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De lujo (Chapitre 9: Un gatito borracho)

9

Hacía un día brillante y soleado, algo menos caluroso que los de las últimas semanas, y aun así las dos señoras apoltronadas enfrente de Louis se abanicaban a un ritmo furioso con las revistas de la consulta. Aunque él no tenía demasiado claro si lo hacían obedeciendo a las altas temperaturas o esos calores se los provocaba la visión de su hermano, de pie a su lado, muy tranquilo y completamente ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

Louis estaba furioso. Furioso con esas estúpidas señoras, con el estúpido de Paul, con el estúpido de Édouard, con la estúpida botella que le había provocado cinco puntos de sutura en la sien al estúpido de Léo, con la estúpida jueza y las estúpidas sesiones de control de la ira. Estaba enfadado con cosas que jamás imaginó que podrían hacerlo enfadar, pero la única forma gratificante de huir de esa oleada de ira era volver a la residencia y estamparle otra botella de Budweiser en su duro cráneo a ese imbécil. Y esa opción, por desgracia, estaba fuera de su alcance. Al menos si no quería dar con sus huesos en un correccional para adolescentes conflictivos.

Louis no se consideraba un adolescente conflictivo, aunque de pronto sintiera la imperiosa necesidad de romper cráneos y hubiera dedicado la última semana a deambular por París, obviando sus clases en la universidad y las sesiones con la psicóloga para fumar y seguir sintiéndose iracundo con el mundo. Fumar tampoco entraba en su lista de diversiones locas, pero era mejor que darse de cabezazos contra cualquier objeto sólido y, de momento, la forma más efectiva de mantener a raya su humor cambiante.

Era evidente que su escaqueo no podía durar mucho, de todos modos.

-No estoy enfadado contigo, Louis -Paul, que seguía sin percatarse de que era el centro de las miradas de aquellas dos señoras, se inclinó un poco para mirarlo. Iba muy bien arreglado, cosa poco habitual en él, pero es que la llamada de la psicóloga lo había pillado probando tartas para la boda con Gabrielle, quien, por cierto, se había quedado sola y enfurruñada en la pastelería. Eso hacía un poco feliz a Louis. Odiaba a la prometida de su hermano casi tanto como a Léo-. Pero necesito que colabores con madame Molyneux. El que asistas a las sesiones forma parte del trato que hicimos con la jueza, ¿recuerdas?

Louis gruñó. Con Paul, la única persona en el mundo que podía hacerle sentir mal por lo que había hecho, aquellos sonidos inarticulados eran su única vía de comunicación. Su ira mordaz estaba reservada al resto de seres humanos.

El frufrú de los improvisados abanicos había cesado hacía rato, y ambas mujeres (que no debieron aprender nunca que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas) habían olvidado de momento el metro noventa y los anchos hombros de Paul para mirar a Louis con interés. Él las obsequió con un gesto torvo, pero ello sólo les indicó que si querían saciar su curiosidad, lo adecuado era acribillar al que menos pinta de sociópata tenía.

Paul todavía estaba intentando convencerlas de que era demasiado joven para ser un sexy padre soltero cuando el paciente que les precedía salió del cuarto. Louis aprovechó la coyuntura para huir del casposo flirteo de aquellas mujeres y se escabulló dentro, cerrando la puerta a su espalda con demasiada fuerza.

Madame Molyneux alzó la cabeza con el estruendo, y Louis se encogió un poco, con cautela. Era una mujer diminuta, de cuerpecillo regordete y graciosa postura, que lo estudió brevemente por encima de sus papeles antes de levantar las comisuras de una boca ancha, de labios finos.

-Louis. Por fin nos conocemos –dijo, con una voz tenue, casi inaudible. Con un gesto de cabeza, invitó a Louis a sentarse frente a ella, pero él permaneció rígido donde estaba. Contrariamente a lo que pensaba, su psicóloga no se parapetaba detrás de un ostentoso escritorio en un cuarto claustrofóbico custodiado por estanterías forradas de libros que nadie leería jamás ni a punta de pistola. Madame Molyneux lo miraba de forma inquisitiva sentada frente a un enorme ventanal con vistas al barrio de Le Marais.

Le Marais. Qué irónico.

-Quiero que quede claro desde el principio que estoy aquí porque no quiero terminar en un jodido correccional –escupió, malhumorado por aquella graciosa coincidencia-. No tengo ningún interés en lo que usted pueda decirme. No quiero que me psicoanalice. No aceptaré ir a un psiquiatra ni ninguna de sus estúpidas drogas. Quiero que quede claro que yo no quería un psicólogo, eso fue idea de mi hermano. Hubiera preferido las treinta horas de trabajos comunitarios limpiándoles la baba a los viejos de un geriátrico.

La psicóloga se recogió el pelo liso y negro detrás de la oreja, con aquella suave sonrisa tatuada en la cara. No pareció afectarle demasiado el discurso.

-¿Por qué no te sientas y hablamos de eso, Louis?

Él bufó y se cruzó de brazos.

-¿Vas a quedarte de pie en silencio cada sesión, entonces? –el aludido apretó los dientes. Ella se encogió de hombros y hojeó distraídamente sus papeles-. ¿Sabes que para evitar terminar en un centro de menores tengo que enviar un informe positivo acerca de ti a la jueza? ¿Eres consciente siquiera de que estas sesiones no le están saliendo gratis a tu hermano?

Al oír aquello Louis sintió que le flaqueaban las fuerzas. Hacía sólo unos meses que Paul había conseguido reunir el dinero suficiente que requería su sueño de abrir un restaurante en la Ciudad de la Luz. Las primeras semanas habían sido duras, y todavía estaba en una situación precaria. El pago de esas estúpidas sesiones no le hacía las cosas más fáciles, ni mucho menos.

Gruñendo entre dientes, se sentó en una silla libre a una distancia prudente de madame Molyneux, estrujando el pico de su camisa.

-Estupendo. He oído que Paul y tú…

-Paul no tiene nada que ver con esto. Vaya al grano. Cuanto antes termine con esto, antes podré volver a la residencia.

