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De lujo (Chapitre 10: Ray)

10

Un dolor sordo en la mandíbula despertó a Ray.

Su cuerpo, forzado en una posición antinatural, aullaba de dolor sólo con respirar. Tenía la cara pegada al suelo, y la superficie sobre la que estaba apoyada se encontraba ligeramente húmeda y pegajosa.

Entreabrió un ojo, despacio. Lo primero que vio fue el manchado dibujo en arabesco de la alfombra bajo su mejilla. Lo segundo, el reflejo de las llamas del hogar en los mocasines impolutos de Hans.

-Vaya, vaya. Nuestro bello durmiente despierta al fin.

El dueño de la mansión estaba a un metro escaso de él, sentado en el reposabrazos de un sillón orejero. Su voz le golpeó el cerebro con fuerza. Era real, algo casi físico que le hizo estremecer a pesar de las protestas de sus articulaciones. Un sentimiento acuciante comenzó a cerrarle el estómago e intentó abrir el otro ojo, pero una costra de sangre le bañaba ese lado de la cara, inmovilizándola.

Al verlo moverse débilmente, Hans abandonó su posición cerca de la chimenea e inició un lento paseo por la sala. Ray trató de ubicarse en el espacio y el tiempo, pero dentro de su cabeza los recuerdos formaban una maraña confusa. Su mente funcionaba a mínimo rendimiento, como una máquina escacharrada. Cerró el ojo. Los contornos del mundo habían empezado a difuminarse y confundirse entre ellos.

Su oído, no obstante, funcionaba lo bastante bien como para escuchar a la perfección los pasos de Hans detenerse cerca de su cabeza.

-Parece ser que no estaba en lo cierto cuando pensé que se te habría pegado algo del instinto de conservación de Erik, chico.

La punta del zapato se clavó en su mejilla y él se vio forzado a mover sus músculos para colocarse de espaldas sobre la moqueta. Los brazos, que tenía fuertemente amarrados a la espalda, respondieron con una oleada de dolor que provocó una lluvia de chispas rojas tras sus párpados.

Él dejó escapar el aire a través de los dientes, pero no emitió ningún sonido. Volvió a abrir el ojo, y se encontró con la expresión adusta de Hans, que lo miraba desde arriba sin apartar el pie de su cara.

-¿Es esto lo que querías conseguir? -dijo, una nota de disgusto en la voz. Entonces levantó algo que llevaba en la mano (un largo bastón de paseo), y aunque el cerebro de Ray no supo reconocerlo, todos los músculos de su cuerpo ignoraron el dolor para tensarse con la visión. Hans se limitó a hundir la punta en uno de sus costados, aunque ello bastó para hacerle casi brincar en el sitio-. ¿O es que disfrutas llevando al límite mi paciencia?

El fuego crepitó un instante en el silencio. Su mecenas volvió a alzar el bastón.

-¿No teníamos un trato, Raymond? ¿No crees que te he dado suficiente manga ancha dejándote vagar por la ciudad con esa vagabunda resabiada que tienes por amiga? -Ray desvió la vista. En la chimenea, las llamas tenían un color cálido y agradable. Nada que ver con el brillo acerado en los ojos de Hans, el cual estaba torciendo la boca en un rictus de odio-. Mírame a la cara cuando te hablo, maldita sea.

El impacto de la vara de madera en su vientre lo dejó sin aliento y lo hizo doblarse sobre sí mismo. El mundo se convirtió en una mancha color bermellón asfixiante antes de volverse horriblemente brillante y nítido: el dibujo de la alfombra, el naranja ardiente del fuego, los zapatos brillantes de Hans; todos los colores hirieron sus pupilas al tiempo que él boqueaba por aire, igual que un pez fuera del agua.

Mientras él se retorcía en el suelo, Hans arrojó el bastón lejos. Estaba gritando algo, pero Ray no podía oír otra cosa que no fuera un molesto pitido en los oídos. Su mente no hubiera podido concentrarse en el sonido, de todos modos, no cuando su cuerpo entero era una fuente de dolor pulsante.

Tardó algo más de lo acostumbrado en recuperarse del golpe. Dentro de aquellos muros no había peleas callejeras. El mundo le había arrancado a Erik y la vida al pie del cañón, y lo había ablandado con una existencia monótona al lado de Hans. Y seguramente ese mundo también lo había vuelto un poco estúpido, porque en su vida anterior jamás se le hubiera ocurrido desafiar a su mecenas de forma tan escandalosa.

Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a tomar forma conforme su respiración volvía a regularse. El chute de adrenalina había espabilado a sus neuronas. Y al rememorar lo ocurrido se sintió un soberano estúpido por creer que escabullirse de Hans sería tan fácil como saltar el muro que cercaba sus dominios y echar a correr.

Pero me asfixio. Fue lo que pensó al incorporarse sobre un codo y observar, con la vista desenfocada, la mancha granate oscuro que salpicaba la alfombra debajo de él. Me asfixio.

Esa sensación, la de una mano cerrándosele alrededor del cuello, lo estaba matando lentamente. Y esa mano pertenecía a Hans.

-Crees que sigues siendo el perro callejero que eras con Erik –su mecenas se detuvo frente a él. Desde arriba, Ray tenía una perspectiva en contrapicado de su cara que lo hacía parecer una especie de dios terrible-, pero ahora llevas correa, Raymond. Y quiero que te quede claro de una maldita vez: puedes tirar de ella todo lo que quieras, revolverte y morder la mano que te da de comer –en un gesto enfático, Hans alzó la mano izquierda. Tenía los nudillos hinchados y resentidos. Él imaginó que aquello tendría algo que ver con el dolor intenso de su cara, pero no recordaba exactamente cuál era la relación entre esas cosas-. Siempre volverás aquí. Tanto si es de forma voluntaria o si, por el contrario, los chicos tienen que volver a traerte a rastras desde la otra punta del mundo. Siempre volverás aquí, y lo único que puedes hacer al respecto es no intentar tratar de huir otra vez para ahorrarnos a todos tiempo y esfuerzo.

Ray parpadeó. Si se concentraba podía sentir el collar metafórico de Hans alrededor de su cuello. Agotado, volvió a apoyar la cabeza contra la alfombra.

Hans suspiró larga y profundamente. Él lo había oído respirar igual antes de arrancarle todas las uñas de las manos con unos alicates a un tipo que había intentado quedarse con una décima parte de un botín, hacía unos años. Suspiraba como si tratar con él se hubiera convertido en otra tarea desagradable de ese estilo, como si Ray se hubiera convertido en un elemento discordante de la banda, igual que su padre.

De hecho, lo era.

Hans se pasó la mano por la cara antes de acuclillarse a su lado. Tenía el pelo rubio algo apelmazado y revuelto, bolsas bajo los ojos. La banda no estaba pasando por su mejor momento, y aparcar su apretada agenda durante dos horas para apalearlo a él debía producirle dolores de estómago. Lo miró como quien mira a un perro que se sigue meando en la alfombra, con un cierto gesto de desdén añadido en la cara.

-Ya conoces de sobra a mis perros, chico -Hans tenía dos chuchos; un par de dóbermans con las orejas y el rabo recortados y nombres pomposos que la memoria de Ray nunca llegaba a retener. Eran devotos hasta la náusea con su amo, pero a él lo perseguían con pasos mudos por toda la mansión, la cabeza gacha y los ojos brillando de forma amenazadora. No eran agresivos por naturaleza, pero parecían querer dejar claro el límite entre Hans y él-. Pura raza, hijos de un campeón. Fue un regalo estupendo, pero vinieron con un hermano rabioso e incapaz de obedecer una orden simple. No pongas esa cara, no es ninguna analogía. Ese pequeño hijo de puta se hizo enorme en menos de dos semanas y le arrancó un dedo a Jordan de un mordisco. Ni siquiera podía convivir con sus hermanos. Así que yo mismo le pegué un tiro entre los ojos antes de que se nos fuera de las manos.

Ray no pudo contener una sonrisa burlona. La costra de sangre se resquebrajó sobre una de sus comisuras con un tirón doloroso.

-Ahora viene la moraleja, ¿no? –susurró, casi sin mover los labios. Su voz sonó como si acabara de tragar cristal.

En un movimiento veloz, Hans lo agarró del cabello y tiró hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura. El dolor en el cuero cabelludo fue ridículo comparado con la sonora protesta de su vientre magullado. Aun así, y como siempre, no emitió ningún sonido. Sostuvo la mirada de Hans sin dejar que la ira burbujeante en ella perturbara su faz inexpresiva. No es que no quisiera transmitirle a su hospedador lo que ocurría dentro de su cabeza; es que nada de lo que se sentía era lo suficientemente significante como para exteriorizarlo.

Tampoco se movió cuando Hans apretó el cuchillo contra su piel, sobre la carótida.

