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De lujo (Chapitre 4: Un gatito tocado y hundido)

4

Cuando entro en la habitación de Sacha, me quedo helado.

El cuarto (que está justo enfrente del de Raymond, lo que me hace sospechar que mi Sacha ha estado esperando a que mi protégé se marchara para colarse dentro de la nuestra) parece la fiel réplica de esas salas de tortura típicas de las películas de serie B, oscura y siniestra. No tiene nada que ver con las inocentes sesiones de spanking que Raymond me había hecho figurarme anoche; y menos todavía con la imagen que da mi anfitrión, tan… como de porcelana.

Hago el esfuerzo de no mirar alrededor, pero no puedo controlar el que mis ojos se paseen más tiempo del debido en la variada selección de instrumentos de depravación sexual diseminados por la habitación. Mi mente morbosa se detiene en particular en un potro relegado a una esquina y en la especie de grilletes que cuelgan de la pared junto a él. No necesito más incentivos para imaginarme qué clase de cosas tienen lugar entre estas cuatro paredes.

De todos los lugares en los que podría estar ahora mismo, tenía que acabar en un emporio del sadomasoquismo como éste.

No debería estar aquí. Podría escribir al menos diez libros con todos los motivos, pero de los porqués que estoy barajando, éstos son con los que me quedo de momento:

  1. Tendría que estar de camino a mi antiguo apartamento, al menos si quiero llegar y coger mis cosas antes que llegue Alice.
  2. Aunque Ava me ha dejado este día para aclimatarme, me inquieta un poco que Raymond no estuviera en su cama. El picor en mi nuca me dice que no puede ser bueno.
  3. Ya tengo bastante con un prostituto acosándome como para que ahora empiece a hacerlo también Sacha.
  4. El que Raymond sea un gilipollas no quiere decir que vaya por ahí torturando gatitos o esas cosas. Más bien parece un niño enrabietado con el mundo.

Ahora mismo se me ocurren un par más acerca de lo mal que suelen acabar las personas que siguen a extraños, pero sacudo la cabeza y cuadro los hombros. Ya da igual. En teoría Sacha sabe algo de Raymond, algo que probablemente suponga la diferencia entre acabar violado o no, de modo que voy a hacer de tripas corazón y a escuchar lo que tenga que decir. Luego ya decidiré si creerle o inclinar la balanza a favor de mi protégé.

Mis pies se hunden en una mullida alfombra sin hacer el menor ruido antes de sentarme en el diván negro que me indica Sacha. Él aparta un dildo monstruosamente grande de la cama y se acomoda en el borde con las piernas cruzadas.

Dios. ¿Pero qué clase de cuerpo puede tragarse eso?

-Ayer tuve trabajo –dice el chico de improviso, interpretando mi mirada de horror fascinado como una reacción al caos generalizado de la habitación y no a ésa cosa desproporcionada y aterradora. Yo trago saliva y digo lo primero que se me pasa por la cabeza:

-Con… herr Zimmermann, ¿no? –me obligo a mirar un punto indeterminado entre la pared y mi interlocutor. Un punto seguro, sin ningún instrumento de tortura sexual, sólo un muro negro-. Tu cliente.

Sacha se lleva una mano a la hebilla de la especie de collar de cuero que se cierra en su garganta.

-Mi amo.

Parpadeo.

-Tu amo –no puedo contener el impulso de pasarme la cara por la mano-. Oh, Jesús.

Mi anfitrión me mira con la cabeza ladeada inocentemente, sin comprender. Yo contengo el impulso de decirle que están todos locos en este sitio, pero eso no sería muy educado, y no quiero terminar enfrentándome al amo de Sacha para averiguar si en mi culo cabe un consolador del tamaño de mi antebrazo. En lugar de eso, inspiro hondo, me froto la frente y cambio de tema.

-¿Todos los trabajadores del club vivimos en él?

Él parece olvidar nuestra conversación al instante. Niega.

-No, no. Sólo unas pocas personas del servicio, Ray, tú y yo –sonríe, y me muestra unos dientes perfectos, muy blancos. La verdad es que es un chico muy guapo-. Para mí y para herr el Chat es como nuestra casa.

