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De lujo (Chapitre 2: Un gatito pillado in fraganti)

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-Dijiste que me llevarías a ver a Alice.

-Eso es, gatito.

-También dijiste que no volverías a llamarme gatito.

Raymond vuelve la vista atrás y me dedica una media sonrisa socarrona.

-¿Ah, sí?

-Sí –frunzo el ceño, tratando de seguirle el paso a través de un rebaño de turistas japoneses que se han atrevido con esta noche gélida-, hace menos de diez minutos. Oye, ¿te acuerdas siquiera de mi nombre? –Él vuelve a sonreírme y yo siento la desesperante necesidad de romper algo, cualquier cosa. Al final me conformo con bufar a la nada-. Olvídalo. Ahora mismo no importa. ¿A dónde vamos?

Atravesamos el Pont Neuf a grandes zancadas. A mi derecha, la efigie de la Torre se levanta sobre el Sena, iluminada por miles de pequeñas bombillas, y bajo nuestros pies, turistas venidos de todas partes del mundo nos saludan a bordo de un Bateau Mouche. En otro momento, cualquier otro día, les hubiera devuelto el saludo y hubiera seguido mi camino, dejándome entusiasmar por la noche parisina, porque tras seis años en la ciudad, no deja de sorprenderme y enamorarme.

Pero hoy no estoy de humor.

-A Quartier Latin.

-¿Quartier Latin? –corro hasta ponerme a su altura, cosa difícil teniendo en cuenta que me saca dos cabezas y sus piernas son infinitas comparadas con las mías-. ¿A estas horas? Pensé que Alice trabajaba en La Défense hasta la madrugada.

De hecho, es cuando solía llegar al apartamento para atormentarme.

-¿Eso te dijo? –Raymond vuelve a mirarme como si se estuviera riendo de mí-. Parece que Ava no es la única que te ha engañado como a un crío.

Aprieto los dientes, aunque a estas alturas pocas cosas me sorprenden ya. Creer a Alice sólo me ha llevado a firmar un contrato indefinido con la dueña de un burdel que ni siquiera se ha dignado a verme cuando he acudido a su puerta en busca de explicaciones.

-Da igual –digo tras un instante, al tiempo que troto detrás de él y esquivo un autobús que está a punto de atropellarme-. En cuanto la vea, todo se aclarará.

Y después de llegar a la conclusión de que todo ha sido un gracioso error, nos reiremos todos un rato y yo podré volver a mi patética vida como si nada hubiera pasado.

No recibo una respuesta. En el poco tiempo que llevo aguantándolo, Raymond ha hecho gala de muchas cosas (como la habilidad casi pasmosa de hacer felaciones a gente dormida sin despertarla), pero la locuacidad no es una de ellas. En silencio, mi protégé me guía a través del bullicio de Quartier Latin a grandes pasos. Pasamos por delante de bares y restaurantes atestados sin detenernos, a un paso que incluso me cuesta seguir. En un momento dado desaparece de mi vista y yo tengo que hacer un esfuerzo por correr más deprisa e internarme en un oscuro y estrecho callejón tras él.

Raymond me espera apoyado en una pared mugrienta, como si la cosa no fuera con él.

-Vamos, gatito –me dice, y antes de que pueda gritarle que deje de llamarme así, ya me ha arrastrado dentro de un local.

El lugar es tan oscuro y diminuto que apenas puedo distinguir a un tipo obeso detrás de la barra, un señor que nos mira con unos ojos porcinos algo inquietantes. Yo me estremezco, pero Raymond no parece darse cuenta de que el sitio es un tugurio repugnante, porque se dirige con paso resuelto a la barra, toma asiento justo delante del barman y le dedica una sonrisa taimada.

-Eh –saluda, echando un vistazo en derredor-. La cosa tira bien, ¿no? Parece que hoy tienes lleno total.

El sitio está tan vacío que incluso su voz reverbera.

Quieres que una bola de grasa gigante nos incruste en la pared cual bola de demolición, ¿verdad? Pues conmigo no cuentes. No me va ese rollo.

El barman le dedica una mirada inexpresiva. Luego se pasa una mano por la grasienta frente y me mira a mí, y sólo entonces Raymond parece acordarse de que estoy ahí plantado, irradiando mala leche por cada poro de mi piel.

Gatito –susurra, paladeando cada letra, regodeándose. Sin darme tiempo a que pueda  clamar al cielo, me hace un gesto para que me acerque. Yo me quedo donde estoy, de brazos cruzados-. Ven, no seas tímido.

