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De lujo (Chapitre 1: Un gatito perdido. Y empalmado)

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Ante mí se yergue un edificio espectacular.

De cinco pisos y aspecto victoriano, ocupa una esquina entera con vistas al Sena en l’île de Saint Louis, la mejor y más cara zona del casco histórico de París. Un flujo continuo de tipos de aspecto distinguido hace rotar sin parar la puerta giratoria de la entrada, que está custodiada por algunos coches impresionantes, de los más lujosos que he visto en mi vida. Y encima, como para ponerle la guinda a todo, un hombre asiático enorme como un armario empotrado escruta los alrededores con mirada torva.

Parpadeo. Miro y remiro la dirección escrita con una caligrafía diminuta en el papel arrugado que tengo en la mano esperando un error, aunque no hay lugar a dudas: la misma calle, el mismo número, el mismo nombre.

Le Chat Bleu.

Inspiro hondo y me vuelvo a guardar el papel en el bolsillo. No sé por qué Alice me ha mandado aquí, sin decirme siquiera la naturaleza del empleo, a enfrentarme a mi novena entrevista de trabajo en lo que va de mes, pero pienso conseguir el puesto cueste lo que cueste. Es la única opción. Desde luego, no estoy dispuesto a volver arrastrándome a sus pies,

así que, pese a que las piernas me tiemblan como si fuesen de mantequilla, me arrastro hasta la puerta esquivando limusinas con toda la determinación que me queda en el cuerpo, los ojos cerrados y el mentón bien alto (más o menos).

Que pase lo que tenga que pasar, que pase lo que tenga que pasar, que pase…

Plas.

Ay. Mi frente.

-Eh, atontao, ¿a dónde vas tan deprisa?

Abro los ojos. Una mano enorme me cubre la cara, y a través de los dedos puedo ver los ojos rasgados del portero. Unos ojos amenazadores. De pronto me quedo paralizado, con la boca abierta. ¿No había mencionado Alice algo acerca de este tío?

-Ah… Yo…

-Mira, no soy de los que van por ahí dando tundas a piltrafas como tú, pero como no des media vuelta ahora mismo y dejes de espantarme a la clientela con ése trapo andrajoso que llevas, voy a tener que patearte el culo.

¿Piltrafa? ¿Y qué tiene de malo mi abrigo?

-Disculpe, pero yo no le he faltado al respeto –el portero nos dedica una mirada torva a mí y a mi abrigo y yo levanto inmediatamente los brazos en señal de paz-. E-espere. Creo que tengo algo que debería ver… -comienzo a buscar frenéticamente en todos los bolsillos, bajo la atenta mirada de un corrillo de curiosos trajeados y muy divinos, pero el papel no se digna a aparecer-. Debe… debe andar por aquí, lo saqué hace un minuto…

El portero se remanga, haciendo crujir los nudillos.

-Caballeros, ¿prefieren que le parta primero las piernas? –pregunta, y al momento se oye una aprobación entusiasta por parte de todo el grupo.

-Nonono, lo tengo aquí mismo, lo prome…

Antes de que pueda terminar la frase, mi cara está a la misma altura que los mocasines de los presentes y el portero me aplasta bajo su cuerpo y me retuerce un brazo por detrás de la espalda, todo ello con una alegre ovación de fondo.

¿Me puede explicar alguien por qué me hacen esto a mí? ¿Es por mi abrigo? Ya sé que lo rescaté en unas rebajas, pero yo no lo veo tan mal.

-¿Por qué os empeñáis en hacerlo todo tan difícil siempre?

-¡En mi bolsillo!

-¿Qué dices, piltrafa?

-Mire… ay… Mire en el bolsillo derecho de mi abrigo.

-¿Me estás vacilando?

¿Crees que estoy en posición de vacilarte, mono idiota?

-¡Claro que no! Llevo una carta de recomendación para Ava Strauss. Tengo… una entrevista de trabajo…

-¿En serio? Pues yo no pienso meter la mano dentro de esa cosa mugrienta a la que llamas abrigo.

Y dale. Qué obsesión.

Suspiro.

-Si me soltara el brazo, tal vez podría cogerla por usted y así dejaríamos de dar el espectáculo en plena calle –farfullo, con la cara pegada al duro pavimento.

El portero duda. Finalmente, me suelta con un gruñido quedo y yo rescato el documento, que él me arranca de las manos y lee de un tirón. Y –oh, brujería- la hostilidad desaparece y cuando, me quiero dar cuenta, el tipo me ha despegado del suelo para sacudirme el polvo del mugriento abrigo y el círculo de hombres trajeados se ha disuelto entre murmullos decepcionados.