Asiento, al tiempo que estudio con disimulo a mi interlocutor. ¿Cómo habrá terminado ejerciendo la prostitución? Por su forma de actuar parece una persona de buena familia, y, dejando a un lado el meterse en habitaciones ajenas para espiar a sus ocupantes, es simpático y educado. Huelo una buena historia detrás de todo eso, y me encantaría indagar un poco en la vida de Sacha, pero no es a eso a lo que he venido. Quizá en otro momento, después de haberme ganado su confianza y cuando no me dé tanto miedo el mero hecho de estar en esta habitación. Además, quién sabe si eso lo habrá aprendido dentro del propio Chat.

De ser así, Raymond tiene Educación y Modales como asignatura pendiente y no hay visos de que vaya a aprobarla pronto.

Al final, me inclino por aparcar el asunto, por mucho que mi instinto me pida lo contrario.

-¿Qué es eso de lo que querías prevenirme?

-Ray es peligroso -replica, su mirada endureciéndose.

-Eso ya me lo has dicho. La verdad, no me hago a la idea de en qué sentido puede serlo.

Sacha se lleva la mano al pecho, visiblemente ofendido.

-No me crees.

-No es que no te crea. No del todo, al menos –resoplo-. Es sólo que no entiendo cómo puede ser peligroso dentro de un sitio como éste, tan susceptible y marcado por la necesidad de guardar las apariencias. Si yo fuera Ava y manejara una casa de citas con este caché no dudaría en darle la patada si sospechara que su comportamiento puede poner en compromiso al club.

Sacha ladea la cabeza otra vez y adopta una expresión pensativa. Después se levanta en un movimiento grácil sin decir nada y se desliza contoneando las caderas hacia un rincón fuera de mi ángulo de visión. No me giro para verlo; no quiero toparme con otro juguete sexual que me haga tener pesadillas esta noche, así que espero mirándome los cordones de los zapatos.

Por suerte no tengo que esperar mucho, porque enseguida vuelve a sentarse en su cama con un grueso sobre entre las manos y me tiende un par de folios mecanografiados.

Es la ficha de un trabajador del Chat. En la fotografía, un hombre de mediana edad me mira ceñudo.

-Creo que no debería ver esto –le devuelvo los folios, pero Sacha no hace ademán de cogerlos. Yo vuelvo a echarles un vistazo y entonces caigo en la cuenta de que hay un par de líneas manuscritas al pie de página. Dicen que el tipo abandonó el puesto a los seis meses, solicitando además una enorme indemnización a cambio de su silencio respecto a cosas que no se especifican.

-Sébastien fue la primera persona a la que contrató Ava para encargarse de Ray –Sacha agarra un cojín de su cama y empieza a juguetear con los flecos-. Fue poco después de que llegara al club, hace seis años. Por lo que me han dicho, los primeros meses ni siquiera ella podía controlarlo. Parecía una fiera.

¿Más todavía?

Mientras él habla, leo por encima el perfil. El tal Sébastien había trabajado en un par de reformatorios en Lyon y Nanterre antes de ser contratado en el club. Vaya. Ava apostó fuerte al principio, pero por aquel entonces Raymond tenía dieciocho años y era un adolescente en plena efervescencia hormonal. Inmediatamente lo sentí por el tipo que tuvo que encargarse de él.

-Aquí no dice lo que le pasó.

-No lo dice ahí ni en ningún sitio, cariño –Sacha se aparta el flequillo de la cara-. Pero no es nada que no puedas imaginar.

Yo me rasco la sombra de barba.

-Lo siento, pero no puedo creerme que un tío de metro noventa y noventa y cinco kilos, con experiencia con chicos problemáticos, fuera incapaz de controlar a un chico.

Mi anfitrión tuerce la cabeza como antes, un amago de sonrisa en sus labios. Alarga la mano para que le dé la ficha y me la cambia por otra mucho más extensa, con más de una decena de folios grapados y sembrada de anotaciones. El perfil es de hace un par de meses y éste candidato tiene sólo un par de años más que yo. Su cara sonriente es un sol que resplandece en el frío y gris documento.

