Rapé y amor.

Nota

Nuestro protagonista ha olvidado que el uso original de las cajitas de rapé era el contener tabaco que se aspira por la nariz, no aquel que se fuma en cigarrillos. Pero los lores decimonónicos tendían a ser un poco arrogantes y despreocupados, ¿verdad?

Como siempre, estaba confundido. Por más que intentara salirle al paso con altanería y la cabeza alta, al final terminaba en su órbita, tratando torpemente de abrirse paso hasta la zona de su ser que no estaba perfilada como una arista dura y fría de pura sinceridad. Él, que estaba en sus plenas facultades y era consciente de que era humillado constantemente, mucho más de lo que se hubiera dignado a soportar en cualquier otro caso, con cualquier otra jovencita repelente, no era capaz de dar media vuelta y buscarse a otra con la que retozar alegremente en cualquier rincón. Pero eso ya lo sabía, aunque jamás lo admitiría, ni en su lecho de muerte; muchísimo menos a ella. Sabía que. por culpa de algún misterioso impulso de curiosidad masoquista, volvía una y otra vez a ella, como un cometa que se acerca de forma inexorable al sol, o una mosca que se golpea contra el cristal, sin posibilidad de escapatoria.
Refunfuñó mientras cavilaba sobre ello, y una voluta de humo se le escapó de entre los labios. El cigarro se había consumido sin que hubiera tenido la oportunidad de disfrutarlo, así que se incorporó levemente en busca de su cajita de rapé, palpando por encima todos los pequeños bolsillitos de su chaleco. La cajita en cuestión no apareció. Él se recostó de nuevo en el sillón, gruñendo como un perro viejo, y entonces se percató de su presencia.
Estaba de pie en el umbral, envuelta en su silencio habitual y en sus vestimentas de hombre. En una mano sostenía el otro objeto de su devoción y a él se le hizo extrañamente divertido verlos los dos juntos.
Ella no sonreía, pero la forma perezosa y despreocupada en que dejaba caer los párpados le dibujaba una expresión insinuante en el rostro de la que ella ni siquiera era partícipe. Quizá es eso lo que la hace tan atractiva, pensó él, sorprendido.
Ni siquiera era especialmente bella, ni espectacular. No como algunas rameras que se paseaban por los sórdidos callejones londinenses y que le enseñaban a uno, si tenía suerte, los pechos por unos peniques.
Lo suyo era una suerte de magnetismo indiferente, que atraía de forma irremisible y letal en cualquiera de sus representaciones: su seguro caminar masculino, la forma en que se liberaba la cascada de cabello negro cuando se deshacía del sombrero al entrar en casa, sus facciones duras, aquellos ojos.
-¿Estás fumado?
La pregunta lo abofeteó, aunque ella la había formulado sin mala intención. Él sacudió la cabeza, furioso, y rompió el encanto que la rodeaba y lo dejaba imbécil, KO al primer asalto.
-Probablemente -respondió, arrebatándole de las manos la cajita de rapé. Pasó por su lado levantando la barbilla con orgullo, pero sin mirarla a los ojos, por si acaso caía otra vez en su malévolo embrujo. Ella, como de costumbre, no pareció ofendida en absoluto por sus formas-. De hecho, no encuentro otra explicación al hecho de estar aquí mirándote en lugar de estar disfrutando de la compañía de una verdadera dama. De una que quiera serlo, claro.
Al decir esto último, lanzó una mirada elocuente a su sombrero de copa que ella recibió con absoluta tranquilidad. Él notó que el calor le subía a las mejillas y se alejó en grandes zancadas sin despedirse, presintiendo con pesar que había vuelto a derrotarlo sin decir más de dos frases.

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La posesión

Blanco en el cielo, en la tierra, sobre su piel.

Los labios resecos, un regusto a cobre en la boca.

Cada movimiento es una tortura.

 

Frío

¿Dónde? ¿Dónde?

 

Apenas puede respirar. Sus pensamientos son inconexos, fugaces como meteoros.

Su cara se despega de la nieve, dejando tras de sí una explosión bermellón. Él la observa con una fascinación insana.

Muy despacio, se levanta.

 

Blanco y rojo.

¿Por qué?

¿Dónde? ¿Dónde está?

 

Le tiemblan las piernas, las manos. Mueve la cabeza con cuidado, porque todo el mundo a su alrededor da vueltas y vueltas. Espera un instante de pie antes de limpiarse la sangre de la boca con el reverso de la mano.

Nieva. De hecho, hay nieve por todas partes.

Los dientes castañetean. Es por la ropa: está empapada y fría. Muy fría.

 

Tiene que salir de ahí.

Esconderse.

¿Por qué?

Blanco y Rojo.

 

Algo se arrastra en la lejanía.

El miedo sube hasta su boca. Es amargo. Desagradable.

A su alrededor, nieve. Y algo pálido.

 

La criatura tiene la piel marmórea, largo cabello negro y un rostro de facciones hermosas. Se parece demasiado a una mujer, pero él ya no se deja engañar. Cuando el ser se acerca, hundiendo las manos en la nieve, puede comprobar que su cabeza sigue posicionada en un ángulo antinatural. La boca se abre y se cierra sin concierto y de sus comisuras rezuma un líquido negro y espeso.

Pero lo peor son sus ojos. Velados, como de pez. Miran sin ver con la simple guía de la fuerza atávica que dirige el cuerpo de forma errática hacia él. Sin un solo latido de vida en ellos.

 

La observa aproximarse, sin atreverse a huir. El terror lo atenaza en el sitio y sube por su garganta en forma de bilis que se mezcla con la sangre en su boca.

Se parece demasiado a una mujer.

La cosa se retuerce en su dirección entre gorgoteos animales. Cada vez se desplaza más rápido sobre la nieve, impelida por un ansia que escapa a su comprensión.

Él da un paso atrás. Y luego otro. Y otro.

Antes de darse cuenta de lo que está haciendo, sus piernas lo dirigen de nuevo al punto de partida. No le hace falta girar la cabeza para comprobar que la criatura sigue tras su estela, infatigable. Aun así, no se detiene. Su cabeza palpita rítmicamente al mismo tiempo que su corazón desbocado.

 

Tiene que huir.

Tiene que huir.

 

Corre tambaleándose hacia el lugar en el que vio por última a su caballo. Lo llama con voz desaforada, pero el animal parece haberse fundido con la nieve.

Se siente tan solo, tan asustado.

Le fallan las piernas. Está demasiado confuso. Cuando se golpea el hombro contra el suelo apenas siente un dolor sordo.

 

El ser salta sobre él.

Ahora no es una mujer. El cabello flota y se sacude como enloquecido ante un rostro deforme, con un agujero enorme como boca. Aquellos ojos inquietantes han desaparecido para dar lugar a sendas marcas negras que dan al interior pútrido de la criatura.

Quiere gritar, pero no tiene voz. La criatura acerca su boca a la cara de él.