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De lujo (Chapitre 3: Un gatito con las manos en la masa)

3

Édouard estaba sentado frente a él.

Ninguno de los dos había tocado su comida en todo el tiempo que ésta llevaba en su mesa. Desde el momento en que había tomado asiento, Louis mantenía la vista fija en su plato humeante, ajeno al rumor de las conversaciones que tenían lugar a su alrededor. El único objeto de su concentración era el silencio sepulcral reinante en su propio espacio y él se negaba a romperlo.

-Estás enfadado –Édouard sonó vacilante, claramente avergonzado-. Lo entiendo. Fui un gilipollas y lo siento. Lo siento muchísimo.

Louis alargó la mano hacia su cuchillo y lo hizo girar en el mantel con un dedo. Se quedó muy atento a los destellos que la iluminación artificial arrancaba al filo, como si no hubiera nada más en toda la estancia. Édouard esperó un par de segundos más antes de soltar un gruñido exasperado y restregarse la cara.

-Por favor. Di algo –su interlocutor lo obsequió con su mutismo hermético otra vez. No pensaba hablar, porque no era él quien tenía que hacerlo. Era a su compañero a quien le correspondían las explicaciones-. Joder. Llevas más de una semana sin dirigirme la palabra, Louis, ¿cuánto tiempo piensas seguir así? Porque no sé si voy a poder soportarlo.

El más joven alzó la barbilla y lo miró a los ojos por primera vez en toda la noche. Pero sus labios no articularon una sola palabra, ni siquiera ante la sinceridad que irradiaba el rostro apenado de Édouard. Se había hecho una promesa y pensaba mantenerla hasta que llegara el momento justo.

Viendo que no avanzaban, el argelino buscó la mano de Louis por debajo del mantel y la envolvió con la suya, grande y cálida.

-Sabes que te quiero, nene –susurró, en voz tan baja que incluso a Louis le costó entenderlo por encima de los otros sonidos del bar.

Era una novedad que dijera aquello en un lugar público. Aun así, no era suficiente.

Él se liberó del contacto y dejó caer la mano sobre la mesa, junto a su plato, en un reto todavía mayor para su compañero. Édouard lanzó una mirada furtiva en derredor y alargó la suya muy lentamente, hasta que sus dedos rozaron tentativamente los de Louis. No obstante, enseguida se retrajeron a la seguridad del regazo del argelino. Su expresión reflejaba una gran ansiedad, y el adolescente sintió una decepción tan agria que ésta formó un bulto desagradable en su garganta.

-Te avergüenzas de mí.

Rompió el silencio en voz queda, retirando también su mano. Édouard dejó escapar un ruidito incrédulo.

-Claro que no, Louis. Eres lo mejor que me ha pasado, ¿cómo iba a avergonzarme de ti?

-Ya. Por eso me tuviste encerrado tres cuartos de hora en el armario de tu habitación hasta que se marcharon tus padres y pudiste dejar de fingir –Louis soltó una risotada que pareció más bien un ladrido-. Qué irónico es si lo piensas. El único que debía estar dentro de ese armario eres tú.

-Ya sabes que mis padres son gente conservadora. No lo entenderían.

-Pero no son sólo tus padres, ¿verdad? Es todo el mundo –hizo un amplio gesto que abarcaba a la gente del bar, al universo entero-. Te aterroriza que pueda saberse lo nuestro y que dejes de ser el macho alfa para los animales de tus amigos.

Había puesto tanto énfasis y tanta fuerza en la última frase que los comensales de las mesas colindantes comenzaron a mirar en su dirección. Édouard enterró los dedos en su mata de rizos morenos y lanzó una mirada suplicante a Louis.

-Baja la voz, por favor. Y siéntate.

Él parpadeó. Acababa de darse cuenta de que se había levantado de golpe en algún momento de su intervención. Ahora eran el centro de las miradas y los cuchicheos, y eso estaba matando a Édouard. Sintiendo un dolor palpitante, se sentó bruscamente y se apartó un bucle trigueño de la cara.

