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De lujo (Chapitre 5: Un gatito castigado)

5

La taza se estrella en la pared, justo donde hace unos segundos había estado la cabeza de Ray.

-La próxima vez no pienso fallar –rujo, y con una mano busco el proyectil más cercano.  Mi protégé se parapeta detrás de la cama con una risotada mientras se sacude trozos de porcelana del pelo, pero ésta vez no puede evitar que un estuche de acero le golpee el hombro.

Estoy tan furioso que he olvidado momentáneamente todo el autocontrol que me quedaba. La ira se me escapa a borbotones, puedo sentirla quemando en mis mejillas. No es sólo el que Ava me haya descontado del sueldo (todavía sin cobrar) el valor de la alfombra persa echada a perder por el vino -que ya supone bastante humillación de por sí-, es también la forma en que Raymond me arranca el control de las manos, como si cada vez que me tocara su campo magnético anulara esa parte en mi cerebro que rige mi sentido común. Y ni siquiera sé cómo. Sólo soy consciente de que cada vez que siento su calor, pierdo los papeles y lo único que puedo hacer es restregarme contra él igual que un gato en celo. Como antes.

Al recordar la escena de la piscina, la vergüenza arde en mi estómago y cristaliza en unas ansias irrefrenables de romper el cráneo del culpable. Y hablando del rey de Roma, que por detrás de la cama asoma…

-¿No piensas fallar? –los impactantes ojos verdes del prostituto brillan con diversión-. Para mí que esa taza no opina lo mismo.

-Cállate.

La lámpara rebota en la cama, muy cerca de él, y cae al suelo, donde se reúne con los restos mortales del resto de mis armas arrojadizas. Alargo la mano y tanteo a mi alrededor, pero ya no queda nada que sea susceptible de provocarle una conmoción cerebral y que no esté anclado al suelo.

-Nunca imaginé que fueras tan temperamental, gatito. Aunque apuesto a que gritarás igual cuando te ensarte en mi cama –sin hacer caso de mi gruñido de frustración, Ray trepa al colchón, deshaciéndose de la toalla que cubría su cintura desnuda, y se reclina perezosamente sobre él. En su cuerpo delgado y atlético no hay un solo signo de tensión a pesar de haberse reunido con una Ava iracunda y después de haber estado al menos un cuarto de hora esquivando tazas y lámparas. Joder, ni siquiera parece molesto-. Si quieres te lo demuestro ahora mismo.

-Te juro que ahora mismo te arrancaría los órganos y los vendería para saldar mi deuda con Ava. Y… -un brillo en su entrepierna me llama la atención. Un vistazo más cuidadoso congela un instante mi enfado-. ¿Llevas un piercing en…? Oh, joder.

Ray sigue la dirección de mi mirada y pasa el pulgar sobre una de las dos insolentes bolitas que le atraviesan verticalmente y de parte a parte el glande. Inmediatamente, mi pene se encoge en simpatía.

-¿Esto?  -ronronea, apoyado en un codo-. No es que fuera voluntario, pero al menos me sirvió para dejar de beber como un gilipollas.

-¿Te hiciste un piercing en la polla estando borracho?

Me hicieron un piercing en la polla estando borracho –se pasa la lengua por los labios-. No es tan malo como parece. Éstas dos han hecho llorar de placer a más de uno y de una. Deberías probarlo.

Mientras habla, acaricia con ternura su perforación, aunque no se molesta en vestirse. ¿Para qué, si su trabajo le exige tirarse medio día en pelotas?

-Ya te gustaría a ti que lo probara –mascullo, sentándome en una silla junto a la ventana. Me cruzo de brazos en actitud pasivo-agresiva. Parte del enfado se ha diluido ya, lo que quiere decir que mi psicóloga no hizo tan mal trabajo en aquellas sesiones de control de la ira.

Mierda. Cómo me gustaría seguir estando furioso.

-Claro que sí. Me encantaría tirarte al colchón y hacer que muerdas la almohada. Sería una visión preciosa de mi gatito –con una amplia sonrisa, enciende un Marlboro. Yo arrugo la frente, pero no por el comentario. Ya estoy más que acostumbrado a sus bravuconerías.

-Esas cosas te matarán algún día –afirmo. Ray suelta el humo con el cigarrillo todavía entre los dientes.

-¿Vendrás a mi funeral?

-Bailaré sobre tu tumba.

