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Matrioska

Nota

Éste es un relato extraño. La idea en bruto surgió una noche muy larga en vela, no recuerdo cómo ni por qué. El caso es que empecé a escribir y salió esto. No estoy muy segura del resultado, pero lo dejaré aquí igualmente. A la poca gente que pueda meterse aquí, espero que no me lo tengáis en cuenta *risas*.

 

¿Sabes por qué estamos aquí?

La pregunta surgió de improviso y comenzó a caer muy despacio, como uno de los miles de copos que revoloteaban frente el rostro de Ilya para posarse enseguida en su uniforme. Él imaginó que las palabras formaban una parábola perfecta, se estrellaban haciendo un ruido sordo en el suelo y se congelaban casi al instante mientras ellos las dejaban atrás sin una respuesta.

En lugar de insistir, siguió caminando pesadamente con el chico a cuestas. Hacía menos de una semana que éste había pasado de chapurrear algunas cosas en un ruso monstruoso a contestar con monosílabos, y de ahí al mutismo absoluto sólo habían transcurrido un día o dos. Ahora sólo el latido sincopado de sus corazones y el susurro de la nieve los acompañaban, y su compañero no terminaba de acostumbrarse.

El silencio en sí no molestaba a Ilya, pero su pierna estaba empezando a resentirse de tener que parar cada cinco minutos para comprobar que lo que cargaba no se había convertido en un peso muerto (literalmente). Él no estaba muy seguro de cuánto iba a poder aguantar así. No mucho, seguro. Y cuando él ya no pudiera más, los dos se quedarían azules y tiesos en la infinita estepa rusa.

Estaba pensando en el cruel proceso de congelación cuando le llegó un sonido de su espalda.

-¿Estás cansado? -preguntó con suavidad. Su acompañante dio una cabezada casi imperceptible en respuesta y él, obviando el dolor atroz que irradiaba su pierna, se obligó a dar un paso más. La obstinación con que se instigaba a seguir adelante resultaba casi ridícula teniendo en cuenta que estaban a más de veinte kilómetros de cualquier lugar habitado y el invierno les mordisqueaba los tobillos. Sin un solo punto de referencia y un cielo gris y uniforme que sólo auguraba más frío, una terrible certeza descendió por la garganta de Ilya, igual que si hubiera tragado un puñado de esquirlas de cristal: estaban destinados a caminar en círculos, entumeciéndose lentamente hasta morir. Y si bien el ruso ya había perdido las ganas de volver a casa, no quería que el chico terminara igual que él.

¿Por qué?

Ilya no lo sabía. Ya no recordaba el tiempo que llevaban juntos, cuidándose de los meses más fríos y viviendo en ciudades devastadas de las que nadie se acordaba ya, esqueletos vacíos de los que arrancaban los últimos restos de vida antes de ponerse otra vez en marcha. La Gran Guerra había terminado mucho antes para ellos, que no eran más que tristes despojos de sus respectivas sociedades. Sólo un tullido y un chico enfermizo que se habían encontrado por puro azar, nadie que los echara de menos, sin poder seguir luchando en el frente. Eran distintos hasta el punto de apenas entenderse cuando hablaban, pero ya no podían prescindir el uno del otro. Al menos Ilya no. Después de tantos años solo, la presencia del chico constituía un raro y preciado regalo, de modo que la misma idea de permitir que muriera se le hacía irreal, estúpida, tan abstracta que de únicamente con intentar analizarla le dolía la cabeza.

Decidió no pensar en ello de momento.

-Chico –comenzó-, no te duermas, no aquí. Pronto llegaremos a algún sitio y podremos hacer fuego y descansar, pero para eso tienes que estar atento. Los copos son espesos y cuatro ojos ven mejor que uno.

Para su sorpresa, el otro asintió, lo que le dio energías para forzar su pierna un poco más. El instinto le decía que debía seguir adelante, costara lo que costase.

-Entonces no sabes cómo empezó todo –gruñó para distraer al joven, y siguió hablando sin esperar una contestación-. Normal. A los de arriba no les interesa que los muchachos como tú sepan nada de política. Es más fácil meter su propia ideología enrevesada en cabezas huecas –se encogió de hombros, lo que provocó que su espalda le reprendiera con un calambrazo de dolor-. Con esto no quiero decir que seas un necio, chico, al menos no es eso lo que me has demostrado todo este tiempo. Lo tuyo es, digamos, una ignorancia selectiva que te han inculcado para convertirte en una de sus máquinas enfervorecidas de matar.

Ilya hizo una pausa en su discurso para tomar aliento y dejar que las palabras calaran en su interlocutor. Por algún motivo, se sintió extraño al decir aquello. No era sólo lo antinatural que sonaba su voz en ese mundo de un blanco infinito, sino también la liberación de la frustración que le retorcía el estómago al poder expresar en voz alta lo que llevaba veinte años rumiando para sí, sin poder compartirlo con nadie. No comprendía por qué había decidido hablar de ello ahora, como tampoco sabía por qué se lo confiaba al muchacho en particular. El caso es que éste era un oyente silencioso y atento, que escuchaba respetuosamente con la cabeza ladeada.