-Ah, amigo, eso lo cambia todo –resopla, sobándose la perilla-. ¡Haberlo dicho antes!

Créeme, lo habría hecho de no ser por esas ganas tremendas que teníais tú y esos esnobs de partir piernas.

-Está… bien –balbuceo mientras me froto el brazo dolorido y lanzo una mirada de indignación a los pocos tipos que se habían quedado con la esperanza de ver correr la sangre-. No importa, eh…

-Makoto. Makoto Aikawa para servirte, piltrafa.

Y me estruja la mano, sonriente.

En cuanto pongo un pie en el recibidor del edificio, me quedo mudo de impresión. El recibidor del Chat Bleu, que no tiene nada que envidiar al exterior, es un alarde de ostentación, consistente esencialmente en amplios sofás estilo Luis XVI, una típica lámpara de araña de cristal, suelos de mármol impolutos y una enorme y mullida alfombra bermellón a juego con las cortinas de seda. Al toparme con esta visión (y con un montón de hombres distinguidos que me miran de reojo) no puedo evitar sentirme mundano y acomplejado. Todo por culpa del traje de alquiler y mi maldito abrigo de rebajas. Es tan grande la angustia vital que me germina en algún punto del vientre que termino por quitarme esto último y llevarlo en la mano de camino al fondo del recibidor, donde una chica mona y no muy mayor que yo atiende el teléfono en una especie de recepción.

-… sí, herr Zimmermann, no se preocupe, ayer mismo me encargué personalmente de comunicarle sus deseos  a Ava. Puede pasarse a firmar el contrato esta tarde, si le viene bien. ¿Sí? Estupendo, la señora le recibirá a partir de las seis y media, entonces –ella cuelga y me dedica una sonrisa profesional-. ¡Buenas tardes y bienvenido al Chat Bleu! ¿Puedo ayudarle en algo?

-Tengo una entrevista de trabajo –hago una breve pausa, en tensión, esperando como mínimo un comentario acerca de mi abrigo cochambroso, pero la recepcionista está tecleando como loca en su ordenador, sin borrar esa inmensa sonrisa de su cara de duendecillo-. Con Ava Strauss.

-A las cinco, ¿verdad? –replica, y antes de darme tiempo a contestar me informa:-. Ava le está esperando, Monsieur Daguerre. Su despacho se encuentra al final del pasillo de la derecha; no tiene pérdida, es la última puerta.

Asiento, aliviado por no haber sido placado otra vez por un portero psicópata. Aun así, y a pesar del tranquilizador e impersonal recibimiento, el temblor de piernas con el que llegué se intensifica conforme me acerco a la puerta de la que, con un poco de suerte (y un milagro, dado mi historial), podría ser mi jefa. Intento no darle mucha importancia, pero cuando doy tres toques a la puerta y una voz femenina me indica que puedo pasar, el tembleque se ha extendido a la punta de mis dedos y casi no me deja accionar el picaporte.

El despacho de Ava Strauss es pequeño y espartano en comparación con el resto del edificio; de hecho, es tan pequeño y espartano que de golpe casi deja de importarme el estado de mi abrigo. Y digo casi porque por su parte Ava destila refinamiento y clase por todos los poros de su piel, y eso no deja de imponer un poco. Es una mujer mayor, de suave pelo ebúrneo, ropa elegante y porte digno, que me estudia cuidadosamente con unos brillantes ojos azul eléctrico desde el otro lado de un escritorio de ébano ricamente tallado.

En cuanto entro me invita a sentarme frente a ella. Yo obedezco tratando desesperadamente de controlar las sacudidas de mis piernas para no caerme de la silla.

-Buenas tardes, señora.

-Sólo Ava, por dios –suspira ella-. Todas esas fórmulas de cortesía me ponen enferma y me hacen sentir vieja. Además, todos me llaman así desde que tengo uso de razón, tú no vas a ser menos.

-Perdona, Ava.

La mujer hace un gesto con la mano restándole importancia al asunto. Sus dedos cortos y finos, como de muñeca, recorren un folio sobre su mesa, una réplica de mi carta de presentación.

-Alice es una buena amiga del Chat Bleu, ¿sabes, Louis? Y supongo que tú también lo eres para ella, si no ni se le habría ocurrido mandarte aquí –suspira-. Supongo que te habrá comentado ya que éste no es un sitio corriente, ¿no?

-Eh… no realmente.

Ava levanta la vista de los papeles, una ceja en alto.

-¿Cómo?

¿Por qué me mira así? Dios. Estoy sudando como un cerdo.

