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De lujo (Chapitre 16: Un gatito incompetente)

16

-Derek. Lo dicho, el placer es mío.

Mi voz suena pastosa, más al alzarla para hacerme oír por encima de la música y la cháchara insustancial de quienes tenemos alrededor. Pasada la euforia de mi revolcón con Raymond, ahora un dolor agudo se ha instalado en mis sienes y me hace ver el mundo dos veces más brillante de lo que es en realidad. Las piernas me tiemblan un poco, y mejor no hablar del estado ridículo de mi ropa.

En definitiva, lo último que me apetece es estar aquí charlando con este tipo, cuando lo que necesito, y de forma urgente, es encontrar por fin a Maidlow.

Pero, como es de conocimiento público ya, nunca he tenido demasiada suerte. El tal Derek no parece tener intención de dejarme ir tan fácilmente. Yo trato de enfocar la vista en su dirección sin parecer muy borracho. El hombre que me devuelve la mirada es alto y recio, y el caro traje azul marino que viste se ajusta perfectamente a las formas rectas y duras de su anatomía. La frente despejada, esos pómulos altos y las facciones angulosas parecen enmarcar unos ojos claros, de tonos fríos. Es atractivo, supongo. Al menos no parece tener la necesidad de pavonearse ante cualquier ser vivo, como les ocurre a muchos otros clientes del Chat Bleu.

En este momento, hay un brillo casi divertido en esos ojos azulados.

-¿Qué le ha pasado a su chaqueta?

Yo hago rodar los hombros por debajo de la ropa mojada, sintiéndome de pronto de mal humor, y me paso una mano por la cara para que no me vea enrojecer.

-Raymond -farfullo. No es del todo cierto, pero al mismo tiempo no es exactamente mentira. Es un buen resumen de lo que ha pasado ahí atrás. Y, qué demonios, Ray siempre se merece de alguna manera que le echen las culpas por cualquier cosa.

Mi interlocutor esboza una sonrisa apenas apreciable, anecdótica.

-Debí haberlo imaginado -dice, y se repeina el flequillo rojo oscuro hacia atrás-. ¿Sabe? Ava y yo somos viejos conocidos. Llevo acudiendo al Chat desde que abrió sus puertas al público, y, desde luego, viví la incorporación de Raymond a la plantilla del club. Y he de decir, Monsieur Daguerre, que usted destaca por encima de todas las personas que han sido contratadas para vigilarlo de cerca -el tipo se acerca un vaso de contenido indefinido a los labios, sin dejar de mirarme -. No exagero al decir que su adhesión al club ha sido una de las mejores decisiones de Madame Strauss. A lo mejor eso le sirve de consuelo. Por lo de su chaqueta.

Y tras soltar tal lapidaria afirmación, deja escapar una suave carcajada, tal vez por verme con la mandíbula desencajada y atónito.

-Debe estar bromeando -rebato, parpadeando, pero él no se retracta, sólo entorna los ojos y espera-. B-bueno, se lo agradezco, aunque le puedo asegurar que Madame Strauss no comparte su opinión.

De hecho, está deseando verme meter la pata una vez más para hacerse una estola con mi piel.

Derek hace un gesto de aburrimiento con la mano.

-Ava y yo disentimos en muchas cosas. Pero no le diría esto si no me basara en hechos objetivos. Hoy, sin ir más lejos, ha revolucionado a toda la clientela del hotel.

Sí, no hace falta que lo jure. Las miraditas ansiosas dirigidas a mi culo se han multiplicado por tres en lo que llevamos de noche.

-Sí, aunque no entiendo por qué, realmente.

-Será porque posee unos destacables… atributos.

Arqueo una ceja torpemente. La sonrisa de mi interlocutor se ensancha de forma muy sutil, casi zorruna.

En algún lugar, volvemos a oír el violín de Raymond.

-Disculpe mi atrevimiento – antes de que pueda dilucidar nada de su última afirmación, Derek inclina la cabeza, sin dejar de sonreír-, pero creo haber oído que anda metido en una pequeña investigación sobre su protegido.

¿C-cómo…?

No acierto a decir nada. Como si me leyera la mente, él añade:

-El Chat está lleno de gente aburrida, Monsieur Daguerre. Los chismorreos aquí son como carnaza fresca para los buitres.