-Él es André. Vino en septiembre, y en octubre Ava ya le había pagado un viaje a las islas griegas para recuperarse de una crisis nerviosa.

-¿Una crisis…? –cierro la boca. Acabo de leer que el Chat Bleu también pagó los gastos de hospitalización de André después de sufrir varias fracturas en un accidente de ciclomotor-. Joder, sí que es un psicópata.

Sacha deja a un lado el cojín, justo encima de aquel dildo enorme, y menea la cabeza riendo.

-No, no; él no lo tiró de la moto, sólo lo llevó de juerga a los bajos fondos de París. Resulta que André era muy sensible al alcohol. Bueno, y a Ray. Aunque no fue por eso por lo que tuvo que marcharse –suspira suavemente, con tristeza, antes de cruzarse de brazos-. André era muy agradable. Siempre atento, preocupado por los que estaban a su alrededor, y su error fue pensar que con Ray podría hacer lo mismo.

-Acercarse a él fue su error –sentencio, y Sacha emite un sonido afirmativo.

Aprieto los labios, él se pone a ordenar las fichas. Ninguno de los dos hablamos en un buen rato. Parece que Sacha me está dando tiempo a asimilar lo que me ha contado. Al rato, guarda los documentos donde estaban y se sienta a mi lado. Su peso apenas hunde el cuero del diván.

-Ray es como… el fuego –comienza, dubitativo-. Puedes mirarlo desde una distancia segura, sentir su calor. Pero cuando te acercas demasiado, te abrasa. Y no hay forma de evitarlo o cambiarlo, seas quien seas, hagas lo que hagas.

Al terminar, se encoge un poco de hombros, pensativo, y me deja repasar el resto de perfiles en silencio. Hay al menos una veintena de caras más. Ninguna de estas personas pasó mucho tiempo en el Chat Bleu y todas se marcharon igual: por la puerta de atrás, bien lejos y con una compensación económica a cambio de no hablar con nadie de lo que se cuece dentro del club.

Desafortunadamente, en los papeles tampoco se cuenta qué fue lo que hizo Raymond para librarse de todas esas personas. Cómo las llevó al límite.

¿Por qué tomarse tantos esfuerzos en ser un gilipollas todo el tiempo?

-Hay algo raro en él.

Levanto la cabeza, perdiendo el hilo de lo que estaba pensando. Sacha sigue en la misma posición que antes, pero el tono de su voz revela un atisbo de preocupación. ¿Será por mí?

-No puedes acercarte –continúa- y tampoco puedes evitarlo. Aunque no quieras, siempre acabas intentando llegar a esa parte escondida de él, porque te seduce, te atrae hasta que es demasiado tarde.

Gruño, asintiendo despacio. Con sólo unas horas con Raymond puedo decir que sé de lo que me habla. De hecho, hablar de él me da más ganas de investigarlo y de saber más, algo que, visto lo visto, no es buena idea.

-¿Qué quiere esconder? –farfullo frustrado.

Sacha se pone en pie con un sonido airado.

-Eso es algo que no sé ni yo, que estuve compartiendo habitación con él tres años y medio –parpadea, y distingo un tinte de amargura en sus ojos grises-. Imagina.

Sin decir nada, me quita los papeles y desaparece. Yo me pongo en pie y cojo mi abrigo. Supongo que nuestra pequeña reunión ya ha terminado.

Aunque aún me queda una cosa por preguntar.

-¿Les hablaste de esto también a los demás? -la cabeza de Sacha se asoma desde detrás de la enorme cama.

-No -niega, con un atisbo de culpa, y gira la cara hacia lo que estaba haciendo.

-¿Y por qué yo, entonces?

Antes de contestar, mi admirador hace mucho ruido con los papeles. Después de un largo trajín, se levanta y se encoge de hombros.

-No quería ver a más gente pasar por lo mismo.

Hago un movimiento de cabeza que podría pasar por un asentimiento. Pero no le creo.