-Claro –masculló-. No te preocupes, volveré a jugar a ser quien no soy para no ponerte en un compromiso.

Édouard se quedó congelado un instante. Luego cerró los ojos, suspiró y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero pareció cambiar de opinión justo en el último momento, porque sacó su cartera, arrojó un par de billetes al lado de los platos aún intactos y arrastró a Louis fuera del local, haciendo caso omiso de sus protestas.

-Suéltame –le increpó el más joven al sentir la lluvia torrencial del exterior calándole los huesos-, ¿se puede saber qué estás haciendo?

-Necesito hablar contigo. A solas.

Su compañero no le soltó el brazo hasta que torcieron una esquina y acabaron en una calle desierta, aunque ni siquiera dejó a Louis frotarse la muñeca dolorida. En un rápido gesto, Édouard aplastó la espalda del chico contra una fría y húmeda pared y apoyó la mano junto a su cabeza. Louis bufó igual que un gato enfadado.

-Esto es excesivo.

Dio media vuelta, pero se encontró con otro brazo cerrándole el paso a su derecha. Con un gruñido volvió a apoyar la espalda empapada en el muro para encontrarse con la cara seria del argelino. El chico se dio cuenta de que su compañero apretaba los labios carnosos hasta convertirlos en una fina línea, gruesas gotas de agua rodando en su piel.

-¿Has visto alguna vez a un jugador de rugby que sea maricón? No, claro que no has visto ninguno. Porque no hay. No dentro del vestuario -Louis torció el gesto-. Mira, hace un par de semanas vino un ojeador del Stade Français y dijo que había alguna posibilidad de que llegara a la liga profesional, así que, como comprenderás, lo último que necesito después de esto es ver la palabra sarasa pintada con espray rosa en nuestra puerta y allá por donde pase –suspiró-. No podría soportar que me echaran ahora que todo va bien. Esto es casi mi vida, Louis.

Louis se encogió. No podía hablar, un nudo en la garganta se lo impedía. Le dolía que Édouard prefiriera conservar su puesto en el equipo de rugby de la universidad a hacerle arrumacos en público, como cualquier pareja. No le cabía en la cabeza que su adorado compañero siguiera negando la mayor y escondiéndose detrás de esa fachada de heterosexual machito que tan enfermo le ponía, y menos cuando aquello les hacía tanto daño a los dos.

Édouard leyó la pena en sus ojos azules y la tensión en sus hombros se relajó.

-Lo siento mucho, nene –insistió. La mano color caramelo que había estado cerrándole el paso le acarició el pómulo-. Pero necesito tiempo.

-Ya. Supongo que no estás preparado todavía –Louis supo que estaba cediendo, aunque ya era tarde para arrepentirse. La palma grande y húmeda de Édouard sobre su mejilla estaba derribando el muro de insubordinación y silencio que con tanto esfuerzo había levantado.

El argelino no tomó ninguna precaución esta vez al echarse sobre Louis y su camiseta mojada se pegó a la del otro. El rubio notó el tacto suave de unos labios en su frente y gimió cuando el cuerpo de Édouard envolvió el suyo.

-Te amo, Louis.

Él apoyó la cara en el hueco entre el cuello y el hombro de su compañero. Olía bien, a tierra mojada y sudor limpio.

-Yo también –susurró contra la piel morena-. Pero no es fácil.

-Nunca es fácil.

Un ding me arranca de los brazos de Édouard para arrojarme a la realidad opulenta del Chat Bleu, más concretamente a las puertas abiertas de uno de sus ascensores. Estamos solos en el enorme hall del club y no se oye un alma. Todavía algo aturdido, parpadeo y me hago a un lado para dejar pasar al joven desastrado que acaba de bajar. El tipo en cuestión también se aparta, imitando todos y cada uno de mis movimientos, y sólo entonces me doy cuenta de que estoy intentando cederle el paso a mi propio reflejo.

