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De lujo (Chapitre 8: Un gatito marcado con la V de venganza)

8

He estado a punto de cometer un gran error.

Yo no soy así, ¿sabes? Es éste lugar. Ésta presión. Es el pasado, que después de tantos años enterrado en alguna parte de mi subconsciente, vuelve ahora para alimentarse de mi debilidad.

He estado a punto de cometer un gran error.

No sé qué se me pudo pasar por la cabeza en ese momento. Nada, en realidad. Me estaba moviendo sobre arenas movedizas, mi cerebro se había convertido en un puré de barro y lo único que necesitaba era algo sólido a lo que agarrarme…

Eh…

Quizás ésa no es la expresión más adecuada…

-Louis, querido, no deberías torturarte tanto. El Chat es un prostíbulo y Sacha un puto de lujo, a fin de cuentas, el sexo es algo común. Según mi experiencia, además, es un detalle encantador que quisiera tenerlo contigo de forma libre y voluntaria. Ratifica mi teoría, por otro lado.

-Yo no soy así…

Maya suspira y me golpea con sus prismáticos en la cabeza, y el mundo a mi alrededor se vuelve aterradoramente real. Los sonidos del nivel cero de la Jaula, conversaciones comedidas y música hipnótica, me rodean y se amplifican en mi cráneo hueco. Una mujer canta en un rincón de la sala, pero estoy demasiado ocupado en mis problemas para centrarme en su voz tenue. La luz rojiza es ahora mínima en la sala de las sillas, suficiente como para preservar la intimidad de los nuevos. Me remuevo en el sitio, tirado en el suelo junto al asiento de Maya, pero es imposible distinguir las caras. Tampoco es que importe. Después de haberles dado calabazas a todos, ninguno de los presentes me hace caso ya, a excepción de la mujer de los prismáticos de teatro.

¿Queréis la verdad?

No tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí.

Después volver en mí y encontrarme a cuatro patas en la alfombra, encima de mi anfitrión, sólo podía pensar en poner pies en polvorosa y buscar algún lugar tranquilo en el que retorcerme en la autocompasión. Yo no quería eso. Quería deshacerme de la sensación pegajosa y asfixiante que impregna cada rincón de la habitación que comparto con Raymond. Desprenderme del recuerdo de Édouard, que, desde que estoy aquí, no deja de ocupar de forma inexplicable mis sueños.

Pero no necesito complicar más las cosas con sexo, ya me ha provocado bastantes quebraderos de cabeza.

Maya vuelve a inspirar. Es una mujer de mediana edad, pequeña y desvergonzada, aunque utiliza un nombre en clave para moverse con total desenvoltura por el nivel cero de la Jaula, en el que pasa gran parte de su tiempo libre. Según sus propias palabras, este piso es el “nido de pequeñas fortunas que no tienen acceso al mejor material del Chat”. Ella, como copropietaria de una farmacéutica francesa de segunda categoría, no puede permitirse siquiera disfrutar de los servicios del trabajador más asequible de la tabla; ya ni hablar de niveles como el de Ray.

-Desde que mi André decidió cambiarse el nombre por Edwina y se unió a aquel espectáculo de variedades en las Vegas, vengo aquí a pasar el tiempo -había comentado justo después de que yo entrara en el salón dando tumbos y enredándome en las cortinas. Ella me había arrastrado hasta su silla para invitarme a compartir su bebida, de una gradación absurdamente alta, pero que yo apuré de un trago. Como casi todo lo que hago en la vida, fue mala idea. Todavía me arde el esófago-. No te engañes, no necesito tener sexo con ninguna de esas personas –todavía algo aturdido por la sucesión de los acontecimientos, seguí con la mirada sus prismáticos dorados, que señalaron el televisor con el listado de precios-. Si quisiera algo así, lo buscaría por mis propios medios, no pagaría por ello. Aunque parezca mentira, hay bastantes clientes como yo, que buscan tranquilidad, buena música y, si se presenta, compañía decente.

Me quedé rumiando en silencio la información. El sólo pensar en la existencia de algo así como clases sociales dentro de los propios clientes del club hacía (y hace) que me doliera la cabeza.

