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De lujo (Chapitre 13: Un gatito preocupado)

13

Me siento enfermo.

-Ray.

Enfermo y culpable.

-Ray, para, por favor.

Y no hay forma de deshacerme de esa sensación.

-¡Joder, déjame ayudarte!

Mi mano alcanza el picaporte de la puerta de nuestro cuarto en el segundo piso en un movimiento fugaz, evitando que mi protégé se me escape otra vez. El corazón me late muy rápido mientras veo cómo Ray se queda un segundo con la mano en el aire, extendida hacia la puerta. Luego él me mira y hace rodar los ojos. Yo no me siento mucho mejor.

-Eres muy pesado, gatito.

-No estaba en la lista de clientes –insisto, ignorándolo y sin soltar el picaporte-. No había ningún Maidlow en la lista. Lo que ha pasado… lo que ha pasado es culpa mía. Debería haber revisado…es culpa mía…

Lo siento. Lo siento mucho.

Estas últimas palabras resuenan en mi cabeza, pero se me atragantan por algún inextricable motivo y desaparecen bajo una ola repentina de rabia y vergüenza. Cerrando el puño sobre el picaporte, intento no ahogarme en ella y mantener la cabeza lo suficientemente fría como para encontrar la forma de convencer a Raymond de que puedo realmente ayudarle.

Incluso aunque ni yo mismo sepa cómo.

-¡Escúchame! ¡Tiene que haber algo que podamos hacer!

Para mi consternación, Ray ladra una risotada al oír eso. Tiene el pelo revuelto –más que de costumbre-, allá donde aquel tipo lo agarraba mientras… No. Sacudo la cabeza para apartar la imagen de mi mente, casi con furia. Mientras, él observa la evolución angustiosa de mis emociones como quien mira un telefilm especialmente cutre.

-Dime, ¿qué piensas hacer? –pregunta al fin, sus ojos destellando bajo el desordenado flequillo-. ¿Cuál es tu plan brillante, héroe?

No lo sé. Dios, no lo sé. Y no puedo concentrarme en una solución si pone esa cara. Como si no le importara en absoluto.

-Hay que decírselo a Ava para que tome medidas.

Ray vuelve a reír, aunque ahora no se limita a soltar una sola carcajada, sino que ésta se alarga durante unos segundos en los que su risa me golpea y me deja descolocado.

-Buen intento. Y ahora déjame pasar a mi habitación –aprovechando mi confusión, Ray me aparta de un empellón y abre la puerta del cuarto, pero en el último momento consigo interponer mi cuerpo entre ésta y el marco.

-Raymond, seguro que Ava…

-Eres terriblemente ingenuo, gatito –su cara, repentinamente despojada del tajo irregular de su sonrisa, es extraña. Misteriosa. Yo siento algo espeso y muy incómodo subiendo por mi garganta y cerrándola-. Crees que Ava va a regañar al viejo y expulsarlo del Chat, ¿no?

Estúpido Raymond. ¿Por qué haces esto?

-No lo entiendo –gimo, desesperado-. No puedes dejar que ése tipo se largue como si nada. No puedo creerme que se le consienta venir y hacer lo que ha hecho de forma impune.

-Y no puede. No según el contrato que ha firmado con madame Strauss.

Yo enmudezco de golpe. El pecho de Ray sube y baja lenta y rítmicamente unos instantes antes de que éste se incline hacia mí para apoyarse en el marco, su cara a unos centímetros de la mía.

-¿Dónde te crees que estás? –susurra. Su aliento me acaricia la cara. La mezcla  de nicotina y alquitrán parece una vieja conocida ya-. Esto es un prostíbulo, gatito. La gente que viene aquí está podrida por dentro, da igual la pasta que tengan. Por muchos modales de caballero victoriano mariquita de los que presuman, en el fondo lo mejor que te van a considerar es como a un objeto con el que pueden hacer lo que les dé la gana durante unas horas. Un objeto que, después de pasar por sus manos, vuelve a ser nada. Así que Ava puede escribir todas las normas que quiera, pero en el fondo todos sabemos que nadie va a respetar un reglamento que intenta defender a la nada. Y menos cuando ellos saben que pueden tumbarlo a golpe de cartera –mi protégé sonríe, aunque sus ojos son imposibles de leer-. Aquí la gente suele acatar las normas para no perder prestigio delante de la gente de su casta. Hasta que los haces enfadar, claro. Entonces harán lo posible por destruirte.

