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De lujo (Chapitre 7: Un gatito admirado)

7

Habitación 6c, nivel cero de la Jaula. ¡Ven un ratito! (si quieres… ö)

¡Besitos!

 

Al final de la nota carmesí que alguien ha deslizado por debajo de mi puerta hay dibujados un corazón y una carita sonriente. Yo, con el pelo todavía goteando, releo como seis veces las dos líneas escritas en tinta dorada y con una caligrafía pequeña y redondeada, de chica, antes de volver a doblarla.

No hace falta que nadie me diga quién es el remitente.

Suspiro y dejo el papelito sobre la mesita. Todavía sin vestirme, me arrastro envuelto en la penumbra hasta el ventanuco y dejo caer mi cuerpo dolorido en la silla frente a éste. El baño caliente no ha hecho nada por aliviar el peso en mis hombros, y mis pensamientos son un barullo abstracto. Seguramente Picasso hubiera alucinado de haber visto mi encefalograma.

La oreja pegada al cristal helado capta los sonidos nocturnos de París, que en mi cabeza suenan amortiguados, como ruido blanco. Cierro los ojos. No voy a intentar poner orden ese lío, sé que sería inútil. Ya tengo bastante con lidiar con la culpa de haberme dejado solo a Raymond allá abajo, con carta blanca para seguir haciéndole la vida imposible a los seres humanos de su entorno. De momento, la única opción viable para mi mente saturada es quedarme aquí con la luz apagada, sentado en silencio, desnudo.

No es la primera vez que me quedo bloqueado así y necesito esconderme en sitios silenciosos y oscuros durante un rato. Mi padre no entendía muy bien por qué de pequeño pasaba horas mirando al infinito acurrucado dentro de una caja de cartón después de volver del colegio. Lo cierto es que los demás niños me asustaban y aturdían demasiado como para que mi cerebro pudiera procesar correctamente lo que ocurría a mi alrededor, y aquel trozo de cartón era lo bastante aséptico y acogedor para poder volver a poner las cosas en su sitio.

Lamentablemente, luego crecí y papá decidió que no era muy normal que su hijo de nueve años siguiera refugiándose dentro de cajas de naranjas por ser un inadaptado social. Tuve que evolucionar. Sobrevivir. Y aquí estoy.

El tiempo se estira como un chicle, aunque la lentitud me sienta bien. Como una tortuga que se despereza fuera de su caparazón el primer día de primavera, mis funciones vitales vuelven a palpitar lentamente y al poco puedo dejar de aplastar la cara contra el cristal y me incorporo en la silla otra vez. Me sigue doliendo la cabeza, pero es un avance.

Al otro lado del cristal, la vida sigue. Luces, coches y gente, todo muy rápido, muy confuso. Como la vida en el Chat. Pero nadie va a pararla por mí. Tengo que volver a salir de la caja.

Enfrentarme al mundo de ahí fuera. Suena fácil, pero para mí es como intentar arrancarme un brazo a mordiscos. Con un suspiro empaño el cristal, y al ir a pasar los dedos sobre la condensación, la imagen de la curva perfecta de la espalda de mi protégé se sobrepone un instante al curso del Sena. Parpadeo con fuerza, pero la forma fina y afilada, como una cimitarra, de sus labios se ha quedado impresa en mis retinas. No me puedo librar de él ni cuando no está presente.

Lanzando un sonido de animal herido, obligo a mi cuerpo a moverse y a esquivar el estuche del violín de Raymond, que éste ha dejado apoyado en la pared, junto a la silla de la ventana. Al verlo siento el irracional y cruel impulso de patearlo, pero mirándolo entro en razón in extremis y en lugar de hacer eso, lo levanto con infinito cuidado del suelo. Curiosamente, la música es lo único hermoso que mi compañero parece ser capaz de hacer, así que no voy a cargarme la fuente.

El estuche no es nada del otro mundo; barato y de carcasa dura, es de esos que puedes encontrar en cualquier tienda especializada. Me sorprende la sencillez de la funda, pero lo que me termina de descolocar es el interior. Yo, que esperaba encontrarme un Stradivarius, un Guarnerius o un Amati, me encuentro con un instrumento que parece sacado de un museo. De arqueología. Sujetándolo con el temor sincero de que vaya a desmoronarse en mis brazos igual que un castillo de arena, me acerco a la ventana para ver mejor la madera oscurecida por el paso del tiempo. Contrariado, me pregunto de dónde habrá salido y por qué Raymond conserva tal antigualla. Por el sonido no debe ser, porque ya pude escucharlo antes y no es nada del otro mundo; mediocre más bien. Me inclino hacia la luz y paso un dedo por el barniz arañado.

Espera.

Doy la vuelta al instrumento. En el talón del violín hay grabado un nombre en letras pequeñas y toscas. Erik.

No. No.

Nada más verlo, sacudo la cabeza y dejo el violín en su funda. No. No sólo no me interesan los rollos raros de Ray (que estoy seguro de que es la clase de persona que robaría un violín con tal de demostrar que es capaz de hacerlo), sino que directamente no quiero volver a pensar en él mientras pueda. Al tiempo que intento desterrar su sonrisa arrogante de mi cabeza, dejo la funda en el mismo sitio en el que estaba. Doy media vuelta y la cama ocupa mi campo de visión.

De pronto me siento muy cansado.

Quizá lo más sensato sería intentar vestirme y volver al curro, aunque estoy tan dolido y enfadado conmigo mismo que el esfuerzo se me antoja inhumano. Me limito pues a lanzarme de cara al colchón, que no hace el menor ruido al recibirme. No tengo el ánimo suficiente que requiere abrir la puerta y volver al mundo artificioso y excesivo del Chat, y desde luego no me siento con fuerzas para volver a mirar a la cara a Raymond después de las cosas que se me han pasado por la cabeza al ver su performance.

Aprieto los dientes y ruedo sobre el colchón hasta apoyar la cara sobre la almohada. Si cierro los ojos puedo volver a ver la luz roja derramándose sobre la piel de mi protégé. Entierro la cara en las sábanas, aunque eso tampoco ayuda. Su olor está mezclado con el de mi colonia en el algodón.

¿¡Es que no hay una jodida forma de librarme de él!?

Al parecer no. Mi cabeza se empeña en volver una y otra vez al ambiente opresivo del cuarto para voyeurs cada vez que poso la vista en cualquier punto de esta habitación. Me levanto. Necesito hacer algo, que me dé al aire. Lo que sea con tal de no pasar un minuto más aquí dentro.

Y mientras forcejeo por meter la pierna en el primer pantalón que se me pone a tiro, la notita de Sacha aparece ante mis ojos como una explosión roja en la oscuridad.

 

 

 

INTERLUDIO

Sacha

 

-¿Qué tal así?

Sacha da un paso fuera del vestidor de su cuarto en la Jaula y abre los brazos en un gesto casi solemne. Chiara, sentada en el suelo con las piernas estiradas sobre la mullida alfombra y los tobillos cruzados, tuerce un poco la cabeza, entorna los ojos y frunce los labios, todavía sin desmaquillar y de un rojo brillante.

-¿Qué narices es eso? –Inquiere, estudiando con gesto crítico el undécimo outfit de su compañero-. ¿Un… batín?

Sin hacerle demasiado caso, el ruso da una vuelta apreciativa sobre sí mismo, ajustándose la cinta de seda azul que hace de cinturón alrededor de su estilizada figura.

-El betún es para los zapatos, boba –dice al cabo de unos segundos, todavía muy ocupando en atusarse el flequillo rubio-. Es un kimono.

Chiara obvia el comentario del betún y enarca una ceja mientras da un rápido repaso visual a las pantorrillas que emergen de debajo de la seda azul.

-Lo que tú digas. Pero te recuerdo que intentas ligarte a un escritor, no hace falta que te emperifolles en plan guarrilla del shogun para eso.

Sacha, que estaba batiéndole las pestañas a su reflejo, se queda muy quieto de pronto, con un brillo vidrioso en sus ojos. Es su cara de “estoy traduciendo al ruso todo lo que has dicho y de diez palabras, once no están en mi registro”. A veces le pasa.

-¿Qué? -dice al cabo, cuando por fin algo de la traducción cobra sentido en su cabeza, y da media vuelta procurando que el supuesto kimono ondee a su alrededor de forma muy coqueta-. Yo no quiero ligarme a nadie.

-No, claro que no -Sacha vuelve a dedicarle ésa mirada vacía y ella levanta las palmas de las manos juntas, donde lleva escrita, en mayúsculas, la palabra sarcasmo.