-A-Alice no quiso revelarme adónde me mandaba. Dijo que ya lo vería una vez aquí y que tú me detallarías tú todo lo concerniente al empleo.

-¿Me estás diciendo que has venido hasta aquí sin tener ni idea del trabajo que se estaba ofertando?

Vale, dicho así… pues suena un poco ridículo, pero ¿qué quiere que haga? Alice casi se me tira al cuello con este asunto.

-Alice insistió mucho en que no debía saber a qué me iba a enfrentar.

Ava se me queda mirando en silencio y un instante después lanza una carcajada que me hace pegar un bote en el sitio.

-Esta criatura, siempre montando circos –menea la cabeza-. Un momento, ¿estás temblando? ¡Oh, chico, no te preocupes! A pesar de sus tendencias psicopáticas, Alice sabe lo que hace. Si te ha mandado a mi puerta es por algo.

Después de lanzarme una mirada risueña, vuelve a sus papeles. A mí me da por rascarme la nuca un poco compulsivamente. No sé por qué, pero cada vez que esta mujer abre la boca, me entra un picor insoportable por todo el cuerpo.

-En fin. Te llamas Louis Daguerre, como el fotógrafo; tienes veintitrés años y acabas de terminar tus estudios de Filología Inglesa. Caray, qué precoz –ruborizado, me remuevo en el sitio-. No tienes mal currículum si no tenemos en cuenta la ristra de jefes enfadados que has ido dejando a tu paso. Ah, ya veo que fuiste tú el causante del incendio del burguer de Pigalle la semana pasada.

Oh. Oh Alice, ¿por qué me torturas así? ¿No es suficiente con utilizarme de reposapiés por dejarme (mal)vivir en tu apartamento?

-La… cocina… Er… Digamos que no forma parte de mi… campo de conocimiento.

Ava levanta el folio para esconder una sonrisa perversa. Madre mía. El picor se propaga peligrosamente y las manos me dan sacudidas, como si tuviera párkinson. Cinco minutos más en este despacho y me da un ataque.

Estáis compinchadas, ¿a que sí?

-Bueno –carraspea-, en el Chat Bleu tenemos al mejor chef de Francia, así que aquí no vas a tener que acercarte a ninguna cocina.

Pues menos mal.

-Eh, ¿Ava? –Ella hace un movimiento de cabeza, la vista todavía fija en mi carta de presentación-. ¿Qué… qué es todo esto?

-¿El Chat Bleu?

Asiento.

Ava se toma su tiempo antes de contestar. Se recuesta en su sillón, enciende un largo cigarrillo y exhala una enorme nube de humo azulado delante de mi cara.

-Louis –dice al cabo, ignorando mis estremecimientos-. El Chat Bleu es un lugar un tanto especial. Como ya habrás notado, mi clientela habitual tiene un nivel económico al que la mayoría de los mortales no podría siquiera soñar a alcanzar.

Muy modesto todo.

-Banqueros, políticos, grandes personalidades de la vida pública, artistas de alto calibre. Todos vienen en su tiempo de ocio aquí, al club más selecto de Europa, en busca de buena compañía. No sé si me entiendes.

Asiento como atontado, arrancándome capas y capas de piel de las manos. Eso del club más selecto de Europa me ha dejado un poco KO. ¿Cómo es posible que Alice pase de mandarme a infames cadenas de comida rápida a… esto? ¿No se da cuenta de que si incendio algo aquí probablemente dejarán que el portero se haga unos guantes con mi pellejo?

-¿Y entonces qué pinto yo aquí? –salto en voz alta, agobiado, interrumpiendo la perorata de mi anfitriona sobre acuerdos de confidencialidad-. Quiero decir, ¿has visto mi abrigo? Todo el mundo odia mi abrigo, pero era el único que podía comprarme, porque no tengo ni un céntimo. Ni siquiera tengo para ayudar a Alice a pagar el alquiler. Y todo por ser incapaz de hacer cualquier cosa a derechas.

-Louis…

-… y luego está el incendio de Pigalle. Tengo pesadillas desde esa noche; mi jefe juró que me descuartizaría y tiraría al Sena, así que no quiero ni imaginarme lo que pasaría si quemara este sitio siquiera una pizca. Lo más seguro es que vuestro portero me saque las tripas y plante mi cabeza en una pica justo delante la puerta, como advertencia para todos los miserables como yo. Aunque, bien pensado, no estaría tan mal. Al menos Alice dejaría de torturarme para siempre.

Enmudezco, con la vista fija en las palmas de mis manos, el corazón hecho un nudo angustioso.

-Eso sería ligeramente ilegal.

-¿Eh?