Él cruza los brazos por detrás de la nuca, toda la longitud de su cuerpo extendida sobre la cama, y me dedica un sonido inclasificable, seguramente una risotada.

-Bien. Los funerales deprimentes están muy vistos.

-Bastardo.

-Tú también eres un amor, cariño –contraataca, imitando el tono meloso de Sacha.

Un toquecito nos interrumpe, y al momento un inconfundible flequillo rubio asoma por el quicio, como si se hubiera dado por aludido al instante.

-Eh, princesa, si buscas tus esposas, te has equivocado de sitio.

Sacha termina de entrar en la habitación y hace una mueca de desagrado al ver a Ray espatarrado en la cama y como su madre lo trajo al mundo.

-Nadie te ha preguntado, Ray –resuelve, y me mira a mí-. Lo siento.

Yo sacudo el humo que está empezando a acumularse en el ambiente.

-No te preocupes, creo que me estoy inmunizando a sus estupideces –me pongo en pie y me acerco a Sacha, aliviado de tener por fin un aliado en esta habitación. El otro se ríe.

-Sí, es eso o volverse loco.

Ray me imita. Cuando está junto a nosotros, exhala una nube de humo ante nuestras caras, provocándole un acceso de tos a Sacha. Durante un segundo parece casi decepcionado de no haber causado el mismo efecto en mí, pero no tarda en dejar caer los párpados en un gesto de aburrimiento.

-Bla, bla, bla. ¿Habéis terminado, chicas, o ahora vais a cepillaros el pelo mutuamente y a discutir sobre quién es el más guapo de los Backstreet Boys?

Yo le quito el cigarro de los dedos.

-¿Backstreet Boys? ¿Ésos siguen existiendo? –replico, y sacudo la mano antes de que se le ocurra otra tontería-. Déjalo, Raymond. Ninguno tenemos tiempo para aguantar tus chorradas.

Agarro a Sacha del codo y salimos de la habitación muy dignos, aunque antes de cerrar la puerta, todavía se oye a mi protégé exclamar:

-¿Fans de los Jonas Brothers, entonces?

Aunque ahora no es difícil ignorarlo.

-¿Qué querías? –pregunto una vez fuera y a salvo del otro. Las comisuras de los labios de Sacha se curvan un poco hacia arriba.

-Enseñarte una cosa.

Me guía hasta su habitación. Al entrar me encojo un poco, anticipándome a la visión de la sala de tortura de mi aliado, pero entonces me encuentro con que está todo pulcramente ordenado. Aparte del potro, que sigue en su rincón, el resto de objetos están desaparecidos en combate, y en su lugar, un ejército de ropa ocupa la cama y todas las sillas del cuarto. Arrugo la nariz y me vuelvo hacia Sacha.

-¿Qué estás tramando? -inquiero.

Él me dedica un gesto inocente.

-He estado pensando -dice, y levanta distraídamente la manga de la chaqueta de un traje color marengo-. Para trabajar aquí, vas a necesitar algo más que un cochambroso traje de alquiler.

¿Qué? ¿Ahora os vais a meter también con el resto de mi ropa?

-Así que -prosigue-, mientras estaba en recepción, hice unas cuantas llamadas.

Carraspea un poco, me sonríe casi con timidez y me tiende el conjunto azul oscuro de dos piezas, con una camisa tan blanca como la nieve virgen. Yo me doy cuenta de que ni siquiera he tenido tiempo de quitarme el traje empapado y que estoy literalmente chorreando, aunque ni me acerco a la tela de lo que Sacha me entrega. Tengo miedo de profanar con mis manazas ése níveo algodón de primera calidad que se me ofrece.

-Pruébatelo, por favor -me pide-. No sé cuál es tu talla, así que pedí que me trajeran varias. Aunque creo que ésta es la que mejor te va a venir.

Abro y cierro la boca, sin llegar a articular ningún sonido, y Sacha me mira expectante, con la cabeza ladeada de forma casi imperceptible. Al final, logro graznar:

-¿Ésto es para mí? -el chico asiente, y su flequillo se sacude-. Pero… ¿estás de broma? Todo esto tiene que valer una barbaridad -los dientes me castañetean un poco. Aun así, me alejo un poco del precioso traje azul-. Lo siento, no puedo aceptarlo. Tengo ropa en mi casa, iré ahora mismo y…

-Louis -interrumpe con suavidad, sin bajar la mano que sujeta la prenda-, sabes que Ava no va a dejar que te pasees por su hotel con ése abrigo tuyo, ¿verdad?