Mientras yo hago el tonto, Raymond estudia mis movimientos con una expresión de tremenda diversión y me deja contemplar mi imagen durante un tiempo indeterminado, sin mostrar más que una enorme media sonrisa. Yo estoy demasiado ocupado limpiándome el polvo del traje e intentando quitarme de encima la sensación de haber sido arrollado por un camión de mercancías como para hacerle caso y mi protégé, que no es muy paciente, termina empujándome dentro del ascensor.

-No estás tan mal, gatito –dice, pulsando el botón del tercer piso. Yo, que estaba dándome cabezazos contra el cristal, lanzo un gemido-. Al menos no te tiraste de la moto a mitad del paseo, como hizo el último. Se rompió cosas que ninguno sabíamos que podían romperse.

¿Tengo que alegrarme, o desear haberme tirado yo también?

En lugar de responderle, gimoteo y me golpeo la frente otra vez. Resulta mucho más gratificante que intentar entablar conversación con él, y al momento me siento mucho mejor. O a lo mejor los golpes me están convirtiendo en un idiota feliz.

Como el ascensor no llega al ático donde vive Raymond, tenemos que bajar en el tercer piso y subir por una escalera de caracol medio escondida en un rincón perdido en los oscuros corredores. La imagen silenciosa y apagada contrasta con la idea de depravación que tenía de los prostíbulos, y al final no puedo evitar comentárselo en voz baja a mi guía.

-Todo esto está muy… tranquilo.

-Son las tres de la madrugada, ¿qué quieres? Incluso los puteros necesitan dormir.

-Pero… esto es un burdel, ¿no? –suelto de forma algo incoherente-. Se supone que tiene que haber actividad a estas horas.

Raymond lanza una carcajada que retumba unos segundos en el pasillo desierto del ático.

-Joder, Louis, no me imaginaba que fueras tan ingenuo –se detiene para revolverme el pelo, sonriente. Yo le gruño y sacudo la cabeza con la cara ardiéndome de vergüenza-. ¿De verdad piensas que Ava es una estúpida que lleva una casa de putas en un barrio respetable como éste, así, a la vista de todo el mundo?

Lo siento si no entiendo cómo funcionan vuestros asuntos. De pequeño quería ser escritor o astronauta, no prostituto de lujo. Qué se le va a hacer.

-Claro que hay acción a estas horas. Pero el Chat Bleu, el edificio en sí, es en realidad un hotel, donde los clientes pasan la noche, descansan, comen, llaman a sus mujeres para decirles que la reunión de contabilidad va a alargarse indefinidamente. Las cosas interesantes se hacen en otro sitio.

-¿Dónde?

Dentro de lo poco que me ha dado tiempo a ver del Chat, no se me ocurre ningún otro sitio que no sea el edificio en sí. Es extraño.

Raymond se vuelve con la mano ya cerrada alrededor del pomo de su puerta y su boca se tuerce en una media sonrisa enigmática.

-En la Jaula.

La Jaula. No sé si me gusta cómo suena eso.

Tengo un millón de cosas más que preguntar, y de hecho me da tiempo a abrir la boca una vez más antes de que una especie de bólido rubio casi me empotre contra la pared. Un bólido rubio medio desnudo e histérico.

-Tú eres el nuevo –estalla una voz con un fuerte acento de algún lugar de Europa del este en mi oreja. Sin poder pensar nada mejor, intento poner una distancia prudencial entre nosotros para descubrir que unos delgados brazos me retienen en el sitio.

-Pues… sí –el otro me responde con un gritito de alegría, y entonces me encuentro con su carita estrecha y unos enormes y brillantes ojos que me miran con adoración.