-Asesinar y poner cabezas en picas. Creo que nuestra legislación no lo ve con buenos ojos –Abro la boca, pero ella levanta la mano. Suspira-. Relájate de una maldita vez, Louis. Nadie va a clavar tu cabeza en ningún sitio. Sería terriblemente antiestético y con toda seguridad nos espantaría la clientela.

Yo me quedo tieso en el sitio. Sólo entonces me doy cuenta de lo patético que es todo esto. Esta situación. Tanto que me gustaría saltar de la silla, abrir esa puerta y lanzarme al Sena por mi cuenta.

-Mira –Ava se inclina sobre la mesa, dedicándome una intensa y gélida mirada azul-, Louis. Tengo que confesarte una cosa. Llevo meses buscando al candidato perfecto para este puesto, meses, y hace tiempo que perdí la esperanza de encontrarlo. La tarea que tengo entre manos es un poco… específica. Peculiar. Es evidente que no puedo escoger a cualquier tipo, y menos teniendo en cuenta la naturaleza del Chat Bleu.

Específica. Peculiar. ¿Por qué tiene tanto cuidado al escoger las palabras en lugar de decirme directamente de qué va todo esto?

-Ava, yo…

-Confieso que estuve a punto de desistir –interrumpe en un tono casi peligroso que me hace acurrucarme en la silla-, pero entonces apareció Alice como caída del cielo y me habló de ti largo y tendido. Me dijo que eras un ideal, perfecto para el puesto, y te puedo asegurar que Alice nunca se equivoca.

Dios. Dios.

-¿Va… Va a contratarme? –digo, con la boca desencajada.

Ava resopla, removiendo la ceniza del cenicero con el cigarro aún encendido.

-Claro que sí, idiota. Te iba a contratar desde el principio. Toda esta entrevista es un mero trámite por el que tenemos que pasar ambos antes de esto.

Mientras dice esto último desliza un papel impecable sobre la mesa hasta colocarlo justo delante de mis narices. Yo le echo un breve vistazo. Y me quedo mudo. Ava parece notarlo y se remueve un tanto incómoda en el sitio.

-Ya sé que la asignación mensual es bastante ridícula…

¿Ridícula? ¿En serio? Si en la vida había soñado cobrar tanto.

-No -murmuro-. Es… está bien, pero… ¿Es cierto esto que dice aquí? ¿Que debo mudarme al Chat Bleu si acepto el puesto?

-Es necesario, sí.

Perfecto. Jodidamente perfecto.

Supongo que cualquier otro ser humano se horrorizaría ante la idea de tener que vivir en el mismo lugar en que trabaja. Pero ellos no saben lo que es ser el esclavo de Alice.

Yo sí lo sé, así que firmaría ahora mismo. Sin dudar. De hecho, tengo en la mano una pluma estilográfica que vale al menos el doble que todas mis pertenencias juntas, preparada para estampar mi firma en el precioso papel que tengo ante mis ojos. Incluso siento la ávida mirada de Ava clavada en mí, deseosa de quitarse de encima este asunto.

Y ese es precisamente el problema.

No sé de qué va todo esto, y no entiendo la obsesión de esta mujer por intentar mantener en secreto la naturaleza del trabajo. Y yo puedo estar muy desesperado, pero no soy tonto. Sé que no es muy inteligente firmar una cosa sin saber si quiera de qué se trata.

Me pica todo el cuerpo y la mano que sujeta la pluma me tiembla un poco. Un impulso irracional y estúpido me haría firmar sin pensarlo de no ser por el ancestral instinto de conservación, mucho más antiguo y sensato, que me paraliza y obliga a replantearme las cosas dos veces (casi) siempre

-No puedo hacerlo -exhalo muy despacio mientras dejo la pluma junto al contrato. Al mirar a Ava a la cara casi puedo distinguir un atisbo de frustración contraer su expresión un instante, aunque es tan rápido que podría haberlo imaginado perfectamente-, no sin antes saber dónde me estoy metiendo.

Ella se reclina en su asiento.

-Me alivia ver que al menos no eres un idiota redomado, Louis -dice categórica-. Pues bien, tú ganas –arroja el cigarro medio consumido a un cenicero de cristal y me mira a los ojos fijamente-. Verás, uno de nuestros empleados tiene la asombrosa habilidad de olvidar sistemáticamente cuáles son sus obligaciones y deberes para con esta empresa. Si fuera cualquier otro, Makoto ya le habría pegado una patada en el culo y ahora estaría en la calle; no obstante, da la maldita casualidad que este empleado en particular es también la principal atracción del Chat Bleu, nuestra joya de la corona. Es evidente que no puedo permitirme el lujo de mandarlo a hacer gárgaras como si nada, así que decidí buscar a alguien que lo controlara un poco. Alguien de fuera, porque en el Chat no encontré a nadie que quisiera encargarse de ello, y alguien paciente, perseverante, con ganas de trabajar y cuya personalidad encajara con la de él. Y ése candidato ideal eres tú.