-¿Compañía? -pregunté, con tal de librarme de ése pensamiento.

Maya sonrió y volvió a señalar la tabla.

-¿Crees que para todas esas personas es divertido tener que obedecer los deseos de una media docena de momias excéntricas cada noche? Puede que haya quien disfrute con ello –me estremecí, pensando directamente en Ray-, pero puedo asegurarte que no es la tónica general. Incluso ellos necesitan relaciones reales. Conversaciones alejadas de la banal superficialidad del sexo. Y si bien este salón está plagado de babosos deseosos de que llegue carne nueva que baje los precios, los chicos del Chat suelen imitarnos y pasan sus ratos de ocio por aquí. Es un trato justo, si quieres mi opinión. Pero ahora háblame de ti, querido. Eres el nuevo gatito de Raymond, ¿verdad?

¿Qué estoy haciendo?

Dejo caer la cabeza, apoyando la frente en las rodillas. Oigo beber en silencio a Maya, una completa desconocida a la que acabo de bombardear con mis interminables problemas. Lo peor es que no es la única. Algo parecido ha ocurrido con Chiara, hace unas horas, e incluso el mismo Sacha ha tenido que sufrir el espectáculo lamentable de mi angustia.

Es ridículo.

Miro de reojo a mi acompañante. Con los ojos cerrados, escucha la música mientras recorre el arabesco dorado de sus prismáticos con un índice largo y blanco. Es probable que diga la verdad y no le interese lo más mínimo el listado de precios. Parece disfrutar simplemente con el ambiente de la sala y los cotilleos. Pues espero que mis penas sirvan al menos para tenerla entretenida. Quizá luego se eche unas risas a mi costa con su grupito de amigas en algún selecto café parisino. Me parece bien. Supongo que me lo merezco.

Aunque ello no quita que sea un poco zorra.

Aprovechando que ella está distraída con la música, me incorporo despacio. Hora de hacer mutis por el foro antes de que alguien en la sala decida olvidar mi plantón de antes y trate otra vez de llevarme a la cama.

Como un dardo paralizante, la voz melosa de Maya congela mi huida.

-¿Sabes, Louis? -los prismáticos de teatro ante su pequeño rostro parecen dos pozos oscuros que escrutan mi cara-. Te pareces un poco a un chico que también tuvo a Ray a su cargo hace tiempo. Puede que fuera algo más jovencito, un chico muy mono. Sí, lo cierto es que os parecéis bastante. Él también era un poco llorica.

Más bien bastante zorra.

Sí, soy un llorica –claudico de mala gana. Sólo quiero salir de aquí. Me duele la cabeza-. Siento no estar a la altura de sus expectativas, madame.

Maya sonríe lentamente y alarga una mano para rozarme. Sus uñas son medias lunas perfectas.

-Sé que quieres marcharte a lamerte las heridas. No te culpo. Sólo permíteme que te diga una última cosa, cher: nunca he visto un novato que dure más de seis meses. Ava los selecciona muy cuidadosamente, pero al parecer todavía no ha encontrado la combinación perfecta, porque Raymond los devora, pela los huesos y los guarda como trofeos. Para nosotros, aquí en el salón de la Jaula, algunos son más divertidos que otros. Los mejores son los peleones, desde luego, aunque a algunos también nos gustan los lloricas. Son entretenidos en extremo –es difícil saberlo en la oscuridad, pero su sonrisa parece haberse ensanchado hasta límites crueles-. En cualquier caso, si hay una cosa cierta, novato, es que los derrotistas nunca han durado mucho en el Chat. Ni con Ray, ni con nosotros.

La mano vuelve al regazo, los prismáticos dejan de escrutarme. Anita, aquella irritante asiática, está sentada en el regazo de un hombre joven que me recuerda vagamente a alguien (¿se trata de un famoso actor, quizá?). Es una escena mucho más interesante que yo.

Hora de escaquearse.

Justo antes de deslizarme entre unas cortinas, aún llego a escuchar la voz de Maya escurriéndose dentro de mi cráneo.

-No seas un derrotista, Louis. Los derrotistas son los que más rápido se consumen y no ofrecen espectáculo alguno.