No soy tímido. Estoy intentando no pegarte una patada en la cara. Intentándolo con todas mis fuerzas. Y no estoy muy seguro de que vaya a conseguirlo.

-No voy a ningún sitio hasta que me digas qué estamos haciendo aquí. Y no vuelvas a llamarme…

Cierro la boca. Mi protégé parpadea muy despacio, casi con aburrimiento. No soy tan tonto como para no darme cuenta de que no va a dejar de vacilarme, y durante un fugaz instante me siento tentado de dar media vuelta y dejarlo tirado. Pero no puedo, necesito  ver a Alice, y este tío parece conocerla más que yo. De modo que sólo me queda resignarme, apretar los dientes y fiarme de él. Por mucho que me cueste. (Y creedme, me cuesta horrores).

Mientras yo mantengo esta lucha interna conmigo mismo, algo ha cambiado. Raymond se ha olvidado de mí para hablar en voz baja con el otro, un brillo de determinación en sus ojos de un verde imposible. El tipo gordo se ha inclinado sobre la barra y escucha con atención, y justo cuando yo miro, desliza algo sobre la barra que mi compañero hace desaparecer en las profundidades de su chaqueta en un movimiento veloz como un relámpago.

¿Recordáis aquel picor que me asaltó en el despacho de Ava? Bien, pues aquí está otra vez.

Lo primero que siento al abrirse la puerta secreta en los lavabos del tugurio es que me asfixio en una neblina de humo más densa que la atmósfera de Júpiter. Intento seguir la estela de Raymond, pero medio minuto después de haberme internado en el espacio cerrado y malamente iluminado, el olor a tabaco se ha instalado en mi ropa y en mi pelo, y estoy demasiado aturdido para esforzarme siquiera en intentar verlo más allá de la niebla de nicotina. Sólo puedo oír el murmullo de una conversación, una voz femenina, poco más. Todo me da vueltas.

Inmóvil y algo asustado, tardo una eternidad en darme cuenta de que mi protégé tira de mí.

-Tranquilo –la palabra atraviesa el espacio nebuloso de nuestro alrededor hasta calar en mi mente. Me sacudo, parpadeando. Los ojos me escuecen, aunque lentamente se acostumbran a la oscuridad y veo a Raymond ante mí-. Pronto tendrás lo que quieres, gatito. Sólo espera a que terminemos con esto. Será divertido.

Un escalofrío me trepa por la espalda conforme lo veo dar media vuelta y adentrarse de nuevo en la penumbra.

No sé si compartimos la definición de ese concepto.

De pie, envuelto en la penumbra y el humo, inspiro hondo. Soy consciente de que todavía estoy a tiempo de dar media vuelta y salir pitando; que la puerta a mi espalda está entornada, me invita a hacerlo. Podría volver al apartamento de Alice y esperarla allí, puesto que tarde o temprano tendrá que volver a casa.

Y aun así, no puedo. Sé perfectamente que Alice me está probando, y volver arrastrándome a lamerle las botas supondría una derrota para mí. Vamos, que si ha decidido que debo trabajar en un prostíbulo, debe ser por algo, y rendirme supondrá volver a lavar a mano toda su ropa durante meses.

Y Alice tiene mucha ropa. Toneladas.

No puedo dejar que pase eso. Es humillante.

Moviéndome como un zombi sigo a Raymond, quien me guía hacia el centro de la estancia. El sitio está bastante pelado, aunque es más grande de lo que me pareció al principio. Del techo pende una bombilla desprovista de pantalla que irradia una luz lóbrega sobre un único elemento del mobiliario: una mesa redonda en torno a la cual se reúnen seis personas que no nos hacen el menor caso. Picado por la curiosidad, voy a acercarme, pero Raymond me detiene.

-No tan deprisa, gatito. Quédate aquí –posa las manos en mis hombros y me obliga a sentarme en una silla solitaria, alejada del grupo de gente-. Hazme caso –dice en voz baja, respondiendo a mi gesto de indignación-. Tienes que ser bueno y quedarte quietecito y callado por el bien de los dos. Dime que lo harás.

Hay tal vehemencia en su voz que me deja clavado a la silla. Muy a mi pesar, asiento con una mueca. Tengo la sensación de que si no hago lo que me dice, acabaré mal. Violado, por ejemplo. Ya he sufrido un primer intento hace menos de una hora y nada me asegura que no vaya a haber un segundo.

No entiendo por qué el karma me odia tanto. Debí ser una criatura horrible en la otra vida.