Ava termina de hablar con un ademán y yo me quedo en silencio, asimilando la información.

-O sea que –digo al fin, muy despacio, casi con cautela- el objetivo de todo esto es conseguir… una niñera para alguien que no sabe hacer su trabajo.

-Algo así –ella se encoge de hombros-, aunque no es que no sepa hacer su trabajo. De hecho es el mejor. Simplemente necesita algo de disciplina.

-¿Y cómo se supone que…?

-No le des más vueltas, Louis. Eres un tío listo, y cuando llegue el momento sabrás lo que tienes que hacer. Yo sólo te pido que seas su sombra en todo momento y que procures que cumpla sus malditas obligaciones.

Yo no tengo muy claro todavía el asunto, pero aquella parte imprudente dentro de mí me había hecho coger de nuevo la pluma por medio de algún atávico impulso y me gritaba que firmara el dichoso papel como si la vida me fuera en ello.

Y lo cierto es que en el fondo sólo estoy alargando más lo inevitable.

Porque ¿qué me queda? ¿Rechazar la oferta y volver al apartamento de Alice? ¿Y tener que fregarle los suelos a mano todos los días de mi vida? ¿Dejar a Alice y vivir debajo de un puente?

No. Rechazar la oferta no es una opción, da igual lo extraña que sea. No puede ser mucho peor que esas infernales cadenas de comida rápida.

Por fin, atendiendo a ese impulso, dejo caer la pluma, y en un momento mi firma está estampada sobre el papel y ya no hay vuelta de hoja.

El último piso del edificio no tiene nada ver con la suntuosidad del resto de estancias. Camino en silencio por un estrecho corredor desnudo, precedido por el crujido de mis pasos en el entarimado, y me detengo ante una de las puertas del pasillo. Me tomo un momento para echar un vistazo a la llave que Ava me ha encasquetado antes de echarme a empujones de su despacho. Despacio, la introduzco en la cerradura y pruebo a girarla un par de veces.

Encaja.

El interior de mi nuevo hogar se encuentra sumido en la penumbra, aunque puedo distinguir el bulto de una cama de cuerpo y medio y algo parecido a un instrumento musical apoyado en un rincón. Pero hay algo más. Algo que está en esta habitación y que revuelve una cosa muy profunda en mí. Una cosa que por más que me esfuerzo en tratar de enterrar y olvidar siempre vuelve, como un bumerán.

Ahora no, Louis. Eso se acabó. Para siempre.

Sacudo la cabeza y me acerco para examinar la cama de cerca. En realidad, es un colchón sin más puesto contra la pared, junto al instrumento. Ava me ha dicho que tengo que compartir habitación con mi… compañero, pero no veo dónde se supone que voy a dormir.

¿Qué más da? Alguien te subirá un colchón más tarde. No pienses tanto.

Me dejo caer sobre el colchón sin dejar de mirar a mi alrededor. Todo es un poco extraño: el último piso y esta habitación, que apenas tienen que ver con el resto del edificio; el propio Chat Bleu y sus actividades, todavía envueltas en el misterio; Ava y su empeño por mantener en secreto la naturaleza de un trabajo tan peculiar. La cabeza me da vueltas. No sé si me apetece pensar en ello ahora mismo.

Debería volver al apartamento de Alice para recoger mis cosas, pero estoy demasiado cansado y aturdido. Me tumbo, mirando hacia el techo abuhardillado. El parecido con mi antigua habitación es tan grande que durante un instante me quedo paralizado, atrapado en el recuerdo.

No dejes que te atrape. Cierra los ojos. Así… Sólo… Sólo será un momento… hasta que se pase el dolor…

 

 

Louis estaba sentado en el borde de la cama. La luz grisácea de primera hora de la mañana se colaba a través de la diminuta ventana –casi un tragaluz- de su habitación y se posaba sobre él. Notando el leve temblor de sus piernas, trató de concentrarse en las diminutas partículas de luz que flotaban en el haz de luz para no pensar en lo mucho que estaba tardando su compañero de cuarto.

-¿Louis? ¿Sigues ahí?