-No todos son iguales, claro –prosiguió él, con la voz ronca del esfuerzo-, y no es que yo sea anarquista. No creo en ningún sistema, de hecho. La vida me ha enseñado que, por muchas sociedades en las que nos refugiemos, no dejaremos de ser las mismas criaturas salvajes a las que no se puede reprimir con ningún collar. Y no sé tú, pero a mí ninguno de mis líderes me ha demostrado que sea muy distinto del resto de hombres. Aunque no se manchen las manos, todos corrompen y hacen correr la sangre igual que el más vulgar asesino.

Se estremeció, y no por el frío que ya le había congelado los dedos. A la mente le venían las imágenes fragmentadas de aquel fatídico domingo de 1905, el día en que había perdido absolutamente todo. Si cerraba los ojos, todavía podía verse frente a las puertas del Palacio de Invierno, en el centro de la muchedumbre de obreros que reclamaban al zar que los sacara del agujero de miseria en el que llevaban siglos sumidos. Todavía podía sentir el calor de los miles de cuerpos congregados, la mano de ella envolviendo la suya.

Y si aguzaba el oído, podía oír los pesados pasos de la Guardia de Nicolás II movilizándose, los gritos que precedieron a la primera tanda de disparos; incluso hoy todavía se quedaba aturdido con el repentino golpe de viento que le trajo el olor de la sangre.

Lo que no podía recordar era el momento exacto en que ella se soltó de su mano y desapareció para siempre.

Había sido el conde Aleksándrovich, y no el zar, quien ordenó disparar contra los manifestantes y, no obstante, para Ilya ya no había nada que pudiera devolverle la fe en la humanidad. Así, la posterior llegada en cadena de la Gran Guerra, la Revolución Bolchevique y la guerra civil rusa no hicieron más que reafirmar su postura de resentimiento total hacia sus semejantes.

Ahora le contaba aquello al chico entre resuellos, arrastrando la pierna herida, y estaba planeando advertirle de los peligros de los gobiernos autócratas cuando se detuvo en seco.

Algo enorme se divisaba en el horizonte.

-¿Duele?

El chico había empezado a hablar de nuevo poco después de llegar a los restos anónimos de una ciudad de la que Ilya no tenía conocimiento alguno hasta ese momento. Encontrar un edificio lo suficientemente estable en el que pasar la noche a cubierto fue casi un milagro (otro más), y él no se demoró en desprenderse de su carga y en disponerse a hacer fuego con unos restos de madera mohosa. Ésta tardó en prender una eternidad, pero ver crepitar cómo el color volvía a las mejillas de su acompañante supo a Ilya a victoria igualmente.

Ahora, tras evaluar el estado de la herida de bala en su muslo, la alegría se había convertido en un convencimiento funesto.

-Sí –asintió, viendo la macha purpúrea que se extendía sobre su piel. Algo le decía que no iba a poder volver a levantarse con ella, pero no quiso alarmar al otro-. A partir de ahora vas a tener que andar tú solo.

Su compañero se acercó más al fuego y le dedicó una intensa mirada. Después se llevó una mano al pecho y proclamó, en tono triste:

-Siento.

-Yo también lo siento, pero supongo que no hay nada que hacer –el chico no apartaba la vista de su pierna, así que Ilya volvió a bajarse la pernera del pantalón. No había modo de curarse, de todas maneras, y le ardía demasiado la cabeza como para pensar en otro tema de conversación-. Eh, creo que queda algo de comer en tu bolsa. Vamos, tienes que estar muriéndote de hambre.

El joven dudó, aunque una fuerza mucho más poderosa lo hizo arrastrarse hacia sus cosas. Cuando volvió al amor de la lumbre, roía algo de pan e Ilya pudo comprobar que tenía mucho mejor aspecto que antes, sin rastro de la extenuación que había obligado al ruso a llevarlo a cuestas el resto del camino.

Una sensación extraña y opresiva se apoderó entonces de su pecho. Quizá era sólo la fiebre, que empezaba a hervir en su frente, pero de repente se creyó viejo e inútil. Mirando el reflejo de las llamas en los ojos de su joven compañero de vieja, supo que había malgastado parte de su juventud y su salud en guerras inútiles. Por no hablar de su hogar, de familiares, amigos. De ella. Todo se había desvanecido, igual que arena entre los dedos.

El mundo empezó a dar vueltas a su alrededor y tuvo que cerrar los ojos, si bien no pudo huir de la angustia palpitante en su corazón. Sin molestarse en ocultar un gemido de consternación, se metió la mano en la cabeza y apretó el pequeño objeto que se ocultaba dentro.

El dolor era casi insoportable.

-Ilya –casi no notó la mano del chico apoyada en su hombro. Abrió un poco los ojos y la primera impresión que tuvo es que el mundo estaba torcido. Luego su compañero invadió su campo de visión y él se dio cuenta de que su cabeza estaba pegada al suelo mugriento y helado. Ni siquiera pensó en incorporarse. Todo lo que había estado aguantando allá fuera, en la nieva, le había sobrevenido de golpe y lo aplastaba contra la tierra. Creyó oír unos balbuceos en alemán, pero ya no estaba seguro de nada.