-La moraleja es que ahora mismo podría degollarte como a un animal y dejar que te ahogaras en tu propia sangre encima de esta alfombra –dijo en voz queda, sin inflexión de tono. Seguramente hubiera empleado el mismo timbre monocorde si estuviera hablando del tiempo con alguno de sus subordinados-. Tal vez no cortaría tan profundo. Me sentaría ahí delante y vería cómo te desangras durante unos diez, quince minutos como mucho. Luego te cortaría en cachitos y mis perros darían cuenta de tus huesos. Y estoy seguro que en menos de tres días ya nadie preguntaría por ti. ¿Es ahí a donde quieres llegar? ¿Es hasta ese punto donde me quieres llevar, Raymond?

El cuchillo era frío al tacto, pero el calor del cuerpo de Ray había terminado por templar el metal. Como si éste estuviera extrayéndole la vida del cuerpo lentamente. El chico se preguntó qué se sentiría. Al morir desangrado, claro. Su morbosa imaginación escenificó el filo abriendo su carne en un corte fino y limpio, un dolor tan vivo como las tonalidades un cuadro impresionista, el calor viscoso descendiendo por su cuello. Los colores apagándose, el mundo echando el telón por última vez.

Su estómago dio un tirón tan fuerte que sintió el deseo real de vomitar sobre la alfombra.

Pero al mismo tiempo, la voluntad hipnótica de inclinarse sobre el cuchillo inundó sus terminaciones nerviosas del mismo modo que un veneno letal.

Cerró los ojos. Veía luces brillantes contrapuestas con la oscuridad de sus párpados. Hans incidió en su piel con el cuchillo, y él percibió un dolor agudo y fugaz. El estallido de una pequeña supernova. Su corazón enloqueció. Sístole y diástole, sístole y diástole. Un mensaje desesperado en morse activado por un mecanismo biológico de defensa que Ray era incapaz de comprender.

No dejes que esto pase, sigue adelante, sigue luchando, sigue luchando. Esto no puede acabar. NO PUEDE ACABAR.

Sin embargo, lo que su cuerpo no entendía es que aquella era la única salida.

Ray despierta de golpe, arrojado a la realidad como a una piscina llena de agua helada. Se incorpora con brusquedad, la respiración dolorosamente acelerada e irregular y la sangre tronando en sus oídos, mientras un sudor gélido le recorre los músculos agarrotados de los hombros bajo la piel. El brillo metálico del cuchillo de Hans sigue deslumbrándolo, una imagen que se resiste a abandonar sus retinas y que se mezcla y superpone con los contornos del cuarto en penumbra del Chat. Su cuerpo termina de tensarse de forma automática. Una sensación desagradable de irrealidad le sube por la garganta. Se escucha jadear.

Me asfixio.

Está tan concentrado en luchar por desvincular el sueño del ahora que la voz que resuena en su oído casi le provoca un infarto.

-Ya está, ya está –antes de que él pueda reaccionar y volverse hacia la fuente del sonido, algo caliente y suave le roza la cabeza. Desconcertado, parpadea en la semioscuridad, pero la mente se empeña en arrastrarlo de nuevo al conflictivo mundo de su memoria, y se ve obligado a dirigir la vista hacia la ventana. Las imágenes que afloran son demasiado perturbadoras todavía-. Sólo es una pesadilla.

Ray espira entre dientes. Le duelen vagamente los dedos. Cuando se atreve a mirarse las manos, se encuentra con unos nudillos blanquecinos apretando las sábanas.

-Todo va bien –insiste la voz, que suena algo ronca y arrastra las vocales. El prostituto se concede un último segundo de observación de sus propias manos antes de volver la cara en su dirección.

La luz del exterior incide en el rostro soñoliento de Louis, otorgándole un aspecto fantasmal. Tiene un ojo entrecerrado y su boca se tuerce en una sonrisa que el vodka hace algo burlona. Él tarda un poco más de la cuenta en percatarse de que el escritor borracho y medio dormido es el dueño de los dedos que reposan sobre su cabeza.

-Ya no estás dondequiera que estuvieses –la mano de Louis trata de empujarlo con torpe suavidad de vuelta a la almohada. Ray no sabe muy bien en qué momento ni cómo se ha quedado dormido en su cama. Él nunca duerme ahí. Siempre lo hace sentado en la silla que hay junto a la ventana, con la cabeza apoyada en el cristal, y nunca más de unas pocas horas.

En cualquier caso, está tan tenso y Louis es tan poco consciente de sí mismo que éste ni siquiera es capaz de moverlo un centímetro, y el escritor no tarda en desistir y quedar inmóvil, todavía apoyado en Ray. El contacto desorienta al prostituto, que aún se aferra a las sábanas, mirando a Louis de reojo, sin creerse mucho que ahora está en este mundo y no en el de Hans.

