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De lujo (Chapitre 14: Un gatito en el punto de mira)

14

La tarde discurre de forma pausada y tranquila. Acodado en la mesa de la cafetería, miro sin ver a través del cristal el fluir de la vida parisina. Me gustaría dejarme arrastrar por la pasividad de los viandantes que hacen las compras del viernes, lo intento con todas mis fuerzas, pero mi pierna no deja de golpear el suelo frenéticamente al ritmo desquiciado de lo que me ronda la cabeza.

No he podido hacer nada con Raymond. O, más bien, él no me ha dejado hacer nada. Mi protégé ha decido jugar a fingir que no ocurrió aquella noche, y cualquier intento por hacerle hablar del asunto ha terminado con el prostituto metiendo la mano en mis pantalones y poniendo fin al tema. Sólo cedió a mis insistencias la mañana después del incidente, aparentemente hastiado de tenerme rondando a su alrededor con cara de alma en pena. Él sólo se dio la vuelta y me miró, aburrido.

-¿Por qué te importa tanto? –preguntó simplemente, y yo tuve que callarme.

Todavía no tengo respuesta a eso.

Una camarera sonriente, con pinta de muñequita, se acerca para tomar nota de mi pedido y me obliga a centrarme en el mundo real. Cuando me deja la taza humeante sobre la mesa y se marcha, suspiro, echando un último vistazo al mundo diurno de la ciudad antes de regresar a mis apuntes.

Raymond no me lo está poniendo fácil (ni va a hacerlo, no en un futuro próximo), pero yo no pienso dejar las cosas como están. Si, tal y como dice, no puedo acudir a Ava, tendré que investigar al viejo por mi cuenta. Aunque no tenga ni idea de por dónde empezar. De entrada su nombre me es familiar, si bien no termino de recordar dónde demonios lo he oído antes…

Maidlow.

Lo escribo en la libreta, justo por encima del último capítulo escrito de mi manuscrito, como si eso fuera ayudarme a escarbar mejor en mi memoria. No es el caso. Las letras bailan ante mis ojos sin cobrar ningún sentido y yo, frustrado, las dejo donde están para centrarme en las líneas de debajo. Al leer el último párrafo recuerdo por qué estoy aquí y el estómago se me retuerce en un tirón de ansiedad. Pensaba que la noche de Navidad había culminado en una catástrofe que terminaría de condenar mis aspiraciones en el mundo editorial para el resto de mi historia, pero cuando les llamé para disculparme por lo que fuera que hubiera hecho Ray, los que se disculparon fueron ellos.

“Siento muchísimo lo que ocurrió la otra noche, Louis” había exclamado Olivia, editora jefe del grupo, apenas descolgó el teléfono “tu editor pilló un gripazo fulminante y no podía moverse de la cama. No pudimos contactar con él hasta esta mañana. De verdad que lo siento, pensaba que había acudido a vuestra cita.”

Al oír eso casi lloré de alivio. Me apresuré a responder que no había ningún problema, que lo entendía y que de todas maneras estaba escribiendo algo nuevo. Ella quiso leerlo, yo se lo envié por fax en cuanto pude, y, un par de horas después, la volvía a tener al teléfono, pidiéndome más.

Y aquí estoy.

Intento no pensar en lo nervioso que estoy mientras doy un sorbo al café y garabateo algo. Me llena de orgullo (y me desconcierta un poco al mismo tiempo) ver que ya me queda algo menos de la mitad para terminar la libreta de Alice. Nunca hubiera imaginado que llegaría tan lejos escribiendo algo nuevo. Aunque, bueno, tampoco hubiera imaginado jamás que fuera a escribir con esta… pasión.

El tintineo de la puerta de entrada me hace levantar la cabeza automáticamente como un lebrel, despegando mi atención de los papeles. La corriente de aire frío me lame los pies un momento, lo justo antes de que el recién llegado se gire para cerrarla. Y entonces lo veo y el corazón, que retumbaba ansiosamente en algún rincón de mi pecho, se me congela en el acto.

