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De lujo (Chapitre 11: Un gatito recompensado)

11

Es mediodía, y en el pequeño patio interior del Chat se solazan damas y caballeros distinguidos bajo la tibia luz de diciembre, que se cuela a través de la monstruosa cristalera del techo. Normalmente, cada uno de esos pedantes estaría regodeándose en la absurda banalidad de sus problemas, pero hoy tienen algo más interesante de lo que cuchichear, claro. Si los oigo desde aquí, maldita sea, y siento sus miradas clavándose en mi nuca y atravesándome. Queman como la luz del sol

¿Dónde quedaron esos magníficos modales de los que tanto alardeáis, snobs de pacotilla?

-Louis, ¿quieres hacer el favor de quitarte eso de la cabeza y sentarte derecho? Están mirándonos.

La voz de Chiara se eleva por encima de todos los cuchicheos, me trepana el cráneo y le pega una patada indolente a mi cerebro. Yo gruño sin despegar la cara de la mesita de madera, y me aprieto esa cosa (mi viejo abrigo recién rescatado) aún más contra la cabeza.

-Esa cosa es mi abrigo –replico, con voz pastosa. Tengo la lengua hecha un pan y la cabeza palpitante-. Esto es lo que quieren, espectáculo, ¿no? –Chiara resopla y yo me asomo por debajo del abrigo. El sol me fríe las retinas-. En cualquier caso, ¿por qué me echas la bronca a mí si el que está dejando la mesa llena de moco es él?

Enfrente de mí, Sacha se sacude bajo mi dedo acusador y, como para corroborar mis palabras, suelta un hipido y se sorbe ruidosamente la nariz. Tiene incluso peor aspecto que yo: su pelo platino –siempre impecablemente liso- muestra ahora su verdadera naturaleza, encrespado y salvaje; y parece un mapache resabiado, con ésas ojeras y los ojos irritados. Él también ha tenido una noche desastrosa. No hemos podido descifrar el noventa por ciento de sus balbuceos, pero la cosa tiene algo que ver con tropezarse y llenar de barro a una dama en la fiesta del Chat, y en particular con provocar la ira de herr. Por lo que cuentan las malas lenguas (esto es, la zorra de Anita y compañía), las cosas entre Sacha y Derek están algo tensas, de manera que encontrarse a su prostituto privado hecho unos zorros y completamente borracho sin su permiso debe haber crispado un poco más todavía a Monsieur Zimmerman. El aire desastrado que rodea a Sacha lo demuestra sin necesidad de más explicaciones.

Aun así, sigue habiendo algo encantador en la forma en que se restriega la nariz enrojecida antes de volver a prorrumpir en sollozos incoherentes.

Chiara me tira una horquilla a la cabeza.

-Ya la has fastidiado –me reprende, mientras le arroja de forma mecánica el vigésimo pañuelo de papel al rusito. Después me fulmina con la mirada. De nosotros tres, Chiara es la que mejor ha sobrevivido a la noche del desfase absurdo de Navidad. De hecho, asegura haberse largado derecha a la cama poco después de dejar su casa Sacha y yo. Y me lo creo, claro. No se me ocurren muchos más sitios en los que puedan haberle dejado ése chupetón del tamaño de Asia Menor que luce justo debajo de la oreja.

-Louis malo –solloza Sacha, e inmediatamente comienza a desbarrar, preguntándose qué demonios va a hacer si Derek no vuelve nunca más al Chat.

Chiara no parece hacerle mucho más caso del que lleva haciéndole toda la mañana. En lugar de eso, asiente y tira de mi abrigo con malevolencia. Cuando el sol me da de pleno en la cara, siento cómo mi cerebro empieza a fundirse.

-Sí, Louis malo y amargado –dice mientras, aunque sus labios fruncidos se relajan un tanto justo después, y alarga la mano para tocarme en un gesto consolador que suele dedicarle a menudo a Sacha-. Oye, por lo que sé, esta mañana Ray trabaja porque tiene un encargo especial de un cliente habitual. No va a saltárselo ni nada, como otras veces, así que deberías mover tu culo de vuelta a la habitación y dormir la mona hasta que cambies el chip de maricón menopáusico.

Ante eso, sacudo la cabeza. Sí, es cierto que mi protégé tiene trabajo extraordinario esta mañana; Ava se ha encargado de informarme de ello por busca (a las seis de la mañana, por cierto). Pero no es eso lo que me preocupa.

Me he despertado en la cama de Raymond, con la cabeza a punto de implosionar, mis recuerdos más tempranos de la noche anterior hechos pedacitos como un puzle irresoluto (el resto de la velada es una página en blanco), y una mancha sospechosa en la cara. Y todavía ahora sigo sin saber por qué me emborraché anoche.

No voy a deciros qué se me pasó por la cabeza en ese momento, porque ya tengo bastante con los cuchicheos que se escurren por los pasillos del Chat. Me ponen los pelos de punta.