-No tengo otro -protesto débilmente.

-Pues por eso te he comprado uno adecuado -señala algo a su espalda, un abrigo de lana negra muy sobrio y elegante. Yo siento que me flaquean las fuerzas. Sólo de pensar en ponérmelo, me duelen los brazos con necesidad-. Considéralo un regalo de bienvenida, guapo. Además, te lo mereces después de haberte llevado todas las culpas por lo de antes.

Volver a pensar en mi castigo hace que me duela el corazón lo bastante como para rendirme. Dejo que Sacha me ayude a quitarme la chaqueta mojada y cojo el conjunto. En cuanto rozo el suave material, no sé si reír o llorar.

-Gracias -susurro finalmente, arrastrándome hacia el baño para probarme una montaña de cosas-. Aunque esto es demasiado. Y odio deber cosas a la gente.

La risa cantarina de mi aliado me llega desde el otro lado de la puerta.

Sin mirarme en el espejo, me despego del viejo traje como una serpiente que muda la piel. Sacha ha pensado en todo, e incluso me ha comprado ropa interior. Es un poco inquietante comprobar que se trata justo mi talla, pero me alivia tanto ponerme algo seco y caliente encima que casi me da lo mismo. Lo atribuyo simplemente a su buen ojo y sigo embutiéndome los pantalones.

Estoy al menos una hora probándome ropa. Sacha me hace salir cada vez que me pongo algo distinto para comprobar con ojo crítico cómo me queda y para arreglarme las corbatas. Casi siempre se deshace en elogios, y a mí se me suben los colores a la cara.

-Éste, éste es perfecto -exclama cuando salgo ajustándome la chaqueta entallada de un traje gris perla. Sacha da una vuelta a mi alrededor, recordándome a un depredador rodeando a su presa, y entonces me toquetea los puños-. Ay, Louis. Te he dicho que la camisa no puede sobresalir más de dos centímetros por debajo del traje.

Yo voy a contestarle que bastante lío tengo en la cabeza para acordarme de eso, pero al levantar la vista me topo con la imagen de Ray apoyado en el marco de la puerta, su sempiterno cigarro colgado de sus labios, que forman una sonrisa cáustica.

-Cállate -le espeto antes de que diga nada. Sacha se queda quieto en el sitio, también mirando a mi protégé, ceñudo. Ray se encoge de hombros y da una larga calada antes de decir:

-Tengo hambre, gatito. Llévame a algún sitio -recorre con los ojos verdes mi figura trajeada y me enseña los dientes-. Pero no te quites eso.

-¿Por qué demonios estamos comiendo en un MacDonald’s si en el Chat podemos pedir lo que queramos?

Me estoy pelando de frío sentado en un banco a la puerta de uno de esos restaurantes de comida rápida que tan mala espina me dan, y todo porque Ray necesita un chute continuo de nicotina tanto como el aire que respira. Hace un tiempo horrible, cubierto y amenazando lluvia, aunque con el hambre que tengo no estoy para ponerme quisquilloso, así que cuando él sale con una bandeja a rebosar de comida me arrebujo un poco más en el perfecto abrigo de Sacha y me abalanzo sin más a mordisquear una patata frita.

-Esta mierda me recuerda los viejos tiempos –dice con la boca llena, mientras enciende otro cigarrillo. Ya he perdido la cuenta de los que lleva hoy.

Viejos tiempos, ¿eh?

Yo enarco una ceja sin decir nada. Ray simplemente me mira entre bocado y bocado. En menos de dos minutos ya ha devorado una hamburguesa y se pone a sacar otra del papel parafinado.

-¿Cómo puedes comer así? –inquiero fascinado, mi comida todavía esperando ser catada.

-Me muero de hambre.

-¡Pero si pareces una boa desencajando así la mandíbula!

Mi protégé moja una patata en kétchup y me la mete en la boca con la hamburguesa sujeta entre los dientes.

-Come, gatito. Necesito masticar en silencio si quiero apreciar los matices de la comida, y tú no me estás dejando.

Matices. En un pedazo de carne procesada. Deja de vacilarme, anda.

