían sido muy distintas. Usted probablemente no estaría aquí ahora mismo, por ejemplo —las comisuras de sus labios vuelven a levantarse con discreción, casi burlonas, sólo un instante antes de él vuelva a adoptar una expresión comedida—. Como ya le he dicho, Markus estaba muy enfermo por aquella época. No fue buena idea dejarlo al mando en Berlín. Mientras nosotros estábamos fuera, él recibió la visita de un marchante del norte de Alemania. Era un tipo bastante convincente y que conocía bien la labor de Herr Strauss. Estuvo engatusándolo durante días antes de convencerlo de que le comprase un lote de obras impresionistas, la verdadera pasión de Markus. Él estaba tan entusiasmado (y senil) que incluso intercambió con el marchante una buena parte de su colección. Obras de un valor incalculable. Obras que nunca habían visto la luz. Y entre ellas, un cuadro muy preciado, rescatado de la guerra y que había permanecido oculto desde entonces en su mansión de Berlín: su obra favorita. Se endeudó comprando los cuadros, pensando que recuperaría la inversión al revenderlos en la nueva galería de París, tanto que cuando Frau Strauss y yo regresamos, no quedaba prácticamente nada. Y al comprobar el lote que había adquirido descubrimos la verdad.

—¿La verdad?

—Todo era falso. Cada uno de los cuadros que había adquirido. Falsificaciones excelentes, pero sin ningún valor en el mercado, completamente inútiles. El tipo era un farsante.

Yo ato cabos, no sin cierta dificultad y a pesar del calor asfixiante del cuarto, que me embota el cerebro.

—Ese tipo era Hans, ¿no? —Zimmermann asiente, y durante un instante me mira sin verme, probablemente con la mente perdida en un momento muy lejano a este—. Pero… no lo entiendo, ¿no tenía ya lo que andaba buscando? ¿Por qué molestarse en volver al Chat?

¿Y por qué demonios ha tenido que amenazarme con un arma?

Sujetando el vaso vacío, Derek sonríe abiertamente. Sus caninos casi no llegan a relucir bajo la luz tenue, pero yo puedo verlos con perfecta claridad. A mí me invade una oleada de calor incómodo el pecho, aunque esta vez no estoy seguro de que tenga que ver con la temperatura. Mi anfitrión parece demasiado ufano.

—Digamos que Herr Herke se había ganado una buena reputación en el mundillo del trapicheo de arte vendiendo falsificaciones casi indetectables. Pero uno no va por el mercado negro anunciando que tiene inéditos de Juan Gris o Seurat sin que ciertas manos codiciosas empiecen a frotarse en alguna parte. Así que, una noche de abril, alguien entró en su mansión en Ámsterdam y se llevó dos cosas muy preciadas para él. Una de ellas, el cuadro más valioso de su colección, el favorito de Markus.

Yo me paso una mano por la nuca, empapada de sudor viscoso.

—Y al ser precisamente ese cuadro él… ¿piensa que Ava… es decir, Madame Strauss o usted están detrás del robo? —inmediatamente recuerdo la escena que había escuchado a escondidas en el despacho de Ava—. ¿Y ahora se dedica a extorsionarla?

Derek, que había vuelto a pasearse por la habitación en penumbra, pensativo, se vuelve al momento para mirarme.

—Buen chico —me dice, y yo no puedo ver su expresión, medio sumida en las sombras, pero sí que noto algo distinto en su voz, cierto tono que no había escuchado nunca de él y que hace que empiecen a sudar las manos también—. Es espabilado. Me sorprende que no haya descubierto más por su cuenta.

Mientras habla, él resurge de entre las sombras. En lugar del vaso, ahora trae una enorme cubitera con una botella de algo que parece champán, que él ni toca cuando la deja en el suelo, junto a su silla y frente a mí. El hielo brilla con tonos violáceos y al verlo yo siento tanta sed y calor que creo que voy a derretirme allí mismo. Derek, enfundado en su traje de chaqueta, no parece notar la temperatura insoportable, pero a mí me cuesta hasta mantener la concentración.

La cabeza me da vueltas y, aparte de mis mejillas ardiendo, apenas siento mi cuerpo.