Louis sintió que se le quedaba la boca seca. Apoyado en el marco de la puerta del baño, Édouard exhibía su cuerpo esculpido a base de desvelos y gimnasios, la piel morena y todavía húmeda de su bajo vientre desapareciendo bajo una toalla minúscula enrollada a su cintura. Los espesos rizos negros que Louis tan bien conocía se le pegaban a la cara, muy cerca de su blanca sonrisa. Él se quedó inmóvil, temiendo que si movía un solo músculo aquella visión idílica se esfumara tan rápido como había surgido.

-¿Qué… qué haces así? -balbució de pronto como si fuera idiota, y Édouard le respondió con una sonora carcajada que reverberó dentro de la cabeza de Louis y le hizo sentir mareado y febril.

-¿Tú qué crees? Es tu cumpleaños. Prometí que te haría un regalo, y yo nunca incumplo una promesa.

Dios. ¿Y qué clase de regalo es este?

-No digas tonterías, Édouard. V-vamos a llegar tarde a la primera clase.

El argelino gruñó. De pronto se había materializado justo delante de él y la toalla se había despegado de su cintura para ofrecerle a Louis un primoroso primer plano de su miembro semirrígido.

Louis tragó muy despacio, sin poder apartar la mirada de aquel capullo rosado y circuncidado que irradiaba un calor infernal sobre su cara. Con un estremecimiento, notó cómo sus pupilas se dilataban y se le llenaba la boca de saliva.

-¿Estás seguro de que quieres pasar de esto? -la voz de Édouard le llegó desde arriba, ronca de deseo contenido. Louis parpadeó, forzándose a alzar la vista hasta encontrarse con los ojos negros de su compañero de cuarto. Le ardía todo el cuerpo.

-Édouard… yo…

-Shh –la mano del argelino descendió para envolver su mejilla. Su dedo gordo se deslizó sobre los labios de Louis y presionó suavemente hasta abrirlos. Enseguida se empapó de saliva tibia-. No voy a hacer nada que tú no quieras. Tú sólo déjate llevar. Confía en mí.

Louis no podía pensar con claridad. Su corazón enviaba sangre a raudales a su cabeza primero y a su entrepierna después, y el tener el cuerpo húmedo y desnudo de Édouard a dos palmos de su cara no mejoraba las cosas.

-Nunca hemos llegado tan lejos –consiguió susurrar asustado, pero fijando la vista otra vez en el falo que tenía a medio palmo de su boca, palpitando y brillante de líquido preseminal.

-Confía en mí – repitió su compañero, y sólo entonces Louis detectó una nota de emoción en sus palabras-. ¿Confías en mí, mon amour?

Como toda respuesta, Louis dejó que algún tipo de misteriosa fuerza guiara su mano hacia el monumento palpitante que Édouard tan gustosamente le brindaba. Estaba temblando un poco más que antes y el corazón parecía que iba a estallarle en el pecho. Lo que no tenía muy claro era si eso lo provocaba el miedo… u otra cosa.

Louis. Louis, te acaban de plantar una polla en la cara. Reacciona como un ser humano normal e indígnate, maldita sea.

-¿Y este es mi regalo de cumpleaños? –farfulló de pronto mientras sacudía la cabeza y cruzaba las piernas para intentar ocultar su dolorosa erección-. Si pretendes que haga lo que yo creo, más bien parece un regalo para ti.

Édouard emitió un sonido a medio camino entre la risa y el bufido. Sus caderas avanzaron tentativamente sin que Louis las detuviera hasta que la punta húmeda rozó los labios del chico.

-Paciencia, Louis. Paciencia. Primero los preparativos.

Una polla, Louis. La gente regala cosas significativas, no va por ahí poniendo su polla en bocas ajenas.

Ladeó la cabeza. Aunque la voz de su conciencia chirriaba, Louis apenas la oía. Su mente se había desligado lo suficiente de su cuerpo como para que sacar la lengua y probar la fuerte esencia de Édouard pareciera infinitamente más razonable que atender a su sentido común.

Al hacerlo, una descarga eléctrica le sacudió la columna y su pene se sacudió en un espasmo de placer. El argelino resopló y una mano se plantó en la nuca de Louis, enredándose en las ondas rubias y conminándolo suavemente a seguir.

Bueno, vale. Sólo un poco.

El chico cerró los ojos. Con una breve inspiración, se inclinó un poco más para repasar con la punta de la lengua una vena latente desde la punta hasta la base. Lo hizo deliberadamente despacio, recreándose en los sonidos que le llegaban de arriba, intentando recoger en el camino de vuelta esas perlas de semen acumuladas en el glande de Édouard. El sabor amargo y salado quedó tatuado en su paladar y revolvió sus sentidos.