Parpadeo. No puedo creérmelo. Hay algo muy adentro de mí que se niega a creer que todo esto sea una idiosincrasia encubierta, y que Ava no pueda (o no quiera) hacer nada al respecto. Simplemente no puedo. Presa de una rabia incontenible y absurda, golpeo la puerta con el puño cerrado, sobresaltando un poco a Raymond.

-Lo que ha hecho ese hombre es demasiado –grazno, en un tono animal y obstinado. Entonces Ray se yergue y separa un poco la puerta para mirarme. En su expresión hay humor contenido y amargo. Se está riendo de mí. De mi supuesta inocencia.

-¿Crees que es la primera vez que me violan? –suelta, y la palabra me abofetea igual que una mano sólida, dejándome sin aire. Mi cara debe ser todo un cuadro, porque su boca se tuerce hacia un lado y abre los brazos en un gesto indiferente-. Bienvenido al verdadero Chat Bleu, gatito. Vete acostumbrando. Y ahora lárgate por ahí a hacer manitas con el ruso. Me gustaría respirar diez minutos sin tener a nadie pegado a mi culo.

Y me cierra la puerta en la cara.

El cuarto del segundo piso está a oscuras. Al verse dentro, Ray aguarda un momento en silencio, sin moverse, hasta estar totalmente seguro de que ya no se oye nada al otro lado. Sólo entonces puede permitirse el lujo por fin de respirar hondo, apoyarse contra la puerta, y cediendo al temblor de sus rodillas, deslizarse con la espalda pegada a la superficie de madera hasta quedar sentado en el suelo.

El viejo lo ha tocado. La certeza hace que se estremezca de asco, una repugnancia viscosa y densa abriéndose paso a través de su garganta como lodo frío. Todavía puede sentir sus manos en el cuerpo, su aliento caliente y nauseabundo contra la nuca. Él vuelve a temblar, y esta vez su cuerpo lo reprende con un calambrazo de dolor.

El viejo lo ha tocado y roto.

Lo peor es que la culpa es suya. Sólo acaba de recibir su castigo por olvidar cuál es su sitio con Gareth Maidlow. Sólo quería meterle un poco de miedo a su cliente (madame Strauss no va a expulsar del club a un habitual del calibre del galés por algo tan nimio como andar enchochado por él), pero debería haber supuesto que Maidlow senior aparecería tarde o temprano para recordarle lo peligroso que puede ser ponerse chulito con alguien como él o su hijo. De hecho, muy en el fondo sabía que el duque haría acto de presencia en su cuarto. Lo que no sabía es que se fuera a tomar así su venganza.

Reprimiendo un quejido, se pone en pie. No hay nada que le apetezca más en este momento que meterse en la ducha y raspar su cuerpo a conciencia para eliminar de su piel hasta la última partícula del viejo. No obstante, Ray sabe de sobra que Louis tiene montado ahí dentro su centro de operaciones, así que se limita a deambular lentamente de una esquina a otra de su habitación, igual que un león enjaulado.

Aunque no quiere pensar en nada, su mente no deja de bullir, y, como la marea, lo arrastra poco a poco y de forma inevitable hacia aguas turbulentas. Sin hacer caso del dolor punzante de la mitad inferior de su cuerpo, camina hasta el ventanuco del cuarto y pega la sien al frío cristal. En realidad, no hace más que reflexionar acerca de lo que le ha dicho a Louis.

¿Cuántas veces lo han humillado así? ¿Cuántas veces no ha sido dueño de su propio cuerpo? Lo cierto es que no lo sabe.