-Se acabó –prosigue su compañero, afable. Sus palabras son cada vez más incomprensibles, pero él sólo escucha la cadencia de su voz-. No tengas miedo. ¿O es que un tío duro como tú tiene miedo de algo? No, claro que no. Venga. A dormir.

Terminado el vacilante discurso, Louis se desliza hasta quedar desmadejado en la cama, como si se lo hubiera ordenado a sí mismo, y su frente queda apoyada en el muslo de Ray.

Inspira. Espira.

Ya no vuelve a moverse. Se queda donde está, despanzurrado bocarriba. Ray observa en silencio la curva entre el cuello y los hombros que su camisa abierta deja entrever. Sube sin prisas por su mandíbula, con ésa sombra casi permanente de perilla en el mentón. Deja arrastrarse la vista por sus labios entreabiertos, pasado después por la nariz fuerte y algo respingona de su compañero hasta llegar al rebelde flequillo ondulado. Lo estudia como si quisiera buscar en él la forma de desentrañar los secretos más profundos del universo. Louis duerme plácidamente, sin moverse, y la sensación de control que embarga a Ray al verlo relaja un tanto la tensión en sus músculos. Pero no es suficiente para borrar de su mente el rojo de la sangre manchando esa alfombra.

Suelta las sábanas. Tiene los dedos entumecidos, aunque ello no le impide inclinarse sobre Louis para rodearle las muñecas. Su compañero vuelve a abrir un poco los ojos, sólo un pequeño destello azul, aunque enseguida vuelve a sumirse en el sueño con una pasividad extraña. Ray lo sujeta contra la almohada durante un momento, experimentando de pronto algo tan intenso que un escalofrío recorre de arriba abajo su columna.

El cuerpo debajo del suyo es sólido, no se desmorona con su tacto para retrotraerlo a la oscuridad de sus recuerdos. No está viviendo un sueño, no ha vuelto a las calles húmedas de Ámsterdam. Sigue respirando, a pesar de todo.

Aunque eso no cambia nada.

Sólo una jaula por otra. Se dice, con amargura, y despega los ojos de la figura delgada de Louis para barrer la habitación. Aprieta los labios.

-Me asfixio –susurra, antes de levantarse, recuperar su sudadera y huir escaleras abajo.

Ava Strauss está en el centro del enorme salón principal del Chat, que se encuentra abarrotado de vestidos de cóctel y chaqués que podrían pagar la deuda externa de varios países europeos. Todo está decorado al milímetro, con la pulcritud elegante que caracteriza al club. Ava agita el contenido de su copa suavemente, distraída. El suelo de mármol blanco refleja las miles de diminutas bombillas engarzadas en su lámpara de araña de cristal. Ella la mira con disgusto desde abajo, sin prestar atención a la infernal perorata de uno de sus inversores (Robert Bonnet, o algo así), que la acosa desde que dio comienzo la fiesta de Navidad para intentar impresionarla con datos que no le interesan lo más mínimo. La araña es totalmente tópica y algo hortera, pero fue un regalo de su difunto padre. Nunca se ha sentido con fuerzas para quitarla y cambiarla por una iluminación más moderna, y lo cierto es que es uno de los detalles del salón que más alaban sus clientes. Precisamente ahora el estúpido de Robert está intentando atraer su atención hablando del maldito trasto. ¿Qué dice, que es magnífico? Sí, magnífico para un palacete dieciochesco de poca monta. Dios, qué ganas de que acabe ese infierno. Los zapatos la están matando y Aleksandr ha entrado trastabillando en el salón a medianoche para tropezarse con madame Olivier y ponerla perdida de barro y nieve. Por fortuna a ella los encantadores lloriqueos del chico le han parecido suficiente disculpa. El ruso tiene suerte de ser tan mono como para derretir los fríos corazones de las cincuentonas que acuden al Chat.

Ava sacude la cabeza. Robert está hablando ahora de su empresa informática. Pero qué hombre más pesado. Aburrida, intenta que su lenguaje corporal le transmita a su acompañante que no tiene ganas de seguir con esa conversación, y al dejar que hable mientras ella se interesa en las personas a su alrededor, ve algo interesante.

Raymond se desliza por la sala, pegado a la pared, caminando por detrás de las cortinas con pasos largos. Nadie excepto Ava parece haberlo visto. Aunque parezca extraño (el egocentrismo del prostituto siempre lo hace ser el protagonista de todos los desvelos de sus clientes y de los desastres que ocurren en el club), Ray tiene la asombrosa capacidad de pasar desapercibido cuando le interesa y esfumarse de un plumazo. La propietaria del Chat lo sabe de sobra; ésa capacidad le ha costado más de un quebradero de cabeza.