Édouard. Édouard apartándose el pelo de la cara, Édouard pasándose el paraguas de una mano a otra, Édouard echando un vistazo nervioso en derredor. Y reparando en mí.

El mundo entero da un vuelco en el momento en que sus ojos tropiezan con los míos. No estoy preparado para esto. Vivo en una ciudad de dos millones de habitantes y me he mudado tres veces, he vivido cinco años esperando no volver a encontrarme con él jamás, asumiendo que esto no iba a ocurrir.

Por más que mi memoria se niegue a olvidarlo, no quiero volver a verlo. No ahora.

-Louis –su voz me llega por encima del rumor de conversaciones, alarmada. Al oírlo me doy cuenta de que acabo de levantarme precipitadamente, casi derribando la mesa por el camino-. Louis, espera un segundo.

Él se acerca hacia mi mesa con paso ligero, sin darme una sola oportunidad de escabullirme. Yo trago aire, recojo mis cosas, cierro los ojos esperando el momento del choque, con el mismo sentimiento de fatalidad de quien ve descarrilar un tren. Cuando Édouard planta la mano en mi hombro, todo empieza a dar vueltas a mi alrededor.

Cinco años, y mi cuerpo sigue recordando su tacto como si nunca hubiera desaparecido.

-Déjame hablar contigo un minuto, Louis –dice en mi oído-. Sólo escúchame, por favor.

-No sé de qué me hablas. Creo que me estás confundiendo con alguien –replico con voz ronca e intento encaminarme hacia la puerta, su apretón no cede y me deja clavado en el sitio-. Tengo prisa. Estoy esperando a alguien.

No puedo respirar. Necesito que me suelte, que me deje en paz y que no vuelva nunca más a mi vida. Estoy seguro de que no es tanto pedir.

-Ya lo sé. Estás esperando a tu editor, ¿verdad?

Me detengo en seco.

-¿Has estado siguiéndome? –siseo, incrédulo, mientras me lo desquito de un manotazo y vuelvo la cara para fulminarlo. Édouard no ha cambiado nada. Tiene el pelo más largo, tal vez, pero la misma expresión turbada de siempre.

-Yo soy tu editor, Louis.

Yo me quedo rígido al instante, pero él se apresura a agarrarme sin darme tiempo a reaccionar de ninguna manera y con un leve apretón me conmina a tomar asiento. Sus labios están torcidos en un gesto de sumo cansancio.

-Te aseguro que no es lo que crees. Mira, sé que no estoy en posición de pedirte nada, pero por favor, sólo escúchame un minuto.

Deseo ver algo de maldad en sus ojos tristes. Quiero de verdad creer que me está mintiendo, porque la mera certeza de que puedo haber estado aquí sentado como un idiota esperándole precisamente a él, hace que se me revuelvan las tripas. Por desgracia, todo lo que puedo extraer de la cara de mi excompañero, a parte de ese atisbo melancólico tan propio de él, es sinceridad diáfana. Sintiéndome un poco mareado de pronto, me dejo caer en la silla y Édouard se apresura a imitarme.

-Olivia, mi jefa, estaba entusiasmada cuando llegó tu primer trabajo –comienza, tras unos eternos segundos de silencio incómodo y sin mirarme del todo a los ojos-. Hacía tiempo que no nos llegaba algo tan fresco, con potencial –hace una pausa, como esperando algún comentario por mi parte, pero yo todavía estoy pellizcándome el brazo, en un intento de despertar de la pesadilla-. Y… bueno. En cuanto te leí, supe que tenía que encargarme de tu manuscrito.

Cómo no.

Dejo la taza sobre la mesa con un golpe seco. El café se me ha agriado en la boca.

-No dudaste un segundo, ¿eh, Édouard? No dudaste en aprovechar la oportunidad para invadir mi vida –digo con amargura, y Édouard traga saliva ostensiblemente.