—E-espere… aquella noche usted me dijo que me hablaría de Raymond, pero… no entiendo qué tiene que ver esto con él…

Zimmermann se apoya en el reposabrazos de su asiento y me mira, mientras sus labios se curvan en una sonrisa que a mí me pone en guardia casi al instante.

—Tiene razón, le dije que le hablaría de él y de Hans. Le he hablado de Hans porque siento que le debía la información por el… lamentable incidente de antes. Pero, ¿el resto? El resto tiene un precio. Si está interesado, tendremos que hablar de negocios.

Yo me remuevo en el sitio. Sus ojos, siempre calculadores, examinan cada uno de mis gestos y yo tengo la desagradable sensación de ser una hormiga bajo una lupa gigantesca. Una lupa que está al sol del mediodía.

—Ya le dije que no tengo…

—No me interesa su dinero —Derek me corta tan bruscamente que yo no puedo evitar respingar. De pronto no parece muy preocupado por sus maneras, con los dedos tamborileando con impaciencia sobre su rodilla—. Tenía una propuesta que ofrecerle. Me interesan… otras cosas de usted.

Y yo, por encima de la bruma del alcohol, por encima del aturdimiento y la desconexión, por encima del calor, comprendo. Comprendo al instante y el corazón comienza a golpearme el pecho como un tambor de guerra. He pasado demasiado tiempo en el Chat como para saber cómo funcionan las cosas. Sé lo que tengo que hacer si quiero avanzar en esto.

Y quiero saberlo todo.

—Verá, llevo un tiempo pensando…

—Haré lo que me pida. Sin concesiones. Todo… todo lo que usted quiera, pero sólo esta noche. Esa es mi oferta.

Estoy mareado. He hablado sin pensar, rápido, sin apartar la vista de mis zapatos. Un sudor caliente me recubre el cuerpo, como una segunda piel pegajosa. Entonces me atrevo a levantar la cara otra vez y puedo ver la sorpresa en el rostro de Zimmermann, fugaz pero clara, justo antes de transformarse en satisfacción pura.

—¿Está usted seguro? —pregunta, atravesándome con esos ojos helados y muertos—. Una vez que me diga que sí, no podrá echarse atrás. Un acuerdo es un acuerdo, y yo siempre llevo mis negociaciones hasta el final. No hago las cosas a medias.

—Estoy seguro.

Casi no oigo mi propia voz. De nuevo, me siento desconectado. Todo parece irreal. Surrealista. Veo a Derek levantarse y salvar la distancia entre nosotros como en un sueño. El cambio en el ambiente es evidente, pero cuando él me sujeta la barbilla y me hace mirarlo a la cara, mi cuerpo apenas reacciona.

Sus manos están frías.

—A partir de ahora no podrás decirme que no a nada. Da igual lo que haga, tienes que callar y obedecer. ¿Lo has entendido?

—Sí.

Zimmermann deja escapar un gruñido complacido. Cualquier rastro de sus formas impecables ha desaparecido.

—Qué buen chico. Me pregunto qué habrá hecho Raymond para ganarse esa lealtad inquebrantable.

Hay burla evidente en su voz, pero yo no me muevo del sitio. Sólo puedo esperar, con la sangre atronando en mis oídos, a que él se sumerja un instante en la penumbra y vuelva con algo entre las manos, una caja metálica. Yo la observo como hipnotizado.

—Quítate eso —sin mirarme, él hace un gesto vago en mi dirección. Yo tardo un segundo en comprender que se refiere a mi ropa, e inmediatamente me quedo rígido—. Ya. No me hagas repetirme.

Mis manos alcanzan el primer botón de la camisa, pero tengo los dedos temblorosos y no atinan a la primera. Mientras forcejeo primero con eso y luego con el cinturón, veo a Derek deshacerse de su chaqueta de traje, remangarse la camisa y sacar unos guantes de cuero negro de la caja. Parecen hechos a medida, porque él se los ajusta perfectamente a los dedos largos, mirándome de reojo y haciendo que el calor me hierva en la cara. Quedarme desnudo delante de él es casi peor que dejar que me apuntasen con una pistola.