-Muy bien, pequeño –Raymond me acaricia la cabeza, como si fuera un perrillo. Yo me tenso con el contacto, una descarga eléctrica recorriéndome cada terminación nerviosa, y lo fulmino con la mirada.

Voy a decirle que se vaya a sobar a su padre, pero al encontrarme con ése verde hipnótico en sus ojos me quedo absolutamente en blanco. El silencio debe ser demasiado para mi subconsciente, que decide tomar las riendas y llenarlo por su cuenta. El mal ya está hecho incluso antes de darme cuenta de que estoy hablando.

-No… No tardes.

Estupendo, Louis. Ya que estás, pon el culo en pompa y pídele que te haga fisting sin lubricación. Es lo único que te queda para convertirte oficialmente en el gilipollas del pueblo.

Raymond, que ya había girado sobre sus talones y se dirigía con movimientos felinos hacia la mesa, se detiene en seco.

¿Recuerdas Jurassic Park? Pues eso. No le mires a los ojos y no hagas movimientos bruscos.

-Pobre gatito perdido –ronronea, su presencia ominosa llenando el espacio ante mí. No me hace falta levantar la vista para saber que está esgrimiendo su sonrisa de depredador-. ¿Estás asustado?

Pues sí. Estoy acojonado. No quiero que me violen. No estoy tan desesperado como para querer eso.

-Olvídame –su cara está de repente tan cerca de la mía que esta vez, al chocarme otra vez con sus ojos, puedo distinguir perfectamente las vetas oscuras de sus iris.

-¿Quieres que te dé un beso de despedida?

Quiero que dejes de echarme el aliento en la cara.

-No me toques.

Raymond inspira muy despacio y me exhala en la cara.

-¿Seguro? –sus palabras se han convertido en un gruñido animal que me sacude de arriba abajo.

¿Entiendes el francés, o te tengo que hacer un gráfico?

-He dicho que no me toques. Y no te acerques tanto.

-Oye, siete –la voz nos sobresalta a los dos, pero no nos movemos-, ¿juegas, o vas a estar haciéndole arrumacos a la novia toda la noche?

-Qué impaciente –en un fluido movimiento, Raymond pasa la lengua por mis labios y corre a sentarse a la derecha del dueño de la voz, un hombre de mediana edad con un jersey de cachemira de cuello alto. Yo me restriego la boca.

-¿Por qué lo has traído? –el del jersey me echa un breve vistazo por encima del hombro. Levanto la mano tímidamente y nada más hacerlo me siento estúpido-. Ya conoces las normas.

-Siete parece ser propenso a hacer justo lo contrario de lo que le dicen. Será algún trauma de la infancia –esta vez la voz es de la mujer que reconocí al entrar. Una mujer que lleva un sobrio traje de raya diplomática y un sombrero borsalino a juego, del que se escapan algunos mechones negros. Yo me quedo tieso-. Juguemos de una vez. La noche no es eterna.

 De un bolsillo escondido dentro de su chaqueta saca una baraja que arroja al centro de la mesa. Después vuelve la cabeza repentinamente hacia mí, y los ojos violetas que tan bien conozco me atraviesan durante una milésima, tiempo suficiente para dejarme paralizado.

Alice.

Después de hora y media de juego ininterrumpido, puedo decir que algo va mal. No es que me vaya mucho el póker –soy profano en la materia-, pero sé lo suficiente de expresión corporal para darme cuenta de que los sendos montones de fichas que se han ido acumulando delante de mi protégé y de Alice están empezando a mosquear al resto de jugadores. Los dos ganan sistemáticamente, sin pestañear, casi como si se estuvieran burlando de todos nosotros, y el odio creciente entre los perjudicados es casi palpable.

Me remuevo en el sitio.

¿Qué hago yo aquí? A estas horas podría estar en la cama, revisando el catálogo de Amazon y apuntando libros que no puedo comprar en una lista. Podría estar dejando como los chorros del oro los baños de Alice. Incluso eso sería mejor que estar aquí sentado con una más que posible banda de mafiosos cabreados a punto de despacharnos a los tres.

Todas las alarmas de mi instinto están aullando en mi cabeza. Me dicen que salga corriendo de aquí hasta que me sangren los pies. O hasta que llegue a México. Y sin embargo sigo aquí.

No es muy racional, la verdad.