-Te juro que no tenía ni idea de que eras tú el autor. Se sigue una política muy estricta en la oficina respecto a los autores con pseudónimo. Sólo Olivia lo sabía. Puedes preguntarle cuando quieras –ante mi gesto adusto, él se pasa una mano por la cara y añade, algo avergonzado:-. Desde que llegué al mundo editorial, no he tenido mucha suerte con los autores que me han asignado. No sé por qué Olivia confía en mí, pero lo hace. Estaba pasando un mal momento, y fue ella quien hizo lo posible por ayudarme. Tiene un ojo increíble para estas cosas, trabajó para RandomHouse, y es un verdadero sabueso, tanto con los escritores que llegan a la editorial como con los que trabajamos con ella. Desde que tus manuscritos llegaron a la oficina, no para de decir que soy yo quien tiene que sacarlos adelante. Y la creo.

La cuestión no es esa. Es si yo puedo creerte a ti. O, mejor dicho, si quiero creerte.

Después de su monólogo, los dos nos sumimos en una pausa taciturna, interrumpida únicamente por la camarera que viene a tomarle nota a Édouard y por el repiqueteo incesante de la lluvia en los cristales.Dejo el café, ya frío, a un lado. Ya no iba a beberme el resto, no teniendo el estómago cerrado, centrado en digerir la situación surrealista que estoy viviendo. Él está sentado frente a mí en una cafetería, hablándome de mis manuscritos como si fuera lo más normal del mundo.No hay nada en esta escena que parezca ni remotamente natural.

-Supongo que pensarás que no tengo derecho a esto, pero en cuanto supe que tenía una obra tuya entre manos no pude evitar sentirme un poco orgullo –levanto la cara. Édouard tiene los dedos entrelazados con fuerza sobre la mesa y esboza una pequeña sonrisa entristecida-. Es genial, esto es lo que siempre has querido. Y créeme, tienes muchas oportunidades. Ya lo supe en cuanto leí el primer manuscrito tuyo que llegó a la oficina, pero con este último proyecto… Dios, Louis, está vivo. Tiene alma.

-¿Intentas comprarme así?

Édouard, que acababa de abrir la boca decidido seguir con sus alabanzas de mi obra, enmudece de golpe. Yo me aparto el pelo de la cara. Me siento ridículamente cansado de pronto.

-Me da igual lo que piense Olivia de esto, y me da igual lo que opines tú de mí o de lo que escribo; de hecho, preferiría que no opinaras nada de esto último. No quiero que seas mi editor. No quiero verte más. Creo que no es mucho pedir, teniendo en cuenta lo que ha pasado entre nosotros.

Con un breve gesto de cabeza me pongo en pie, procurando no hacer caso de su expresión mortificada. Quiero salir de aquí cuanto antes. Ya pensaré qué hacer luego, porque ahora no puedo: tengo el cuello de la camisa empapado de sudor y una sensación agobiante me corta la respiración. He recogido mis cosas y estoy a punto de salir disparado del sitio cuando Édouard dice algo, un poco a la desesperada, que me deja clavado.

-Aquella noche, en la Madriguera… ocurrió algo –silencio. Alguien me observa respirar ruidosamente de pie en mitad del café. Un par de segundos después, las palabras de mi compañero vuelven a hacerse oír por encima del ruido de conversaciones-. Estabas muy borracho aquella noche. Te conozco y sé cómo te sienta el alcohol, así que… Siento haberos mentido a Olivia y a ti, pero preferí ahorrarnos ese momento a ti y a mí –giro la cabeza y lo veo, pálido y circunspecto, deseando que lo crea y confíe en él a pesar de todo. Yo no puedo moverme-. Alguien me dejó una nota en el abrigo, una nota y… fotos.

-¿Fotos? –grazno en voz muy baja, mientras me dejo caer pesadamente en el asiento-. ¿Qué fotos?