-Es fácil decirlo –comienzo, cansado. Me pongo en pie con los ojos entrecerrados y hago un gesto obsceno a los tipos de la mesa más cercana, que se habían inclinado para no perderse un detalle de la conversación. Esto me costará otra bajada de sueldo, pero ¿y lo a gusto que acabo de quedarme?-. En fin. Si ninguno de los dos tenéis ni idea de si es verdad eso de que me pasé media noche en la Jaula travestido de Carmen Electra y con Raymond entre las piernas, creo que no tengo nada más que hacer aquí.

Y dicho esto, e ignorando los comentarios airados de los espectadores a los que acabo de agraviar, doy media vuelta sobre mis talones y desaparezco del patio.

Unas horas antes, barrio de Montparnasse.

Un insidioso teléfono sonando sin parar despierta a Édouard.

Él oye el tono retumbar en su apartamento vacío, enredado bocabajo en sus sábanas. Rezonga, y aprieta la cara contra la almohada hasta que salta el contestador y una voz femenina, distorsionada por el aparato, le llega desde el salón.

-Ed, soy Olivia. He visto que no estás por la oficina y tampoco hemos podido ponernos en contacto con el escritor, así que me preguntaba si algo fue mal con él. Sé que tenías algunos cambios que proponer en el manuscrito, y no tengo nada en contra de ellos, pero ya sabes lo sensibles que se ponen algunos escritores cuando se habla de modificar sus obras. Pero bueno, estoy segura de que habrás sabido manejar la situación… y, eh… Querría saber si ya has decidido algo acerca de lo de esta noche. Tenía el teléfono del sitio en la mano y… ya sabes cómo se pone ése restaurante si no reservas al menos antes de mediodía… En fin. ¿Podrías llamarme en cuanto oigas este mensaje? Te estaría muy agradecida…

El contestador pita, cortando la frase, y Édouard gruñe, todavía con la cara pegada a la almohada. Olivia, su editora jefe, es normalmente una mujer implacable en lo que se refiere al mundo editorial, pero con él parece descolocarse, perderse. A Édouard le sorprendió muy gratamente que una mujer del calibre de Olivia, atractiva e independiente, estuviera intentando llevárselo a la cama. Eso le hacía sentir importante al principio, empezó a incomodarle después, y ahora sólo le proporciona una culpabilidad constante. Y esa sensación le trae muy malos recuerdos.

Muy a su pesar, hace el esfuerzo de rodar en su cama, hasta que queda tumbado en el borde. El espejo dentro de su armario le devuelve una imagen desastrosa de sí mismo. En calzoncillos, ojeroso y con el pelo totalmente enredado y revuelto, Édouard se observa en el espejo un instante. Luego vuelve la vista y vuelve a refunfuñar al tiempo que se incorpora, sentándose en el borde del colchón. Está siendo egoísta y descuidado, pero lo último que le apetece es ir a la oficina a encararse con Olivia y decirle que dejó colgado a su escritor por perseguir a un fantasma de la adolescencia.

O un error. Un error, eso es.

Con algo de esfuerzo, se pone en pie y cierra el armario. Lo que sea con tal de no verse más reflejado en el espejo. Tratando de no pensar en nada, deja la habitación. Sus pies desnudos hacen un ruido sordo al golpear el suelo helado cuando camina hasta la cocina, todavía en penumbra. Mientras trastea con la cafetera, su madre enfurecida le espeta algo desde el teléfono. Él alcanza la lata de café con la perorata de la mujer de fondo. Como siempre, ha desconectado hace rato, y sólo oye un ruido sordo en alguna parte. Ya hace mucho que su madre lo atosiga con la misma cantinela y se sabe ya de memoria todos sus sermones.

Con movimientos mecánicos abre la nevera para encontrarse con un paraje desolador. Él frunce el ceño mientras olfatea un cartón de leche abierto.

-… disgusto. Todavía no puedo creerme que le dijeras esas cosas horribles a tu padre. Sólo quería ayudarte con Monsieur Lagard…

Édouard da el aprobado raspado al cartón, que deja junto a la cafetera, y se dispone a rebuscar en todos los armarios. La única rebanada de pan que queda, medio escondida detrás de unos envases vacíos, está tan dura que podría usarse perfectamente para cortar diamante. Él la vuelve a dejar donde está, suspirando, y se centra en la cafetera.

-… no te hemos criado para que te comportes como un engreído desconsiderado! Quizá Monsieur Lagard tenga razón y ese “amigo” tuyo también te lavó el…

El agua rompe a hervir. Édouard se sirve el café derramando gran parte sobre el fogón y se arrastra sin molestarse en buscar nada más para desayunar hacia el sofá. Hace tiempo que renovó todo el mobiliario del piso, pero eso… de eso no fue capaz de deshacerse.

Con la mente hecha un barullo, da un sorbo al café y deja inmediatamente la taza en la mesa auxiliar. Está asqueroso, como siempre.

-… volver con Monsieur Lagard. Por favor. Tu padre y yo sabemos que puedes cambiar. Tienes que entender que estás viviendo de forma equivocada. Sé que sigues intentando convencerte de que estás bien, pero no es así. Ese… ese tipo te ha convencido de algo que no eres. Estás torcido, Édouard. Estás torcido. Deja que…

Un pitido. Fin del mensaje. Otro pitido. Tiene un mensaje nuevo. Édouard alarga el brazo y desconecta el aparato.