Hoy, sin embargo, su díscolo trabajador no parece estar escaqueándose sin más. Camina rápido, con los hombros encorvados y los labios convertidos en una línea fina y blanca. Ava agita su copa una vez más, viendo cómo desaparece por la puerta principal, en dirección al hall. No hace nada por detenerlo. Volverá. No tiene más remedio que hacerlo.

Suspira, y vuelve a contemplar su lámpara de araña. Frunce el ceño ante las bombillitas y el discurso de Robert, pero su mente divaga lejos. Por más que lo intente, no puede evitar preocuparse por el aumento de la frecuencia de esas escapadas crepusculares. Sabe que no debería sentir nada por el muchacho; ésas son las órdenes. Nada de lástima, nada de compasión. Sólo mantener al pájaro dentro de la jaula. Ya hace bastante dejándolo volar en círculos por la ciudad.

A veces todo eso es simplemente complicado.

Ava Strauss se frota el puente de la nariz con el índice, agotada. Odia esa maldita lámpara, la fiesta se está desarrollando de forma desastrosa y Robert va a hacer que le estalle la cabeza. Todo es complicado, en realidad, y ella no tiene tiempo de preocuparse por Raymond.

Así que da media vuelta, dejando a su acompañante con la palabra en la boca, y abandona la sala con paso digno.

La mano gélida de diciembre golpea a Ray en la cara justo después de haber conseguido que Makoto le abra la puerta principal. Fuera, y a pesar de los comercios festoneados de luces, nieve artificial y Santas de todas las formas y colores, las ciudad de París hace rato que dormita. Él toma una bocanada de aire helado antes de que sus pies comiencen a arrastrarlo sin rumbo. No puede pensar en nada, sólo es muy consciente de todas sus funciones vitales. De cómo la maquinaria de su biología sigue moviendo engranajes para mantenerlo respirando, a pesar de todo. Con esa certeza en mente, acelera el paso, la nieve crujiendo ruidosamente a sus pies.

El movimiento en el Pont des Arts es, por suerte, escaso a esas horas, y Ray se acerca a la barandilla enrejada y sembrada de candaditos. Se supone que están ahí para sellar el amor de sus propietarios, pero nada es eterno, el amor no va a ser una excepción; cualquier parisino sabe que el ayuntamiento se ve obligado a retirarlos periódicamente para evitar que su peso haga derrumbarse a toda la estructura.

El prostituto los ignora. No es eso lo que ha ido a buscar. El metal de la barandilla está frío y bajo él, las aguas oscuras del Sena fluyen silenciosas e inmutables. Ray suelta de golpe todo el aire que llevaba guardando en los pulmones desde que salió del Chat, rígido como una tabla.

El río, el río siempre ha sido una de las mejores opciones. Hay algo atractivo en el movimiento incesante de la corriente, en cómo las aguas devorarían y harían desaparecer a cualquier cosa que cayera en ellas.

Desaparecer para siempre.

Volviendo a coger aire, se inclina sobre la baranda. Como de costumbre, se está preguntando si esa altura bastará. Ladea la cabeza, lo que provoca que el flequillo desgreñado le cubra un ojo. Parece que sí, aunque necesita inclinarse un poco más, sólo un poco más, y cuando su torso queda suspendido en el vacío, un escalofrío eléctrico le recorre el sistema nervioso.

Algo muy adentro de su cerebro grita desesperado.

Pero él se inclina todavía más.

Un segundo después, vuelve a estar de pie en el borde y una mano le sujeta fuertemente el hombro. Una mano de cuatro dedos.

-Cuidado, muchacho –la voz a su espalda es áspera y le acaricia la oreja. Ray intenta que el oxígeno entre en su cuerpo, pero un nudo en el pecho se lo impide. El río sigue fluyendo, al alcance de su mano, y al mismo tiempo tan lejos-. A nadie le gustaría que un chaval como tú sufriera un accidente.

Oye una suave risa a su espalda al mismo tiempo que Jordan retira la mano mutilada de su hombro. Él permanece quieto, frente a la barandilla. Su estómago parece de repente un agujero negro capaz de devorar cualquier emoción.

No ha cambiado nada.

-Ven, pajarito –el tipo, de altura y corpulencia monstruosamente desproporcionadas, echa a andar sin volver la vista. Ray lo sigue tras un instante de contemplación, sin despegar la vista del suelo blanquecino. Hacía tiempo que no veía al matón de Hans. Todo sigue igual que siempre-. Es hora de volver a tu jaula.

