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La posesión

Blanco en el cielo, en la tierra, sobre su piel.

Los labios resecos, un regusto a cobre en la boca.

Cada movimiento es una tortura.

 

Frío

¿Dónde? ¿Dónde?

 

Apenas puede respirar. Sus pensamientos son inconexos, fugaces como meteoros.

Su cara se despega de la nieve, dejando tras de sí una explosión bermellón. Él la observa con una fascinación insana.

Muy despacio, se levanta.

 

Blanco y rojo.

¿Por qué?

¿Dónde? ¿Dónde está?

 

Le tiemblan las piernas, las manos. Mueve la cabeza con cuidado, porque todo el mundo a su alrededor da vueltas y vueltas. Espera un instante de pie antes de limpiarse la sangre de la boca con el reverso de la mano.

Nieva. De hecho, hay nieve por todas partes.

Los dientes castañetean. Es por la ropa: está empapada y fría. Muy fría.

 

Tiene que salir de ahí.

Esconderse.

¿Por qué?

Blanco y Rojo.

 

Algo se arrastra en la lejanía.

El miedo sube hasta su boca. Es amargo. Desagradable.

A su alrededor, nieve. Y algo pálido.

 

La criatura tiene la piel marmórea, largo cabello negro y un rostro de facciones hermosas. Se parece demasiado a una mujer, pero él ya no se deja engañar. Cuando el ser se acerca, hundiendo las manos en la nieve, puede comprobar que su cabeza sigue posicionada en un ángulo antinatural. La boca se abre y se cierra sin concierto y de sus comisuras rezuma un líquido negro y espeso.

Pero lo peor son sus ojos. Velados, como de pez. Miran sin ver con la simple guía de la fuerza atávica que dirige el cuerpo de forma errática hacia él. Sin un solo latido de vida en ellos.

 

La observa aproximarse, sin atreverse a huir. El terror lo atenaza en el sitio y sube por su garganta en forma de bilis que se mezcla con la sangre en su boca.

Se parece demasiado a una mujer.

La cosa se retuerce en su dirección entre gorgoteos animales. Cada vez se desplaza más rápido sobre la nieve, impelida por un ansia que escapa a su comprensión.

Él da un paso atrás. Y luego otro. Y otro.

Antes de darse cuenta de lo que está haciendo, sus piernas lo dirigen de nuevo al punto de partida. No le hace falta girar la cabeza para comprobar que la criatura sigue tras su estela, infatigable. Aun así, no se detiene. Su cabeza palpita rítmicamente al mismo tiempo que su corazón desbocado.

 

Tiene que huir.

Tiene que huir.

 

Corre tambaleándose hacia el lugar en el que vio por última a su caballo. Lo llama con voz desaforada, pero el animal parece haberse fundido con la nieve.

Se siente tan solo, tan asustado.

Le fallan las piernas. Está demasiado confuso. Cuando se golpea el hombro contra el suelo apenas siente un dolor sordo.

 

El ser salta sobre él.

Ahora no es una mujer. El cabello flota y se sacude como enloquecido ante un rostro deforme, con un agujero enorme como boca. Aquellos ojos inquietantes han desaparecido para dar lugar a sendas marcas negras que dan al interior pútrido de la criatura.

Quiere gritar, pero no tiene voz. La criatura acerca su boca a la cara de él. 

 

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