Tengo un mal presentimiento.

-Salíais tú y ese tipo de La Madriguera.

Un muy mal presentimiento.

-No sé en qué estás metido, Louis, pero aquel hombre está dispuesto a ayudarte. Ha donado una cantidad increíble a la editorial para publicar tu novela, cualquiera de las dos, ambas incluso.

Sólo necesito que me dejes ayudarte…

-¿Quién? –Pregunto, abalanzándome sobre él, pero mi excompañero menea la cabeza-. Tienes que decírmelo. Me lo debes. Por todo lo que hiciste, me lo debes, joder.

Él aprieta los labios. Pero sabe que es verdad. Sea lo que sea que le haya prometido a ese tío, no puede competir con todas las que me debe a mí.

-¿Quién y por qué?

Antes de contestar, Édouard humilla la mirada, encorvándose en el asiento. Yo no tengo tiempo ni ganas de sentir pena por él.

-No me explicó nada. Sólo me dijo que te publicara la novela. Que con el dinero seguro que dejabas no sé qué club…

Mis manos alcanzan las suyas. Él se sobresalta, pero hay algo en mis ojos que lo deja inmóvil. Yo vuelvo a preguntarle, aunque no estoy seguro de si la voz ha salido de mi cuerpo o sólo lo he imaginado. Cuando suspira y el maldito nombre sale de sus labios, a mí parece que se me va a salir el corazón por la boca:

-Maidlow. Gareth Maidlow.

-Tienes que apretar un poco más por arriba, si no, no saldrá bien.

-¡No puedo, es muy difícil!

-Sólo es cuestión de práctica, ya lo verás. Ven, deja que te ayude.

Las manos grandes y cálidas de Monsieur Cocinero envuelven los pegajosos dedos de Sacha desde detrás. El gesto no tiene nada de erótico, pero él está a punto de saltar con el contacto. Ha pasado toda la mañana con Derek y aún tiene el cuerpo resentido y deseoso de contacto humano, no de fustazos en el trasero.

-¿Ves? Es muy sencillo. Sólo tienes que ser paciente.

Sacha no lo está escuchando mucho. Esas manos ya se han apartado de las suyas, dejándole un vacío desagradable en las tripas, y él sólo puede sentirse culpable. ¿Qué diría herr si lo viera?

-No deberíamos hacer esto –murmura, con tristeza. A su amo no le gusta que deje que otros lo toquen así, con tanta familiaridad. A excepción, tal vez, de Louis.

-Cierto –M. Cocinero, ajeno a los problemas del ruso, deja la manga pastelera a un lado y observa divertido a su improvisado pupilo restregándose la cara y pringándose de crema hasta las cejas-. Tu jefa me ha dejado una lista ilustrada de postres que hay que hacer para mañana por la noche que podría servirte de bufanda, debería ponerme ya con ello. La verdad, cuando me contrató no pensé que a esa mujer podrían gustarle tanto las fiestas –se ríe suavemente, un sonido grave y agradable a los oídos de Sacha-. ¿Quieres ayudarme a decorar los pasteles?

Su nuevo amigo dice esto sacando ya un par de cacerolas, moviéndose con agilidad a pesar de su enorme tamaño en el diminuto espacio dedicado a la repostería de las cocinas del Chat. Fascinado, el rusito lo oye silbar mientras mira la enorme lista de Ava. No parece muy preocupado por la cantidad de trabajo. Desde que Sacha empezó a pasar tiempo con él (justo después de haber devorado una cantidad ingente de pastelillos esa noche), el nuevo cocinero del club no ha dado muestras de desaliento frente a ningún reto, siempre optimista y amable a pesar de ser el único chef dedicado a la repostería en las cocinas.