Son las ocho de la mañana cuando salimos del club. Sacha se ha empeñado en acompañarme al piso de Alice y yo no he sabido decirle que no. Lo único que puedo decir en mi defensa es que me siento tan perdido aquí que necesito desesperadamente una cara amiga cerca, y Sacha parece ser la mejor opción de momento. Además de resultar bastante agradable, conoce todos los secretos del Chat y está dispuesto a compartirlos conmigo y a guiarme en este mundo tan raro; así que presto mucha atención al bajar las escaleras, cuando me cuenta con pelos y señales el funcionamiento del sitio con sus botines de cowboy blancos y negros, como la piel de una vaca, haciendo un ruido infernal en los escalones.

-Entonces, ¿necesitas una invitación para acceder a los servicios del club? –pregunto una vez en la calle, con la llaves del cascado Citroën AX que heredé de mi padre en la mano.

-Sí, todos los futuros clientes del Chat deben recibir primero la invitación de alguien de dentro, ya sea otro usuario o incluso un trabajador –responde mecánicamente, igual que si estuviera recitando la información de un manual. Yo alcanzo la puerta de mi coche y quito el taco de multas del parabrisas antes de meterme dentro. Sacha se queda muy quieto fuera, mirando la pintura arañada del capó como quien acaba de ver algo viscoso y peludo salir de debajo de su sofá.

-¿Qué es esto?

Meto la llave en el contacto y mi viejo compañero me responde con un ronquido. Yo doy una palmadita cariñosa al salpicadero para después sacar la cabeza por la ventanilla y enarcarle una ceja a Sacha.

-Mi coche.

-Nadie diría que eso es un coche.

-¿Cómo que no? Tiene cuatro ruedas y un motor, no necesito más.

Él levanta la barbilla, muy digno.

-Puede que a ti te baste con ésa caja con ruedas, pero yo tengo una imagen que mantener –lanza un suspiro dramático al ver mi nula reacción. Entonces gira sobre sus talones y se encamina de nuevo hacia el club-. Vamos, iremos en el mío.

Pongo los ojos en blanco, pero me resigno a seguirle. En menos de cinco minutos estoy sujetando el volante de un Porsche 911, con el suave ronroneo del motor de fondo y todas las miradas puestas en la impoluta carrocería blanca y en la reveladora pegatina de un gato azul en el guardabarros. Durante un fugaz momento pienso en mi pobre Citroën, ahora solo y abandonado a su suerte en el garaje del Chat, rodeado de vehículos imponentes como las carteras de sus propietarios. Con amargura, me doy cuenta de que es la triste metáfora de mi vida, pero por suerte o por desgracia, el contacto de cuero del volante me intoxica y me hace olvidar mi coche a una velocidad prodigiosa, más o menos la misma que puede alcanzar éste trasto.

Es tan alucinante.

-Dime por qué tienes coches de casi doscientos mil euros si ni siquiera puedes conducirlos –pregunto por enésima vez, con una mano apreciativa en la tapicería negra. Además de éste, que con toda seguridad es su favorito, mi admirador posee una variada colección de deportivos, cada cual más caro y potente que el anterior. Al parecer, el hecho de no tener permiso de conducir no debe de suponerle un obstáculo a la hora de sacar el talonario en los concesionarios de Europa.

Sacha deja de contemplar el discurrir del Sena a su izquierda y me sonríe con coquetería desde el asiento de copiloto. Una vuelta en su juguetito parece haberle ayudado a recuperar su frívola despreocupación. Rápidamente, se quita las gafas de sol y me las coloca.

-Sólo los tengo para que me lleven chicos guapos como tú –aprovecha que me detengo en un semáforo y se inclina sobre mí. Sus manos se posan en mi hombro, la barbilla apoyada sobre ellas, y su aliento me hace cosquillas justo debajo de la oreja, detrás del lóbulo. El repentino contacto casi me hace saltar en el sitio-. Te quedan bien las gafas -susurra-. Aunque seguro que a ti te queda bien cualquier cosa.