Estás torcido.

Se frotó los ojos, y luego miró alrededor. La penumbra reina en el cuarto, pero la débil luz que se filtra por las cortinas cae sobre su apartamento diminuto y hecho polvo. Édouard lo observa todo en silencio.

Hace dos semanas que dejó de visitar a Monsieur Lagard. Había dicho cosas desagradables de Louis y… ¿qué sabía ése tío de Louis? Sólo era un don nadie que estaba cobrando una pasta a sus padres por intentar devolverlo a la normalidad. Le había costado tener una desagradable discusión con ellos, pero no quería volver a ver a ese impostor fracasado. Quería a Louis.

Pero Louis no lo quería a él.

Así que, ¿ahora qué?

Está tan perdido.

Despacio, recoge su abrigo, que la noche anterior había dejado abandonado en el respaldo del sofá. Y ahí sigue el sobrecito, dentro de uno de sus bolsillos. No lo ha soñado. Los remates dorados de la tarjeta que escondía el sobre relumbran en la penumbra de forma casi desafiante. Édouard no sabría decir en qué momento apareció aquello en su bolsillo, pero está seguro de que tuvo que ser anoche, poco después de su encuentro con Louis en el club.

Pensativo, da vueltas a la tarjeta entre los dedos. Se ha grabado a fuego en la memoria cada uno de los delicados trazos en tinta dorada, pero aun así la desdobla y vuelve a leer la impecable caligrafía con avidez.

20:30, mañana en la Sala Azul del Groupe Partouche. Venga solo. Por lo que sé, el asunto a tratar puede serle de alto interés.

Atte.

G.M.

Él se muerde el labio y deja la nota a un lado, las palabras llenas de florituras rondándole la cabeza. Entonces alarga el brazo y recoge algo que dejó sobre la mesa la noche anterior. El pliegue de papel, que también estaba dentro del sobre que alguien se había encargado de hacer aparecer en su abrigo, pesaba horriblemente entre sus dedos. Aquí está el quid de la cuestión, que él desdobla con cuidado.

La fotografía se despliega ante sus ojos por segunda vez, y la imagen medio difusa de Louis bajo la lluvia torrencial lo golpea. El desliza el pulgar, con la uña mordisqueada, sobre la cara enfurruñada del rubio. Y aunque a su lado está ese tipo odioso del bar, no puede evitar una dolorosa y al mismo tiempo agradable punzada en el pecho.

¿Qué es esto? ¿Una amenaza? ¿En qué está metido, para que alguien le cite a él en un exclusivo casino de París?

Casi de casualidad, recuerda la frase del acompañante de Louis en La Madriguera: No sería mucho más rico de lo que soy ahora…

Rico.

¿Estaría aquel tipo tan desagradable en algún asunto turbio? ¿Mafias? ¿Drogas?

Édouard no quiere pensarlo, pero ahí está el sobre, con su contenido esparcido por la mesa como los restos de algún sacrificio ritual.

Ocho y media en el Groupe Partouche.

Ven solo.

Un tirón de adrenalina y temor le sube por la garganta cuando deja a un lado la foto y, olvidando las hirientes palabras de su madre, consulta el reloj.

Todavía tiene veinte minutos. Si coge el metro quizá llegue al casino.

Clavado en el asiento, la fugaz tentación de volver a la cama y olvidarse de todo cruza su cerebro, pero entonces recuerda a su padre volviéndole la cara y negándose a hablar con él, a su madre atestándole de mensajes incendiarios el contestador, al impresentable de Monsieur Lagard, que tiene la desfachatez de autodeclararse médico.

Aun así, y a pesar de estar luchando desesperadamente por encasquetarse la primera camisa que ha visto, antes de salir por la puerta necesita detenerse un para enterrar la cara en el sofá, sólo un instante. Y como de costumbre, no puede evitar sentirse decepcionado.

Ni siquiera en el viejo mueble lleno de muelles sueltos queda nada ya de Louis.

Los pasillos del primer nivel de la Jaula están muy tranquilos (más de lo normal), y me alegra no toparme con nadie de camino al cuarto de mi protégé. Mi resaca de esta mañana se ha convertido en una migraña terrible, y lo último que me apetece ahora es encontrarme con otro millonario aburrido y con ganas de carne fresca que se interese por la orgía sado que -se supone- se celebró en mi cuarto anoche.

Me molestaría tener que admitir que ni yo tengo ni idea de si realmente eso tuvo lugar.

Refunfuño entre dientes. No me apetece nada encararme ahora con Raymond y darme de bruces con esa maldita sonrisa suficiente suya, pero no tengo más remedio que hacerlo. Por más que he preguntado por ahí, por más que he luchado por sacar algo de mi memoria, todos mis recuerdos de anoche se reducen a unos tristes retazos de la fiesta de Chiara. Y eso, si os soy sincero, no saber qué hice con mi vida ayer me inquieta un poco.

En realidad, me pone los pelos de punta.

Llego al minúsculo pasillito lateral en el que está encajada la habitación de Ray, cada segundo que pasa de peor humor y nefasto dolor de cabeza.

Aunque un estruendo y una exclamación ahogada provenientes del cuarto de mi protégé pronto consiguen arrancarme parcialmente de la mente lo que estaba pensando.