Ray creyó que algo enorme y vacío se desgarraba en su interior cuando el filo del cuchillo abandonó su cuello y cayó a un lado con estrépito metálico. El arma resplandeció con el color de las llamas, y él sintió que el suelo a sus pies se sacudía. Jadeó. Era incapaz de despegar la mirada de aquel objeto, que todavía tenía algo de su sangre salpicando el metal. La cabeza le palpitaba dolorosamente. No oyó a Hans levantarse, ni a sus perros alborozarse por el pasillo.

Ni siquiera sabía si estaba asustado o aliviado.

Temblando, se obligó a mirar al frente. Su mecenas volvía con un barreño de agua y un trapo. Dejó ambos objetos sobre una mesa auxiliar al ver el gesto atormentado del chico y se acuclilló a su lado.

-No me digas que estás acojonado, Raymond -siseó, una sonrisa cruel asomando a sus comisuras, y se inclinó para rodearlo con los brazos. Él se envaró, pero Hans sólo quería desatar el nudo de sus muñecas-. ¿O es que lo has entendido por fin? -añadió en apenas un susurro, antes de arrojar la cuerda y volver a la misma posición de antes. Al ver la expresión vacía del otro se relamió y alargó los dedos para recuperar el cuchillo y mostrárselo, alzándolo por el mango-. ¿Quieres salir de aquí? Esta es la única llave. Ojalá ahora te quede claro de una vez por todas.

Su mecenas hizo oscilar el objeto entre los dedos un instante. Ray jugó a enfocar y desenfocar la vista, difuminando y perfilando los contornos del cuchillo. Entonces, y movido por un impulso eléctrico, movió el brazo en un movimiento fugaz y le arrebató a Hans el instrumento de las manos, al tiempo que reculaba rápidamente. La sangre se le escurrió por la muñeca desde la palma, aunque él no sintió el dolor del corte. Sin pensarlo, se llevó el filo ensangrentado al cuello y miró a Hans, que aguardaba inmóvil, un amago de sonrisa en la boca.

-Sólo está a un paso de salir de esta casa, caballero. Usted dirá a qué sucio rincón prefiere que arrojemos su cadáver. ¿O quizá deberíamos buscar la misma cuneta en la que te encontró Erik? Sería muy propicio, ¿no crees? Acabar en el mismo lugar del que saliste.

Un zumbido en los oídos impidió a Ray escuchar la última parte de la frase. Tenía la boca seca, el cuchillo pesaba en sus manos. Trató de hundírselo en el cuello, pero el mundo estaba girando vertiginosamente a su alrededor y las manos le temblaban descontroladamente. Falló, rasguñándose sin más por encima de la clavícula.

Tragó saliva. Le dolía el pecho, como si una parte de él estuviera tratando de partirlo en dos y separarse para siempre, mientras que la otra hacía lo imposible por mantener a la unidad intacta. Como si una fuerza invisible tirara de su mano para alejar de sí el cuchillo. Y esa parte debió ser la que se impuso sobre la otra, porque en una sacudida el arma se le resbaló de entre los dedos y golpeó la alfombra.

Hans sonrió. Él contempló el objeto, mudo, hasta que el otro lo recogió del suelo y lo puso fuera de su alcance. A partir del instante en el que el cuchillo hubo desaparecido de su vista, los temblores cesaron de golpe y Ray volvió a sentirse como una cáscara de nuez. Vacío por dentro, con únicamente el dolor intermitente que le proporcionaban sus terminaciones nerviosas alterando ese estado.

-Instinto de conservación, Raymond –Hans se sentó junto a la mesa auxiliar, de nuevo en el reposabrazos del sillón, y con una mano mojó distraídamente el paño en el barreño-. Deberías haberlo visto ya.

Ray lo había visto, en todos los hombres que alguna vez osaron traicionar a Hans. Él estaba recibiendo un trato extraordinario, por supuesto. Debía sentirse afortunado por conservar todas sus uñas y dientes, pero no tenía fuerzas para expresarlo. Hans prosiguió, sin esperar contestación:

-Sólo somos animales deseosos de seguir existiendo. Asquerosos y cobardes animales. –Ray escuchó un chasquido y a continuación le llegó un jirón de humo-. Ven aquí. Estás sucio.

Él tardó unos segundos en enviar la orden a sus músculos, pero obedeció y se arrastró penosamente hasta Hans. No lo pensó demasiado y apoyó la mejilla ilesa en su rodilla. Estaba demasiado cansado y turbado para analizar con claridad lo que hacía.