-Oh. No sé de dónde te sacas eso.

Chiara se queda en silencio, con cara de póker, durante tanto tiempo que él empieza a sentirse incómodo.

-¿Qué haces?

-Esperar a que saques tú también el cartel de sarcasmo -su amigo  hace un gesto despectivo con la mano y le da la espalda-. Venga, no fastidies. Sólo lo conoces desde hace menos de un día y ya estoy de oír hablar de Louis hasta el moño.

-Es porque es nuevo.

Ahora la que sacude la mano de uñas rojas es Chiara

-Ya, claro. Igual que los otros, ¿no?

Él gira la cabeza y abre la boca, pero a falta de ideas cruza los brazos sobre el pecho con toda la dignidad del mundo. Chiara no comprende que él es buen chico que sólo quiere ayudar, y no parece vaya a esforzarse en hacerlo. De modo que, ajustándose de nuevo el cinturón –porque Sacha será prostituto, pero es un puto con mucha clase-, pasa por el lado de su amiga sin mirarla siquiera y se deja caer teatralmente entre los cojines de su enorme tresillo con un suspiro lánguido.

-Nadie me entiende –se lamenta, y empieza a juguetear con los flecos de un cojín que acaba de colocar en su regazo. De reojo y por debajo del largo flequillo ve cómo Chiara esboza una sonrisa divertida mientras se sienta a su lado y le hunde el dedo entre las costillas-. Au.

-Tonterías –suelta ella antes de atacar de nuevo-. Yo sé lo que te pasa.

Sacha se retuerce en el sillón, y aunque ataca a la recepcionista con el cojín, no puede librarse de sus largos dedos, menos cuando ella

-¡Puta! ¡Deja de pincharme!

-Sólo si confiesas.

Con una risa histérica, el otro rueda sobre sí mismo, en un lío de brazos y piernas, y suplica con voz entrecortada. Entonces Chiara le deja respirar un instante:

-Venga, desembucha.

-¿Desenqué? –inspira él, intentando desviar la atención en un último intento desesperado de seguir haciéndose de rogar, pero un dedo entre sus costillas le ayuda a recordar cuál es el tema que están tratando-. ¡Ay… para! Sólo quiero… no estar solo….

Chiara se detiene en seco. Sacha aprovecha la coyuntura para escabullirse y empujarla contra el reposabrazos.

-Me has despeinado, zorra –gruñe.

Ella no reacciona hasta un poco después, tirándole del flequillo mientras su carita de duende se transforma con una sonrisa perversa.

-Pobre Sacha, lo he despeinado –se yergue y toma la cara de Sacha entre sus pequeñas y estilizadas manos-. Ya no va a estar guapo para su escritor.

Sacha hace un mohín, pero no puede evitar que se le suban las comisuras de los labios. ¡Vaya, con lo que le había costado hacerse el interesante!

-Ya, ya sé. Ya sé qué está pasando aquí -Chiara le toca la nariz para después sentarse con los brazos cruzados en un gesto triunfal. Sacha, derrotado, se arrastra hasta apoyar la nuca en las rodillas de su amiga, como suele hacer cuando ya está cansado de que esa diablilla le tome el pelo-. Han pasado dos semanas desde que herr volvió de aquella conferencia en Bangladesh, ¿verdad?

Sacha asiente. Su amo ha pasado un mes fuera de Europa y desde que ha vuelto, no se digna a visitarle en el Chat. De hecho, en las últimas dos semanas sólo ha pasado por el club para renovar su parte del contrato de exclusividad que mantiene con el ruso.

-Pobrecito. Rodeado de sexo y sin poder catarlo… Normal que en cuanto haya llegado el rubito, te hayas tirado a su cuello ¿eh?

-Ay, calla. Es que es tan mono… -suspira él, y se cubre la cara con un cojín.

Chiara apoya la espalda en el respaldo del sofá y se queda con la vista fija en la lámpara del techo, que emite la misma luz rojiza que todas las bombillas de la Jaula.

-No, no está mal, supongo -dice en respuesta a la sentencia de colegiala hormonada de su amigo, quien al oír aquello vuelve a pegarle, sin quitarse el cojín de la cara.

-No hables de cosas que no entiendes.

-¿De pollas?

-Sí.

La recepcionista se encoge de hombros. Ése es el fin de la conversación, que queda sustituida por el sonido suave de sus respiraciones. Desde que se conocieron, el silencio es su tercer invitado cada vez que están juntos. Es normal, ni a Chiara ni a Sacha les incomoda. Siendo los mejores amigos, incluso en el silencio están en perfecta sincronía.

Después de largo, largo rato, el ruso se remueve en el regazo de ella.

-¿Crees que vendrá? -murmura, y el cojín se balancea con el movimiento de sus labios.

-No sé. ¿Lo asustó mucho tu lengua cuando intentó llegarle al intestino delgado?

-Perra.

-Entonces no tengo ni idea. Aunque seguramente Ray se encargue de espantarlo más que tú. Quién sabe.

Otra intervención del silencio.

-¿Crees que le gustaré?

-¿A quién, a su polla?

La mano de Sacha se agita en el vacío, pero con el cojín en la cabeza no hay forma de acertarle en la cara a ella. Al final de un par de patéticos intentos infructuosos, deja caer el brazo.

-Sí.

Chiara asiente.

-Seguro que sí, Sacha -replica-. Eres un amor, ¿cómo no le vas a gustar a nadie?

-A Ray no.

-Ray no se quiere ni a sí mismo. De todos modos, no querrás liarte con él, ¿verdad?

-Dios, no, qué asco.

-Entonces no hay problema, ¿no? –Sacha niega con la cabeza, lo que provoca que el cojín vaya a parar al suelo, y Chiara alarga la mano para quitarle el flequillo de la cara, igual que una madre atenta-. Estoy segura de que le gustas. O le gustarás. Eres una monada, incluso aunque tengas polla –dice inconexamente. Su discurso está preparado para recibir de forma encantadora y acogedora a los clientes del Chat, no para tener conversaciones de adolescentes. Aun así, Sacha, con las mejillas arreboladas, le dedica una gran y adorable sonrisa-. ¿Ves? Eres muy cuco. Si ése escritor tiene un poco de cerebro, Ray no tiene nada que hacer contra ti. Y si ya dejaras de acosarlo con regalos de los que nunca te podrá devolver el favor, sería ya perfecto.

-Eh. Me gustan los regalos -protesta él desde sus rodillas.

Chiara se arregla el pañuelo azul del uniforme antes de decir nada. El tema de los regalos es un asunto delicado para Sacha, despilfarrador nato incapaz de comprender que si bien para él el dinero no significa más que un chorro de ceros en su cuenta corriente, para mortales de clase media-baja como Chiara y Louis supone el resultado de una ardua labor.

-A todos nos gustan los regalos –afirma-. Lo que no es muy normal es hacérselos a alguien a quien acabas de conocer. Más que nada porque ello se acerca sospechosamente al comportamiento de un acosador –añade, para turbación de Sacha, que ladea como puede la cabeza, los ojillos grises abiertos como platos.

-¿Acosador? ¿Por qué?

Chiara se frota el ceño con el dedo índice. Ha sido un día duro y lo único que quiere es irse a casa para dormir las pocas horas que le quedan antes de ir a la universidad. Quiere a Sacha, y no tiene otra intención que la de ayudarlo en sus extrañas empresas, pero está demasiado agotada como para pensar con claridad la forma de explicarle a un nouveau riche como su amigo por qué estaba mal intentar comprar a sus allegados.

-Parece mentira, Sacha –suspira-. Porque no suele funcionar el intentar ganarse a la gente con dinero. O con trajes de Armani.

A pesar de los esfuerzos de la italiana por hacer comprender a su pequeño amigo, la palabra Armani parece suscitar el efecto contrario en Sacha, que se incorpora como activado por un resorte y comienza a barbotar incoherencias con un brillo de emoción incontenible en sus pupilas:

-¡Oh, sí! ¿Viste cómo le quedaba el gris perla? Parecía un… ¿cómo se dice en francés? Una estrella de cine… ¡Qué guapo!

Afortunadamente para Chiara, el móvil de su compañero reprime el más leve impulso asesino que el ruso haya podido suscitar en ella. Aliviada, ve cómo él abandona sus rodillas y comienza a buscar el teléfono entre la montaña de ropa del suelo, aparentemente sin percatarse de que el modelito que lleva está retorcido y abierto hasta el ombligo. Cuando por fin lo encuentra la melodía ha cesado, pero ambos saben que no es motivo de preocupación. El móvil de Sacha únicamente puede recibir mensajes, y de una sola persona.