-Qué mono eres -su voz suave me acaricia antes de que Ray lo azote en el culo con su chaqueta y lo obligue a despegar su delgado cuerpecillo del mío con un quejido.

-Atrás, princesa –Ray se interpone entre nosotros y me rodea los hombros con un brazo en un gesto posesivo-. Es mío.

¿Tuyo? ¿Cómo que tuyo?

El otro se aparta el larguísimo flequillo dorado de la cara con una mano mientras se frota con la otra la zona dolorida, enfundada en unos pantalones de cuero hiper ajustados. Es un joven muy bajito y de aspecto frágil. Lleva un corte de pelo extraño, casi monacal, muy corto en la nuca y escalonado y largo en la parte superior, al que se une ese mechón desproporcionado que le cubre la mitad de sus delicadas facciones. En este momento cruza los brazos sobre el pecho desnudo y mira a Raymond muy tieso, con enorme indignación.

-Zorra -sisea, y se aparta de un brinco en el momento justo de evitar otro azote. Raymond parece muy ufano. Quizá demasiado.

-¿De qué te quejas? Si te encanta que te den caña, ¿a que sí? Cuéntale a mi gatito cómo berreas todas las noches pidiéndole a ese herr nazi tuyo que te deje el culo en carne viva.

La imagen aparece como un vívido flash en mi mente y se queda grabada en mis retinas. Por algún misterioso motivo, eso hace que mi polla dé un respingo en el pantalón.

-¿Herr… herr qué? -balbuceo, librándome del brazo sobre mis hombros. El chico le hace un gesto despectivo a Ray y se vuelve hacia mí, obviando la sonrisa de mi protégé.

-No le hagas caso, cariño. Sólo está enfadado con el resto de seres humanos, vete tú a saber por qué. Sólo espero que Ava deje pronto de hacer el tonto y lo mande de vuelta a la calle, que es de donde no debió salir nunca.

Raymond deja escapar una risotada y nos da la espalda.

-Hay una lista de espera de dos meses para follarme, Sacha. Por eso nadie va a prescindir de mí –abre la puerta de su cuarto, me agarra del brazo y en un solo movimiento me arroja dentro. Yo apenas pueda hacer nada para evitarlo-, y por eso a mí me dan una niñera que puedo tirarme cuando me dé la gana y tú sólo tienes a ese alemán y su fusta.

Y entonces la puerta se cierra con un portazo, sin dar lugar a réplica alguna.

Nada más interponer la sólida puerta entre mi admirador y nosotros, Raymond comienza a tararear una fuga de Mozart y a desvestirse, como si la cosa no fuera con él. Como si no acabara de jactarse de que puede hacerme lo que quiera y cuando quiera.

-Creo que sólo estaba siendo amable, Raymond.

¿Por qué estás tan empeñado en ser un cabrón arrogante con todo el mundo?

-Sacha no es amable -mi protégé arroja su chaqueta por encima del hombro y se deshace de la camisa en un solo gesto-. Es una zorra envidiosa que probablemente esté deseando tener tu polla entre las piernas. Pero tu polla me pertenece, gatito.

¿Qué? Venga ya.

Intentando no quedarme embobado con el fascinante movimiento de sus omóplatos bajo la piel desnuda, aprieto los puños y me planto delante de él. Estoy casi seguro de que no hay palabras para definir lo furioso y harto que estoy ahora mismo. Y si las hay, seguro que son demasiado fuertes para expresarlas de forma escrita.

-Oye -ladro, y mi tono debe expresar gran parte de mi enfado, porque mi protégé clava esos ojos verdes en los míos y se queda muy quieto, expectante-, me parece que me has tomado por idiota desde el principio, pero voy a dejarte las cosas claras ahora que estoy a tiempo: No soy tu juguete, ni tu gatito,ni ninguna otra gilipollez que se te pueda ocurrir. Soy el tío que tiene que ocuparse de que te comportes y hagas tu trabajo, que para eso me pagan, así que te juro por todo lo que más quiero que voy a convertirte en un puto ejemplar, cueste lo que cueste.