Mareado, me sujeto la cabeza. La música me entra por un oído, se mezcla con la voz untuosa del pelirrojo y sale por el otro. No quiero creerme del todo lo que estoy oyendo. Pensaba que me estaba moviendo con algo de discreción. Pensaba. ¿Quién más lo sabrá? ¿Habrá llegado a oídos de Ray? Al pensarlo, una náusea que aúna miedo y vergüenza caliente me sacude por dentro.

-Podría ayudarle con Raymond, si usted quisiera -de improviso, el tipo se inclina sobre mí. Con mis reflejos ralentizados, y pillado con la guardia baja, lo único que puedo hacer es tensar dolorosamente los músculos, algo que no evita que la nariz de Derek me roce el pómulo al susurrarme al oído:-. Sé todo lo que necesitas saber sobre ese duque entrometido… y sobre Hans.

Trago saliva. La noto bajar, espesa y sin sabor. Los sonidos de la fiesta ya no resuenan tan nítidos en mis oídos como antes. Ahora lo único seguro es la controlada respiración rítmica de mi interlocutor. Ni siquiera he notado cómo ha abandonado el tratamiento de usted hasta que consigo analizar sus palabras por tercera vez.

-¿Hans?

La presión desaparece de mi cara. Tengo que enfocar y desenfocar para poder ver con un mínimo de definición al tipo delante de mí.

-Así que no has llegado tan lejos -se sorprende, mientras somete a mi cuerpo a un vistazo evaluativo-. Esto es mucho más interesante de lo que pensaba.

Por su tono de voz, Derek parece enormemente satisfecho. A mí me llega un regusto a bilis a la boca. La advertencia de Chiara acerca de no buscarme enemigos en el Chat me araña desde el subconsciente.

-¿Quién es Hans? -insisto, repitiéndome como un loro. Es lo único que he conseguido pescar del batiburrillo de cosas que es mi cabeza ahora mismo.

Derek se lleva la mano al interior de su chaqueta cruzada en un movimiento deliberadamente lento. Si no viera su rostro como sumido en la bruma, juraría que un ramalazo de compasión ha cruzado esas facciones ladinas. Mientras, sus dedos enguantados extraen un papel blanco, cuidadosamente doblado.

-Si siente algún interés -comienza, recuperando el tono formal y casi burocrático-, estaría más que encantado en prestarle mis servicios… aunque lamento decirle que no suelo hacer estas cosas por amor al arte. Espero que lo comprenda.

Yo, que estaba centrado en observar el pliegue blanco con una fascinación que rozaba el misticismo, no puedo evitar parpadear, confundido.

-¿Quiere decir que… ? -levanto la mano, en un gesto estúpido-. No tengo dinero.

Pensaba que eso lo sabían ya todas las altas esferas del panorama económico europeo.

Mi comentario arranca una risotada a Derek que provoca un montón de ojeadas incrédulas en nuestra dirección.

Monsieur Daguerre, ambos sabemos que el mundo en que vivimos está cimentado sobre el modelo capitalista más feroz. Todo lo que nos rodea son negocios. Pero… no todos los negocios son dinero -el papel termina en mis manos. Yo lo miro son ver, porque las letras bailan sobre la celulosa-. Mi única condición es que me permita transmitirle esa información en un ámbito más… ¿privado? No sé si me entiende.

Asiento de forma desacompasada, todavía concentrado en el papel. Por más que intento leer lo que pone, sólo me encuentro con una amalgama de tinta ilegible. Suspiro, agotado.

-¿Es un contrato? -pregunto, aunque la palabra me provoca escalofríos. Todavía no me he olvidado de que algo como eso fue el principal culpable de que esté en este agujero.

-Sólo es un documento para cubrirme las espaldas -Derek se encoge de hombros, acercándome una estilográfica. Otra vez, esa sonrisa de Míster Zorro ilumina su semblante, y yo no sé cómo interpretarla-. A mí y a usted, por supuesto.

Yo lo miro un instante, vacilante, y el violín de Raymond ameniza el silencio que se interpone entre ambos. No me gusta. No me gusta Derek con sus ojos gélidos, ni esas palabras directas y seguras. Pero precisamente esas formas tan arrogantes me insinúan que realmente este tipo sabe tanto o más de lo que dice. Y si es así y consigo la información que necesito, tal vez pueda encontrar la forma de arreglar el mal que hice con Raymond.

Por otro lado, la cabeza me palpita y soy incapaz de leer lo que pone en un papel; no creo que esté en condiciones de firmar esto.