Un estruendo casi hace que me caiga de la silla. El hombre del jersey de cachemira se ha puesto en pie tan repentinamente y con tal violencia que su asiento ha salido despedido. Todos nos quedamos congelados, igual que conejos deslumbrados por los faros de un camión. Incluso Raymond, que estaba arrastrando hacia sí con evidente satisfacción casi todo el montón de Alice, se detiene para mirar desde abajo al causante del alboroto. Parecemos un fotograma de una película de gángsteres.

Contengo el aliento. Creo que me hago una idea de lo que pasa y el corazón me bate desbocado en el pecho. Los músculos de mis piernas están rígidos, listos para echar a correr de un momento a otro. Pero no me muevo.

Y entonces, el del jersey estalla, rompiendo el instante, que se difumina como ondas en el agua.

-Esto es una farsa –ruge. Primero mira a Raymond para seguidamente pasar a Alice. Ninguno da muestras de miedo o sorpresa. El primero parece incluso ligeramente divertido-. Estáis tomándonos el pelo. Uno de los dos cuenta cartas.

Como única respuesta, Raymond se relame. Alice, por su parte, muestra su típica expresión inescrutable. Intentar descifrar sus sentimientos es como mirar una pared blanca.

Ante el silencio, el tipo gruñe. Otro de los jugadores alarga la mano para arrebatarle las fichas a mi protégé, y algo ocurre.

Sólo alcanzo a oír un chasquido. Al momento veo el puñal de Alice hundido hasta el mango en la mesa, a escasos centímetros de los dedos del jugador. Ignorando nuestras miradas de estupefacción, ella arranca el cuchillo de la madera con la misma facilidad con la que lo clavó y apunta con él a Raymond.

-La has fastidiado otra vez, estúpido.

-Así es más divertido –él sonríe. Con una mano barre las fichas y las deja caer en la bolsa, saltando de la silla en cuanto todas están dentro.

A partir de ahí todo es confuso. Un disparo retumba en el cuarto, Alice hunde el puño en la cara de alguien sin perder el sombrero. La tensión en mis piernas me obliga a levantarme, pero después permanezco quieto por alguna misteriosa razón. Sólo Raymond puede arrastrarme fuera a toda velocidad, sin que yo apenas me dé cuenta.

De vuelta en el pub, esquivamos al tipo de la barra y el aire helado de París nos abofetea. El oxígeno parece airearme el cerebro, porque de pronto puedo pensar con algo de claridad.

Esto es genial. Estoy en mitad de Quartier Latin con una banda armada deseando partirnos el cráneo y mi único punto de apoyo en este momento es el mismo descerebrado que me ha metido en el fregado.

-¿Qué narices está pasando? –digo al espacio vacío a mi lado, donde se supone que debía estar Raymond.

Un rugido detrás de mí me previene de ser atropellado por segunda vez en lo que va de noche. Ante de mí, mi protégé sujeta con una mano el manillar de una bestia conocida. Es la Harley Sportster Evolution de Alice.

-Sube si no quieres que te hagan gruyere, gatito –me apremia. El sonido de una sirena se aproxima desde algún lugar, y el revuelo del bar se hace cada vez más escandaloso.

Ni loco me subo contigo a eso. Alice me mataría.

Pienso eso mientras me coloco de un salto detrás de él. Sí, no soy muy listo, pero la otra opción es terminar en el lecho del Sena, y ahora mismo no me apetece un baño. No sé si me entendéis.

-Agárrate.

-¿Qué…?

Mi voz se pierde para siempre. La motocicleta brama, y de pronto estamos volando. Casi literalmente. El estómago me da un vuelco y tengo que aferrarme a la cintura de Raymond para no acabar espachurrado en el suelo. Con la cara pegada a su tibia espalda, veo pasar en forma de borrones difusos transeúntes, edificios, calles. No me atrevo a separarme ni un centímetro, por mucha rabia que me diera hace unos segundos. Ahora mismo no importa lo más mínimo. Valoro mi vida.

Nadie parece seguirnos hasta que alcanzamos el bulevar Saint Michel y un coche de policía nos cierra el paso repentinamente. Raymond, en lugar de detenerse, hace un quiebro. En un segundo, mi cara está a centímetros del suelo, y al siguiente ya no. El desquiciado que tengo por conductor se sube a la acera, aterrorizando a todo el mundo, y se libra del obstáculo. Ni siquiera parece preocupado.

-¿Por qué nos siguen? –consigo gritarle a su camiseta, viendo como el Sena pasa a toda velocidad ante mis ojos.

-Estoy conduciendo a ciento cincuenta por hora en el centro, gatito –replica por encima del aullido rabioso de las sirenas a nuestra espalda.