Ava.

-¿Qué quiere? -Chiara se inclina con interés, siempre procurando que su falda de tubo no suba más de lo conveniente, aunque no recibe respuesta. Sacha, de rodillas en mitad del caos de ropa, se ha quedado congelado, con una expresión extraña-. ¿Qué ocurre?

-Es… es él.

-¿Quién? ¿El escritor? –se extraña ella.

-¡No! -Sacha se levanta a toda velocidad. Como un géiser a punto de reventar, el pánico burbujea en todos sus gestos amenazando con estallar.

-¿Herr? – Él gimotea, y Chiara lo ayuda a arreglarse el kimono y lo arrastra hacia la puerta, porque él está todavía paralizado, mirándola con angustia-. Lo tomaré como un sí. Pero bueno, ¿qué haces ahí quieto? ¡Mueve el culo!

Sacha se deja llevar dócilmente hasta el pasillo, pero una vez fuera se vuelve hacia la recepcionista y la agarra de las solapas casi con desesperación.

-¿Y Louis qué? Va a odiarme si lo dejo plantado.

Sin dejar de empujarlo, Chiara llega hasta el ascensor del final del pasillo y aporrea el botón de llamada.

-Eso si viene –exclama ella, para inmediatamente saludar con una voz dulcísima y una educación exquisita a un cliente habitual que se apresura a meterse en la habitación-. Y en el caso de que aparezca, no va a odiarte, no seas histérico. Le diré que tienes trabajo, lo entenderá.

-¡No! -Sacha se revuelve, pero Chiara tiene más fuerza que él y de un empellón lo mete dentro del ascensor justo cuando sus puertas acaban de abrirse.

-¿Qué mosca te ha picado? ¡Pensé que estabas deseando que Derek volviera al Chat!

Sacha querría decirle que sí, pero que en este momento está más preocupado de lo que pueda pensar Louis Daguerre de sus tendencias masoquistas; no obstante, las puertas oscuras del ascensor se cierran entre ellos, y antes de que se quiera dar cuenta la luz del primer piso ciega sus ojos acostumbrados a la tenue iluminación de la Jaula.

El jovencito ruso hace un giro perfecto sobre sus talones para ver las puertas cerrarse otra vez. Mientras escucha alejarse al ascensor, dice unas cosas en su lengua natal que habrían hecho sonrojarse a su señora madre, aunque no piensa volver a bajar. No teme a Chiara, ni siquiera a herr.  La ira da Ava, en cambio, sí que le pone los pelos de punta.

Derrotado, se arrastra hacia la escalera que lleva a su cuarto del ático, sin hacer caso de las miradas que atrae su peculiar atuendo. Cada escalón que sube suma un latido más a su corazón ya desquiciado de por sí. Los culpables son, a partes iguales, su adorado Louis y la sorprendente visita de Derek (eso sin contar con esas putas escaleras, que no se acaban nunca…)

Se siente mal por el nuevo. Su deseo por conocerlo mejor y por llegar a atisbar dentro de sus pantalones es tan enorme que lo ha llevado incluso a mentirle acerca de Chiara (su mejor y única amiga). Ahora, su mayor temor es que él se decepcione al descubrirlo, aunque lo único que puede hacer es esperar y desear que, si de verdad el escritor llega a bajar a la Jaula, la recepcionista sepa salvar la situación.

Suspira, porque en el otro lado está su herr. Pensar en él lo aterroriza de una forma absurda e irracional. En realidad, es una mezcla de sensaciones que van desde la inquietud hasta el miedo, aunque seguramente Sacha no sabría poner su nombre francés a ninguna. Y es que a pesar de lo repentino e inesperado de la llegada de herr Zimmermann, para él no es normal sentirse así; sus nalgas están más que acostumbradas a los abusos del alemán. Es… algo que va más allá del natural egoísmo que gobierna todas sus acciones.

Algo que recuerda haber sentido sólo una vez en su vida, años atrás, en San Petersburgo.

Al detenerse ante su puerta, tiene que obligarse a respirar varias veces. También está nervioso, en el buen sentido. Las rodillas le tiemblan un poco de emoción, y un cosquilleo en su barriga se anticipa a lo que posiblemente vaya a ocurrir al cruzar el umbral. Aunque sigue preocupado por Louis, no puede evitar que su imaginación tendente a la divagación comience ya a fantasear con cuál será el próximo capricho de Derek.

Sin más dilación, deteniéndose sólo para echar un breve vistazo al corredor vacío, se desliza dentro. En el interior, la oscuridad es casi total, como siempre, y Sacha necesita un momento para acostumbrar sus ojos a la penumbra. Y cuando lo hace, no puede evitar soltar un gritito muy masculino.

Herr Derek parpadea extremadamente despacio, sentado en la cama. Es difícil saber su edad, que rondará los cuarenta o cuarenta y muchos. En este momento, en cualquier caso, lleva un jersey de cuello vuelto y unos mocasines de un negro resplandeciente, el pelo rojo oscuro peinado de forma impecable hacia atrás. En cuanto la pequeña figura de su prostituto aparece en escena, levanta sin prisas la mano izquierda y dedica una larga mirada a su reloj dorado.

Sacha lo imita, y ambos miran el reloj durante mucho tiempo, más del necesario, hasta que el chico se da cuenta de la obviedad.

-Oh. Creo… que llego tarde –dice, su acento del este sonando de pronto mucho más marcado que lo habitual. En la cara afilada de herr no se mueve ni un músculo.

-No lo creas –sus ojos claros descienden por la piel lechosa y rasurada por completo del ruso-. Al menos no vamos a perder más tiempo.

La cama no hace ningún sonido cuando Derek la deja para acercarse a Sacha, quien ni siquiera respira, y amarrar sus muñecas cruzadas a la espalda. Aquel ritual se repetía, no recordaba ya desde hacía cuánto, y aun así la sangre atronaba en sus oídos. Es el extraño efecto que surte en él aquel gesto impasible, incluso tras tantas largas sesiones y después de haber visto y sufrido en sus carnes (casi) de todo.

Su mente bulle mientras herr se mueve a su alrededor en círculos silenciosos. Sacha sólo puede ver esos mocasines aparecer y desaparecer frente a sus pies desnudos. Prefiere no levantar la vista. No sabe si su amo está enfadado o esa primera salida de la rutina forma parte del juego.

En realidad, con él nunca puede dar nada por seguro.

-Pensé que ya habíamos superado esto.

Los mocasines están donde no pueden ser vistos. El aliento caliente en su nuca le templa el resto del cuerpo en cuestión de nanosegundos. Unos dedos enguantados en negro se posan en la base del cuello, donde se cierra el collar de cuero. Esos guantes de látex y el collar son los únicos elementos razonablemente fetichistas que Derek utiliza.

-A lo mejor necesito… recordar algunas cosas.

El contacto en su cuello se convierte en un cuidadoso pero firme apretón al mismo tiempo que otra mano baja vértebra por vértebra en la espalda. Sacha respira entre dientes para no emitir ningún sonido. Mostrarse insensible suele hacer las cosas más divertidas.

-Cada vez suenas más como una puta de polígono –se oye un siseo. Es el cinturón de herr, marca Versace. Sacha lo conoce bien. Más de una vez se ha levantado con la insignia tatuada en el culo-. ¿Serán las compañías?

Al oír aquello el ruso se envara, pero el chasquido del primer latigazo en sus nalgas ahoga cualquier pensamiento que pueda haber cruzado su mente. Es tan sorpresivo que no puede evitar quejarse en voz alta, aunque el repentino ardor en su trasero se contagia también a su entrepierna.

-Pobre puta de polígono –la mano del cuello desaparece y al momento siente el látex rodeando la longitud de su polla, tiesa y goteante. Ya sin importarle suspira, las rodillas temblorosas otra vez.

¿O quizá debería sentirse mal por esperar aquello tanto tiempo?

-Estos dos meses te han ablandado también. Habrá que empezar otra vez –como si quisiera comprobar dicha blandura, Derek le castiga con una palmada que convierte el dolor lacerante de antes en un pulso caliente y continuo, y que además tiene la fuerza necesaria para impulsar a Sacha hacia adelante. El movimiento provoca que se frote contra la mano que le sujeta por delante. Y es breve y glorioso al mismo tiempo-. Pero hoy no tengo tiempo para eso.