Un momento.

Una figura conocida me mira desde un lado de la sala. Al distinguir (no sin dificultades), el cuerpo marcial de Gareth Maidlow, casi echo a correr sin pensar en nada más. Menos mal que el peso de la pluma me clava a la tierra en el último segundo, y me quedo mirando los objetos en mis manos como si tuviera algún tipo de problema mental. Cuando vuelvo a levantar la vista, confuso, Maidlow se mete las manos en los bolsillos y comienza a caminar lentamente en dirección a uno de los pasillos.

Pero esta vez no se me va a escapar. No va a poder.

-Disculpe, pero tengo que irme -murmuro entre dientes, y antes de que quiera darme cuenta, mi firma está estampada torpemente en una esquina del documento, del que me deshago como si quemara. Mi admirador tiene que recuperar su estilográfica casi al vuelo, con un resoplido de sorpresa, y yo sólo acierto a soltar una disculpa poco convincente antes de salir disparado tras la estela del duque.

No obstante, y a pesar de las prisas y el ruido ambiente, puedo oír perfectamente el tono complacido de Derek a mi espalda:

-Me pondré en contacto con usted, Monsieur Daguerre.

Me siento como Alicia en pos de ese estúpido conejo blanco.

Aunque la noche ya debe estar avanzada y queda menos gente celebrando el principio de año, todavía tengo que luchar a brazo partido por salir del salón y librarme de hombres engalanados y mujeres cotillas que quieren sobarme y saber qué se cuece en las profundidades de mis pantalones. Yo me zafo de ellos y me las apaño para avanzar con determinación férrea. Las luces bailan sobre los asistentes a la fiesta, una música frenética y chispeante se arrastra sobre el suelo de mármol, pero nada de eso atrae mi atención, y hago mutis por el foro, camino al hall del club. Mis pasos resuenan en el recibidor, desierto en contraste con el salón. Guiado por algún instinto básico, cruzo toda la estancia y me asomo al temido corredor que lleva al despacho de Ava Strauss.

Gareth me espera apoyado en un pilar, con los brazos cruzados sobre el pecho. Inmóvil, como una escultura figurativa, sólo sus ojos efectúan el más mínimo movimiento al caer sobre mí. Un rápido escaneo de mi figura y algo parece sacudir sus facciones desde el mismo hueso. Es un movimiento que empieza siendo imperceptible y que se extiende igual que la pólvora hasta sus extremidades, que lo lanzan hasta donde estoy yo en dos rápidas zancadas. Y juro que la primera fracción de segundo es aterradora, como ver un rinoceronte cargando en mi dirección, pero estoy tan mareado que soy incapaz de apartarme de su camino antes de tenerlo encima.

-No ha aceptado mi oferta -me increpa, su cara cerca de la mía, pero una expresión incrédula y casi cómica adornándole el rostro. Como si aceptar sobornos fuera cosa del día a día de cualquiera-. ¿Por qué no ha dicho que sí?

Viendo esos ojos bien abiertos, una irritación creciente comienza a gestarse en mi estómago.

-Su oferta -repito, arrastrando un poco las palabras, cuyo tono y volumen van in crescendo-. ¿Se refiere al plan para satisfacer su ridículo ataque de celos?

Maidlow se aparta de golpe de mí, al tiempo que arruga la nariz.

-¿Celos? -grazna-. No sé de qué me habla.

Un tic nervioso hace estremecerse uno de sus párpados. Yo doy un paso hacia delante, menos tambaleante de lo que esperaba  en un principio.

-¿No sabe de lo que le hablo? ¿Cómo tiene el valor de decirme eso después de andar hurgando en mi vida privada con la tranquilidad de quien revuelve el café por la mañana? Después de jugar con mis esperanzas en el mercado editorial y utilizar a… a Ed como una marioneta para quitarme de en medio…

Mi voz retumba en las paredes ornamentadas del Chat. No sé cómo, pero me las he apañado para arrinconar al duque contra el muro. Su enorme presencia parece haberse reducido al tamaño de un cachorro grande y torpe, y cuando vuelvo a gritar, hundiendo un dedo acusador en su pechera blanca, él se encoge con un sonido estrangulado.

-¡Sabe perfectamente de lo que hablo! ¿Cree que no sé que anda correteando tras Raymond como un chucho faldero? No se atrevía a mover un dedo por temor a que Ava tomara represalias, pero después de lo de su padre… -trago saliva, lo único que interrumpe momentáneamente mi furioso y atropellado discurso-. Después de eso, se ha dado cuenta por fin, ¿no? De que puede hacer lo que le dé la gana, usted, el perro violador de su padre, todos.