No quiero escuchar más a esa mujer, su voz me acelera el corazón por algún motivo y sus palabras esconden una amenaza velada que me pone los pelos de punta. Sacudo la cabeza mientras me refugio en las sombras, donde puedo estudiar la pausada actividad del salón, la voz estridente de Anita retumbando por encima de la música, pero no sobre el runrún de mi cabeza.

Mentiría si dijera que no me siento un poco deprimido. Desamparado, más bien. Me pregunto si por culpa de mi inutilidad habré perdido a mi único amigo aquí en el Chat. Al pensarlo, un ramalazo de pánico me cierra el estómago. Agraviado Sacha, también puedo olvidarme de Chiara, su mejor amiga y aparentemente la única criatura racional en este hotel de locos. Sólo he podido hablar con ella unos minutos antes de que saliera disparada, pero me ha bastado para formarme una idea bastante clara de ella. Estudiante italiana de Bellas Artes, al igual que nos ocurrió a mi hermano y a mí, se dejó encandilar por los encantos de París; y tal y como le pasó a un servidor, acudió al Chat acuciada por los gastos de la universidad y sin tener ni la menor idea de lo que se cuece tras los imponentes muros del club. Según sus propias palabras, “el Chat te ataca por detrás, te muerde el culo y te devora, pero con el tiempo te las apañas y terminas acostumbrándote a vivir en su barriga.”

Al menos ella tuvo la inmensa fortuna de no acabar como yo.

Suspiro. Ojalá no tuviera que preocuparme por estas cosas. Ojalá no…

Algo vibrando en mi bolsillo rompe oportunamente la retahíla de odiosa autocompasión. Al principio echo mano de mi móvil, con la esperanza de que Paul haya decidido colgar el delantal un segundo para hacerme caso, aunque enseguida me doy cuenta de que no puede ser. Mi móvil está sumido en las profundidades de mi abrigo cochambroso, allá en la habitación de Ray.

Oh, cierto.

Chiara dejó olvidado algo encima de la mesita del cuarto de Sacha. Yo me eché esa especie de móvil al bolsillo casi instintivamente con la esperanza de devolvérselo antes de que dejara el club, pero al abrir la puerta me encontré con Sacha y sus acosadoras y lo olvidé por completo. Ni siquiera sé realmente para lo que sirve. Ahora, amparado en la penumbra del salón, voy a examinarlo con detenimiento cuando el híbrido entre móvil y busca vuelve a vibrar en mis manos. La pantallita se ilumina, revelando varios números primero y después dos nombres, el de Anita y -oh, sorpresa-, el de un notable miembro del partido conservador X de Francia.

Al mismo tiempo que yo recibo la notificación, ella despega los dedos de la nuca de su joven amigo y se levanta con un movimiento fluido. No sé cuál habrá sido la señal, pero todos vemos cómo desaparece entre las cortinas contoneándose. Nadie parece sorprenderse excepto yo, por supuesto, pero eso no es lo que me preocupa ahora.

El aparato, con una interfaz más bien simple, es entre otras cosas una réplica a pequeña escala del muestrario de precios del salón. Consigo acceder a él tras trastear un rato con los botones, oculto en el umbral que separa la Jaula del Chat. Contengo el aliento. Nunca me había fijado en que la tabla parece un animal vivo en el último tercio. Las cifras cambian en cuestión de segundos, nombres suben y bajan en una especie de lucha encarnizada por el ascenso. Da un poco de miedo, aunque más miedo da ver el aumento exponencial de los precios en la segunda tabla, y la forma en que se triplican en los tres primeros nombres hace que me duela el corazón por mi padre y su barquito.

La última vez que comprobé el estado de mi cuenta corriente estuve a punto de abandonarme a los ansiolíticos y al vino de tetrabrick, así que los números me provocan un mareo indescriptible. Me dispongo a apagar la especie de PDA para devolvérsela a Chiara, pero golpeo sin querer la pantalla táctil y algo ocurre. Un menú se abre. Un menú que me da la opción de cambiarlo… todo.

Y entonces caigo en la cuenta.

Es un controlador.