Sacha sabe que no debería estar ahí molestando, pero por algún motivo no puede marcharse. Aquella noche que empezó de forma tan triste para él también metió en su vida a Monsieur Cocinero, y aunque el rubito ni siquiera sabe su nombre todavía, necesita disfrutar de la dulce compañía que ese hombre corpulento y sorprendentemente tierno está dispuesto a ofrecerle con total desinterés.

Además, le pirran las pequeñas maravillas que salen de sus manos.

-¿Vas a hacer más pastelitos? –pregunta tímidamente al recordar eso, y el otro le sonríe, socarrón.

-No sé, ¿me dejarás sin reservas otra vez? –Sacha enrojece, dejando que el hombre le pase un montón de cuencos sucios para lavar-. A ver cómo le explico a Madame Strauss que me he quedado sin uno solo. Nadie diría que cabrían tantos pastelillos en una cuerpecito como el tuyo.

El ruso se frota los churretones de crema de los brazos antes de ponerse a fregar los cacharros de Monsieur Cocinero. A pesar de que él le ha dicho muchas veces que no hace falta que lo ayude así, a Sacha le encanta hacerlo. Le recuerda a esos dulces tiempos de San Petersburgo, con Kolia, y le permite tener una excusa para pasar más rato en las cocinas.

El otro ya se ha puesto manos a la obra, y el ruso observa el movimiento de sus gruesos brazos como hipnotizado.

-Me recuerdas un poco a mi hermano pequeño –dice de pronto, justo cuando Sacha acababa de lavar todos los cuencos y los estaba disponiendo cuidadosamente en una pila-. Bueno, él es un poco más gruñón que tú, pero también era un devoto de los pastelitos –suspira, sin dejar de amasar-. Lo echo mucho de menos. Hace demasiado tiempo que no hablamos.

-¿Por qué?

Sacha se arrepiente inmediatamente de haber preguntado eso. No quiere inmiscuirse en los asuntos de los demás y que su enorme amigo piense que es un rastrero cotilla. Sin embargo, Monsieur Chef sólo se encoge un poco de hombros, la culpabilidad asaltándole el rostro.

-Él no ha tenido mucha suerte estos últimos años. Estaba pasando un mal trago con el trabajo y yo no podía ayudarle (es un algo patoso, el pobre). Y… es irónico el mundo, ¿sabes? Porque justo cuando a él empiezan a irle bien las cosas en la vida, voy yo y la fastidio con la mía. Pero bueno, no quiero aburrirte con mis problemas –ante la mirada curiosa de Sacha, él se pellizca el puente de la nariz, dejándose una mancha blanca de harina. Luego le sonríe-. Seguro que alguien como tú tiene una vida mucho más interesante que la de un pobre panadero.

Sacha piensa de inmediato en Derek y en los correazos con los que le adorna la parte de atrás de los muslos, día sí, día también. Piensa en Anita y su irritante voz chillona, que le persigue siempre por los pasillos del Chat, burlona. Piensa en la indiferencia de Louis.

Su vida no es nada emocionante. Algo deprimente, tal vez.

Y por algún motivo cree (con algo de desesperación, para qué negarlo) que este hombre puede hacer que eso cambie.

-No me aburre -asegura después de pasar un rato pensando qué decir, con el dedo metido en un bol de crema recién vaciado. M. Cocinero arquea una ceja-. De verdad que no.

El otro mete algo en el horno y programa el aparato.

-Que conste que te avisé -dice, y se quita el guante de cocina. Sacha prefiere obviar el hecho de que le está pidiendo que le hable de su vida, tal vez de algo doloroso, cuando él mismo prefirió no contarle por qué lloraba esa noche en la terraza-. Hace unos meses mi mujer y yo nos divorciamos. No fue algo agradable. Sé que puede que no sea muy justo que hable de ella así, sin que sepas su punto de vista, pero no se portó muy bien conmigo. Me dejó sin nada: el negocio que llevábamos juntos, nuestro piso en las afueras… Todo se lo quedó ella -se encoge un poco de hombros. Hay pena en sus ojos oscuros, pero él se encarga de maquillarla un poco con una tímida sonrisa, para luego desviar la mirada hacia la gran cristalera espejada que da a la terraza del club-. La cosa es que justo entonces mi hermano acababa de conseguir un buen empleo, o eso me dijo. No me pareció justo arruinárselo con mis penas. Él no estaba todavía en disposición de ayudarme. Así que gasté lo poco que me quedaba en un hotel y esperé. La oferta de tu jefa fue todo un alivio, la verdad, aunque creo que todavía no es el momento de contárselo todo a…