Ya hace tiempo que perdió la cuenta.

En la sala había dos hombres y una mujer aparte de Ava Strauss. Ray no reconocía sus voces, pero procuró quedarse con el registro de todas. Aunque no le serviría de mucho, le hacía sentirse bastante más seguro el tener una idea de a lo que iba a enfrentarse.

-¿Y a qué se debe esta pequeña reunión, madame? –preguntaba por fin uno de los hombres, después de una larga e insulsa charla. La suya era una voz agradable, de tenor, y Ray identificó en ella una cadencia muy sutil, un acento bien camuflado-. Tiene que ser algo muy interesante, ¿verdad? Dudo que una mujer ocupada como usted nos haya reunido aquí para hablar de su lámpara de araña.

Él oyó carraspear a la dueña del Chat.

-No, claro, que no –replicó. Sonaba intranquila, y él pegó aún más la oreja a la puerta, tratando de relajar su respiración-. Tengo… un asunto un tanto complicado entre manos.

-Es ese chico, ¿verdad? –otra voz, femenina también. A su intervención siguió un silencio contundente. Con una suave risa, la mujer volvió a hablar:-. Venga, Ava. Ya sabes que aquí vuelan las noticias. ¿Se trata de una nueva adquisición?

Uno de los sillones crujió un poco. Madame Strauss no parecía estar pasando un buen momento.

-Algo así. En realidad… en realidad necesitaba ayuda con él.

En el salón volvió a hacerse un silencio tentativo. Entonces la voz del segundo hombre irrumpió tras un largo rato sin haberse dejado oír, y, a pesar de que Ray ya se había sobresaltado la primera vez que la escuchó, no pudo evitar volver a brincar en el sitio.

-¡Ava Strauss necesita ayuda! –se carcajeó aquel tipo. Éste arrastraba las palabras y no se molestaba en tratar de ocultar su fuerte acento, de algún lugar de Gran Bretaña.

-Tiene que ser algo grave, si necesita reunir a sus mejores clientes, madame –de nuevo el tipo de la voz comedida. Él oyó a su protectora emitir un sonido mortificado apenas audible.

-Más que grave, es difícil de afrontar. Sí, se trata de una nueva adquisición, pero este es un caso especial. Verán… les he reunido aquí porque sé que puedo confiar en ustedes a la hora de pedirles una valoración objetiva del chico. Les advierto que no ha pasado por un buen trance antes de llegar aquí, pero será mejor que no hagan preguntas. El asunto, lamentablemente, es confidencial.

Silencio, de nuevo. Él imaginó que los presentes estaban sopesando la idea, tanteando quizá la paciencia de Ava para tratar de sonsacarle información más sutilmente. Ray llevaba poco tiempo en el Chat, pero ya comenzaba a entender la forma de pensar de los clientes del club.

-Estoy intrigado. Y estoy seguro de que no soy el único –se trataba de la voz del hombre elegante. Su afirmación fue ratificada por un coro de murmullos-. Madame, tal vez debería mostrarnos ya sus cartas.

Esta vez no hubo respuesta. Ray se alejó bruscamente de la puerta al volver a oír un crujido, y un segundo después, Ava la abría y ambos se encontraban cara a cara. “Hora de presentarse en sociedad”, parecía decir su expresión. Él respiró hondo, apartándose el pelo aún húmedo de la cara, y madame Strauss forzó una sonrisa y se hizo a un lado.

El salón era lo bastante pequeño como para resultar acogedor sin resultar cargante. El chico, descalzo, no hizo ningún ruido al entrar en escena, y aprovechó un primer instante para escanear el cuarto rápidamente. En efecto, había dos hombres (uno delgado, de aspecto impecable, procedente probablemente de Oriente Medio; y otro grueso y rubicundo, algo pasado de copas) y una mujer, pequeña y rubia. Sin embargo, le sorprendió encontrarse con otra presencia silenciosa, acurrucada en un sofá, junto al viejo gordo. El tipo, mucho más joven y apocado que el resto de los presentes, desvió la mirada en cuanto Ray posó los ojos sobre él, aunque enseguida la mujer rubia carraspeó y el muchacho se vio obligado a romper el contacto visual.