Vuelvo a arrancar y me giro para hablarle del punto tres de mi lista de cosas de antes, pero en lugar de eso mis labios se topan con los suyos. Es sólo un segundo, pero basta para que esté a punto de estamparme contra una farola. Gracias a Dios, antes de eso me da tiempo a dar un volantazo y esquivarla en el último momento, metiéndome de lleno en la acera y enviando a Sacha contra su ventanilla. Tocados por la suerte una vez más, no matamos a nadie en el proceso, pero el corazón se me sale del pecho tanto a mí como a los paseantes y conductores de alrededor. Cuando un par de personas se acercan para interesarse por nosotros, me obligo a levantar una mano temblorosa, indicando que estamos bien.

-Au –se lamenta suavemente mi copiloto, al mismo tiempo que se frota la nuca.

Oigo protestas airadas que vienen de fuera. Procurando que el enfado monumental no me desborde, arranco el Porsche y doy marcha atrás. No me detengo hasta que puedo estacionar el vehículo en un bulevar cercano a Rivoli. El lugar me trae malos recuerdos, pero no me encuentro en estado de andar conduciendo. No con estas ganas de estrangular a alguien que tengo.

Exhalo muy despacio, entre dientes, y entonces lo miro. Sacha está acurrucado en su sitio, y por su expresión parece un niño esperando una bronca.

Pues la va a tener.

-¿Estás loco? –Espeto-. ¿Qué narices hacías intentado abusar de mí mientras conducía?

-¡No estaba haciendo eso! –se defiende, ruborizándose un poco-. ¡Sólo ha sido un beso!

Yo cruzo los brazos sobre el pecho.

-Ya. De momento es sólo eso –ya me imaginaba lo que iba a pasar. Lo llevo presintiendo desde que salimos del Chat, pero estaba tan aliviado de encontrarme con un aliado que decidí pasarlo por alto-. Para eso querías ayudarme, ¿no? Para alejarme de Raymond y así poder ser tú mi acosador personal.

Los ojos de Sacha se abren mucho al mirarme, muy brillantes.

-No me puedo creer que pienses eso de mí –dice, el dolor palpable en su voz-. No quería… No quería violarte ni nada de eso. Es sólo que…

-¿Sólo que qué? –casi grito, sorprendiéndome por la agresividad con la que aprieto el volante.  Mi acompañante se encoge, asustado, y enseguida comienzo a sentirme algo mal. Yo no soy así. Por muy enfadado que esté siempre procuro ser razonable. Debe ser la tensión de estar siendo asaltado a todas horas, que me está volviendo majara. Vuelvo a respirar por la boca, en un intento de relajarme y me froto los ojos con una mano-. Por favor, sigue.

Sacha traga saliva. Su mirada rehúye la mía, escondiéndose en los pliegues de su fino jersey.

Yo espero pacientemente, mis manos quietas sobre mi regazo. Quiero demostrarle que no me lo voy a comer, y aún tienen que pasar unos segundos más antes de que Sacha hable otra vez, con un murmullo apenas inteligible:

-Pensé que eras… más abierto.

¿Abierto?

-¿Más abierto? ¿A qué te refieres?

-Da igual –él se gira todo lo que puede en el asiento para darme la espalda y sus hombros se sacuden un poco. Por algún motivo, verlo así me parte el corazón. Sin que se me ocurra nada mejor, apoyo una mano justo sobre su columna y froto suavemente-. Eh. Lo siento. Sólo quiero devolver un poco de paz a mi vida. Compréndelo, estoy hecho polvo, no entiendo la mitad de las cosas que están pasando a mi alrededor y antes casi nos convierto a los dos y a tu coche en comida para gatos.

A juzgar por el movimiento de sus músculos bajo mi mano, Sacha parece relajarse un poco. Al menos se digna a sentarse derecho y a dedicarme una tímida ojeada después de secarse las mejillas.

-No tengo a nadie en el Chat, aparte de Ava –susurra-. Al principio, por ser el compañero de Ray, y luego porque todos esos estirados piensan que soy un rarito al que sólo le pone cachondo que lo encadenen a la pared. Y ha sido así siempre. Pero tú… no sé. Parecías distinto a ellos.

Echo un vistazo a mi acompañante, con el pelo cortado de ésa forma tan rara y con sus pantalones de cuero y los extravagantes botines que en este momento se apoyan sobre la tapicería de cuero. Y mejor no pensar en su cuarto.