El chef enmudece, un gesto de comedida sorpresa que a Sacha se le hace encantador. Entonces él sigue la dirección de sus ojos, y se encuentra con el sempiterno gesto huraño de Louis cruzando la ventana, probablemente en dirección a su cuarto en el ático.

-… Louis -termina Monsieur Chef, y el ruso, a quien se le han iluminado los ojillos, asiente, repentinamente feliz.

-¡Sí! ¿Lo conoces?

Su corpulento amigo se rasca la cabeza todavía con esa expresión de desconcierto tan graciosa en la cara.

-Teniendo en cuenta que estábamos hablando de él hace un minuto… Sí, creo que al menos lo conozco un poco a mi hermano.

Después de darme el undécimo cabezazo contra el cristal del ventanuco de nuestra habitación en el Chat, tengo una revelación.

Mi vida es una patada en los testículos tras otra.

Vale, no es una gran novedad. Supongo que todos lo llevabais sospechando un buen rato. Pero el hecho de que el karma haya decidido arrearme otro guantazo mandando precisamente al infame de Édouard para que me dé la primera pieza del puzle sólo me ha dolido los primeros diez minutos (o cabezazos). Ahora mi cabeza trabaja a toda velocidad.

Así que Gareth Maidlow, ése era el nombre. Su Exelencia, como lo llamaba Raymond, quiere deshacerse de mí a cambio de una generosa suma y la publicación de mis libros. Intento no pensar mucho en lo triste que resulta el que sólo tenga una oportunidad en el mundo editorial mediante los sobornos de un millonario, y, aplastando la cara en el cristal, me pregunto por qué.

¿Qué quieres de mí, Maidlow?

Gruño, y el cristal vibra. Sólo hay una forma de averiguarlo.

-Eh, gatito. Estás en mi sitio.

Meditabundo, sumido en los porqués, al principio no oigo la voz de mi protégé. De hecho, no la oigo hasta que él agarra el respaldo de la silla en la que estoy sentado y la inclina hacia un lado, enviándome derecho al suelo y provocando que casi se me salga el corazón por la boca.

-¡Joder! -se me escapa, mientras abro mucho los ojos en la penumbra-. ¿Qué mosca te ha picado?

La sonrisa sesgada de Raymond brilla, bañada por la luz rojiza del crepúsculo. Señala la silla en la que acaba de derrengarse.

-Mi sitio -resuelve-. Tu culo estaba en él. Aw, ¿a qué viene esa cara? Puedes sentarte en mi regazo cuando quieras.

Dice esto mientras se palmea el muslo. Y he aquí el origen de todos mis males, sentado en una silla destartalada, despeinado y creído. El mayor de los misterios. Yo suspiro y me froto la cara. Una parte de mí sabe que debería desear estrangularlo ahora mismo, pero en vez de eso lo único que cruza mi mente es algo sospechosamente parecido al alivio al verlo tan de buen humor y con ganas de guerra después de su actitud evasiva de estos días.

Todo este asunto me está volviendo loco de remate.

Sacudo la cabeza, todavía con todas esas preocupaciones revoloteando dentro, y me pongo en pie.