¡Pues para, idiota! ¡Prefiero que me detengan a morir aplastado contra un camión!

-Para, maldita sea –gimoteo.

La espalda de Raymond se estremece con su risa. Cruzamos el puente de Alejandro III en apenas treinta segundos, y en menos de dos minutos mi protégé nos conduce hacia Concordia por los Campos Elíseos. En dirección contraria.

Voy a morir. Voy a morir con un traje de alquiler, el mismo día que consigo un dichoso trabajo. Joder. Joder.

La Harley Sportster se detiene con un ronroneo en una callejuela colindante a Montmartre. Yo me bajo temblando en cuanto cesa el movimiento y me palpo todo el cuerpo. No falta nada. Dios debe de quererme.

Alice está sentada en un banco solitario. Su traje de raya diplomática está impoluto; ni siquiera ha perdido el sombrero. Nadie diría que hace menos de media hora ha estado partiéndoles la cara a un puñado de mafiosos. En cuanto nos ve, echa una ojeada a su reloj y chasquea la lengua.

-Veinte minutos. Diez más de lo previsto en estos casos. Eres un perdedor, Ray.

El aludido retira la llave del contacto.

-Había quince coches y un furgón de gendarmes.

-Lo que sea. No dejas de ser un perdedor. Algún día te matarán y nadie llorará por ti.

-Tu madre no opina lo mismo.

-Qué alarde de madurez. No sabía que estaba jugando al póker con un crío de diez años.

Raymond le enseña los dientes, Alice lo tira de su moto. Yo prefiero retirarme a un rincón y vomitar hasta mi primera papilla entre unos contenedores.

Mejor fuera que dentro.

-Mira lo que has hecho –la oigo decir-. Me lo has traído descompuesto.

Como es habitual, no hay contestación. Raymond debe estar sonriendo de ésa forma tan desagradable suya.

-Tengo que hablar con él. Quédate ahí e intenta no quemar la ciudad mientras estás solo.

No tardo en oír los pasos de Alice aproximadamente y sus mocasines aparecen en mi campo de visión. Yo me quedo donde estoy. No puedo asegurar que no vaya a volver a potar si lo hago, y manchar los zapatos de Alice supondría terminar despellejado.

-Levanta.

-No voy a hablar contigo ahora –digo en mitad de una arcada-. No he terminado.

-Pues deja de vomitar de una vez. Es asqueroso.

-Alice, he estado a punto de sufrir un ataque al corazón hace cinco minutos. Vomitar un poco es lo que menos me importa en este momento.

Ella hunde la puntera del mocasín en mis costillas y me hace rodar sobre mi espalda como un cachorrillo.

Vestirás muy bien, pero tienes los modales de un rapero del Bronx.

Mi ex compañera de piso se cruza de brazos.

-Seguro que has chillado como una nena todo el tiempo.

-Pues no –me pongo en pie trabajosamente para enfrentarme a la fría mirada inexpresiva de Alice. Al hacerlo siento náuseas que no tienen nada que ver con la carrera en moto-. Sólo al final, cuando estaba seguro de que iban a tener que desincrustar mis restos del guardabarros de aquel Subaru. P-pero eso es otra cuestión. ¿Qué narices estabas haciendo?

Ella suspira.

-Jugar al póker, Louis. Cartas –silabea despacio, como si estuviera hablando con un niño especialmente tonto.

-Eso ya lo sé. Quiero decir que qué hacías jugando con unos mafiosos. Pensaba que eras una ejecutiva con mal genio de la Défense. Me mentiste.

Es decirlo y darme cuenta de lo mucho que me duele. Puede que Alice y yo no seamos amigos (ni de coña), pero hemos vivido juntos cinco años. Esperaba algo más de ella. Algo más de confianza.

-Yo nunca te he mentido, Louis. Las suposiciones que tú te montaras en tu cabeza no son cosa mía –replica sin ninguna inflexión en la voz-. En cuanto a mí, simplemente consideré innecesario que supieras ciertos aspectos de mi vida.

-¿Como que eres una timadora?

Alice me pellizca.

-Te callas. No he venido aquí para hablar de mis asuntos.

Creo que sé de qué quiere hablar y mi estómago se retuerce en un nudo. Por mucho que lo intente, sé que no aguantaré su pulso. Me es imposible soportar a Raymond un minuto más.