A pesar de sus palabras, herr le propina otro azote que retumba en los oídos del chico, por encima del latido enloquecido del corazón. Una vez más, el dolor nuevo se mezcla con el viejo, aunque ahora el estallido de placer que le sobreviene consigue camuflar el escozor de su piel.

Después de eso, la presencia de Derek se aleja un instante de él para recoger algo del suelo. Por el tintineo que lo precede, Sacha deduce que se trata del cinturón. No recuerda haberlo oído caer, pero tampoco le importa. Sólo se queda quieto, los labios convertidos en una fina línea blanca, esperando el silbido del cuero y el fuego en su espalda.

No obstante, en lugar de eso escucha la voz de barítono del alemán en su nuca.

-Hoy no hay tiempo –repite, en apenas un susurro, y algo duro se aprieta contra la piel lacerada de Sacha.

Y entonces él comprende. Un polvo rápido después de un largo viaje. Debería haberlo sabido.

Aun así no puede evitar que la decepción se deslice por su tráquea hasta caer haciendo un ruido sordo en el estómago.

Los dedos enguantados acarician el collar de cuero.

Seguro que después de esto volverá a Colonia a follarse a la zorra de su mujer. ¿O ya es su exmujer?

-Puede que otro día –susurra. Sabiendo qué es lo que Derek busca, camina hasta el colchón y se deja caer de cara. El crujido de la cremallera del pantalón del alemán da pie a su entrada en escena.

-Así no –gruñe, y de un zarpazo lo coloca bocarriba.

Cogiéndole de los tobillos, le levanta las piernas. Sacha se estremece y separa los labios sin llegar a articular sonido alguno. A estas alturas ya no sabe muy bien cómo sentirse. Nunca ha sido bueno en esas cosas, de todos modos.

Sin mediar palabra, Derek desliza su glande pegajoso entre sus cachetes. La suya es una polla sin nada fuera de lo común, pero él parece sentirse bastante orgulloso. A Sacha realmente sólo le interesa cuando está dentro de él. Y poco más.

Cierra los ojos. Le palpita todo el cuerpo. Está algo molesto, pero también está cachondo. Las cosas en orden, piensa. Su cerebro no es capaz de abarcar tanto a la vez.

Unos dientes se clavan en su hombro cuando el alemán se hunde en él sin piedad, y Sacha gime, alto y claro. Su cuerpo tembloroso se arquea bajo las manos de herr. Éste ni siquiera se ha despojado de la ropa.

La siguiente embestida hace sacudirse al somier y termina de ensartar al ruso. Esta vez los caninos muerden justo debajo de su mandíbula. Él acierta a gritarle algo entre dientes, pero no sabe el qué. A lo mejor ni siquiera es francés. La piel le quema allá donde Derek le ha pegado, siente la cabeza ligera. Éste retrocede y vuelve a hurgar en lo más profundo del chico La siguiente embestida hace sacudirse al somier y termina de ensartar al ruso. Esta vez los caninos muerden justo debajo de su mandíbula. Él acierta a gritarle algo entre dientes, pero no sabe el qué. A lo mejor ni siquiera es francés. La piel le quema allá donde Derek le ha pegado, siente la cabeza ligera. Éste retrocede y vuelve a hurgar en lo más profundo del chico. Una vez. Y otra. Y otra.

Sacha gimotea y solloza con los dientes del alemán apretándole un pezón y el golpeteo rítmico de sus cuerpos llenándole la cabeza. Se siente bien. Ojalá se sintiera así siempre. Ojalá pudiera hacer entender a Louis Daguerre que ésa era la única forma de hacerle sentir bien.

Los movimientos se vuelven erráticos y desacompasados. Él se corre en una explosión de calor, seguido pronto por herr.

Derek, con el rostro algo desencajado y la voz trémula, lo llama puta. Él sonríe

-Bueno –murmura, su pequeño pecho subiendo y bajando rápidamente y el flequillo cubriéndole un ojo-. ¿No es eso exactamente lo que soy?

 —

Sacha vuelve al cuarto de la Jaula arrastrando los pies. Una vez diluida la escasa emoción del sexo con herr Zimmermann, al ruso sólo le queda un poso agrio de insatisfacción que le nubla el humor, aunque peor todavía es la certeza que ha ocupado su mente tras el triste polvo y que se va afianzado a cada paso que lo acerca a su puerta.

Louis no va a venir. ¿Para qué? Sacha no tiene absolutamente nada interesante que ofrecerle a un escritor culto y serio y guay que seguramente está muy ocupado en nivel uno de la Jaula, haciendo a saber qué cosas con ese estúpido de Raymond. Ese estúpido y fascinante de Raymond.

Mierda. Cómo lo odia. Y cómo quiere evitar que Louis caiga en sus garras. La cuestión es cómo.

Las alfombras rojas del nivel cero ahogan sus pasos. En la puerta de la habitación contigua a la suya, un corrillo de mujeres en diferente grado de semidesnudez charlan animadamente, pero a pesar de lo amigo de los chismes que es Sacha, se limita a encogerse como una tortuga en su kimono y trata de abrir su puerta sin que ellas se percaten de su presencia. Lo último que le apetece ahora es que las zorras de sus compañeras de trabajo se ceben con él.

Por supuesto, las cosas no le salen como pretendía.

-Huy, Anita, mira quién es.

El tono estridente de esa voz llega hasta la materia gris de Sacha, golpea sus terminaciones nerviosas como un puñetazo y envía un calambrazo por su espina dorsal. Envarándose, él trata de responder a la señal de peligro y gira el pomo, pero es demasiado tarde: una mano empuja la puerta contra el marco y sus intenciones se esfuman con un ruido sordo. Él se queda inmóvil. Las opciones se han reducido de repente a una: bajar la cabeza y aguantar el chaparrón.

-Qué pronto vuelve la princesita de herr, ¿no?

Anita le saca casi una cabeza y media. No es que ella sea especialmente alta -el enano es Sacha-, pero el tener que mirar hacia arriba no es lo que intimida al ruso. Es el brillo maligno en los ojos de corte oriental de ella, que no encaja con su rostro marmóreo y angelical de veinteañera.

La mujer se pasa la punta de la lengua por los finos labios. Las yemas de sus dedos todavía se apoyan en la puerta, una larguísima cortina de cabello negro escurriéndose sobre el frente del picardías rosa que cubre ligeramente sus formas.

Sacha la mira de reojo. Anita es, con toda seguridad e incluso para él, la criatura más perfecta que se le ha cruzado nunca. Y aun así…

-A ver si va a ser cierto es cierto lo que se cuenta por los pasillos del nivel tres –ronronea ella, y Sacha fija la vista de nuevo en la puerta cerrada. Ni siquiera intenta empujarla. El grupo de Anita (que por cierto, ya se ha encargado de rodear al ruso como una jauría de hienas) ya debe tener noticias del desastre de la sesión con herr, y su mayor regocijo ahora, por supuesto, es hacer leña del árbol caído. Todo muy acorde con su actitud de adolescentes hijas de puta, pero él no puede hacer nada. Ya sabe que las represalias por ponerse gallito con ellas resultan en el ostracismo más absoluto. Lo descubrió por las malas, cuando todavía no era consciente del carácter depredador propio de la mayoría de trabajadores del Chat. Y ya tuvo bastante entonces, no quiere que hagan de su vida un infierno otra vez.

Así que no hay forma de evitar la humillación. Sólo encogerse y aguantar el chaparrón.

Mientras él se prepara, el grupito de tres se cierra a su alrededor. Una vez que está segura de que Sacha no va a intentar escabullirse, Anita se aparta de la puerta y se lleva una mano al pecho, fingiendo consternación.

-¿Es verdad lo que dicen, Aleksandr? ¿Que Derek ya está aburrido de venir aquí y pagar para dar placer en lugar de recibirlo? ¿Que ya está cansado de… esto? –y señala el largo flequillo rubio con un gesto despectivo, lo que provoca una cascada de risitas. Sacha aprieta los dientes y parpadea con fuerza. Los ojos están empezando a escocerle peligrosamente. Pero no por sus regodeos; a eso ya está más que acostumbrado.

Es por De…

-¿Qué pasa aquí?

La puerta abriéndose de golpe tras se carga el hilo de sus pensamientos y su equilibrio, mandándolo derecho a los brazos de alguien.

