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Actualización: De lujo (Interludio, Alice) (2ª parte)

Hey, bonsoir. Aquí os dejo la segunda parte del interludio. Cuando tenga un ratillo la añado junto con la primera parte en la pestaña de De lujo.

Espero que os guste c: Nos vemos en el dieciocho.

INTERLUDIO

Alice

 

El vehículo se detiene a la altura del Palais Garnier con un ronroneo. Desde el asiento trasero y con el sombrero calado sobre los ojos, su clienta arroja un puñado ridículo de billetes a la cara del taxista. Antes de que éste pueda detenerse a contarlos -los ojos desorbitados-, ella recoge su bolsa y se funde en la masa viva que fluye por el bulevar.

Esquivando turistas de aspecto alelado y lugareños con la mirada pegada al suelo, avanza con zancadas seguras. Cuando por fin se escurre como una sombra en una calle aneja, los sonidos humanos se convierten en un murmullo similar al de la sangre que zumba en sus oídos, y la tensión crispa sus hombros. El saber que están sobre sus pasos la hace sentirse como una presa y la adrenalina agudiza sus sentidos de tal forma que el mundo a su alrededor comienza a antojársele monstruosamente irreal. Sombras que se mueven de forma sospechosa, un sonido que tensa sus músculos. Espejismos.

Lo cierto es que siempre ha trabajado mejor desde la sombra.

Ignorando los chillidos de las ratas, ella alcanza el portal mal iluminado y se sumerge en la oscuridad. El llanto de un bebé llena el claustrofóbico y escaso espacio vacío, pero la mujer, sin hacer el menor ruido, atraviesa el rellano de paredes mohosas y sube los escalones de dos en dos hasta el ático. La vieja cerradura le deja un rastro de herrumbre en las yemas de los dedos al introducir su llave.

Después de cerrar el portón a sus espaldas, el polvo en suspensión se estremece ante el haz de su linterna. Sólo son unos segundos antes de que vuelva a posarse con mansedumbre sobre el suelo picado. Ella apaga la linterna un momento. Las ventanas llevan tiempo (tal vez décadas) bien tapiadas y la oscuridad es total. En la negrura absoluta y acompañada sólo por el rumor de su respiración, el tiempo pierde sentido y se desvanece.

Poco a poco, la calma regresa a sus huesos.

Ah, el silencio… es agradable.

Ella deja la bolsa y la linterna, de nuevo encendida y apuntando hacia la puerta, en el suelo. Luego permite a sus músculos relajarse en la posición de loto y recupera su móvil. El inconsciente hace que sus dedos teclean el número casi por cuenta propia. Lo tiene grabado a fuego en la memoria.

Un toque, dos. Y entonces la voz restalla en su oído.

—Alice. Has tardado en llamar.

—No tanto como tú en enviar el encargo. Mi cliente se impacienta.

—A veces creo que esa clase de tipos no tienen la misma percepción del tiempo que el resto de mortales.

Una risilla crepita al otro lado de la línea. Alice sólo se pasa la lengua por los labios, ignorando la broma.

—¿Es auténtico?

—Eso creen.

Esta vez la repuesta viene acompañada de un tecleo frenético. A Alice no le cuesta mucho imaginar a su interlocutor apoltronado en un zulo tan oscuro como el de ella, enfrentado a la luz fantasmagórica del monitor. El pensamiento le hace torcer la boca. A diferencia de él, la informática le provoca urticaria.

—No tengo tiempo para que sólo crean.

—De hecho, están bastante seguros —una pausa. Sólo un segundo para respirar—. Un noventa por ciento seguros. No, espera. Un noventa y cinco por ciento.

—Basura.

—Paciencia. No me gustaría estar en la piel de los chicos. Ya se han enfrentado a otras obras suyas y son copias tan perfectas que podrían considerarse un género artístico por sí mismo.

Hay auténtica admiración en su voz. Alice resopla. Una nube de polvo vuela ante su cara y se cuela en sus fosas nasales.

—Todos son pegotes de óleo. Estúpidos pegotes de óleo que me están dando migrañas. —gruñe—. Realmente estamos al límite, Aaron. No tengo tiempo para tus porcentajes.

El tecleo cesa de forma tan abrupta que el silencio adopta un cariz extraño, casi alienígena. Hasta la respiración de Aaron es imperceptible y para él, que es capaz de armar un escándalo de forma inconsciente hasta en un entierro, es todo un logro.

—Creo que es la primera vez en treinta años que te escucho decir algo así, pero por tu orgullo y mi salud mental, voy a fingir no haber escuchado ese tonillo de derrota —afirma al fin, socarrón—. No, en serio. Esto es lo mejor que podría habernos pasado. Ahora que tienen algo que los mantiene entretenidos, se verán obligados a bajar las defensas.

—Eso no me sirve de nada si no tengo el cuadro.

—Lo tendrás. Me aseguraré de que los del laboratorio estén seguros al cien por cien y tú recogerás el envío donde acordamos, dentro de dos días. Ni uno más, ni uno menos. ¿O tienes miedo de que esa panda de matones te patee el culo?