-No puedo imaginar qué problemas puedes tener con él, Ava. Cada vez traes mejor material.

-¿Buen material? -El viejo lanzó una risa escandalosa que hizo tensarse a Ray. Su cuerpo enorme se inclinó peligrosamente hacia adelante cuando se puso en pie-. Parece una rata callejera despeluchada… Aunque sí que has acertado llamando a Gareth. A mi hijo le va ése estilo, ¿eh?

Y le dio una palmada al hombre sentado a su lado, que se estremeció bajo el contacto, para a continuación comenzar a quejarse con voz vacilante de que Ava lo hubiera llamado para poner precio a un chico raquítico y otras cosas cada vez más incoherentes. Por las caras de los otros tres invitados y Ava, Ray no era el único a quien la presencia del viejo medio borracho comenzaba a resultar cargante. Por suerte, éste decidió pronto que tenía algo más interesante que hacer fuera de esa habitación, porque tras balbucir una disculpa poco sincera y una despedida, salió del salón. En cuanto la puerta se cerró tras su grueso cuerpo, Ray oyó suspirar a madame Strauss a su espalda.

-Debería haber supuesto que esto iba a ocurrir, Madame –el árabe también pareció haber escuchado a su mecenas, y le dedicó una leve sonrisa socarrona antes de centrar sus ojos oscuros en el cuerpo del chico-. Hacía tiempo que no traía a nadie nuevo al club –añadió. La otra mujer, sentada frente a él, murmulló un sonido de asentimiento fascinado.

-B-bueno. Tiene razón –Ava se frotó las manos. Por su tono de voz, Ray dedujo que estaba deshecha y deseosa de salir de allí-. Yo también tengo cosas que hacer, no obstante. Será mejor que les deje con él… a no ser que alguno de ustedes prefiera marcharse con Monsieur Maidlow.

A excepción del joven apocado, cada vez empequeñeciendo más en el sofá, los invitados de Ava respondieron a su tono mordaz con humor cortés. Entonces, Ray sintió la mano de su jefa apretarle discretamente el hombro (algo que sólo consiguió cerrar un poco más el estómago de su protegido), y salió del cuarto.

Ahora estaba solo. Solo con aquellas personas de las que no sabía nada. Ray no pudo evitar sentirse ridículamente traicionado, porque Ava no había mencionado nada de eso. Sus omóplatos se volvieron rígidos al instante mientras observaba los movimientos de esa gente. Siempre en estudiada tensión. Preparado para cualquier cosa.

-Tienes razón, Margo. Es interesante –Ray casi brincó, por culpa de toda aquella tensión vibrando en su cuerpo. Su mirada se dirigió al origen del sonido. El árabe elegante se la sostuvo durante largo rato, ninguno de los dos dispuestos a bajar la guardia. Había algo en esa cara serena, sin ningún rasgo destacable, que invitaba a confiar en él.

No es que Ray fuera a hacerlo, claro. Ya sabía lo que era confiar en hombres elegantes. Nunca había salido bien.

-Interesante pero rígido.

-Más bien atento –el tipo se levantó sin hacer el menor ruido. Él creyó que la incertidumbre iba a hacerle explotar, pero se las arregló para no saltar y salir huyendo cuando aquel hombre se le acercó para mirarlo de cerca. Apretó la mandíbula bajo el escrutinio de esos ojos oscuros. Sabía que los otros dos presentes también estaban pendientes de él, pero no parecían tan dispuestos a entrar en acción como ese hombre. Aunque el árabe se cubría tras una expresión sosegada, Ray había captado el brillo de sus ojos al entrar en el cuarto-. ¿Estás asustado, chico?

El destello de sus pupilas se volvió un poco vidrioso un instante. Por la forma en que escrutaba su figura, caminando en círculos a su alrededor, probablemente el hombre se estaba montando alguna fantasía muy elaborada con la que espolear su libido. Él se pasó la punta de la lengua por los labios, con sus músculos comenzando a relajarse.