Chiara debe utilizarlo para mantenerse comunicada con Ava y tenerla informada de todos los movimientos de sus subordinados. Desde el aparato puede accederse a todo tipo de información acerca de los trabajadores del Chat, y, por supuesto, modificarla.

Trago saliva, mientras paso el dedo por el primer nombre de la lista (¿adivináis el de quién, no?). La monstruosa cifra parpadea un instante y un teclado numérico aparece en pantalla.

Mi memoria me trae de nuevo a la mente las miradas hambrientas de los clientes frustrados del salón; en la PDA, la sonrisa felina de Raymond me desafía desde un rincón de la pantalla.

Los derrotistas son los que más rápido se consumen.

Por encima de la música, de las conversaciones, la sangre bombeando en mis tímpanos. La idea vuela en círculos sobre mi cabeza. Es deliciosa. Por supuesto, lo más probable es que acabe con el culo en la calle y Alice me parta la cara por incompetente, pero…

En realidad os estoy haciendo un favor a todos. A vosotros, esnobs arrogantes, al Chat y a la humanidad. Ya veréis como no es lo mismo cuando alguien le baje esos humos y lo devuelva al reino de los mortales.

Echo un vistazo al último nombre de la tabla. La suya es una cifra modesta, como es de esperar, y mi dedo se pasea sobre el teclado. El chorro de números de mi protégé se reduce a cuatro. Le doy a aceptar.

Aunque la información tarda en actualizarse en la pantalla del salón, en mi mente ya está hecho. Un remolino de emoción incontenible me sacude las tripas, y sí, es realmente delicioso.

Antes de que el nombre de mi protégé caiga por debajo de todos los demás y el caos se desate en el salón, yo ya me he escurrido dentro del ascensor del club para desaparecer de la escena del crimen.

¿Quién es el derrotista ahora, madame?

Ray está derrumbado en el sofá de su cuarto en la Jaula cuando su siguiente cliente hace acto de presencia. No se ha molestado ni en vestirse después de la última (mujer del director de una empresa textil ucraniana o algo así; tampoco es que les haga mucho caso cuando alardean de sus vidas de escaparate ni los entienda cuando chapurrean sus tonterías en un francés o inglés deplorables), ni se molestará en hacerlo cuando termine con el nuevo. No son ni las tres, todavía le aguarda una larga noche, y no le apetece que vuelvan a arrancarle la camiseta del cuerpo. Sería la cuarta que le hacen jirones este mes.

En cualquier caso, no se mueve a pesar de haber oído perfectamente la puerta cerrarse y unos pasos inseguros. Esas pisadas delatan a su cliente. Ray sonríe, los ojos todavía cerrados, y sigue punteando el bajo en un riff interminable.

-Sir Maidlow –saluda, burlón. Sus dedos acarician el mástil de caoba al bajar a los últimos trastes un instante, y el sonido se desparrama hasta llegar a los pies de Gareth Maidlow, quieto a escasos pasos de él. Ray siente su presencia silenciosa cerca, y lo escucha perfectamente removerse al son de su voz.

-Creo que ya mencioné que preferiría que no me llamases así.

Ray entreabre un ojo, sin dejar de tocar. Gareth viste muy elegantemente, como siempre, y se toquetea el pañuelo que le rodea el cuello con gesto nervioso mientras sujeta una botella sin etiquetar con la mano libre. Al verla, Ray se olvida del bajo, que deja abandonado en la cama, y se incorpora con una agilidad felina para arrebatársela. Gareth lo esquiva, acunándola.

-¿Qué trae su Excelencia? –lo hostiga él, mostrándole dos blancas hileras de dientes.

Su cliente le dedica una mirada casi avergonzada, sin soltar la botella, y Ray lo estudia a la luz de la única lámpara encendida del cuarto con los codos apoyados en las rodillas y con tanta intensidad que lo obliga a apartar la vista. Maidlow goza de buena presencia, ésa tan habitual en los hombres jóvenes de su estatus social y a la que el prostituto está tan acostumbrado: facciones aristocráticas, pelo corto y oscuro perfectamente cortado, educación exquisita. Típico. Le aburriría, de no ser por los detalles del carácter del galés que había ido descubriendo con el paso del tiempo. Debajo de la superficie de muñequito Ken, había cosas muy jugosas.