Derek debe ser consciente de eso, porque me observa sin ninguna prisa y, aunque de pronto yo prefiero concentrarme en cualquier cosa menos él, casi puedo sentirlo regodearse. Por suerte para mí, son sólo unos segundos antes de que, sin previo aviso, me rodee y me agarre de las muñecas. El contacto impersonal de los guantes hace que un escalofrío baje desde mi nuca y me recorra todo el cuerpo hasta las puntas de los dedos de los pies. No me había dado cuenta de que cada músculo se me había agarrotado en una tensión difícil de contener, y estoy tan tieso que casi siento dolor cuando él me fuerza a doblar los brazos por detrás de la espalda. La cuerda se hunde lo suficiente en mi carne como para recordarme constantemente que está ahí sin llegar a cortarme la circulación.

Yo cierro los ojos un momento, preguntándome cuántas veces habrá tenido que vivir esto Sasha para que Zimmermann haya perfeccionado así su técnica, y él aprovecha para pasar algo por mi cara. Para cuando quiero reaccionar, ya es tarde.

Todo está oscuro.

En alguna parte de la sala se escucha a Derek reír suavemente. Yo noto cómo empieza a erizárseme el pelo en la nuca.

—¿A qué viene esa cara?

Pasos. Lentos y deliberados. Los oigo detenerse cerca de mí y yo contengo la respiración, con un temblor de anticipación sacudiéndome las manos atadas. La herida en mi frente palpita dolorosamente al ritmo frenético de mi corazón.

—¿Tienes miedo de algo? No me extraña. A saber qué cosas habrás oído del ruso…

Frustrado, me doy cuenta de que no está tan cerca como había esperado. De nuevo vuelvo a escuchar el ruido sordo de sus zapatos paseándose por la habitación.

—No tengo miedo —digo a la oscuridad, y por algún motivo mi voz suena lo bastante tranquila como parecer convincente. En realidad, no sé si estoy asustado. Sólo siento una tensión electrizante que tiene todo mi cuerpo alerta, a la espera de algo, cualquier cosa—. Y el “ruso” tiene nombre.

 Siento calor, aún abrasándome la cara, el pecho, ardiendo y ardiendo.

—Ah. Qué insolente.

El corazón me da un brinco en el pecho. El aliento de Zimmermann me roza la nuca justo antes de que una mano se aventure por mi costado, dedos enguantados que me tocan entre las costillas y bajan por mi vientre para deslizarse entre mis piernas. Esa mano se cierra sobre mi polla y a mí se me escapa un sonido inarticulado, con una oleada de calor golpeándome la cara.

Es real.

Esto es real.

Mi cerebro, que había estado como envuelto en algodón todo este tiempo, parece despertar y de pronto todo a mi alrededor parece cobrar un sentido aterradoramente real. No me puedo creer que esté pasando esto. No me puedo creer que haya accedido a…

Un frío punzante en mi vientre me arranca un quejido y disipa el runrún de mi cabeza de un plumazo. Algo helado y húmedo sube hasta mi pecho, y aunque al principio es un alivio al calor que me está quemando por dentro, cuando se acerca a la piel sensible de mi pezón y permanece ahí, un pinchazo de dolor me atraviesa de parte a parte. Mi primer instinto es retroceder, pero Zimmermann me sigue sujetando con firmeza por la entrepierna y el movimiento sólo hace que el placer suba como un calambrazo hasta mi vientre. Yo tengo que morderme el labio para contener un gemido.

—Me temo que alguien tiene que corregir ese carácter impertinente tuyo.

Derek parece estar disfrutando enormemente de la situación. Invadido de pronto por un acceso de rabia, aprieto los dientes.

—¿Y ese alguien eres tú?

Él chasquea la lengua y lo siguiente que siento es el hielo hundiéndose en la carne tierna de mi axila.

—Vigila esos modales —me recrimina mientras yo me retuerzo siseando—. Nadie te ha dado permiso para tutearme.

Yo quiero replicarle algo grosero, pero su mano ha empezado a moverse sobre mi miembro y ahora me masturba despacio, acariciando en círculos la punta y haciendo que a mí me flaqueen las fuerzas. Por otro lado, el hielo sigue haciendo estragos en mi piel, ahora sobre mi ombligo, y esta vez, abrumado por las sensaciones, no puedo contener un sonido quejumbroso.