No sé por qué, pero con el ruido de pronto me asalta un mal presentimiento, y sin recapacitar mucho lo que hago, acciono el picaporte de la primera puerta que se me pone a tiro para precipitarme dentro del cuartito equivocado. Y lo primero que veo nada más entrar en la habitación de voyeurs es impactante, tanto que me quedo parado de pie en mitad de la estancia, la cabeza torcida como haría Sacha y una expresión estúpida en la cara.

Lo que estoy viendo es desconcertante y algo alarmante a un tiempo.

Desconcertante, porque mi protégé acaba de estampar contra el cristal a un tipo grande como un armario empotrado, dos cabezas más alto que él. Y alarmante, porque ese señor tan enorme al que está sujetando de la pechera tiene toda la pinta de ser su cliente.

Debería hacer algo. Debería hacerlo ahora mismo, pero entonces oigo sus voces a través del telefonillo de la pared, que con el golpe debe de haberse descolgado, y mi primer impulso es quedarme quieto y escuchar…

-¿Crees que es divertido? –está diciendo mi protégé, con la cara a escasos centímetros de la de su víctima, un hombre alto y moreno que no se mueve un ápice. Yo agarro el telefonillo y me lo llevo a la oreja, y ahora sí, la voz de Raymond es perfectamente audible-. ¿Crees que con tu juego de detectives vas a salvar a un pobre puto como yo, Maidlow? ¿O a lo mejor lo único que buscas es tratar de demostrarle al mundo que no quieres ser el típico pijo malcriado y podrido de pasta? –el tal Maidlow tensa la mandíbula, pero no se mueve un centímetro. Desde aquí atrás no puedo verle la cara, pero no parece realmente asustado, ni siquiera enfadado.

Curioso.

-Ray, te equivocas, yo…

Mi protégé vuelve a golpearlo contra el vidrio, sobresaltándonos a los dos. Él tampoco tiene pinta de estar irritado, pero muestra una expresión extraña, sin esa sonrisa odiosa suya, como si estuviera aburrido de todo. Ahora que lo veo de cerca, me doy cuenta de que tiene el labio partido y un ojo rodeado de una aureola púrpura.

Qué has hecho ahora, maldita sea.

-Me aburres, Maidlow –continúa el prostituto, y sin dar lugar a que su cliente, nervioso de repente, llegue a decir nada, le golpea suavemente el pecho con el dorso de la mano y le da la espalda, soltándolo-. No hace falta que vuelvas a venir el mes que viene. Byebye, Excelencia.

El otro tipo se endereza bruscamente y se pasa una mano por el pelo oscuro, para enseguida restregarse la cara. Sus palabras resuenan en mis oídos un poco temblorosas, desesperadas.

-No puedes hacer eso.

Ray, que estaba a medio camino de ir a alguna parte en la habitación, se detiene. Con las manos en los bolsillos y casi sin volverse, le dedica a su cliente una mueca sesgada, como el filo de una cimitarra.

Es una sonrisa algo desagradable.

-Me pregunto qué diría Ava si descubriera que uno de sus clientes más fieles lo es sólo porque está enamorado de uno de sus trabajadores –dice, arrastrando las palabras y haciendo un gesto difícil de clasificar con una mano. Yo me quedo congelado. Su interlocutor, mudo -. ¿Cuántas normas de vuestro contrato infringe eso, eh, Excelencia? Porque eso es lo que os hace firmar a todos Ava Strauss, ¿verdad? Tres condiciones de servicio inquebrantables. Las recuerda, ¿verdad, caballero?

Espera, ¿qué?

Maidlow respira con fuerza. Es un sonido áspero en el telefonillo. Yo contengo el aliento.

Ya no sé muy bien por qué había venido. Pero no importa.

Estúpida curiosidad de escritor. Estúpida y sensual curiosidad.

-Raymond…

-¿La recuerdas, Gareth?

El tipo cierra la boca, aprieta y afloja los puños, y tras lo que parece una ardua lucha interna, asiente, los dientes apretados. Entonces, mi protégé vuelve a sonreír, y me parece que mueve los labios, pero el telefonillo no capta nada, así que supongo que lo he imaginado. Con pasos sinuosos, lo veo sortear la cama y desaparecer tras unas cortinas; y para cuando vuelvo la vista hacia atrás, buscando a su cliente, me sorprende darme cuenta de que el tipo se ha esfumado del cuarto como el humo.

¿Qué cojones…?

Frustrado, vuelvo a arrojar mi cuerpo contra la puerta, y, aunque cuando salgo al pasillo tampoco veo ningún rastro del tipo, puedo oír sus pasos apresurándose escaleras arribas.

Genial. Por lo menos no me estoy volviendo loco.

Suspiro. Mi cabeza me está matando, y el pensar en que probablemente ahora tenga que subir al despacho de Ava a reportar el incidente que acabo de presenciar me pone enfermo. Por suerte –o por desgracia-, justo cuando estoy a punto de arrastrarme arriba de nuevo, un sonido proveniente del cuarto de Raymond me clava en el sitio.

Parece música.