Alarga la mano en un movimiento tan veloz que ésta vez Gareth no tiene tiempo de apartarse. La botella acaba en sus garras.

-Es sólo una tontería, Raymond –farfulla con rapidez su cliente, despojado de su presente, y le da la espalda para quitarse la chaqueta. Ray despega la vista de la botella (vino, presumiblemente, nada del otro mundo) para contemplar la tensión en los hombros anchos de Maidlow. Gareth suele comportarse con timidez cuando está cerca de él, también tiene por costumbre traerle regalos, pero hay algo raro en la rigidez de su cuerpo.

-Es vino español. De… la bodega de un amigo de mi padre. Ésa botella forma parte de una reserva especial que guarda para nosotros…

Gareth toquetea la chaqueta sin volverse y sigue desbarrando acerca de bodegas y del ducado de su padre, y de cosas que a Ray no le interesan lo más mínimo. Éste deja la botella a un lado, en el suelo, y se le acerca silencioso por la espalda, encogido como un depredador que acecha a su presa.

Maidlow le gusta. Visita el Chat una vez al mes sólo para verlo a él, pero no con el mismo objetivo que el resto de sus clientes. Gareth lo arrastra a sitios caros, le hace regalos caros, y, en definitiva, lo trata como si fuera algún tipo de escort y no un puto de lujo. La delgada línea que separa una cosa de la otra es apenas apreciable, pero para Ray es clara como un cartel luminoso, y al principio, cuando Maidlow se limitaba a esquivar el sexo e intentaba sonsacarle detalles de su vida privada en restaurantes exclusivos de París, se sintió molesto. Agobiado. Hizo todo lo posible por deshacerse de él y se convirtió en un verdadero  grano en el culo. Más de lo habitual, vaya. No obstante, luego se hizo casi divertido ver cómo Gareth volvía al club todos los meses a pesar de sus cabronadas, y al final terminó acostumbrándose a sus visitas periódicas después de conseguir arrastrarlo hasta su cama.

Sí, con toda probabilidad, es su cliente favorito.

-Lord Maidlow, Excelencia –lo pincha, rodeando al galés por la ancha espalda en un ataque sorpresivo. Gareth se sacude en sus brazos un momento antes de envararse aún más-. ¿A qué se debe tal muestra de generosidad? -sus largos dedos de pianista se aventuran por debajo del cinturón de cuero de su víctima, rodean el bulto bien empaquetado de su entrepierna-. ¿Es para bañarnos en vino? Ava se volverá loca. Es perfecto. Aunque con una botella no basta, lamentablemente.

-No…

Retorciéndose repentinamente, Maidlow consigue librarse de su abrazo y lo sujeta por las muñecas, enfrentado a la sonrisa torcida de Ray y a su piel desnuda. Para delicia del prostituto, el otro se sonroja un poco con la visión. Si iba a decir algo, eso definitivamente lo deja cortado y callado.

-¿No? Entonces lo que quiere su Excelencia es emborracharme y violarme contra el sofá -como para corroborar eso, tira de Gareth aprovechando que éste todavía lo sujeta y ambos caen pesadamente sobre el mueble. El cuerpo recio y grandote del galés hunde a Ray en el sofá-. ¿Me equivoco? -murmura, su nariz a escasos centímetros de la de su cliente.

Maidlow respira con fuerza, y su aliento tembloroso acaricia la cara del hombre que tiene debajo. Huele a alcohol. A lo mejor esa botella tenía otras hermanas que no han sobrevivido todo el camino hasta la Jaula. Eso explicaría lo tenso, perdido y asustado que parece de repente su cliente.

Ray podría aprovechar la situación y pasar del sexo. De hecho, sería lo más conveniente teniendo en cuenta que Ava se está vengando por sus vinos y ha procurado saturar su horario de hoy con los ejecutivos de instrumentos de mayor calibre del país. Al recordarlo le duele el culo, pero es que Maidlow le gusta de verdad. Su timidez natural (a pesar de todo el tiempo que se conocen), esa torpeza infantil con la que le trata cualquier tema erótico con él y, sin embargo, la elegancia de duque con la que esquiva sus tretas, son aspectos que le resultan bien estimulantes.  Incluso le recuerdan un poco a su gatito.