Eso sólo parece alentar a Zimmermann, que aprieta con decisión mi polla y gruñe satisfecho al oírme gemir. Yo por más que lo intente no puedo controlar el temblor que me sacude las rodillas y que se intensifica en oleadas cada vez que su mano hace un nuevo movimiento. Mi cabeza ha empezado a palpitar al ritmo de mi entrepierna y ya no soy capaz de pensar con claridad.

—Veo que se te han quitado las ganas de contestar, ¿eh?

Su aliento caliente y húmedo me acaricia el cuello. A mí un escalofrío de placer me sacude los huesos.

—N-no es que estemos en igualdad de condiciones para discutir…

—Vaya, qué obstinado. Presiento que hay que utilizar otros métodos para mantenerte callado.

 El hielo debe haberse derretido, porque de pronto Zimmermann aprovecha que yo tengo los labios entreabiertos en un jadeo para introducirme dos dedos helados en la boca. El sabor del cuero me invade el paladar, intoxicante, y yo sólo puedo dejar escapar un lamento estrangulado cuando su mano libre me estruja por debajo.

Sin embargo, él acaba retirando esos dedos tan pronto como los introdujo en mi boca, y sólo me deja con un hilillo de saliva escurriéndose desde mi comisura. Esa mano húmeda empieza  a moverse por mi costado, me roza la cadera y sigue bajando, y bajando…

Yo me sacudo.

—¿Qué haces? —consigo articular, aunque la voz me tiembla demasiado y además mi intervención no parece agradar a Derek. Él deja de tocarme automáticamente, y durante un segundo sólo escucho mi respiración entrecortada resonar por toda la habitación.

Entonces él cuela un pie entre mis piernas y me manda de un empellón contra el blando colchón de la cama. La venda de mis ojos desaparece de un tirón, sin darme tiempo a reaccionar, y yo me encuentro con los ojos acerados de Zimmermann.

Ya no están helados. Hay algo hambriento que parece esconderse en ellos y que hace que a mí empiece a temblarme todo el cuerpo.

—¿No has aprendido nada? —pregunta, su voz baja y áspera, al tiempo que se cuela entre mis piernas. Yo sólo escucho el tronar de la sangre en mis oídos.

Esos dedos largos vuelven a envolver mi polla palpitante y yo cierro los ojos con el contacto, mareado. Mi pecho sube y baja rápidamente, y siento la cabeza ligera. Pronto algo hace presión entre mis nalgas. Una mezcla de excitación y terror me llena el estómago, pero no puedo evitar que Derek me penetre con dos dedos largos y húmedos.

El dolor me quema por dentro. Yo suelto un grito ahogado, con la mandíbula crispada, pero él sigue masturbándome y la excitación se mezcla con la sensación invasora e incómoda de sus dedos abriéndose paso. Mi cuerpo, completamente desconectado de mi mente, parece rendirse y cuando él toca algo dentro de mí la tensión desaparece y mis músculos se convierten en mantequilla. Jadeo como un animal, con un hormigueo entumeciéndome las piernas e irradiando desde mis tripas hasta mi pecho. La cara me arde, no sé si por el placer o la humillación de oírme a mí mismo gemir fuerte y claro cuando él me introduce un tercer dedo con un gesto ondulante. Sobre mí, Derek se relame.

Aparto la cara. Él me toca con brusquedad, hurgando dentro mí, y yo temo que el dolor vaya a partirme en dos. Al verme girar el rostro, Zimmermann se inclina sobre mí.

—Mírame —gruñe, pero yo me niego a moverme—. He dicho que me mires.

La mano que me estaba masturbando se lanza a agarrarme de la barbilla, se hunde en mi carne y me obliga a mirarlo a los ojos. Pero la otra no deja de entrar y salir de mí, y de pronto todo mi cuerpo se tensa y algo se desconecta dentro de mi cabeza. Algo caliente me recorre de arriba a abajo, como una corriente eléctrica, y entonces todo mi cuerpo parece desmoronarse y yo me quedo inmóvil, con la mente en blanco y el corazón desbocado.

Cuando quiero darme cuenta, acabo de correrme sobre mi propio pecho y Derek me ha soltado la cara y me mira, una sonrisa zorruna asomando a su rostro pétreo.

—Buen chico.

 

 

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