Mientras gruñía aquello, Louis apretó los brazos cruzados contra el pecho e irguió la espalda. Confiaba en conseguir tocarle lo suficiente las narices a esa mujer como para que lo echara de su consulta a las tres preguntas.

Eso no ocurrió, no obstante.

Madame Molyneux dejó sus papeles en el suelo, junto a su silla, y se inclinó ligeramente para estudiar su gesto. No había compasión artificial en su rostro; sólo un profundo interés. Louis no dejó que ése interés calara en él, pero sí permitió que formulara la siguiente pregunta:

-Ese chico al que golpeaste… monsieur Dupont, ¿verdad?. Parece ser que no es la primera vez que es protagonista de un enfrentamiento contigo; ¿me equivoco?

-Léo es un gilipollas homófobo con el volumen encefálico de un calamar. Claro que he tenido enfrentamientos con él -gruñó, desviando la vista. Pensar en la fea cara de ese tipo hacía que le ardieran las tripas. Pensar en la forma en que el muy imbécil lo había mirado al entrar en el apartamento de Édouard, como si fuera algún insecto especialmente feo y desagradable, espoleaba sus ganas de estamparle en la cabeza algo más que una botella de cerveza. Cómo había podido resistir todos esos años sin reventarle el cráneo, no lo sabía, pero el ver cómo atormentaba a Édouard con aquella sonrisa retorcida lo había desatado por completo. Ahora no podía (ni quería) parar-. Cualquiera en su sano juicio tendría enfrentamientos con él.

Cualquiera excepto su argelino.

Inspiró hondo, rechinando los dientes. Esa mala costumbre le provocaba unas jaquecas antológicas, pero sólo un pitillo podía solucionar eso. La idea de unos pulmones negros por el alquitrán no le terminaba de convencerle mucho, tampoco.

-¿Es posible que monsieur Dupont no sea el origen del problema?

Los brazos de Louis aflojaron un tanto la presión. Estaba furioso, aunque a aquella mujer no parecía afectarle ése aura densa y furibunda que lo rodeaba. Estaba furioso, pero también empezaba a cansarse un poco de estarlo.

Un reloj hacía tictac en algún sitio.

-Léo no es nadie -afirmó, con voz neutra, sin despegar la mirada de la actividad bulliciosa de las calles a sus pies-. Por mucho que quiera y por mucho que lo intente, nunca podrá hacerme sentir mal con quien soy.

Madame Molyneux se irguió despacio en su asiento, enfrente de Louis, sólo para retirarse un mechón del rostro.

-¿Entonces por qué le golpeaste?

Tictac.

Louis se frotó la sien con un índice. El dolor de cabeza que llevaba acosándolo toda la mañana se estaba convirtiendo en un monstruo palpitante. Además, comenzaba a sentirse terriblemente agotado. De esa cita con la psicóloga, de aquella situación.

-Estaba muy enfadado. Se me fue de las manos.

-¿Se te fue de las manos con Léo a pesar de que no lo consideras una amenaza para tu integridad psíquica? -madame Molyneux ladeó la cabeza-. No parece un comportamiento propio de ti, según la gente que te rodea. ¿Quizás haya algo más?

Tictac. Tictac.

Louis cerró los ojos. Recordar en el desamparado gesto de terror de Édouard cuando Léo pronunció la fatídica palabra aún le provocaba náuseas.

-Sí, hay algo más -admitió, tras un largo silencio en el que apretó la tela de su camiseta hasta dejarse los nudillos blancos.

Así que es cierto.

Es lo que había dicho el tío, apoyado en el marco de la puerta y con las llaves del piso colgando de un dedo. Su figura enorme, de oso, recortándose contra la penumbra del cuarto pareció ejercer un efecto fulminante en su compañero. El argelino apenas se movió de donde estaba, quieto sobre el sofá, todavía a medio vestir. Louis había visto esculturas en museos de Roma menos inmóviles y hermosas que Édouard en aquel momento.

Era realmente terrible.

Los chicos llevan diciéndomelo un tiempo, pero no quería creerlo, ¿sabes? Yo confiaba en ti como lo haría con mi propio hermano. Supongo que fui un estúpido al dejarme engañar por alguien como tú.

Las llaves emitieron un tintineo particular al golpear el suelo. Louis las había mirado brevemente, con una expresión de asco propia de la traición implícita en ellas, antes de volverse hacia Édouard. Quería gritarle ahí mismo, preguntarle por qué demonios había dejado que ese imbécil profanara el único refugio en el que se sentía seguro de verdad. Pero éste había desaparecido de su lado para materializarse junto a Léo, quien le ofreció una sonrisa torcida, tan cargada de cruel desdén como las palabras con las que atropelló cualquier explicación del argelino.

No me toques.

Maricón.

Encerrado en la consulta de madame Molyneux y acosado por el recuerdo casi físico del peso en sus manos de la botella medio vacía, Louis empezó a sentir un reflujo de ira naciendo justo en la boca de su estómago. Sin embargo, estaba demasiado agotado como para dejar que éste saliera a relucir.

Édouard había pasado de ser una fuente constante de dolor a provocarle una rabia sin precedentes. Ahora que empezaba a agotar esa energía, sólo le quedaba un cansancio permanente.

Y por la forma en que su psicóloga suavizó su gesto hasta adoptar la tan temida compasión, ella también se había dado cuenta.

-Bueno, Louis. ¿Por qué no me hablas de ése algo más?

-Tendrías que… que haberlo visto, Louis…

Sacha se tambalea, resbalando en la gruesa capa de hielo que se ha formado sobre la última nevada y haciéndome perder el equilibrio a mí también. Por suerte, en el último segundo me da tiempo a abrazarme a una farola, aunque al verme intentando incorporarme con Sacha colgando de mí, un par de transeúntes se cruzan de acera. La noche es oscura y fría, con un cielo despejado.

-Al único que veo es a ti –farfullo, porque la cara de Sacha está a centímetros de la mía-. Algo borroso, de todos modos. Creo que he perdido una lentilla…

-¡Estás borracho! –ríe, lo cual me hace gracia, ya que él es el único de los dos que no puede tenerse en pie.