Acabo de darme cuenta de que no he dudado al afirmar que voy a seguir adelante con el trabajo, pero ya da igual. No iba a renunciar a él de todas maneras, no tal y como está la cosa y no con este tirón de adrenalina que me recorre todo el cuerpo en oleadas.

Él parpadea, sus dedos paralizados en la hebilla de su cinturón. Y yo estoy demasiado motivado para parar, de modo que en lugar de esperar una contestación, sigo con mi perorata.

-Oh, y ni sueñes volver a tocarme como antes -un escalofrío me sacude la parte baja de la espalda al recordar el tacto de sus largos dedos de pianista sobre mi piel, pero enseguida sacudo la cabeza con furia, alejando el pensamiento. No es el momento de recrearse. No ahora que lo estoy dejando en su sitio-. Me has pillado desprevenido un par de veces y espero que lo hayas disfrutado, porque no va a volver a repetirse. Jamás. ¿Entendido?

Inspiro hondo y después se hace el silencio. Los dos nos quedamos tan quietos y callados que puedo oír perfectamente los latidos furiosos de mi corazón, y durante un minuto entero me creo que he ganado. Y es un minuto delicioso, hasta que la sonrisa sesgada de Raymond hace que se me encoja un poco el estómago.

-Vaya -muy despacio, la vida vuelve a él, como la corriente de un río tras el deshielo, y sus manos vuelven a maniobrar con la hebilla-, veo que mi gatito quiere ser un león.

Con un tintineo, su pantalón se desliza hasta hacerse un lío en sus tobillos, descubriendo unas piernas fuertes, esbeltas, de las que tengo que obligarme a apartar la vista. Raymond se deshace de él de una patada e inmediatamente siento sus dedos en mi mentón. Un brillo imposible de descifrar en sus ojos me hace temblar y se extiende cual veneno paralizante por mis extremidades. Trago saliva y mi ego también se desliza por mi garganta. Adiós al subidón de energía de antes; ahora sólo es un vago temblor.

-S-suéltame -no puedo separarme de él. No entiendo por qué mis piernas se niegan a responderme.

-Me parece que voy a tener que pedirle prestada la fusta a herr nazi para domarte a ti también.

Al igual que me ocurrió antes, mi cerebro se toma la libertad de elaborar una escena tremendamente erótica y que no tiene nada que ver con la realidad, pero al menos el dolor repentino en mi entrepierna me hace reaccionar. De un empellón lo aparto de mí el espacio suficiente para romper el embrujo que me mantenía atado al sitio.

-Te he dicho que me sueltes -sin mirarlo a la cara, retrocedo rápidamente, tratando de pensar en un lugar en el que esconderme de su presencia sensual y medio desnuda. Al ver una puerta entornada, me abalanzo dentro y cierro rápidamente. Es un cuarto de baño, y puedo asegurar sin miedo a equivocarme que nunca me había hecho tan feliz encontrar uno.

Enciendo la luz, que se derrama alegremente sobre las baldosas blancas. Cuando me siento algo más seguro, pego la oreja a la puerta, aunque mis resuellos me impiden escuchar nada.

Relájate. Si quisiera atraparte otra vez, ya te tendría.

Ciertamente, Raymond parece haberse olvidado de mí por el momento. Suspiro, mis pulsaciones volviendo poco a poco a su ritmo normal.

No quiero pensar en lo estúpido que estoy siendo hoy, así que dedico un momento a explorar el espacio a mi alrededor. En líneas generales, el baño es espacioso, grande y blanco, y me sorprende encontrarlo todo muy limpio. Me acerco al lavabo de mármol y contemplo mi reflejo en el espejo, aunque mi cara es un poema y no me apetece nada mirarla, al menos por ahora.