Sinceramente, tengo la cabeza como si se celebrara dentro un guateque de monos con rabia, y no me apetece lidiar con Ava y sus condiciones de servicio, así que, sin detenerme a pensarlo mucho, abro con cuidado la puerta entreabierta de la habitación. Nunca he estado dentro, pero (y aunque me cueste admitirlo) he pasado demasiados días acurrucado en la sala para voyeurs, estudiando los movimientos de mi protégé, así que las formas oscuras del cuarto me resultan familiares. Aun así, el ambiente denso, cargado de sexo que se respira entre estas cuatro paredes es algo totalmente nuevo para mí. Frotándome la sien, intento no empaparme demasiado en ello y sorteo elementos anodinos de mobiliario, siguiendo la fuente del sonido.

Desde luego, es música.

Detrás de la cama, y cubierta por un grueso cortinaje púrpura, hay una puerta imposible de ver desde el otro cuarto. La madera es oscura, sin vetas apenas, muy bien pulida, un trabajo muy decente de algún buen ebanista. Yo, plantado delante, suspiro, me pellizco el entrecejo. Y acciono el picaporte.

Nada más abrir la puerta, la música se cuela por el vano y me golpea con la fuerza suficiente como para dejarme totalmente atontado, de pie entre una y otra habitación, al tiempo que un fogonazo de luz blanca termina de dejarme ciego y hace puré mis maltratadas pupilas.

Mis ojos tardan un par de segundos en acostumbrarse al foco de luz, proveniente de una lámpara tirada en un rincón del pequeño cuarto al que acabo de entrar, y cuando lo hacen puedo distinguir las formas irregulares de unos estantes atestados que cubren el noventa por ciento de las paredes. Hay discos, de un gusto tan ecléctico que resulta extraño (Ravel y Hendrix comparten estantería), y efectos personales igual de variados. Al dar un paso, el suelo alfombrado de folios arrugados se hunde un poco bajo mis pies, y veo dos, tres guitarras bien protegidas en sus fundas, además de algo dentro de una carcasa que parece ser un saxofón. Y, en el mismo centro, está mi protégé.

Yo me quedo muy quieto.

El piano de cola ocupa una cantidad ridícula de espacio en el cuartito, pero a Raymond, descamisado en la banqueta, no parece provocarle ninguna claustrofobia. Lo confirma la forma apenas perceptible en que mueve la cabeza con cada cambio de acorde; el movimiento ondulante y relajado de los músculos de sus hombros bajo la piel, sincronizado con la cadencia perfecta de la composición. Ni siquiera parece percatarse de que tiene un espectador improvisado, de modo que sus dedos siguen deslizándose sobre las teclas de forma ininterrumpida, regalándome una interpretación privada de música impresionista.

Aunque la pieza me resulta vagamente familiar, no me esfuerzo en recordar el nombre. Simplemente me limito a apoyarme con discreción en el marco de la puerta y a escuchar.

Y es extraño, porque por un fugaz instante siento lo más parecido a la catarsis desde que llegué al Chat, pero cuando Raymond termina la pieza y empieza a tocar otra cosa, lenta y suave, algo parecido a una bola de incomodidad empieza a subirme por la garganta. No sabría decir muy bien por qué. Supongo que tendrá que ver con haber irrumpido de pronto en lo que parece el único y verdadero espacio privado de mi protégé, aquel no contaminado por la presencia de clientes molestos y su trabajo, y que a mí me deja un poco fuera de lugar. O quizá sea algo más profundo, relacionado con la desconcertante delicadeza con la que pulsa las teclas, que no se corresponde muy bien con esa sonrisa extraña y ácida que le dedicó, minutos antes, a aquel hombre. Realmente, la forma en la que se inclina, absorto, sobre el instrumento no encaja con ninguna faceta de su desgraciado carácter.

Por algún motivo, me produce inquietud el no saber si puedo seguir encajándolo ya dentro del marco de bastardo insensible.

-Estúpido Raymond –gruño, en un acceso de enfado, lo que provoca que la música se corte abruptamente en su punto álgido, y la cabeza del prostituto se vuelve hacia mí con una leve expresión de sorpresa, que a mí se me antoja muy graciosa.

Ja. Ahora sabes lo que se siente.

Es una pena que se recomponga tan pronto y recupere al momento su media sonrisa, una ceja arqueada, mientras apoya un codo en su instrumento.

-Louis, Louis –ronronea, y yo noto cómo se me eriza el pelo de la nuca al oír mi nombre en su boca. No es algo que ocurra muy a menudo. El diez por ciento de las veces que necesita llamarme, de hecho-. Si querías un concierto para ti solito sólo tenías que pedírmelo, no era necesario cometer allanamiento de morada.

-No había ningún cartelito en la puerta que rezara “no molesten”, en grande –replico yo mordaz, cruzándome de brazos.

Él me mira a través del flequillo revuelto, al que la luz blanca arranca destellos rojizos.

-En el cuarto de mirones de aquí al lado sí que lo hay, y no ha sido ningún impedimento para que te cueles allí cada vez que alguien tiene que follarme en este nivel –casualmente, es decir esto y yo me atraganto con mi propia saliva, prorrumpiendo en una tos ridícula. Ray se encoge de hombros, con una mueca victoriosa, y se aparta el pelo de la cara-. Estás hecho una mierda.