Su acosadora arruga la frente, las acólitas se inclinan hacia él. Sacha levanta la vista.

Y casi le da un pasmo.

-¿Qué pintáis vosotras aquí? -pregunta Louis, y el ruso se estremece de arriba a abajo al darse cuenta de que está en sus brazos y que el suave rumor a su espalda corresponde a la respiración del escritor.

Anita les sonríe. Es un gesto encantador, pero Louis sólo gruñe. Eso y el pelo revuelto le hacen parecer un león enfadado.

-¿Y tú? -ella sacude la cabeza, y el larguísimo cabello negro se sacude suavemente- Ay, el novato, ¿no? Ya veo que nadie te ha advertido. Deberías saber que si quieres prosperar en el Chat, lo más sensato sería volver a tu puesto de perrito faldero de Raymond. Porque aquí hay ciertas compañías con las que es mejor que no te encuentren, querido, al menos si aprecias tu vida social.

Sacha, que aún no se creía muy bien lo que estaba pasando, se queda congelado, colgando de los brazos del escritor, mientras algo desagradable y frío comienza a descender camino de su estómago. Es similar a lo que sintió con Derek y consigue desvirtuar la increíble sensación de tener a Louis sujetándolo. No quiere que estos dos tengan un enfrentamiento. No quiere que Louis termine siendo un paria como él.

Por desgracia, la originalidad no es uno de los fuertes del ruso. Tampoco es un hombre de acción, dado que la mejor idea que tiene es volver a encogerse y bajar la cabeza en espera del chaparrón.

La voz de Louis le llega enseguida, vibrando en el oído de Sacha.

-Seré el nuevo, sí, pero no idiota -inspira. Su tono es plano y firme-. Chiara me ha hablado de vosotras. ¿No sois un poco mayorcitas para seguir con el rollo de animadoras resentidas de instituto? Y lo que es peor: ¿no es una pena que en un club tan prestigioso como el Chat se den tales comportamientos? ¿Debería informar a Ava? Quizá si lo hago pueda volver a congraciarme con ella. Porque no parecía muy contenta conmigo esta mañana, ¿sabes? ¿Tú qué crees, Sacha?

El chico da un respingo al oír su nombre, pudiendo sólo parpadear en respuesta sin llegar a entender bien lo que se le ha dicho. Está demasiado ocupado mirando a su salvador con los ojillos abiertos como platos. Es vagamente consciente de que Anita está diciendo algo muy grosero, pero su cara se encuentra pegada al pecho de Louis y lo único que es capaz de escuchar con claridad los latidos rítmicos del corazón del escritor. Es un sonido intoxicante, que ahoga todo lo demás. Sacha emite un suave quejido. No recordaba cómo se siente uno cuando alguien lo tiene completamente seducido, y lo gracioso es que no entiende ni cómo ha sido. Todo ha ocurrido tan rápido que todavía está intentando asimilar lo que le ocurre.

Un estampido y Anita gritando, ahora desde el otro lado de su puerta, lo arrancan de repente del trance.

-¡Pues vaya con el muñequito hinchable de Raymond!

Louis resopla en su nuca antes de soltarlo.  Al rusito se le erizan todos los pelos de la nuca. Está en su cuarto, en la Jaula. Dios. El escritor está en su cuarto.

Gritaría de emoción, pero mamá vendría y le sacaría los ojos si su radar detecta que se está saliendo de la tangente, sin olvidar que ver a Louis derrumbarse en su sofá bajo la íntima luz de la lamparita lo deja sin aliento.

Así que… ¿ahora qué?

-Ahora entiendo a qué te referías con lo de estar solo en el Chat –Louis, que no tiene ni idea del lío emocional de la cabeza de Sacha, se pasa una mano por la melena rubia. A juzgar por el nivel de despeine que lleva, ése debe ser un gesto que ha repetido mucho en lo que lleva de noche. Parece un Einstein más divino.

Sacha iba a empezar a disculparse muy atropelladamente por la mentirijilla de Chiara, pero se queda en silencio al verlo restregarse la cara, los hombros hundidos. Un dolor súbito le atraviesa el pecho.

¿Por qué parece tan derrotado? ¿Es por él?

Seguro que sí. El tonto egoísta de Sacha lo está molestando haciéndolo venir a su cuarto. ¿Y para qué? Para nada. Seguro que está perturbando el poco rato de descanso que tenga con Ray ahora que éste está ocupado en la Jaula.

Con el corazón encogido, se apresura a tomar asiento a su lado, con tanto ímpetu que casi los tira a los dos del sofá. Louis bufa algo parecido a una risa y le dice algo entre dientes, pero Sacha ni se da cuenta y, angustiado, se remueve en el sitio. Si cuando envió a Chiara de mensajera a dejar esa notita en la puerta estaba embargado por la emoción, ahora todo eso le parece estúpido e irresponsable por su parte. Algo de lo que, por supuesto, le encantaría disculparse. Y lo haría, de no ser por la tonta obsesión de su garganta a cerrarse y la tendencia de su francés a negarse a verbalizarse cada vez que levanta la vista para encontrarse con los iris azul eléctrico del escritor.

Tampoco es que ayude el hecho de que su expresión oral sea más bien mediocre incluso en ruso.

-Sacha. Eh, Sacha. Oye, ¿estás bien?

-Lo siento –gimotea él, aferrándose al brazo de Louis, los ojillos brillantes-. Soy tan molesto

Su invitado parpadea despacio, desconcertado.

-No, qué va. No es culpa tuya que haya esa clase de inadaptadas sociales en el Chat –y levanta la mano libre para darle unas palmaditas en la cabeza-. Aunque deberías plantarles cara alguna vez. Y puede que no sea el más indicado para dar sermones, pero también tendrías que dejar de mentir compulsivamente –añade con el ceño fruncido, pero Sacha no tiene tiempo para preocuparse por eso ahora.

-No… son ellas. Es… no hacía falta que vinieras. Seguro que tienes cosas mejores que hacer y…

Aprieta los dientes. Le da demasiada rabia pensar en esas cosas mejores que hacer que pueden mantener ocupado a su adorado escritor. Esas cosas tienen colmillos brillantes y unos ojos verdes magnéticos contra los que él no puede competir. Mientras busca la forma adecuada de enmendar su error, Louis lo mira con los ojos ligeramente entornados, sin terminar de entender. Al final, y a falta de palabras, Sacha salta del sofá y tira de él.

-Te acompañaré a tu cuarto.

-¿Qué? ¡No!

El escritor lo toma de los hombros y lo hace sentarse otra vez con firmeza. De pronto se ha quedado un poco pálido. El ruso menea la cabeza y hace ademán de volver a levantarse.

-Eres muy bueno, pero no hace falta que estés aquí si no…

-No quiero volver arriba –corta el otro, sin soltar sus hombros. Sacha tuerce la cabeza-. No puedo volver a esa habitación, ¿vale? Estoy bien contigo. No sabes lo agradecido que te estoy por invitarme.

Estoy bien contigo.

Ha dicho eso, ¿no? ¿En serio lo ha dicho?

-¿De verdad quieres quedarte? –pregunta muy bajito, al tiempo que alarga la mano tímidamente para alisarle una arruguita de la camiseta.

La expresión de inquietud vuelve al rostro de Louis un instante antes de que su cara quede enterrada en las palmas de sus manos otra vez.

-Desde luego –farfulla-. Pero no sé si debería. No sería ético dejar mi trabajo y permitir que Raymond pulule por ahí a sus anchas. Ava se hará un sándwich mixto con mis tripas si se entera.

El tono resignado de Louis sorprende a Sacha, que pensaba que después de ver a su protégé en acción el novato… bueno. Se transformaría en un zombi baboso, como los demás, y se convertiría en la sombra inseparable de Raymond hasta que éste le chupara incluso el tuétano.

Pero parece ser que no. Y eso es todavía más alucinante que todas las cosas que han pasado esa noche desde que él entró en escena.

Sin poder contenerse, vuelve a abrazarse al bíceps de Louis y restriega la mejilla contra él. Que le follen a Raymond. O no, que seguramente es lo que le estén haciendo ahora mismo.

-Ray está castigado esta noche –dice, quizá con demasiada satisfacción. Louis lo despega un momento para mirarlo fijamente a la cara, haciéndole sonrojar.

-¿Cómo?