Frunzo el ceño, pero obedezco entre escalofríos. Ray, que lleva una camisa con una frase en algo que parece alemán u holandés bajo la chaqueta de cuero, no da signos de tener frío. Mordisquea su tercera hamburguesa atento a todo lo que ocurre a su alrededor, ya sean peatones, coches, algún pájaro, la brisa, o yo mismo. Su mirada furtiva salta rápidamente de una cosa a otra, analizándola brevemente hasta obtener su aprobación y volver a concentrarse en la carne. Yo aprovecho que está estudiando el ir y venir de los clientes y lo contemplo con detenimiento.

Tiene una belleza extraña. Animal. El pelo caoba debe estar hecho para crecer ferozmente alborotado, y cae sobre sus ojos de ése verde tan peculiar. De vez en cuando, su lengua asoma para lamer de forma inconsciente los restos de mostaza de los finos labios. Su cuerpo se repantinga indolente en la silla, con la laxitud perezosa de una pantera en cautividad, pero parece preparado de alguna manera para la acción. Es alto, con la delgadez compacta y fibrosa de un atleta, y esté donde esté siempre parece… fuera de lugar. No sé cómo explicarlo. Es extraño.

-¿Quieres una foto?

Ray parpadea muy despacio, divertido. Ya ha terminado de comer, a diferencia de mí, que todavía no he probado bocado. Enrojezco un poco.

-Cállate –espeto, y muerdo la hamburguesa fría.

-Te la firmaría.

Yo le tiro una patata, que él la atrapa al vuelo con la boca.

-Deberías colocar la puntería en tu lista de cosas que aprender, además de nadar.

-¿Quién te enseñó a odiar así al mundo? –le bufo.

-Mi padre decía que tenías que odiar al mundo si querías sobrevivir –se inclina sobre la mesa y le pega un bocado a mi hamburguesa-. Comer o ser comido, gatito.

-Todo un erudito, tu padre.

Haciendo trabajar sus mandíbulas, Ray se levanta y echa andar hacia el centro. Yo me apresuro a engullir lo que me queda de comida y me lanzo a correr tras él.

-No le sirvió de mucho. Está muerto.

-Oh –digo, un poco por inercia-. Lo siento

Mi protégé camina a grandes zancadas.

-Tú no lo mataste –cuando habla de su progenitor se muestra casi despreocupado, aunque puede que su dureza sea parte de la fachada de fanfarronería tras la que se esconde-. Tampoco es que nadie lo eche de menos.

Me quedo callado con eso, un poco impresionado. Nunca había oído a nadie hablar así de un padre.

-¿Una relación difícil? –aventuro, al tiempo que cruzamos las puertas del Jardín de las Tullerías y nuestros pies crujen sobre la gravilla. Ray se ríe tan fuerte que me asusta.

-¿Vas a psicoanalizarme, gatito?

No. Sólo quiero saber qué es lo que escondes.

No le contesto. Ni siquiera le pregunto adónde vamos. Sólo dejo que me guíe en silencio entre turistas y parisinos, aparentemente sin rumbo fijo. Cuando empieza a chispear, salimos del parque y nos protegemos de la lluvia, ahora torrencial, bajo un portal. Viendo las calles de París encharcarse lentamente, rumio lo poco que me ha dicho. Quizá sufriera malos tratos de pequeño.

Muy típico. Aunque con él, nunca se sabe.

-¿Por qué estamos aquí? –pregunto después de un rato de silencio incómodo.

-No me gusta estar encerrado.

-¿Y me has arrastrado por media ciudad para nada? –sin volverse, sonríe-. Te estoy empezando a odiar tanto que me asusto a mí mismo.

-Eso está bien. Es el primer paso antes de querer follarme.

Volvemos al Chat Bleu casi tan mojados como cuando Ava nos sacó de la piscina. Me deshago del traje de Sacha en el baño sin parar de refunfuñar y busco en la caja en la que he guardado el resto de ropa algo cómodo. Ray me grita desde fuera que deje la ropa mojada en un cesto junto al lavabo si quiero que tenerla como nueva esta noche, y yo obedezco arrastrando los pies. Son las tres y he perdido mi día libre, así que sólo me quedan unas pocas horas para descansar antes de tener que acompañar a Ray al trabajo. Con mi reloj biológico completamente trastornado, lo único que quiero es dejarme caer en el colchón y dormir hasta la próxima glaciación, pero al salir del baño con unos pantalones anchos y una camisa de algodón, veo que él, casi de la misma guisa que yo, ya se ha acomodado en la cama.