Iba a abrir la boca para recibir por completo su regalo cuando el argelino se lo arrebató de golpe. Frustrado, levantó la cabeza para encontrarse con los labios brillantes y la mirada ida y complacida de su compañero.

-Joder, mon amour. Si sigues mirándome así vamos a tener que pasar al plato fuerte ya. A no ser que quieras que me corra en tu cara.

No, gracias.

-Está… está bien, pero… –Édouard agarró el bulto tirante en los pantalones de Louis y apretó-. Ah…

Ya no había nada que hacer, estaba completamente enajenado. A pesar de que llevaban compartiendo la diminuta habitación de la residencia sólo dos meses, Édouard parecía ser consciente del influjo que ejercía sobre Louis desde el principio. Y desde luego sabía controlar esa tensión sexual que asfixiaba cada día un poco más a su joven compañero y que el argelino se había encargado de aliviar –o agravar, quizá-  con cuentagotas: metiéndose en su cama por las noches, rozándole en sitios indecentes cuando lo pillaba estudiando en el cuarto, pasándole notas incendiarias en clase.

Y Louis ya no podía más.

-Desnúdate -Édouard había atacado su boca y le mordisqueaba el labio inferior, su cuerpo irradiando un calor infernal. Louis jadeó-. Voy a enseñarte algo divertido.

Él no se hizo de rogar. Mientras sus dedos temblorosos trataban de deshacerse del jersey, su compañero le arrancó los pantalones y su cabeza se perdió entre las piernas de Louis, quien respingó al sentir algo caliente y húmedo traspasando la tela de sus calzoncillos. Fue sólo un instante; enseguida Édouard plantó una mano en su pecho y lo obligó a tenderse en la cama. El techo abuhardillado le llenó un instante el campo de visión antes de que el argelino terminara de desnudarlo y su cara ocupara ese espacio. Una cara exótica y excitante.

-Édouard… -su compañero se tumbó sobre él y su piel fue cubriendo milímetro a milímetro la de Louis mientras él se estremecía debajo. Sus pollas palpitaban casi al unísono, como si fueran una sola–. E-espera…

-Dime, mon amour -gruñó Édouard, con la cara enterrada en su cuello.

-Vamos… ¿Vamos a tener sexo?

Al oír eso, su compañero se incorporó sobre los codos y le dedicó una intensa mirada. Louis sintió que se ahogaba en aquellos iris casi negros.

-¿Quieres decir que si voy a abrirte y hacerte mío? -se apretó un poco más contra él, los ojos entornados, y le acarició la mejilla-. Sólo si tú me dejas. Y no sólo eso. Te haría de todo si tú quisieras, nene.

El chico se revolvió bajo la mole de músculo, incómodo.

Pero no quiero. Eso no.

Esta vez la voz de su conciencia retumbó alta y clara, una señal luminosa de stop. Aunque la sensación de aquel cuerpo caliente sobre el suyo era fantástica y la curiosidad le mordisqueaba el bajo vientre, un miedo irracional se sobreponía y lo cerraba en banda. Édouard supo interpretar el silencio que le había precedido, porque lanzó un suspiro de decepción apenas perceptible.

-No te preocupes, Louis –murmuró-. Esto te va a gustar.

Y dicho eso, movió las caderas suavemente hacia delante frotándose contra Louis, quien descubrió gimiendo e imitándolo en un intento de repetir el efecto de fricción de sus pollas. Édouard volvió hacerlo, muy despacio, al tiempo que sus manos cubrían el cuerpo que tenía debajo y sus labios descendían para ocuparse de un pezón rosado y dolorosamente tieso. El gesto envió una descarga eléctrica por la espina dorsal del más joven, que arqueó la espalda en un jadeo estrangulado. Su cuerpo ardía como si alguien le hubiera prendido fuego por dentro. La cabeza le daba vueltas, toda la sangre que bombeaba su corazón iba derecha al miembro palpitante de entre sus piernas y no podía pensar con claridad. Todo lo que quería era aquel placer innombrable, que no terminara nunca la danza cadenciosa de las caderas de Édouard y el contacto ardiente de su piel.

-D-dios, Édouard… Esto es… mmh…

Su compañero apretó su boca contra la de él, ahogando cualquier otra incoherencia que pudiera ocurrírsele. Una de las manos del argelino había descendido para sujetarlo por la cadera mientras la otra se deslizaba entre sus piernas, buscando la entrada de su cuerpo. Louis sintió que su cuerpo se tensaba más allá del placer, pero cuando abrió la boca para protestar sólo pudo articular un bufido, porque Édouard lo acariciaba con maestría, trataba de distraerlo.

Traidor.