-Ava lo castigó por lo que pasó en la piscina –Sacha se escurre entre sus manos y consigue continuar con su proceso de arrumacos, temblando de emoción y sin terminar de creerse que Louis le permita hacer eso. También tiene que desviar la vista de la cara del escritor, porque su mirada lo perturba profundamente-. Ray no tiene más de tres clientes por noche, y hoy tendrá que trabajar hasta que salga el sol.

-No parece tan grave, teniendo en cuenta cómo es Raymond.

-Pregúntale mañana a su culo –replica él en mitad de una oleada de oscuro placer.

Louis suelta una suave risa y se frota un ojo. Por favor, sí que está realmente agotado. A Sacha le encantaría pedirle que se quedara a dormir, le ofrecería incluso su regazo como almohada. Menos mal que en el último momento recuerda el consejo de Chiara acerca de no parecer un acosador y se abstiene de hacer tonterías. Quizá si es perseverante eso salga directamente del escritor.

-Menos ganas tendrá de violarme entonces.

-No creo que su culo lo pare –gruñe él.

Louis suelta una suave risa y se frota un ojo. Por favor, sí que está realmente agotado. A Sacha le encantaría pedirle que se quedara a dormir, le ofrecería incluso su regazo como almohada. Menos mal que en el último momento recuerda el consejo de Chiara acerca de no parecer un acosador y se abstiene de hacer tonterías. Quizá si es perseverante eso salga directamente del escritor.

-Um… ¿Louis?

-¿Sí?

-Puedes venir aquí cuando quieras. Y, erm… siento lo de Chiara –Louis lo mira de reojo, un grueso mechón ondulado cubriéndole parte de la cara-. No quería mentirte –prosigue el ruso en tonto compungido. Lo lamenta de verdad y no, no era su intención principal. Pero estaba tan deseoso de proteger al escritor de Ray que la mentira salió sola. Era su último recurso, teniendo en cuenta su limitad capacidad verbal y lo difícil que resulta demostrar los estragos que la presencia del otro prostituto termina causando en la mayoría de los empleados y clientes del Chat que pasan demasiado tiempo en su órbita.

Louis se encoge como si le hubieran pinchado.

-¿Sabes? Yo tampoco quería hacerlo -empieza, mirándolo casi con vergüenza. Sacha tuerce la cabeza, inquisitivo-. Yo tampoco he sido del todo sincero contigo.

¿Qué? ¿Cómo?

-No soy escritor –Louis se encoge de repente, como si le hubieran pinchado, y dedica una mirada vacía a la lámpara del techo-. Bueno, no oficialmente.

-Pero…

El (no)escritor cierra los ojos.

-Sacha –corta-. Sólo quiero que sepas que seguramente no soy como tú crees. No hay un solo editor en este país que no se haya dado un gustazo metiendo mi manuscrito en una trituradora de papel. Casi prendo fuego a todo el barrio de Rivoli cuando trabajaba en un restaurante, y desde entonces toda la zona está empapelada con mi cara para que mis conciudadanos puedan reconocerme y pegarme con un palo cuando se me ocurra pasar de nuevo por ahí. No tengo dinero para alquilar una habitación siquiera, así que vivía de okupa en casa de una amiga de mi hermano hasta que ésta decidió que estorbaba más que otra cosa y me tendió una trampa para abandonarme aquí como a un anciano en una gasolinera. Y una vez en el Chat, ni siquiera…

La frase se corta abruptamente al hundir el escritor la cabeza entre los hombros con un resoplido. Sacha se tensa, pero todavía está intentando el principio de la perorata, no tiene tiempo de preocuparse por el final. En realidad, no puede siquiera centrarse en descifrar lo que pasó en Rivoli, porque Louis desvía su atención al levantarse lentamente. Con una fascinación insana, el ruso estudia los cuidados movimientos con los que Louis esquiva el caos de ropa desperdigada por el suelo, conteniendo la respiración.

La forma en que el otro sortea con sumo cuidado un par de botas verde lima, el movimiento sinuoso de sus hombros bajo la camiseta; todo en él provoca que algo se revuelva en sus entrañas con el vigor de un animal insatisfecho.

Tiembla, al mismo tiempo que ve a Louis torturando su frente a golpes contra el muro. Hasta este preciso instante, no había sido consciente de ése tirón en su estómago. No tenía ni idea de qué es exactamente lo que le atrae de Louis con tanta pasión, sólo se había dejado arrastrar alegremente por su campo magnético. Ahora sabe que lo que lo descoloca por completo es un anhelo tan profundo que lo atraviesa de parte a parte.

Le gustaría saber con exactitud qué es lo que tiene el nuevo que consigue escarbar en la memoria de Sacha para desenterrar el vívido y brillante recuerdo de Kolia. Es agradable y desgarrador al mismo tiempo.

Aunque casi siempre resulta mucho más placentero.

-No importa -susurra, de pronto justo detrás del proyecto de escritor. Desconoce cómo ha llegado hasta ahí. De todos modos, concluye que es un movimiento acertado de su subconsciente al sentir el suspiro de Louis cuando apoya las manos en su espalda.

-Ni siquiera ahora puedo olvidarlo.

El rusito desliza los largos dedos a través de los costados de Louis hasta llegar a su vientre, donde titubean un momento antes de entrelazarse, y la tensión en los músculos de su invitado parece relajarse un tanto. En el fondo, no son tan distintos. Seres de pequeñas, patéticas existencias, aferradas a un punto del pasado del que no pueden desprenderse.

Sacha roza con la nariz la camiseta de algodón. La voz de Chiara retumba en su cabeza, pero él necesita eso, necesita el contacto humano como el respirar.

Y si es con el escritor, mejor.

-Yo tampoco -dice, en apenas un suspiro, y Louis lo toma con cuidado de las muñecas y se libera de su abrazo para enfrentarse a él. El cinturón de seda que tan recatadamente se ceñía a su cintura está desaparecido en combate. No es algo que le preocupe en este momento, de todos modos.

Louis deja caer los ojos sobre su piel. Da la impresión de que su cabeza está en otra parte, lejos, y cuando al final reacciona, lo hace sólo parpadeando parsimoniosamente. Parece algo perdido, pero ¿quién no lo ha estado alguna vez?

-Yo tampoco –insiste él, justo antes de que el (no)escritor lo silencie mordiéndole los labios.

Sacha levantó con el pie un extremo de la alfombra y deslizó perezosamente la aspiradora por debajo un milisegundo antes de volverse por enésima vez hacia la puerta con gesto ansioso. Como le ocurría con el resto de tareas domésticas, detestaba hacer la limpieza, pero todavía detestaba más aguardar de brazos cruzados las largas horas que pasaba Kolia en la universidad. A falta de nada mejor que hacer (porque Sacha y los estudios habían demostrado sobradamente que no se llevaban bien), sus desastrosos intentos de cocinar o poner lavadoras le mantenían la mente ocupada.

En aquel caso, no obstante, la espera se había prolongado durante más de una semana, y el síndrome de abstinencia tenía a la cabeza de Sacha un poco trastornada. Así, por más que intentaba concentrarse en toda clase de actividades banales, siempre se terminaba descubriendo a sí mismo con la aspiradora ronroneando inútilmente en la mano, a la espera de que él despegara la vista de la ventana empapada de su apartamento.

Olvidando momentáneamente su tarea, se detuvo en mitad del salón minimalista y dedicó otra mirada angustiada al reloj.

Kolia no era la clase de personas que llegan tarde a ningún sitio. De hecho, constituía el modelo del obseso de la puntualidad británica, un responsable enfermizo en ese aspecto. Su avión, proveniente de Moscú, había tomado tierra hacía ya casi una hora y tres cuartos, y Sacha no podía entender qué era lo que estaba haciendo que se demorara tanto en llegar, pero la espera le ponía enfermo de preocupación.

Mientras rumiaba las posibilidades –que oscilaban entre un accidente termonuclear y el inicio del apocalipsis zombi-, apagó de forma casi inconsciente el aspirador y se acercó al ventanal para contemplar el tráfico de San Petersburgo, que latía incesante a sus pies.

Le gustaban las vistas. Hacía apenas dos meses que su madre les había dejado a él y a Kolia aquel espacioso ático en el mismo corazón de la ciudad, y Sacha no le encontraba ninguna pega aparte de las odiosas vecinas que les espiaban desde el bloque de enfrente y no paraban de quejarse por su “conducta indecente”. Precisamente en ese mismo momento, unos ojillos malévolos y desaprobadores estudiaban su atuendo asomados tras una espantosa cortina de girasoles. Al verla, Sacha se pegó más al cristal, para que la miopía de la vieja no le impidiera perderse nada, y articuló un claro ZORRA, los labios rozando el frío vidrio. La respuesta inmediata fue un fruncimiento de la nariz ganchuda. Сука. La muy bruja parecía una versión moderna de Baba Yaga.