-¿Voy a tener que dormir otra vez en el suelo? –me lamento, sintiendo casi al momento un dolor infame en las cervicales.

-Nadie te obliga –Ray da unas palmaditas en las sábanas y una mueca malévola curva sus labios. Me estremezco.

Ésa cara me obliga.

-¿Sabes? Me gustaría mantener mi virginidad al menos hasta el segundo día de trabajo. No te lo tomes a mal, es sólo una cuestión de principios.

Él me mira con aburrimiento y se rasca la tripa.

-¿Mantener la virginidad? Qué lástima. Con la cantidad de cosas divertidas que podríamos hacer… -sacude la cabeza simulando pena-. En fin. Por muy obsesionado que estés, no voy a violarte. No en la primera cita. No sería nada caballeroso –con una mano alcanza los cordones de mi pantalón y tira de ellos-. Ven, gatito. Lo único que quiero con la barriga llena es dormir, no follar. Te lo prometo.

Como si tus promesas sirvieran de algo.

Cierro los ojos y me froto el puente de la nariz. Todavía lleno de desconfianza, pero negándome a plantar la cabeza en el frío parqué, me acurruco en el lado más alejado de la ventana. Luego me lo pienso mejor y me incorporo, le quito la almohada y la pongo entre los dos, como una muralla que impide que se toquen nuestros cuerpos. Aunque es tonto e infantil, me hace sentir mucho mejor.

-Ni una palabra, Raymond. Y ni se te ocurra intentar nada gracioso –espeto, antes de que a Ray se le ocurra reírse. En lugar de eso, oigo el chasquido de su mechero-. ¡Eh, no fumes en la cama!

-Sí, mamá –farfulla, probablemente con el cigarro ya entre los dientes.

Eres un caso perdido, ¿lo sabías?

Resoplo, y me tapo la cabeza con la manta. Las sábanas son tan suaves que casi no se sienten sobre mi cuerpo, y con Ray concentrado en fumar, los únicos sonidos que revolotean a mi alrededor son su suave respiración y el rumor del tráfico.

Antes de que me quiera dar cuenta, me he quedado dormido.

 

Interludio

Ray

 

La furgoneta de Erik no tenía calefacción, y Ray llevaba algo más de media hora helándose el culo en el vehículo cochambroso, con la lluvia incesante y el gruñido quedo del motor como únicos compañeros. No estaba nervioso, pero es que tampoco tenía motivos. Ray no podía hacer otra cosa que no fuera esperar con el motor encendido y las luces apagadas, fundido en la noche hasta que Erik saliera con el botín. De momento, el caserón seguía sumido en el silencio y nada parecía haberse salido del guión, si bien algo que tendría que ocurrir pronto. En menos de un cuarto de hora, según lo acordado.

Tamborileando los dedos, Ray repasó el plan mentalmente. Cuarenta y cinco minutos, había dicho Erik; espera cuarenta y cinco minutos, y si no he salido lárgate echando leches. Un plan sencillo para una tarea sencilla. Fácil de entender.

El problema es que la pistola del viejo no entraba en los esquemas.

El primer disparo retumbó en la noche y sobresaltó a Ray, que apretó el volante y pisó el acelerador de forma inconsciente. La furgoneta dio una sacudida al mismo tiempo que una sirena empezaba a ulular en la casa.

-Mierda, Erik –susurró el chico, apretando el freno, pasándose al asiento del copiloto y pegando la nariz a la ventanilla del copiloto. Una figura corpulenta corría colina abajo, precedida por un par de tiros más. Ray se apresuró a abrirle la puerta del conductor, y Erik entró como un huracán, lo que provocó que una lluvia de sangre y agua salpicara todo a su alrededor. En un solo movimiento, puso en marcha el vehículo, tan rápido que Ray casi se dejó los sesos en la luna delantera.

-¡Viejo de mierda! –bramaba su conductor, dirigiendo la furgoneta a una velocidad vertiginosa por las estrechas carreteras de la periferia de la ciudad. Su abrigo parecía destrozado a la altura del hombro izquierdo y los dedos que sujetaban el volante estaban pegajosos y ensangrentados-. ¡El muy cabrón casi me deja hecho un jodido colador!