No pareces muy disgustado al respecto.

Yo abro la boca, dispuesto a hacer un comentario mordaz acerca de su propia cara, pero entonces me topo con su ojo morado y el labio partido, y me muerdo la lengua a regañadientes.

Raymond tiene muchos clientes, y algunos de ellos con gustos muy extraños, pero la discusión que acabo de presenciar no tenía nada de sexual. Al entrar en el cuarto para voyeurs he tenido la sensación de estar interrumpiendo algo ajeno por completo al Chat. Un momento… ¿íntimo? ¿Privado? (y mejor no hablar de ése rollo de las condiciones). No sé, no tengo ni idea. Pero estoy seguro que lo único que voy a conseguir arrojándoselo a Ray a la cara es que se cierre en banda y me pierda una información valiosísima, así que supongo que tendré que indagar por ahí si quiero saber algo de su Excelencia Maidlow, el cliente enamorado.

Por otro lado, no sé si me gustaría saber qué hay debajo de todo esto.

-Anoche fue algo salvaje, al parecer –mascullo simplemente, volviendo de paso al motivo principal de mi visita. Respiro y me subo las gafas de pasta sobre el puente de la nariz. Al final, sin poder contenerme, añado, de forma un poco vaga:-. Aunque parece que no soy el único que ha tenido un día movido.

Ray me estudia con ésa leve tensión en los hombros y el cuello (como un gran felino a punto de saltar y desaparecer en las sombras), tan típica de él. Después se lleva una mano al ojo hinchado, vuelve a encogerse de hombros y me dedica una sonrisa lobuna.

-Mereció la pena -hay algo en su voz que me provoca un escalofrío de desconfianza. Aunque… ¿cuándo no lo hace? No obstante, antes de que su tonito cale en mí, continúa:-. Ven, gatito.

Reforzando la invitación, da una palmada en la banqueta, a su lado, y vuelve a sonreírme, aunque esta vez no parece que vaya a devorarme. Con cautela, me adentro lentamente en territorio desconocido, y me siento junto a él, hombro con hombro, el cuero de la banqueta crujiendo con mi peso.

Y al volver la cara hacia mi protégé, me lo encuentro mirándome fijamente, con una mueca rara plantada en la cara.

-¿Qué?

-Tus gafas.

En un acto reflejo, producto de tantos años haciendo el mismo gesto, levanto un dedo para subírmelas y la mueca de Raymond se ensancha hasta convertirse en una sonrisilla insidiosa.

-¿Qué les pasa?

Te estás ganando una paliza.

-No sabía que llevaras gafas –y mientras dice esto intenta tocármelas, a lo que yo respondo haciendo un aspaviento absurdamente exagerado al aire-. Son graciosas.

-No tienen nada de gracioso –bufo.

-Sí. Pareces un modernillo intelectual. Déjame tocarlas.

-N-no, ¿para qué? ¡Estate quieto, vas a llenarme los cristales de huellas!

Ray me agarra de las muñecas, yo me retuerzo como una comadreja herida, y al final terminamos dando con nuestros huesos en el suelo, levantando una nube de papeles a nuestro paso y rodando hasta chocar contra una estatería, que se balancea peligrosamente. Estoy forcejeando con él cuando de repente se las apaña para sentarse encima de mí, y me hunde los dedos en un costado.

Es como si hubiera abierto las compuertas de una presa. La risa se me escapa de golpe, a borbotones, pero ello sólo parece arengar a mi protégé, que desconoce el significado de la palabra piedad y no deja de pellizcarme justo debajo de las costillas. Yo me sacudo riéndome como un histérico, intento arrastrarme lejos, suplico con voz ahogada y las lágrimas escociéndome en los ojos.

-JAJAJA… P-para… JAJA… ¡PARA, HIJO DE… DE UNA HIENA! JAJAJAJA…

Raymond parece un niño con un juguete nuevo (o un niño loco quemando hormigas con una lupa). La verdad, pocas veces lo he visto tan satisfecho, aunque la diversión se le acaba cuando comenta en voz alta lo sorprendido que está por acabar de descubrir mi capacidad para reír y yo lo recompenso con un cabezazo en la frente.

Después de haberle reventado el cráneo, Ray se aleja un poco haciendo la croqueta y me observa desde una distancia segura, todavía con un atisbo de sonrisa en la cara. Yo me quedo tirado bocarriba mientras me enjugo las lágrimas, con un dolor sordo en la tripa.

-Te pones muy guapo cuando te ríes, gatito.

Ojalá te muerda el rabo un mapache rabioso.

-Muérete, Raymond.

Mi protégé ladra una carcajada.

-Algún día -dice. Yo tuerzo la cara hacia él (sólo después de haber esperado a que ésta dejara de arderme de vergüenza). Tendido de lado, se relame muy despacio.

Con la luz de la lámpara caída incidiendo sobre su cuerpo, parece una pantera al sol.

-Si vuelves a hacer eso seré yo mismo el que ponga tu cabeza en una pica.