-Alice, yo…

-He dicho que te calles, inepto –enmudezco. Alice se quita una mota de polvo del puño de la chaqueta antes de seguir hablando:-. Mira, Louis, cuando tu hermano acudió a mí para que te acogiera en mi casa, no tuve más remedio que aceptar. Nadie puede resistirse a ésa cara. Y  sí, confieso que al principio no me hizo ninguna gracia, pero al final supongo que me acostumbré  a tenerte rondando por mi casa. Con esto quiero decirte que quiero hacer las cosas bien. Quiero ayudarte.

Mientras dice esto (las palabras más bonitas que me ha dedicado en sesenta meses), se saca algo del mismo bolsillo de su chaqueta donde escondía las cartas con las que juega al póker. Es un fajo de sobres.

-Encontré esto mientras buscaba ese libro de Hemingway que te negaste a dejarme.

En cuanto veo la selección de sellos editoriales plantados en las cartas, empalidezco.

Mierda, Alice, ¿tu madre no te enseñó que cotillear el correo ajeno es ilegal?

-Las… ¿Las has leído? –balbuceo.

-Claro que las he leído. Y también he leído esto –de su bolsillo mágico aparece otra cosa, un montón de papeles mecanografiados. Al verlos pido a la tierra que me trague de una vez y termine con mi sufrimiento. Ya es bastante malo que Alice haya descubierto mi vergonzoso secreto como para que encima…-. Permíteme que te diga que no me extraña nada que todas esas editoriales hayan rechazado tu novela, Louis. Es terrible. Una abominación.

Oh, muchas gracias. Si no fuera porque eres una chica y porque tu síndrome de Asperger te anula cualquier emoción humana que sea remotamente parecida a la empatía, te pegaría una patada ahora mismo.

Alice me encasqueta mis folios, que yo acuno dolorido, como si fueran mi hijo pródigo.

-Puede que seas un inútil para esta sociedad, Louis, pero si hay algo que sepas hacer como nadie es escribir. El problema de ese manuscrito no es la redacción, es la materia. Lo que intentas contar aquí no es sino el triste reflejo de tu existencia anodina y falta de emoción. Por eso te mandé al Chat Bleu. Cuando fui portera allí me di cuenta de que si hay un lugar donde se acumulan historias de toda clase es ése.

Es cerrar la boca, y Alice pone una última cosa sobre el montón de papeles que tengo en los brazos con gesto resuelto y da media vuelta.

¿También trabajaste en el Chat? Eso explica muchas cosas.

-Y ahora me voy; no puedo perder más tiempo contigo, tengo una partida de Texas Hold’em en el Groupe Partouche en diez minutos. Le diré a Raymond que te invite a comer. Para compensar.

-Pero…

Da igual, ya ha desaparecido dejándome con la palabra en la boca. El rugido de la Harley alejándose hasta convertirse en un mínimo ronroneo lo confirma.

Intento enfadarme con ella, pero estoy demasiado herido y hambriento para eso. Todo el contenido de mi estómago se encuentra esparcido en la acera, así que ahora que Alice no está cerca y el nudo de mis tripas se ha relajado, noto un vacío feroz. Tampoco es que tenga muchas ganas de darle vueltas al asunto. Me duele todo el cuerpo. Para ser sinceros, de momento me da igual que todos me manejen, sólo quiero llenar la tripa y descansar.

De mala gana, me arrastro hasta donde está Raymond. En cuanto me ve aparecer me dedica una de sus medias sonrisas con un Marlboro entre los dientes.

-¿Tienes hambre, gatito?

-Vamos a jugar a un juego.

Yo me meto en la boca un trozo de quiche mientras lo miro con desconfianza.

-No me gusta cómo suena eso –farfullo.

Estamos en la despensa de un diminuto bistrot al norte de Montmartre. Me ha sorprendido gratamente descubrir que existe un sitio así, agradable y bullicioso, para criaturas nocturnas como nosotros. La propietaria, una exuberante siciliana, debía conocer antes a Raymond, porque nada más verlo se le ha tirado al cuello para meterle la lengua hasta la campanilla. Yo he preferido no decir nada al respecto, no después de que nos cediera este rincón exclusivo para comer tranquilos.

-Tenemos cinco preguntas cada uno –sigue él, fumando un cigarrillo tras otro. Una desagradable costumbre-, sobre lo que queramos. Pero tú si no quieres contestar, tendré que castigarte.

-¿Castigarme?

Él se encoge de hombros.

-¿Qué gracia tendría si no?

Me termino la quiche para darme tiempo a pensármelo. Lo cierto es que las pocas cosas que prefiero guardarme para mí están a buen recaudo, así que dudo que vaya a preguntarme por ellas. Y la idea de poder castigarlo a él me seduce. No tengo mucho que perder. Digo que sí entre bocado y bocado y él me hace un gesto para que empiece yo.