Ray se inclinó para examinar la herida y evaluar los daños, pero Erik lo apartó de un manotazo. Inmediatamente, él se apartó del hombre furioso a su izquierda y miró por el retrovisor. Aún no se veían luces azules y rojas en el horizonte

-¿Qué hacía el tío en su casa? Hans dijo…

-Hans nos mintió –cortó Erik, sin apartar los ojos de la carretera. Apretaba los dientes, y de pronto parecía diez años mayor: un puñado de nuevas arrugas florecían alrededor de sus ojos y su pelo estaba más gris que nunca-. Ni el viejo estaba fuera ni la caja era el modelo que nos aseguraron. No he podido reventarla –hizo una mueca. La herida de bala debía doler como una hija de puta-. Esto sólo ha sido una llamada de atención, chico. Tenemos que ahuecar el ala ahora que estamos a tiempo si no queremos terminar en sendas cajas de pino a dos metros bajo tierra.

Ray meneó la cabeza, incrédulo. Erik todavía no lo entendía. Porque sí, aquello había sido una llamada de atención. Pero sólo para uno de los dos.

-Erik –comenzó sin pensar-. Ya sabes lo que dijo Hans la última vez. Que tú eres el único que es un lastre aquí.

Hubo un instante de silencio sepulcral antes de que la brutal sinceridad de Ray se cobrara su recompensa. Volviéndose en un ángulo extraño, Erik le dio un revés en la cara que hizo crujir la mandíbula del más joven y le dejó un zumbido extraño en los oídos. La furgoneta zozobró en el asfalto mojado un segundo, pero el conductor recuperó rápidamente el control.

Los dos enmudecieron como si les hubieran arrancado las lenguas, con el golpe todavía retumbaba en sus cabezas.

Ray ni se movió, no emitió ningún sonido. Ambos sabían que tenía razón.

Sólo que la verdad duele a veces.

-Eres un bastardo desagradecido –la voz de Erik temblaba un poco. No es que afectara mucho a su acompañante.

-Ya empezamos –suspiró él, con una sonrisa desagradable y la mejilla dolorida apoyada en el respaldo de su asiento. Erik no perturbó su discurso, sólo hizo como si no lo hubiera oído y siguió hablando en tono monocorde.

-Si vamos a ser sinceros, que sea con todas las consecuencias, Ray. Ni tú ni yo somos nada. No se nos echaría de menos si ahora mismo desapareciéramos los dos de la faz de la Tierra, nadie acudiría a nuestro funeral. Yo soy la mierda de la sociedad, y a ti ni la puta de tu madre te quería. Te abandonó como a un perro en una bolsa de deporte cuando no eras más que una bola llorona, y yo podría haber dejado que te murieras de frío en esa cuneta, pero no lo hice… No lo hice, y aun así te atreves a ningunearme en favor de ése dandi de poca monta.

Ray se recostó en el asiento.

-¿Ya has terminado con el emotivo momento padre-hijo?

Al mismo decir aquello, se sintió raro. Nunca había utilizado ése término para referirse a Erik, nada de papá u otras chorradas. El hombre no era su padre, a fin de cuentas, y él no hacía más que recordárselo continuamente. No quería cogerle demasiado cariño, no mientras durmieran en una furgoneta hecha polvo y reventaran cajas fuertes. Todo podía acabar en cualquier momento.

Erik apretó la mandíbula.

-Deja de hacer eso –gruñó, y un instante después su expresión había vuelto a suavizarse. Ray no se sorprendió. Los cambios de humor en su padre estaban a la orden del día-. Nadie nos quiere, chico, pero al menos eso nos ha enseñado que no puedes fiarte de la gente. Estamos solos en esto. Tú y yo contra el mundo. Comer o ser comidos.

En ésa última sentencia había una petición desesperada, un “quédate conmigo” que no pasó desapercibido. Cuando Ray no contestó, Erik emitió un sonido inclasificable.

-No sé qué es exactamente lo que quiere de ti Hans para querer quitarme de en medio, pero puedo imaginármelo. Y sólo quiero decirte que no es buena idea…

Abrió la boca, pero en lugar de palabras Ray sólo escuchó un chirrido. La furgoneta patinó en el asfalto y el movimiento brusco envió la cabeza del chico directamente contra la luna derecha del vehículo. El golpe dolió mil veces más que el tortazo de su padre y lo dejó sin aliento. Erik, por su parte, luchó por recuperar la estabilidad, pero ya estaban fuera de control. Sin que pudieran hacer nada por evitarlo, la furgoneta se salió de la carretera.