-Bueno, ha servido para distraerte… -Ray se lleva una mano a la boca, como sorprendido de su torpeza, pero puedo ver las comisuras de sus labios arqueadas entre sus dedos-. Ups.

Me incorporo de golpe, haciendo caso omiso a mi estómago dolorido.

¿Qué?

-¿Cómo, distraído? Un momento. Un momento –al prostituto le brillan los ojos de forma malévola, y yo no puedo evitar que el corazón de me suba a la garganta-. Estabas ahí, ¿verdad? Estabas en el maldito pub.

Vodka y algo más amargo descendiendo por mi garganta. Recuerdo a Raymond arrojándose sobre mí, en el sofá, con aquella mirada de depredador ardiendo bajo los focos. Pero…

-¿Por qué estabas ahí? -casi rujo-. ¿Por qué precisamente ayer? ¿Qué hiciste conmigo, desgraciado?

-Trabajo, gatito. Estaba en La Madriguera por trabajo, igual que ese tío…

Yo me quedo muy quieto un segundo.

No. No, no, no.

-¿Quién, Raymond? -farfullo, presa de un repentino y terrible temor-. ¿Qué tío?

Mi protégé tuerce un poco la cabeza y me estudia en silencio durante un segundo de cavilación en el que mis manos empiezan a temblar como aquel primer día en el despacho de Ava Strauss. No sé por qué, será la tensión, pero en un momento da la sensación de que su boca se tuerce en lo que parece un gesto de arrepentimiento.

-Ése hombre tan irritante -comienza, despacio, casi como si me tentara-. Un pelele que decía que estaba en La Madriguera por negocios (en La Madriguera, ya ves), y…

Nunca llegará a terminar la frase. Con un grito de guerra, me abalanzo sobre él y comenzamos a rodar de nuevo por la alfombra de papeles, aunque esta vez arramblando con todo lo que se cruza en nuestro camino, en un lío de brazos y piernas.

-¡Bastardo egoísta! -le increpo, cuando consigo aplastarlo contra el suelo, debajo de mí-. ¡Has destruido cualquier remota oportunidad que ése editor podría haberme brindado para salir de este agujero!

Ray bufa, un sonido parecido a una risa áspera, y me aparta de un zarpazo. Al caer de espaldas derribo un montón de discos compactos apilados contra un muro, y él aprovecha para sujetarme por los hombros.

-¿Editor? –dice, enseñándome los dientes-. Parecía más bien un exnovio celoso.

Le asesto un rodillazo, volvemos a rodar, y al golpear una estantería algo se tambalea y cae con estrépito a nuestro lado. Hasta que vuelvo a estar otra vez arriba…

-Estás loco. Como una puta regadera.

… y debajo de nuevo.

-Qué irascible, gatito.

Furioso, intento volver a quitármelo de encima, pero esta vez mi protégé es más rápido y me sujeta los brazos contra el pecho, inclinándose sobre mí para ayudarse de toda la fuerza de su cuerpo. Yo gruño, me sacudo, vuelvo a gruñir, aunque (y a pesar del barullo iracundo de mi cabeza), pronto comprendo que no voy a poder asesinarlo ahora mismo, y dejo de resistirme. Después de eso, hay un instante de tensa calma, rota solamente por nuestras respiraciones irregulares y el latido galopante de mi corazón en mis oídos.

-Te odio.

-No decías lo mismo anoche, con mi polla en la boca.

Al oír eso, el cerebro me da otro chispazo. La nieve helada bajo mis rodillas. Y el rabo de Raymond en mi cara.

Te mataré. Te mataré, te mataré, te mataré.

-Juro que cuando menos te lo esperes, yo te…

La lengua del prostituto en mi boca ahoga mi sentencia de muerte para siempre. Se queda ahí más tiempo del que me gustaría, acariciando la mía, la parte delantera de mis dientes, mis labios, y desaparece tras dejar un rastro húmedo en ellos.

-… te mataré.

-Lo siento.

Yo, que tenía la boca abierta, preparada para indicarle cómo iba  a hacerle picadillo y venderlo a una hamburguesería de Rivoli, me quedo paralizado, con la mandíbula desencajada. Ray, todavía sujetando mis brazos cruzados, me mira a los ojos con expresión genuina de no haber roto un plato, su cara a centímetros de la mía. Y yo estoy a punto de creerle, sólo a punto.

Porque entonces sus labios vuelven a torcerse irremediablemente.

-Pero estabas muy sexy con mi piercing entre los dientes.

Y me dedica una sonrisa amplia y torcida mientras me suelta y comienza a deslizarse hacia abajo, por mi pecho.

Yo durante un breve instante no sé si reír o llorar. Cierro los ojos, respiro hondo.

-Como una puta cabra –resoplo al fin, decantándome por lo primero, y puedo sentir la mueca de Raymond contra mi ombligo-. Y lo peor es que me estás volviendo loco a mí también.

-¿En qué sentido, gatito? –pregunta él, aparentemente complacido al oírme reír como un desequilibrado mental-. No te estarás enamorando, ¿eh? –añade, burlón, y a mí me da todavía más risa oír aquello, un ataque del que me cuesta un rato recuperar el aliento.