Asustado. De un jeque repeinado. Casi se echó a reír.

Con la mirada fija en ésa cara oscura, y obviando la respuesta, alcanzó el borde de su camiseta y se escurrió fuera de ella con facilidad. Al verlo, el árabe cesó su paseo contemplativo y quedó plantado delante de él, muy quieto, al igual que los otros dos espectadores. Entonces Ray se permitió sonreírle un poco, una línea irregular más que otra cosa, y les dio la espalda.

El aire a su alrededor pareció densificarse. Las heridas de su espalda no tenían tan mal aspecto como el día que llegó al Chat, pero las cicatrices todavía eran muy tiernas y recientes. Finas nervaduras rosadas que mordían su piel a la altura de sus hombros y avanzaban incansables hasta rozar la cinturilla del pantalón. Ray esperó a que la imagen calara en los cerebros de sus acompañantes, y luego sus ojos asomaron por encima del hombro como dos pequeñas rendijas verdes. Sus caras de consternación le dieron, otra vez, ganas de reír, pero se contentó a levantar un poco más las comisuras, centrado ya de nuevo en el árabe.

-No tengo miedo –le dijo, casi desafiante. El hombre se limitó a parpadear, aparentemente incapaz de despegar la vista de aquellas formas abstractas. Su compañera, no obstante, dejó su asiento sin mediar palabra y, discretamente, abandonó la sala. Una mujer inteligente. Por otro lado, ni siquiera reparó en la tercera figura, cada vez más hundida en el sofá-. ¿Aún quieres ponerme precio?

Tenía la esperanza de que no. De que alguien de su estatus lo considerara mercancía defectuosa e hiciera correr la voz en el club. Nadie querría tirarse a un adolescente marcado y con pinta de ratero de poca monta, ¿no?

Ésa era la teoría, claro. Pero no contaba con la sonrisa del hombre elegante.

-Ahora entiendo el secretismo de Ava –susurró, acercándose a él. Ray se volvió para enfrentarse al brillo en sus ojos. Ahora eran brasas candentes-. Hacía siglos que no traía nada interesante al Chat.

El tipo lo sujetó por la barbilla, estudiando su cara, y él tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar. Hasta aquel momento, desde su primer día en el Chat, no había dejado que nadie excepto Ava Strauss le pusiera una mano encima. Lo habían arrojado a un lugar extraño –un prostíbulo- lleno de gente extraña, y Ray necesitaba sentir que era el único propietario de sí mismo por fin. Lo necesitaba de verdad, para no volverse completamente loco.

Ahora, la realidad acababa de pegarle un puñetazo en la cara y devolverlo a su sitio. Da igual dónde estuviera o por qué. Nunca iba a dejar de ser un juguete, siempre en manos de alguien.

-Es interesante, lo que tienes ahí detrás. La gente que trabaja aquí no suele tener nada que merezca la pena contar. Todo historias aburridas de telenovela.

Ray creyó que iba a vomitar, pero se obligó a agarrar las manos de aquel tipo y a dirigirlas hacia él. Buen material. Marcado y exótico.

El árabe apretó su cuerpo con esas manos grandes, dedos largos sobre sus costillas, aunque sin poder dejar de nadar en sus ojos. Ray tampoco desvió la mirada, guiándolo por el mapa accidentado de su piel. Podía deslumbrarlo y sacar un buen precio para él. La certeza de que aquella era la menos mala de sus salidas le hizo sentir la cabeza ligera, pero siguió agarrando con firmeza las muñecas del hombre. Notaba el calor de las palmas contra su vientre, descendiendo.

-¿Vas a contarme tu historia?

La voz, algo temblorosa, llegó hasta su cerebro. Ray volvió a lamerse los labios, lentamente, y forzó a esa mano pasar la frontera de su pantalón. El aliento húmedo del hombre le calentó la cara.