No es un gran problema forzarlo a follar con él. A fin de cuentas, es su jodido trabajo

El galés parece recobrar un poco el sentido mientras él cavila, los iris de un color claro indefinido clavados en su cara, y hace ademán de incorporarse. Él le rodea el cuello con un brazo para evitar que se escabulla de nuevo y su lengua se escapa para dar un toquecito tentador a aquellos labios tan firmemente apretados. La presión en sus muñecas no tarda en acentuarse. Gareth emite un sonido apenas perceptible.

Es un tío grande y fuerte, probablemente acostumbrado a emplear en toda clase de deportes inútiles su ociosa vida, pero apenas opone resistencia cuando Ray le desabrocha la camisa y el chaleco de seda y los deja hechos un ovillo al lado de la botella de vino. Sólo deja escapar un gruñido dócil y se deja guiar por las manos expertas que lo instan a tocar el cuerpo escurridizo debajo del suyo. Ray ronronea en su oreja, satisfecho con lo fácil que es siempre llevarlo hasta tal situación.

-¿A dónde querías llevarme esta vez, Maidlow? –agarrándolo por los hombros, intercambia sus posiciones y hunde al proyecto de duque entre los cojines para sentarse a horcajadas sobre su regazo.

Gareth vuelve a adoptar una posición rígida, algo antinatural, y lo mira como lo haría un cachorrito mojado en la cuneta. Ray, que ya se las había arreglado para liberar el grueso cimbrel de su cliente y estaba prodigándole las atenciones pertinentes, detiene el proceso al ver la nula reacción que están provocando sus acciones y mira al galés.

-Permítame –comienza, con una petulancia que le resulta vomitiva incluso a él-, Excelencia, advertiros de que conseguiría levantarle la polla incluso a un Ken de plástico como su merced.

A fin de cuentas, me avalan años de…

-Seis años –balbucea de pronto Maidlow, mandando al garete su estudiado discurso. Sin dar oportunidad al hombre que tiene sentado encima en pelotas de planear su próximo movimiento, continúa, desviando la mirada:-. Hoy hace seis años que llegaste al Chat Bleu.

Ray parpadea. Sí, es posible. Tampoco es que recuerde la fecha, sólo que, efectivamente, Gareth fue uno de sus primeros clientes. Nunca ha sido muy fan de las interrupciones, a no ser que se trate de un calibre 18 (cm) o 95 (copa C), y no entiende qué hay de emocionante en cuándo o cómo llegó al club, así que vuelve a su labor. Lo cierto es que el problema en todo esto no está en las capacidades de erección de Maidlow, que lleva un rato apuntando al norte, sino que, a pesar de ello, el tipo parece bastante desconcentrado.

Eso le molesta.

-¿Y qué? –pregunta, y sin añadir nada más se sienta sobre la polla venosa de su cliente, provocándole, al fin, un respingo. Él siente un calambrazo de dolor. Mierda, ha calculado mal. Pensaba que después de una sesión con la ucraniana loca por el pegging bastaría para poder follarse al galés sin lubricación, pero resulta que éste calza un grosor que había olvidado por completo-. Joder, ¿qué os dan de comer a los duques?

Acto seguido, se incorpora y vuelve a dejarse caer de golpe sobre su atormentado cliente, apretando los músculos alrededor del falo que tiene entre las piernas. Es perfectamente consciente de que no tardará en arrepentirse de ser tan bruto, pero la expresión de Maidlow, la forma en que ha comenzado a sujetarlo por las caderas, instándolo con escasa discreción a continuar, merecen la pena.

Accediendo a su muda petición, Ray inicia un lento movimiento que el duque recibe con un gemido y alargando una mano para apoyarse en la espalda del otro. Sus dedos le dibujan formas abstractas sobre la piel, y él se estremece, al tiempo que agarra a Maidlow del cabello para obligarlo a levantar la cabeza. Para su sorpresa, Gareth ya no parece tan borracho ni tan perdido como antes. Su mirada tiene un brillo diáfano. Algo triste.