-A lo mejor –oigo chasquear mi bragueta y Ray se queda quieto. Yo me incorporo, apoyándome en los codos para verlo mejor entre mis piernas, los ojos verdes reluciendo bajo su flequillo desgreñado, igual que un gato pillado in fraganti con la zarpa dentro de la pecera. Me hace gracia ver que algunas cosas no han cambiado desde mi primera noche en el Chat Bleu, y él sigue intentando meterse en mis pantalones. La cosa es que, si bien la primera vez tuve que contener el impulso de arrojarlo por la ventana, ahora no me molesto en retener la mano que se afianza sobre la cabeza de mi protégé y lo guía sutilmente hacia mi entrepierna-, necesito un empujón para decirte con certeza.

Hay un punto ronco y grave en mi voz que me asusta un poco.

Quizá si me esté volviendo un poco loco, al fin y al cabo.

En respuesta, Ray me saca la polla del pantalón, que está oportunamente morcillona. Sus dedos la descapullan con ternura, lo que me provoca un escalofrío eléctrico que me trepa vértebra a vértebra por la columna, y cuando él apoya los labios de forma casi imperceptible en la punta húmeda, noto con perfecta claridad cómo se me eriza uno a uno todo el pelo del cuerpo.

-¿Eres así de lento con todos tus clientes y no se te duermen? –gruño, a pesar de todo, y él se pasa un momento la lengua por delante de los dientes.

-Sólo estoy haciéndote lo mismo que tú a mí –arrulla.

-Yo no soy tan maricón chupando pollas.

-Pues parecía que te gustaba bastante.

Y sin dejarme un minuto para contestar, empieza a lamerme desde la misma base, con todo el pedazo de carne pegado a la cara, y procura no dejarse ni un milímetro por el que pasar su lengua insolente, que quema sobre mi piel. Yo dejo escapar un sonido estrangulado, él vuelve a llegar al capullo. Lo rodea lentamente con la punta antes de separarse de mí, dejando únicamente un hilillo de saliva conectado entre los dos.

-Parecía que no era la primera que te llevabas a la boca, gatito.

-Aw, ¿estás celoso? –jadeo, y, con un movimiento seco de cadera, le golpeo en la mejilla, lo que le deja una marca brillante y pegajosa.

Él chasca la lengua, y vuelve a atrapar mi rabo entre los labios, aunque esta vez se aventura a ir más allá. Mucho más. De hecho, se lo traga entero, hasta rozar mi cuerpo con la nariz, y aun así, sus ojos siguen clavados en los míos. Tentándome.

Yo le sostengo la mirada, pero no puedo evitar despegar los labios en un gemido mudo. El color oscuro de los labios de mi protégé se me queda grabado en las retinas por alguna razón.

A partir de ahí, todo se vuelve un poco confuso en mi cabeza. Sus yemas acariciándome las caderas (en círculos), los labios envolviendo mi polla (dentro y fuera), mi dedos aferrándole el cabello y dictando el ritmo (arriba y abajo). Me escucho gemir primero su nombre (mis dedos casi haciendo surcos en la madera), insultarlo a voz en grito después (mientras me estira del frenillo con los dientes). Y ésos ojos del color del anticongelante hundiéndose en mi piel en todo momento, dejando una marca indeleble.

Puede que esto debiera aterrorizarme, pero, sinceramente, prefiero levantar las caderas y hundirle a Raymond mi polla en la garganta hasta descargar dentro de su cuerpo.

Ahora reconozco la música.

El cigarrillo cuelga de los labios todavía enrojecidos de Ray y asciende hasta el techo en volutas azuladas. Yo sigo su movimiento sinuoso desde la banqueta, mi hombro pegado al del otro otra vez en la banqueta.

Como si nada hubiera ocurrido.

-Así que, ¿estás enamorado de mí, Louis?

Por primera vez, Raymond no me mira. Está pendiente del movimiento de sus dedos sobre el teclado, aunque estoy seguro de que no le hace falta hacerlo. Yo dejo escapar una risa ronca.

-Ni aunque fueras el último hombre sobre la faz del planeta ni en todos los confines del universo conocido y desconocido. Ni aunque tuviera el cañón de un revólver en la nuca y la vida de un montón de cachorritos estuviera en mis manos. Ni aunque una catástrofe nuclear dependiera de ello. Ni lo estoy ni lo estaré. Jamás.

Él suelta un sonido de satisfacción que parece fundirse perfectamente con la música y continúa tocando. Las notas son largas, el tempo, lento. Pronto me noto entumecido y adormecido. Es una sensación agradable, a mi pesar.

-No sabía que tocaras el piano también –me sincero, y entonces se me escapa un elogio:-. Eres demasiado bueno para ser puto.

-Te sorprendería saber la cantidad de cosas que no sabes de mí.

Cierto.

– Pues deberías recompensarme por haberte aprovechado de mí estando borracho.

-Ya he dicho que lo siento, gatito.

-Ya. Buen intento, Raymond.

La música cesa con un par de notas apenas audibles. Ray me mira de reojo, se relame los restos de mi corrida y se encoge de hombros.

-Sí, fue un buen intento. Pero no me digas que al final no mereció la pena.

Y vuelve a enseñarme los dientes.

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