-No pasa nada, chico –murmuró-. Todo irá bien.

El muchacho lo empujó suavemente para ponerlo bocarriba. Ilya ya apenas distinguía el dolor de su pierna del del resto de su cuerpo.

-Todos se han ido, uno tras otro, dejándome cada vez más solo… como las muñecas de una Matrioska… Y ahora sólo quedas tú –graznó. Su protegido sacudió su cuerpo ligeramente, exclamando algo en ruso-. Está bien… sólo quédate esto… Cuídala bien… hazlo por mí, ¿sí? –le puso en la mano el pequeño objeto que guardaba en el bolsillo y apoyó otra vez la mejilla en el suelo, los ojos cerrados. El frío había empezado a entumecerle la extremidades de una forma peligrosa-. Y ahora déjame dormir, pequeño… Estoy muy cansado…

Ilya lleva largo rato en silencio, la tensión evidente en sus hombros y el rostro transido de dolor. Fuera, la lluvia repiquetea con fuerza en los cristales de su apartamento de Boston. Yo, aprovechando que está todavía luchando por decidir qué forma parte de sus recuerdos y qué es realidad, estudio cuidadosamente sus facciones. Juraría que se han formado nuevas arrugas alrededor de sus ojos claros y que parece más cansado que nunca. Y ya es decir.

-¿No recuerda nada más? –pregunto, y el ruso menea la cabeza de cabello cano. Su mano se cierra con fuerza en el muñón que es su pierna derecha. Me hago una idea de lo que se siente. Miembros fantasma, los llaman-. En ese caso descanse, señor Kuznetsov. No hay necesidad de forzar la mente ni el corazón. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Él se reclina en el sofá desvencijado y abre los ojos. Su mirada se pierde en el infinito, más allá de la lluvia, y de Boston, y de Estados Unidos. Parece estar todavía perdido en la estepa rusa, intentando descifrar el barullo de su cabeza.

-Sólo sé que desperté en Moscú, sin mi pierna. Sin el chico –inspira hondo-. Ojalá… ojalá recordara qué fue de él. Ojalá lo hubiera protegido como no hice con los demás.

Un dolor tenue me atraviesa el corazón. Ilya parece terriblemente cansado. Debe haber estado buscando trabajo como un poseso, pero la crisis ha arrasado con cualquier esperanza laboral, y sin su antiguo trabajo en la biblioteca, su vida ha quedado reducida a estas cuatro paredes. Demasiado tiempo libre para recrearse en el pasado.

-¿Has pensado en buscarte un hobby? –pregunto olvidando las formas, al tiempo que le acerco un botecito de morfina que él esconde en su chaqueta sin decir nada más-. Algo que te tenga entretenido.

-Tú eres lo único que me tiene entretenido.

Suspiro.

-Tengo otros pacientes además de ti, Ilya.

-A ellos no los tratas desde hace trece años.

-No empieces.

Él se encoje de hombros y me acompaña hasta la puerta apoyado en la muleta. A pesar de los años que le ha servido de apoyo, todavía no se desenvuelve con ella como me gustaría. Supongo que nunca llegaría a acostumbrarse. No a su edad.

-Hazme caso –le conmino, con un pie en el rellano-. No hagas más esfuerzos de los necesarios. No intentes recordar si te frustra mucho. Sal, que te dé el aire. Y busca un maldito hobby.

-Sólo si me traes más droga –yo hago rodar los ojos, pero levanta las palmas de las manos en señal de disculpa-. Soy un viejo hecho polvo, Hubert. No puedo funcionar sin ella.

A pesar de sus palabras sonríe un poco, lo que me resta un peso del pecho. Me permito darle un par de consejos más antes de despedirme y dar media vuelta. Al momento la puerta se cierra a mi espalda y yo me quedo solo en el rellano, pensativo.

Ilya no lo recuerda. Ni siquiera me recuerda a mí, a quien busca desesperadamente en los rincones más oscuros de su mente. Pero yo ya no soy un muchachito alemán que desertó del ejército para viajar con él en busca de redención. Ahora soy Hubert, el médico que siempre quise ser, y me conformo con traer poco a poco a Ilya a la realidad, desde su despertar en Rusia hasta la emigración a la tierra de las oportunidades. Y siempre he estado ahí, apoyándole desde la oscuridad, siempre como el especialista que se supone que soy. Pero él no me recuerda.

Fuera del bloque gris en el que vive mi viejo compañero, la lluvia ha amainado. Yo deslizo una mano dentro del traje de tweed y agarro el diminuto objeto de madera que conservo desde hace ya más de diez años. La muñequita rusa me devuelve la mirada, de un negro desvaído, y yo vuelvo a sentir aquel dolor sordo en el pecho.

Algún día, me digo. Algún día el rompecabezas de su mente volverá a estar completo y yo podré devolverle a Ilya Kuznetsov la última pieza de su Matrioska.

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