-No estoy borracho, no veo nada. Y todo por tu culpa. ¿Tienes idea de lo que cuestan esas cosas?

Sacha aprieta la nariz roja contra mi abrigo.

-Te compraré otras diez. O cien. O mil… Las que tú quieras…

Suspiro, mientras lo agarro por los hombros.

-No, no tienes ni idea, claro… En fin. ¿Qué es lo que tenía que haber visto? –concedo al fin, aunque ya sé la respuesta, y lo empiezo a arrastrar otra vez de vuelta al Chat. Ya hemos tenido suficiente celebración por hoy.

-Tenías que haber visto el pollazo que le soltó en la cara aquel tipo… Monsieur Enguerrand…

No puedo contener un bufido. Hace casi un mes y medio de la consumación de mi pequeña venganza y han pasado muchas cosas desde aquella noche. Sí, aunque el Sacha ebrio se empeñe en olvidar que estaba con él en la salita para voyeurs en el momento en que un señor bajito y entrado en carnes le dejaba a mi protégé toda la marca de su verga en la mejilla, no me quise perder ni un instante del espectáculo. Y fue altamente satisfactorio, no lo dudéis, pero hay un pequeño detalle acerca de Raymond que desconocía hasta aquel instante.

Es un bastardo vengativo y competitivo, o al menos eso aseguran las casi tres horas de erección que me provocó el cóctel de drogas con el que alguien se encargó de aderezar mi café un par de días después de aquello.

Desde entonces, pues, estamos en guerra. Bien es cierto que hace tiempo que las putadas mutuas han ido remitiendo hasta convertir el conflicto en guerra fría otra vez (¿será por la Navidad, o tal vez porque Ava nos amenazó con cortarnos las partes pudendas después de Ray hiciera guirnaldas con mi ropa interior y las colgara por toda la Jaula?). No obstante, desde el incidente de mis calzoncillos, me he encerrado en el cuarto de baño y duermo en la bañera.

Sólo por si acaso.

A pesar de ese pequeño detalle, esto tiene sus cosas buenas, por supuesto. Entre otras cosas, Ray me mantiene tan ocupado planeando mi siguiente movimiento que no tengo tiempo para quejarme de mi situación –la cual, por cierto, ya no parece tan deleznable-. Además, el episodio de la Jaula emocionó tanto a Sacha que pareció olvidar por completo que hacía sólo un rato que había huido de él para dejarlo tirado en su habitación, empalmado y desamparado. Ahora el ruso participa activamente en la cruzada contra mi protégé, y en mis ratos libres me arrastra a su cuarto de la Jaula, o me lleva a comer a sitios caros hasta decir basta y me compra cosas de forma compulsiva. Lo cual no me disgusta, la verdad. Sacha es un poco raro y lleva gafas de sol llueva, nieve o granice; diseña su propia ropa y suele cantar I will always love you en falsete cuando está pedo, aunque es divertido, desde luego.

Pero lo mejor de todo no es la batalla campal con Ray, o la compañía de Sacha. Lo mejor de todo es el motivo por el que hoy nos hemos escaqueado de la fiesta de Navidad del Chat Bleu para montar nuestra propia juerga en el piso de Chiara.

-¿Seguro que no… quieres que te acompañe?

Parpadeo, arrancado de mis pensamientos. Estamos a dos pasos del Chat, ya puedo distinguir el reclamo luminoso del gato azul, pero Sacha me mira intensamente con esos ojillos plateados y vidriosos por el alcohol, la nariz medio escondida en mi abrigo.

Sacudo la cabeza.

-Es trabajo, Sacha. Me las puedo apañar solo.

Además, estás borracho.

El ruso se escurre de mi abrazo y se planta delante de mí, con los brazos cruzados.

-¡T-tengo que ir! –balbuce, intentando parecer digno, pero enseguida noto cómo su cuerpo comienza a inclinarse peligrosamente hacia la derecha y tengo que adelantarme a toda velocidad para sujetarlo. Él se deja caer sobre mí como un peso muerto, aplasta la cara contra mi pecho y sigue rumiando incoherencias-. Es muy importante…

Lo es. Por eso no quiero tener a un prostituto ruso ebrio revoloteando a mi alrededor.

-Estás muy borracho. A no ser que quieras vomitarle a mi editor potencial en la cara, será mejor que vuelvas a tu cuarto y duermas la mona –replico, y lo arrastro hasta la puerta, donde Makoto (portero psicópata para los amigos) lo recibe con los brazos en jarras, como una madre enfadada.

-¡Aleksandr! –ruge, y yo, sobresaltado, le tiro a Sacha en un acto reflejo. No quiero que vuelvan a placarme, por dios. El portero agarra a mi amigo de la muñeca y le levanta el brazo para sujetarlo. El ruso se deja hacer, igual que un muñeco de trapo-. ¿Otra vez apareces así?

Mientras Makoto lo sacude en mitad de una reprimenda sobre lo indecente que es volver a un club del calibre del Chat con una moña de ese nivel, yo me escabullo en dirección al centro.

El corazón me bate a toda velocidad.

Poco después de consumar mi venganza, reescribí por completo mi primer manuscrito, ése que todas las editoriales francesas pasaron por la trituradora de papel. Aunque debería haber probado a escribir algo diferente, no he podido evitar volver al objeto de mis dolores de cabeza, y lo modifiqué de cabo a rabo. La historia no es nada impresionante, pero Chiara me pilló dando los últimos retoques y tuve que dejar que leyera el borrador. Fue ella quien se colaba en mi cuartel general/bañera y me pinchaba con un boli entre las costillas para instarme a escribir. En cuanto terminé, me arrebató el borrador sin que pudiera hacer nada para evitarlo y lo mandó a una pequeña editorial indie.

Y me llamaron.

Ahora tengo una pequeña reunión de prueba con un editor en un desenfadado bar de la zona y todavía no termino de creérmelo.