De hecho eres un rarito. Pero no una mala persona. Creo.

-Bueno, puedo ser tolerante, pero lo cierto es que ya cansa que últimamente todo el mundo quiera tener sexo conmigo.

-Ya te he dicho que no quería acosarte -enfurruñado, me hace un mohín-. Sólo quiero que seamos amigos.

Claro, y por eso casi me metes la lengua hasta la laringe -refunfuño.

-Exagerado, sólo fue la punta.

Me hundo en el asiento y sacudo la mano.

-Lo que sea. Oye, te creo, ¿vale? Y no me importa lo que hagas en tu vida privada o… en tu trabajo. Eso es cosa tuya. -Sacha se yergue y me mira ansioso-. Me… caes bien, supongo. Pero no nos conocemos de nada. Lo único que sé de ti es que vives en una mazmorra que haría las delicias del Marqués de Sade, y lo único que tú sabes de mí es que acabo de empezar en el Chat y que mi pertenencia más valiosa es un abrigo de treinta euros.

Sacha ladea la cabeza, en un gesto que parece repetir mucho, y al hacerlo parece un pajarito.

-Eso tiene fácil solución.

-¿Eh?

Él alarga la mano y gira la llave en el contacto. El motor, que llevaba un rato ronroneando suavemente, enmudece.

-Cuéntame algo de ti. Lo que quieras.

¿Qué?

-Mira, me encantaría hablar contigo, pero no tengo tiem… -miro el reloj, y me doy cuenta de que, entre casi acabar hechos mixtos contra una farola y esta conversación, se me ha ido media mañana. Alice debe estar en casa, durmiendo, y no seré yo quien vaya a despertarla. Ya he cubierto el cupo de veces que puedo arriesgar mi vida hoy. Derrotado, dejo caer la cabeza sobre el volante-. Vale, ya da lo mismo. Dime lo que quieres saber.

Mi compañero se encoge de hombros.

-No sé. Puedes contarme qué hace un chico sexy como tú limpiando los trapos sucios de un puto de lujo.

Cuando lo miro, Sacha ha dejado caer los párpados y me mira a través de las pestañas, aunque esta vez no me siento acosado. Creo que el flirteo es algo inconsciente en Sacha. Me aparto del volante.

-Soy escritor -digo. No es mentir exactamente, y queda más romántico que decir que soy un desastre al que no quieren en ningún restaurante de la ciudad-. Fracasado. Mi… agente, por decirlo de alguna manera, es una vieja amiga de Ava, y decidió recomendarme al Chat para ver si encuentro la inspiración. Aunque no sé qué clase de ideas pueden ocurrírseme rodeado de meretrices todo el día.

Sacha lanza una carcajada. Es un sonido agradable, y cuando me quiero dar cuenta, me estoy riendo con él, tan fuerte que me duelen las costillas.

-Es patético, lo sé -resuello, una vez que el aire vuelve a mis pulmones.

Él se sacude, todavía atrapado en una risilla tonta.

-No tanto como ser un puto que folla menos que una monja.

-¿En serio? Por el circo que tienes montado en tu cuarto no lo parece.

Él hace sacude la mano.

-Desde que llegué al Chat, tengo un contrato de exclusividad con herr. Es el único Dom del club, así que no tengo mucho trabajo. Menos mal que paga bien.

-¿Dom?

Sacha vuelve a reírse.

-No estás muy puesto en esto del BDSM, ¿verdad? -sonríe, y sus dedos tamborilean de forma reveladora sobre el collar de cuero.

Oh, joder.

-Está bien, ya lo pillo -digo, antes de que Sacha se ponga a explicarme nada, y pienso rápidamente en otro tema:-. ¿Cuándo llegaste al club? Pareces un poco joven.

Un poco demasiado.

-El año pasado. Oye, que soy mayor de edad. Tengo diecinueve.

-El año pasado, ¿eh? O sea que de tres años compartiendo habitación con Raymond nada.

Las mejillas de Sacha adoptan un bonito tono granate.