-No, gracias -le digo, ya que todavía se estaba tocando la pierna, expectante-. No estoy de humor para gilipolleces. Voy a dormir, así que hazme un favor y no jodas ninguna alfombra vertiendo vino en ella mientras yo no estoy. Seguro que se te ocurre alguna forma menos letal para mi cuenta de ahorros de fastidiarle la noche a alguien en tu día libre. À demain.

Y me dirijo hacia el baño. Aun así, y a pesar de mis intenciones de acurrucarme en mi bañera, nunca llego a alcanzar la puerta. En salto fugaz, Ray me intercepta, rodeándome el pecho con los brazos y apoyando la barbilla en mi hombro.

-¿Cansado? -pregunta, y su pecho vibra contra mi espalda cuando añade, esta vez en un hilo de voz grave-. Ya te dije que no tenías que pensar más en eso, gatito. Gajes del oficio.

-Oye, a lo mejor te parece increíble y tal, pero da la casualidad que mi vida orbita alrededor de otras cosas que no son tú -miento descaradamente. No sé si Ray me cree o no, pero de todos modos aprieta un poco más el cuerpo contra el mío y hunde la cara en mi cuello. Yo refunfuño. Mis sentidos, chillan de alegría.

En estos dos días, he tenido la cabeza tan ocupada en otras cosas que casi olvido los estragos que provoca su aliento en mi piel.

-Entonces deja de poner esa cara.

-Y si se ha muerto mi abuela, ¿qué? Creo que tengo derecho a poner las caras que quiera.

-Mentiroso -me estremezco-. ¿Quieres que te ayude a olvidarte de eso que te ronda la cabeza?

-No.

Sí.

Raymond resopla una especie de risotada en mi oreja. Las yemas de sus dedos me erizan la piel al escurrirse por debajo de mi camiseta.

-¿Hoy estás más salido que de costumbre, o me lo parece a mí?

-Es esa ucraniana loca. La del pegging -ante el tono casi exasperado de su voz, no puedo sino lanzar una carcajada sin aliento, y como respuesta inmediata, él mete la pierna entre mis pies y me empuja, haciéndome rebotar blandamente sobre el colchón. Sus ojos centellean desde lo alto.

Y por primera vez desde que nos conocemos, quien enseña los dientes soy yo.

Ray acepta el desafío sin dudar y salta sobre mí. Los segundos que siguen son confusos, un caos de mordiscos, arañazos y vueltas en la cama, como una pelea de perros callejeros, hasta terminar tan enredados en las sábanas que apenas podemos movernos. La electricidad estática en el ambiente nos revuelve el pelo. Yo jadeo, con su nariz rozando la mía, y entonces me doy cuenta de que tiene la nariz y las mejillas salpicadas de pecas casi desvanecidas. Ladeo la cabeza en un intento de verlas mejor, divertido, pero Raymond aprieta su boca contra la mía y el calor que me asalta la cara me hace cerrar los ojos.

Como siempre, sus labios están calientes y húmedos. Mis dientes chocan con los suyos, él alcanza las trabillas de mi pantalón, y yo me retuerzo y le araño los hombros, sin saber muy bien lo que hago. A mi cabeza parece faltarle el oxígeno necesario para razonar correctamente.

-¿Seguro que no quieres saber lo que te haría? -inquiere tras despegar los labios, moviéndolos por encima de la comisura de mi boca antes de avanzar hasta el hueco justo detrás de la oreja. A mí la satisfacción (y la excitación) me infla el pecho al distinguir el temblor en sus palabras. Sin esperar una contestación, frota la entrepierna contra la mía. Yo tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no gemir. No me hace falta mucha imaginación para notar a la perfección su erección a través del pantalón-. Te arrancaría la ropa, de arriba a abajo.

Como para enfatizar eso, deja mi oreja, me muerde un pezón por encima de la camiseta y tira. Aunque le asesto un puñetazo a modo de recompensa, algo dentro de mis pantalones de estremece.

-Típico… e incómodo.

Él me ignora. Su cuerpo, normalmente siempre en tensión, parece la cuerda de algún arco, vibrante y a punto de dispararse.