Lo último que Ray recordaría después fue el horrible lamento del metal doblándose y el calor del cuerpo de Erik protegiendo el suyo.

 

 

La voz de Hans fue lo que trajo a Ray al mundo de los vivos.

-… muerto. Sí, debió partirse el cuello con el golpe. Puedes decirle a Ruud que ocupe su lugar; se le da mejor que a él abrir cajas.

Escuchó el resto de la conversación sin levantarse de la cama en la que estaba tendido, con los ojos cerrados, pero las palabras resbalaban al llegar a su cerebro y salían por su otro oído sin llegar a ser procesadas. Erik estaba muerto. Ray se sorprendió al no sentir nada en particular, ni dolor, ni rabia, ni nada que se pareciese. Únicamente un vacío inmenso que se agrandó con la certeza de que ahora él estaba solo. Cara a cara con el mundo que su padre tanto odiaba.

Un revuelo volvió a captar su atención. Los pasos de Hans retumbaron muy cerca de él antes de que una mano le revolviera el pelo.

-Eh, muchacho, es hora de que despiertes.

-Estoy despierto –respondió él con voz ronca, y abrió un ojo para encontrarse con la nariz afilada de su salvador. La boca le sabía a algo amargo y desagradable-. El viejo estaba en casa.

Hans esbozó una media sonrisa que formó arrugas en las comisuras de su boca. Era guapo de un modo convencional.

-Lo sé.

-Disparó a Erik.

-Bueno, ahora está muerto, así que no creo que le importe.

Si Hans esperaba que se echara a llorar con la dura contestación, debió llevarse una decepción, porque Ray simplemente se encogió de hombros y asintió.

Los dos se miraron en silencio un buen rato y Ray vio algo dentro de los ojos de su protector que le aceleró las pulsaciones. Al final, Hans se sentó en el borde y le tomó del brazo en un gesto casi posesivo.

-Creo que deberías pensar en lo que hablamos –comenzó, en voz muy baja-. Mi oferta sigue en pie, ahora más que nunca.

-¿Dónde estamos?

La mente de Ray tendía a la dispersión. Todavía estaba un poco aturdido, aunque también ayudaba el hecho de que no le apeteciera pensar en esa propuesta con la memoria de Erik tan reciente.

-Un motel. Ámsterdam.

El chico hizo un sonido afirmativo, por algún motivo mucho más tranquilo. Aunque el brillo desasosegante en los ojos de Hans no le permitía bajar la guardia.

-Ray. Sé que te acabo de sacar de un amasijo de hierros, pero necesito que te concentres –sus manos se cerraron sobre las muñecas de Ray y las hincaron en la almohada, separadas de su cabeza. Ahora él estaba perfectamente atento a todo lo que le decía-. Necesito que te quedes aquí. Conmigo.

El aludido tragó muy despacio.

-Ya sabes que no acepté a tu padre en la banda por su habilidad abriendo cajas fuertes, ¿verdad? –la cara de Hans estaba tan cerca de la suya que podía oler la nota de menta fresca en su aliento. No era desagradable, si bien tampoco le inspiraba confianza. Con él casi siempre resultaba igual-. De hecho, era un auténtico peso muerto, tan anclado en los viejos métodos, resistiéndose a socializar con nadie que no fueras tú –sonrió-. Aunque no lo culpo.

Los caninos del holandés se hundieron en su piel mientras hablaba. Ray lo recibió muy callado. Algo muy adentro le decía que aquello no estaba bien. Que, como ya le había dicho Erik, no había nada digno en vender de esa manera su cuerpo. Una lástima que su padre ya no estuviera ahí para recordárselo.

-Una graciosa casualidad unió a Erik a la banda, pero lo que lo mantuvo aquí fuiste tú –Ray parpadeó sin despegar los labios. Hans pasó enredó los dedos en el pelo mojado de su interlocutor y lo obligó a levantar la cabeza-. Ahora te estoy dando la oportunidad de vivir en una casa, y no en una furgoneta mugrienta.

-¿Vas a encerrarme con llave en tu piso y a convertirte en tu putito privado? –ronroneó en respuesta él, de repente viéndolo todo con una claridad arrolladora. No podía controlar ésa veta sensual suya. Había traído de cabeza a Erik durante muchos años y vuelto loco a Hans otros tantos.

Hans soltó todo el aire de sus pulmones.