Movido por el cansancio, me quito los zapatos y me siento en el borde de la enorme bañera. De pronto empiezan a estorbarme todas las capas de ropa, que me voy quitando y amontonando en un rincón hasta quedarme sólo con los pantalones puestos. Una vez que la poca energía que me quedaba se ha volatilizado me doy cuenta de que no hay una sola parte de mí que no me duela.

Aguzo el oído. El lamento de un violín resuena en la habitación. Es la Sonata número 6 de Paganini interpretada a la perfección. La imagen de la funda de un instrumento apoyada en la pared de la habitación aparece ante mis ojos un segundo. Soplo entre dientes, repentinamente malhumorado.

De manera que además de ser un prostituto y un cabrón es un virtuoso del violín.

No desahogo mi frustración tirándome de los pelos porque al menos Raymond está entretenido tocando en lugar de intentar abusar de mí.

Aunque eso no quita que siga atrapado aquí dentro.

Mi idea era dejarme caer en algún sitio y recuperar energías hasta mañana. Ahora, no obstante, temo demasiado terminar otra vez enajenado y poniéndole mi virginidad en bandeja al depredador de ahí fuera, por lo que prefiero quedarme aquí mientras él siga al otro lado de la puerta.

Lo único que se me ocurre para matar el tiempo es abrir el grifo del agua caliente y ver cómo se va llenando lentamente la bañera. El vapor empieza a humedecerme el pelo y pronto siento una tentación irresistible.

A la mierda.

Los pantalones de alquiler y mi ropa interior acaban en la cima del montón antes de deslizarme con cuidado dentro, sin poder contener el gemido de satisfacción que me arranca el calor cuando me lame los nervios molidos. La bañera es tan grande -y yo soy tan bajito- que quepo dentro perfectamente con las piernas estiradas. Sumerjo la cabeza en el agua y el mundo sobre mi cabeza se vuelve un borrón difuso, desaparece. Todo lo hace, en realidad.

Parece que han pasado mil años desde la última vez que pude tomar un respiro. Durante todo este día de locos no he hecho más que correr de un lado a otro, dejándome llevar por todo el mundo y sin un momento de descanso. Ahora lo último que me apetece es enfrentarme otra vez a Raymond o ponerme a lidiar con el barullo en que se ha convertido en mi vida. Sólo de pensarlo me duele tanto la cabeza que parece que me va a estallar.

Y, hablando de todo un poco, no es lo único que está a punto de reventar en mi cuerpo.

Emergiendo del agua otra vez, me quedo mirando con gesto crítico a la barra de hierro palpitante de entre mis piernas.

Por Dios, ¿qué pasa conmigo?

-No vas a bajarte, ¿verdad? -me lamento, y pruebo a dar un toquecito. Estoy duro como un ladrillo. Y la culpa la tiene ése bastardo.

Apoyo la cabeza cuidadosamente en el borde de la bañera y cierro los ojos. Me esfuerzo en pensar en cosas desagradables. En las bragas que la vecina de Alice siempre tiende en el lado de mi ventana y que ondean como enormes banderas grises los días de verano, por ejemplo; o en el compañero de residencia que tuve en la universidad antes de Édouard, ése que dormía siempre con una bolsa de ganchitos debajo de la almohada y roncaba como una vieja locomotora. Pero no hay manera, la lascivia desnuda de Raymond termina por sobreponerse siempre, y creo que está empezando a volver loca a mi polla.

Es normal, dentro de lo que cabe, que lo esté, después de casi cinco años sin mucha acción y teniendo en cuenta que el evento más notable en mi vida sexual durante ese tiempo ha sido la mamada de esta tarde. Después de… de lo que pasó con Édouard, cada vez que me acercaba a la entrepierna de otro hombre me invadía la rabia y la pena, hasta el punto de que con el tiempo preferí resignarme a no volver a tocar a nadie con intención remotamente sexual en lo que me quedaba de vida. Hoy, Raymond ha llegado como si nada y ha puesto mi mundo del revés y mi polla mirando al techo, y toda la tensión acumulada y guardada bajo llave está empezando a desbordar y a ahogarme. Posiblemente sea por eso por lo que últimamente estoy tan receptivo.