-Era para darle un poco de tensión, señor agente. Aunque puedes ponerme contra la pared y cachearme si quieres -frunzo el ceño, y el me da una palmada en la rodilla-. No te enfades, cariño. Tienes que admitir que dos años con Ray son como tres. O cuatro.

O como toda una jodida eternidad.

Un sonido estridente nos saca a los dos de la conversación. Sacha se hurga en los bolsillos y saca un móvil de última generación. Al ver el nombre en la pantalla, me informa:

-Es Chiara. La secretaria de Ava -la carita de duende de la recepcionista me salta a la mente. Digo que sí con la cabeza mientras él contesta-. Ciao, bella –pausa. Mi nuevo amigo se pasa la lengua por los labios y me mira-. Sí, está conmigo -otra pausa, y Sacha cambia de posición en el sitio con nerviosismo-. ¿Y Ava todavía no lo sabe? -pausa-. Vale. Vamos para allá. Sí, volando -cuelga, y mete de nuevo la llave en el contacto-. Corre, arranca.

-¿Qué pasa?

Sacha emite un sonido exasperado.

-Es Ray. Está haciendo de las suyas.

Chiara nos espera en la misma puerta del Chat. Su moño perfecto se ha convertido en una cola de caballo mal hecha y tiene las mejillas sonrosadas de andar corriendo de un lado a otro. Al vernos casi parece que va a echarse a llorar.

-¡Sacha! –gimotea, lanzándose sobre mi compañero-. ¡Éste hombre va a volverme completamente loca!

-¿Qué ha hecho ahora? –pregunta él, mientras franqueamos la puerta y nos adentramos en el club, precedidos del taconeo de la duendecilla.

-Ha saqueado la bodega y ha llenado un jacuzzi del segundo piso con todas las reservas de Romanée-Conti que tenía Ava. Después debe haber dejado abiertos los grifos, porque todo ha desbordado hasta alcanzar la mitad del pasillo.

Sacha se queda un poco pálido.

-Oh, dios. Y Ava…

-Ava no sabe nada, de momento, pero alguien tiene que limpiar lo de arriba sin que se entere –Chiara coge las manos de Sacha y se las lleva al pecho casi con desesperación-. Por favor, ocúpate tú de la recepción mientras yo la entretengo.

Él se marcha corriendo como respuesta, dejándome solo con la chica. Inmediatamente, ella se vuelve hacia mí.

-Louis… Louis, ¿verdad? –digo que sí-. He conseguido encerrar a Ray en la piscina, abajo, pero ahora se niega a salir a no ser que vayas tú. Por favor… –dice, anticipándose a lo que pueda decir, y yo simplemente asiento.

¿Tengo permiso para ahogarlo?

-¿Dónde está la piscina?

Chiara señala un corredor a la derecha del hall.

-Por ahí, todo recto. Al final del todo hay una puerta; sólo tienes que bajar las escaleras. Suerte.

Yo ya estoy corriendo.

Bajo de tres en tres los escalones desiertos. Al final de la escalera hay una puerta atrancada con el palo de una escoba, obra, me imagino, de la pobre Chiara. La escena me hace pensar inmediatamente en un animal salvaje al que hay que encerrar para que no haga fechorías. Conteniendo una retahíla de insultos muy imaginativos, desatranco la puerta.

La piscina –climatizada, por supuesto-, tiene un tamaño ridículamente grande y todo lo que un millonario putero pueda necesitar. A mí, no obstante, lo único que me interesa es la cabeza que rompe la superficie del agua justo en el centro. Su sonrisa sesgada asoma justo por encima de su línea de flotación. Yo intento no tirarle una silla a la cabeza mientras me acerco muy despacio.

-Hola, gatito –saluda después de nadar hasta el borde. Sólo entonces me doy cuenta de que toda su ropa está al otro lado de la piscina. Resoplo.

-¿Puedes explicarme por qué haces eso?

-¿Bañarme desnudo? ¿Por qué no?

-Sabes que no me refiero a eso, pedazo de idiota.

-Mi gatito no estaba para entretenerme –se aparta el cabello mojado de la cara y me sonríe, goterones resbalándole por las mejillas-. De todos modos, Ava no iba a beberse esos vinos ella sola.