-Ya sabes que una vez que entras en la banda sólo sales con los pies por delante o con la cabeza entre mis piernas -el brillo inquietante un sus pupilas se había convertido en algo feroz.

Pero a Ray le gustaba jugar con fuego y de un empellón se quitó al hombre de encima.

-No me interesa que me aten.

El mundo daba vueltas cuando se levantó, aunque consiguió avanzar hasta la puerta. Nunca la cruzó, no obstante. Hans lo interceptó antes, su puño cerrándose con una fuerza animal sobre el brazo del más joven.

-No me toques las pelotas, Ray.

Mareado, él luchó por mantenerse erguido. Pelear con Hans en ésa desigualdad de condiciones enviaba chutes de adrenalina por todo su cuerpo en lugar de asustarlo.

-Pensaba que lo que querías precisamente es que te las tocara.

Hans lo arrojó contra el colchón sin despeinarse y con una mano le sujetó las muñecas por encima de la cabeza mientras con la otra le arrancó los pantalones. Ray trató de patearlo, pero su agresor hundió sus rodillas sobre las de él, separándole las piernas. La postura indefensa revolvió los sentidos del chico.

Su protector –si es que todavía podía considerársele eso-, sacó algo de la parte trasera del cinturón. La beretta refulgió bajo la trémula luz de la lámpara.

-Los pies por delante –gruñó, y deslizó la boca del arma bajo la tela del calzoncillo de Ray, entre sus nalgas redondeadas-. Como tu padre.

Él ni siquiera pestañeó con el contacto helado del metal. Podía sentir, en cambio, la sangre correr en su entrepierna y toda la longitud de su pene pugnando por librarse de su prisión. Hans casi resolló.

-Qué cojones tienes –sin aliento, se inclinó y mordió el cuello expuesto, empujando el cañón contra la entrada firmemente cerrada del más joven. Ray arqueó la espalda con un sonido inarticulado-. Podría abrirte otro agujero del culo ahora mismo y ni siquiera parece importarte. Pero tú nunca tienes miedo, ¿verdad?

La pregunta quedó sin respuesta. El chico apretó los dientes contra los labios de Hans, que respondió hundiendo un poco más el metal en su cuerpo, esta vez consiguiendo romper la férrea puerta de músculo y abriéndose paso en su interior. Dolía. Dolía una barbaridad. Pero Ray era perfectamente consciente del tipo de dolor que lo sacudía y en lo que podía convertirse.

Hans empujó y el cañón se adentró hasta la mitad de su longitud en el otro. Ray sintió cómo su cuerpo se cerraba sobre el invasor, lo que rozó un punto en su interior que lo hizo gemir por encima del dolor…

 

El frío en su frente despierta a Ray tan bruscamente que durante unos instantes no sabe dónde está ni por qué. Un par de segundos más, y se ubica con la cara pegada al cristal de su pequeña habitación en el Chat, sentado en la misma silla en la que suele dormir siempre unas pocas horas al día. Fuera, el sol mortecino y anaranjado se hunde en el horizonte de París. Son exactamente las seis y media, pero Ray no cree que vaya a sumirse de nuevo en el sueño, ahora que todos sus sentidos vuelven a estar alerta.

Respira contra el cristal, y el vaho emborrona su visión. No está pensando en nada, no está sintiendo nada. El recuerdo de Erik y Hans siempre lo deja así, incluso después de tantos años.

Sin detenerse a analizar su sueño, apaga el cigarro medio consumido que reposa en el cenicero a sus pies y se acerca a ver dormir a Louis.

Sonríe. Su gatito no conserva ningún atisbo de su actitud gruñona cuando está profundamente dormido. Ahora está hecho un ovillo en el epicentro de un caos de sábanas, su suave y ondulado pelo rubio enmarañado delante de lo poco de su cara que no está enterrada en la almohada tras la que se parapeta incluso en sueños. Su pecho sube y baja casi imperceptiblemente al compás de su respiración.

Dios, es un gusto no oírle increparle por cualquier cosa.

Meneando la cabeza, se sube a la cama con cuidado de no despertarlo y se tumba al otro lado de la almohada, lo bastante cerca para que Louis sospechara cosas raras a la mañana siguiente. Sus largos dedos de pianista alcanzan a rozar el cuerpecillo delgado de su compañero.

No entiende por qué (ni le interesa descubrirlo), pero ése leve roce basta para hacerle sentir bien.

Casi.

 

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