-Voy a hipnotizarte –replicó, en tono grave, firme y bajo. Su interlocutor sonrió como un idiota al oírle por primera vez, y algo dentro de su pantalón también pareció alegrarse de escucharlo.

-Llevas… l-lentillas, ¿verdad?

Qué fascinado parecía con eso. Ray soltó sus muñecas –sus manos ya se habían quedado pegadas al cuerpo del chico-, y deslizó los dedos entre los ojales de su camisa, siempre manteniendo el contacto con las pupilas del otro.

-No. Te gusta, ¿verdad? –no se refería a nada en particular. El tipo agarró su polla, lo que hizo sacudirse su cuerpo de arriba abajo. Él exhaló despacio y terminó de desabrocharle la camisa con una mano, mientras concentraba la otra en juguetear con su cinturón-. Te gusta lo que ves –el otro intentó desviar la mirada del color imposible de sus ojos, y Ray inclinó la cabeza para pasar la punta de la lengua por sus labios-. ¿Quieres ver más? Mírame a los ojos y escúchame, ¿sí?

El jeque asintió de forma desacompasada. Sus manos acariciaban el cuerpo del chico en movimientos erráticos. Las de Ray, por otro lado, se aventuraron dentro de los calzoncillos de algodón egipcio y sujetaron su verga gruesa y caliente.

-¿Qué crees que era antes?

El muchacho trató de desasirse para retroceder hacia el sofá, pero el hombre, todavía centrado en sus iris verdes, cerró las manos en torno a su cintura. Ray ladeó la cabeza y aprovechó para frotar su entrepierna en círculos contra la del “cliente”. Eso terminó de engarfiar los dedos del otro sobre sus caderas, hasta hacerle daño.

Él se estremeció, un hormigueo trepando por su piel. Un recuerdo, doloroso como un latigazo, saltó de su memoria, y el chico tuvo que esforzarse en enterrarlo al tiempo que liberaba la polla del árabe de su prisión y terminaba de descapullar el glande. Lo apretó con el pulgar, en círculos, muy despacio, y sus otros dedos envolvieron el miembro venoso. El calor le golpeó la cara. Quiso creer que se trataba de la excitación del momento.

Su cliente jadeó, temblando.

-Un tigre –y sonrió con su propia ocurrencia. Ray movió la mano, arriba y abajo, y le enseñó los colmillos.

-Un tigre, ¿eh? –ronroneó. El otro intentó besarlo, aunque el chico logró esquivarlo y hundió esos caninos en el cuello oscuro del tipo, sin llegar a romper la piel. Después le lamió, sintiendo el pulso atronador contra su lengua, y apretó la cara contra ese mismo lugar. La polla que tenía entre sus manos dio un respingo cuando volvió a emitir ése sonido gutural, casi un gruñido, contra su carótida-. Puede que fuera un tigre. Han intentado domarme muchas veces.

Muchas veces. Incontables veces. Hans era un domador pertinaz.

Ray se desasió tanto del abrazo del hombre como de su memoria con un movimiento sinuoso y se dejó caer de espaldas sobre el sofá del cuarto.

-¿Has intentado domar a un tigre alguna vez?

Dijo esto con los pulgares enredados en las trabillas de su pantalón, pero no tuvo la oportunidad de bajárselos más allá de la mitad de los muslos. El tipo, presuroso, se lanzó sobre él y se le adelantó para dejarlos enredados en sus gemelos. Después se quedó inmóvil, sujetándolo por los tobillos y manteniendo inconscientemente sus piernas en el aire, paralizado por la forma en que los músculos del chico se contraían y estiraban bajo la piel buscando adaptarse a la nueva posición. Un cuerpo esbelto y furtivo. Como un gran felino, sí.

El hombre estaba descompuesto. Ray observó sus pupilas dilatadas y sintió el miembro pegajoso clavarse en su ingle. Parpadeó despacio, y aunque su propia respiración resultaba temblorosa, la mano que guió esa polla entre sus piernas era firme y segura.