Él le sacó la lengua y volvió a centrar su atención en el maremágnum de coches. El tráfico era infernal, acorde con el tiempo. Sacha no podía distinguir el de Kolia entre tantos faros y con aquella cortina de agua salpicando su cristal. Gimió. No quería ponerse histérico, pero si Kolia era un ser equilibrado, Aleksandr se acercaba de forma irremediable a la neurosis. No podía evitarlo, nunca habían pasado tanto tiempo separados.

Estaba tan concentrado en amargarse la existencia con suposiciones aciagas mientras se congelaba la mejilla contra el vidrio helado que no escuchó el chasquido de la puerta. Tampoco oyó las pesadas botas de montaña haciendo crujir el entarimado, y para cuando acertó a ver el reflejo de una figura en el cristal, ya era demasiado tarde.

Unos brazos mojados le rodearon el pecho por detrás y lo estrujaron, levantándolo del suelo y arrancándole un gritito estúpido. Al principio Sacha se quedó paralizado, el corazón encogido de terror, aunque pronto algo húmedo le rozó la oreja y una voz deliciosamente familiar acarició su oído:

-Me parece que has olvidado la ropa que va debajo del delantal.

Toda la piel desnuda de la espalda de Sacha se erizó al instante contra el abrigo empapado de su atacante. Sí, se había olvidado de ella. Intencionadamente. Pero todas las contestaciones provocadoras que había ensayado para esa situación se deshicieron como castillos de arena, sepultadas por un alivio y una emoción inmensos y absurdos.

Sólo ha sido una semana, tonto. Le recriminó una vocecita en su cabeza, y aun así no pudo evitar que el estómago le diera un vuelco cuando Kolia lo dejó en el suelo y le hizo darse la vuelta sin librarlo de su húmedo y frío abrazo.

Nikolay tenía las mejillas arreboladas y los labios agrietados por el frío, pero sonreía ampliamente mientras sujetaba a Sacha por la cintura. Él empezó a temblar, el agua traspasando la fina barrera de su delantal. Kolia pareció darse cuenta, porque se apartó un poco y le dedicó una mirada crítica, sus ojos de un gris idéntico al de los de Sacha relampagueando.

-No es un delantal muy bueno, ¿lo sabías? –arrulló, pero a juzgar por el movimiento de sus yemas por la espalda de Sacha, parecía satisfecho con el recibimiento.

Él abrió la boca, aunque no tenía en mente nada lógico que pudiera decirle. Debería estar enfadado con Kolia, tal vez, por haberle hecho pasar tan mal esos siete días de ausencia, y sin embargo no era capaz de sentir otra cosa que no fuera aquella intensa emoción sin forma ni nombre.

El pulgar del otro recorriendo su mejilla hizo que se esfumaran todas esas trivialidades. Sacha parpadeó, casi al mismo tiempo que el semblante de Kolia demudaba rápidamente. Él se revolvió y le dio la espalda enseguida. No soportaba la forma en que  le retorcía el estómago aquel gesto de preocupación. Superponiéndose a la imagen nocturna de San Petersburgo, el cristal le devolvió el reflejo de su cara magullada.

A veces le sorprendía su habilidad para estropearlo todo.

-¿Todavía duele? –Kolia se acercó por detrás y volvió a rodearlo con los brazos. A pesar del gesto reconfortante, hablaba con cierta cautela. Sacha sacudió la cabeza-. Mamá preguntó por ti. Le dije que estabas enfermo, como acordamos.

Lo sabía. Ella había llamado más de veinte veces para saber cómo se encontraba en cada momento. Mentir le había hecho sentir enfermo de verdad, pero de algún modo eso se estaba convirtiendo en una faceta más de su vida.

-También la convencí para que no viniera a visitarte –Kolia se removió tras él. Sus dedos, que llevaban un rato distraídamente intentando deshacer el nudo del delantal, se detuvieron-. Sacha –murmuró-, ¿estás seguro de que no quieres…?

-¿Ella no vendrá?

Sacha oyó a Kolia aspirar con fuerza.

-No.

-Entonces está todo bien. ¿O prefieres preocuparte por ella ahora y pasar de esto?

Con un tirón resuelto, se arrancó el ridículo delantal del cuerpo y lo arrojó por encima del hombro de Kolia sin mediar más palabras. Lo último que buscaba en ese momento era pensar en su madre. Había pasado una semana a solas con el eco de la culpa retumbando en su cráneo y dando la vuelta a todos los espejos para no encontrarse con el moratón en su pómulo. Estaba cansado y desesperado. Sólo quería revolcarse con él hasta sentir que todo estaba en su sitio otra vez.

Nikolay permaneció un instante inmóvil, y Sacha llegó a temer que fuera a declinar la oferta de follárselo hasta dejarlo definitivamente tonto. Al final, Kolia apartó los restos del delantal con el pie con el ceño fruncido.

-Deberías plantearte buscar otro delantal mejor que ese –Sacha bufó indignado, los brazos cruzados sobre el pecho, y su gesto consiguió arrancarle la sonrisa definitiva a su hermano a su hermano-. Te he echado de menos.

– Pues no lo parece. Tonto  –replicó él, con un mohín que Kolia se encargó de borrar de su cara estampándolo contra la ventana en un beso ansioso y torpe.

Sacha suspiró, aliviado, y agarró a su mellizo del cabello teñido para ganar estabilidad mientras éste lo aupaba. De repente, la ropa de Kolia acompañaba al delantal en el suelo y sus manos sobre la piel del rubio marcaban un extraño contraste con el frío cortante del cristal a su espalda. El chasquido de los labios marcaba el tempo desquiciado del beso y empezó a volver intrépidas a las manos de Kolia, cada vez menos centradas en sujetar a Sacha contra la ventana y más en explorar cada recoveco de su cuerpo. Aleksandr levantó la barbilla entre escalofríos y dejó que su hermano progresara lamiendo y cubriendo de besos cada centímetro de cuello y pecho.

Todo su cuerpo vibraba con necesidad, le ardía el pecho. De hecho, sentía como si un animal salvaje se revolviera y luchara por rasgarle la piel. Sujetaba la cabeza de Kolia y lo obligaba a levantarla periódicamente para meterle la lengua en la boca, jadeando entre sus labios.

Hasta que Kolia se detuvo, la mirada fija en algún punto por encima de la cabeza de Sacha.

-Ahí está.

Él se retorció para intentar ver por encima de su hombro.

-¿Q-quién?

-Baba Yaga.

Sacha gruñó una risotada y le dio un piquito cariñoso.

-Salúdala de mi parte.

En lugar de dirigirse a la mujer la mano de Kolia llegó a su entrepierna, pero él brincó y cerró de pronto las cortinas, no sin antes dedicarle un guiño a la mirona del otro edificio. Su hermano, la cabeza ligeramente ladeada en un gesto interrogativo que compartía con Aleksandr, arqueó una ceja.

-¿Qué pasa? –inquirió.

De un paso, Sacha salvó la diminuta distancia entre ellos y le tomó la cara entre las manos.

-Me acabo de dar cuenta de que la vieja seguro que se toca mirándote el culo.

-Ya.

-Pues tú eres mío y sólo yo puedo masturbarme con tu culo. O encima de él. O debajo.

Kolia rió y lo levantó en volandas.

-¿Y qué tal si me haces una demostración ahora? –propuso, y avanzó a trompicones hasta la habitación que ambos compartían con Sacha mordiéndole la oreja de manera casi feroz.

El cuarto estaba en penumbra, pero Kolia conocía el camino a la perfección y arrojó a Sacha justo al centro de la cama deshecha. El más joven rodó hasta quedar boca arriba, su cabeza rozando el borde, en el momento preciso para ver a su hermano coger algo de entre las sábanas.

A pesar de estar temblando de excitación, Sacha no pudo evitar lanzar una risita tonta cuando Kolia sacudió el objeto delante de sus ojos.

-Ya veo que te lo has estado pasando bien sin mí –dijo desde arriba, y le tiró el consolador, que Sacha atrapó al vuelo-. Drochila pervertido.

Iba a decir algo más, pero el otro empezó a lamer la silicona lila, mirándolo insolente, y aquello debió parecerle infinitamente más interesante. Cuando Sacha separó los labios para hacer envolver la punta, la polla de Nikolay ya se hundía en su mejilla.