Con la respiración entrecortada y las palmas de las manos chorreando dentro de los bolsillos a pesar de la temperatura ambiente, camino hasta el local en cuestión.

El sitio es un hervidero de gente, oscuro y lleno de movimiento. Mientras me abro paso entre la ruidosa muchedumbre, encogido, me pregunto qué clase de editor queda con un autor la noche previa al día de Navidad en un club de moda del centro. Con ésa y otras preguntas circunstanciales rondándome el cerebro, busco una mesa en un rincón apartado, me acurruco en la silla y fijo la mirada en la puerta.

Y espero, con la única compañía de un hilo retorcido y peculiar de música. Hipnótico.

El tipo se detiene a tomar aliento, sujetándose un lateral del cuerpo. Mientras intenta recuperar algo de oxígeno, apoya la frente en un muro y se pregunta dónde quedó el espíritu deportista de su yo adolescente. En un rápido vistazo a su reloj, se da cuenta, horrorizado, de que llega con casi media hora de retraso.

Dios mío.

No puede ser. Ya la cagó con su anterior escritor, no puede permitirse el lujo de fallar otra vez. No va a tener más oportunidades.

Su nuevo autor tiene un pseudónimo algo pretencioso y su manuscrito es un poco plano, pero el editor está seguro de lo que hace. Sabe que en esas páginas hay potencial que él puede exprimir. Es su gran oportunidad, así que no puede dejarla escapar.

Inspira hondo y, deseando que su escritor sea también paciente, Édouard sale disparado de nuevo hacia el punto de encuentro.

La música me ha atraído hasta aquí.

Bueno, la música, la botella de vodka que anda revolucionando mi torrente sanguíneo y la intención de reprimir la repetición del impulso suicida que me ha llevado a salir a la calle y tirarme a la calzada mojada. (Ningún coche quiso pasarme por encima, de todos modos).

Mi cerebro estaba trabajando a toda velocidad, algo descoordinado por el alcohol y empeñado en recordarme una y otra vez lo fracasado que soy. No lo soportaba más.

Sí, el editor no había venido, pero estoy bastante acostumbrado a que se rían de mí en mi cara. ¿Por qué habría de preocuparme más por esto?

De manera que, tambaleándome un poco, despegué la cara de la mesa y huí del ruido de conversaciones y de la gente feliz a mi alrededor para seguir aquel hilo tenue de música.

Y, tras recorrer de punta a punta el bar y cruzar una gruesa cortina negra, aquí estoy.

El cuarto tiene forma cuadrangular y está pobremente iluminado. A mis pupilas confundidas les cuesta unos segundos contraerse y luego dilatarse para poder captar al máximo la débil luz amarilla y distinguir las formas irregulares de varias decenas de cabezas. Unas treinta personas forman un círculo casi perfecto en torno a un grupito de tres. Apenas se oye un débil murmullo aparte de la música. Es la primera vez que veo un concierto tan silencioso.

Intrigado, obligo a mis piernas a abrirse paso entre los espectadores. La orden tarda un poco en ser procesada en la materia gris, pero poco a poco consigo acercarme a las primeras filas. Mientras, la música se vuelve tenue hasta finalizar por completo y una voz se hace oír en el silencio.

Una voz que hace que se me pongan los pelos de punta.

-Ahora voy a contaros una historia, ¿sí? ¿Qué te parece, Ellie?

El público responde con entusiasmo, enviándome de un empellón derecho al suelo, entre dos adolescentes con faldas demasiado cortas y una ropa interior tan fosforescente que brilla en la oscuridad. Mientras yo observo esas bragas sobre mi cabeza, deslumbrado, otra voz femenina se eleva por encima del barullo:

-Me parezca lo que me parezca, vas a hacer lo que te dé la gana, así que dale.

Dicho esto, se hizo un breve silencio cargado de estática. Casi puedo ver una sonrisa felina dibujarse en la cara de su interlocutor. Me estremezco, la cabeza dándome vueltas.

El estado de mi cráneo no mejora con el retumbar de un bombo de batería, que hace temblar el suelo, y la gente apiñándose a mi alrededor no me deja escuchar los primeros acordes de la canción. Las palabras consiguen llegar a mi cerebro, pero forman una amalgama sin sentido. Yo gimo.

Eh, cerebro, compórtate.

Hay casi un litro de alcohol barato dando vueltas dentro de mí.

Cerebro, es inglés. Sabes inglés.

¿Qué dices de tus pies?

INGLÉS.

Oh.

Mantengo esta breve conversación con mis sesos al tiempo que intento entender la música y meto la cabeza entre las chaquetas de cuero de dos tipos grandes como osos. Lo que veo en el centro es, sin lugar a dudas, bastante interesante.

En mitad del haz de luz que sale del techo hay una mujer tocando el bajo y con más tatuajes en el cuerpo que un pandillero de poca monta. En el otro extremo, un tío barbudo marca el tempo en la batería, pero mi interés, por desgracia, se ve irremediablemente atraído por la tercera persona en discordia.

La luz arranca destellos rojizos a su cabello castaño cuando se inclina sobre unas chicas. Lleva una sudadera con la cremallera abierta, y sus dedos se deslizan sobre los mismos acordes en un ritmo perfecto. La voz de Raymond no necesita micrófono, de alguna manera se introduce en las cabezas de los presentes y se impone sobre los demás instrumentos…

She had disrobed and she was waiting on the floor. She asked me what it was I want, I thought that I wanted it all! –canturrea, con una sonrisa petulante, y en el mismo momento en que las palabras calan en mi cabeza, hago rodar los ojos.

¿En serio, Raymond? Hay algún momento de tu vida en el que no sea tu cabeza de abajo la que esté pensando en meterse en agujeros?

Ray se detiene, y en un absurdo instante de pánico pienso que me ha leído la mente, aunque antes de huir despavorido me doy cuenta de que sólo estaba dando pie a su compañera.

What did you say? –interviene ella, en un movimiento brusco de cabeza que hace que su corta melena a lo garçon  y la tonelada de pendientes que perforan sus orejas se sacudan.