-Buen chico –murmuró el otro. Ray sintió el trapo húmedo ablandar con un cuidado casi milagroso la costra de sangre en su cara-. No entiendo por qué intentas hacerlo todo tan difícil, Raymond. Jordan ya me ha hablado del lío que montaste cuando los chicos fueron a sacarte de ese agujero del Barrio Rojo en el que vive tu amiga –Hans chascó la lengua y frotó con más fuerza, hasta casi hacerle daño-. Llegó sangrando como un cerdo en matanza y yo llegué a pensar que a alguno de los perros se le había ido la pinza. Pero resulta que no, que el único causante de esos seis puntos de sutura en el dorso de la mano eres tú. No creo que Erik te educara para convertirte en un animal salvaje que va mordiendo a la mano que le da de comer.

Ray cerró el ojo y dejó que le limpiaran sin moverse. Oía el runrún de las palabras de Hans, pero había dejado de analizar el discurso. Aún sentía el filo frío en su cuello.

¿Por qué no había podido hacerlo? Llevaba meses planeando aquello con meticulosidad. Ya sabía que no podría esconderse mucho tiempo en casa de Ellie, así que había aprovechado para organizarlo todo en una de las salidas de la guitarrista. Después de pensarlo largamente, había decidido que el cuchillo era la única forma viable. Era una faena hacerlo en casa de su amiga, pero no tenía tiempo de buscar otro sitio. No lo tuvo para nada, de hecho.

Y ahora ni siquiera había podido hacerlo.

Mientras él divagaba, Hans enjuagó el trapo y dio una última pasada a su cara.

-Levántate –dijo, sacudiendo la rodilla en la que se apoyaba Ray-. Y quítate ese trapo andrajoso.

Su voz sonaba grave y suave de repente. Menos como un padre aleccionador y más como… otra cosa. Él se puso en pie con dificultad, con la sensación de una mano helada estrujándole el estómago, y se despegó la camiseta. Inmediatamente después, Hans dejó su posición en el sillón con un crujido y su aliento acarició la nuca de Ray, erizándole todo el pelo del cuerpo. Al chico le sorprendió el contacto de algo cálido entre sus omoplatos. Su mecenas debía haberse dejado olvidado el trapo y el agua, sustituidos ahora por una mano que le agarró la base del cuello, en un apretón firme y autoritario.

-Siéntete afortunado, muchacho –escuchó, de forma apenas audible, aunque bien clara-. Porque te libré de una existencia penosa con el paquete de Erik. Porque después de la que has montado hoy podría haberte hecho pedazos igual que hice con él, y sin embargo aquí estás. Porque Jordan lleva meses queriendo romperte todos los dedos de las manos para que no puedas volver a tocar jamás ese dichoso violín y yo no se lo he permitido.

Una dedos aún húmedos buscaron los de Ray y tiraron hasta ponerlos a la altura de sus ojos. Él trató de imaginarlos retorcidos y rotos, intentando colocarse fútilmente en el mástil de su instrumento. La angustia formó una bola sólida en su garganta sólo de pensarlo.

Hans soltó su mano y se paseó por la pequeña colección de magulladuras que Jordan y el resto de matones se habían encargado de dejarle después de dejar el bajo de Ellie patas arriba. Allá donde pasaba dejaba un rastro húmedo, descendente.

-Tienes que aprender cuál es tu sitio aquí –silabeó. Su cuerpo se pegó al de Ray al rodearle la cintura (esta vez sí) con el brazo seco. El calor que le transmitió era envolvente. Agobiante.

Asfixiante.

-Pronto harán dos meses desde que viniste, ya va siendo de que asumas quién eres y cuál es tu único cometido en esta casa.

Ray quiso hacer algo cuando la mano mojada de Hans se aventuró por debajo de su pantalón; cualquier cosa. Probablemente escabullirse y deambular por las oscuras calles de Ámsterdam durante un par de días, como solía hacer con Erik. Pero ahora no podía. Hans lo retenía, y no sólo metafóricamente. Una mano sujetándole con firmeza el hombro, otra en su entrepierna, su aliento en la nuca. No podía huir, de ninguna manera.

Hans le acarició por debajo de la ropa interior y él separó los labios, aunque no llegó a emitir ningún sonido.

-Aun así… -la barba de su mecenas le rascó el cuello. El chico centró la mirada en el fuego en el hogar, hasta que pareció que todo el mundo se reducía al movimiento serpenteante de las llamas-, ¿cuántos tienes aún, dieciséis, diecisiete? Diecisiete, sí. Todavía eres lo bastante joven como para seguir siendo estúpido a veces.