El aliento se me escapa del cuerpo en un suspiro largo, tembloroso, y el sabor ácido de la ira me entumece el paladar. Tengo que intentar volver a respirar, porque parece que el mundo a mis pies va a derrumbarse de un momento a otro. A lo mejor sólo es el alcohol en mis venas, pero siento que podría agarrar del cuello a este tipo hasta borrarle de la cara esa estúpida (y difuminada) expresión de sorpresa. De hecho, mis manos alcanzan las solapas de su sedosa camisa blanca, aunque por suerte consigo retenerlas en el último momento y no avanzan más allá. Seguro que si las dejo alcanzar el cuello de toro de lidia del galés, terminaré apañándomelas para estrangularlo aquí mismo.

Ante mí, Gareth espira con fuerza por la nariz. Uno, dos segundos pasan antes de que sus labios vuelvan a abrirse, pero mientras tanto el silencio es tan tenso que me hace rechinar los dientes.

-Cómo te atreves -comienza, y al momento siento sus manos cerrarse sobre mis muñecas, que todavía lo agarran por la camisa- a injuriar a mi padre de ese modo.

No me puedo creer lo que está diciendo. El personaje no sólo se toma la libertad de manejar las vidas de otros a su antojo para conseguir lo que desea tan obsesivamente, sino que además defiende las atrocidades de su progenitor…

-Tu padre es la peor cucaracha que ha osado pisar este club alguna vez -gruño, consciente de que la lengua se me traba de tal manera que incluso a mí me resulta difícil saber qué es lo que digo-. Y te juro que si él o tú o alguno de los de vuestra calaña vuelve a ser lo bastante estúpido como para acercarse a Raymond, haré que conozcáis un nuevo nivel de terror.

Abro las manos, con la intención de liberar a Maidlow y alejarme de vuelta a la fiesta con esa amenaza manifiesta en el aire, pero el duque sigue aferrando mis muñecas. Al mirarlo, veo cómo su faz enrojecida adopta un rictus de furia amenazador.

-¿Mi familia? -me ruge, y su voz de barítono hace vibrar mis huesos-. ¿Precisamente tú amenazas a mi familia? ¿De quién crees que intento proteger a Ray, sino de ti, pedazo de escoria? -su saliva me salpica la cara. Yo siento cómo mis dedos vuelven a enroscarse en su ropa. Lo siguiente que dice, no obstante, hace que mis músculos flojeen:-. Él está encerrado aquí, y tú eres su sucio carcelero.

-¿Q-qué tonterías dices? -barboto. De un tirón, trato de deshacerme de él, pero el duque es más rápido y con un empellón intercambia posiciones conmigo y me incrusta contra la pared. Todo se reduce al sutil olor de su colonia y el alcohol en su aliento. Aun así, y en lugar de amedrentarme, lo único que consigue es arrancarme un sonido ronco, amenazador.

-No intentes jugar con…

-No intento nada, imbécil. Si esto es alguna… estrategia, siento decirte que es una mierda.

Maidlow suelta mi pechera, pero sus puños se mantienen inmóviles en el aire, entreabiertos, como si estuviera preso de algún conflicto interno, y su ceño forma una arruga perfecta mientras entorna los ojos y recorre con ellos mi cara. Yo le respondo con un siseo hostil. Al final, un sonido incrédulo se escapa de su cuerpo, levantando sus hombros y las cejas de una forma que el alcohol hace graciosísima.

-¿En serio estás aquí sin tener ni idea de lo que haces?

-Sé perfectamente lo que hago -rebato, con un rubor incendiario que me quema las mejillas-. Eres tú el que ni sabe lo que tiene en su propia casa.

La imagen del viejo gordo y medio borracho gritándome a la cara se solapa con el gesto adusto del duque y hace que se me revuelvan las tripas. He venido a pedir explicaciones, pero ahora sólo quiero pegarle un puñetazo. Como si me leyera la mente, Maidlow retrocede un paso, mirándome de reojo.

-Siempre me había preguntado cómo sería el tipo de persona capaz de dejar que le paguen por ayudar a retener a alguien en contra de su voluntad en un sitio como este -al decir esto, adopta una postura rígida, echando una ojeada a mi ropa, la nariz levantada-. No puedo decir que esté sorprendido, de todos modos. Eres tan rastrero y penoso como imaginaba.