-Vale –digo, apartando la silla. Esta mesa es tan pequeña que nuestras rodillas se tocan irremediablemente-. ¿Qué hacías con Alice jugando al póker?

-Yo hacía de gancho cuando ella jugaba en el Chat. Ahora  somos amigos… Todo lo amigo que puede ser uno de Alice, claro –enciende otro cigarrillo y suelta una nube azulada que oculta un momento sus facciones afiladas-. Me toca. ¿Cómo pudo Ava engañarte para que trabajaras conmigo?

No hizo falta que me engañara. Soy bastante idiota yo solito.

-Llevaba meses sin trabajo y estaba desesperado. Cualquier cosa me hubiera servido.

-Incluso yo –una sonrisa lobuna asoma a su rostro. Yo desvío la vista, enfadado.

Ya veremos.

-En fin…  Tú no eres de aquí, ¿no? De Francia, quiero decir.

-No.

Y ahí se queda la cosa. No me cuesta darme cuenta de que no voy a saber de qué parte del mundo es. Resoplo y él me enseña los dientes, muy pagado de sí mismo, pero la culpa es mía por no preguntar exactamente lo que quería saber.

Eres un dechado de inteligencia, Louis.

-¿De qué conoces a Alice?

-Somos… éramos compañeros de piso –corrijo, recordándome que ahora tendré que vivir con Raymond en el Chat Bleu. A menos que pueda evitarlo, claro-. ¿Qué te ha llevado a trabajar en… bueno, en un prostíbulo? Porque supongo que antes de eso harías otra cosa, ¿no?

-Eso son dos preguntas.

-Vale, vale. Contesta sólo a la primera.

-Me gusta follar. Y me gusta todavía más que me paguen por hacerlo.

Raymond se recuesta en la silla, de modo que nuestras rodillas vuelven a tocarse. De hecho, ahora no sólo se tocan, sino que además sus piernas se cuelan entre las mías, separándolas. Abriéndolas.

-¿Q-qué haces?

Él se pasa rápidamente la lengua por los labios.

-Creo que es algo que no necesita explicaciones. Los dos lo sabemos perfectamente. Dime, ¿lo has hecho alguna vez en un sitio público?

De repente, el cuarto parece doblarse en dos y hacerse la mitad de grande. La sangre comienza a hervirme en la cara sin que pueda hacer nada por evitarlo.

-Dios, claro que no… ¿Quieres quitarte?

-No –en menos de un nanosegundo se ha despegado de la silla y su peso hunde mi regazo. Tener un cuerpo caliente encima del mío tan de repente causa estragos en mi cerebro, que no tiene tiempo de procesar la información y me deja con cara de gilipollas-. Supongo que sabrás que no te quedan más preguntas.

Abro y cierro la boca, como un pez comiendo. Claro que no me quedan preguntas, no en el diabólico juego de Raymond, en el que todo cuenta. Pero eso no es lo que me preocupa. Lo que me preocupa es él en particular.

-Una cosa más, Louis –murmura, y se inclina hasta que su nariz roza la mía. Su mirada asoma entre los mechones castaños de la melena alborotada y salvaje-. ¿Quién ese Édouard que conjuras en sueños mientras te la chupan?

Mierda.

Después de ese único pensamiento, mi mente se queda en blanco. Es fácil (no, realmente no) sobrellevar el recuerdo de Édouard cuando está encerrado en mi mente u ocupa mis sueños a traición. Otra cuestión es escuchar su nombre en boca de otra persona. Y peor aún es tener a este animal salvaje desenterrando su memoria. Inconscientemente, aprieto los dientes hasta sentir un vago pitido en el oído. No puedo hacer otra cosa. Hablar es imposible teniéndolo encima, anulando mi capacidad de raciocinio.

-¿Vas a contestar? –su voz diluye el fundido en negro en el que se había convertido mi cerebro. Sorprendido, aspiro con fuerza y me lleno sin querer de su aroma a almizcle. Mala idea-. ¿Eso es un no, gatito? Voy a tener que castigarte si es un no.