Se detuvo cuando sintió el glande palpitante contra su esfínter. El calor le abrasó el cuerpo una vez más.

-Creo que nunca lo has intentado –susurró. La verdad, no sabía muy bien qué estaba diciendo.

El jeque asintió ferozmente, aferrando sus tobillos hasta casi cortarle la circulación. Ray lo tentó un poco más, apretando la cabeza contra su cuerpo.

-Seguro que no –el árabe gruñó. No había un atisbo de humanidad en su cara ya. Él, con los labios entreabiertos, pasó la lengua por delante de sus dientes. Le gustaría volver a morderle, pero esta vez para clavarse en su garganta de verdad-. Qué suerte la tuya, que esté siempre atrapado. No tienes ni una pizca de lo que hay que tener para enfrentarte a un tigre salvaje.

Las palabras salieron rápido, delirantes y escupidas a la cara anónima de aquel tío, que en venganza lo embistió y lo invadió a la fuerza, duro y caliente como una barra de hierro al rojo. En un calambre eléctrico, su cuerpo se arqueó y él siseó igual que un animal furioso.

-Cabrón hijo de puta –gimió, en un acceso de rabia ciega. La polla del jeque pugnó por abrirse paso en su interior, pero no lo tuvo complicado. No había sido la primera, igual que no sería la última. Pronto alcanzó un tope físico, palpitando con fuerza y arrancando otro gemido al chico-tigre, aunque esta vez toda esa musculatura atlética pareció volverse un poco líquida en las manos del otro.

El cuerpo de Ray quería relajarse. El placer hormigueó en su vientre, la sangre bulló en su cara, y un sudor caliente y pegajoso empezó a hacer brillar la piel bajo la luz amarillenta de las lámparas. Pero cuando el cliente comenzó a moverse balbuciendo tonterías y el sonido irritante de sus pelotas golpeándole inundó la habitación, él volvió a olvidar dónde estaba. Su cuerpo, efectivamente, estaba ahí, y estaba siendo follado por un desconocido y se estremecía. Él estaba lejos. Oía la voz áspera de Hans riéndose de él.

Otra estocada. Ray pensó que sus huesos se volverían mantequilla al intentar cambiar de posición y darle la espalda al otro. No obstante, cuando consiguió hundir la cara húmeda en el sofá, la mano del árabe (¿o era la de aquel animal alemán?) tocó sus cicatrices y él recuperó la tensión, su cuerpo se contrajo y el dolor amenazó con romperlo. Gritó contra los cojines, su voz amortiguada, al tiempo que su primer cliente cedía a la presión y estallaba entre gemidos patéticos.

El chico-tigre (quien en realidad había dejado de ser un gran felino hacía mucho tiempo para convertirse en sólo eso, un chico), permaneció totalmente inmóvil mientras el cliente balbucía palabras de agradecimiento y se escabullía del salón. Tal vez volvería más tarde, cuando Ray ya estaba en lo más alto de la tabla de precios del Chat Bleu, aunque él nunca recordaría la cara del cliente elegante al que había conseguido reducir a poco más que un gatito excitado.

Sí, no se atrevió a moverse durante mucho rato después de aquello. Había quedado desmadejado en aquel sofá extraño, su mente luchando por mantenerlo en la realidad y no sucumbir a las imágenes que se sucedían a toda velocidad en la amalgama confusa de sus recuerdos.

Las cicatrices de su espalda tiraron de la piel cuando se encogió al sentir una mano sobre su cabeza. En un contacto casi imperceptible, alguien le apartó el pelo húmedo de la cara. Los ojos de un color indefinido de Gareth Maidlow se clavaron en los suyos, lo bastante fascinados y sobrecogidos como para no rehuir su mirada por fin.

Pero Ray estaba demasiado confuso como para poder recordar al cuarto invitado de Ava Strauss. No quería pensar. Su cerebro echó el telón y permitió que aquel desconocido siguiera acariciándole el pelo.

Era la segunda vez desde que llegó al Chat que dejaba que un extraño le pusiera la mano encima.

 

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