Yo no oigo esto último. Mi mente embotada se queda enredada en el primer concepto, que empieza a calar despacio en la materia gris hasta hacerme entender. Y entonces me quedo clavado al suelo.

-¿Insinúas que Raymond no puede marcharse del Chat?

Maidlow, que estaba paseándose por el corredor, se detiene para dedicarme una sonrisita suficiente antes de fijar la vista en sus manos.

Quiero hundir el puño en esa cara.

-No ha sido fácil investigar. En el club no gusta mucho que se hurgue en los asuntos de los demás. Pero creo que ya sé qué es lo que pasa aquí. Sólo necesito… -tuerce la boca, disgustado-, necesito saber por qué lo quieren aquí.

Meneo la cabeza, siguiendo su paseo incansable por los pasillos ricamente decorados. La idea es absurda, es como intentar atrapar el aire. Y sin embargo, algo dentro de mí se empeña en desenterrar mi discusión con Raymond tras el incidente de Maidlow senior, mientras una sola frase revolotea en mi cráneo, sin cesar.

Esta es mi jaula.

-Estás loco.

Es lo único que consigo decir, después de llevarme las manos a las sienes, pero al parecer no es lo que el duque quería oír. De pronto su sombra amenazante me cubre de los pies a la cabeza y yo tengo que levantar la cara para enfrentarme a esos ojos ardientes.

Podría aplastarle esa bonita nariz de estirado.

-¿Eres en serio lo bastante imbécil como para creer que Ava necesita de un patán como tú para llevar su club? Jamás habrías puesto un pie en el Chat Bleu si ella no tuviera que llevar a cabo una tarea tan baja y penosa, idiota.

Apenas ha terminado de hablar cuando esas manos enormes agarran mi ropa y me zarandean, y la confusión y la rabia empiezan a mezclarse en mi estómago y a convertirse en algo extraño, vagamente familiar para mí.

-Sólo eres el chucho pulgoso de este club, el perrito guardián de Madame Strauss -suelta, por fin, y en su voz hay un desprecio pesado y tangible. Mientras habla, sus labios se curvan en una mueca desagradable-. Pero, ¿qué importa, si aquí dan las mejores galletitas de la ciudad, eh? Qué fácil debe ser olvidarse de un puto de mierda cuando en el salón contiguo todos te aplauden las gracias y te dan palmaditas en…

Lo siguiente que oigo de Maidlow es un crujido seco, acompañado de un calambrazo de dolor casi eléctrico, que me sacude las terminaciones nerviosas de todo el brazo. Bajo mis nudillos, los huesos del duque se estremecen y a mí me recorre el cuerpo un espasmo de puro placer al oírlo lanzar un quejido patético. Un goterón de sangre me salpica la camisa al apartarse bruscamente, llevándose las manos a la cara con un gemido, los ojos abiertos como platos.

-M-me has roto la nariz -balbucea, con voz gangosa, y puedo ver la sangre escurriéndose por su mentón.

Me siento bien. Embotado, pero bien.

Trés bien, capitán obvio -un poco ido, me masajeo la mano dolorida. El dolor se extiende por mis nudillos en pulsos sordos y se transmite hasta mi cerebro como un eco. Ver al duque retorcerse con la cara enrojecida y salpicada de bermellón me quita todas las ganas de discutir con él. Ahora sólo quiero dar media vuelta y terminar la fiesta envuelto en esta nebulosa de ebriedad y satisfacción.

Pero ni siquiera tengo tiempo de pensarlo, porque los dedos del duque se engarfian en mi muñeca y tiran de mí hasta que su nariz inflamada invade cada centímetro de mi campo visual.

-Haré que te arrepientas de esto.

Lo que dice es simple, pero a partir de ahí, todo se confunde y tengo que cerrar los ojos, mareado. Oigo al duque, pero no es más que un grito lejano al que, como el ruido de fondo de una vieja grabación, otra voz se superpone, cada vez más fuerte…

…Un bramido que me deja clavado en el sitio. Y en lugar de la nariz rota de Maidlow, los oscuros puntos de sutura en la sien de Léo, esa fuerza bruta que me pilló por sorpresa al incrustarme contra la pared, aquella calurosa tarde de agosto. Es un recuerdo tan realista que juraría poder notar de nuevo cómo me calentó la cara su aliento, la tensión casi dolorosa que volvió rígido mi cuerpo. Su intención era intimidarme, pero desde que le partiera la cabeza con esa botella, sólo inspiraba en mi un desprecio casi tan grande como el que le provocaba yo a él.