Los dedos dentro de su pantalón abandonaron las caricias para rodearle con fuerza la polla. Él se estremeció e involuntariamente hizo ademán de escapar, y entonces Hans afianzó la mano de su hombro y lo empujó hacia atrás en un movimiento sorpresivo que lo hizo caer de espaldas al sillón.

El recipiente del agua se volcó en la alfombra, derramando todo su contenido sanguinolento.

La voz de Hans se clavó en su piel mejor que el filo del cuchillo.

-Pero el que sigas siendo estúpido todavía no quiere decir que no merezcas un correctivo.

Ray intentó incorporarse, pero el alemán fue más rápido de reflejos y se abalanzó sobre él, agarrándolo del cuello y clavándolo al respaldo.

-Ya estoy harto de este juego, ¿sabes? –siseó. Ray le respondió con una patada que Hans encajó casi sin inmutarse-. Ni se te ocurra intentar escurrir el bulto otra vez, muchacho.

De un tirón, le arrancó los pantalones; el chico se revolvió como pudo y volvió a sacudirle con la pierna en un lado del cuerpo, aunque lo único que consiguió fue que la mano en su cuello se cerrara a su alrededor con fuerza y que la que quedaba libre le levantara el pie con el que le había golpeado, dejándolo expuesto.

-No –jadeó él, apretando los dientes. Hans le dedicó una sonrisa torcida, y Ray pudo atisbar un segundo la fugaz visión del miembro venoso del alemán antes de que éste se hundiera en su cuerpo-. ¡Joder!

Se oyó gemir, un sonido inarticulado que pareció llenar la habitación, igual que la polla de Hans lo llenaba a él por dentro, dura como el acero. El dolor lo sacudió y paralizó en el sitio durante un instante en el que sintió relajarse ligeramente la presión de su cuello, incluso los dedos de su mecenas acariciándolo. Fue sólo un espejismo, claro está, porque la humillación de verse doblado como un muñeco de trapo lo hizo patalear de nuevo, y la mano de Hans volvió a ejercer automáticamente la presión férrea de antes. Sintió que se quedaba sin aire, al mismo tiempo que una nueva embestida hacía temblar al sillón y retorcerse a él, en una mezcla vergonzosa de dolor y placer.

-Siempre eligiendo la vía difícil… -barbotó Hans, remarcando cada palabra con golpes de cadera que, unidos a la falta de oxígeno, hacían ver a Ray luces brillantes detrás de los párpados-. ¿Es que nunca aprendes?

El otro intentó agarrarle el brazo que lo sujetaba contra el sofá y cerraba sus vías respiratorias, pero sólo logró hacerle un pequeño rasguño. El alemán lo penetraba con sacudidas secas y rápidas, sin detenerse, y él notó que se quedaba sin fuerzas. El mundo se emborronaba rápidamente a su alrededor mientras el dolor se convertía en una molestia sorda, sustituido por una sensación hormigueante y agradable. Demasiado agradable. Tembló, boqueando cada vez que Hans lo ensartaba, cada vez con más fuerza, haciendo que se le saltaran las lágrimas. Y esa sensación lo invadía y amenazaba con llenarlo y eliminar todo el dolor para ahogarlo en un deleite insoportable.

Y justo cuando todo se volvía oscuro y él sentía que no podía más, que iba a romperse en mil pedazos, algo caliente y viscoso se deslizó dentro de él y sobre su piel. La presión en su cuello desapareció y sus pulmones recibieron de golpe todo el aire que les había faltado, provocándole un débil espasmo de tos. Entre brumas, y sin poder moverse, medio vio cómo Hans se guardaba el pene en el pantalón, indolente, y le dedicaba una mirada condescendiente. Con una mano, rozó los restos de semen (su propia corrida) de su vientre y luego se los restregó por la cara.

-Sólo eres otra mascota, Raymond. Quizá un poco por encima de mis perros, pero una mascota a fin de cuentas. Y deberías estar agradecido de que te haga sentir cosas que jamás hubieras podido imaginar, de forma exclusiva. Pero claro, eres demasiado ególatra. Ególatra y cobarde.

Esto último lo dijo ya saliendo del salón, su voz lejana para Ray, que apenas acertó a oírlo llamar a Jordan para que se encargara de su sucio e ingrato juguete.

Me asfixio, pero no de este modo. Fue lo último que pensó, antes de sumirse en un sueño pesado y tempestuoso

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