Tiene una voz angelical, contrapuesta con su aspecto. Ray la escucha relamiéndose y con la guitara preparada para continuar, lo que provoca que una chica suspire a mi espalda. Yo pongo los ojos en blanco otra vez.

I said stand up and move your body to the bed. She quickly stood and slowly turned, and here’s exactly what she said…

La tal Ellie se inclina hacia los espectadores de mi zona antes de llevarse una mano al pecho y cantar, con voz afectada y dulce:

Please, be soft and sweet to me, this life has not been good, you see. It’s hard with  such a history buried in misery.

Desde un poco más atrás, el batería pregunta qué pasó a continuación.

I broke a smile, reminding that I paid her well, and I felt his hands unbuckling my belt. Oh, it felt like heaven, but I’m sure she was in Hell. I made my money worth out of the goods she sell…

Mis músculos se agarrotan de golpe. De repente no me parece tan obvio que esté hablando de algún ligue. Algún rincón muy recóndito en el cráneo se me activa, una señal luminosa que grita algo desesperada, pero tengo un pote espeso como sistema nervioso. Ya me cuesta bastante tenerme en pie, mirar hacia delante y entender lo que está cantando mi protégé.

Break and bind yourself to me, deliver what you sold. You see that I will only take from you,

And use you up.

I’ll use you up.

What was your name?

 

 

-Ya decía yo que me parecía haber visto a un lindo gatito rondando la Madriguera.

Louis despega la cara de su mesa por segunda vez en lo que va de noche para contemplar, con una mueca, a su protégé dejarse caer casi encima de él en el sofá. Ray estira las piernas sobre las del escritor y se despereza como un gran felino al sol, controlando con un ojo entreabierto las reacciones del otro. Louis le dedica una mirada algo vidriosa unos segundos y luego vuelve a golpearse la cabeza contra la mesa, lo que hace sacudirse la botella vacía de vodka blanco.

-Genial –dice, arrastrando las sílabas hasta convertirlas en un sonido sin sentido apenas discernible del ruido ambiente-. ¿También vas a… acosarme aquí?

-Este es mi territorio desde hace años; has sido tú quien ha metido la patita dentro para oírme cantar –sin dejar de hablar (y sin hacer caso a Louis, que con voz vacilante trata de explicarle que ni de broma estaba allí para verlo a él), Ray alarga el brazo para alcanzar la botella-. ¿Qué celebramos?

-Si no desapareces en diez segundos… tu funeral.

Mientras dice esto, Louis trata de empujarlo de su regazo, pero sus reflejos lo traicionan y termina golpeándose el codo contra la mesa. El prostituto sonríe ampliamente al verlo maldecir de forma entrecortada. Su noche, que presumía ser otra víspera de Navidad escaqueándose de la fiesta del Chat y teniendo quizá sexo con su vieja amiga Ellie, ha mejorado sustancialmente de un plumazo.

-Vaya, vaya. Mi gatito se lo ha estado pasando bien. ¿Es tu primera borrachera, o ya te habían dejado catar el vino en el monasterio?

-No estoy borracho –le rebate el rubio, pero el color de sus mejillas y sus movimientos descoordinados dicen lo contrario-. Y cállate.

Ray inclina la botella y apura las últimas gotas. Después cruza los dedos en la nuca y se recuesta sobre el reposabrazos del sillón. Está disfrutando enormemente del gesto enfadado de Louis, que parece no darse cuenta de que tiene la mano apoyada justo en la entrepierna de su protégé.

-Venga, dime qué celebramos y te invito a otra –insiste y mueve las caderas con malevolencia para restregarse contra la mano de Louis. Quiere vengarse por lo de la semana pasada, cuando su protector utilizó unas esposas de Sacha para encadenarlo a la cama y azotarlo con un cinturón. Todavía le duele el culo y tiene el orgullo resentido.

El escritor frunce el ceño y se apoya con un poco más de fuerza sin darse mucha cuenta de lo que está haciendo.

-Deja de molestarme –le ordena con algo de esfuerzo-. No estoy de humor.

Todavía está gruñendo algo entre dientes cuando Ray se incorpora y le rodea el cuello con un brazo. No obstante, en lugar de sobresaltarse y enrojecer hasta la raíz del cabello, Louis entrecierra los ojos, cruzado de brazos. Él chasquea la lengua. Qué pena que su gatito esté perdiendo ese aura de colegiala virgencita.

-Oye, Louis –ronronea en su oreja-. ¿Qué te parece si salimos por la puerta de atrás y te soluciono todos tus…?

-¿Louis?

Las cabezas de ambos se levantan al mismo tiempo, como activadas por algún misterioso mecanismo biológico, para encontrarse con un tipo alto y de aspecto marcial que se acaba de detener frente a ellos. Ray se inclina hacia delante, interesado, para observar con detenimiento su aspecto. El desconocido viste una americana debajo del abrigo salpicado de nieve, pero sus formas están bien lejos de las de los clientes del Chat. Piel canela, rasgos sureños, una melena de espesos rizos negros y ojos a juego, bordeados de gruesas pestañas.

Aunque no es exactamente una belleza, sí que resulta lo bastante llamativo como para que algunas mujeres de la barra le regalen miraditas de cordero degollado.

Pero el hombre en cuestión no está pendiente de las chicas que susurran a sus espaldas. Se encuentra mucho más ocupado mirándolos a ellos como si acabara de volver a ver a Ozzy Osbourne mordiéndole la cabeza a aquel murciélago.

-¿Louis? –insiste, con una mezcla de preocupación e incredulidad en la voz-. Dios, Louis, ¿eres tú?

El aludido (que todavía tiene las piernas de Ray cruzando su regazo) lo mira sin parpadear. Luego empieza a inclinar la cabeza, como si fuera a volver a golpearse contra la mesa de nuevo, aunque al final sólo se queda mirando fijamente su vaso.

-¿Por qué siento ganas de vomitar de repente? –farfulla, y sin dirigirle una sola palabra al misterioso desconocido, aparta a Ray de un empellón (¡qué maleducado!) y se tambalea hacia la puerta principal.