-Quieres jodernos a todos, ¿eh, pequeño hijo de perra? -escupió, demasiado cerca de mi cara. Al toparme con su fea herida, torcí el gesto en una mueca de asco y aburrimiento-. Quieres jodernos a todos y has elegido al pobre idiota de Ed.

-Tal vez deberías preguntarle a Ed quién eligió a quién -gruñí, notando al momento un pinchazo de dolor en un lugar indefinido del cuerpo. Por supuesto. Édouard se había olvidado de comentarle a ese pedazo de carne con ojos que había sido él mismo quien inició la táctica de acoso y derribo conmigo, desde el mismo momento en que nos tocó compartir habitación en la residencia.

Pero bueno, no es que importara demasiado. Lo último que esperaba ya era la sinceridad de Édouard, y Léo ni siquiera había venido a escuchar ni una sola de mis palabras. Sólo era un muro de músculo y hueso que había venido a dejar clara una sola cosa:

-Haré que te arrepientas de esto, muerdealmohadas de mierda. Desearás no haber nacido.

 

Parpadeo sin prisas para salir del ensueño. Todavía estoy plantado en mitad del pasillo, ahora silencioso y medio escondido en una penumbra que camufla el brillo del mobiliario. Maidlow ha desaparecido y, aunque sé que si quisiera alcanzarlo podría seguir el rastro sanguinolento que ha dejado tras de sí, de repente no tengo ni fuerzas ni ganas para hacerlo. Me gustaría creer que es un efecto exclusivo del alcohol, que ha empezado a ejercer su magia depresora en mi organismo, pero sé que eso no es cierto y que hay algo más. Algo desagradable que me mordisquea el corazón. Tampoco quiero pensar en ello, de modo que enderezo la espalda, haciendo crujir las articulaciones y dejando que el agotamiento resbale sobre mi piel y se extienda como una enfermedad a través del torrente sanguíneo. No tardo en apartar de la mente cualquier rastro de ese recuerdo y de la conversación con Maidlow, por suerte para mis neuronas, y lo único que queda rondando es el hilo de música que todavía se deja oír a través de las paredes del club. Con Edith Piaf haciendo gorgoritos de fondo, me aparto el pelo de la cara.

Qué cansado estoy.

¿Debería volver a la fiesta? No sé si quiero volver a encontrarme con Raymond y su acoso hoy. Estoy hecho un desastre y puede que termine haciendo algo de lo que me arrepienta. Además, tendría que enfrentarme a las confusas palabras de Maidlow y, desde luego, no estoy por la labor. O quizá lo mejor sea regresar al cuarto de mi protégé y armarme de valor para soportar los nuevos horrores que me tenga preparado el día de mañana.

 Gruño, sin llegar a decidirme, y mientras arrastro mi cuerpo reventado por el pasillo, algo llama mi atención.

La puerta del despacho de Ava, siempre con ese aspecto ominoso e impenetrable, parece entreabierta.

Qué curioso.

Encogiéndome un poco de hombros doy media vuelta, ya con la determinación de subir al último piso y dormir hasta el apocalipsis. No obstante, dos veces resuenan mis pasos en el pasillo vacío antes de que dé media vuelta y retroceda hacia el umbral. Debe ser esa obsesión que ha tenido siempre mi padre por invadir mi espacio vital y mi intimidad, que despierta en mí el deseo ver todas las puertas cerradas y requetecerradas. Con llave, a ser posible. Al menos, esa es la única explicación que se me ocurre al verme caminar de puntillas hacia el despacho y al agarrar el pomo de esa puerta tan inquietante. Quiero satisfacer el impulso obsesivo-compulsivo de cerrarla, y largarme antes de que aparezca por aquí su inquilina para seguir poniendo mi sueldo por el subsuelo…

El estruendo de algo haciéndose trizas interrumpe mi huida y me deja erizado y pegado al pomo, como si me hubiera sacudido una corriente eléctrica. El corazón me da un brinco peligrosamente parecido a una cardiopatía, pero todavía estoy peleando por evitar que se me salga por la boca cuando la voz de Ava sacude la tranquilidad del pasillo.