-Seis años… éstas también tienen seis años, ¿verdad? –dice en voz baja, y Ray se da cuenta de que en realidad los dedos del galés está siguiendo las formas irregulares y casi desvanecidas de sus cicatrices-. He estado investigando, Raymond. Tengo buenos contactos, fiables. Y ahora… ahora sé algunas cosas.

El cuerpo se le queda estático durante unos segundos, en los que puede escuchar con total claridad cómo su corazón vuelve a su ritmo cardiaco habitual. Mientras, Maidlow lo mira como si intentara atravesarle el alma.

Gareth ya se había interesado antes por el entramado casi imperceptible de marcas que le recorren la espalda. Y, si bien no había sido el único, sí que resultó ser el más insistente. Pesado incluso, al principio. Los años y las evasivas resueltas de Ray parecían haberlo puesto en el sitio, pero ahora…

Ahora ha estado investigando. Ray nunca pensó que el idiota se atrevería a llegar tan lejos.

-Escucha, desde el primer día sospeché que estaba pasando algo raro aquí. Y… la verdad es que todavía no lo tengo claro, pero sí que sé quién te trajo aquí, y también sé con certeza que puedo sacarte. Nunca he estado tan seguro –Ray entrecierra los ojos. Está cansándose de este juego a una velocidad que ni siquiera él esperaba. Quizá es la forma casi desesperada con la que Maidlow lo sujeta, que ayuda a acelerar el proceso-. Sólo tienes que venir conmigo. Por favor… Yo… yo te…

Un estruendo interrumpe para siempre aquello que fuera a decir. La puerta del cuarto se abre con tanta fuerza que rebota y hubiera vuelto a cerrarse con violencia de no ser por la presencia en el umbral de Chiara, precedida además por una pequeña muchedumbre de exaltados con los que mantiene una acalorada discusión.

Los dos, perplejos y todavía el uno encima del otro, observan la fugaz degradación de los pulcros modales de la recepcionista en una especie de mezcolanza de francés y un calabrés o italiano furioso.

-¡Señora, por el amor de dios, deje de empujarme! ¡Eh! Non mi rompere il cazzo o ti spacco la testa!

Sus exabruptos hacen una gracia tremenda a Ray y le permiten huir de la incómoda situación de hace apenas unos segundos.

-Chiara, ¿no ves que estoy ocupado? –comenta, jovial, palmeando el hombro de un Maidlow todavía estupefacto-. Oh, y eso ha sido terriblemente vulgar.

Vaffanculo! –vocifera ella, y su rugido hace que la muchedumbre enmudezca. En el fondo, Chiara es un pequeño demonio esperando devorarlos a todos-. ¡Todo esto es culpa tuya, hijo de Satán! ¡Me despedirán por esto!

Ray bufa y vuelve a moverse un poco encima de Gareth, más por insolencia que por otra cosa. Las damas y los caballeros de detrás de Chiara dejan escapar un poético suspiro de admiración prácticamente al unísono.

-No recuerdo haber quemado nada últimamente.

-¡Entonces dime quién me ha robado el controlador y ha jodido el sistema! –hace una pausa dramática, en la que el sujeto de su odio se limita a dejar caer los párpados. La recepcionista le dedica entonces una mirada de odio profundo y se arregla el moño con una tranquilidad inquietante-. No hace falta que confieses. Eres el epicentro de todo el mal que se dispersa por este club. Pues bien, espero que te estén dando bien por culo, porque aquí hay al menos veinte personas que, gracias a la simpática manipulación de sistema, están esperando a hacerte lo mismo ahora. Oh, y espero que no te olvides del resto del horario. Ellos llegaron primero. Disfruta mientras sigas entero, querido.

Y, sin despedirse de su séquito, que la contempla con una fascinación muda, se larga como un huracán pequeño por donde ha venido.

-Eh, un momento –grita él al espacio vacío en que el estaba la pequeña figura de la secretaria-. Yo no he sido, y veinte son demasiadas pollas.

Por primera vez en su vida, tiene toda la razón al decir que no ha hecho nada. Pero entonces…

Oh, claro.

Jodido gatito.

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