El extraño, sin embargo, lo intercepta a mitad del camino, agarrándolo por los hombros.

-¡Louis! Louis, yo…

-¡B-basta! –balbucea él, y para delicia de Ray (que sigue espatarrado en el sofá en la misma posición en que lo ha dejado Louis), se cuelga de los brazos del tipo y lo imita, con una risilla incontenible:-. Louis, Louis, Louis… Me vas a gastar el nombre… Mira, Ray, me va a gastar el nombre… ¿cómo me vas a llamar ahora, eh?

-Gatito –replica él al momento, acodado en la mesa mientras se regocija con la expresión de profundo desconcierto del recién llegado.

La risa tonta de Louis se corta abruptamente al oír aquello.

-Ahora quiero vomitar otra vez.

-¿Prefieres que te llame princesa, como al ruso?

-… Gatito me produce menos náuseas.

-Perfecto –sonríe él.

El nuevo se remueve, incómodo, y tras examinar con preocupación el peso muerto en sus brazos, fulmina con esos ojos negros  a Ray, quien está disfrutando del momento como nunca.

-¿Quién eres tú y qué le has hecho? –suelta, con agresividad, pero el prostituto sólo se estira perezosamente y le devuelve la mirada, los párpados caídos.

-Se lo ha hecho él solito –obviando la primera pregunta, señala a Louis, todavía derrengado en los brazos del desconocido-. Mi gatito tiene tendencia a ponerse en situaciones muy graciosas por su cuenta. ¿Eres un exnovio celoso? –añade, curioso, y el recién llegado tuerce el gesto con acritud.

-Creo recordar que he preguntado yo primero.

Ray puede sentir su hostilidad como algo casi físico y denso que revolotea a su alrededor. Sonríe lentamente, mostrando al nuevo sus colmillos.

-Soy su chulo.

-Cállate, Raymond. No eres gracioso –gruñe Louis, pero nadie le hace caso. Las dos personas que lo acompañan están absortas examinándose con sumo detenimiento, como gallos de pelea.

Mientras ellos se miden sin palabras, el intento de escritor vuelve a sentir un arrebato de pena que en su estado se traduce como otra náusea, de modo que se aparta un poco del tipo que lo agarra para tomar aire. Al hacerlo, no obstante, se encuentra con la cara enfadada de éste, y algo parece ir terriblemente mal de repente.

Louis frunce el ceño, arruga la nariz. Y entonces la sangre vuelve a regar su cerebro y se da cuenta.

-¡Tú! -grita, desasiéndose de él, y se aparta hasta chocar contra la mesa-. ¿De dónde…? ¿Cómo… cómo te atreves a tocarme?

Para sorpresa de Ray, que acaba de atrapar al vuelo la botella en el momento justo de evitar que se estampara contra el suelo, el desconocido muda su expresión de digno enfado por algo parecido a un híbrido de angustia y vergüenza.

-Louis –comienza, otra vez repitiendo su nombre con voz vacilante-. No es lo que tú piensas… me he reunido aquí con alguien por trabajo…

Una sonrisa suficiente se esboza en la cara del prostituto al oír aquello.

-Si me pagaran por cada vez que me han dicho eso… Bueno, no sería mucho más rico de lo que soy ahora, pero estaría definitivamente podrido de pasta.

-¿Quién se reúne para trabajar en un sitio así? –gruñe Louis en tono afirmativo, lo que provoca que la cara de su interlocutor palidezca un poco, aunque al terminar de preguntar, se gira la cabeza con esfuerzo y le ladra a su protégé-. Y tú cierra el pico.

Ray mira al desconocido y se encoge de hombros mientras su sonrisa se transforma en una mueca malévola.

Viéndose en clara desventaja, el recién llegado retrocede un poco. Durante un instante Ray piensa que va a huir de un momento a otro y no puede evitar sentirse algo decepcionado (¡justo ahora que se iba a poner divertido!), pero entonces el tipo respira, cuadra los hombros y le dedica un gesto amenazador.

-Esto no va contigo –le advierte, en voz baja y peligrosa.

Louis ladra una carcajada tan exagerada y fuerte que gente de todos los rincones vuelve la cabeza en su dirección.

-¿Quién eres tú para decidir si él pinta o no en esto? –salta, arrastrando las palabras con un deje de agresividad que no pasa desapercibido a nadie. Ray se da cuenta, divertido, de que, si bien hace menos de un minuto lo estaba mandando a callar, ahora se contradice para poner contra las cuerdas al nuevo, incluso aunque para ello tenga que defenderlo precisamente a él. Mientras el prostituto se regocija, el nuevo hace ademán de hablar, pero su protector lo interrumpe ferozmente:- ¡Fuera de aquí, Édouard! ¡N-no me fui a vivir durante cinco años a la otra punta de París con esa bruja timadora para encontrarme ahora contigo!

Antes de que el nombre pueda calar en la mente de Ray, el desconocido-ya-no-tan-desconocido parece reunir el valor suficiente para agarrar a Louis del brazo y apartarlo del rincón. El rubio se deja hacer, sin tener mucho tiempo ni fuerzas para darse cuenta de lo que está ocurriendo, pero al ser un peso muerto no puede ser arrastrado demasiado lejos. La conversación llega hasta Ray nítida y clara a pesar de todo:

-Dejaste la universidad y desapareciste sin dejar rastro, ni siquiera pude…

Louis deja escapar otra risa histérica, aunque tras el velo de alcohol que le nubla la mirada hay algo oscuro y gélido flotando en el azul de sus iris.

-Eres todo un pieza, Édouard, viniendo ahora con reproches –balbucea, y se desase de él de un tirón. El otro compone una mueca de frustración y angustia, pero no se mueve del sitio. Ray se inclina sobre la mesa. De pronto acaba de recordar de qué le suena ése nombre. Sonríe, despacio, sin apartar los ojos de la escena-. M-me partiste el corazón de la forma más humillante y yo… creo que estaba en mi derecho de no querer verte la cara nunca más.