-¿Te diviertes? –el rubio abrió la boca para que viera cómo su lengua recorría el falso glande del dildo en respuesta. El calor húmedo que desprendía el falo pegado a su mejilla lo estaba volviendo loco-. ¿No sería mejor probar con uno de verdad? ¿O prefieres que os deje a solas y vaya a machacármela delante de la ventana?

Kolia todavía tuvo que hacer fuerza para arrancarle el juguete de entre los dientes. Se dejó caer en la cama como un peso muerto y de un empellón obligó a Sacha a colocarse sobre él, mirando a su entrepierna.

El rubio se quedó a cuatro patas, maripositas rondándole el estómago al toparse con la perfecta visión de aquella polla. No es porque se tratara de su hermano mellizo ni nada, pero su pene era una obra de arte viviente. Normal que sintiera maripositas. Daban ganas de comérselo de primero, segundo y para el postre también.

-MiniKolia se alegra de verme –dijo estúpidamente, y le dio un besito en la punta-. Un montón.

Kolia resopló.

-¿Cómo no se va a alegrar, si eres su putito preferido?

Sacha dejó caer la cabeza entre los brazos para mirarlo.

-¿Ah? ¿Pero no soy el único?

-El único, el beneficiario exclusivo de MiniKolia. Y ahora come y calla.

Dicho esto, Nikolay recuperó el consolador baboseado y presionó con él el ano prieto de Sacha, quien emitió un sonido estrangulado. Preocupado, su hermano se detuvo en seco.

-¿Te hago daño? ¿Quieres que vayamos más despacio? –sugirió con voz suave y una mano que acariciaba su espalda, pero Sacha sacudió la cabeza y repasó con la lengua todo el capullo a su disposición a modo de instarlo a seguir. El suspiro que le llegó de atrás mandó un escalofrío por todo su cuerpo que se intensificó con el tacto suave de la silicona abriéndolo, invadiendo su cuerpo. Aunque intentó volver a enfrascarse en su mamada, los movimientos circulares con los que Kolia trataba de dilatar sus músculos le impedían concentrarse. Inconscientemente, arañó los muslos de Nikolay al mismo tiempo que éste terminaba de introducir el instrumento y, siempre lento y parsimonioso, retrocedía y volvía a empezar.

-K-Kolia, ah… –le sorprendió su vocecita, trémula y suplicante, como el resto de su cuerpo. El aludido no contestó inmediatamente, se entretuvo primero en sacar y probar a meter ahora un dedo junto al dildo lila-. ¡Kolia!

El oír su nombre de forma tan vehemente afectó a la polla de su hermano, que palpitaba furiosa contra la mejilla se Sacha. Él apenas la sentía, se mezclaba con el pulso furioso de su propio corazón.

-¿Qué quieres? –replicó al fin, la voz ronca, también entrecortada.

Su mano libre rodeaba el pene tieso de Sacha, pero no llegó a masturbarlo en ningún momento. Si temía que el rubio fuera a correrse con el más mínimo movimiento, estaba en lo correcto.

-A ti…

-Ya me tienes aquí –jadeó él, y sacudió un poco la cadera para golpearle con la polla en la cara.

-No… fóllame, Kolia…

Otro dedo pugnó por abrirse paso en su interior, y Sacha tuvo que cerrar los ojos. El mundo había empezado a dar vueltas a su alrededor y su sangre ardía en las venas.

-P-pídemelo.

Sacha quiso levantarse y gritar que quién era el pervertido ahora, pero eso era físicamente imposible, no con el temblor de sus extremidades.

-Por favor… Por favor, Kolia, móntame.

-¿Montarte? –Kolia ladró una risotada nerviosa-. Ni que fueras un caballo.

-Seré lo que tú quieras que sea… –gimió él en respuesta, y su amante se quedó inmóvil un segundo antes de darle la vuelta y ponerlo de espaldas otra vez como a un gatito indefenso. Otro segundo más y se encontró con la cara de Kolia frente a la suya.

-Joder –farfulló-. Joder.

Agarró el consolador y tiró de él sin llegar a sacarlo. Sacha levantó las piernas y rodeó su cuerpo, dándole espacio para que Kolia se posicionara. En un par de rápidos empellones, su hermano consiguió penetrarlo con ambas cosas. Y dolía, vaya que si dolía, pero él procuró enmascararlo bien. Su propio miembro estaba tan rígido como una barra de hierro al rojo. Y todo por aquel dolor controlado. Era el pequeño secreto de Aleksandr, lo único que lo separaba irremediablemente de Nikolay.

Kolia bombeaba con fuerza acompañando con el consolador. La mano libre se había enterrado en el pelo rubio de Sacha y lo aferraba con fuerza ciega. Su hermano pequeño culebreaba con cada embestida, mordiéndose los nudillos para no gritar y gimiendo entre dientes. Dios. No había palabras que expresaran lo mucho que había echado de menos eso.

Cansado de utilizarlo, Kolia se deshizo pronto del pene de goma y centró sus esfuerzos en el movimiento cada vez más rápido de sus caderas. Sus dedos pegajosos acariciaron la mejilla herida de Sacha, de un rosa intenso que competía con el púrpura del moratón.

-Di mi nombre –pidió en su oído, casi sin aliento.

La voz áspera por el esfuerzo de Kolia en su oreja provocó que el rubio descargara sobre su vientre en rápidos trallazos, pringándolos a ambos pero sin que le importara demasiado a ninguno.

-Nikolay –suspiró con voz desmayada, y sujetó la cara de Kolia con ambas manos mientras éste también se corría dentro de él con un quejido.

 

 

Sacha salió de la ducha con cuidado y, goteando, pasó la mano por el espejo empañado del baño. Se encogió un poco al ver su cara todavía marcada, y desvió rápidamente la vista. Después del polvo, y entre arrumacos, Kolia le había prometido que en cuanto se graduara y fuera un abogado por fin, se largarían “de aquel país de homófobos fundamentalistas” e irían a París. Sacha soñaba con la Ciudad de la Luz, pero aquellas palabras no lo hacían sentir mejor. Más que nada porque no había sido un grupo de jóvenes homófobos el que le había dejado la cara hecha un cuadro. Porque estaba mintiendo a Kolia, a su otra mitad, de quien jamás se había separado y en quien confiaba ciegamente. ¿Cómo se sentiría él si descubriera que Nikolay le hacía lo mismo que estaba haciéndole él?

El vaho había cubierto de nuevo el espejo. Suspiró. Se vistió en el cuarto de baño, sin hacer ruido y sin prestar demasiada atención a lo que se estaba poniendo, y salió arrastrándose. Kolia dormía acurrucado sobre un costado, casi sin emitir ningún sonido. Sacha cogió su gorro y se dispuso a salir de la habitación, pero al final no pudo resistirse y volvió para acariciar por última vez la cara de su hermano.

Para evitar hacer ruido, se puso las botas en el recibidor. No cogió el paraguas, aunque fuera la lluvia torrencial había arreciado. Sabía que Borya estaría esperando a la vuelta de la esquina, con el motor del coche encendido.

Justo antes de cerrar la puerta tras de sí, no obstante, se hizo una promesa.

Aquella sería la última noche que dejaba ese apartamento a hurtadillas.

 

 

El coche de Borya era un Lada de un color entre gris y negro, casi tan feo como su dueño. Aquella vez, estaba haciendo anillos con el humo del cigarrillo, que se disiparon cuando Sacha entró y se acurrucó en el asiento trasero, mojándolo todo.

El rubio vio esos ojos claros volverse hacia él por el retrovisor. Sintió náuseas. Ya ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba chantajeándolo el detective.

-Llegas tarde –gruñó éste. Sacha se mordió el labio. Por norma general, llegaba tarde a todas partes, daba igual a donde fuera, menos a sus citas con Borya. Su cara era un ejemplo de lo que sucedía cuando osaba retrasarse. Él ya estaba muy cansado de ese juego.

-Borya –comenzó, haciendo un esfuerzo por ignorar el leve temblor de su voz-. Yo… no voy a venir la semana que viene. Nunca más.

Borya se volvió para mirarlo. Tenía unos ojos pequeños, porcinos. Acto seguido, lanzó una risotada que retumbó dentro del coche, pero Sacha pudo ver que la mano que sujetaba el volante tenía los nudillos blancos de apretar el volante.

Sin duda iba a ser la noche más larga de su vida.

 

 

 

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