-Y después te adornaría el cuerpo a mordiscos… así…

Los caninos afilados me aprietan otra vez, ahora en el punto en que se unen cuello y hombro. Yo lo agarro del pelo, mareado por la forma en que el movimiento de sus caderas me acelera el pulso. Hace rato que me he olvidado del dichoso Édouard, de Maidlow y de todo; y sé que mi protégé se está saliendo con la suya, pero la verdad es que no me importa mucho.

Si había un punto tres en la lista, Raymond debe haberlo obviado, porque después de eso se limita a empujarme con suavidad, bajando hasta que el bulto duro de sus pantalones se me clava entre las nalgas. Una mano traviesa desciende para acariciarme la entrepierna, obligándome a respirar hondo, porque un hormigueo caliente y casi eléctrico se me extiende por la cara y el pecho y me está matando. Encima de mí, Ray se relame los labios entreabiertos, con el pecho subiendo y bajando, casi al mismo ritmo frenético que alcanza cuando decide atreverse a sacarme el rabo del pantalón y comienza a masturbarme.

Y yo me vuelvo loco.

Gimiendo, aprieto su mejilla contra la mía. Ahora me embiste sin pudor alguno, como si estuviera penetrándome realmente, y mi imaginación se dispara con una imagen que es sexy y aterradora a un tiempo. Mientras lucho contra esa fantasía, mi protégé me gruñe en la oreja, me aprieta el glande. Y yo, sin poder aguantarlo un instante, dejo escapar un sonido ahogado y me abandono al tirón que me sacude el vientre, corriéndome en su mano.

Inspiro, espiro.

-Quiero follarte.

-E-en tus sueños.

-En mis sueños hago algo más que eso.

Me reiría, pero todavía no he recuperado el aliento. Ray me mira, a unos centímetros de mi cara. La luz de fuera incide en esos ojos imposibles de leer. No hay una sola veta en sus iris de otro color que no sea el verde intenso. Son una trampa, arenas movedizas que podrían tragarme en cualquier momento. Como si supiera lo que pienso, él tuerce la boca en esa sonrisa suya, pero yo dejo caer los brazos, ya sin sonreír.

No puedo evitar sentir un atisbo inexplicable de tristeza al verlo.

-¿Quieres jugar a un juego? -suelto, antes de poder arrepentirme, y él, que se estaba estirando todo lo que las sábanas le permiten, se deja caer a mi lado y entorna un poco los ojos-. Déjame hacerte una pregunta. No hace falta que la contestes si no quieres. Pero sólo déjame hacértela.

Ray sonríe lentamente, burlón.

-Qué poco original, gatito. El mío parecía más divertido, además -yo me encojo un poco de hombros. Ahora puedo ver con claridad esas pecas, marrones y apenas perceptibles. Me molesta no haberme dado cuenta de su existencia hasta ahora-. Bueno. Dispara.

Cierro los ojos.

-¿Qué demonios haces aquí, Ray?

Resopla y su aliento me calienta la cara. No sé si es una risa o… No lo sé. Con él nunca sé nada. Soy ciego, sordo y mudo.

-Esta es mi jaula, Louis -dice al final, y yo vuelvo a mirarlo para encontrarme con un brillo casi melancólico en esos ojos misteriosos.

Él, sin embargo, se inclina hacia mí y vuelve a besarme, tanto tiempo que llego a pensar que todo mi cuerpo va a deshacerse y a fundirse con el suyo, y para cuando se separa otra vez, sé que he perdido mi oportunidad. Otra vez tiene esa expresión maliciosa plantada en el rostro, como si se estuviera riendo de mí.

Probablemente lo esté haciendo de verdad.

-Así que en mis sueños, ¿eh?

Cómo lo odio.

-No pienses cosas raras -gruño, mientras forcejeo para darle la espalda, enfurruñado-. Esto es sólo un juego.

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