-¿Es hasta aquí hasta donde piensas llegar? ¿A decirme lo que tengo que hacer con mi propio negocio?

El tono es peligroso, cargado de una indignación que parece capaz de corroer el acero. En todas las ocasiones que he tenido de ver a la dueña del Chat enfadada (demasiadas, si pedís mi opinión), jamás había detectado tanta ira contenida. Un escalofrío me recorre el espinazo al pensarlo. Bajo mi piel, creo notar el metal del pomo mucho más frío de repente.

-Tengo entendido que los negocios reportan beneficios, Madame Strauss -otra voz. Esta vez, proveniente de un hombre al que no consigo poner cara. Sin darme mucha cuenta de lo que hago, inclino la cabeza hasta rozar la madera con la oreja, buscando no perderme ni un detalle-. De todos modos, ¿sigues pensando que eres la dueña de este antro? ¿O hace falta que te recuerde una vez más que ese Zimmermann quien está pagando parte de tus facturas? No, no hace ninguna falta, ¿verdad? -Silencio-. Además, ¿no es normal que un hombre de negocios se preocupe por sus endeudados?

Puede que me lo esté imaginando, pero puedo detectar cierta sorna en las palabras del desconocido interlocutor de Ava. Aunque más que en eso, quiero centrarme en ese mensaje críptico sobre deudas que mi cerebro no parece terminar de entender, no sé si por falta de información o por lo obtuso de mis sentidos.

-No sé qué haces aquí entonces, Hans. En menos de un mes habrás conseguido lo que querías y yo volveré a tener el derecho de cerrarte las puertas de mi club en la cara.

Hans.

-¿Lo que quería? -el otro ladra una risotada que disipa el débil hilo de pensamiento que había empezado a formar a partir de ese nombre. Su voz se ha vuelto densa y áspera-. Nada de esto hubiera ocurrido si no me hubieras arrancado eso mismo de las manos.

Madame Strauss deja escapar un sonido exasperado, absolutamente impropio de ella.

-Estoy tan cansada de esto. Ya no voy a intentar convencerte de que yo no tengo el cuadro y que por desgracia tampoco tengo ni idea de quién se lo ha llevado. Sé de sobra que no merece la pena y que sólo voy a gastar tiempo y energías. Pero, ¿sabes qué? Esté donde esté, siempre será mejor que contigo. Lo único que lamento de todo esto es no haber podido evitar que cayera en tus manos en primer lugar.

Un silencio opresivo precede a la gélida intervención de la dueña del Chat. Yo contengo el aliento y aplasto la oreja contra la puerta, aunque durante unos segundos sólo escucho el rumor de mi propio torrente sanguíneo.

-Bien, así lo haremos -comienza el hombre, voz seca y repentina, como un bloque de hielo resquebrajándose. Yo brinco en el sitio-. Ya sabes lo que tienes que hacer, entonces. A menos que quieras que todos tus inversores descubran por accidente lo poco solvente que es el Chat Bleu ahora mismo. Sería un drama verlos huir a todos… ratas escapando de un barco que se va  a pique… glu, glu, glu… hasta tocar el fondo del mar.

Como para hacer más vívida su metáfora, el tipo golpea la mesa. O tal vez ha sido Ava en un arranque de furia mal contenida, porque enseguida vuelvo a escucharla. Aun así, tengo que retener el aire dentro de los pulmones para que mi respiración no solape sus palabras, retorcidas por un sentimiento ominoso. Me atrevería a decir que angustia.

-Sigues escondiendo un núcleo podrido debajo de esa carcasa, ¿no es así? Nunca has dejado de ser un cerdo extorsionador.

-No quiero que vuelvas a permitirle poner un pie fuera del Chat, ¿entiendes? -eso hace enmudecer a mi jefa. El tono socarrón ha evolucionado con la rapidez de un parpadeo a la más profunda irritación, y algo me dice que el hombre está empezando a cansarse de la discusión-. Ya sabes que es un pajarito propenso a tontear con ideas peligrosas.

-¡No puedo tenerlo encerrado día y noche! ¡Bastante tortura tiene que aguantar ya!

-¿Desde cuándo se ha convertido esto en unas vacaciones para él? Este es su castigo. Oh, y que dé gracias por haber terminado en el club, y no de vuelta en Ámsterdam. Estoy seguro de que este sitio lo está ablandando todavía más que cuando lo dejé aquí.