Receptivo o cachondo como un mono, como prefiráis.

En cualquier caso, sólo hay una forma de solucionarlo.

-Vale -suspiro a mi capullo dolorido y enrojecido tras un rato de intenso debate interno-. Tú ganas. Pero sólo porque estoy empezando a hablar a solas con mi pene y eso no puede ser sano. De ninguna manera.

Vuelvo a escuchar con mucho cuidado, y como sólo se oye algún scherzo que no logro identificar, por fin me atrevo a rodear mi glande con dos dedos. Incluso con ese ligero contacto, algo dentro de mis tripas da un fuerte tirón y un sonido estrangulado se me escapa y se aleja de mí reverberando en las baldosas blancas. Consciente de que ha parecido el gañido de un animal apaleado, me muerdo el labio inferior y me esfuerzo por contener otro gemido mientras deslizo la mano por toda la extensión de mi miembro, muy suave, muy despacio.

Inconscientemente, mis movimientos van haciéndose más rítmicos. Como el chapoteo está haciendo más ruido del necesario, quito el tapón y me escurro hasta quedar tumbado boca arriba, las rodillas flexionadas. Hago presión en la punta, después fricción, y mi respiración agitada es el único sonido que se hace eco en la estrecha cavidad en la que estoy acurrucado. La espalda se me arquea con un estremecimiento, y la sangre que mi corazón bombea como loco se acumula en mis mejillas y en la entrepierna. En algún momento, mi mano se toma la libertad de trepar hasta mi pecho para atrapar un pezón.

Entonces resuello, retorciéndome en un placentero espasmo, y algo caliente se me desparrama por el vientre. Automáticamente, toda esa tensión que llevaba acumulando todo el día se diluye, se cuela por el desagüe y deja mi cuerpo desparramado en la bañera, como si mis huesos se hubieran vuelto de gelatina.

Dios. ¿Por qué no haré esto más a menudo?

Todo sería perfecto de no ser por el suave ronroneo que se hace oír por encima de mis jadeos.

-Qué exhibición más encantadora –Raymond sonríe, justo encima de mi cara, y yo me encojo, haciendo lo imposible por empequeñecer hasta licuarme y fundirme con las diminutas gotas de agua diseminadas por la bañera. Es una lástima que eso no ocurra y que me tenga que enfrentar a él de todas maneras-. Ah, no pongas esa cara, Louis. Ése mohín que haces sólo me da más ganas de follarte la boca.

-Me niego a dormir contigo en la misma cama.

Digo esto mirando al suelo, donde a todas luces voy a pasar esta noche, mientras le arranco a Ray la almohada de las manos. Él observa en silencio cómo la coloco a una distancia segura del colchón. No es que sea necesario que haga ningún comentario; en cuanto levanto la vista puedo ver en su expresión lo mucho que se está divirtiendo a mi costa.

Dándole la espalda, me tumbo sobre el frío parqué y me arropo con el abrigo. Como ya es tarde para volver al apartamento de Alice a recoger mis cosas, y a falta de nada mejor, me he vuelto a poner parte del traje. Prefiero eso a tener que pedirle ropa a Ray y humillarme todavía más.

-No voy a violarte, gatito -asegura al fin, y por la proximidad de su voz me figuro que sigue tumbado de lado en la cama, cerca del borde y de mí-. Aunque créeme, nada me gustaría más que darle un buen meneo a ese culo tuyo. Eso si no fueras un estrecho, claro.

-A mí me gustaría meterte un zapato en la boca, pero como soy una persona educada me conformo con pedirte que te calles -gruño, presa de un repentino ataque de rabia.

Él hace caso omiso.