Dime una sola razón por la que no tenga que ahogarte ahora mismo.

-Sal de ahí de una vez.

Ray se pasa la lengua por los labios un par de veces. Después, con una lentitud tortuosa, señala un punto indeterminado a mi espalda.

-Tráeme esa toalla.

Está bien.

Pero sólo para terminar con esto por fin.

Doy media vuelta y le acerco la toalla, procurando mantenerme a un metro del agua.

-Venga. Sal.

Mi protégé alarga el brazo.

-No llego, genio –yo gruño en respuesta, aunque me acerco un poco más a regañadientes.

-¿Sabes qué he querido saber siempre? –pregunta antes de coger la toalla

¿Por qué eres tan insoportable? Sí, yo también siento curiosidad.

-Sorpréndeme.

-Siempre he querido saber si todos los gatitos odian el agua.

De pronto, me agarra del brazo y tira de mí.

En un momento, no hay oxígeno en mis pulmones y sobre mi cabeza se cierra un muro de agua. Viviendo la peor de mis pesadillas, sacudo los brazos inútilmente, una bola de pánico cerrándose en mi estómago, pero todos los esfuerzos son inútiles.

No odio el agua. Me aterroriza.

Tendría muy claro que voy a morir de no ser porque una mano me agarra y tira de mí con fuerza. Ray se ríe como un psicópata mientras me rodea el cuerpo con un brazo para evitar que vuelva a hundirme como una piedra.

-Creo que alguien necesita unas clases de natación.

-M-muérete –jadeo, y le pego un puñetazo en el pecho, con el corazón todavía queriéndoseme salir por la boca-. Y… no me toques.

Él hace un gesto indiferente.

-Como quieras –y me suelta, aunque a mí me da tiempo a aferrarme a él antes de sumergirme otra vez sin remedio-. ¿Qué? ¿Ahora sí que quieres tocarme? Qué indeciso eres, gatito.

Yo me lamento como un animalito, pero no hay nada que hacer por evitarlo. Sólo puedo abrazarme a él como si la vida me fuera en ello y apretar la cara contra su pecho, temblando sin remedio.

-Para… por favor. Te lo suplico. Sácame de aquí.

De puntillas y con la espalda apoyada en el borde, no necesita ningún brazo para sujetarse, así que su mano libre tiene carta blanca para deslizarse por debajo de mi pantalón. Todo mi cuerpo se tensa aún más.

-Eres un cerdo –escupo contra su pectoral, pero no puedo escabullirme de él. Estoy atrapado.

-Lo sé –sus dedos se cierran sobre mi pene, que responde palpitando con fuerza contra su piel-. ¿De qué tienes miedo, gatito?

-Cierra el pico.

-Ciérramelo tú.

Gimo. Un dedo me frota el glande sin piedad. Yo le mordisqueo en venganza, pero no parece surtir efecto, porque el movimiento de fricción se hace más intenso. Me sacudo, un escalofrío recorriéndome la columna. Intenso pero lento. Me está torturando.

-J-joder.

-Eso es, pequeño. Así estás mucho mejor.

Su mano sube y baja lentamente, caliente y perfecta. Su compañera desciende para agarrarme del culo y auparme, y le rodeo el cuello con los brazos y apoyo la frente sobre su cabeza con un suspiro. La cabeza me da vueltas. Tiene que ser por la falta de oxígeno.

Raymond me muerde un pezón a través de la camisa. Su boca está tan caliente como el infierno.

-Oh, Ray… -instintivamente, muevo las caderas contra su mano y le rodeo la cintura con las piernas para ganar estabilidad. No sé muy bien lo que estoy haciendo, pero me siento tan bien que no puedo parar.

Su cuerpo quema contra el mío a pesar del agua tibia entre los dos. Temblando, empujo un poco más fuerte. Mis respingos reverberan en el silencio.

-Espero que lo estéis pasando bien, caballeros –abro los ojos y me encuentro con la mirada helada de Ava a menos de un metro de mi cara-. Porque estoy empezando a replantearme lo de poner cabezas en picas.

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