La risa de Aaron vuelve a estallarle en el oído. Alice aparta el teléfono de su oreja, sin inmutarse, hasta que el cacareo remite y deja de escucharse. Mientras espera no puede evitar pensar que en la vida habría trabajado con él de no ser por la sangre que los une. La mitad del tiempo que escucha a Aaron hablar está deseando meterle una bala entre las cejas, y la otra mitad… Bueno, también.

—El único culo que corre el riesgo de ser pateado es el tuyo. ¿Quieres que los entretenga dos días? Pues deja de calentar la silla y mándame el cuadro del demonio. Lo demás está hecho.

—No lo dudo. Por algo tú eres el músculo del equipo. Ya sabes cómo funciona: tú pones los machetes y esas patadas voladoras tan lucidas y yo aporto el ingenio y el carisma imprescindibles para que esto marche bien.

—Lo único por lo que funcionamos es porque alguien se encarga de hacer el trabajo sucio. Debería quedarme con toda la recompensa y machacarte a patadas cuando regrese a Toronto.

Por encima del tecleo infernal, Alice logra escucharlo chasquear la lengua. En realidad, la recompensa no le interesa tanto como la reputación que ambos podrían ganar si consiguen devolver el maldito cuadro. O al menos la que él ganaría. Como es habitual, Alice prefiere moverse en su sombra y no llamar la atención.

Lo de machacarlo a patadas, no obstante, estaría bastante bien.

—Bueno, bueno. Tal vez con el dinero podríamos buscarte en alguna subasta otro puñal árabe como el que perdiste aquella vez en El Salvador.

Alice se fuerza a reprimir un bufido. Realmente le tenía cariño a aquel puñal.

—Cierra la boca y haz tu parte del trabajo.

—Ah, sabía que eso te convencería. No te preocupes por eso, está hecho. Por cierto, ¿no estás cansada?

—No.

—Ya sabes que deberías darte un respiro.

Alice cabecea con un sonido gutural antes de colgar sin más. No miente respecto al cansancio. Su cuerpo vibra, como cargado de estática, listo para saltar y entrar en acción. De hecho, no recuerda la última vez que el agotamiento le mordió los huesos. Su organismo se ha adaptado a ese estilo de vida suyo a fuerza de llevarlo al límite una y otra vez, y si alguna vez protestó por eso, Alice desde luego no lo recuerda.

A pesar de ello, ella se obliga a alargar la mano para apagar la linterna. La oscuridad engulle su cuerpo. Después, apoya la espalda en el suelo polvoriento y respira hondo hasta que esa vibración desaparece y deja sus extremidades laxas. De todos modos, tiene la seguridad de que nadie va a encontrarla ahí y eso le da unas dos, tres horas de descanso antes de volver a arrojarse a las calles, así que no tiene sentido desperdiciar esa energía dentro de una habitación vacía.

Su conciencia está empezando a navegar a la deriva cuando una luz verdosa se proyecta en el techo y una vibración distinta a la de sus músculos la sacude. Alice, sin pestañear, aprieta el teléfono. Un número desconocido salta ante sus ojos.

En un instante, la sangre se acumula en su cabeza y hace que algo en sus piernas hormiguee. Sólo hay dos personas en el mundo que tengan conocimiento del número de su teléfono. Una de ellas es Aaron, por supuesto. La otra… la otra no debería poder llamarla todavía.

Su mano libre se lanza hacia la bolsa negra y los dedos se amoldan a la empuñadura de la pistola como si se tratara de una parte más de su cuerpo. Alice queda entonces inmóvil un segundo, tratando de escuchar algo más allá del zumbido insistente del aparato.

Nada.

Al final, es su propio cerebro quien la traiciona y la mueve a oprimir la pantalla del móvil. La voz salta casi inmediatamente, inundando el silencio que oprimía los hombros de Alice.

—¿Alice? ¿Estás ahí?

—¿Erik?

La sorpresa tiñe hasta su tono. No obstante, y por suerte para ella, la sorpresa sólo le dura la fracción de segundo en la que tarda en recomponerse. Erik no debería estar al teléfono, sino en su celda, durmiendo.

—¿Eres idiota? ¿Desde dónde llamas? Si alguien pincha la llamada…

—Una cabina —él la interrumpe en un jadeo—. Acaban de soltarme.

—¿Qué?

—Buen comportamiento. Alice, necesito que me consigas un medio de transporte para llegar a París cuanto antes… Por favor, dime que tienes ya el cuadro.

Hay angustia cruda y genuina en esas palabras. Alice, que se ha incorporado automáticamente con el corazón aún preparándola para salir disparada en cualquier momento, inspira.

—Debería estar aquí de un momento a otro —desde el otro lado llega una exclamación de rabia. Irritada, Alice vuelve a dejar la pistola en la bolsa—. Estoy haciendo todo lo que está en mi mano…

—No es eso, no es eso…

De pronto, todo lo que puede escucharse al otro lado de la línea es el rumor de un tráfico lejano. Erik no tarda en volver a hablar, pero cuando lo hace, sus palabras envían un chute de adrenalina a cada célula del cuerpo de Alice:

—Hans ha tirado la toalla. Piensa regresar a Ámsterdam. Alice, nos hemos quedado sin tiempo.


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