-Tampoco me importaría dejar que me montaras. Tienes un buen manubrio.

La imagen del prostituto sacudiéndose debajo de mí con el vaivén de mis envites provoca que la sangre me bulla furiosa en la cara y el cuello. Joder. En serio, tengo que dejar de imaginarme cosas o a este paso conseguiré que se me reviente una vena en algún sitio.

-Estás salido –giro la cabeza y le hago una mueca. Ray se lame los labios, apoyado en un codo-. Lo cual es muy conveniente para tu profesión, pero se hace insufrible para el resto de seres humanos. Dios, ¿también acosabas sexualmente a los que hubo antes de mí? –sus caninos relucen un instante en la oscuridad, y decido que no quiero saber la respuesta. -. ¿Sabes? No contestes. Ya he tenido bastantes estupideces tuyas por hoy.

Vuelvo a hundir la cabeza en la almohada con un suspiro y aprovecho para programar la alarma de mi móvil a seis. Excepto hoy, viernes, la jornada laboral –por decirlo de alguna manera- de mi protégé empieza a las ocho de la tarde y termina a las ocho de la mañana. Tengo pensado acercarme al piso de Alice antes de eso para coger ropa y algunas cosas. Porque voy a seguir adelante con esto. Vaya que sí.

-Puedes ser muy gruñón cuando quieres, gatito.

-Cállate y duérmete de una maldita vez –espeto, medio en sueños. Ray ríe suavemente, pero por suerte no añade nada más, y enseguida todo se queda en calma.

Justo antes de quedarme dormido, las palabras de Alice bailan ante mis ojos cerrados. Ella, que no tiene en mente a ningún otro ser que no sea ella misma, ha decidido preocuparse por mí. Sí, a su manera, pero es un bonito viniendo de su parte. Me ha conseguido un empleo fijo, con un buen sueldo y algún tipo de inspiración, y sólo quiere que escriba algo decente a cambio.

Bien, pues lo haré. Y nadie va a impedírmelo. Ni siquiera los impulsos animales de Raymond Greenwich.

Con ese último pensamiento triunfal, las comisuras de mis labios suben un poco. Después, se hace la oscuridad.

La luz muy tenue entra por la ventana, lo bastante intensa para despertarme un minuto exacto antes de que suene la alarma. Alargo el brazo y busco mi móvil a tientas por el suelo, ignorando el dolor de espalda producto de una noche durmiendo en una superficie dura como el ladrillo, y me incorporo muy despacio. Me restriego los ojos y echo un vistazo a la cama. Esperaba encontrarme la forma compacta de Ray, pero en su lugar veo la figura diminuta y delgada de mi admirador, a quien se le iluminan brevemente los ojos en cuanto éstos se encuentran con los míos.

-Hola, guapo –suelta con su poderoso acento antes de que me dé tiempo a reaccionar-. Tenemos que hablar ahora que no está ese animal. Es mejor que alguien te avise antes de que tengamos una desgracia.

-¿Desgracia? –mascullo, pasando por alto el hecho de que el tipo (¿Sacha, se llamaba?) se ha colado en nuestra habitación y me estaba espiando mientras dormía. Los comportamientos psicopáticos deben ser normales en el Chat Bleu, pero creo que me estoy acostumbrando a ello.

-Sí –su mirada se vuelve dura mientras habla, y a mí los pelos de la nuca se me ponen de punta por algún motivo-. Mira, soy quien más lo ha sufrido de todo el Chat, además de los otros que tuvieron que encargarse de él antes. Me siento en la obligación de prevenirte, para que no pase lo mismo que con ellos.

Asiento. De pronto tiene toda mi atención. No obstante, en lugar de hablar se pone en pie y me hace un gesto para que lo siga. Antes de cerrar la puerta tras de mí, siento un escalofrío trepándome por la espalda.

Algo me dice que va a ser un día muy largo.

 

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