-Lo que ocurrió aquella noche… ¡No pude hacer otra cosa! ¡Tenía las manos atadas!

-Precisamente tú no eras quien tenía las manos atadas.

Tras esas ásperas palabras, Ray ve cómo el escritor gira sobre sus talones de forma  muy poco elegante (en el proceso está a punto de caerse encima de una camarera) y se aleja tambaleándose en dirección al fondo del local. Él abandona el sofá para caminar hasta donde su protector ha dejado al tal Édouard, que parece a punto de echar a correr detrás del rubio.

-Yo que tú no lo haría –le dice en tono confidente, un Marlboro apagado colgando de una de sus comisuras-. Es rencoroso y vengativo.

Édouard se vuelve para encontrarse con la sonrisa suficiente del prostituto. Ray estudia su expresión cristalina, una amalgama de sentimientos, mientras se pregunta qué será eso tan terrible que ha pasado entre ellos dos. Le gustaría saberlo.

Tiene pinta de ser tremendamente jugoso.

-Tú no lo conoces –el tipo frunce el ceño, pero el aspecto derrotado que ha adoptado de forma inconsciente desde que Louis le diera la espalda no juega mucho en su favor. Viéndolo así, con el aire de un cachorrillo abandonado bajo la lluvia, Ray no puede evitar pensar en el mal gusto en hombres que tenía el Louis adolescente.

-Cierto, no lo conozco. No a la persona, al menos –replica, las manos en los bolsillos y esa mueca tan narcisista en la cara-. Su culo, en cambio, me lo conozco perfectamente.

Édouard, que había dado la vuelta para seguir la estela de Louis, se detuvo.

Y si bien hace un instante el prostituto estaba pensando en lo pusilánime y patético que era éste, quizá tenga que replantearse esa imagen ahora que el puño del argelino acaba de encontrarse con su cara.

Estoy hecho una mierda.

El callejón es frío y húmedo, pero no ayuda a atemperar mis nervios ni a mejorar el pote de mi cerebro. Frustrado, intento dar una patada a la nieve que se acumula contra el muro y en todas partes; desafortunadamente, la coordinación de mi sistema nervioso con las extremidades es escasa y termino de culo sobre el hielo. Ni siquiera intento levantarme, sé que sería un espectáculo muy triste también, de modo que me quedo donde estoy, congelándome el trasero, y aunque intento no pensar en nada, es imposible.

Siento que me ahogo.

¿Por qué ahora? ¿Por qué aparece justo ahora que mi vida empezaba a enderezarse? ¿Y por qué no se limita a desaparecer de mi vista y a dejarme en paz?

Si no podía recuperarme de aquella noche con su recuerdo acosándome, ¿qué voy a hacer con el Édouard de carne y hueso?

Con un gruñido, me golpeo la cabeza contra el muro medio helado y lleno de pintadas y mugre. Quiero volver al Chat y dormir hasta la primavera, pero ahora mismo no sé ni dónde estoy. La cabeza me da vueltas y el suelo parece tan estable como una cama de agua.

-Mierda –digo en voz alta, y un gato que estaba hurgando en un contenedor delante de mí levanta las orejas, vuelve la cabeza hacia donde estoy y sus ojos relumbran en la penumbra. Yo le hago una mueca-. No me mires así. Porque no creo que tú sepas por dónde queda tu primo azul, ¿verdad?

El gato, que con toda seguridad no tiene ni idea de dónde está el Chat, salta al suelo y vuelve a dedicarme una mirada indiferente antes de echar a andar con un movimiento ondulante del rabo, aunque no llega muy lejos.

La puerta trasera metálica del pub se abre con un estampido, y el animal da un bote y suelta un bufido, su orgulloso rabo convertido en una especie de plumero erizado, antes de refugiarse de un salto bajo el contenedor del que acababa de salir.

Y cuando veo a los dos que emergen de las sombras, me dan ganas a mí también de meterme debajo del contenedor. O dentro, directamente.

Mi protégé y Édouard están a punto de caerse rodando por los tres escalones que separan la puerta del suelo al intentar salir al mismo tiempo por el umbral. Ray tiene el labio partido, pero no parece muy preocupado al respecto. Al argelino se le ha alborotado el pelo y ha perdido su bufanda, que un tipo enorme y con cara de estreñimiento crónico se encarga de devolver arrojándosela a la cara.

-Ni se te ocurra volver a poner un pie aquí –le ladra el gorila, y Édouard se encoge un poco, aunque enseguida el de seguridad se olvida de él y apunta con un dedo regordete y amenazador a Ray-. Y tú, nada de peleas, ya lo sabes. La próxima vez te partiré la cabeza con tu guitarra, me da igual lo que diga el jefe.

Y dicho esto, la puerta vuelve a cerrarse con un estruendo metálico y mi protégé da la espalda a Édouard para componer un gesto de fingida sorpresa al verme sentado en la nieve.

-Eh, así que aquí se había metido mi gatito –arrulla, sonriente. Su labio partido ha empezado a chorrear un hilillo de sangre, que él señala-. Tu churri me ha pegado. Exijo una satisfacción.

Oigo a Édouard quejarse sonoramente tras terminar de recuperarse del susto de haber sido zarandeado por el gorila, pero no le hago mucho caso. Mi cerebro está intentando procesar la imagen del argelino golpeando a alguien. Es inverosímil.

-¡Se lo merecía totalmente! –está exclamando él cuando vuelvo en mí, al tiempo que señala a Ray como si éste fuera un chucho pulgoso-. ¡Estaba hablando mal de ti!

Parpadeo, y miro a mi protégé, que se lame la sangre del labio mientras, sin disimulo alguno, se arregla el paquete delante de un escandalizado Édouard.

Sí, seguramente se lo merezca. Sin embargo…

-¿Hablando mal? ¿No crees que sacas los puños un poco… tarde para eso? –digo, y me sorprende encontrar en mi voz un porcentaje mínimo de la rabia que burbujea dentro de mi cabeza-. Tarde… siempre tarde, Édouard…

-Puedo perdonar a tu churri si se me satisface como es debido –insiste Ray desde atrás, acariciándose el mentón, y mi antiguo compañero de cuarto lo fulmina con la mirada antes de acercarse y extender el brazo hacia mí.