-Confía en mí, nene –insistía con voz entrecortada, un dedo masajeando el apretado esfínter-. Confía en mí.

Es ciertamente complicado confiar en alguien que tiene una mano en mi culo.

-No voy a follarte hoy. Te lo prometo.

Tampoco es que fuera a dejarte.

Édouard consiguió adentrarse en él e ignorando sus desapasionadas protestas comenzó a hurgar en su interior, sin dejar de deslizar toda la longitud de su verga sobre la de Louis. Y de pronto su dedo curioso tocó algo que hizo al más joven sacudirse de arriba abajo con una oleada caliente que sacudió todos sus nervios.

-¡Joder! –gimió, y sintió que le flojeaban las piernas.

El argelino enterró la cara de nuevo en su cuello. Llevaba ahora un ritmo desquiciado, acompasado por la suave estimulación de su próstata, que hacía a Louis retorcerse bajo Édouard.

-Louis. Louis –gruñía su compañero-. No… no te haces la menor idea de lo precioso que estás así… abierto para mí…

Louis quiso soltarle algo ingenioso y especialmente grosero, pero en lugar de eso un tirón repentino en su bajo vientre le arrancó un gañido bastante más patético. Cuando se quiso dar cuenta, su semen caliente le bañaba el torso y un temblor generalizado le sacudía las extremidades.

-Eso es, muy bien. Buen chico, Louis -Édouard bajó la cabeza para lamer la evidencia de su regalo y le sonrió. Louis torció el gesto, avergonzado, y desvió la vista. Sobre la mesita de noche reposaba su despertador. El último dígito de la pantalla cambió justo cuando él miró.

-Mierda, Édouard. Llegamos veintidós minutos tarde.

 

 

Despierto de golpe con un espasmo de placer, desorientado. La habitación está ahora prácticamente a oscuras, apenas iluminada por el resplandor de la calle al otro lado de la ventana. Lo primero que veo es el techo sobre mi cabeza. Lo segundo, la cabeza de un tipo entre mis piernas.

-Eh –dice, sujetando con una mano mi miembro decreciente y relamiéndose-. Sabes bien. Mejor que el último.

Sin pensar demasiado –si lo hago, me estallará la cabeza, y no quiero manchar la alfombra-, me dejo caer sobre el colchón y cierro los ojos. Cuento hasta diez muy despacito y vuelvo a incorporarme, pero el muy desgraciado sigue ahí, mirándome con mi polla en la mano y una salpicadura blanca muy sospechosa en la cara.

¿Se puede saber qué haces, psicópata violador?

-¿Se puede saber qué haces?

-Chupártela.

-Creo que eso es evidente.

-¿Entonces por qué preguntas?

-Porque no es muy normal entrar en habitaciones de desconocidos a hacerles una felación mientras duermen.

El otro sonríe, exhibiendo una sonrisa muy blanca, llena de dientes. Antes de contestar me escruta cuidadosamente con unos ojos de un verde casi antinatural, como el anticongelante, hasta hacerme sentir incómodo.

-Yo sólo llegué a mi habitación después de un largo día de trabajo para encontrarme con un gatito perdido en mi cama. Y empalmado. No me digas que desde fuera no parece un bonito ofrecimiento.

¿Qué?

-¿Cómo que habitación? –Barboto mientras me debato entre la indignación y el desconcierto-. Tú…

-Así que tú eres mi nueva niñera –suelta. Antes de que pueda decir nada, me mete la polla en el pantalón y se pasa una mano por el alborotado pelo caoba. Su cuerpo delgado y fibroso se yergue frente a mí con gracia. Todo en él recuerda a un animal furtivo-. Ava me dijo que eras bastante mono. Y el anterior no se dejó chupar la primera vez. Eso me gusta, gatito.

De pronto tengo el impulso de gritar con todas mis fuerzas y arrojar al tipo por la ventana. Afortunadamente, mi padre procuró darme una buena educación y me enseñó que no está bien gritar y arrojar por la ventana a un desconocido. Incluso si éste te ha asaltado sexualmente minutos antes. Así que en lugar de hacer eso, me quedo mirando como un gilipollas al Misterioso Violador.

Vale. Vaaaaaaaaale. Respira hondo. RESPIRA HONDO, MALDITA SEA.

Finalmente, y tras un duelo de miradas en el que salgo perdedor, consigo articular:

-¿N-niñera?

-Soy Ray. El mejor puto del mejor prostíbulo de Europa. El dolor de cabeza de Ava Strauss. El bastardo que te ha chupado la minga. Como prefieras –se inclina en una reverencia burlona-. Creo que vamos a llevarnos bien.

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