-Hans, lo está volviendo loco. El Chat lo está volviendo loco. Esas salidas son lo único que lo ancla al mundo real. Si le quitas eso, se hundirá en un agujero sin salida.

Algo duro y frío parece golpearme la nuca desde atrás, y tengo que despegarme de la puerta un segundo para tomar aliento. Un reflujo áspero amenaza con alcanzar mi boca, pero estoy bastante seguro de que esta vez el Perignon no tiene nada que ver. Ava ha sonado tan… desvalida. Había algo en su forma de hablar que rozaba la súplica, y eso es tan inquietante viniendo de la dueña del Chat que hace que me sienta algo mareado.

Al final, y a pesar de un picor que como la sarna me ataca las palmas de las manos, vuelvo a apoyar la oreja en la puerta con cuidado.

-… ¿Quieres que conserve sus salidas? Procúrale una vigilancia decente, no como ese idiota rubio que tiene ahora. Es la encarnación de la incompetencia. Despídelo o enderézalo. Y hazlo rápido, porque como dudes un solo segundo, seré yo mismo quien se encargue de ponerlo en su sitio.

¿Qué idiota?

No alcanzo a oír la contestación de Ava. Tal vez no lo ha hecho. Puedo imaginármela dándole la espalda en un último coletazo de orgullo, negándose a dirigirle la palabra a pesar de su exquisita educación. Con todo, el sonido de una silla deslizándose y la seca despedida del tipo provocan que salten todas las alarmas en mi organismo. Sea quien sea ese hombre amenazante, lo último que quiero es que me encuentre aquí agazapado. Un chute de adrenalina levanta mi cuerpo con movimientos espasmódicos antes de que me aleje del despacho a grandes zancadas.

Por algún motivo, algo se agita inquieto dentro de mí. Las palabras de Maidlow se entremezclan con la conversación que acabo de espiar y trabajan para formar una duda sólida y aterradora…

Alguien me agarra por el hombro, interrumpiendo mi pequeña carrera y el delirio. Yo voy a volverme para desquitarme de otro cliente del club aburrido y cachondo, pero lo que me encuentro me deja sin aliento.

-Encontré un pajarito perdido.

Una mueca que intenta ser una sombra de sonrisa, dientes torcidos en el marco de un rostro deforme por las cicatrices. La bilis sube rápidamente por mi garganta, agria, y ahoga cualquier palabra conforme la mano de tres dedos se cierra un poco más sobre mi omóplato.

¿Qué es esto?

-Deja de juguetear, Jordan.

El reconocimiento de esa voz es lo bastante poderoso como para arrastrar el miedo súbito a un segundo plano. Un hombre pálido se acerca por el mismo sitio por el que he venido, con lo que no puede ser otro que aquel reunido con Ava Strauss. Esa certeza me revuelve el estómago y hace que un miedo agudo vuelva a dilatar mis pupilas, pero cuando el tipo llega a mi nivel, sólo me dedica una mirada indiferente con iris azul claro antes de dirigirse de nuevo a esa deformidad humana.

-Nos vamos.

Dice eso echándose por encima un abrigo de paño mientras encaminarse hacia el recibidor. Lo último que veo de él es el destello dorado en su cabello, reflejo de las bombillas de la lámpara de araña del hall. Por su parte, y para mi disgusto, su guardaespaldas dirige una mirada acuosa e indescifrable en mi dirección, para seguir los pasos de su jefe después, con suma tranquilidad.

Yo vuelvo a quedarme solo en mitad de la nada. El corazón me palpita inexplicablemente rápido en el pecho y un sudor frío se empeña en empapar los recovecos de mi camisa que Chiara no consiguió mojar antes. Cierro los ojos un minuto entero, pero eso no consigue calmar el torrente furioso de pensamientos que me acosa. Y tengo que dejar caer los hombros, tan cansado como si cargara todo el peso del mundo sobre mis hombros. Entonces recuerdo lo que iba hacer antes de que la puerta entreabierta de Ava distrajera mi atención.

Y sin más, igual que un robot reprogramado, encierro todo eso que me ronda la mente en un cajón y subo arrastrando los pies al último piso. Sin fuerzas para llegar siquiera al cuarto de baño, me dejo caer tal cual sobre la cama de Raymond.

Respiro. Inspiro.

Y la última imagen fugaz que cruza mi mente antes de que el sueño me atrape es la de esos indescifrables ojos verdes sin fondo.

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