-Louis, necesito hablar… disculparme, pero no puedo hacerlo con propiedad en tu estado –empieza, con voz suave y suplicante-. Por favor, déjame llevarte a casa y…

No. ¿Qué estás diciendo? ¿Es que crees que soy idiota? ¿Qué he borrado esa noche de mi registro?

Cierro los ojos, todo me da vueltas, y otra vez esa sensación asfixiante me cierra la garganta.

-¿Tienes siquiera la menor idea de dónde vivo? –corto. Édouard se queda congelado en el sitio, la mano todavía abierta cerca de mí. Al final se ve obligado a sacudir lentamente la cabeza, en silencio.

-Conmigo. En mi cama. Hasta que hice guirnaldas con sus gayumbos, ahora duerme en la bañera. La verdad es que no fue un movimiento acertado –añade mi protégé, sus blancos dientes destellando, lo que consigue arrancar una expresión de horror genuino a la cara del otro.

-No me puedo creer que estés con este… tipo –Édouard niega con la cabeza y vuelve a tenderme la mano-. Ven conmigo, por favor. Podemos hablar con tranquilidad en mi apartamento… Necesito que lo entiendas, Louis –suplica, pero yo lo aparto en un torpe manotazo, momento que aprovecha Raymond para acercarse felinamente por detrás de mi ex compañero.

-Yo tampoco puedo creerme que estuvieras con este subproducto de Tarta de Fresa. ¿Fue él quien te hizo monja, o venías así de serie?

Deja de meter cizaña, Raymond, nadie tiene la culpa de que no te dieran amor de pequeño.

-Oh, cállate –gimo yo, porque un dolor agudo que ha comenzado a gestarse en mis sienes me impide pensar nada más coherente-. ¿Es que ni partiéndote la boca cierras el pico?

-¿Por qué no vienes y me lo cierras tú?

Respiro hondo. El corazón me palpita dolorosamente fuerte en el pecho. Tengo el culo tan congelado que hace rato que dejé de sentirlo. Estoy lo bastante borracho como para sentirme más seguro con el culo helado en la nieve que de pie. Es patético. Sólo quiero irme a casa, de verdad.

Irme a casa y quitarme de encima la mirada de pena de Édouard.

Así que en un rápido movimiento, agarro a mi protégé del cinturón y lo atraigo hacia mí.

-No estoy con él –le aclaro a Édouard, señalando al otro-. Sólo soy su estúpida niñera en el trabajo.

-Me pagan cantidades ridículas de dinero por follar –asiente Ray, muy serio de pronto.

Antes de que a ninguno le dé por decir nada más, mi dedo acusador pasa a dirigirse al argelino y continúo.

-Y él no es mi churri. Y espero que se vaya ahora mismo.

Es oír esto y Édouard empieza a entrar en pánico.

-Louis, espera, te prometo que… ¿qué demonios haces?

La hebilla del cinturón de Raymond tintinea bajo mis dedos. Es un sonido intoxicante.

-Estoy compensando a mi compañero de trabajo por lo que le has hecho, o me lo estará recordando hasta el día del Juicio Final… -el argelino abre y cierra la boca sin llegar a emitir ningún sonido audible mientras yo meto la mano dentro del pantalón de Ray (a quien no parece sorprenderle en absoluto la situación) y libero su polla, totalmente tiesa. La bola de su perforación brilla ante mí, insolente-. ¿O es que echas de menos esto? –pregunto, descapullando a mi protégé, aunque sin mirar en ningún momento a Édouard-. Se siente… Es a lo que renunciaste cuando tuviste que elegir entre el armario o yo y te decantaste por el primero.

Y, dictada la sentencia, me meto la verga de Raymond en la boca.

Sin duda ha sido una noche excelente.

Esto es, básicamente, lo que piensa Ray cuando llega a su cuarto en el Chat y tira a Louis contra su cama. Todavía siente un agradable y placentero resentimiento cerca del área de su piercing, así que sabe que ha merecido la pena que le hayan pegado un puñetazo en la cara y lo hayan echado a patadas de la Madriguera.

-Eres bueno, gatito –afirma en tono grave y solemne mientras se arranca la sudadera y la arroja a algún rincón de la habitación-. Deberías buscarte un futuro mejor en el club. Tengo clientes a los que les volvería majaras tener la cabeza de un rubito mono como tú entre las piernas.

Louis, desmadejado bocabajo en la cama y con la cara aplastada contra las sábanas, deja escapar un sonido de derrota.

-Me siento sucio.

-Bueno, eso es en parte porque todavía tienes parte de mi corrida en la cara.

-Genial. Creo que… que el día de hoy ha sido en sí el mejor regalo de Navidad de todos los tiempos, pero… tu lefa debe ser la guinda del pastel.

Ray sonríe, todavía saboreando su victoria, y le da una palmadita en la cabeza.

-Encantado de que te guste, gatito –ronronea-. Sólo una cosa más: ¿qué hizo Tarta de Fresa?

Louis permanece inmóvil largo rato, tanto que él comienza a pensar que ha entrado en alguna especie de trance cósmico.

-Me traicionó –susurra al final, sin despegar la cara del colchón, y entonces el vodka lo arrastra a un largo sueño, preludio de la bonita resaca de la que hará gala al día siguiente.

El prostituto lo deja donde está y se aleja en dirección a la ventana sin hacer el menor ruido. Su cabeza está trabajando a toda máquina, la imaginación sobreestimulada por todo lo que acaba de presenciar.

-Un traidor, ¿eh? –dice con voz queda, justo cuando pega la mejilla al cristal y cree distinguir una figura en particular al otro lado de la calle. Una figura de apariencia exótica y espesa melena de rizos negros que cruza una mirada desafiante con él antes de desaparecer en la noche parisina. Ray se relame despacio-. Esto va a ser interesante.

 

 

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