Esto último lo dice ya con la lengua fuera y rozando mis labios. Primero lo hace deliberadamente despacio, su aliento acariciándome la cara, para poco después separarlos y rozar mis dientes. Sus ojos se han convertido en finas rendijas esmeralda que vigilan cada movimiento sin descanso. Como un felino estudiando a su presa. Aturdido por la intensidad de esa mirada, aprieto los párpados con fuerza y le grito a mi cuerpo que haga algo útil (salir corriendo), o al menos sensato (apartar a esta bestia y comportarse como si no nada hubiera ocurrido). Lamentablemente, éste me responde bombeando sangre a un lugar poco ortodoxo de mi cuerpo. Un lugar que tiende a levantarse en momentos indeseados.

Mi polla, joder, que hay que explicarlo todo.

Mientras yo lucho en vano contra las reacciones de mi cuerpo, mi atacante desliza las manos por debajo de mi camisa de alquiler. El mero roce de sus dedos sobre mi piel es electrizante. Me descubro gimiendo en su boca, que ha hecho suya, indefenso.

No alcanzo a entender lo que me pasa con este hombre. Édouard me fascinaba, pero es que era una persona fascinante, agradable y ocurrente, y muy tierna conmigo. Raymond es el ejemplo antropomórfico de un gato callejero y pendenciero que nadie en su sano juicio recogería. Uno de esos gatos que arañan compulsivamente todo lo que encuentran a su paso, que marcan su territorio (es decir, tu alfombra persa), roban tu comida y al día siguiente se esfuman. No sé si me explico.

Lo que quiero decir con esto es que no debería querer tener sexo con él. Porque es un chapero y sólo busca eso. Sexo. Sin compromisos, sin sentimiento. Y después de Édouard, quizá yo debería buscar lo mismo, pero sólo quiero que me dejen en paz. Estoy muy bien solo.

Por supuesto, mi pene no opina lo mismo, y en estas situaciones el que manda es él. Especialmente cuando una mano experta lo está acariciando por encima del pantalón.

Y entonces todo se disipa. No quiero que me toque, pero me vuelvo completamente loco cuando lo hace. No quiero follar con él, pero no me quejaría si ahora mismo me pusiera contra la mesa y me desvirgara como el animal salvaje que es.

Probablemente lo hubiera hecho, de no ser por el pitido que me arranca del ensueño y me hace volver la cabeza para encontrarme con la italiana, cámara en mano.

Grabándolo todo.

Raymond me imita y al verla alza una ceja.

-Vaya, Francesca. Te dije que cargaras la cámara antes de venir.

Como me niego a sentarme al lado de Raymond en el taxi éste se ve obligado a tomar posición al lado del conductor, un señor en sus cincuenta al que no le hace mucha gracia tener cerca a un tío despeinado que canturrea entre dientes mientras mira al otro pasajero a través del retrovisor como si quisiera comérselo:

I can be good
(If you just wanna be bad)
I can be cool
(If you just wanna be mad)
I can be anything
I’ll be your everything
Just touch me baby
I don’t wanna be sad

 

Ni siquiera conozco la canción. Procurando no hacerle caso, apoyo la mejilla ardiente en la ventanilla y miro sin ver la sucesión de edificios. La imagen de la tal Francesca, cámara en mano y sonriendo como la pervertida que es, tardará en borrarse de mi mente. Puede que nunca se vaya del todo. Creo que tendré pesadillas hasta el resto de mis días.

Suspiro y me abrazo el cuerpo para contrarrestar el frío del cristal. Siento algo duro contra mi costado, y entonces recuerdo que Alice me dio algo más aparte de mis cartas y mi manuscrito. Al hurgar en mi abrigo descubro que es un cuaderno en blanco. Sólo hay una pequeña anotación en la primera página, con la pequeña y pulcra letra de Alice.

Te dejo esto para que escribas algo útil. No es una sugerencia.

Por cierto. Ahora que vas a ser un empleado del Chat Bleu –y uno tan especial-, debes tener en cuenta una cosa, Louis: no has sido el primero. Antes que tú ha habido decenas de personas, y todos y cada uno han ido cayendo en la trampa de Ray. Él juega con todos, los dobla como cucharillas del té y luego se deshace de ellos. Espero que tú no te dejes llevar también. Aunque con tus tendencias primarias tan típicas de los machos de nuestra especie, quién sabe.

Miro las diminutas letras hasta que bailan ante mis ojos.

Gracias por avisar. Eres muy amable. Pero quizá hubiera sido más eficaz no dejarme al lado del depredador.

Justo cuando el taxi se para ante las puertas del Chat, me doy cuenta de que todavía llevo puesto el traje que tendría que haber devuelto hace unas cuatro horas.

Supongo que ya da igual. No iban a devolverme la fianza con esas manchas de preseminal en la entrepierna de todas maneras.

 

 

 

 

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